Excerpt for El regalo de la Palabra by , available in its entirety at Smashwords

designó el Señor a otros setenta y dos
y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios
a donde Él había de ir...”
(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA SOSA ELÍZAGA

EL REGALO DE LA PALABRA

Colección Fe y vida

Vol. 3

El regalo de la Palabra’

Colección ‘Fe y vida’

Vol. 3


EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

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Si desea escribirle a Alejandra María Sosa Elízaga

su correo electrónico es: alesosa@ediciones72.com

Í N D I C E

PRESENTACIÓN

¿Cómo te prepararás?

Visitas

El regalo de la Palabra

Nos visitará el sol

Tarjeta de cumpleaños para Jesús

Para empezar bien el año

¿Tienes tiempo?

Noche de paz

Lo indispensable

Eres profeta

Insomnio compartido

Dar gusto

Aprovecha hoy

Lo secreto

Cambio permanente

Católicos ante todo

Ojo con la tele...

En deuda

Las pruebas de la Resurrección

La Misericordia Divina

Señales de paz

No sólo un día del niño

Amor

Hablar de Dios y a Dios

Contar con alguien...

Sólo Él

Celebrar al Padre

¿Quién es el que no escucha?

ORACIÓN PARA CONSAGRAR LA FAMILIA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Oración por las elecciones en México

Paradojas de Dios

Santos e irreprochables

¿Qué haría Jesús?

Línea abierta

Oración por la reconciliación, la concordia y la paz en México

Dejar a Dios ser Dios

Fin del insulto

Gracias por todo

No dejes para mañana...

Fe con f de ‘fiarse’

Voz y silencio

Solicitud de ingreso

Dos caminos

Caminito

Orar con las noticias

¡Si que está viva!

Misioneros

Y tú, ¿qué esperas?

Escucha

Perdónate

¡Reina!

OBRAS DE ALEJANDRA MA. SOSA ELÍZAGA

PRESENTACIÓN

Este tercer volumen de la colección de cuatro libros titulada: ‘Fe y vida’, trata temas de la vida cotidiana, casi siempre iluminados por los textos bíblicos que se proclaman en Misa, a lo largo de un año litúrgico, en este caso, del correspondiente al ciclo B.

Con ese estilo característico de Alejandra María Sosa Elízaga, que sabe decir cosas profundas en pocas líneas, y a veces hace reír y a veces pone un nudo en la garganta, estas reflexiones, de no más de dos o tres páginas cada una, son ideales para leer una diaria.

Su objetivo es relacionar la vida y la Palabra, para ayudar al lector a descubrir qué sabroso es no sólo leerla sino saborearla, porque nutre y fortalece, habla al corazón y lo llena de paz, gozo y esperanza.

¿Cómo te prepararás?

Cuando escuchas la palabra ‘Navidad’, ¿qué es lo primero que viene a tu mente?

Hice esta pregunta a adultos y niños en una reunión. Éstas fueron sus variadas respuestas:

Los romeritos; la rosca de frutas secas que hace mi mamá; los buñuelos; el ‘gastadero’ loco de los regalos; el ‘oso’ de que este año toca ¡agh! ir a cenar a casa de mi familia política; ¡lo que voy a pedirle a Santa Claus’!; lo rico que huelen los arbolitos naturales; las flores de nochebuena; el ponche; las pachangas de la oficina; las ‘guarapetas’ con los cuates; que me lleven a ver la iluminación al centro; poner el nacimiento; que siempre estoy ‘frito’ pues o no sé qué regalar o no tengo con qué comprarlo; el agotamiento; las aglomeraciones; la lata de todo lo que hay que preparar; el tiradero que hay que levantar a la mañana siguiente; el recalentado; los fastidiosos villancicos de las luces de casa del vecino que no se callan nunca; las ‘porquerías’ que me regalan; los ‘atracones’ y los kilos de más; la tristeza por los que ya no están; las ganas de irme lo más lejos posible y volver cuando todo haya pasado.

Cuando todos terminaron hice notar que nadie -nadie- mencionó a Jesús, cuyo Nacimiento es ¡la razón de ser de la Navidad! Se justificaron: ‘pediste que dijéramos lo primero que nos viene a la mente, bueno, pues eso fue lo primero’.’

Recordé esto al reflexionar en lo que dice el profeta Isaías en un texto en el que empieza preguntándole a Dios por qué nos ha dado la libertad de endurecer nuestro corazón y alejarnos de Él, y luego le expresa un hondo anhelo de su corazón: “¡Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con Tu presencia!” (Is 63, 19).

Si no fuéramos cristianos, esta petición nos sonaría completamente absurda. ¿Cómo pedir a Dios Todopoderoso que baje a la tierra?, ¿cómo atreverse a proponerle al Altísimo que descienda hasta nuestra pequeñez? Es inimaginable, impensable. Es más descabellado que si el último de los trabajadores de una empresa le dijera al dueño de ésta: ‘ojalá bajara Ud. a echarme una mano’. Es algo que simplemente no se concibe. Pero ¡sucedió! Y Dios no sólo no pasó esta súplica por alto ni se dio por ofendido, sino ¡condescendió a concederla! Dice Isaías:

Descendiste y los montes se estremecieron con Tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de Ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en Él.” (Is 64, 2-3)

Esto recuerda cuando Dios descendió para comunicarse con Su pueblo y la cima del monte se estremecía. Pero anuncia también algo que en tiempos de Isaías era apenas un anhelo, pero que para nosotros ya ha sucedido: Dios descendió. Se abajó, vino a vivir a nuestro valle, “puso Su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Y las montañas se estremecieron bajo los pasos presurosos de María que, llevándolo en su seno, fue a visitar a su prima Isabel, y las entrañas de Isabel se estremecieron de alegría al reconocer en María a la Madre de su Señor (ver Lc 1,39-41), y cabría preguntarse: nosotros, ¿también nos estremecemos?, ¿nos conmociona que Dios se haya hecho tan cercano?, ¿nos sacude saberlo a nuestro lado? Desafortunadamente parece que no.

Llama la atención que luego de anunciar que Dios descendió el profeta no exclame gozoso que a partir de ese momento todo cambió, que todo fue júbilo y paz, sino que reconozca que la gente siguió pecando, fue rebelde y que nadie invocaba el nombre del Señor (ver Is 64, 6). ¡Pareciera que se refiriera a nuestros tiempos! (esto fue lo que recordé tras la reunión aquélla). Dios se hizo hombre y para celebrarlo organizamos tremendo ‘fiestón’ en Su honor, pero ¡lo dejamos fuera!, ni invocamos Su nombre ¡ni nos acordamos de Él!

Sin embargo, no todo termina ahí, pues eso sería muy ‘desanimador’. El profeta afirma algo que renueva la esperanza, y que sigue vigente: “Sin embargo, Señor...nosotros somos el barro y Tú el Alfarero” (Is 64, 7), como quien dice, a pesar de todo somos barro fresco todavía moldeable. ¿Qué significa esto? que no somos roca, que no somos inmodificables ni estamos condenados a ser siempre rebeldes o siempre pecadores: tenemos remedio, si nos atrevemos a ponernos en manos de Aquel que nos creó y dejamos que nos renueve y acaricie, lime lo áspero, repare las quebraduras y modifique todo lo que no sea como soñó que sería cuando nos dio la vida.

En cada Adviento cuentas con cuatro semanas para prepararte a experimentar el estremecimiento de saber que Dios descendió, que vino a vivir en este mundo, que nació en Belén porque te ama tanto que quiso venir a compartir tu condición humana. Tu preparación para ese acontecimiento puede ser un suplicio o un gozo, depende de ti. ¿Qué será lo que ocupe tu mente?, ¿qué moldeará tu camino hacia la Navidad? ¿El mundo con su agobiante carga de exigencias y frivolidad o las sabias y seductoras manos de tu amoroso Alfarero ?...

Visitas

Hay visitas que cuando se van te dejan con una sensación de paz, de alegría; disfrutas recordándolas porque revives la sabrosa charla, la risa sana, el consuelo que te dieron, lo mucho que aprendiste...

En cambio hay otras que cuando se van casi casi dejan un fuerte olor a azufre. Te dejan inquieto, desasosegado, con un vacío interior; y no disfrutas recordándolas porque sólo se dedicaron a hablar mal de otros o a quejarse o a desparramar a su alrededor su visión negativa, mordaz y pesimista.

En los días de Adviento y Navidad abundan las visitas, según cuentan San Mateo y San Lucas en sus Evangelios.

El ángel visita a María; María a su prima Isabel; un ángel visita a José en sueños; muchos ángeles visitan a los pastores; los pastores a la Sagrada Familia; los magos de Oriente la visitan también y, por último, un ángel los visita a ellos y a José en sueños.

¡Cuántas visitas!, y en todas ellas ¡qué cosas tan iluminadoras se dijeron!, ¡qué deliciosos encuentros tan llenos de sencillez, humildad, gozo, buena voluntad y amor! Fueron experiencias que dejaron en quienes las vivieron -y en muchos más- una estela inagotable de luz, una serena felicidad.

Hoy, como hace dos mil años, el nacimiento de Jesús también provoca visitas. En días previos a la Navidad -y en los posteriores también- con frecuencia nos vemos en la necesidad de ir a llevar un regalo, a dar un abrazo, a participar de un festejo, de una cena, etc. Cabe que nos preguntemos: ¿cómo son nuestras visitas?, ¿qué despiertan en quienes visitamos, qué les dejan resonando en el corazón?

De nuestro paso ¿se podría decir lo mismo que se decía del bárbaro Atila, que ya no volvía a crecer la hierba porque su presencia era aniquilante? ¿Qué provoca nuestra visita?, ¿siembra discordia porque nos la pasamos criticando a propios y ajenos?, ¿desesperanza, porque sólo comentamos lo mal que está el mundo?, ¿malestar, porque vamos de malhumor?, ¿temor, porque los anfitriones se sienten juzgados y saben que nos la pasamos tomando nota de lo que chismearemos sobre ellos?, ¿incomodidad, por nuestro ‘acelere’?

Una señora viuda lamentaba: ‘mi hijo y su familia sólo me visitan en Navidad, pero llegan corre y corre a sentarse apurados a la mesa y se van rápido porque tienen que ir a celebrar en casa de mi nuera; nomás vienen a saquear mi refri, se comen los bocaditos que tenía yo para la semana y se van, dejándome una pila de platos sucios y un regalo, por puro compromiso, que ni tiempo tuvieron de envolver’.

¿Cómo hacer para que nuestras visitas dejen algo positivo en los demás?

Aprendamos de esos visitantes mencionados en la Biblia. Por ejemplo:

Del ángel que visita a María aprendamos a motivar a los demás a estar alegres recordándoles siempre que el Señor está con ellos.

De la visita de María a su prima aprendamos a ir al encuentro de los demás con espíritu de servicio, no para ver qué les sacamos, qué obtenemos para nosotros, sino qué podemos hacer por ellos (hay muchas familias necesitadas de ropa, cobijas, comidas calientitas, incluso de obsequios para poder regalar a sus seres queridos; qué bueno sería poder visitarlos para proporcionarles algo de lo que tanto necesitan, o incluso hacerles una ‘visita anónima’ para hacerles llegar lo que les hace falta sin que sepan de quién viene...).

Del ángel que visita a José aprendamos a animar a los demás a cumplir sus sueños y proyectos, a perseverar en medio de las adversidades.

De los ángeles que visitan a los pastores, aprendamos a compartir con otros nuestra alabanza y gratitud hacia Dios, a ser portadores de Buenas Nuevas, a no dejarnos ‘ensuciar’ de mundo ni permitir que las dificultades nos ensombrezcan el espíritu, sino mantener viva la alegría de saber que Dios no sólo nos ha visitado, sino ¡se ha quedado a vivir con nosotros!

De los magos aprendamos a recorrer el camino que nos separa de los demás para ir a compartir con ellos lo mejor de nosotros mismos y poner a su disposición nuestros dones, nuestras cualidades.

De los ángeles que visitan a los magos y a José aprendamos a estar atentos para ayudar a otros a seguir caminos de vida, sendas buenas que les permitan desarrollarse y crecer espiritualmente.

Por último, de todos ellos aprendamos que visitar consiste en salir de uno mismo para ir al encuentro de otro, ahí donde está, no sólo para atender su necesidad sino para llevarle la Buena Nueva de la presencia de Dios en su vida; compartir con él la fe, la esperanza y el amor, y ayudarlo a caminar de la mano del Señor.

Si aprendes de todos ellos, harás de cada visita no un roce insípido, mundano o superficial en el que sólo participas ‘de cuerpo presente’, sino un encuentro de corazón a corazón, que se interesa genuinamente por el otro y está dispuesto compartirle lo más valioso que tiene: la certeza de que Dios está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, entonces descubrirás que tus visitas no sólo enriquecen a los demás, sino que a ti te dan, como a los magos, como a los pastores, la capacidad de seguir estrellas, de escuchar coros de ángeles en el silencio de la noche, de descubrir y compartir lo extraordinario en lo ordinario.

El regalo de la Palabra

¿Cuál es el mejor regalo de Navidad que has recibido en toda tu vida?

En una de estas tardes decembrinas, mientras disfrutábamos un ponche calientito (sin ‘piquete’), un pequeñito grupo de ‘cuates’ nos planteamos esta pregunta y en respuesta compartimos sabrosas anécdotas.

Una en especial nos encantó a todos. La platicó el esposo de una amiga. Dijo: “Yo solía pensar que el mejor regalo era el más caro, el más apantallador, el que te dejaba boquiabierto considerando cuánta ‘lana’ se habría gastado el que te lo dio.

Entonces en una Navidad cambió totalmente mi manera de pensar. Recibí el mejor regalo que me han dado y ni era caro, ni era apantallador, vamos, ¡ni siquiera era nuevo! Me lo dieron mis hermanas. Cuando lo abrí creí que se trataba de una broma.

Aparentemente era un libro que venía dentro de una especie de estuche azul marino de piel tan gastada que ya estaba decolorada en algunas partes, y tenía un zipper que había perdido esa cosita de metal con la que uno lo corre y en su lugar tenía un hilachito. Lo abrí y descubrí de qué se trataba: era la Biblia de mi mamá.

Sentí una emoción que no puedo explicar. Mi mamá había fallecido hacía unos meses, y yo tenía el gran anhelo de conservar algo personal de ella, algo que hubiera usado mucho, que fuera muy querido para ella, pero todo lo que venía a mi mente eran cosas de mujer que ni modo de pedir para mí: sus agujas de tejer, sus trastos de cocina, su ropa; así que no pedí nada y me quedé muy triste pero no dije ni una palabra.

Y de pronto en esa Navidad, ¡me dieron su Biblia! Era una Biblia muy especial porque tenía anotaciones, dibujitos, comentarios, textos subrayados, algunas páginas estaban más gastadas de las esquinas, se ve que las leía y releía mucho; otras estaban marcadas por estampitas, fotocopias de oraciones, incluso hojitas sueltas con frases copiadas de alguna parte.

Recuerdo que ella decía que la Biblia no era para tenerla intacta en un estante o en un elegante atril sino para usarla y aprovecharla al máximo, y citaba una frase que le había oído a su maestra: ‘una Biblia que de tanto usarse se está desbaratando, pertenece a una persona que nunca se estará desbaratando...’

Yo la verdad no era muy religioso, pero por cariño a mamá empecé a leer su Biblia, me hacía sentir cerca de ella conocer cuáles eran sus versículos favoritos, qué era lo que tenía subrayado, lo que repasaba más.

Y sucedió que gracias a esta lectura, y sin darme cuenta ni cómo me fui acercando a Dios, fui sintiendo la necesidad de conocer más de Él, de volver a ir a Misa, confesarme, comulgar, en fin, qué les puedo decir, que ese regalo de Navidad fue en verdad el mejor que he recibido en toda mi vida.

Ahora, yo también le he ido haciendo anotaciones, también he ido marcando mis pasajes favoritos y espero que algún día alguien la reciba y la aproveche tanto como lo hice yo.”

Los que escuchamos esta historia coincidimos en que es maravilloso tener la oportunidad de adentrarse en el mundo de la Palabra de la mano de un ser muy querido: poder hojear su Biblia, descubrir sus trozos favoritos, los que inspiraron sus pensamientos, sus propósitos, sus oraciones...

Recordé lo anterior cuando leí cierto texto del profeta Isaías, y pensé que si Jesús y María hubieran tenido una Biblia y ésta hubiera llegado a nuestras manos, sin duda hubiéramos descubierto que ambos habían subrayado con especial atención y cariño este pasaje de Isaías pues refleja perfectamente lo que traían en el corazón, al grado de que cada uno lo eligió para expresarse en momentos muy significativos de su vida (ver Is 61, 1-2. 10-11)

A María le inspiró ese bellísimo canto de alabanza que conocemos como Magnificat (parte del cual aparece en el Evangelio que se proclama mañana en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe). En sus palabras: “Mi alma alaba al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46-47) resuenan las de Isaías: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios” (Is 61, 10).

Años más tarde, la primera parte de este texto fue proclamada por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando inició Su ministerio público y quiso anunciar, emocionado, que había venido a traer “la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros, y a proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61, 1-2; ver: Lc 4, 16-21).

Qué bello que la Madre y el Hijo estuvieran tan unidos que incluso coincidieran en sus preferencias por una misma Palabra: la que anuncia cosas buenas, la que busca inundar los corazones de luz. Y qué rico que podamos recibir hoy esa Palabra como un valioso regalo que nos da la privilegiada oportunidad no sólo de saborear y reflexionar un antiguo texto bíblico lleno de esperanza y alegría, sino de releerlo como Buena Nueva, y conocer y disfrutar el subrayado especial que le puso Jesús; los signos de admiración que le añadió María...

Nos visitará el sol

¿Eres consciente del sol?

El otro día pensaba en que como el sol brilla tan fuerte que no podemos voltearlo a ver, normalmente ni pensamos en él. Cierto que conocemos datos elementales de astronomía e incluso datos médicos (por ejemplo acerca del daño que hacen sus rayos ultravioleta), pero ¿qué tan conscientes somos acerca de lo que significa la presencia del sol en nuestra vida?

Recientemente tuve dos experiencias que me ayudaron a captar esto; fueron dos ‘encuentros’ con el sol que iluminaron mi reflexión en la última semana de Adviento.

El primero sucedió muy de mañana: caminaba por una calle empedrada, mirando al suelo (para no ir a pisar ‘chueco’), cuando de pronto comencé a prestar atención al contraste entre el brillo de las piedras y las sombras que proyectaban, tuve conciencia de que caminaba bajo la luz del sol y pensé: qué maravilla que un insignificante ser humano que recorre una calle de una ciudad de un país de un planeta que es apenas un punto microscópico en la inmensidad del espacio, pueda disfrutar de la luz de un astro gigante que a millones de kilómetros de distancia alumbra su camino y le permite ver por dónde va.

Hice mías las palabras del salmista:

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna Su misericordia...

Él hizo las lumbreras gigantes:

porque es eterna Su misericordia.

El sol que gobierna el día:

porque es eterna Su misericordia...” (Sal 136, 1.7-8)

Y recordé lo que decía una querida amiga que tuvo cáncer y que cuando se sentía deprimida salía a tomar el sol y mientras lo sentía entibiando su rostro pensaba: este sol lo puso Dios para mí, porque Dios me ama a mí, y enfatizaba el ‘a mí’, y encontraba alegría y consuelo sintiéndose personalmente amada por Aquel que todo lo creó bello y bueno porque misericordia es eterna...

El segundo ‘encuentro’ tuvo lugar esa misma tarde. Recorría un parque boscoso mientras meditaba acerca de la Navidad ya próxima, cuando entre unos pinos altísimos se recortó contra el cielo el disco amarillo del sol. Ahí estaba otra vez, haciendo brillar las hojas de los árboles, dibujando largas sombras de troncos y ramas en el pasto, brindando un agradecible calorcito que neutralizaba el viento que comenzaba a soplar. Lo contemplé largo rato (había bruma y era posible verlo sin lastimarse los ojos) y entonces vino a mi mente lo que dijo Zacarías (el tío de Jesús y papá de Juan el Bautista del que nos habla San Lucas al inicio de su Evangelio), en ese famoso cántico suyo conocido como ‘Benedictus’:

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

Qué consolador que Zacarías haga notar que fue la entrañable misericordia de Dios la que lo hizo visitarnos. Y es que el Señor no vino como quien visita de cumplido que se va cuando las cosas se ponen desagradables, sino que vino para poner “Su morada entre nosotros” (Jn 1,14), compartir nuestra condición humana y quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20b) porque nos ama, como dice el salmista, con amor infinito.

Que bellamente acertado que Zacarías profetizara refiriéndose a Jesús como “sol”, y qué oportuno cuando leemos sus palabras en el tiempo invernal, nublado y frío, cuando más anhelamos y agradecemos que haya solecito que nos alumbre y cobije. Así apreciamos doblemente lo que significa en nuestra vida la presencia de Aquel que dijo de Sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad” (Jn 8,12), verdadero “sol que nace de lo alto”, cuya luz no conoce ocaso...

Qué esperanzador que Zacarías haga notar que la razón de la venida del Señor sea iluminar nuestras tinieblas. Ello significa que Dios nos ama tanto que aunque estemos envueltos en “sombras de muerte” se hace cercano porque quiere rescatarnos de lo que oscurece nuestra vida: el pecado y la muerte, y conducirnos por las sendas de la verdadera paz.

En Navidad celebramos el Nacimiento de Aquel que vino a iluminarnos. ¿Por qué muchas personas la viven llena de ajetreo que no provoca más que cansancio y depresión? Quizá porque les pasa como a esos habitantes de ciudades muy al norte, que se deprimen porque les falta luz de sol. A ellos les recomiendan exponerse regularmente a ‘lámparas de sol’. Nosotros tenemos algo infinitamente mejor que eso: la posibilidad de exponernos al verdadero “sol”, al que “nace de lo alto”: al Señor que vino a visitarnos y sale siempre a nuestro encuentro.

Hagámonos el propósito de rescatar del ajetreo navideño un momento cada día para hacernos conscientes de la presencia de Dios en nuestra vida, disfrutar Su luz, ponernos bajo Su cobijo y dejar que Su misericordia infinita nos ilumine y entibie el corazón.

Tarjeta de cumpleaños
para Jesús

Es Navidad. ¡Feliz cumpleaños, Jesús!

Como siempre haces las cosas al revés del mundo eres el único ‘cumpleañero’ que en lugar de recibir regalos ¡los da!, y ¡a manos llenas! Por eso, aunque no alcancen las palabras, quiero agradecértelo todo y decirte lo mucho que significa para mí que hayas querido nacer en este mundo.

Gracias porque pudiendo mantenerte altísimo y alejado elegiste hacerte cercano, someterte al tiempo y al espacio, compartir mi hambre y sed, mi frío, mi dolor, mi cansancio; sé que me comprendes como nadie; que nada de lo que siento te es ajeno; que me acompañas siempre; que viniste a romper mi soledad.

Gracias porque pusiste Tu Reino al alcance de mi mano; un Reino en el que aun en mi pequeñez no soy insignificante; en el que valoras no sólo mis buenas acciones sino mis buena intenciones; un Reino del que mantienes la puerta siempre abierta; un Reino que es banquete, fiesta, gozo al que estamos todos invitados; un Reino que es perla fina, tesoro escondido, regalo inmerecido, don, dádiva típica Tuya: exageradamente generosa.

Gracias porque viniste a darme Tu Palabra que me permite conocerte más, amarte más; Tu Palabra que me responde, siempre oportuna, para exhortarme, cuestionarme, conmoverme, estrujarme, sacudirme, abrazarme, inquietarme y consolarme porque es viva y eficaz y alumbra mis pasos y los guía siempre por sendas de esperanza.

Gracias por venir a enseñarme que Dios es mi Padre y que no hay mayor paz que cumplir Su voluntad; gracias por animarme a descubrir que los demás son mis hermanos y que no hay mayor alegría que amarlos como Tú me amas.

Gracias por ofrecerme Tu perdón; por no cansarte de creer en mis propósitos de enmienda; por no apartarte horrorizado cuando caigo sino acercarte a tenderme la mano; por ser el Buen Pastor que si me pierdo deja todo con tal de buscarme y rescatarme.

Gracias porque me das salud y bienestar y si me enfermo puedo unir mi sufrimiento al Tuyo y encontrarle sentido; gracias porque me sostienes en mi debilidad y estás siempre dispuesto a sanarme, especialmente, el alma.

Gracias por entregarme Tu Cuerpo y Sangre en la Eucaristía: sólo a Ti se te podía ocurrir esa manera tan íntima y perfecta para dejarme entrar en comunión contigo, contemplarte, adorarte, y recibir el único alimento que no sólo me da fuerzas para vivir cristianamente esta vida sino para alcanzar la eterna.

Gracias por encomendarme a María madre amadísima que ruega siempre por mí, en cuyo regazo me acurruco de noche, cuya mano amorosa me conduce de día para llevarme a Ti.

Gracias por la Iglesia en cuyo seno nací a la gran familia de los hijos de Dios, que me alimenta, vela por mí y me da todo lo que me hace falta para alcanzar la santidad.

Gracias por aceptar la cruz, por asumir mis culpas y redimir en ella todos mis tropezones y caídas; nada que yo hubiera podido hacer me habría obtenido la salvación que a precio de Tu sangre ganaste para mí.

Gracias porque resucitaste, porque a todo sepulcro le abriste una salida. Gracias porque la muerte no es ya oscuro final sino un trámite apenas para empezar a vivir la eternidad. Gracias por sembrar una semilla de reencuentro en toda despedida.

Gracias porque a pesar de que no siempre quiero o sé corresponderte, no pierdo nunca Tu amistad; gracias porque no me amas por mis méritos ni me dejas de amar por mis pecados; por ser Amigo Fiel, cuya misericordia es incondicional.

Gracias porque te fías de mí, y como te empeñas en ver siempre la mejor versión de mi persona vas animándome a convertirme en ella.

Gracias porque a pesar de mis limitaciones te has atrevido a darme una misión: me lanzas a ir en Tu nombre por el mundo, y no me destituyes ni me corres cuando tontamente defraudo Tu confianza.

Gracias por haberme enviado Tu Espíritu Santo que me ilumina, me guía, me inspira, me colma de dones, me anima a dar frutos y acude siempre en mi ayuda, aunque no sepa pedirle lo que me conviene.

Gracias por alumbrar mi senda con la esperanza de encontrarnos un día.

Gracias porque tras Tu paso por este mundo ya nada quedó igual: hiciste de cada día Navidad, diste razones para la alegría aún al solitario, al anciano, al enfermo, al triste, al que no tiene cómo, con quién o con qué celebrarla. Y es que el gozo de la Navidad no está en hacer fiesta sino en tenerte a Ti; no en los foquitos sino en que Tu luz derrota toda tiniebla; no en una gran cena sino en saber que siempre hay sitio en Tu mesa del Pan y la Palabra; no en los obsequios pues ninguno puede compararse a todo lo que Tú viniste a regalar.

Es imposible corresponderte, pero es Tu cumpleaños y aunque aparentemente lo tienes todo sé que te faltaba algo que quiero darte hoy: mi libertad, para que ya nunca pueda defraudarte; mi voluntad, para que ya sólo sepa obedecerte; mi corazón para que aprenda de Ti a amar.

Para empezar
bien el año

Dicen que lo que bien empieza bien acaba.

Basadas en esta creencia muchas personas buscan empezar bien el año y para ello caen en el absurdo de realizar ciertas prácticas supuestamente ‘tradicionales’ que van de lo inútil (atragantarse de uvas) a lo ridículo (ponerse tangas rojas), pasando por lo verdaderamente supersticioso (colgar ajos, barrer ‘malas vibras’, sacar las maletas), para dizque asegurar que el año nuevo les resulte ‘próspero’ según se acostumbra desear en estos días.

La verdad es que todas esas prácticas no sirven más que para engordar el bolsillo de comerciantes y merolicos pues por más esfuerzos que haga o por más rituales que practique el ser humano no puede tener ni tendrá conocimiento o dominio sobre su futuro, y pretender tenerlo es caer en el grave error de querer igualarse a Dios, que es el Único que conoce lo que acontecerá ya no digamos mañana, sino dentro de ¡un minuto! pues no está sujeto, como nosotros, a los límites del tiempo, ya que Él lo creó.

¿Qué puede hacer entonces la gente que tiene la legítima aspiración de querer comenzar bien el nuevo año? La Iglesia nos da la respuesta. El primero de enero, en que celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, no sólo nos anima a comenzar este año tal como empezó Jesús Su vida en este mundo: tomando la mano materna amorosa de María, sino que además nos regala, como Primera Lectura que se proclama en Misa, un bellísimo texto en el que Dios mismo propone algo verdaderamente bueno para nosotros, algo no sólo para empezar bien el año, sino para ¡seguir bien siempre! Se trata de una hermosa bendición con la que podemos pedir para familiares, amigos, conocidos -y aun desconocidos- un verdadero torrente de bienes:

Que el Señor te bendiga y te proteja;

haga resplandecer Su rostro sobre ti

y te conceda Su favor.

Que el Señor te mire con benevolencia

y te conceda la paz.” (Núm 6, 24-26).

Veamos el inmenso tesoro que encierran estas palabras:

Que el Señor te bendiga

Que derrame sobre ti toda Su gracia, toda Su ternura, todo lo bueno que quiere siempre regalarte en abundancia, todos los dones que tiene reservados especialmente para ti.

y te proteja

Que te cuide, que te tenga siempre en la palma de Su mano. Algunas Biblias traducen: ‘y te guarde’, es decir, te libre del mal, de ceder a la tentación de elegir caminos que puedan apartarte de Él; que sea para ti, como dice el salmista: tu fortaleza, tu roca, tu refugio, tu escudo, tu fuerza salvadora... (ver Sal 18, 2-3).

haga resplandecer Su rostro sobre ti

En el Antiguo Testamento se narra que sólo los amigos de Dios, como Abraham, como Moisés, podían ver Su rostro. Podría interpretarse esta petición como un deseo de que Dios te considere Su amigo, que tengas con Él una relación cercana, íntima, que verdaderamente ilumine tu vida; y que nunca quieras perder Su amistad...

y te conceda Su favor

Un favor es algo que siempre beneficia a quien lo recibe; se pide a Dios, que siempre escucha tus oraciones, que te conceda lo mejor, lo que desde Su sabiduría y amor infinito por ti sepa que en verdad te conviene.

Que el Señor te mire con benevolencia

La mirada del Señor es siempre de amor. Se le pide que ponga en ti esa Su mirada infinitamente amorosa, y sea contigo como Él es: siempre paciente, siempre indulgente, siempre dispuesto a creerte, a disculparte, a perdonarte, a darte una nueva oportunidad.

y te conceda la paz

Qué extraordinario poder tener y mantener la serenidad y la alegría aun en medio de situaciones que te pongan duramente a prueba (como una contrariedad, una enfermedad, un contratiempo, una crisis). ¿Cómo se consigue esto? Abriéndose a recibir este regalo de Dios con un corazón que sepa abandonarse confiadamente en Sus manos y aceptar dócilmente Su voluntad.

Acepta esta invitación a comenzar el año no llenándote de ‘chucherías’ para la ‘buena suerte’, sino llenándote de Dios. Verás ¡qué diferencia!

¿Tienes tiempo?

Un amigo me decía: ‘ya se acabó este año’. Y no crean que se refería a un año que recién terminaba, sino ¡a uno que estábamos apenas comenzando!

Sus palabras expresaban algo que muchas personas sentimos: que el tiempo se va cada vez más rápido, que pareciera que se acorta o se acelera y cuando, por ejemplo, llegan fechas de eventos que conmemoramos anualmente (un cumpleaños, un aniversario), nos da la impresión de que apenas los acabábamos de celebrar ayer y exclamamos asombrados ‘¿ya pasó un año?, ¡cómo vuela el tiempo!’

Y lo peor de todo es que ahora el tiempo no alcanza para nada.

Es curioso. Nos hemos rodeado de toda clase de ‘ayudas’ para ‘ahorrar tiempo’: aparatos domésticos, computadoras, autos veloces, aviones supersónicos, y ¿qué pasó con el tiempo que supuestamente ahorramos?, ¿a dónde se fue? Se me hace que el ‘banco’ en el que lo pusimos se lo ‘clavó’, porque no sé tú, pero yo no he visto esos ‘ahorros’ ¡por ningún lado!

Por ejemplo: yo antes escribía todo a mano. Mi hermana me convenció de que comprara una computadora. Insistió tanto que por fin lo hice. El intruso artefacto estuvo contemplándome amenazador durante semanas antes de que me atreviera siquiera a encenderlo. Por fin aprendí a usarlo y comprobé que era verdad, ¡me hizo ahorrar muchísimo tiempo!, tanto que ahora escribo mucho más que antes por lo cual estoy igual -o peor- que al principio, pues de todo ese tiempo que ahorré no he recibido de vuelta ¡ni un minuto!

El tiempo se ha vuelto un bien muy preciado. Y como suele suceder en relación a lo que nos parece valioso, poseerlo despierta nuestra ambición y avaricia.

Hacemos cualquier cosa por ‘ganarlo’, aunque luego no sepamos para qué ni cómo aprovecharlo de veras, y cuando por fin tenemos un poco más de lo que necesitamos nos cuesta mucho compartirlo, difícilmente lo prestamos y casi nunca lo regalamos.

¡Qué contraste el nuestro con el de los ‘Reyes Magos’ a los que la Iglesia celebra hoy! Si hubieran vivido en nuestros días alguien les hubiera aconsejado: ‘para ahorrarse el tiempo empaqueten el oro, el incienso y la mirra y ¡mándelos a Belén por mensajería!’ Pero gracias a Dios no fue así, y ellos no consideraron que ‘perderían’ demasiado tiempo en un viaje que ha de haber tardado muchos meses. El tiempo invertido en ese viaje era parte de lo que querían ofrecerle al Señor.

Esto me recuerda a una maestra hawaiana que contaba que un alumno suyo le regaló un caracol muy bonito, y cuando ella le dijo: ‘¡pero estos caracoles sólo se encuentran del otro lado de la isla!, ¡debes haber caminado mucho para encontrarlo!’, el niño sonriente respondió: ¡’claro!, la ‘caminada’ forma parte del regalo’.

¿Qué tal si ahora que todavía estamos empezando el año nos disponemos a regalar ese tiempo que estamos tan obsesionados por ‘ahorrar’?

Empieza por regalárselo a Dios. Quizá te has acostumbrado a dedicarle, como la canción, ‘el tiempo que te queda libre si te es posible’, pues bien, es hora de darle un tiempo especial, privilegiado, que de antemano determines disponer para Él, por ejemplo para ir a Misa no sólo el domingo sino entre semana (en muchas iglesias empieza la primera Misa a las 6 am y la última a las 8 pm, ideal para participar en ella antes o después de tus labores cotidianas); o para ir a orar un ratito ante el Santísimo, o para rezar el Rosario en familia, o simplemente para sentarte un momento de silencio ante el Señor y dialogar con Él, darle gracias, pedirle perdón, encomendarle tus necesidades, etc.

Y si dices: ‘pero es que no tengo tiempo para eso’, considera que siempre que le regalas tiempo a Dios, puedes tener la seguridad de que Él te lo devolverá con creces: verás cómo te rinde más, cómo comienza a alcanzarte más porque ¿sabes? Él acostumbra regresarlo todo multiplicado...

Dale también tu tiempo a quienes te rodean: tu familia, tus ‘cuates’, tu comunidad.

En Navidad un amigo al que le encantan los cacahuates me regaló una latita llena de unos que él mismo se puso a descascarar; otra amiga me horneó un panqué, otra me hizo una bufanda. Me conmueven estos obsequios que incluyen el valiosísimo tiempo de quien los realizó. Igual tú puedes regalarle tiempo a los demás.

En cosas que hagas por ellos y también en momentos que compartas. La falta de tiempo nos aísla, nos hace perder contacto con quienes nos importan. No lo permitas. Date tiempo para platicar, aunque sea por teléfono o, mejor aún, para convivir con quienes amas. Como dice mi amigo, que es sabio: ‘no dejes que lo urgente te haga olvidar lo más importante’.

Por último, dedícate tiempo a ti, a disfrutar un momento de soledad, de paz, a reflexionar, escuchar música, leer un buen libro, caminar por un parque, contemplar un atardecer, qué sé yo, lo que sea que te agrade, pero hazlo sin prisas, sin afán de ‘ahorrar tiempo’, sin mirar el reloj, sin ser esclavo del horario...

Tu tiempo no se detiene ni se acumula; por más que pretendas ‘ahorrarlo’ se te va. La diferencia está en lo que te dejará cuando se haya ido: si lo aprovechas para de veras encontrarte con Dios, con los demás y contigo: una vivencia infinitamente enriquecedora; si lo desperdicias: un gran vacío.

Noche de paz

Siempre que oigo la sirena de una ambulancia hago una breve oración por el paciente al que van a recoger o ya están trasladando, por sus seres queridos, el personal de salud que lo atenderá, incluso por el conductor para que tenga prudencia y pericia para llegar con bien a su destino.

Dicha oración solía ser algo tan fugaz como los instantes en que la ambulancia pasaba frente a mis ojos y me olvidaba en seguida del asunto.

No sucedió así hace unos días.

Cuando mucha gente se encontraba partiendo su ‘rosca de reyes’, la de mi familia quedó sin tocar sobre la mesa del comedor.

Mi papá, de 89 años, se cayó, se fracturó el fémur y mi mamá y hermanos tuvieron que trasladarlo de emergencia al hospital.

Fui a esperar su llegada a la salida de ‘urgencias’.

Mientras caminaba para entrar en calor porque hacía un viento muy frío, hice varias llamadas para pedir a amigos míos que oraran y luego me puse a rezar el Rosario, para encomendar a las manos amorosas de Dios y a la intercesión maternal de María a mi familia y a todas las que estuvieran pasando por lo mismo.

Al escuchar cada vez más fuerte el ulular de la sirena, me estremeció saber que en esa ambulancia que se acercaba venía alguien tan querido para mí, pero me consoló grandemente sentirme sostenida por la oración, mía y de muchos, y me sentí en paz.

Transcurrió mucho rato entre que evaluaron a mi papá e ingresó en espera de ser operado al día siguiente. Y en ese lapso tuve tiempo de hacer algunas reflexiones:

1. Es una maravilla contar con amigos que comparten tu fe, a los que puedes llamar para que oren por ti en momentos difíciles, así como tú puedes orar por ellos cuando lo necesitan.

Por eso te recomiendo que organices un ‘círculo de oración’ o participes en uno ya establecido.

Puedes empezar con dos personas y poco a poco más gente se unirá.

En el mío empezamos poquitos y ya somos más del doble que al principio. ¿Qué hay que hacer? Anotamos en una lista los nombres (sin apellidos) de quienes requieren oración por diferentes razones (por enfermedad, alguna necesidad, falta de empleo, etc). Cada uno recibe una copia de la lista y se compromete a leerla una vez al día para pedir a Dios por cada uno de los que están anotados. Cada semana se actualiza la lista y se da gracias a Dios por los favores recibidos. Es sencillo pero ¡tan efectivo! Si la gente supiera el poder que tiene la oración, ¡se pasaría el día orando!

2. En momentos en que uno quizá no tiene ‘cabeza’ para orar con sus propias palabras, ¡qué serenidad encuentra en el rezo del Rosario! Como decía nuestro querido Papa Juan Pablo II, la suave cadencia de las Avemarías va sosegando el alma, y además relacionar cada Misterio con lo que estás viviendo hace que el Evangelio no sólo se sienta cercano e íntimo, sino que te ilumine y llene de esperanza. Aprende a rezar y a amar el Rosario y hallarás en él verdadera fuente de fortaleza y paz.

3. Nada sustituye la propia presencia, ver llegar al amigo que simplemente viene a acompañarte, a estar un rato contigo. Cuando tengas un ser querido pasando por un momento doloroso, hazte presente. Si no puedes, cuando menos llámalo o envíale un ‘e-mail’. Haz sentir a esa persona que a pesar de la distancia, estás con ella.

4. Cuando alguien está viviendo una situación que le duele, es muy fácil decirle algo que aumente su dolor o que, cuando menos, no lo consuele en absoluto, pero hay una frase -que por supuesto no debe quedarse sólo en palabras sino que debe respaldarse por hechos- que siempre se agradece: ‘estoy orando mucho por ti’.

5. No caigas en la tentación de expresar los típicos ‘buenos deseos’ que en realidad carecen de sustento. Por ejemplo, alguien me dijo: ‘vas a ver que no van a tenerlo que operar, mucha gente está orando por él’. Pero, ¿cómo se podía asegurar que Dios no permitiría que mi papá fuera operado?, ¿cómo pretender conocer Su plan para él? (cuando el doctor avisó que sí había que operarlo, quien dijo esa frase se desconcertó y entristeció mucho, pero es que se había aferrado a su voluntad en lugar de abandonarse a la de Aquel que si permite algo es siempre para bien).

Otra persona dijo: ‘¿cómo es posible que Dios deje que le pase esto a una persona tan buena?’ A lo cual cabría responder: si sólo le pasaran cosas aparentemente ‘malas’ a los ‘malos’ no tendríamos libertad, seríamos ‘títeres del bien’, obligados a ser ‘buenos’ para evitar desgracias. Además, no siempre lo que consideramos ‘malo’ lo es. No podemos tener una idea completa de todo el panorama, de todas las razones pasadas, presentes y futuras por las que Dios permite algo, así que no cabe cuestionarlo, sólo darle un voto de confianza y fiarse de que lo que hace es lo mejor, lo que más nos conviene.

Alguien más me decía: ‘se va a recuperar’. Nuevamente cabe responder: ‘¿cómo lo sabes?, ¿qué tal si llegó su momento de ir a la casa del Padre’

Duele mucho pensar en que, como dijo el Papa Benedicto XVI cuando murió su papá, ‘una parte de mi hogar se mude al cielo’, pero ¿no es el destino feliz que nos espera a todos? Como cristianos no debemos presumir que sabemos lo que Dios hará ni darle ‘recetas’, sino decirle, como Jesús nos enseñó: “Hágase Tu voluntad”(Mt 6,10).


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