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Siguiendo Adelante

El Aliento y Consuelo que nos Brinda

Filipenses 3:7-16

F. Wayne Mac Leod



Distribuidora de Libros “Light To My Path”
Sydney Mines, NS CANADÁ B1V 1Y5



Siguiendo Adelante

Publicado originalmente en inglés con el título: Pressing On

Traducción al español: Harold Gilbert, revisión y corrección David Gomero. Traducciones NaKar, Cuba

Publicaciones Light To My Path [Ministerio de distribución literaria Lumbrera a mi Camino]

Copyright © 2017 by F. Wayne Mac Leod

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede reproducirse ni transmitirse de forma alguna sin el previo permiso por escrito de su autor.

A menos que se indique otra versión, todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Reina Valera 1960.

Otras versiones usadas: (NVI, Nueva Versión Internacional), (ESV, English Standard Version)



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Contenido

Prefacio

1 - La Realidad del Sufrimiento y las Pruebas

2 - Prioridades

3 - Hallados en Él

4 - El Poder de la Resurrección

5 - La Participación de Sus Padecimientos

6 - Semejantes a Él en Su Muerte

7 - No que la Haya Alcanzado Ya

8 - Logrando Asirnos

9 - Olvidando lo que Queda Atrás

10 - Esforzándonos por Alcanzar lo que está Delante

11 - Obteniendo el Premio

12 - Una Visión Madura

13 - Viviendo de Acuerdo a lo Que Ya Hemos Alcanzado

Distribución Literaria Light To My Path

Prefacio

Inicié en el ministerio cristiano a tiempo completo en la isla de Mauricio que se encuentra en el Océano Índico. La iglesia a la que fui llamado había sido una iglesia dinámica y en crecimiento. Sin embargo, cuando llegamos, estaba batallando con la división, la incomprensión y la ira. En el curso de mi servicio cristiano he visto a muchos creyentes batallar con heridas profundas y dolor.

Los cristianos no son inmunes a los problemas. Desde el comienzo de los tiempos nuestro enemigo ha estado buscando devorar, desalentar y derrotar a aquellos que aman al Señor Jesucristo. El libro de Job en el Antiguo Testamento está dedicado al problema del sufrimiento en la vida del creyente; y en el libro de Los Salmos, David y otros hablan con toda sinceridad de sus sentimientos en medio de las pruebas de la vida.

Este libro es un estudio de Filipenses 3:7-16; pero no es mi intención ser exhaustivo en mi exposición del pasaje pues he escrito suficientes estudios bíblicos y comentarios para saber que nunca podemos agotar la aplicación de Las Escrituras a nuestras vidas. Por tanto, no es mi objetivo hablar acerca de por qué los creyentes enfrentan tribulaciones, pruebas y oposición, sino que más bien lo asumo como una realidad de la vida en un mundo pecaminoso.

Filipenses 3:7-16 posee una poderosa aplicación para todo aquel que esté enfrentando momentos difíciles. Ruego que la puesta en práctica de la enseñanza de Pablo en este pasaje sea de tanta bendición para el lector como lo ha sido para mí, y que esta sencilla exposición de la enseñanza de Pablo sea una fuente de instrucción, aliento y apoyo al pueblo de Dios en todo el mundo, y le dé fuerzas para seguir adelante en los momentos difíciles de la vida.

F. Wayne Mac Leod

1 - La Realidad del Sufrimiento y las Pruebas

Desde el momento en que el pecado entró en el mundo la creación se ha ido deteriorando y ha sido afectada por su maldición. Satanás, como nuestro principal enemigo, está buscando destruir la buena obra que Dios está haciendo llevando a las personas y a las naciones al pecado y a la maldad; y ha hecho un gran daño a este ya enfermo y agonizante mundo. Cada ser humano, con excepción del Señor Jesucristo, ha nacido con una naturaleza pecaminosa y se le hace difícil andar en los caminos de Dios. Desastres naturales como terremotos, huracanes e inundaciones suceden en todas partes y toman las vidas de miles cada año. Hay naciones que pocas veces han conocido la paz. En las calles de nuestras ciudades, los homicidios, las violaciones y otros crímenes, son mucho más comunes de lo que nos gustaría admitir. El alcoholismo y las drogas han destruido muchas familias, y las injusticias y los prejuicios han devastado países enteros, influyendo en las políticas y las leyes. No podemos escapar de la realidad del pecado y de su impacto en nuestras vidas.

El pueblo de Dios no ha estado exento de esta devastación: Job perdió a toda su familia por el ataque de Satanás (Job 1:13-15). Influenciados por el pecado a su alrededor, los hijos de David cayeron en el pecado de homicidio, incesto y rebelión. Dina, la hija de Jacob, fue violada, y sus hermanos, Simeón y Leví, masacraron a todo un pueblo para obtener venganza (Génesis 34). Las iglesias se han dividido por acusaciones y falsedades suscitadas por Satanás. Los esfuerzos de Satanás están centrados en el pueblo de Dios y hará todo lo que pueda para derrotarlo y alejarlo de su Señor.

Jesús enseñó que la maldad aumentaría en la tierra y los creyentes serían odiados, perseguidos y asesinados a medida que Su venida se acercara.

(9) Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. (10) Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. (11) Y muchos falsos profe-tas se levantarán, y engañarán a muchos; (12) y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. (Mateo 24:9-12)

Estamos en medio de una intensa batalla. A medida que el Reino de Dios se mueve de un corazón a otro, Satanás multiplica sus esfuerzos para hacer resistencia a lo que Dios está haciendo. Aquellos que piensan que Satanás no los puede tocar porque le pertenecen a Dios, están engañados. Satanás siempre ha hecho lo posible para oprimir y hacer tropezar a los creyentes: impulsó a los líderes políticos y religiosos del tiempo de Cristo para que falsamente acusaran, azotaran y clavaran a nuestro Señor en una cruz. Su influencia se ve claramente en la manera en que incitó a los líderes religiosos del Nuevo Testamento a perseguir y a asesinar a los apóstoles. El apóstol Pedro advirtió a los creyentes de su tiempo que estuvieran alertas de Satanás y sus ataques:

(8) Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversa-rio el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; (9) al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. (1 Pedro 5:8-9)

Por otro lado, Pablo les dijo a los creyentes de Éfeso que su guerra no era contra carne ni sangre, sino contra fuerzas espirituales en las regiones celestes.

(12) Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. (13) Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. (Efesios 6:12-13)

Y el apóstol Juan les recordó a sus lectores en el libro de Apocalipsis que Satanás intensificaría sus esfuerzos cuando vea que su tiempo se acorta.

(12) Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo. (Apocalipsis 12:12)

Así también Juan profetizó que en los últimos días una gran bestia de parte de Satanás les hará guerra a los santos y los vencerá.

(7) Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. (Apocalipsis 13:7)

Muchos santos antes que nosotros han sufrido en las manos de Satanás. El fiel Job del Antiguo Testamento fue destrozado por Satanás quien mató a sus hijos, lo despojó de sus posesiones y lo dejó entre cenizas clamando en dolor profundo. Su intención no era otra que Job maldijera a Dios y muriera.

¡Imagina a un soldado que vaya a la batalla y se sorprenda porque el enemigo le disparó a matar! No deja de asombrarme ver cómo los creyentes se sorprenden cuando Satanás los golpea, siendo sus ataques, en muchas ocasiones, despiadados. A pesar de que la victoria le pertenece a Dios, Satanás hace cuanto puede por desalentar, abatir y privar a los creyentes de su bendición en Cristo; pues tratará de destruir nuestra reputación a través de mentiras y exageraciones, nos despojará de nuestras posesiones, de nuestros amigos y de nuestros seres queridos, y atacará a nuestros hijos o a nuestros matrimonios. Él hará todo lo que pueda para obstaculizar lo que Dios quiere hacer en nuestras vidas.

Como creyentes, sentiremos las flechas de Satanás dando contra nosotros. Puede que sean de implacables enemigos que odien la causa que defendemos, o puede que vengan de aquellos que amamos y respetamos. Judas, quien traicionó al Señor Jesús y lo entregó para que fuera crucificado, era contado entre los doce discípulos (ver Juan 13:27). El apóstol Pablo aclara que, si queremos vivir vidas santas, sufriremos persecución:

(12) Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución… (2 Timoteo 3:12)

No podemos olvidar que sufriremos en este mundo, y no debemos sorprendernos de los ataques del enemigo. ¿Cómo debemos manejar la oposición y las pruebas que se interpongan en nuestro camino? ¿Cuál debe ser nuestra actitud, nuestro centro de atención y nuestro compromiso cuando enfrentamos estos ataques?

Aunque Filipenses 3 no trata exclusivamente el sufrimiento en la vida cristiana, sí nos enseña importantes verdades respecto a cómo enfrentar la oposición y las pruebas. En los capítulos restantes analizaremos lo que el apóstol Pablo nos enseña acerca de cómo lidiar con las dificulta-des y los ataques que se interponen en nuestro camino cuando buscamos vivir y caminar con el Señor Jesús en un mundo lleno de pecado.

Para meditar:

- ¿Qué nos enseñan Las Escrituras acerca de la realidad del sufrimiento y las pruebas para el creyente? ¿Qué ejemplos de creyentes que sufrieron encontramos en la Biblia?

- ¿Por qué no debemos sorprendernos si el enemigo quiere obstaculizarnos en nuestro caminar y compromiso con el Señor Jesús?

- ¿Por qué crees que algunos creyentes pare-cen sufrir más que otros?

Para orar:

Dios y Padre, reconozco hoy que me has llamado a una vida de santidad y devoción, y que Satanás odia ese tipo de vida. Veo a través de este capítulo que aquellos que viven vidas santas, muchas veces sufrirán persecución. Reconozco que estoy en medio de una guerra espiritual y que Satanás busca oponerse a lo que estás haciendo en mí. Hoy me comprometo a buscarte a Ti y a buscar Tu voluntad. Te pido que me fortalezcas en medio de la oposición, me des valor para enfrentar al enemigo, me des de Tu gracia para resistir sin ceder, y me enseñes, a través de la exposición de Tu Palabra en este libro, a cómo vivir una vida cristiana victoriosa para Tu gloria.

2 - Prioridades

(7) Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. (8) Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo… (Filipenses 3:7-8)

La mayor parte del sufrimiento y el dolor que experimentamos en la vida es el resultado de perder las cosas que atesoramos más, pues no nos tomamos a la ligera la pérdida de nuestros tesoros. Los tesoros a los que me refiero aquí no son necesariamente las riquezas ni las posesiones materiales, porque no son las únicas cosas que valoramos en la vida. ¿Quién de entre nosotros no le da valor a su reputación o a su capacidad de hacer una diferencia en este mundo? Todos queremos ser útiles y mantener nuestros ministerios, familias y amigos en alta estima. Sin embargo, cuando se nos son quitados, experimentamos un profundo dolor.

El Salmista muchas veces clamaba en dolor cuando las personas deshonraban su nombre o manchaban su reputación. Cuando Dios nos quita a nuestros seres queridos no dejamos de darle vuelta al asunto. Peleamos con Dios para aferrarnos a las cosas que valoramos más, y cuando las entregamos, lo hacemos con gran dificultad. Por eso nos asombramos de la historia de Abraham quien tomó un cuchillo para matar a su hijo en obediencia al mandamiento de Dios. En un mundo materialista y humanista, las prioridades pueden ser mal colocadas muchas veces, y sólo valoramos nuestra fuerza y sabiduría y no vemos nuestra necesidad de Dios. Es por eso que muy a menudo, las cosas que atesoramos son las que se interponen entre nosotros y nuestro Dios.

En Filipenses 3:7-8 Pablo nos dice que él consideraba todo como pérdida por la causa del conocimiento de Cristo. ¿Qué nos dice esto de las prioridades de Pablo? Pablo escogió darle valor a Cristo y a la relación que tenía con Él más que a cualquier cosa que pudiera tener o hacer, y escogió renunciar a estas cosas con el objetivo de conocer a Cristo. Pablo llegó a comprender que todos sus esfuerzos religiosos no le darían la relación con Dios que él anhelaba tener, así que les dio la espalda para ganar a Cristo.

Éstas son las palabras de un hombre que había sido despojado de todas las distracciones en la vida y de uno que valoraba a Cristo y su relación con Él más que nada. Pablo no llegó a este punto súbitamente, sino que Dios trabajó poderosamente en él para traerlo hasta aquí. La vida de Pablo, siendo un despiadado perseguidor de la iglesia, había estado en otra dirección y odiaba a Cristo y a aquellos que lo seguían.

Hechos 9 nos cuenta la historia de cómo, cuando Pablo estaba viajando a Damasco para perseguir a los seguido-res de Cristo, una gran luz del cielo resplandeció alrededor de él, y la voz de Dios se oyó a través de aquella luz. Pablo cayó al suelo y por tres días estuvo completamente ciego, y tenía que ser conducido por sus compañeros de un lugar a otro. Aquel encuentro transformó la vida de Pablo.

¿Te has preguntado alguna vez cómo fue para Pablo aquellos tres días de completa ceguera? Había sido confrontado con la realidad del Señor Jesús y Su divina naturaleza. La ambición de Pablo en su vida era guardar la Ley del Antiguo Testamento como la única forma de salvación y estaba tan comprometido que buscó enérgicamente asesinar a aquellos que tuvieran alguna otra enseñanza. Cuando Cristo le habló a través de la luz, todo el sistema de creencia de Pablo fue desafiado: supo que todo lo que él había pensado acerca de Jesús era incorrecto, y llegó a entender que se había dedicado apasionadamente a una causa a la que ya no podía defender. Dios transformó radicalmente las creencias religiosas de Pablo.

Aquel día también Dios le quitó su posición social y su ministerio e iría entonces en una dirección diferente. Pablo había sido un líder muy respetado entre los fariseos, pero desde ese momento en adelante su reputación en esa comunidad iba a ser destruida porque ahora era un seguidor de Jesús. Pablo perdió su ministerio y su posición en la comunidad y nunca podría volver atrás.

Dios también confrontó las acciones de Pablo como perseguidor de Su pueblo. Hablando de esto Pablo escribió:

(9) Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; (10) lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacer-dotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. (11) Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras. (Hechos 26:9-11)

Pablo había sido un fuerte perseguidor de los seguidores de Jesús y no sabemos cuántos cristianos sufrieron en sus manos o cuántos fueron muertos como resultado de su violenta campaña contra ellos. ¿Cómo habrá sido para Pablo despertar a la realidad de que estaba luchando contra el Dios a quien tanto deseaba servir? El pensamiento de lo que había hecho a tantos cristianos debió haberlo perseguido hasta su muerte. Escribiéndoles luego en su ministerio a los Corintios decía:

(9) Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, por-que perseguí a la iglesia de Dios. (1 Corintios 15:9)

¿Puedes imaginarte cuan humillante debe haber sido para Pablo darse cuenta de la terrible realidad de haber sido tal enemigo del pueblo de Dios? ¿Cómo habría sido para él mostrar su cara en la comunidad cristiana? ¿Qué palabras podría compartir con aquellos cuyos seres queridos habían muerto por su mano? ¿Cómo podría ganarse su respeto como servidor de Jesús? ¿Pudo alguna vez haber estado delante de ellos sin sentir profunda pena o vergüenza? Este terrible pasado lo persiguió hasta su tumba. Dios lo despojó de su orgullo.

Pablo era un hombre de tremenda pasión, fervor y energía. Aquellos tres días de ceguera lo dejaron sintiéndose inútil, pues no podía ir a ningún lado sin que alguien le sostuviera de la mano, y hasta donde sabía, su ceguera era permanente. ¿Volvería a ser útil alguna vez? Dios le había quitado la vista y lo había dejado aquellos días como un hombre quebrantado que se preguntaba si era éste el juicio por las terribles acciones que él había cometido contra el pueblo de Dios.

Inclusive, siendo Pablo creyente, Dios continuó quebrantando y humillando a Pablo: cuando iba de comunidad en comunidad, era golpeado y perseguido, y era echado por la fuerza de los pueblos donde predicaba. En algunos momentos, el rechazo a su prédica era tan fuerte que los que lo escuchaban lo apedreaban y lo dejaban por muerto en las afueras de su pueblo. Las mayores multitudes que Pablo atrajo estaban más interesadas en apedrearle que en prestarle atención a su mensaje. Dios despojó a Pablo del orgullo y la autoconfianza a través de las cosas que sufrió.

¡Cuán fácil es en el dolor y los sufrimientos de la vida concentrarnos en lo que se nos ha arrebatado y en lo que estamos pasando en vez de concentrarnos en lo que Dios está haciendo en nosotros! Nos enfrascamos en mantener nuestros ministerios, proteger nuestra reputación o defender nuestras posesiones, y estas cosas se convierten en nuestro centro de atención, y tratamos de evitar todo lo que nos cause molestia. De alguna manera se nos ha enseñado que el cristiano nunca debería padecer dolor, pero tal cosa es simplemente incierta. No puede haber crecimiento sin dolor. Habrá sacrificios que hacer, sufrimientos que soportar y cargas que llevar. Aunque el apóstol Pablo conocía más de esto que la mayoría, pues sufrió más que cualquier otro apóstol, también tuvo una gran comunión e intimidad con el Señor. Dios despojó a Pablo de todas las distracciones y en cambio le reveló cosas que ninguna otra persona alguna vez supo o vio. Veamos lo que escribió Pablo con respecto a su experiencia en 2 Corintios 12:2-7:

(2) Conozco a un hombre en Cristo, que hace ca-torce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. (3) Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), (4) que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. (5) De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades. (6) Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para que nadie piense de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí. (7) Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedida-mente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera… (2 Corintios 12:2-7)

Las revelaciones que Pablo experimentó fueron tan poderosas que Dios le dio una debilidad o incapacidad en particular que le impidió sentirse orgulloso, y a través de las cosas que sufrió llegó a un punto en su vida en donde la intimidad con Cristo era posible, lo que se convirtió en su mayor meta y aspiración, y todo lo demás fue irrelevante comparado con el conocimiento de Cristo.

A menos que nos sean quitados el orgullo, el amor por las posesiones y los placeres, nunca estaremos a la altura del propósito de Dios. Dios necesita despojarnos de nosotros mismos, de nuestras metas, nuestra religión y de nuestras aspiraciones en la vida. Nos hemos distraído tanto por las cosas que atesoramos de este mundo que ya no podemos escuchar a Dios ni tenemos intimidad con Él.

Así es cómo Israel se encontraba en los días del profeta Oseas. El pueblo de Dios estaba tan atraído por las cosas de este mundo que le dieron la espalda al Señor y Dios, pues sentían que sus vidas estaban llenas y no veían su necesidad de Dios. Esto le dolió tanto a Dios, quien anhelaba tener comunión e intimidad con Su pueblo, que amenazó con despojarlos de todo lo que Él les había dado como nación, dejándolos en la desesperación. Dios iba a hacer esto porque estaba celoso del corazón de Su pueblo y les quitaría toda distracción para que no les quedara nada más que sólo Él.

(2) Contended con vuestra madre, contended; porque ella no es mi mujer, ni yo su marido; aparte, pues, sus fornicaciones de su rostro, y sus adulterios de entre sus pechos; (3) no sea que yo la despoje y desnude, la ponga como el día en que nació, la haga como un desierto, la deje como tierra seca, y la mate de sed. (4) Ni tendré misericordia de sus hijos, porque son hijos de prostitución. (5) Porque su madre se prostituyó; la que los dio a luz se deshonró, porque dijo: Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida. (6) Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. (7) Seguirá a sus amantes, y no los alcanzará; los buscará, y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora. (Oseas 2:2-7)

Dios no iba a compartir Su pueblo con nada ni con nadie, y quitaría toda distracción para que nada se interpusiera entre ellos.

Para una mayor intimidad con el Señor Jesús hay un precio que pagar. Todo lo que se interponga en medio de nosotros y del Señor debe ser quitado. Pablo aprendió a atesorar a Cristo más que a nada, y voluntariamente puso en el altar sus esfuerzos religiosos, su reputación, y su comodidad personal para conocer a Cristo y caminar en mayor comunión con Él. Despojado de todo lo demás, sólo Cristo se convirtió en su pasión y deseo. Nada más podía compararse con lo que Pablo tenía en Él.

Hebreos 10 habla acerca de un pueblo que voluntaria-mente sufrió insultos y aceptó la confiscación de sus propiedades porque buscaban una mejor y duradera herencia en la presencia del Señor Jesús.

(32) Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; (33) por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. (34) Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos. (Hebreos 10:32-34)

Si vamos a enfrentar las batallas que encontremos en el camino de la vida, debemos primero poner nuestras prioridades en sintonía con las enseñanzas de Pablo en este pasaje y debemos aprender a no aferrarnos tanto a las cosas que atesoramos en este mundo. Todo esto no nos quitará el dolor. Seguiremos sintiendo los dardos de falsas acusaciones y calumnias, y lloraremos por la pérdida de nuestros seres queridos; pero Su presencia nos traerá consuelo, satisfacción y contentamiento.

¿Te has aferrado mucho a algo? ¿Lo rendirías a Dios hoy? ¿Dejarás de proteger lo que te impide una mayor intimidad con Cristo? ¿Confiarás en lo que Él está haciendo en ti hoy? ¿Te rendirás a Él y le dejarás hacer o tomar lo que Él desee? ¿Le permitirás que redefina tus prioridades? Él anhela tenerte más cerca y liberarte de la garra de las cosas que te apartan de Él. Por eso, confía en lo que Dios está haciendo, ríndete a Su propósito, no te resistas, y permítele acercarse más.

La primera gran lección de este pasaje tiene que ver con nuestras prioridades en la vida. Mientras estemos atados a lo que Dios quiere quitar de nosotros, no habrá victoria o satisfacción. La actitud de Pablo debe convertirse en la nuestra. Debemos estar dispuestos a desprendernos de todo lo que atesoramos para conocer a Cristo más íntimamente. No te aferres tanto a algo que luego no puedas sacrificarlo para conocer y caminar con Cristo en mayor comunión e intimidad.



Para meditar:

- ¿Cómo Dios ha usado las pruebas en tu vida para reorganizar tus prioridades?

- ¿Debemos esperar poder vivir la vida cristiana sin dolor y sufrimiento? ¿Qué producen las pruebas y los sufrimientos en nosotros?

- ¿Existen cosas a las que te estás aferrando demasiado? ¿Cuáles son? ¿Te están apartando estas cosas de una mayor intimidad con el Señor?

- ¿Qué significa Cristo para ti hoy? ¿Existen cosas en tu vida más importantes que Él? ¿Hay algo que no quieres abandonar para conocerle más íntimamente? ¿Qué cosa es?

Para orar:

Padre, hay muchas cosas que atesoro en esta vida. Confieso que, en momentos, estas cosas han tenido la prioridad en mi vida. Te doy permiso hoy para que reordenes mis prioridades y quites de mí todo lo que me impide tener la relación que quieres conmigo. Te pido me des la prioridad que Pablo tenía para su vida. Ayúdame a deleitarme en ti y que el conocerte sea mi mayor ambición en la vida. Quita de mí todo lo que obstaculiza mi relación contigo y no permitas que me aferre tanto a algo que no pueda dejar luego cuando lo demandes de mí.

3 - Hallados en Él

(9) y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe. (Filipenses 3:9)

En la pasada reflexión vimos que Pablo no se había aferrado a nada que no pudiera rendir luego para conocer a Cristo, pues valoraba más a Cristo y conocerle a él que a cualquier cosa en la vida. Si los versículos 7 y 8 hablan de la prioridad de Pablo en su vida, el versículo 9 trata acerca de su posición.

Pablo comienza el versículo diciéndole a los Filipenses que su meta era ser hallado en Cristo. Aquí hay dos observaciones que debemos hacer:

La primera es que estar “en Cristo” representa ser aceptados. Recuerde que Cristo vino a perdonar nuestros pecados y a abrirnos la puerta para entrar en la presencia del Padre. Cuando Pablo dice que estaba en Cristo, está diciéndonos que tenía acceso a Dios a través de Cristo. La obra de Cristo le daba una nueva posición para con el Padre, y ahora podía estar en la presencia del Dios Todopoderoso totalmente aceptado y perdonado. En Cristo, Pablo descansaba cómodamente en los brazos de su Salvador y Señor.

La segunda observación es que estar “en Cristo” representa seguridad. Siendo débil, el apóstol se esconde en Cristo, porque allí, él es fuerte y está seguro. Nada puede vencerlo porque está rodeado por Cristo, y quien quisiera oponérsele tendría que pasar primero por Cristo, por lo que no podría haber una mayor seguridad que esta. Pablo gozaba de una posición de completa aceptación y seguridad en Cristo.

Pablo continúa su discurso hablando acerca de una justicia que no es su propia justicia. La justicia aquí tiene que ver con una posición de rectitud para con Dios o estar en una relación correcta con Él. Pablo sabía que no podía disfrutar de esa justificación ante Dios como producto de algo que hubiera hecho o pudiera hacer. Además, Pablo sabía que nunca podría ser lo suficiente-mente bueno para llegar a la norma que Dios exige. Él no consideraba como valiosas las cosas que sufría o había logrado como para que eso le ganara favor o justificación ante Dios.

Veamos que esta posición de justificación ante Dios venía por medio de la fe en Cristo y Su obra. Pablo no podía estar a la altura de lo que Dios demandaba, pero Cristo sí, y la única esperanza de Pablo era rodearse de Cristo y confiar en Su justicia.

Vivo en la costa Este de Canadá en el Océano Atlántico. Estamos a alrededor de tres kilómetros de distancia de un transbordador que transporta pasajeros a la provincia de Terranova (cuatro horas de travesía en el mar). Imagine que decidiera nadar hasta Terranova. No llegaría lejos antes de hundirme hasta el fondo del océano, porque simplemente no soy lo suficientemente fuerte para enfrentarme a las olas, y la distancia es demasiado larga para ir nadando. La única forma de llegar a Terranova es tomando el transbordador que me cruzará a salvo. Esto fue lo que Pablo aprendió. Él había llegado a comprender que no podía llegar a Dios por sí mismo, pues su justicia era insuficiente para obtener acceso a la presencia de Dios, y la única forma en la que podría llegar a Él era a través de la justicia del Señor Jesús. Sólo aferrándose a lo que Jesús había hecho, él podría cruzar la brecha que lo separaba de Dios. Esta fue la justicia a la que él se aferró y de la que dependió para llevarlo a Dios.

Fijémonos que además en este versículo Pablo habla acerca de la justicia que no sólo es a través de Cristo, sino que viene de Dios por medio de la fe. Esto quiere decir que la justicia del Señor Jesucristo se convierte en mi justicia. Cuando no entendemos que la justicia de Cristo se convierte en nuestra justicia, perdemos de vista el mensaje central del Evangelio. Cristo no sólo murió para cubrir el pecado, sino que murió para destruirlo y destruir su poder en mi vida, para que así yo fuese justificado para con el Padre. Pero para que esto pudiera suceder yo necesitaba ser transformado y ser hecho digno para poder estar delante del Padre. La muerte de Cristo perdonó y pagó por mis pecados (pasados, presentes y futuros), y mi vieja naturaleza ha sido crucificada, me he convertido en una nueva criatura en Cristo y se me ha dado una nueva posición para con Dios. Cristo no me abandona en mi culpabilidad, sino que borra mi deuda y paga mi castigo. Él cambia mi vida y me hace una nueva persona.


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