Excerpt for ¿Te has encontrado con Jesús? by , available in its entirety at Smashwords

ALEJANDRA MA. SOSA ELÍZAGA

¿TE HAS ENCONTRADO

CON JESÚS?


Colección Fe y vida

Vol. 2


¿TE HAS ENCONTRADO CON JESÚS?

Colección ‘Fe y vida’

Vol. 2


EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3 esq. Congreso;

Col. Tlalpan, Del. Tlalpan

C.P. 14000 CDMX

tel: 56 65 12 61


Registro del Derecho de Autor: 03-2011-081113071500-14

Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso

por escrito de la autora y/o del editor


www.ediciones72.com

Correo electrónico: ediciones72@yahoo.com.mx

Síganos en Facebook Ediciones 72



Í N D I C E


Presentación

¿Cuándo será ese cuando

Dame paciencia, pero ¡¡ya!!

Guadalupana

Sueños no imposibles

Tu propósito de año nuevo

Perder o no perder la cita

Dime con quién andas y te diré quién eres...

La tragedia: ¿destruye o fortalece tu fe?

Oración por la unidad de los cristianos

Cambio festejable

Solidaridad

Adiós al saco roto...

Amigo

Pedir perdón por otro

¿Le has perdido la confianza a Dios?

Para ser ‘alguien’...

¿Quieres ser libre?

Tiniebla rota

¿Te has encontrado con Jesús?

Docenario de la Misericordia Divina

A la muerte de Juan Pablo II

La Iglesia y el Papa

¿De qué nos alegramos?

Alegoría

Ni idólatras ni huérfanos

Abogado ¿aprovechado?

Oración trinitaria y mariana

¿Sabes a dónde vas?

Conocer a Dios

¿Todavía no te levantas?

Amigo verdadero

Poder dormir, poder cantar...

Conservar, tirar o dar

Ciento cincuenta consuelos

Saber pedir

En todo y para bien

De compras con Jesús

La piedra desechada...

Por puro amor

¿Te enojas con Dios?

Conocerla y amarla

La difícil corrección fraterna

Venganza revirada

Damnificados

Lo mejor, no el mejor

Aleteos...

Todo lo puedes

Anatomía de un acopio

La salvación de los demás

Las luchas de los santos

¿Qué hacer con el enojo?

Labores apreciables

Ovejas del Rey


Presentación

Este segundo volumen de la colección de cuatro libros titulada: ‘Fe y vida’, trata temas de la vida cotidiana, casi siempre iluminados por los textos bíblicos que se proclaman en Misa, a lo largo de un año litúrgico, en este caso, del correspondiente al ciclo A.

Con ese estilo característico de Alejandra María Sosa Elízaga, que sabe decir cosas profundas en pocas líneas, y a veces hace reír y a veces pone un nudo en la garganta, estas reflexiones, de no más de dos o tres páginas cada una, son ideales para leer una diaria.

Su objetivo es relacionar la vida y la Palabra, para ayudar al lector a descubrir qué sabroso es no sólo leerla sino saborearla, porque nutre y fortalece, habla al corazón y lo llena de paz, gozo y esperanza.


¿Cuándo será ese cuando?

¿Cuándo será ese cuando?

Es la pregunta que resuena en el fondo de nuestro corazón cuando leemos la visión para ‘días futuros’ que describe el profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 4).

¿Te imaginas? ¿Que llegue un tiempo en el que ya nadie se ‘adiestre para la guerra’?, ¿un tiempo en el que se fundan todas las armas y ese material se use para el provecho y bienestar del ser humano?

A algunos nos parece desesperantemente lejano ese día; a otros quizá imposible de alcanzar. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo en guerra. No hay lugar en el planeta en donde no se esté llevando a cabo, en este mismo instante, mientras lees esto, algún conflicto armado.

Nos parece normal que los noticiarios nos traigan imágenes de tanques blindados recorriendo las calles; gases lacrimógenos dispersando multitudes; cadáveres tirados en las plazas; mujeres y niños de ojos grandes y asustados que se asoman cautelosos detrás de una ventana rota o de las ruinas de su casa, o huyen apresurados a un destino incierto en algún país vecino, sin llevar más que lo que traen puesto, dispuestos a convertirse en refugiados que lo han perdido todo -hogar, familia, empleo y esperanza- a causa de una lucha armada de la que son víctimas indefensas.

Los países más desarrollados y poderosos del mundo tienen una economía basada en la guerra: en vender armas y equipo bélico. Se gasta más dinero en artefactos capaces de aniquilar al ser humano que en alimentos para nutrirlo, ropa para vestirlo, casa para protegerlo, medicinas para curarlo. Es escandaloso el monto del presupuesto que las superpotencias dedican a la destrucción de supuestos enemigos.

Lo curioso es que todos los que hacen la guerra lanzan grandes discursos en torno a la paz; la enaltecen, la prometen, actúan como si de veras les importara que ésta por fin floreciera en este mundo tan lastimado, pero la verdad es que no hacen nada para construirla, todo lo contrario.

En este estado de cosas, lo que dice Isaías despierta una gran nostalgia en el corazón. ¿Cuándo será ese cuando?, ¿cuándo sucederá que estas palabras bíblicas no sólo estén escritas en una escultura en las afueras de la ONU, sino inscritas en lo profundo de la conciencia de los que ahí deciden los destinos del mundo?

La respuesta quizá nos incomode, y es ésta: la paz no es asunto que compete sólo a los demás; no es tema exclusivo para los dirigentes de las naciones. Nos atañe a nosotros también. A ti y a mí.

Un país en guerra está formado por individuos en guerra, por personas que acumularon suficiente odio en su corazón como para salir a matar. Y ¿cómo fue que surgió ese odio? De a poquito. Día tras día. En cantidades suficientemente pequeñas como para que quienes lo albergaban no sintieran preocupación y siguieran creyéndose personas de bien; pero como siempre sucede cuando alguien permite que anide el odio en su interior, éste creció, y se volvió contagioso, y pronto se convirtió en estímulo para la violencia, en justificación para vivir matando.

Lo vemos todos los días: los dirigentes firman la paz y la gente de sus pueblos no cesa las agresiones.

¿Cómo puede desterrarse tanta negrura del alma?, ¿qué hacer para que reine por fin la paz que hoy nos promete el profeta Isaías? El Papa Juan Pablo II ofreció una respuesta estremecedora: “no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”.

En un maravilloso discurso que pronunció el Día Mundial de la Paz (el 1º de enero del año 2002) nos dijo que con frecuencia había reflexionado acerca de cómo se puede restaurar el orden moral y social, y que tenía la convicción de que “la paz es fruto de la justicia, esa virtud moral y garantía legal que asegura el respeto de los derechos y responsabilidades y la justa distribución de beneficios y cargas. Pero como la justicia humana es frágil e imperfecta, sujeta como está a las limitaciones y el egoísmo de individuos y grupos, debe incluir y ser completada por el perdón que sana y reconstruye las atribuladas relaciones humanas desde sus cimientos.

Esto se aplica a toda circunstancia, grande y pequeña, a nivel personal o más ampliamente, internacional.” Más adelante afirmó el Papa: “La sociedad está muy necesitada de perdón. Familias, grupos, estados, la comunidad internacional entera necesita del perdón para poder ir más allá de la esterilidad de mutuas recriminaciones...En la capacidad para perdonar se encuentra la base sobre la cual podrá construirse una sociedad futura, marcada por la justicia y la solidaridad.”

El Papa puso el dedo en la llaga y la bola en nuestra cancha. Nos avisó que no podemos cruzarnos de brazos esperando que otros arreglen este maltrecho mundo; que no podemos sentirnos espectadores cuando estamos llamados a jugar un papel importantísimo: construir la paz, primero en nuestro interior, luego en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra nación, en nuestro mundo.

Sólo si cada ser humano toma este reto como un llamado personal, podrá cumplirse la visión que nos narra Isaías.

Las palabras de profeta son sólo una poética fantasía; son una realidad que es apenas proyecto, y que nosotros podemos y debemos comenzar a edificar.


Dame paciencia, pero ¡¡ya!!

Cuando sientes que te hierve la sangre porque enfrentas una situación que te incomoda, molesta, desespera o enfurece y te dan ganas de dar de gritos, o salir corriendo o estrangular a alguien, quizá te ha sucedido que levantas el teléfono ‘rojo’, el de las ‘emergencias’, para pedirle a Dios: ‘¡¡dame paciencia!!’, y como segundos después de esta petición ves que sigues en las mismas, que no bajó de las alturas una nube de celestial paciencia para envolverte y serenarte mágicamente, le reclamas a Dios, como quien habla a quejarse a uno de esos lugares que ofrecen servicio a domicilio: ‘Tú dijiste: ‘pedid y recibiréis’ (Lc 11,9) entonces ¡cumple!¿qué pasa que no me mandas lo que te pedí?, ¡llevo rato esperándolo y no llega!, es para hoy, ¿eh?; ¡me estás quedando mal!, te pedí paciencia y la necesito ur-gen-te-men-te, mándamela pero ¡¡¡yaaaaa!!!’

Nos molesta esperar. Los bancos ponen televisiones y las empresas música en sus teléfonos para hacer más llevadera la larga espera a que someten a sus clientes. Los productos que más éxito tienen son los que ofrecen resultados ultra-rápidos: la medicina que te cura de volada; la computadora más veloz; el método de adelgazar más acelerado.

Pero la verdad es que por más que luchemos contra ello la vida nos somete necesariamente a muchas esperas, y cuando esto sucede no sabemos reaccionar, queremos que todo se solucione ¡de inmediato! y si no es así, volvemos los ojos hacia Dios y exigimos que entonces nos dé paciencia, y que sea ¡instantánea! Pero las cosas no funcionan así, la paciencia no se obtiene de ese modo.

San Pablo habla de “la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras” (Rom 15,4) es decir, que la Palabra de Dios puede darnos la paciencia que necesitamos. Y antes de que alguien se ponga a hojear apresuradamente la Biblia pensando que en alguna página puede encontrar una especie de ‘conjuro’ para pedir paciencia automática y obtenerla, hay que seguir leyendo lo que dice San Pablo: que es Dios la “fuente de toda paciencia y consuelo” (Rom 15,5).

Si relacionamos ambas afirmaciones: que Dios es fuente de paciencia y Su Palabra nos da paciencia, podemos concluir que quien quiera obtener este don tan preciado y necesario, puede lograrlo si se acerca a Dios a través de Su Palabra. ¿Qué significa esto? Que en la medida en que vas leyendo y conociendo la Sagrada Escritura, vas descubriendo que Dios tiene todo en Sus manos, que todo sucede por algo, que en todo interviene para bien, que Sus tiempos no son nuestros tiempos ni Sus caminos nuestros caminos así que de nada sirve angustiarse o enojarse si las cosas no suceden como y cuando nosotros queremos, pues Dios, desde Su infinita sabiduría, tiene todo bajo control y si Él permite que algo suceda es porque así nos conviene, aunque de momento no lo consideremos así.

Conocer a Dios a través de los relatos bíblicos es conocer a un Dios paternal, amoroso, providente, que está siempre dispuesto a darnos todo cuanto de verdad necesitamos (que no es lo mismo que cuanto creemos que necesitamos).

Así, conforme te vas adentrando en el conocimiento de Dios, va creciendo tu confianza en Él y va creciendo tu certeza de que todo lo que pasa es por algo y, con Él a tu lado, es siempre para bien. De esa manera, sin darte ni cuenta, te llega la paciencia. Y si tienes que esperar a que se resuelva algo que tarda demasiado para tu gusto, si te toca enfrentar una situación enojosa, grande o pequeña, no te impacientas, la vives con la seguridad de que el Señor se encarga de ella y todo se irá resolviendo cuando y como Él disponga.

Vivir así te permite no sólo no hacer corajes, sino incluso agradecer las situaciones difíciles, las esperas largas que te toca enfrentar y que antes te exasperaban porque ahora les encuentras sentido y las puedes aprovechar (para crecer en humildad, en amor; para orar por los demás...).

Es sorprendente lo fácil que resulta pararle el alto a la ira cuando se vive todo de la mano de Dios.

San Pablo incluye la paciencia en su lista de ‘frutos del Espíritu’ (ver Gal 5, 22), es decir que la recibimos como regalo cuando se nos dio el Espíritu Santo en nuestro Bautismo; el asunto es que así como cuando abres un regalo en un cuarto oscuro no te das cuenta de lo que es ni lo aprovechas, pues necesitas abrirlo donde hay luz para poderlo apreciar, de la misma manera, para aprovechar lo que Dios te da necesitas acercarte a Su luz, dejar que te ilumine Su presencia, vivirlo todo bajo Su luminoso amparo.

La paciencia no se puede obtener de golpe: es algo que va surgiendo de a poquito y va creciendo e instalándose en el alma como consecuencia de una relación con Aquel que es el mismo ayer, hoy y siempre. Tomemos por ejemplo a María. ¡Cuántas esperas tuvo que enfrentar y con cuánta paz y paciencia las vivió!

Tómate un tiempo cada día para sentarte un momento a contemplar una imagen de María, nuestra Señora de la Paciencia, y pídele que ore por ti para que sepas vivirlo todo con una paz y paciencia que, como la suya, brote de tu cercanía con el Señor, tu conocimiento íntimo de la Palabra, tu absoluta confianza en Dios, tu Salvador...


Guadalupana

El altar mayor de una Basílica

la modesta pared de una capilla

un retablo en un convento

un cuadro

un postercito clavado con tachuelas en un muro

un tatuaje

la celda de una cárcel

una vereda de un parque

un mausoleo en un panteón

la cripta más sencilla

una medalla

un Rosario

un llavero

una taza

un libro

un calendario

un imán adherido al refrigerador

el parabrisas de un taxi

la defensa de un camión

el guardafangos de un trailer

la camiseta de un chavo banda

un altarcito al pie de una curva de la carretera

un nicho en una calle

una repisa en un negocio

una vitrina en un mercado

en una gasolinera

el mostrador de una papelería

la fachada de una casa

un grafitti bajo un puente

una estampita en la cartera

una escultura en un jardín

un cartelito en la ventana


todos muestran tu imagen

llenan de ti mi vida cotidiana


me recuerdan

porque lo necesito ¡tanto!

que estás tú aquí

que eres mi Madre

y me tienes en el cruce de tus brazos

en el hueco de tu manto


gracias

porque quisiste venir

a acompañar mis pasos

a iluminarlos con tu mirada buena

a conducirlos con tus manos orantes

a mostrarme a Jesús

fruto bendito de tu vientre

y no te cansas nunca de invitarme

a caminar contigo

a encontrarme con Él


Sueños no imposibles

¿Has soñado que vuelas? Yo sí, y es fantástico.

El otro día soñé que me encontraba en la calle a uno de esos perros que son la pesadilla de peatones y ‘bicicletos’; me gruñía amenazador y cuando supuse que se disponía a atacarme, ¡que me elevo y me alejo volando! El canijo perro voló también pero más bajito que yo así que no me pudo hacer nada, juá juá.

En muchas ocasiones he soñado que vuelo, que simplemente subo por los aires a voluntad (no tengo que poner ‘pose de superman’, con un brazo extendido y la rodilla opuesta doblada), y voy y vengo todo el tiempo que me da la gana, flotando por encima de calles, tejados, árboles...

Lo curioso, es que cuando sueño que vuelo, no sueño que ello me asombre o que me dé miedo o que piense que de un momento a otro se me acabará la ‘pila’ y caeré en picada; y es que en los sueños puede suceder cualquier cosa y todo es normal. No así en la realidad. La realidad muchas veces destroza nuestros sueños.

Pienso por ejemplo en José. Nos cuenta el Evangelio que cuando José descubrió que María estaba embarazada decidió dejarla en secreto. No concuerdo con algunos que dicen que José pensó que María le había sido infiel, y como era un hombre justo y bueno decidió no exponerla al castigo que merecía, sino abandonarla y dejar que le echaran a él la culpa de haberla embarazado. No. La pureza, la castidad, el recato de María sin lugar a dudas irradiaban de toda su persona. Su mirada limpia, su vida intachable hacían imposible que alguien pudiera pensar mal de ella, mucho menos José que seguramente la conocía bien y la amaba entrañablemente.

Más bien podemos suponer que José, como todo buen israelita familiarizado con las Escrituras, tenía en mente la profecía de Isaías: “He aquí que la virgen concebirá a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’...” (Is 7,14), y como estaba consciente de que el tiempo de la llegada del Mesías estaba cercano, cuando descubrió el embarazo de María muy posiblemente intuyó que en ella se había cumplido lo anunciado por los profetas, y no se sintió digno de participar en algo tan trascendental.

Por eso decidió hacerse a un lado, aunque ello implicara que se rompieran su corazón y sus sueños de casarse con la mujer más maravillosa del mundo. Dice el Evangelio que cuando tomó la decisión de dejar a María, se fue a dormir, y me pregunto: ¿cuál sería su estado de ánimo esa noche?

Es creíble suponer que el más desanimado y deprimido, el de alguien que siente que lo que veía como un futuro risueño y promisorio, de pronto se le convierte en tristeza y desesperanza.

Cuando José se fue a dormir estaba convencido de que el sueño que había venido acariciando tanto tiempo era ya imposible. ¡Ah!, pero no contaba con que Dios lo iba a hacer posible, más aún: iba a sembrar un sueño infinitamente mejor en su corazón, más grande, más audaz que el que jamás hubiera podido imaginar: ¡ser nada menos que padre adoptivo del Dios-con-nosotros!

Cuando la realidad te devasta (te abruma la soledad; te sientes incomprendido; te agobian tus pecados; después de quién sabe cuántos años de casados tu pareja te dejó de amar; tu mejor amigo se decepcionó y se alejó de ti; te dieron un diagnóstico terrible; se te murió un ser querido...), cuando te sientes en un callejón sin salida y no te atreves siquiera a desear que pudiera ser posible que se cumplieran tus sueños más atrevidos (nunca sentirte solo; superar tus miserias; ser amado incondicionalmente y que quien te ama nunca se decepcione ni aparte de ti; poder vivir para siempre con tus seres queridos; que nunca te envuelva la tiniebla y siempre puedas ver la luz al final del camino...), cuando todo lo que quisieras es echarte a dormir y no despertarte más, espabílate y levanta la cabeza, sacúdete la ‘muína’ con esta extraordinaria realidad: ¡Dios ha hecho posibles estos tus sueños imposibles!, ¡ha superado con creces todo cuanto jamás te hubieras atrevido a esperar!

Tu Dios quiso hacerse ser humano ¡como tú!, Y en Él se cumple todo cuanto anhelas: ya no estás solo: Él te acompaña y te comprende; ya no te abruman tus miserias: Él te perdona y te libera de ellas; ya no te sientes rechazado: Él te ama sin condiciones; ya no te asusta la muerte, pues Él le abrió una salida al sepulcro y te regala la posibilidad feliz de vivir con Él y con todos tus seres amados una vida gozosa que no terminará jamás.

Como a José, el Señor te rescata de la desesperanza, de los tristes planes que te has trazado.

Dios no quiere que nos echemos a dormir desalentados ni que creamos que sólo en sueños somos capaces de realizar lo extraordinario; nos da razones para despertar, como José, con la alegría infinita de saberlo cercano, con la emoción de descubrir que todo lo podemos porque Él vino a este mundo a tendernos Su mano.


Tu propósito de
año nuevo

Un amigo se cambió de domicilio y contrató a un joven para que le diera una buena ‘mano de gato’ a la casa que dejó, para entregarla limpiecita.

El joven llegó puntual, con una mochilita al hombro en la que traía su ropa de trabajo y una Biblia que se veía muy gastada, evidencia de que había sido frecuentemente consultada (dicen que una Biblia que de tanto uso se está desbaratando, sin duda pertenece a una persona que nunca se estará desbaratando...).

Mi amigo le dio indicaciones de que debía barrer, limpiar ventanas, baños, la cocina, etc. y lo dejó para que hiciera su trabajo.

Cuando el joven avisó que había terminado, acompañé a mi amigo a revisar cómo había quedado todo. Y nos quedamos boquiabiertos. Este joven no se había contentado con hacer las cosas por encimita o al aventón. Se había empleado ¡a fondo!

Con decirles que en lugar de darle un trapazo a la estufa ¡la desarmó para poderla limpiar mejor y dejó reluciente hasta las partes interiores que no están a la vista! Íbamos recorriendo la casa y sorprendiéndonos cada vez más de lo bien que hizo las cosas.

Mi amigo lo felicitó y le dijo que era poco común encontrar alguien que le pusiera tantas ganas a lo que hacía. El joven le respondió: ‘es que yo no trabajo para ningún patrón, yo trabajo para el Señor, como dice San Pablo: “todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” (Col 3, 23).’

Mi amigo y yo nos quedamos gratamente sorprendidos de la sencillez y profundidad de la fe de este joven que obviamente no es una fe ‘dominical’, sino algo que compromete su vida los siete días de la semana.

¿Qué tal si tomamos esta propuesta de Pablo y la convertimos en propósito nuestro? Hacerlo todo como para el Señor. Y no en plan ‘lambiscón’ como para ver qué le sacas luego (hice esto por Ti, ahora Tú hazme este favor), sino simplemente porque lo amas y quieres darle gusto, corresponder a Su amor.

Hacedlo todo de corazón, como para el Señor”: que el ama de casa cocine como si fuera el Señor el que va a comerse lo que preparó; que el conductor del auto, la pesera, el camión maneje como si fuera el Señor su pasajero o fuera el Señor ese peatón que desea cruzar la calle frente a él; que el estudiante entregue ese trabajo como si fuera el Señor quien lo revisará; que el dependiente de ese comercio, de esa ventanilla, atienda a cada persona como si fuera el Señor quien quiere hacer esa compra, ese trámite; que la enfermera, el doctor, atiendan a ese paciente como si se tratara del Señor.

Que sea cual sea tu ocupación, tu profesión, lo que haces para vivir, lo que ocupa tu tiempo libre, lo hagas todo como si fuera para el Señor, buscando agradarle al máximo.

¿Te imaginas qué sucedería si todos nos comportáramos así? Se acabaría el ‘ahí se va’, el dejarlo todo para después, el resolverlo a última hora y mediocremente. Y no sólo eso. Se acabaría también eso de sentir que nadie tomó en cuenta nuestro esfuerzo. Mucha gente justifica hacer las cosas mal porque dice: ‘nadie se fija, a nadie le importa’.

Pues bien, cuando se realiza algo para el Señor, se puede tener la absoluta seguridad de que Él sí se fija, de que a Él sí le importa. Y algo más: a diferencia del mundo, al que sólo le interesan los resultados visibles, comprobables (obras son amores y no buenas razones), el Señor se fija en las intenciones, toma en cuenta tus ganas de hacer las cosas bien, incluso si al final no te salieron bien.

Decía un sacerdote que un señor fue a confesarse de que por más que luchaba contra cierto defecto no lograba dominarlo. Le dijo: ‘padre, por más que trato de agradar al Señor, ¡no lo consigo!’, a lo que el sacerdote respondió: ‘amigo, querer agradarle a Dios ¡ya es agradarle!’.

Nuestros logros quizá nos llenan de soberbia, nos hacen sentir ‘buenitos’, superiores a otros; nuestros intentos fallidos nos mantienen humildes y nos mueven a seguirlo intentando, y ese esfuerzo es comprendido y apreciado por Dios. Así que si tu propósito es hacerlo todo para el Señor, no te preocupes si las cosas no te salen tan perfectas como querrías, si tu intención es agradarlo ten por seguro que ¡lo lograste!

¡Qué descanso, qué maravilla saber que tenemos un Dios que valora hasta el menor de nuestros esfuerzos!, ¡qué consuelo saber que Dios es como ese papá o esa mamá a quien su niño le regala un trabajito manual que está verdaderamente espantoso (un pegote de engrudo, rayas de crayón, diamantina y quién sabe qué mas) y lo ve precioso y lo guarda cuidadosa y amorosamente en un lugar especial, porque se fija no en la perfección del trabajo en sí, sino en el amor con que fue hecho y regalado!

Así pues, considera que hoy es el primer día de un nuevo año en tu vida y olvídate de hacer una larga lista de propósitos que nunca cumples. Proponte realizar uno solo: hacerlo todo para el Señor. Y puedes estar seguro de que no habrás terminado de hacerte ese propósito cuando Dios ya estará preparando un lugar muy especial para atesorar todo lo que tú, su amadísimo hijo o hija, te animes a ofrecerle...


Perder o no perder la cita

En un programa de televisión al que acuden muchos concursantes que esperan ganar algo pero saben que sólo uno obtendrá premio, anunciaron que iban a regalar un coche nuevo.

Se le pidió a los concursantes que buscaran bajo sus asientos una caja; se les avisó que la persona que encontrara en ella una llave de automóvil sería el ganador. Cuando los concursantes abrieron sus cajas comenzó la gritería: todos encontraron una llave, ¡todos obtuvieron un auto nuevo! Se armó un alboroto tremendo. Unos saltaban, otros lloraban de emoción, otros se abrazaban. Todos estaban contentísimos. Y cuando el locutor los invitó a pasar al estacionamiento a conocer sus autos nuevos, todos se apresuraron a dejar sus asientos para ir por el premio prometido.

Sobra decir que ninguno de los concursantes se quedó sentado diciendo: ‘a mí que me platiquen qué tal está mi coche, ahí luego me cuentan, yo aquí estoy bien y mejor aquí me quedo’. Es absurdo incluso imaginar tal posibilidad, ¿verdad?

Por ello resulta tan sorprendente lo que nos platica San Mateo al inicio de su Evangelio. Resulta que unos hombres se enteran de que por fin les ha sido dado algo que han esperado desde hace mucho -y no sólo ellos, sino sus padres y los padres de sus padres- y ¡no van a verlo!

La cosa estuvo así: el pueblo judío llevaba siglos a la espera de recibir algo infinitamente mejor que un premio material: esperaban el cumplimiento de la promesa de Dios de enviarles a Aquel cuyo Reino no tendría fin, a Aquel que vendría a salvarlos. En eso se presentaron en Jerusalén unos magos de Oriente (ojo: no pensemos en magos de sombrero negro y conejo, se trata de hombres sabios que estudiaban la bóveda celeste, las constelaciones, los cometas, etc.) diciendo que su presencia en estas tierras -para ellos lejanísimas- se debía a que en el cielo apareció una estrella que interpretaron como anuncio del nacimiento de un rey, y querían rendirle honores.

En un tiempo en el que no había televisión ni cine ni periódico ni internet y la fuente mayor de entretenimiento era comentar lo que sucedía en la vida social o política de cada lugar, la visita de unos visitantes ilustres, venidos de tan lejos, con exóticos ropajes y más exóticas cabalgaduras, y seguramente seguidos de una numerosa comitiva de sirvientes, acompañantes e incluso familiares, sin duda llamó muchísimo la atención y fue la comidilla de la ciudad, y muy especialmente cuando se supo la razón de su viaje. Esta noticia debió haber pasado de boca en boca en un santiamén. Dice San Mateo que ‘Herodes y todo Jerusalén con él’ se sobresaltaron. ¡No era para menos! ¡Enterarse así de pronto de que se había cumplido lo que más ansiaba su corazón!

Dice San Mateo que Herodes consultó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas, es decir, a los expertos en las Escrituras y les preguntó dónde debía nacer el Rey. Ellos le dijeron el lugar exacto: Belén, y Herodes se lo informó a los sabios. Lo curioso, lo raro es que él no hizo nada por acompañarlos, y los sabios ¡tampoco!

¡Es increíble! Pertenecían a un pueblo que llevaba siglos aguardando que llegara Aquel a quien todos los profetas anunciaron; podían localizar con toda precisión el sitio donde debía nacer, y cuando tuvieron poderosas razones para creer que por fin había nacido, ¡no fueron a verlo!, ¡no se movieron ni un ápice!, ¡se quedaron donde estaban!

Esto es más extraño que si alguien que se ganó un coche no quisiera ir a echarle un vistazo; aquí no estamos hablando de una cosa, por buena que sea, sino de la realización de algo maravilloso: la llegada del Mesías, de Aquel que habría de traer la salvación.

¿Cómo es que ni Herodes ni los sabios corrieron a comprobar si en verdad nació el que tanto esperaban? Estaban viendo que unos sabios vinieron de muy lejos porque consideraron que valía la pena emprender un viaje tan extenuante, de varios meses, enfrentando toda clase de dificultades, con tal de adorar a ese Niño, y ellos que lo tenían como quien dice a la mano, y que eran los principales beneficiados, ¡no hicieron nada para conocerlo!

¿Qué sucedió aquí? Podemos suponer lo siguiente:

Que a Herodes y a esos sabios la noticia no les provocó alegría, más bien les dio pánico. Estaban instalados en un estilo de vida que no deseaban cambiar. Herodes no quería que nadie lo destronara; los sabios no querían que nadie alterara su cómoda existencia.

Conocían y citaban la Escritura a la perfección pero no estaban dispuestos a dejarse mover ni conmover por ella. Se limitaban a leerla y a citarla, no a vivirla. Y así perdieron la oportunidad de acudir a la que hubiera sido la cita más importante y feliz de su existencia.

Lo que sucedió a estos personajes nos puede suceder a nosotros también. Conocer la Palabra, escucharla cada domingo, o quizá diario, pero no dejarnos mover, sacudir, interpelar, conmover por ella. No querer cambiar nuestro modo de vivir. Leer que Jesús nos invita a amar, a perdonar, y creer que se lo dice a los demás; escuchar que nos exhorta a cambiar algo que anda mal y pensar: ‘que cambien los otros’. Pregúntate: ¿hace cuánto no te sucede que al escuchar las Lecturas el domingo en Misa piensas: ‘¡híjole, esto me lo dedica el Señor a mí y tengo que hacer algo al respecto!’? ¿Hace cuánto que no decides, luego de escuchar la Palabra, que vas a hacer caso de lo que te pide, de lo que te propone? Herodes y los sabios de su tiempo no se dejaron mover el corazón por lo que leyeron en la Escritura, y se perdieron el encuentro con el Dios-con-nosotros. Y ¿tú?


Dime con quién andas
y te diré quién eres...

Eso de ‘dime con quien andas’ tiene mucho de cierto: las personas suelen rodearse de quienes comparten sus creencias, gustos, profesión, ideas políticas, etc. (el deportista tiene amigos deportistas; el parrandero se junta con parranderos; el ratero forma parte de una banda que se dedica al robo y así sucesivamente).

Sin embargo también tiene mucho de falso, pues quienes te rodean no necesariamente definen quién eres, en el sentido de influir sobre ti (un estudiante puede sacar buenas calificaciones aunque sus amigos reprueben; una señora puede mantener viva su fe aunque su esposo e hijos no sean creyentes).

Desafortunadamente algunos toman ese dicho como advertencia: ¡ojo!, la gente piensa que eres igual a quienes te rodean, por lo cual debes cuidar mucho con quién te juntas, no sea que los demás piensen mal de ti. Esta mentalidad es en buena medida responsable de la discriminación que practicamos desde la infancia. En la escuela nadie quiere juntarse con el niño rechonchito que es torpe para los deportes; la niña que no es tan bonita o tan simpática no tiene amigas. En todos lados siempre existe el grupo de los ‘buena onda’ y el grupo de los que nadie toma en cuenta, de los que no tienen con quién sentarse a comer, de los que nunca son elegidos cuando se trata de formar equipos. En la universidad, en el trabajo, en el grupo de amigos, incluso en la comunidad parroquial siempre hay alguien a quien todos le hacen el ‘feo’, con quien nadie quiere ser ‘visto’ para no ‘quemarse’, con quien nadie quiere ‘andar’ para no dar la impresión de que es como esa persona.

Practicamos la discriminación con una naturalidad aterradora. Casi sin darnos cuenta de ello vamos constantemente por la vida ‘pintando nuestra raya’, dejando fuera de los estrechos límites de quienes consideramos ‘aceptables’ a muchos seres humanos a los que evaluamos y reprobamos por su aspecto físico, inteligencia, simpatía, color de piel, calidad de ropa, año -y modelo- de coche, tamaño y ubicación de su casa, ocupación y sueldo anual, y un sinnúmero más de trivialidades que nos hacen apartarnos de ellos sin motivo justificado.

Te preguntan con quién andas y tú gozas al afirmar que con pura gente ‘bonita’, ‘cool’, ‘chida’. Crees que por eso ‘ya la hiciste’, pero Dios tiene otra opinión muy diferente al respecto. Para Dios eso de ‘dime con quien andas’ significa lo opuesto de lo que el mundo cree: que aquellos con los que andas no te ‘queman’, todo lo contrario, muestran tu grado de amor cristiano, de compromiso para vivir tu fe.

Pensemos en la madre Teresa de Calcuta. ¿Alguien podía creer que era despreciable porque andaba entre personas que muchos consideraban despreciables? Claro que no, todo lo contrario. Su cercanía con los más pequeños no la empequeñecía, la hacía grande: mostraba su gran corazón, su enorme capacidad de amar, su cristianismo auténtico.

Jesús jamás se preocupó por el ‘dime con quien andas’, y ¡vaya que pensaban mal de Él porque aceptaba comer con publicanos y pecadores!, pero a Él eso lo tenía sin cuidado, lo que le importaba era acercarse a quien lo necesitara. Por ejemplo, no tuvo inconveniente en aguardar, entre pecadores, a que Juan lo bautizara en el Jordán. Los Evangelios nos muestran una y otra vez cómo Jesús se empeñó en derribar las barreras que los seres humanos construimos para separarnos de otros.

A Dios no le gusta nuestra costumbre de discriminar.

San Pedro deja bien claro que el cristianismo es para todos, judíos y paganos por igual. Afirma: “Dios no hace distinción de personas” (Hch 10, 34), es decir, Dios acepta a todos por igual. Alguien puede objetar: ‘es que en este mundo no se puede vivir así, hay que hacer ‘distinción de personas’ porque hay gente de la cual es mejor alejarse porque puede ejercer mala influencia sobre nosotros o sobre nuestros jóvenes o niños’.

Ante esto cabe responder que hay que diferenciar, con prudencia y sentido común, las personas cuyo trato con nosotros o nuestros hijos puede resultar en verdad perjudicial (evitar lo que las abuelas llamaban ‘andar en malas compañías’), de las personas a las que estamos juzgando injustamente, sólo por apariencias. ¿Cómo saber la diferencia? Dándonos la oportunidad de ir más allá de lo superficial, dándoles la oportunidad de mostrarnos quiénes son en realidad.

Debajo del traje de cuero negro y los pelos picudos y verdes de un chavo banda muy probablemente se esconde un chamaco asustado que quiere disimular su vulnerabilidad y desesperada necesidad de cariño bajo un aspecto feroz. Detrás de la cara de pocos amigos de esa persona que vive o trabaja cerca de nosotros quizá se oculta un corazón de oro, ávido de recibir y dar afecto.

¿No te ha sucedido que la primera vez que viste a quien hoy es tu gran cuate o cuata, te cayó gordo, te pareció ‘sangrona?¿Qué sucedió?,que le diste una oportunidad, y descubriste su valor.

En el Jordán había muchos aguardando a ser bautizados y seguramente también muchos otros que los veían desde lejos, juzgándolos indignos de su amistad y cercanía. Qué lástima. Si éstos se hubieran dado la oportunidad y se hubieran acercado, se hubieran encontrado con Aquel que suele estar donde menos se le espera...


La tragedia: ¿destruye o fortalece tu fe?

Después de ver en la tele las terribles imágenes de olas gigantescas que arrasaron con poblados e islas en Asia, India y África, y destruyeron todo a su paso; después de saber que hubo alrededor de doscientos mil muertos (y que las cifras aumentaron debido a la falta de agua potable, las epidemias y la hambruna) y que hubo más de cinco millones de damnificados, una gran parte de los cuales fueron niños que quedaron huérfanos; luego de ver el dolor inimaginable de quienes perdieron a todos sus seres queridos en un instante; de percibir el miedo y desamparo de quienes quedaron sin casa, sin pertenencias, sin esperanza, alguien me preguntaba: ‘¿Cómo puedes creer en Dios después de esto? Es obvio que o no existe o existe pero no es ese ‘Dios Bueno’ del que siempre hablas, sino que le vale gorro lo que nos pasa, o si no ¿cómo pudo permitir esta tragedia?, ¿dónde estaba Dios cuando todo esto sucedió?’

Estas preguntas desafiantes surgen siempre que sucede una catástrofe, y no se pueden responder con ligereza, sino después de reflexionar hondamente en algunos aspectos que se plantean a continuación:

Muchos males son achacables al ser humano

Vivimos en un mundo cuya naturaleza se manifiesta en ocasiones de manera violenta, y aunque conocemos bien las áreas de riesgo, insistimos en vivir en ellas. Habitamos a las faldas de los volcanes, levantamos edificios sobre fallas telúricas, construimos casas y hoteles al pie de las playas. Los humanos jugamos al ‘a mí no me va a pasar nada’, lo mismo al encender un cigarro que al edificar un rascacielos en zona sísmica. Y cuando sucede el terremoto, el huracán, la erupción, y cientos, miles o millones se ven trágicamente afectados, nos sorprendemos de que algo así hay podido ocurrir y entonces le echamos la culpa a Dios, pero la verdad es que no somos recién llegados al planeta, y si sabemos lo que puede suceder, somos los responsables de las consecuencias que traen los riesgos que decidimos correr.

Alguien dirá: ‘pero no todas las personas que viven en situación de riesgo eligieron vivir así, muchas de ellas se vieron forzadas porque son pobres y fueron marginadas, y por ello tuvieron construir sus viviendas con materiales endebles o en lugares peligrosos’. Eso es verdad, y aquí tenemos otro ejemplo de culpabilidad exclusiva del ser humano: vivimos en una sociedad que ve con indiferencia que una tremenda mayoría viva en la miseria, sin medios adecuados para subsistir.

Dios nos ha dado un mundo maravilloso cuyos recursos naturales bastan y sobran para que todos tengamos no sólo lo suficiente sino incluso más de lo necesario, pero unos cuantos acaparan las riquezas y dejan a los demás sin nada; Dios nos ha pedido que nos amemos y ayudemos unos a otros, pero nos hemos acostumbrado a vivir nuestra vida y despreocuparnos de los más necesitados.

Los grandes países gastan cantidades estratosféricas en armas en lugar de destinar esos recursos a brindar ayuda humanitaria. Incluso se da el caso de un país que cuenta con bomba atómica, pero no con un sistema de alarma contra maremotos para alertar a tiempo a sus habitantes.

Cuando sucede un desastre natural los pobres son siempre los más afectados. Quien tenga la tentación de culpar a Dios por ello debía preguntarse primero: ¿es culpa de Dios que el ser humano anteponga el amor al dinero al amor al prójimo? A lo largo de la Escritura Dios nos pide una y otra vez que no nos aferremos a bienes materiales, que vivamos en justicia, en equidad, que compartamos con los desposeídos lo que tenemos. No es culpa suya que no le hagamos caso y permitamos que nuestros hermanos vivan en condiciones infrahumanas de las que nos percatamos y condolemos sólo cuando sucede una desgracia.

Los terremotos no son predecibles, pero los tsunamis sí. Países desarrollados que cuentan con sensores en el mar y en satélites previeron y detectaron el maremoto pero no consideraron necesario dar aviso. A partir de que el primer oleaje tocó tierra en los países cercanos al epicentro pasaron ¡más de tres horas! antes de que las olas llegaran a los países más alejados del epicentro. Si éstos hubieran sido avisados de que les iba a llegar un maremoto hubieran tenido suficiente tiempo para evacuar a su población, pero nadie les dijo nada.

Pero y ¿tantos muertos?

Una vez establecido lo anterior, queda claro que en muchos casos las terribles consecuencias de los desastres naturales hubieran podido aminorarse grandemente si el hombre pusiera más interés en ayudar a sus semejantes. Sin embargo, hay una cuestión que rebasa la responsabilidad del ser humano, y es la de las innumerables muertes que provoca un fenómeno como el que nos ocupa. Se parte el corazón al escuchar el llanto y las historias de horror de quienes que vieron desaparecer bajo las aguas a todos sus seres queridos, y surge la pregunta: ‘¿Por qué dejó Dios que se murieran tantos?, ¿por qué no intervino para salvarlos?’.

La respuesta a esto tiene que ver con la manera como entendemos la muerte. Si la vemos simplemente como el final de todo (un final sin sentido a una vida sin sentido), o si la vemos como el inicio de la eternidad a la que estamos llamados.

Aquellos que creen que todo termina cuando morimos, consideran la muerte de miles como prueba de que Dios no existe o de que, si acaso existe, no es Todopoderoso puesto que no pudo impedir la calamidad, o peor aún, sí es Todopoderoso pero es malo pues goza haciéndonos sufrir.

Esta visión desde luego, no es compatible con nuestra fe cristiana. Nosotros los creyentes sabemos que la muerte física no es el final, que después de morir resucitaremos a la vida eterna, que todos habremos de morir, y que si unos mueren antes no es ‘castigo de Dios’ sino simplemente que Él, en Su infinita compasión y sabiduría, consideró que estaban listos para empezar a gozar, antes que nosotros, la vida eterna.

Saber que todos aquellos que murieron violenta y repentinamente despertaron en los brazos amorosos de Dios no suprime, pero sí aminora el dolor, y le da sentido y esperanza. Por otra parte este suceso nos recuerda que en este mundo estamos de paso y nos ayuda a tomar en serio la invitación de Dios a estar preparados porque no sabemos ni el día ni la hora en que moriremos.

Dios-con-nosotros

Ante la interrogante exasperada: ‘¿dónde está Dios?’ que plantean los que creen que Dios se desentiende de nuestros asuntos y nos mira desde el cielo, lejano e indiferente, reflexionaba en que el maremoto sucedió un día después de Navidad, cuando el mundo entero celebraba al Emmanuel, al Dios-con-nosotros, a Aquel que nos ama tanto que quiso hacerse humano y padecer junto con nosotros todo lo que padecemos. A los que nos preguntan dónde estaba o dónde está Dios, podemos responderles con seguridad: se hizo hombre, vive en cada uno, estuvo en esa bahía arrasada, en esa construcción hecha pedazos, en esas calles inundadas; en cada turista que se ahogó en la playa, en cada indigente que quedó atrapado en su casita en ruinas, en cada mujer que no alcanzó a correr, en cada niño que fue arrebatado de brazos de sus padres, en cada anciano que quedó hundido en el lodo, en cada uno de los que fueron llevados por las aguas; en esos cuerpos sin vida que la marea ha devuelto a las costas, y en los rostros llorosos de los sobrevivientes. Dios estuvo y está allí. Aquel que lloró ante la muerte de Lázaro, Su amigo, comparte nuestro llanto, pero no se resigna a vernos llorar; por eso se hizo hombre: para asumir todas nuestras miserias y redimirlas. No hay pena, soledad, angustia que quede fuera del abrazo del Crucificado.

Jesús le puso un alto al mal y al sufrimiento, clavándolo en la cruz. Y no conforme con eso le puso un alto también a la muerte. Al resucitar le abrió una salida a todo sepulcro, e hizo posible que a todo aquel que llora a un difunto lo sostenga la certeza de que lo volverá a encontrar en una vida sin final donde no habrá más lágrimas ni dolor. ¡Dios nos ha invitado al gozo eterno! Y no pensemos que tendremos que morir para empezar a disfrutarlo. Ya desde ahora e incluso en medio de la calamidad, Dios se manifiesta en todo lo bello, en todo lo bueno. Dice San Pablo que ‘en todo interviene Dios para bien’.

A la pregunta: ‘¿dónde está Dios?’ desde luego hay que contestar: está en cada historia milagrosa de supervivencia; en cada feliz reencuentro; en cada oído compasivo, en cada mirada solidaria, en cada abrazo; en cada plegaria o en cada silencio compartido; en el modo como la desgracia ha hecho que estos pueblos se unan y ayuden, olvidando odios y divisiones como nunca antes había sido posible; está en esos lugareños que a pesar de su dolor se pusieron a auxiliar a otros; en su inquebrantable voluntad de sobrevivir y salir adelante; en millones que en todo el mundo se volcaron a ofrecer asistencia; en los rescatistas que trabajaron sin desmayar en las labores más terribles; en el personal de salud que se las ingenió para ayudar casi sin recursos; en los miles de voluntarios que donaron, empacaron, transportaron víveres, agua, cobijas, medicinas; en todos los que tras de ver las noticias se sintieron personalmente llamados a hacer algo, lo que pudieron, para ayudar, donando algo en una de las cuentas de banco abiertas para apoyo de los damnificados.

Conmovía ver escenas que mostraban a japoneses, árabes, australianos, etc. en una cadena humana, pasándose unos a otros cajas para llenar un avión que llevaría auxilio; ‘topos’ mexicanos, rescatistas franceses y españoles, todos empeñados en una misma causa: poner cuanto eran y cuanto tenían a disposición de aquellos a quienes ni siquiera conocían, movidos por una inquietud, por una solidaridad fraterna que, aunque no lo supieran, Dios había sembrado en sus corazones. ¿Que dónde estaba Dios? Ahí, como siempre, discreto pero presente, iluminándonos y tendiéndonos la mano.

Y ¿luego qué?

Aunque parezca absurdo pensar que algo bueno pueda salir de una desgracia, siempre es posible aprovechar toda circunstancia para aprender, para crecer como seres humanos y para que nuestra fe se fortalezca. Es sin duda lo que Dios espera de nosotros. Si permite que suceda algo como lo que ocurrió en Asia es porque sabe que de ello se puede obtener un gran bien, y este bien quizá sea una enseñanza importantísima: que no podemos ser ajenos a las difíciles circunstancias en que viven hermanos nuestros; que la solidaridad no sólo debe darse para remediar una tragedia, sino para prevenirla y ello implica buscar modos concretos para proporcionar a quienes padecen necesidad los medios suficientes para salir adelante; que los seres humanos nos necesitamos unos a otros, y si nos unimos podemos lograr grandes cosas; que ya es hora de que aprendamos a deponer nuestras diferencias y a trabajar juntos por una meta constructiva, no destructiva. Se formó una alianza de países para ayudar en Asia: qué gozo verlos unidos no para atacar a otras naciones sino para ayudarlas a salir adelante (ojalá les durara por siempre la buena voluntad).

Pidamos a Dios que ilumine nuestros corazones para que lo sucedido nos enseñe a vivir no sólo las emergencias sino la vida cotidiana con la conciencia de que en este mundo además de peregrinos, somos verdaderos hermanos, hijos amadísimos del mismo Padre.


Oración por los damnificados

Señor:

Queremos poner en Tus manos a nuestros hermanos afectados por este (desastre).

Te pedimos por los que murieron sin recibir auxilio espiritual: toma en cuenta el amor con que vivieron, perdona sus pecados y recíbelos en Tu Reino.

Que los que quizá todavía hoy están en espera de ser rescatados, sean localizados y auxiliados a tiempo.

Que los que sobrevivieron pero están en malas condiciones físicas o psicológicas puedan sanar no sólo su cuerpo sino sobre todo su alma.

Que los que perdieron seres queridos, y se sienten solos y desamparados encuentren en Ti su sostén y compañía.

Que los que llevan días mirando cadáveres buscando identificar a sus conocidos tengan la fortaleza para superar el horror de lo que están viviendo.

Que los que a pesar de su tragedia personal ayudan a otros encuentren en ello alivio a su propio dolor.

Que las familias que sobrevivieron pero quedaron separadas puedan reencontrarse.

Que los niños que quedaron huérfanos tengan quienes los acojan y rodeen de cariño.

Que los que nunca sabrán qué fue de sus seres amados sepan ponerlos en Tus manos y encontrar por fin la paz.

Que los que perdieron su casa y no tienen a dónde regresar hallen pronto un sitio al que puedan llamar hogar.

Que los que perdieron su lugar de trabajo descubran nuevos medios de subsistencia.

Que los que se encargan de remover escombros, transportar, enterrar o incinerar cadáveres tengan la fuerza y perseverancia para llevar a cabo su dolorosa tarea.

Que puedan establecerse pronto fuentes de agua potable, centros de distribución de alimentos y centros de salud para que nadie muera de hambre o sed y no broten epidemias peligrosas.

Que al personal médico y de enfermería que tiene que trabajar sin suficientes medios lo guíe Tu luz, compasión y sabiduría para saber cómo ayudar eficazmente a sus pacientes.

Bendice la nueva fraternidad que ha surgido entre quienes quizá antes eran enemigos y ahora se han unido en la desgracia para ayudarse mutuamente. Haz que dé frutos permanentes de reconciliación.

Elevamos a ti nuestras oraciones por todos los que en su tribulación no saben o no pueden orar.

Bendice la misión de todos los voluntarios que se han dado a la tarea de enviar, empacar, transportar y distribuir el auxilio necesario.

Haz que la ayuda llegue realmente a quien más la requiera, y anima este esfuerzo el tiempo que sea necesario hasta que estos hermanos puedan levantarse y seguir adelante. Los aguarda la formidable tarea de reconstruir su presente y edificar su futuro: ayúdalos a realizarla cimentados en Ti.

Por último te pedimos que a todos los que nos hemos enterado de este terrible suceso no nos permitas quedarnos de brazos cruzados sino nos des un corazón generoso para que en la medida de nuestras posibilidades apoyemos con oración y donativos a estos queridos pueblos a recuperarse.

Señor: queremos sumergir a todos estos hermanos los en el mar sereno y luminoso de Tu misericordia infinita.

Envuélvelos en Tu abrazo amoroso. Hazlos sentir reconfortados y llenos de Tu paz. Que todo este sufrimiento no sea en balde ni motivo de desesperanza o pérdida de fe, sino todo lo contrario, que esta dolorosa experiencia acerque a todos hacia Ti, Dios de todo consuelo, única fuente de verdadera luz y esperanza. Amén.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-30 show above.)