Excerpt for Gracia oportuna by , available in its entirety at Smashwords


designó el Señor a otros setenta y dos
y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios
a donde Él había de ir
...”

(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA SOSA ELÍZAGA

GRACIA OPORTUNA

Colección Fe y vida

Vol. 1

Gracia oportuna’

Colección ‘Fe y vida’

Vol. 4

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3 esq Congreso, col. Tlalpan, Del. Tlalpan

CP 14000, CDMX

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Í N D I C E

Presentación

¿Sí te acuerdas qué es la Navidad?

Amar sin sindicato

Paz duradera

Ante el Nacimiento

ORACIÓN DE LA FAMILIA EN NAVIDAD

Ayuda para guardarlo todo...

ORACIÓN DE LA FAMILIA EN AÑO NUEVO

Oración para el confesor

Aprender a ver

Gracia oportuna

Esperanza viva

Panacea universal

¿Venganza?

¿Sabes mortificarte?

Retiro

Murmuraciones

La Resurrección: centro de la fe cristiana

Oración por la defensa de la vida

Hechos

Oraciónal Señor de la Divina Misericordia

Perseguidos, mas no abandonados

La voz de Dios

El valor de volver

Día del alumno

Contracorriente

Siete regalos

Tres

Tropiezan y caen

Adopta un padre

No de ‘chiripada’

¿Por qué dedicarle un año a San Pablo?

Dejar atrás

¿La vida?, ¿el destino?

¿Qué te equilibra?

Enséñanos a orar

Saber incomodar

Por la fe

Superar la adolescencia

Hosanna en las alturas

Humildad

¡Fuera lastre!

Encuentros con la misericordia

Perder para ganar

¿Viaje sin escalas?

Unidos y armados

Gratitud

Misión continua

¿Tienes amigos santos?

La espera de la misericordia

Cercanía y perseverancia

¿Eres optimista?

Cristo nuestro Rey

OBRAS DE ALEJANDRA MA. SOSA ELÍZAGA

Presentación

Este es el cuarto de cuatro volúmenes de la colección titulada: ‘Fe y vida’, que aborda temas de la vida cotidiana, casi siempre iluminados por textos bíblicos que se proclaman en Misa a lo largo del ciclo litúrgico, en este caso, del correspondiente al ciclo C.

Con ese estilo característico de Alejandra María Sosa Elízaga, que sabe decir cosas profundas en pocas líneas, y a veces hace reír y a veces pone un nudo en la garganta, estas reflexiones, de no más de dos o tres páginas cada una, son ideales para leer una diaria.

Su objetivo es relacionar la vida y la Palabra, para ayudar al lector a descubrir qué sabroso es no sólo leerla sino saborearla, porque nutre y fortalece, habla al corazón y lo llena de paz, gozo y esperanza.

¿Sí te acuerdas
qué es la Navidad?

Caminaba entre el aroma de los pinos y del ponche recién hecho, entre filas de puestos donde se venden figuras para Nacimiento, heno, musgo, portalitos, velas, coronas de Adviento, piñatas y toda clase de artículos navideños, cuando al pasar frente a una familia que miraba unas luces que parpadeaban y tocaban villancicos al mismo tiempo, alcancé a oír que el papá le preguntó a su niña: ‘¿sí te acuerdas qué es la Navidad?’, a lo que ella replicó emocionada: ¡¡sí!!, ¡¡es cuando viene Santa Claus!!

La respuesta lo hizo reír a él, y a mí me apachurró el corazón.

¿Cómo fue que sucedió que las celebraciones en torno al nacimiento de Jesús se volvieron más importantes que éste, al grado de hacer que muchas personas ni se acuerden de Él?

Se me ocurre, y perdónenme si suena exagerado, que esto tiene el típico sello discreto y eficaz de ése al que Jesús llamó el ‘príncipe de la mentira’.

ca suya promover algo aparentemente bueno para que las personas lo acepten sin chistar, y luego usar aquello mismo para apartar a la gente de lo verdaderamente bueno.

En el caso de la Navidad ha conseguido que lo que empezó siendo positivo (reunirse a celebrar, merendar sabroso, dar regalos) ¡se volvió lo principal y en muchísimos casos, lo único!

Ha conseguido que se distorsione la razón por la cual se habla de amor y paz en Navidad (que nace Aquel que es el Amor y que nos trae la verdadera paz), y en su lugar se mencione un ambiguo ‘espíritu navideño’, una especie de altruismo sin causa, que se contagia, como la gripa, en ‘esta temporada’.

Ha conseguido que se hable de la ‘magia de la Navidad’, para que la gente atribuya el atractivo de ésta a algo ‘mágico’, despojado de todo significado religioso.

Ha conseguido que incluso ¡lo religioso se distorsione!: me contó una amiga que en un seminario de ‘auto-superación’, de ésos que se han puesto de moda, el orador invitó a los asistentes a pedir un deseo al ‘ángel de la Navidad’, ¡háganme el favor!, ahora resulta que hay un ‘ángel de la Navidad’ que ¡concede deseos! ¡Cuánto disparate! Y lo más doloroso es que este intento de paganizar esta gran fiesta del cristianismo ha afectado a millones de niños que ahora esperan con más ilusión la venida de Santa Claus ¡que la del Niño Dios!

Me dio tristeza aquella niñita en el mercado, porque tiene puesta su esperanza en un viejito panzón vestido de rojo que tarde o temprano la dejará defraudada.

Por ello se me ocurrió plantear aquí algo que quizá sirva como punto de partida para los lectores que quieran platicar con sus hijos para ayudarlos a darse cuenta de que en Navidad lo importante es el Niño Jesús, no Santa Claus. Veamos:

¿Quién es Santa Claus? Un personaje pintoresco que sólo existe para quien cree en él. ¿Quién es Jesús? Dios, que vive desde siempre y para siempre.

¿Qué es lo que supuestamente ha hecho Santa Claus? Juguetes. ¿Qué ha hecho Jesús? ¡Todo! Es el creador del mundo, del universo entero y de todas las cosas buenas que hay en él; es el que te hizo a ti y a todos tus seres queridos. Dice la Biblia que todo fue hecho por Él (ver Jn 1, 3); sin Él ¡no existiría nada!

¿A quienes está destinado lo que hace Santa Claus? Sólo a los niños supuestamente ‘bien portados’ cuyos papás tienen suficiente dinero. Por eso deja a muchos niños tristes, sin recibir nada ¿A quién está destinado lo que ha hecho Jesús? A ¡todos! Él no discrimina a nadie, no hace diferencias entre buenos o malos, ricos o pobres. Da Sus dones a todos por igual, no deja a nadie fuera.

¿Cuándo se supone que viene Santa Claus? Sólo un día al año. En cambio Jesús está con nosotros siempre, ¡a todas horas! Él prometió acompañarnos todos los días, hasta el fin del mundo (ver Mt 28, 20).

¿Qué hace por ti Santa Claus el resto del año? Nada (a nadie se le ocurre rezarle a Santa Claus para pedirle ayuda). Si acaso se supone que se dedica a vigilarte para juzgar cómo te portas a ver si mereces regalo. ¿Qué hace por ti Jesús durante todo el año? Bendecirte, cuidarte, protegerte, llenarte de amor y de ternura, estar atento a lo que necesitas y dártelo.

¿Cuánto dura lo que te regala Santa Claus? Probablemente poco. Son cosas materiales que se gastan, rompen, pierden o llegan a aburrir y son dejadas a un lado. ¿Cuánto dura lo que te regala Jesús? ¡Hasta la eternidad! Sus dones no se gastan, son para siempre.

¿Dónde se supone que vive Santa Claus? En el Polo Norte, un lugar inventado, helado y lejano al que nadie ha ido jamás. ¿Dónde vive Jesús? En todas partes, cerquita de ti, y también, si quieres recibirlo, dentro de ti.

¡Eso es lo que festejamos en Navidad: que Dios te ama tanto que quiso nacer en este mundo y ser niño como tú para darte la posibilidad de ser como Él, hijo de Dios, y regalarte una felicidad que nunca se termine y que puedas disfrutar para siempre en compañía de todos tus seres amados en la vida eterna! Es algo maravilloso que sucede aunque no haya adornos, cenas o regalos, así que no hay que preocuparse tanto por éstos y más bien hay que poner la atención en disponer el corazón para recibir en él al Niño Jesús.

Ojalá aprovechemos cada Adviento como un tiempo de cuatro semanas para poner las cosas en su lugar y no permitir que lo mundano nos domine, sino prepararnos debidamente a celebrar lo verdaderamente ‘celebrable’: que Dios se ha quedado a vivir entre nosotros, desde aquella primera Navidad.

Amar sin sindicato

En la vida laboral quienes pertenecen a un sindicato se sienten protegidos por éste de lo que les demande su patrón. Tienen bien delimitado cuál es su horario, lo que les toca desempeñar a ellos y lo que corresponde a otros, y nadie les puede exigir que hagan lo que no está en su contrato.

Muchos creyentes quisieran que esto aplicara en la vida espiritual. Quisieran poder ser algo así como ‘sindicalizados del amor’ para poder responder a la exigencia de amar con un: ‘No, lo siento, ya venció mi jornada, ya no me queda amor para dar así que pase a otra ventanilla’; ‘a mí no me toca amar a fulano, le toca a otros’; ‘hoy estoy de descanso, así que ni se les ocurra pedirme que ame’.

Pero esto no es posible. Jesús nos pide amarnos unos a otros como Él nos ama (ver Jn 15, 12) y San Pablo nos hace ver que el auténtico amor no puede tener límites (ver 1Cor 13, 7).

¿Por qué semejante exigencia? ¿Qué no sería mejor o cuando menos más fácil, que se nos pidiera amar dentro de un horario y solamente a un limitado número de personas? No, porque fuimos creados por Dios por y para el amor, y sólo el amor nos permitirá alcanzar la plenitud a la que estamos llamados. Por eso no hay que pasar la vida buscando modos de amar menos, todo lo contrario.

Fijémonos lo que dice San Pablo cuando en su oración por nosotros pide que nuestro amor “siga creciendo más y más” (Flp 1, 9). Ello confirma que no sólo estamos llamados a amar, sino a aumentar ese amor, es decir, a amar más y mejor.

Alguien podría preguntar: pero si ya amo a alguien con todo mi corazón, ¿cómo puedo amarlo más? La respuesta es que el amor no consiste en sentir sino en comunicar; no es un sentimiento sino una acción que busca el verdadero bien del otro.

Si sólo fuera algo que uno experimenta en su interior, sería difícil aumentarlo (¿cómo pedirle a un padre amoroso que ame más a su hijo?, ¿cómo pedirle a una esposa enamorada que ame más a su marido?), pero es algo que se traduce en obras, que se expresa en pensamientos, palabras, actitudes, y en este sentido, ¡sí que puede crecer!

Siempre podemos dar más amor, con todo lo que ello implica: tratar a los demás con más alegría, con más paciencia; buscar nuevos modos de hacerlos sentir más aceptados, más comprendidos, más tomados en cuenta; siempre podemos esforzarnos más por perdonar, por callar comentarios desagradables, por evitar disgustos, por tender nuestra mano con mayor frecuencia...

Cuando llega el Adviento (palabra que significa ‘venida’), solemos prepararnos a celebrar no sólo la venida histórica de Jesús hace dos mil años, sino la futura. Dice San Pablo que si crecemos en amor llegaremos “limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo” (Flp 1, 10).

¿Quién no quisiera que a Su venida Cristo lo encuentre ‘irreprochable’? Pues bien, tenemos la receta para lograrlo: hay que crecer en amor.

Cada vez que nos preparemos para celebrar el Nacimiento de Aquel que nos amó hasta el extremo y que nos invita a amar como Él, ¿qué tal si nos disponemos a vivir esa Navidad como una fiesta de amor?

He aquí una propuesta concreta: El mejor regalo no es el que se compra, por costoso que sea (pues quizá apantalla a quien lo recibe pero no toca su alma). El mejor regalo es aquel que involucra a quien lo da, lo hace salir de sí mismo, dar algo no sacado de su cartera sino de su corazón, no una parte de lo que tiene sino de lo que es.

Por ello, en la próxima Navidad sería interesante que acordemos, en familia al menos, que en lo que respecta a los regalos que solemos intercambiar en Navidad, no recurramos a la solución fácil de comprar algo para salir del paso, sino nos atrevamos a dar algo que no tenga precio, que no se pueda comprar, que involucre lo verdaderamente valioso que cada uno tiene: su voluntad, su disposición, su tiempo, realizar algo concreto por otra persona.

Así, por ejemplo, el intercambio de regalos puede convertirse en un ‘intercambio de promesas’. Cada miembro de la familia escribe las suyas (en un papel, tarjeta navideña, etc) y al momento convenido, se la da a quien corresponda. Puede regalar su promesa de ir con alguien a alguna parte a la que éste ha querido ir pero no ha tenido nadie que le acompañe; su promesa de ayudar a ordenar o reparar algo en la casa; su promesa de hacer una visita o dedicarle a alguien todo un día, una mañana o una tarde; su promesa de prestarle atención, de escucharle sin hacer otra cosa al mismo tiempo, de no interrumpirle; su promesa de ayudarle en ciertas latosas labores domésticas; su promesa de sustituirle en algo que le toca hacer, para que pueda darse un respiro y descansar.

A diferencia de lo que sucede cuando das regalos materiales, regalar una promesa así te enriquece. Te hace pensar en las necesidades de otros y ser más sensible a éstas; te anima a salir de tu propio egoísmo, en suma: te hace crecer en amor. Contra lo que podría pensarse, el que gasta mucho en un regalo en realidad da poco.

Ojalá que en la próxima Navidad nos animemos a permitir que nuestro corazón se libere de la estrecha mezquindad de dar sólo cosas materiales y se expanda con generosidad para celebrar, imitar y recibir a Aquel cuyo amor no conoce límites.

Paz duradera

Contaba un veterano de la Primera Guerra Mundial esta anécdota: él y unos miembros de su regimiento se encontraban en una trinchera, agazapados, muy cerquita de donde estaban también agazapados en su trinchera los enemigos.

Era una fría noche de luna y la luz blanquecina iluminaba las siluetas y hojas de los árboles alrededor. Nadie se movía, nadie hacía ruido. Todos esperaban que los otros cometieran el error que delatara su presencia, para así abrir fuego contra ellos.

La espera se alargaba, cargada no sólo de tensión y nerviosismo, sino de otro elemento más: una dolorosa nostalgia. Es que esa noche era 24 de diciembre y muchos no podían evitar visualizar a su familia, muy lejos de allí, reunida en ese mismo instante, celebrando la Navidad.

En eso alguien comenzó a cantar un villancico. Una voz que se atrevió a romper el silencio no con el sonido de las balas sino con un canto de alabanza al Emmanuel, al Dios-con-nosotros, al Príncipe de la Paz.

Por un momento todos quedaron desconcertados sin saber cómo reaccionar; nadie se atrevía ni a callar al que cantaba ni a disparar en su contra. Entonces otra voz, del otro lado de la línea enemiga se unió a la primera, cantando el mismo villancico en su propio idioma. Le siguió otra, y otra más, en ambos bandos. Pronto todos los hombres estaban cantando el villancico, a voz en cuello, emocionados, conscientes de que por encima de sus odios y diferencias eran hermanos, hijos del mismo Dios que había enviado a Su Hijo a reconciliarlos.

Cantaron villancicos toda la noche, y a la llegada del alba decidieron retirarse sin hacerse daño. Contaba el veterano que ese recuerdo quedó imborrable en el corazón de todos los que vivieron aquello, y les cambió por completo la manera como veían a los demás, ya no como enemigos a los que había que aniquilar, sino como semejantes, quizá con ideas distintas que no compartían, pero semejantes al fin y al cabo, con los mismos miedos, inquietudes y necesidades que ellos, con un corazón igualmente capaz de conmoverse y amar.

No hace mucho sucedió algo parecido, aunque en otro ámbito, el de la política: personajes que habían protagonizado un tremendo zafarrancho de pronto acallaron sus gritos para cantar al unísono el Himno Nacional. Al igual que sucedió entre aquellos soldados, estos políticos sintieron que había algo más grande que ellos que los unía: su pertenencia a un mismo país, su identidad como mexicanos, y eso los hizo capaces de deponer, aunque fuera por unos instantes, sus diferencias.

Suele suceder que muchas familias y comunidades tienen miembros peleados entre sí, enemistados por sus discrepancias políticas, cada uno en su trinchera, cada uno permitiendo que anide en su corazón el odio o el desprecio hacia quien piensa distinto, cada uno dispuesto a acribillarlo con su ira o su desdén. Y así se disponen a celebrar, por ejemplo, la Navidad. Pero esto no puede ser. No se puede celebrar de ese modo la venida de Aquel que nos enseñó a vivir, no sólo a rezar, el Padre Nuestro.

Es hora de que todos nos demos cuenta de que nos une algo mucho más grande que lo que nos separa; es hora de que nos atrevamos a dejar de vernos como adversarios y comprender que es muy corto el tiempo que Dios nos concede en este mundo y nos llama a aprovecharlo para edificar, no para destruir. Aquel que nos pidió que nos reconciliemos con nuestros hermanos antes de ir a presentar nuestra ofrenda ante el altar, ¿cómo querrá que celebremos la Navidad? Seguramente no como perros y gatos, no con un gélido silencio, ni con un mal disimulado desdén o peor, con comentarios desagradables u ofensivos.

Piensa esto: somos todos niños invitados a celebrar la fiesta de cumpleaños de Jesús. ¿Se la arruinaremos con nuestros pleitos y malos modos? ¿Seremos esos invitados incómodos que hacen sentir mal a todos por sus actitudes belicosas?

Si Jesús tuviera un pastel con velitas y antes de soplarlas alguien le dijera que pidiera un deseo, seguramente, típico de Él, no querría nada para Sí mismo, sino que Su deseo sería que todos aceptemos la paz que vino a traernos para que podamos vivir en fraterna alegría. Yo no quiero ser la ‘aguafiestas’ que no permita que se cumpla ese hondo anhelo Suyo. ¿Y tú?

Por encima de nuestros desacuerdos hay algo infinitamente más grande que nos une: ser miembros de la inmensa familia del Padre.

Ojalá que cada Navidad nos anime a salir de nuestras trincheras y a unir no sólo nuestras voces sino nuestros corazones con los de aquellos que hasta ahora quizá hemos visto como enemigos.

Pide San Pablo: “Que la benevolencia de ustedes sea conocida por todos” y “que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y pensamientos en Cristo Jesús”(Flp 4, 5.7).

Podemos interpretar ambas peticiones como una misma invitación que ojalá nos anime no sólo a cantar sino a vivir una auténtica ‘Noche de Paz’ que no termine al amanecer sino siga iluminándonos toda la vida.

Ante el Nacimiento

Volvió a suceder. Te habías hecho el buen propósito de que ahora sí para cuando llegara Navidad ya no tendrías ningún pendiente, nada que comprar, hacer, cocinar, preparar, etc. y podrías dedicarte con toda calma a disfrutar el día sin prisas y, sobre todo, darte un buen tiempo para meditar en el significado del Nacimiento de Jesús, quizá leer algún bello texto bíblico, hacer un ratito de oración, en fin, vivir esta fiesta cristianamente.

Sin embargo llegada la hora otra realidad se impuso, con su inevitable cuota de carreras, preparativos de última hora, asuntos inesperados y urgencias que te robaron la serenidad y te han dejado sin ánimos ni tiempo extra. Bueno, si eso te pasó, no te desanimes, te tengo una magnífica noticia: Navidad dura ¡ocho días! Sí, es una fiesta tan grande que no basta una jornada para contenerla, así que durante toda una semana la Iglesia celebra la ‘octava de Navidad’ como si cada día fuera 25 de diciembre.

Eso significa que todavía estás a tiempo para festejarla como quizá nunca lo has hecho, con una vivencia espiritual muy enriquecedora. He aquí una propuesta concreta:

Tómate un tiempo en que nadie te interrumpa y siéntate a contemplar el Nacimiento que pusiste en casa (o un cuadro, tarjeta postal o lo que tengas a mano en donde aparezca la Sagrada Familia). No importa el lugar, sino que puedas realizar esto cuando no haya gente, cuando puedas estar en silencio y soledad. ¿A qué me refiero con ‘contemplar’? No simplemente a mirarlo un ratito y decir: ‘ay qué bonito’ y ya, sino a pasar un buen rato en silencio, mirando a cada uno de los personajes ahí representados, especialmente: a Jesús, a María y a José, a percibir su actitud, captar qué características, qué cualidades descubres en cada uno. Hazlo sin apresurarte, permitiendo que te envuelva el ambiente que emana de esta escena.

Mira al Niño, pequeñito, vulnerable, recostado en pajas, dispuesto a someterse, por amor a ti, al sufrimiento humano, a pasar frío, hambre y sed, soledad, incomprensiones, traición.

Dale las gracias a Jesús por amarte tanto que quiso venir a este mundo a compartir tu condición humana y a rescatarte del mal y de la muerte.

Pídele que te ayude a corresponder a Su amor, que te haga como Él, dispuesto a amar a todos hasta el extremo, capaz de no aferrarte a nada, de mantener un alma sencilla, desprendida, feliz de cumplir la voluntad del Padre.

Puedes recordar escenas de Su vida y pedirle que te ayude a imitar Su paciencia, Su tolerancia, Su capacidad de perdonar.

Puedes pedirle a Él que, como dice San Juan, es la “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9) que rompa tus tinieblas, que te ayude a superar ese pecado que con frecuencia te hace caer; que te ayude a desprenderte de tus miedos, de tus angustias, que te colme de Su paz.

Mira a María, arrobada ante su Hijo y dale las gracias por haber dado a Dios ese ‘sí’ que permitió que en ella se encarnara el Salvador del mundo.

Pídele que ruegue por ti para que, como ella, sepas abrirte por completo a la gracia de Dios y poner toda tu fe y tu esperanza en Él, pase lo que pase; que la fuente de tu alegría sea saberlo a tu lado en todo momento; que sepas acogerlo en ti y llevarlo a los demás; que siempre reconozcas y agradezcas que el Señor hace en ti maravillas y no te canses de alabarlo; que sepas descubrir el modo como te manifiesta Su presencia cada día y vivas lo ordinario de modo extraordinario, con la mirada fija en Él y tu voluntad dispuesta a cumplir la Suya; que ames Su Palabra y vivas reflexivamente, guardando todo lo referente a Él en tu corazón; Mira a María y pídele que te comunique las cualidades que percibes en ella: belleza interior, ternura, serenidad, delicadeza para tratar a otros, comprensión, afabilidad.

Mira a José, protector de la Virgen y el Niño, dale las gracias por haber aceptado ser el padre adoptivo del Emmanuel, del Dios-con-nosotros.

Pídele que ruegue por ti para que como él sepas dejar que el Señor te haga soñar y despertar para cumplir Su voluntad; que te contagie Su profundo amor por Jesús y María, que tome también a tu familia bajo su protección y ruegue para que en ella reinen la concordia y la unión.

Para terminar imagínate que tú formas parte de esta escena, que eres como uno de esos pastores que llega a ver al Niño. Pregúntate qué podrías ofrecerle de regalo, algo que realmente lo haga feliz y atrévete a dárselo. Quizá contentarte con cierta persona a la que ya ni le hablas; quizá dejar de hablar mal de ese alguien que te cae ‘en el hígado’; quizá renunciar a la borrachera que pensabas ponerte el 31 de diciembre y en cambio celebrarlo sanamente con tu familia, quizá proponerte visitar a ese familiar anciano o enfermo que está en el olvido; quizá compartir con quienes menos tienen lo que tienes de más, en fin, tú sabrás qué puedes darle, eso sí, desde ahora te aseguro que el Señor siempre se las ingenia para que quien le regala algo resulte el más beneficiado, no sé cómo le hace, pero es así…

Como ves, se necesita un buen espacio de tiempo y quietud para hacer esta oración pero vale la pena. Te comparto que a mí me gusta realizarla de noche, cuando ya todo está en calma. Apago todas las luces excepto la del Nacimiento y me quedo allí, en silenciosa contemplación y diálogo con la Sagrada Familia. Te invito a hacer la prueba. Es una experiencia deliciosa que sin duda iluminará tu alma con la verdadera Luz de Navidad.

ORACIÓN
DE LA FAMILIA
EN NAVIDAD

Es Navidad, Jesús: ¡Feliz cumpleaños!

Celebramos que nos amas tanto

que viniste al mundo a ser nuestro hermano

queremos corresponder a Tu amor,

ser dignos miembros de Tu Sagrada Familia

ayúdanos a aprender de San José y de María

a dejar que la gracia de Dios nos llene el corazón

hacer de Tu presencia nuestra alegría

tener para todos tolerancia, ternura, comprensión y perdón

construir nuestro hogar con fidelidad, paz y armonía

vivir cumpliendo en todo Tu voluntad

y mantenernos siempre unidos en Ti

iluminados por tu Luz y compartiendo el gozo

de saberte Dios-con-nosotros por toda la eternidad

Amén

Ayuda
para guardarlo todo...

Cuando empieza un año nuevo, ¿te acuerdas de todas las maneras como Dios intervino en tu vida en el año que dejaste atrás? ¿te acuerdas de todos los pedacitos de la Sagrada Escritura que en un momento dado te gustaron, conmovieron o llamaron la atención cuando los escuchaste en Misa o los leíste en tu Biblia?, ¿te acuerdas de todas las veces en que sentiste la presencia de Dios a través de algo bueno que te sucedió?

Lo más probable es que hayas respondido que no, pero no te deprimas: es normal: no se puede retener en la mente absolutamente todo lo que nos sucede.

Ahora bien, la ‘desmemoria’ puede ser una bendición cuando te permite dejar atrás situaciones tristes o desagradables, pero no es tan buena cuando lo que olvidas son cosas positivas para ti, en especial la intervención de Dios en tu vida. Esto ¡siempre vale la pena recordarlo!

Al respecto resulta significativo lo que dice el Evangelio que se proclama cada 1º de enero en Misa, que:”María guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 21), refiriéndose a los hechos extraordinarios que sucedieron tras el nacimiento de Jesús. Como ya alguna vez se ha comentado aquí, eso de ‘corazón’ no se refiere, como solemos entenderlo, a lo afectivo, sino sobre todo a la mente, a la voluntad, a la inteligencia. Así pues, San Lucas nos dice que María retenía en su mente todo lo relativo a su Hijo, y ello implica que no lo guardaba ahí como quien pone un fólder en el ‘archivo muerto’, sino que lo reflexionaba, lo meditaba largamente y seguramente sacaba conclusiones que la llenaban de luz, paz, fortaleza y esperanza.

Resulta evidente que nos aprovecharía muchísimo imitar a María, pero la verdad es que vivimos en un mundo acelerado, ruidoso, que a cada paso nos bombardea con estímulos diversos que nos distraen, nos dispersan y nos hacen olvidar lo más importante: las señales que Dios deja en nuestra vida. ¿Qué hacer al respecto? Cabe responder con una pequeña sugerencia: Para poder imitar a María en lo de recordar todas las cosas, no sólo hay que guardarlas en el corazón, sino ¡en una práctica libretita!

Sí, en concreto he aquí la propuesta: que compres o consigas un cuaderno o algo similar para que sea tu ‘diario espiritual’. Y antes de que este título te espante hay que aclarar que lo de ‘diario’ no significa que tengas que escribir en él diariamente ni que tengas que empezar cada anotación con un: ‘querido diario’, como quinceañera del siglo pasado, sino que se refiere a que pondrás su fecha correspondiente a cada cosa que ahí anotes, sea un renglón o más (sin importar si lo haces todos los días o muy de vez en cuando), y lo de ‘espiritual’ se refiere a que lo reservarás exclusivamente para las cosas de Dios, ¿qué significa esto?, que no lo usarás para recetas de cocina, recados telefónicos o cualquier asunto mundano, sino, por ejemplo, para copiar una cita bíblica que te encantó o comentar una experiencia que tuviste y cómo percibiste en ella la presencia, el amor, la ayuda de Dios.

Tener un ‘diario espiritual’ te permite ir llevando un registro del modo como Dios se manifiesta en tu vida y el modo como le has ido respondiendo. Ya no importa si se te olvida algo, ha quedado asentado en papel, puedes releerlo y recordarlo cuantas veces quieras. Un ‘diario espiritual’ se vuelve una especie de testigo que te recuerda lo que has experimentado y te hace ver cómo saliste adelante.

Hay dos momentos en los que resulta utilísimo haber llevado un diario espiritual:

El primero es cuando atraviesas por una situación difícil que ya te ha tocado experimentar antes: Repasar lo que anotaste en aquellos momentos te permite no sólo recordar que entonces te sentías igual que ahora, sino también cómo lograste superarlo con ayuda de Dios. Es como consultar a un sabio consejero que se acuerda de todo lo que le has platicado y te lo recuerda para ayudarte a aprovechar tu experiencia en el pasado para salir hoy adelante. Por ejemplo: leer tus reflexiones al perder tiempo atrás a un ser querido; tus expresiones de dolor o tristeza, y cómo hallaste la paz al ponerlo todo en las manos del Padre, te permite hoy hacer lo mismo y encontrar un consuelo semejante.

El segundo es al terminar el año: conviene tomar un tiempo para hojear tu diario completo con el objeto de tener una visión de conjunto que te permita descubrir cómo Dios se fue comunicando contigo. Te cuento que al hacer esto, en una ocasión me sorprendió descubrir que a lo largo de los meses, había yo anotado, sin recordar que lo había hecho antes, la misma frase de cierto Salmo, lo cual me hizo pensar que debía ponerle atención a ese texto, pues quizá Dios lo había querido usar para decirme algo...

Hoy es un buen día para empieces ‘tu diario espiritual’. No te importe si no eres muy ‘ducho’ para escribir: nadie leerá tus notas, no se te exige ‘estilo’ ni siquiera buena ortografía, basta que tengas el corazón, como decimos en Misa, ‘levantado hacia el Señor’, tu pluma en la mano y una osadía: la de aceptar la provocativa invitación de una hoja en blanco para registrar en ella cómo vas captando las huellas de Dios día con día.

ORACIÓN
DE LA FAMILIA
EN AÑO NUEVO

Te damos gracias, Señor

por todo lo que nos permitiste vivir

en el año que termina

y por lo que nos tienes preparado

para el que apenas comienza:

sabemos que si viene de Tu mano,

será para nuestro bien.

Concédenos caminar como familia

Contigo a nuestro lado,

responderte siempre sí,

poner nuestra esperanza en Tu mirada,

hallar en Ti la gracia para saber amarnos

y compartir con todos

los dones que quieras regalarnos.

Oración para el confesor

En una parroquia a la que asistí vi largas filas de fieles que aguardaban su turno para confesarse y pensé en los sacerdotes que pasan a veces horas sentados en un estrecho confesionario, escuchando las faltas de sus hermanos para ayudarlos a reconciliarse con Dios, tratando de hacerlo con caridad y paciencia, tratando de dar unas palabras que toquen los corazones, tratando de no caer en la rutina ni el desánimo.

¡Qué difícil papel, cuánto los ama Dios por su esfuerzo y cómo les agradece y recompensará por todo el bien que hacen!

A raíz de esto se me ocurrió que sería bueno que hubiera una breve oración que los confesores pudieran decir para pedir una gracia especial al momento de sentarse a cumplir su bella y exigente vocación.

Así pues, les comparto hoy esta oración para que quien lo desee pueda copiarla para ponerla en el confesionario; imprimirla en estampita, fotocopiarla o simplemente usarla quizá como punto de partida para su propio diálogo con el Señor. Ojalá sea de provecho para alguno. Va con ella mi fervorosa súplica a Dios para que siga bendiciendo y sosteniendo los esfuerzos de todos los que cumplen el mandato que les dio Jesús de ir de Su parte a perdonar los pecados (ver Jn 20,22-23; 2Cor 5, 18-20) y con admirable dedicación se prestan para impartirnos el Sacramento de la Reconciliación.

ORACIÓN DEL CONFESOR

Gracias, Señor

por haberme elegido

para hacer llegar a mis hermanos

Tu perdón

líbrame del orgullo

dame humildad para nunca olvidar

que es un regalo Tuyo

que yo no merecí

pues, como ellos, soy hombre pecador

Préstame Tu compasión

Tu paciencia, sabiduría y amor

concédeme que quien venga ante mí

a confesarte sus pecados

se sienta acogido

no juzgado sino comprendido

no regañado sino aconsejado

fortalecido

amado

y quede gozoso y lleno de paz

por haber sabido yo comunicarle

Tu misericordia infinita

y el abrazo del Padre

Aprender a ver

En una revista católica que solía publicarse hace años, mi sección favorita presentaba una foto de lo más provocativa que ocupaba la página central. Y antes de que alguno piense mal y se imagine que lo de ‘provocativa’ significa que la susodicha foto mostraba lo que mi abuelita hubiera calificado de ‘indecencias’ aclaro que no era nada de eso, todo lo contrario. Se trataba simplemente de una foto que captaba algún elemento dentro de un ambiente cualquiera, de lo más común. Por ejemplo: una cesta llena de frutas sobre una mesa de cocina; una banca en un parque; una cabina telefónica con el auricular descolgado; gotas de rocío brillando sobre una telaraña en un jardín; un par de niños caminando por la calle tomados de la mano; un viejo reloj de pared.

¿Por qué digo que la foto era provocativa? Porque la revista invitaba los lectores a dedicar un buen rato a contemplar la foto para ver qué les provocaba, qué despertaba en ellos, y luego los invitaba a decírselo a Dios en una oración, que podían enviar a la revista para compartirla con otros lectores.

En cada ejemplar aparecía una foto nueva (que abarcaba toda la página, para que los lectores pudieran contemplarla a gusto para inspirarse en su diálogo con Dios), y al reverso, en un tamaño más chico la foto del número anterior rodeada de tres o cuatro de las oraciones que diversos lectores habían escrito, y enviado, luego de contemplarla.

Resultaba fascinante leer dichas oraciones y descubrir cómo la misma foto despertaba tan distintas reacciones.

Por ejemplo cuando se publicó la de la cesta de frutas una mujer escribió una oración pidiendo ayuda a Dios para que así como con esas frutas se podía cocinar y compartir con otros muchas cosas sabrosas, también ella, con los dones que Dios le daba cada día, pudiera realizar y compartir con otros muchas cosas buenas.

Un joven universitario veía en la canasta un símbolo de todo lo que la vida le ofrecía y le pedía a Dios saber elegir lo mejor y no desperdiciar ninguna semilla sino saber sembrarla; un padre de familia escribió que esas frutas le hablaban del hambre en el mundo y de la invitación de Dios a compartir con otros sus propios bienes.

Otra mujer escribió que la foto le recordaba la granja a la que solía ir en verano cuando era pequeña, cuando toda su familia pasaba la tarde reunida, disfrutando el paisaje, cortando fruta y poniéndola en canastos, y en su oración pedía saber mantener a su familia unida como entonces.

En fin, éstos son unos cuantos ejemplos de lo que se publicaba. Seguramente llegaban docenas de oraciones a la revista y los pobres editores se las veían negras tratando de elegir entre todas las más significativas o bellas.

Esto vino a mi mente porque gran parte del año litúrgico corresponde al llamado ‘tiempo ordinario’, (desde que termina el tiempo de Navidad hasta el Miércoles de Ceniza, y luego desde el lunes después de Pentecostés hasta el Primer Domingo de Adviento), y sería estupendo que no dejemos que el título de ‘ordinario’ nos suene a común y corriente, aburrido, sin chiste, sino que lo tomemos como una provocativa invitación de Dios para saber captar cómo nos habla a través de eso que vemos todos los días, de esos elementos ordinarios que forman parte de nuestra vida cotidiana, y que todo ello nos mueva a entablar un diálogo con Él.

Se trata de ir por la vida con los ojos bien abiertos, la sensibilidad a flor de piel y las ‘antenas’ conectadas para captar las sutiles señales de la presencia de Dios en cosas tan ordinarias como un despertador, una puerta entrecerrada, un papalote enredado en un árbol, un montón de hojas secas apiladas en el suelo, en fin, que podamos mirarlo todo con otros ojos, tomarlo todo como pretexto, como trampolín para elevar el alma hacia el Señor y convertirlo en tema para una sabrosa conversación con Él.

Así, no importa en dónde estemos, en la casa, en la calle, en un transporte público, donde sea, el mundo entero se nos convertirá en una zona llena de señales que nos hablarán de Dios, de cuánto nos ama y cómo está pendiente de nosotros, lo cual nos moverá a responderle.

San Pablo pedía que oráramos ‘sin cesar’ (ver 1Tes 5, 17), y uno de los muchos modos de hacer caso a esta invitación es aprender a verlo todo con una mirada que sepa ir más allá de la superficie para detectar lo divino en lo humano, lo extraordinario en lo ordinario y aprovecharlo para entrar en comunicación con Dios.

Por ejemplo, ¿ya notaste cómo te está hablando en este instante el Señor a través de eso, sí justo eso que hasta hoy te había pasado desapercibido y curiosamente está ahora mismo allí, enfrentito de ti?

Gracia oportuna

No cabe duda de que es verdad lo que le dijo su papá a Corrie Ten Boom, una famosa escritora y predicadora holandesa..

Contaba ella que cuando era chica solía ir con él en tren de Amsterdam a la Haya, y en uno de esos viajes, cuando ella comentó que le preocupaba cómo saldría adelante de cierta situación difícil que veía venir en el futuro, su papá la miró enternecido y le respondió con una pregunta: ‘Corrie: dime ¿cuándo te doy el boleto del tren?’ Ella contestó: ‘cuando estamos a punto de abordarlo’. Él le dijo: ¿sabes por qué? Porque si te lo diera en la casa podrías dejarlo allá y si te lo diera en el camino, podrías perderlo. Te lo doy justo cuando lo necesitas. Pues bien, del mismo modo, Dios nos da la gracia para enfrentar las situaciones difíciles cuando la necesitamos, no antes. Así que no te preocupes anticipadamente. Contarás con la ayuda divina al momento en que te haga falta.’

En estos días me ha tocado comprobar la verdad y sabiduría que hay en esas palabras.

Falleció mi papa, y yo, que siempre había temido que llegara ese momento y había creído que no tendría la entereza para enfrentarlo, me descubrí viviendo estos últimos tiempos con él llena de paz y fortaleza; pude sentarme a su lado en la cama, tomar su mano, pasar largos ratos orando en silencio, dando gracias por el don de esa vida que, como una lámpara, se apagaba porque llegaba el alba, y encomendar su alma a la misericordia infinita de Dios; pude decirle al oído muchas cosas, apapacharlo, acompañarlo y aceptar la despedida con absoluta serenidad y disponibilidad ante la voluntad divina que es siempre sabia y buena.

Había creído que cuando faltara mi papá, me resultaría intolerablemente doloroso contemplar sus fotos, sus pertenencias, pero ahora que ese momento llegó y él se ha mudado a la casa del Padre, sus cosas me hacen recordarlo con ternura, con alegría, con gratitud hacia Aquel que me permitió ser hija suya y compartir tantas vivencias inefables.

Solía pensar que me sucedería como a una señora que conozco, que acostumbraba salir con su mamá a un jardín a echarle migas de pan a los pajaritos y cuando ésta falleció nunca más volvió a hacerlo porque decía que le daba demasiada tristeza. En cambio ahora sé que no será así, que las cosas que mi papá y yo hacíamos juntos no sólo formarán parte de mis mejores recuerdos, sino que podré seguir realizándolas con él a mi lado, presente de una manera distinta, pero presente al fin y al cabo.

La víspera de que comenzara su gravedad pasamos un largo rato en la noche, con todo apagado, contemplando las luces del arbolito de Navidad y cantando villancicos, él y yo solos en la sala de su casa. Sé que la próxima vez que ponga el arbolito, el Señor permitirá que esa escena venga a mi mente a endulzar ese momento, no a amargarlo.

Papá y yo solíamos ir a caminar por un parque (la acuarela que pinté para la portada de este libro recuerda esos momentos), y en otoño nos la pasábamos compitiendo a ver si había más hojas secas de su lado o el mío, pues a mí me encanta pisarlas y oírlas crujir y él hacía como que se enojaba porque yo me adelantaba a pisar las de su lado que según él le tocaban sólo a él. Estoy segura de que es un recuerdo que me acompañará cada vez que camine sobre hojas secas, y con la gracia de Dios será algo que me hará sonreír y sentir muy cercano a mi papito.

Quise compartir esto contigo, querido lector, por si esta experiencia mía puede servirte para tener fe y esperanza en que cuando te toque vivir momentos difíciles o dolorosos, el Señor te dará, como a mí, lo que necesites a cada paso; que hallarás consuelo no sólo por saber que reencontrarás a tu ser amado en la Resurrección, sino también por sentir que la muerte no es ausencia sino diferencia de presencia, y que no se ha roto la comunicación con él sino se ha perfeccionado pues en la Comunión de los Santos él te escucha, te mira e intercede siempre por ti.

Pido al Señor que llegado ese momento sientas tu alma, como yo, llena de esa paz que sólo Dios puede dar.

Esperanza viva

La iglesia estaba llena de niños de grandes ojos y largas pestañas, vestidos con los ropajes más diversos y sentados o reclinados en mullidos cojines de terciopelo, canastas decoradas con flores o sillas primorosamente adornadas. Era la fiesta de la Candelaria, y numerosos fieles habían llevado a bendecir sus imágenes de Niño Dios.

Curiosamente, aunque estaba rodeada de abundantes motivos infantiles, me puse a pensar que bien podríamos en la Iglesia celebrar en esa fecha el ‘día del anciano’. ¿A qué se debió semejante ocurrencia? A que en el Evangelio según san Lucas que se proclama cada 2 de febrero en Misa destacan dos ancianos, un hombre y una mujer, Simeón y Ana, que podrían ser tomados como ejemplo para edificar y animar a todos sus semejantes.

De Simeón se nos dice que “habitaba en él el Espíritu Santo”(Lc 2, 25) y que confiaba en que se cumpliría lo que Éste le había prometido: que “no moriría sin antes ver al Mesías del Señor” (Lc 2, 26). Un día, el Espíritu lo mueve (y cabe hacer notar que él se deja mover) para ir al templo, donde se encuentra nada menos que con María y José, que llevan en brazos a Jesús. Es un momento extraordinario en el que Simeón, al ver por fin colmado su más querido anhelo, eleva su voz en una bellísima oración (que hoy conocemos como ‘Cántico de Simeón’) en la que expresa que ya puede morir en paz porque sus ojos han contemplado al Salvador de todos los pueblos (ver Lc 2, 29-32).

Es notable cómo a pesar de su avanzada edad y de que ha pasado muchísimos años esperando el cumplimiento de aquella promesa, no desespera, no reniega, no se desanima, no siente que ya no sirve para nada, no se deja estar, no se deja morir. Se mantiene vivo, vivaz, atento y sobre todo dócil a lo que el Espíritu le anima a realizar.

Por otra parte, se nos presenta a Ana, una viuda que a pesar de su situación de viudez y de edad avanzada, no se encierra a rumiar nostalgias, sino que se mantiene activa, sirviendo al Señor en el templo. Ello le permite no perderse la cita más extraordinaria de su existencia.

Simeón y Ana son dos personas con los años suficientes como para haber dejado en alguna parte de su ya muy largo caminar por la vida la esperanza de ver algún día cumplido su sueño. Y sin embargo nunca se dan por vencidos. Simeón cree en lo que el Espíritu le prometió y Ana se mantiene al pendiente. No se dejan derrotar por el calendario, la inercia o la desesperanza; sino que logran conservar su ánimo libre de artritis, y gracias a eso se les concede estar al momento justo en el lugar preciso, percibir la presencia de Dios en su vida, llenarse de gozo y convertirse, a buena hora, en comunicadores de la Buena Nueva.

Para Dios no cuentan las credenciales de los jubilados ni los clubes de la ‘tercera edad’. Si mantiene a alguien en este mundo, es porque espera todavía ¡mucho de él! Da lo mismo si éste puede salir, si está en silla de ruedas o postrado en una cama. En el estado o situación en que se encuentre, siempre puede hacer algo para construir el Reino y beneficiar a otros, por ejemplo dar un ayuda, un consejo, un testimonio de alegría y paciencia, hacer oración...

Los años acumulados no son razón para perder la esperanza. Nunca es demasiado tarde para dejarse conducir por el Espíritu, disponerse a encontrar a Dios y servirlo de alguna manera.

La inmovilidad, la inutilidad y el desaliento no son culpa de un almanaque, sino de un alma que dice: ¿ya qué?

Panacea universal

Se le preguntó a un grupo de personas qué entienden que es la ‘gracia’ de Dios.

Una dijo que era que Dios lo hacía todo con mucha gracia, entendida como delicadeza, arte, inteligencia, etc.


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