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Cuentos de hadas







traducción: Eren Sarı

Cuentos de hadas

Copyright © 2017, (Eren SARI)

Todos los derechos reservados.

El autor reproducido sin autorización.

Primera edición: 2017

Dirección:

NoktaE-Book Publishing

Aşağı Pazarcı Mah.1063 Sokak.No:7

Antalya / TÜRKİYE

correspondencia:noktaekitap@gmail.com

Web:http://www.noktaekitap.net

cubierta: NOKTA E-KİTAP

Editorial: NET MEDYA YAYINCILIK

Nokta E-Book International Publishing













El deseo de Luisa

Hace mucho tiempo, existió un pueblito pequeño de nombre Tristonia, cuyos habitantes eran muy pobres, tan pobres, que apenas tenían para comer o para vestir. Sin embargo, a pesar de la pobreza, eran personas muy bondadosas, que compartían todo cuanto tuviesen, incluso la tristeza.En efecto, las personas de aquel pueblito siempre andaban tristes y esperaban con impaciencia la llegada del nuevo año, pues durante esa fecha, el hada de los pobres aparecía justo a las doce de la noche, para conceder un deseo a la persona que tuviese el corazón más bondadoso de todos.

En aquel pueblito, vivía una dulce muchacha llamada Luisa, que se levantaba cada mañana bien temprano a trabajar la tierra para poder obtener comida, y brindarla a los más pobres de Tristonia. Las tierras de Luisa no eran buenas, y la pobre campesina debía trabajar día y noche para lograr abundante comida.

Cuando terminaba la época de cosecha, repartía lo obtenido entre todos y a partes iguales, y solo se quedaba para ella una porción muy pequeña de los alimentos. Su alma era tan generosa, que se compadecía de todos los seres de Tristonia, y sufría por todos los niños que se iban a la cama sin probar bocado alguno.

Finalmente, llegó el último día del año, y todos esperaban impacientes la aparición del hada mágica para que concediera un deseo. Cuando todos comenzaban a impacientarse, se abrió una luz en el cielo, y descendiendo hizo su entrada la noble figura del hada. Tras mirar a todos los ciudadanos, decidió que el deseo sería para la buena de Luisa, y ¿Saben lo que Luisa pidió?

Pues más tierras para cultivar, y así dar de comer a todos los niños de la ciudad. Las persona aplaudieron emocionadas, y Luisa pudo ver su deseo hecho realidad.



El Hada de la noche

Hace mucho, muchísimo tiempo atrás, cuando en la Tierra comenzaron a habitar los primeros hombres, ya existían bestias temibles que dominaban la oscuridad y sembraban el terror a su paso.

Por fortuna, también existían seres buenos y compasivos, como las hadas, que sirvieron al hombre y le protegieron de todo peligro.

Así, para que los primeros habitantes de la tierra no murieran de frío en el crudo invierno, el Hada de la Luz les regaló el fuego. Y para que pudieran defenderse de los grandes monstruos, el Hada de los Metales, les regaló espadas y escudos.

Todas las hadas bondadosas tenían algo que obsequiar a los hombres, todas menos el Hada de la Noche, que a pesar de ser generosa, no podía encontrar un regalo que pudiera ser de utilidad.

Un buen día, mientras descansaba en el regazo de un río, el Hada de la Noche se encontró con un muchacho que temblaba de frío a los pies de un árbol. Cuando le preguntó, el triste chiquillo solo pudo explicarle que había perdido todo en la vida, y que un furioso dragón había devorado su casa, su caballo y su gato.

Con el corazón arrugado, el hada buena quiso compensarle con un noble detalle, agarró un trozo de su vestido, hecho de la noche más oscura, y dibujó con él la silueta exacta del muchacho. Seguidamente, la colocó sobre el suelo y la llenó de magia, y el muchacho se llenó de alegría al ver que la silueta imitaba todos sus movimientos.

Entonces, el Hada de la Noche recorrió el mundo entero, regalándole a cada hombre su propia sombra, hecha con los retazos de su vestido, para que jamás volvieran a sentirse solos en el mundo.

César Manuel Cuervo

Fiorina y Pionina

En el país de las hadas, nadie es más bella que Fiorina, excepto su hermana Pionina. Pero nadie es capaz de saberlo, porque nadie ha conocido jamás a Pionina.

Cuando las dos hadas hermanas nacieron, se formaron en una gotica de rocío mañanero que se quedó en los pétalos de una hermosa rosa blanca. Allí crecieron las dos hadas, envueltas y seguras en el interior de la flor. Y aunque la curiosidad les motivaba a salir al exterior, ninguna de las dos se atrevía a hacerlo por temor a lo que pudieran pensar de ellas las otras hadas.Fiorina y Pionina pensaban que eran horrorozas y tontas, y que jamás serían tratadas con amabilidad. Vivían con tanto temor que no se les ocurría salir de la flor. Un buen día, Fiorina quiso salir, sin importarle lo que pudieran pensar de ella: “Si soy tonta y horrorosa, al menos seré de buen corazón, y trataré a todas las hadas con amabilidad para que me acepten entre ellas”.

Su hermana Pionina no estaba de acuerdo, y temblaba de miedo solo de pensar en que debía abandonar su cobija tan segura. De ese modo, Fiorina salió sola al mundo, y pudo ser contemplada a plena luz del día. El resto de las hadas, se rindieron a sus pies por lo hermosa que era, y los animales del bosque se reunieron cerca de ella para contemplar el brillo de sus ojos y la hermosura de sus cabellos.

Entonces, Fiorina quiso buscar a su hermana, para mostrarle lo equivocadas que estaban, pero no pudo recordar en qué flor se encontraba su hermana, pues existían cientos de rosas blancas en aquel lugar. Y aún hoy continúa Piorina escondida entre las rosas blancas, con temor de salir afuera y sin saber que es la más hermosa de todas las hadas.







La vaina y los mendigos

Había una vez, dos mendigos muy tristes y muertos de frío que llevaban semanas sin comer. A punto de desfallecer, se apareció mágicamente una hada buena ante los dos desgraciados. La noble criatura les concedió una vaina de frijoles a cada uno y desapareció al instante, no sin antes pedirles que sacaran el mejor provecho de aquel regalo. Inmediatamente, el primero de los mendigos rasgó la vaina y engulló las alubias de un solo bocado. “Qué satisfecho me siento. Al fin mi estómago ha probado algo” exclamaba con alegría.

Mientras tanto, el segundo mendigo extrajo los granos cuidadosamente y los guardó en sus bolsillos, luego se comió el resto de la vaina y quedó igual de complacido.A la mañana siguiente, el mendigo precavido sembró las alubias en la tierra fresca, las regó con un poco de agua y las protegió de la hierba mala.

Así lo hizo durante un tiempo, y al cabo de un año, ya contaba con una planta hermosa llena de vainas. Entonces, el mendigo insensato le pidió devorar aquellas vainas y saciar su hambre, pero el noble hombre decidió plantar nuevos granos en su lugar, y esperar la llegada del próximo año.

En efecto, los retoños dieron a luz en poco tiempo, y el mendigo llegó a sembrar cientos de granos hasta llenar incontables sacos para vender. Su amigo desquiciado, quiso derrochar el dinero y darse mil y un lujos, pero el mendigo juicioso, que ya no le quedaba nada de mendigo, empleó el dinero para comprar más tierras y mejorar la calidad de los cultivos, compró regadíos y contrató a otros mendigos para que trabajaran la tierra por un salario justo.Finalmente, el más inteligente de aquellos hombres se había vuelto todo un empresario exitoso, mientras el otro continuaba de mendigo, esperando que apareciera el hada nuevamente a regalarle otra vaina. César Manuel Cuervo

Cuento infantil

Hace mucho, mucho tiempo…, a finales de la era de los dragones y los castillos, circulaba una leyenda en torno a una bruja tremendamente malvada.

En muchos lugares se había oído y asegurado su existencia y, aunque nadie reconocía haberla visto jamás, todos parecían saber cosas de ella. Habitaba en un castillo lejano de Europa, pero, se decía que era tan poderosa que a todas partes del mundo podía hacer llegar su maldad.

Convencida de que los libros conducían a los hombres al progreso y a la libertad, aquella malvada bruja no quería que el pueblo conociese la lectura, y al dragón de su castillo, todos y cada uno de los libros que se escribían en el mundo, le hacía tragar. La bruja tenía miedo de que la gente leyese y aprendiese a pensar y, tras ello, la despojasen de su castillo, de su poder, y de toda su maldad.

Así, fueron pasando los años y los hombres, poco a poco, se olvidaron de leer y de pensar. Los niños, por su parte, crecieron comunicándose por señas, balbuceando palabras aisladas que jamás veían escritas en ningún lugar, y cuyo significado no llegaban a comprender y nadie les sabía enseñar ya.

El dragón de la horrible bruja, que observaba con profunda tristeza lo que había conseguido finalmente, y hasta donde había llegado su maldad, decidió luchar contra ella y poder devolver así a los hombres su dignidad.

Frente a la bruja, el dragón abrió sus fauces decidido a expulsar una gran bola de fuego, como aquella que había hecho arder todos y cada uno de los libros robados por la bruja en la boca de su estómago.Pero de la boca del dragón no salía fuego, lo que provocó una carcajada de tal magnitud en la bruja malvada, que según dice la leyenda, dio origen a varios terremotos en la tierra.

El dragón del temido castillo solo expulsaba palabras, de tantos libros como se había comido.

Impresionado, el dragón sopló y sopló hasta sacar de su interior la última de las letras robadas. Y estas, poco a poco, fueron dando forma a las palabras, las palabras a las frases, y las oraciones a todos y cada uno de los libros perdidos. ¡Qué espectáculo de formas y colores se veía! Las vocales danzaban y giraban dando vueltas como locas, y los personajes de cuento más famosos buscaban ansiosos su hogar, revoloteando sobre los rostros perplejos de la muchedumbre, que se había agolpado, ante el ruido, frente al castillo de la malvada bruja.

De esta forma, el esfuerzo del dragón fue debilitando el poder de la bruja, que quedó finalmente sepultada bajo las toneladas de libros que el dragón consiguió devolver al mundo tras sus grandes bocanadas de aliento.

Y, como por obra de un milagro, los hombres fueron recuperando la libertad y la cordura, y los niños ordenando sus ideas en sus pequeñas cabezas y hablando de nuevo con fluidez. Todos, muy felices, fueron recogiendo cada uno de los libros, dispuestos a colocarlos en las bibliotecas, en las escuelas…, y en las humildes estanterías de sus casas. Tras ello, se dirigieron al dragón para agradecerle el haberles liberado de la terrible maldición de la bruja. No pudieron, sin embargo, dar las gracias al dragón, que había dado en su lucha ante la malvada bruja, hasta la última gota de su feroz aliento.

Si oís en algún lugar el rumor de una leyenda que comienza diciendo, «érase una vez el dragón de las palabras», corred hacia un libro cercano, agarradlo fuerte, leedlo, y dad gracias. Algunos aún dicen, que para que no desaparezca ni nos falte nunca más un libro, aquel dragón nos vigila y nos guarda…



Lupita, la mariquita rica

Lupita era una mariquita, que soñaba con volar sola hasta lo más alto, para distinguirse de las demás.

Tras la suculenta herencia de su padre Epafrodito, que en paz descanse, Lupita se convirtió en la mariquita más rica de Pueblobichito, su humilde ciudad.

Al verse con tanto dinero, Lupita se volvió tan caprichosa, que incluso se cansó de andar, y decidió invertir su fortuna en viajes para al fin conseguir volar, como ninguna otra mariquita lo había hecho jamás.

Subió en helicópteros, viajó en avión, y hasta surcando el cielo en globo a Lupita (que todo se le hacía poco) se la vio. Viajaba Lupita siempre maquillada con enormes pestañas, y ataviada con largos guantes de seda y un sombrero tan grande que se la veía a cien pies.

Pero pronto, Lupita empezó a necesitar a alguien con quien poder compartir todas las maravillas que había visto a lo largo de tanto viaje. Empezó a imaginar, mientras contemplaba el mundo, como sería la vida con otro bichito que la susurrara canciones a la orilla del mar o celebrase con ella la Navidad.

Recordaba con tristeza a sus amigas Críspula y Cristeta, con las cuales se pasaba horas enteras jugando y sobrevolando los arbustos espesos y radiantes en primavera. O a Serapio y su brillante mirada, posándose sobre sus pequeñas alas en los días más espléndidos de la florida estación. Y Lupita sintió de repente una profunda tristeza que con su dinero no podía arreglar.

Decidió entonces poner sus patitas en tierra para ordenar todas aquellas ideas. Y vagando de un lado a otro, llegó a un extraño lugar al que se dirigían muchas mariquitas de su ciudad.

La Cueva del Suplicio, como se llamaba, era un sitio a donde acudían la mayoría de mariquitas que no tenían nada, para empeñar lo poco que les quedaba y así dárselo a los demás el día de Navidad.

Viendo a aquellas mariquitas luchar por no perder la sonrisa de los suyos, con su propio esfuerzo y sin ayuda de los demás, comprendió Lupita que no eran ellos los pobres y se avergonzó de su codicia y su vanidad.

Decidió en aquel momento Lupita, depositar en aquel lugar todo su capital, incluidos sus guantes de seda y su gigante sombrero. ¡Quería ser como las demás!

Lupita había comprendido al fin que, en volar hasta lo más alto, no se encontraba la felicidad.







EXPEDIENTE HORMIGA

Lidia, una niña de cinco años despierta y muy observadora, creía haber revelado un importante misterio para la Humanidad. Estaba convencida de haber descubierto el origen de los marcianos.

Dedicaba horas, en sus ratos libres, a estar en el campo con sus abuelos. Horas en las cuales observaba, muy atentamente, la naturaleza y todo cuanto sucedía a su alrededor, acurrucada bajo el viejo chopo del tatarabuelo Rufo. Pero de todo cuanto podía admirar, sin duda, lo que más le apasionaba eran las hormigas.A la pequeña Lidia le inquietaba ver de qué manera aquellos minúsculos bichitos iban y venían, de un lado para otro, a lo largo del día. Su manera de actuar parecía demostrar que todas aquellas hormigas supiesen perfectamente a qué punto exacto de la casa o de la huerta del tatarabuelo Rufo debían dirigirse en cada momento y por qué motivo.

Siempre que había pizcas de miga de pan en la cocina, las dichosas hormigas comenzaban a acudir desde el viejo chopo, situado a no menos de cien metros de la casa. Una vez allí, y organizadas en dos bloques perfectos de filas indias, se disponían para recoger los pequeños cuscurros de pan y volvían hasta la sombra del viejo chopo, bajo la cual se enterraban en su hormiguero, desapareciendo, como si no hubiesen estado allí jamás. ¿Cómo podían saber aquellos diminutos seres dónde se encontraba la cocina? ¿Y por qué parecían saber la hora exacta en la cual tendrían dispuestos siempre sus abuelos los cuscurros o las miguitas de pan para llevárselas?, se preguntaba Lidia, atónita, cada vez que observaba el fenómeno. Con toda seguridad, aquellas hormigas debían de pertenecer a algún grupo o familia muy unida y avanzada. En ocasiones, desplegaba su gran lupa y hasta le parecía que reían entre ellas y llegaban a conversar.

Lidia había oído a los adultos hablar sobre todo aquello de las naves espaciales y los extraterrestres…y poco a poco, todo parecía encajar. Observar a aquellas hormigas tan atentamente la había llevado al convencimiento absoluto de que aquellos extraños seres debían de tener algún sistema de control sobre nosotros. Un sistema, tan avanzado, que ni siquiera les hacía falta usar naves para visitarnos, haciéndolo a cuerpo descubierto y enfrentándose a grandes peligros, como la gran pisada del pie del abuelo Pipe.

– ¡Ajá! ¡Os he descubierto! –Exclamó Lidia observando la boca del hormiguero.

Y la pequeña se echó la siesta aquella tarde, increíblemente feliz, bajo la sombra del viejo chopo del tatarabuelo Rufo.

Había dado con el secreto de los marcianos…



Cuando era verano

El verano para mí era un cúmulo de sensaciones maravillosas. Se iniciaba con un grupito de mariposas en el estómago, que parecían vaticinarme siempre la llegada de un verano prometedor.

Le seguía el ansia por zambullirme en abundantes masas de agua dulce o salada, de un color azul celeste tan brillante, como esperaba el tono del cielo durante toda la estación estival. Pero pasado el tiempo, de pronto, nada.

No sentía las mariposas, no quería zambullirme en los tonos azules del agua, no lograba percibir los matices de los colores destellantes…

Algo había cambiado. Era como si no lograra captar lo que años atrás el verano traía consigo: toda esa gama de contrastes, de colores en el cielo, todos esos verdes en los árboles. . .

Sentía que algo tenía que hacer. De nuevo se avecinaba la estación estival, y qué mejor oportunidad que aquella para apreciar la inmensidad del mar, el devenir de las olas, el gusto de la brisa en el rostro…o el profundo cantar surgido del océano, cuando nada más que el mismo se manifiesta en la noche bajo el tímido manto de un cachito de luna. Un sonido más preciado si cabe, si se escuchaba caminando descalza sobre la arena, como me había enseñado la abuela Lina en aquellos primeros días de costa. Era como si la naturaleza te hablara.

Decidí entonces descalzarme de nuevo, como antaño, y cerrando los ojos casi parecía que el verano seguía siendo prometedor, o que el agua azulada y cristalina no había cambiado en nada, que todo seguía como antes.

Y en mi estómago, continuaban las mismas mariposas que jugaban revoltosas al llegar al pueblo o presentir su presencia.

Los recuerdos se agolpaban con la arena ardiente bajo los pies: la abuela, los primeros y miedosos chapuzones, la ansiedad al divisar el pueblo en lontananza…o los ojos negros de Pedrito, mi primer amor. Observando el agua, de nuevo me entraban las mismas ganas de zambullirme a lo loco, y hasta me parecía divisarle acercándose junto a mí. Que traicionero podía ser el sol en la playa tras muchas horas de intenso calor…y cuánta la magia que brindaba el verano a los niños bajo su escenario teñido de ocres y todo tipo de tonos amarillos, terrosos y matices dorados. Un color, un sabor, una promesa o una simple mirada, eran suficientes para hacer de un solo verano el más prometedor y feliz de todos.

Abrí los ojos, que se inundaron de mar, y me zambullí en el agua con el propósito de refrescarme la cabeza y lograr despejar, finalmente, toda aquella confusión.

Al sacudirla hacia el exterior con fuerza, miles de gotas de agua, como cristales rotos de un tono multicolor, danzaron a mi alrededor. Aquellas gotas terminaron de conducirme hacia la respuesta que necesitaba…Ahora ya sabía qué había cambiado, y aunque la nostalgia muchas veces podía ser agridulce…también podía convertirse en un relato de lo más encantador.

– Zan Zan Sese, Georgia Garrón Acosta; Beatriz Nuñez y Maria Antonia García…¡Gracias por vuestra colaboración!















LA TÍA RITA

La tía Rita era una mujer de lo más peculiar.

Poseía una espalda curvada, con la cual aparentaba una edad de lo más avanzada. Joroba que le hacía un cuerpo semejante, al caminar, al de una pobre grulla sin alas. Sin embargo, no era aquello lo más singular. Todo el mundo comentaba que la tía Rita sufría de espasmos y que, por ello, el cuerpo parecía habérsele partido en cuarto y mitad.

La tía Rita era una mujer de lo más “especialita”. Su hermana decía que era alérgica a la letra “i” y que, por ese motivo, vivía en un sin vivir. Si la nombraban, estornudaba, y si estornudaba…de nuevo, el cuerpo entero otra vez le temblaba: ¡aaachís! La pobre Rita ya no sabía, cómo de aquel castigo escapar podría:

– «Ji, ji, ji…» –Carcajadas de señoras y señores…

– « ¡Piii! ¡Piiii! » –Sonido de coches en calles y callejones…

– «Din, don…Din, don… » –Repiques de campanas y relojes…

¡Quiquiriquí!…De la mañana a la noche, la tía Rita se encontraba inmersa en una extraña danza (compuesta de muecas curiosas y muchos temblores) que parecía no tener fin. Hasta que un día la hermana de Rita, ideó una manera de acabar con la caprichosa alergia en torno a aquella letra tan estrechita.Acordándose de que su hijo Martín, tartamudeaba y se atragantaba con la misma letra “i”, decidió hurtarle la vocal a su hermana, para ponerla en el abecedario del pequeñín. Presurosa, acudió al Consejo superior de los nombres de todos los reinos. En él, las personas más sabias acuñaban en madera elegantemente tallada, todas las letras del abecedario en el Casillero Oficial de todos los niños y niñas, conforme aprendían a hablar, leer y escribir.

Una vez informados del caso de su hermana Rita y de su hijo Martín, todos los sabios y sabias del consejo, acordaron conceder al pequeño, la vocal que tanta alergia le había provocado a su tía. Y, finalmente, tallaron a Martín, muy cuidadosamente, la dichosa letra “i”.

La «hermana Reta», como la llamaron a partir de entonces, pudo al fin relajarse y vivir feliz, y Martín pudo de una vez pronunciar la “i”…

















La Jirafa Dromedaria

Érase una vez una Jirafa Dromedaria que habitaba en la sabana africana…

Esta curiosa jirafa vivía al margen de su manada porque… ¡apenas se le parecía en nada!.Su lomo asemejábase más al de un camello, o a un dromedario (o a un tobogán), y ni siquiera gozaba del cuello largo y rectilíneo del que disfrutaban el resto de las jirafas de aquella sabana. Ninguna de sus parientes jirafas podía ver en ella ni a una tía, ni a una hermana, ni siquiera a una prima lejana; ni contemplaban tampoco al verla, a alguien con quien compartir el agua o las sabrosas acacias. Recelosas, observaban muy erguidas en las alturas a aquel extraño animal, cuasi jorobado, que tanto se les acercaba.La Jirafa Dromedaria cansada, con el tiempo, de agazaparse y correr siempre al rebufo del resto de la manada, decidió vagar sola por la sabana en busca de más jirafas dromedarias, en busca de una auténtica familia que en apenas algo se le asemejara.

Tras un tiempo observando y buscando su nuevo hogar, la Jirafa Dromedaria creyó haberlo encontrado al ver el pelaje de un leopardo, intentando camuflarse entre el pastizal.Acercóse la insensata jirafa hacia el fiero animal, hasta que sus finos y largos bigotes pudo casi palpar. Pero el leopardo (creyendo ver al mismísimo demonio en la piel de un camello con sarampión) se quedó tan congelado cuando la llegó a observar, que concedió a la jirafa el tiempo justo para lograr escapar. Y emprendiendo como pudo una carrera, al trote de un paso muy vacilante y torpón, la Jirafa Dromedaria de nuevo retomó la búsqueda de su familia de verdad.

Harta de trotar para escapar del leopardo y de un posible ataque fatal, creyó divisar a lo lejos un paraíso de antílopes colosal. En la distancia, pudo olisquear el aroma de las hojas y de las vainas frescas que cubrían parte de los terrenos de aquel esbelto y bello animal, y cansada y apurada por el hambre, pensó haber llegado al hogar.

A su llegada, los antílopes no dudaron en dar la bienvenida a aquella invitada curiosa y particular. Agasajaron a la jirafa con hierbas frescas de temporada y, al anochecer, la acomodaron en un humilde rincón fresco de pasto para que pudiese reposar. Al día siguiente, ya descansada, la Jirafa Dromedaria se divirtió de lo lindo con las pequeñas y juguetonas crías del grácil antílope, las cuales se deslizaban por su espalda jorobada, como si recorriesen mil rampas a lomos de un tobogán. Qué gracia en sus saltos y movimientos… ¡qué cariño en cada uno de sus gestos!

La Jirafa Dromedaria, por primera vez, parecía formar parte de un grupo, de una manada; y nunca más se puso en marcha en busca de familiares por la sabana.

Qué extraño resultaba verla en medio de aquella tribu africana. ¡Qué familia tan disparatada formaban! Y qué felices los niños junto a su nueva amiga del alma.

WINTER´S PEAK

Hace tiempo, mucho tiempo…el invierno no era tan frío como lo es ahora. Al menos, eso es lo que se rumorea en los pueblos cercanos a Winter’s Peak, el lugar más remoto y humilde que ha existido en toda la humanidad…El pueblo de la Navidad.

Entonces la ahora fría estación, se caracterizaba por corrientes tan suaves como las que rozan las rosadas mejillas de los niños en primavera, y la gente ansiaba su llegada con ilusión, sabedores de la alegría tan inmensa que cada año traía con él a la pequeña localidad.

Las luces de mil colores; el olor a siropes, jengibres y chocolate caliente inundando las calles y los resquicios de las puertas de las casas; el descanso escolar; los deseos hechos cartas y canciones; y sobre todo, los encuentros y abrazos de aquellas familias…ablandaban al invierno de tal manera, que se le hacía imposible cometer su función de traer la lluvia, el frío y la nieve, permaneciendo calmo y observador ante la muchedumbre alegre.

Sin embargo, con el tiempo, los habitantes de Winter’s Peak comenzaron a perder interés por el invierno y la Navidad. Ya no festejaban aquella fiesta como lo hacían antaño; ni olía tanto a dulce por los resquicios de las calles y las casas; ni se escribían cartas…ni apenas se reunían las familias ya.Los habitantes de Winter’s Peak ya no soñaban, porque sentían que lo habían soñado todo ya. El invierno se sentía tan enfadado ante tanta ingratitud, que finalmente decidió realizar sus tareas, al tiempo que les mostraba la peor de sus caras a todos los vecinos de aquella localidad:

– ¡Qué frío tan horroroso! ¡Qué invierno tan duro y desolador!…–Exclamaban los lugareños ateridos de frío y azotados por incesantes lluvias y tormentas de nieve.

Tanto castigó a aquel pequeño pueblo el invierno, que nadie podía salir a la calle a la panadería de John Woodle, ni a la escuela, ni siquiera a la tienda de comestibles de la señorita Pich. Y tal fue la tristeza que provocó el aislamiento de frío y nieve en los habitantes de Winter’s Peak, que de nuevo se llenaron de sueños que pedirle a la Navidad. A su llegada, todos decidieron abrir sus puertas y fueron retirando poco a poco las sendas montañas de nieve, trabajando codo con codo en la espera última de celebrar como se merecía la mejor y más bella Navidad.

Se sintió tan satisfecho y emocionado el invierno ante aquel duro esfuerzo y sólida unión, que no dejó de llorar copos de cristal fino de nieve sobre las colinas de Winter’s Peak durante toda la Navidad; tan suaves, que ni siquiera mojaban. Sin embargo, se olvidó de atemperar los grados de aquellos finos y blancos copos de nieve, el pobre invierno ante tanta dicha.

Y uno a uno, fueron congelando para siempre aquellos bellos instantes en Winter’s Peak, cual preciosas estampas navideñas.

Pobre Winter’s Peak…El pueblo de la Navidad, dicen. El lugar donde se endureció el triste y culpable corazón del frío invierno, que ya no se ablandaría jamás…























El Vagabundo y la Luna

Érase una vez un extraño hombrecillo que moraba entre las sombras de una ciudad. Prefería la noche al día, y al alba, se acomodaba sobre los tejados más mullidos de la capital. La gente, que nada de él conocía, acostumbraba a susurrar a su espalda mientras el hombrecillo dormía, ajeno a los demás.

– ¡Pobre vagabundo! –se lamentaban los más bondadosos– ¡Qué vida tan desgraciada tendrá!

A aquel extraño vecino le acompañaba siempre un gato, lleno de tantas manchas que parecía vestido de lunares, y ¡hasta unas botitas blancas parecía calzar!

Poco más poseía aquel hombre, salvo una pequeña flauta que le alegraba las noches, mientras todos dormían y él despertaba. Y sin embargo, era el hombre más rico de la ciudad.

Cuando la ciudad dormía todo se tornaba de paz y tranquilidad por las calles y recovecos de aquel lugar. Solo un pequeño hombrecillo y su gato de cien manchas, permanecían en aquel momento con los ojos abiertos. Aquel vagabundo (como le llamaban), hacía entonces sonar su flauta llenando las avenidas de alegría, color y magia. Sentado a los pies de la mismísima luna, cada noche silbaba el músico al viento todas las melodías que recordaba.

– ¡Qué dichoso y afortunado me siento aquí sentado! – comentaba a menudo el músico acariciando a su curioso y pintoresco gato.Arropadito por un buen manto de estrellas, tocaba y tocaba sin darse cuenta la noche entera, y cuando todos comenzaban a despertar volvía junto a su gato a buscar tejados mullidos donde poder reposar.

Así una y otra vez hasta que acabase el día, y la noche y la música tuviesen de nuevo lugar.

El Monstruo del Canapé

¿Alguna vez habéis convivido con monstruos?

En casa lo hacemos con uno a diario, aunque es mamá la que siempre se enfrenta a él y… ¡hasta le da de comer!

Todo empezó cuando una tarde, al volver del colegio, oí contar a mamá que por fin habían traído al Monstruo del canapé.

Hasta aquel día siempre había pensado, que de haber monstruos en una habitación, se encontrarían en el armario o debajo de la cama. Pero dentro de ella…Aquella idea me resultó terrorífica.No lograba comprender por qué había que rellenar el hueco existente bajo la cama con un monstruito al que encima debíamos dar de comer. ¡Y no cualquier comida no! Que aquel monstruo solo quería alimentarse de nuestras cosas para dejarnos sin nada y atemorizarnos, y yo me enfadaba con mamá, que todos los caprichos le daba: «Voy a llevar estas sábanas al canapé…

Los abrigos que no te valgan al canapé…». Incluso engullía los adornos del árbol de Navidad que nos sobraban! Y eso que el cabello de ángel que utilizábamos, no se le parecía en nada al que usaba la abuela en sus deliciosas empanadillas dulces.En las noches, procuraba conciliar el sueño con dificultad, puesto que la idea de dormir con un monstruo en la habitación de al lado, se debía hacer difícil para el más grande de los valientes. A veces me preguntaba si el Monstruo del canapé sería en realidad un monstruo de los buenos, encargado de mullirnos el colchón bajo nuestras espaldas al más mínimo movimiento y de hacer sonar los muelles. Sin embargo, esta idea de bondad duró poco en mi cabeza. De pronto imaginé a aquel Monstruo del canapé colocándonos también la almohada y saciando su sed con el rastro de nuestra saliva nocturna, como lo hacían de savia las flores según mi profesora de naturales, haciéndose cada vez más y más grande.

Desde la llegada de aquel extraño ser, aquella era la rutina de nuestros días. Cada tarde al volver de clase, observaba desde el fondo del salón como mamá organizaba su cuarto y daba de comer a la fiera, casi siempre enfurecida dado el forcejeo que mamá se traía siempre subiendo y bajando la tapa de su guarida.

Todo fue sucediéndose con aquella relativa normalidad, hasta que una mañana tomé una decisión. Aquel día papá había salido del cuarto de mal humor, refunfuñando que el dichoso canapé le había triturado la espalda. Esa misma mañana elaboré un plan estratégico para enfrentarme al monstruo que, claramente, quería comerse a mis padres.

El primer asalto sería la elaboración de un suculento menú, con el que sin duda debilitaría al gran bicho. El menú estaría compuesto de: tornillos de bicicleta, goma de borrar, puré de plastilina y polvos pica-pica.

Una vez debilitado con mi delicioso menú, volvería a la habitación a enfrentarme a él, cara a cara, en una lucha más igualitaria. Tal vez hasta podríamos conversar, y me permitiría preguntarle por qué había engullido nuestras cosas, incluido mi disfraz de guerrero medieval tan necesario en aquella misión.

Pero nada de aquello ocurrió finalmente, porque mientras yo aún terminaba de ultimar los detalles finales de mi plan, mamá ya se había enfrentado sola y en silencio al monstruo. Me recogió del colegio, y durante el paseo a casa, me sonrió suspirando y dijo:

– Al fin dormiremos tranquilos. Ya me he librado del dichoso canapé.

Y yo la entendí perfectamente y me alegré, aunque en el fondo lamenté el no haber podido llevar a cabo mi estratégico plan, y haber estado frente a frente con aquel Monstruo del canapé.

Mamá había sido una heroína. Siempre tan tranquila y tan segura…No podía dejar de mirarla ni un momento. Estaba convencido, de que algún día, me contaría el secreto de aquella batalla. Pero en aquel instante caminamos en silencio. La vuelta a casa jamás había sido tan agradable…























Cuento de sirenas: Taryn y las ballenas del fondo del mar

En el fondo del mar, hace mucho tiempo, llegó el día en que había de elegirse al rey o reina del fondo marino, y Taryn, una hermosísima sirena de cabellos rojizos y ondulados, resultó ser la elegida por el resto de los habitantes del mar. Ésta, muy alegre, dijo:

¡Gracias pueblo mío! ¡Jamás os defraudaré!

Pero Taryn ocultaba un oscuro secreto que era, nada más y nada menos, que un desprecio total y absoluto por las ballenas. Taryn consideraba que las ballenas eran unas vecinas demasiado distintas a ella, y su enorme tamaño y apariencia le resultaban muy poco elegantes ni acordes con su especie. Taryn era una sirena intolerante e irrespetuosa con los demás, pero procuraba disimular sus pensamientos tras una dulce sonrisa.


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