Excerpt for VIAJE POR ESPAÑA I by , available in its entirety at Smashwords

VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA JEGARPE









































































Registro Propiedad Intelectual

Nº AB-107-2013

Nº de asiento registral 00/2013/3617 Madrid




















































parte I




NOTA


Debido a la gran extensión que ocupan prosa y verso y que conforman el presente título, me he visto obligado a dividir el contenido literario del mismo en tres partes separadas pero continuadas, para dar cabida a VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA.











OBRA POÉTICA ORIGINAL DE


JERÓNIMO

GARCÍA PÉREZ


JEGARPE















LEGADO


Sólo podré dejaros lo que es mío:

Un viejo corazón lleno de sueños,

una ancha voluntad que hizo halagüeños

los ámbitos de un mundo vano y frío,


una pugnaz pasión al albedrío

de un credo veleidoso y sin empeños,

algunos versos tímidos, pequeños,

y una canción perdida en el vacío.


Mas no os podré dejar lo que no he sido,

lo que pasó por mí sin ser notado,

lo que creí tener y no he tenido,


las lágrimas que no habéis derramado

cuando lloré por todos, el latido

de un puro amor que nunca me habéis dado


(Del libro BRUMAS DE IRREDENCIÓN, 1997)












Introducción


Durante el trienio 1967 - 1970 fui escribiendo una serie de remembranzas y vivencias que formaron parte de mi vida hasta ese momento. Son recuerdos y sucedidos que influyeron de tal modo en mi pensamiento que, cuando crecieron en número, decidí llamarlos crónicas viajeras y versos viajeros. Pensé, entonces, confeccionar un libro con todos ellos. El libro en cuestión lo titulé VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA, posee 80 capítulos no muy extensos sino algunos excepcionalmente, escritos en prosa. Y así lo hice, caligrafiándolos cuidadosamente a tal efecto. A pesar de ello, el manuscrito original que los contiene posee más de 500 páginas.


Quiero aclarar que VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA es, por lo tanto, un libro-manuscrito que conservo, encuadernado e ilustrado con fotografías de la época de la narración, junto con otros treinta títulos más que he ido componiendo hasta hoy, en un lugar de la modesta biblioteca que poseo, todos ellos inéditos, salvo en tres ocasiones que he editado, en tiradas cortas, algunos de los poemas y trabajos entresacados de los mismos.


Hoy, vuelvo a retomar este título, VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA, para designar el del presente libro, en el que, no sólo he incluido una pequeña muestra de algunos de los capítulos que componen el manuscrito original sino también de los numerosos poemas y crónicas viajeros seleccionados de otros volúmenes que he ido escribiendo posteriormente hasta hoy. De ellos hago una breve presentación de sus características principales, así como una copia escaneada de la portada de cada uno de los trece manuscritos originales utilizados en este trabajo de selección.


Solamente en mi primera juventud - 20, 21 años - presenté algunos de mis trabajos a concursos literarios. Después dejé de hacerlo. Pero seguí escribiendo no obstante, por mi amor a la poesía, alternando mis horas de trabajo, como profesor, con mis horas de ocio, como incipiente poeta, a sabiendas de que mi obra alberga ya la nada desdeñable cantidad de 36049 versos escritos, repartidos entre 1450 poemas, amén de otras obras en prosa, por lo que pienso que hoy, a mis 78 años de edad, es hora de dar a conocer una selección de mi obra literaria, desconocida e inédita, injustamente olvidada por mí hasta hoy.


Albacete, Junio 2013. Jerónimo García Pérez (JEGARPE)





BALBUCEOS

1952 - 1957



















Es BALBUCEOS, el primero de los manuscritos que confeccioné recogiendo en él todos los trabajos literarios que había escrito en mi adolescencia y juventud, que yacían desordenados y olvidados en uno de los cajones del despacho familiar, reuniéndolos en un único volumen que luego encuaderné. De él he seleccionado solamente un título: ”Al Santuario de Cortes” (1952), el primero de los numerosos sonetos que he escrito - acababa de cumplir entonces 17 años - en una de las escasas excursiones que realicé por aquellos tristes años tocados todavía por las carencias y dificultades de la posguerra española.

























AL SANTUARIO DE CORTES.


Sagrada roca de celeste velo,

esbelta piedra en la feraz montaña,

fragante flor entre la hostil maraña,

nido de paz entre el silente hielo,


que contemplaste con altivo celo,

la flama augusta, la viril hazaña

del moro impío que azotó tu España,

del fiel cristiano que salvó tu suelo.


Santuario enhiesto donde el tiempo adusto

lamió tus muros sin dejarte huella.

No pasarán los años sobre ti, vetusto


y egregio templo, para hacerte mella...

Jamás la saña roerá tu busto,

morada siempre de la Virgen bella.








ALBACETE

1968




Yo he nacido en Albacete. Soy manchego. Mi tierra, que no tiene la dulce melancolía de Galicia, ni la gloriosa vetustez de Castilla, ni el mágico encanto de las tierras mediterráneas, tiene, sin embargo, la grandeza inmarcesible de sus limpios horizontes. Es majestuosa. Parece no tener principio ni fin.


Así escribo en el prólogo salutación de Albacete, libro escrito en prosa y en verso, durante el verano de 1968, en el que me dediqué a recorrer toda la provincia para la obtención de fotografías y datos con los que ilustré luego el manuscrito. Fue por aquellos años cuando comencé a viajar y a escribir mis primeros trabajos literarios viajeros.


Empezaremos nuestro VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA por Albacete, ciudad en la que vi la luz por primera vez en 1935.





Primera parte: La provincia


DOS CANTOS A LA MANCHA


I



Mi trova se alce para ti, sencilla,

como tu pueblo, que es mi pueblo, llano:

por lo que tiene mi canción de humano,

por lo que tengo yo de sol y arcilla.


Mis versos sean como azul semilla

de la ilusión que en recoger me afano

que soy poeta de rugosa mano,

cantor de tu calígine amarilla.


Yo he de ensalzar tus lontananzas duras,

como mi raza, que es sonora risa,

llorando para sí sus amarguras,


como el vigor con que te doy mi canto

que tiene penas dentro y es sonrisa

porque se sabe reprimir el llanto.


II


Bendigo, con mi fe y con mi verdad,

la dulce y melancólica acritud

de tu amarilla y ruda juventud,

la voz dolida de tu vaciedad.


Bendigo en ti la sobria austeridad

de tu serena y límpida quietud

y la majestuosa infinitud

de tu canción azul de soledad.





¡Bendita seas siempre, mi llanura,

porque al nacer a tu calor me diste,

junto a mi soledad y mi amargura,

un poco de tu mansa reciedumbre,

porque me hiciste ser alegre y triste,

sonrisa y llanto a un tiempo, nieve y lumbre!



MI LLANURA

¡Mi llanura!

¡Qué fantástico poema sin palabras mi llanura!

¡Qué grandiosa y despiadada vaciedad

escondiéndose en tus campos y en tus cielos infinitos!

¡Qué serena soledad

la que vive en tus entrañas

y no quiere desraizarse nunca, ¡nunca!


Yo te quiero, mi llanura,

mía, mía -toda mía-

porque tengo, dentro mismo de mi alma,

la sonrisa de tus rubias primaveras,

la tristeza de tus gélidos inviernos...


Mi llanura:

Yo te quiero porque llevo en mi cansado corazón

tantas ansias, tantos goces contenidos

que no quieren desasirse porque te aman.

Y no puedo silenciar el rudo grito

que se escapa incontenible de mi pecho:

¡Yo te quiero, mi llanura!

Yo te quiero,

sobre todo,

porque tengo tan metido

en mi espíritu vacío,

yermo y grande, como tú,

ese soplo -tuyo y mío- sólo mío,

tembloroso,

convencido,

dulce y tierno, innominado, que me diste,

no sé cómo, no sé el día,

con tu augusta, tu magnífica, tu blanca

soledad...







EL JÚCAR


El Júcar, nacido en las tierras altas de Cuenca, no quiere arribar a las dulces campiñas levantinas sin haberse dejado, a su paso por la seca y soleada llanura, la lujuriosa exuberancia de su vegetación. En su recorrido baña todo el norte de la provincia de Albacete.


Primero lo reciben Villalgordo y Fuensanta. Allí, el río, cansado del transcurso sin horizontes de las hoces conquenses, saluda, con un rumor alegre y nuevo las más anchas y dilatadas tierras manchegas.

Más tarde, cuando ya ha traspasado las cercanías de la ciudad, dibujando rincones pintorescos y caprichosos en los que buscan reparador solaz sus habitantes, vuelve a enquistarse en un profundo tajo que, a veces, se hace angustioso.


Allá encuentra a Valdeganga, encaramada, a media altura, en un cerro. Desde arriba se ve serpear el curso del río entre las tablas rectangulares de las huertas, atravesando un estrecho puente de piedra por el que cruza, blanca y sinuosa, la polvorienta carretera. Un salto de agua hiere la vista con el blancor eterno de su espuma.


Luego, aldeas, caseríos, cuevas excavadas en la dura roca, chozas increíblemente asentadas sobre los peñascos, acequias, frutales, sencillas gentes que laboran, sendas que se pierden entre el matorral de las cuestas, retazos de cielo azul entre las cumbres...Y, de pronto, como un milagro de la naturaleza, en medio de un peñasco que divide al río en dos ramales, entre cañones impresionantes, aparece Jorquera, el pequeño municipio apegado a sus tradiciones antiguas, que todavía conserva sus fiestas de moros y cristianos.


Antes de entrar en Valencia el río inventa, con la complicidad de la naturaleza, el más maravilloso mundo irreal: Alcalá del Júcar, blanco, arracimado en una ladera. La vegetación es tupida y el frescor de la huerta y del agua, mezclado a sus aromas verdes, sosiega un poco el cansancio del viajero.


Yo he buscado muchas veces, en algún rincón del Júcar, esa apacible y dulce quietud que anhela el espíritu y he regresado, reconfortado y pleno, a la ciudad, tan absurdamente necesaria y fútil a la vez.


LA CUEVA DE ALPERA (Fragmento final)

Un camino pedregoso y polvoriento, empinado, nos ha de llevar hasta el mismo pie de una puntiaguda montaña, que se eleva en el azul del cielo, a unos cinco kilómetros del pueblo. Los surcos amarillos del recién segado cereal o las cepas verdes de las jóvenes vides flanquean los dos lados del sendero. Unas cuantas encinas y algunos pinos, entre los que blanquea un caserío, señalan el final del viaje. A la espalda, en un abrigo de las rocas erosionadas, puede verse una pequeña concavidad al aire libre, rodeada por una reja protectora, a la que se accede por unos escalones irregulares excavados en la misma roca: Es la "Cueva de la Vieja". En un repecho de la misma, protegido por una baranda, puede admirarse el magnífico panorama que ofrece la naturaleza.


La oquedad en la roca guarda, desde hace nueve milenios, a pesar del viento y de la lluvia, un documento histórico del Neolítico español. Son las pinturas rupestres que representan un grupo de animales entre los que se pueden reconocer, con ayuda del agua administrada por un pulverizador, toros, ciervos y renos, así como escenas de caza, armas, arcos y guerreros de desproporcionados cuerpos. Es el eterno tema de la lucha constante del hombre prehistórico para sobrevivir en medio de la adversa naturaleza. Observando las pinturas recuerdo las más grandes e independientes de la cueva de Altamira, cuyos autores aprovecharon las protuberancias de la roca para configurar el relieve de los animales.


Dejo la "Cueva de la Vieja" fascinado aún por la serie de extrañas evocaciones que trae a mi memoria su contemplación. Desde abajo, camino del pueblo, echo la última mirada aún a lo que fue refugio de ignorantes pastores en otro tiempo, calentando sus curtidos rostros en las tímidas candelas de las frías noches del invierno, teniendo por testigos las pasivas, ignoradas y milenarias pinturas.


CHINCHILLA DE MONTEARAGÓN (Fragmento)


La plaza Mayor es el más fiel exponente de su arquitectura. Amplia, adoquinada, restaurada modernamente, parece transportarme a otra época. En un extremo, como queriendo escaparse, sobresale el ábside de su iglesia, de puro estilo gótico, elevando a la altura gris sus arbotantes. Delante de mí está el viejo Ayuntamiento, con un peculiar y característico túnel abovedado en su base, por el que se abre paso la carretera y que lo traspasa de parte a parte. En el frontón, sobre un balcón corrido y largo, se halla la efigie del rey Carlos III, labrada en relieve, sobre un medallón de piedra. Al otro lado está el Casino, donde, al abrigo de un soportal, descansan algunos hombres.


A través de una estrecha calle se llega a una balaustrada que bordea el peñón. A una parte hay casas, a la otra una baranda adosada sobre un antepecho. Desde allí se ve la inmensidad de la llanura, postergada a los pies de Chinchilla. Más lejos todavía emerge, de entre el reverbero de la tarde soleada, difusa e inconcreta en el horizonte, la ciudad de Albacete.


A mi regreso, desde el espacio abierto de la llanura, dirijo mi vista al pueblo. Lo último que se vislumbra, en lo más alto, es la silueta expectante y majestuosa de su viejo penal (1) inhabilitado, como un vigía permanente del llano.


NA (Fragmento)


Paulatinamente, la llanura sin límites va siendo sustituida por suaves ondulaciones del terreno y el pino y el matorral de la montaña reemplazan a la besana y la mies del llano. El aroma inconfundible del romero y la retama anuncia el imperio de la sierra. Se escucha, monótono y lejano, el canto de la cigarra. El estridente graznido de las aves negras pone su nota amenazadora en el pesado estío.


De súbito, a mis pies, se abre una sima inacabable, como una horrible y voraz boca de la naturaleza que quisiera tragarse el mundo todo. Desde la plataforma de un mirador, pavorosamente situado sobre un peñasco que parece flotar en el vacío, se descubre una


(1)El penal al cual se alude en el texto original ha sido derruido y en la actualidad ha sido reconstruido y remozado exteriormente el viejo castillo que existía en ese lugar.

maravillosa y sorprendente panorámica que encoge el ánimo. A mitad de la ladera, cobijándose entre la roca, está Aýna a la que se llega por una retorcida carretera que culebrea entre la vegetación. Más abajo, en el fondo mismo de la sima, espejea, como un débil hilo de luz, el río Mundo. Extrañas aves córvidas, amigas de las quebradas y de las breñas, crascitan entre las sombras y el eco de su voz, agrandado y multiplicado por los recovecos del lugar, llena el ámbito de sobrecogedoras resonancias.


El pueblo, que es llamado familiarmente "la Suiza manchega", ostenta con orgullo un premio de embellecimiento al que hace honor. En efecto, sus calles empinadas y pintorescas muestran al visitante la polícroma sonrisa de sus flores ya en los ornamentados tiestos de sus ventanas, ya en los cuidados jardines de sus aceras. En cada esquina, en cada revuelta, hay una fuente o un caño por los que mana fresca y abundante agua. El agua es el principal milagro del pueblo. Nace espontánea y generosa y se desliza, formando pequeños arroyos, rocas abajo, entre el musgo y la hiedra, camino del río Mundo.


Existe una plaza rectangular y amplia con unas gradas escalonadas en uno de sus lados, a modo de asientos, donde descansan, apoyados en sus cayados, los ancianos del pueblo, al amparo de un enorme y frondoso nogal, casi milenario, que se alza en el centro, asimétricamente. Muy cerca, está la iglesia, pequeña y blanca, expandiendo por todos los confines, a través de sus altavoces, las notas alegres de un avemaría, convocando a los fieles a un rosario vespertino.


ALCARAZ (Fragmento)


La antiquísima villa de Alcaraz tuvo su mayor importancia en otros tiempos (siglo XV) Hoy es un pueblo sosegado, apacible, extrañamente solitario, de calles difíciles, escalonadas y estrechas. Gran parte de sus edificios conservan su añosa arquitectura, con portones de hierro enmohecido, gruesas paredes y enrejados medievales. Desde abajo se puede ver, sobre el cerro de San Cristóbal dominando la población, los arcos desgastados del ruinoso acueducto medieval y los muros caídos, terrosos, del viejo castillo , en el que se ubica actualmente el cementerio.


Pero lo que más llama la atención es la maravillosa plaza. En ella se hallan sus edificios más clásicos: las dos torres gemelas, desgastadas por el paso de los años; al lado, la iglesia, de pórtico ojival y las tres lonjas que flanquean el ágora. Al otro extremo de la plaza yergue su silueta el edificio oscuro del Ayuntamiento con su conocida puerta del Ahorí o de la Aduana y, más allá, enmarcado por un esbelto arco, trepa hacia la altura una de sus típicas calles escalonadas.


Alcaraz es el viejo exponente de otra época, eternizada para siempre, sin remedio, en el silencio sublime y magnífico de la sierra que la cerca.


LOS CHORROS(Fragmento)


Es la hora del intenso sol. Después de mi escalada busco el grato descanso en el frescor del paraje y, ganado por la suma placidez de la acariciante umbría, dejo vagar la imaginación.





Hace ya bastantes años, siendo yo niño, conocí por primera vez este delicioso rincón. Yo había ido a los campamentos de verano en Ri ópar y en una de nuestras excursiones pedestres nos acercamos a los "Chorros", nacimiento del río Mundo.


Miro hacia arriba. Extasiado, contemplo la maravilla del agua deslizándose en hilos espumosos desde centenares de metros, salvando las breñas y resbalando por el musgo de las rocas para caer hasta mis pies formando transparentes y gélidos remansos.


Luego, dirijo mi vista abajo. El agua, siguiendo cien caminos diferentes, se convierte en un único caudal, vivificante y temblador, para desaparecer entre la roca y el matorral.


Unos sesenta metros más arriba, sobre mi cabeza, adivino la gruta natural de donde mana el agua. Recuerdo que me llenó de pasmo y de admiración la primera vez que la vi. Según dicen, es tan larga que no se le ve el fin y tan angosta que una sensación de angustia oprime el corazón al traspasarla no más allá de una treintena de metros. Me parece todavía sentir en mis carnes, como antaño, la lobreguez y el frío de sus paredes, la aterradora ausencia de la luz solar y el rumor sonoro del agua agrandado por el silencio de la oscuridad.


LAS LAGUNAS DE RUIDERA


Hace ya un buen rato que he dejado atrás la dorada llanura. Suaves colinas llenas de verdor accidentan el terreno y la carretera se enrosca a sus faldas, sinuosa y blanca. Una urraca picotea el cadáver de una culebra abandonada en el camino. Ossa de Montiel primero y después Ruidera, son el preámbulo de una topografía que cambia bruscamente.


Y de pronto, como un espejo luminoso, retratando en sus aguas tranquilas y transparentes la verde grandiosidad de las laderas circundantes, aparece la primera laguna. La silueta esbelta y moderna de un hotel se mira en ella. Plataformas y trampolines flotantes salpican su tersa superficie y centenares de bañistas, cuyas voces me llegan apagadas, ponen una nota de vida en medio de la naturaleza abrupta y salvaje. Luego, la segunda laguna, la tercera, y así sucesivamente, ensartándose unas con otras, desde la provincia de Ciudad Real hasta la de Albacete, van apareciendo hasta casi una veintena de ellas. Comunicadas por corrientes subterráneas parecen ser el origen del río Guadiana.


Un breve paseo en barca cuando más calienta el sol y una ligera brisa ondula la superficie del agua, me invitan a la comida y al descanso. Es entonces cuando, al fondo, en una de las playas naturales, veo a un grupo de gente arracimada. Me acerco, por curiosidad, al tiempo de ver rescatar de la voracidad del agua, el cuerpo inerme, ahogado, de un joven. Es una víctima más de las lagunas que ha pagado con su vida la dulce y engañosa aventura del agua.





El sol fuerte de la tarde ha cedido un tanto. No quiero abandonar estos lugares sin visitar la cueva de Montesinos, que Cervantes cita en su Don Quijote. Está a pocos kilómetros de las lagunas y se llega a ella a través de un tortuoso y polvoriento camino que se aparta algo del lugar. Una moza, de cara triste, sentada melancólicamente en un poyo de cemento, cabe una destartalada casa en la linde del camino, me señala la dirección. El camino se hace más angosto y empinado. Atravesándolo e inundándolo de frescor, en un rincón de tupida vegetación, barboteante y fría, se desliza el agua de un manantial que me mueve a refrescar. Al fin, ante mis ojos, se abre la cueva, pequeña, abandonada, solitaria, llena de peñascos que dificultan la entrada. En su interior, oscuro y frío, tercamente agarrado a las peñas, sólo se percibe el olor pesado y denso del carburo con que los visitantes alumbran su camino.


Me pongo en marcha de nuevo. A muy poca distancia de la cueva existen todavía los restos del castillo de Rocha Frida al que se accede por unos peñascos difíciles y resbaladizos (1).


Solamente queda en pie un muro enhiesto y desafiante en el azul del cielo. Sobre sus musgosas piedras, en una lápida, pueden leerse estos versos, tan conocidos, del viejo romance:


Fonte frida, Fonte frida, do vienen las avezicas

Fonte frida y de mi amor a buscar confolación.


A la espalda, cortada a pico, se descubre una sima sin fondo sobre cuyas paredes se dibujan los vetustos contrafuertes de la fortaleza. Y, más abajo, unas hileras de chopos, esbeltos y gráciles, ciernen el viento flojo de la tarde con blando murmullo.


Regreso. La tarde está declinando. Otra vez la fila interminable de lagunas me saluda al pasar. Pero el color de sus aguas ya no es verde. Lo han cambiado por el plateado y

tranquilo color del mar atardecido. Unos patos silvestres, posados sobre su superficie, semejan lejanos puntos inamovibles sobre el espejo del agua. Bandadas de palomas torcaces, cruzando el cielo, buscan cobijo entre las sombras. La suave gasa de la noche teñirá de tinieblas el paraje y sus mil ruidos, inconcisos y confusos, pondrán helores en el alma.


(1) Tales restos, que existían en 1.968, época por la que visité aquellos lugares, han desaparecido ya según pude comprobar años después, así como la inscripción del romance a la que se hace alusión después.











Segunda parte: La ciudad.



La Feria llega. Los albacetenses estamos obligados a cantarla. La prosa y el verso flotan sobre las calígines de la ciudad. Yo también he colaborado. Entresaco estos dos poemas sencillos que escribí por entonces, dedicados a la Feria, con los cuales abro esta parte dedicada a la capital. Ambos hablan de la Feria, de la Feria mía de entonces.


Helos aquí:


LA FERIA DE UN NIÑO POBRE


(Tarde de Feria: Ilusiones.

La tarde no tiene hoy penas.

Afuera, la tarde es joven.)


-Dime, madre: ¿Qué es la Feria?


-La Feria... la Feria... Niño:

Ponte la chaqueta nueva

"pa" que te miren las gentes,

que hoy es un día de fiesta.


(Tarde de Feria: Ilusiones.)


-Madre, dime: ¿Qué es la Feria?


-La Feria...¡Ah!, se me olvida.

Toma y guarda esta peseta,

que es fiesta, "pa" que la gastes...


(La tarde no tiene hoy penas.)


-Dime: ¿Qué es la Feria, madre?


-Hijo, la Feria... la Feria...

Anda, que vas a hacer tarde...


(La tarde es joven afuera.)


-¿Qué es la Feria, dime, madre?

¿Cómo es la Feria?


-La Feria...





LA FERIA DEL RECUERDO


Sonaste en mis primeros balbuceos

como una loa gigantesca, Feria.

Luego te vi flotando en la materia

como un sueño de luces y aleteos.


Te fuiste haciendo grande en mis deseos,

creciste menos frágil y más seria,

flor pujante en la urbana periferia,

espuma de esplendentes cabrilleos.


Así te me metiste, así te evoco

con la nostalgia trágica y aleve

de lo que se me va, de lo que pierdo.


¿Por qué has venido ahora, poco a poco,

a desvelarme, sigilosa y leve,

en la inefable noche del recuerdo?


AL TEMPLETE DE LOS JARDINILLOS


















El sol cansado de la tarde mece, Y entre la fresca umbría sonorosa

sobre su planta bizantina y flébil, deslízase, sutil, la enredadera,

los rayos últimos de su oro débil el musgo verdinegro, la palmera,

y en un puro destello se adormece. la malva, la campánula y la rosa.


Casi sin voz, se escucha –cantinela Templo de piedra, oasis permanente,

de míticos susurros sonrientes - verde rincón de cúmulos sencillos,

el mágico murmullo de sus fuentes... milagro extraño de los Jardinillos,

El agua, mientras, a sus pies, anhela. como un joyel traído del Oriente


A LA CATEDRAL

Vigía eterno de la ciudad:

Azul y blanco

besan tu cúpula

llena de pájaros.


Todos los ruidos de la ciudad

te dan su abrazo

cálido y dulce:

Allá, el Mercado,

con sus cien voces y, a tus espaldas,

el Altozano.

En tus umbrías acogedoras,

en tus espacios

llenos de calma,

busco un remanso

de tierna paz,

lejos de todo, viejo y cansado.


Me sobrecogen

los personajes graves y extraños

de tus pinturas,

fingiendo trasgos,

en las penumbras

de tus rincones difusos, vagos.

Me sobrecogen

los ecos varios

de tus silencios impenetrables

y sacrosantos.


¡Yo te saludo,

recinto impávido,

luz en la noche,

voz en el llano!


PASEO DE JOSÉ ANTONIO (*)


Desde la vieja estación

camino del Altozano,

palpita su río humano:

Audiencia, Diputación,

Ayuntamiento: Razón,

piedra, gloria, testimonio

de su antiguo patrimonio.

Árbol, penumbra, gorjeo,

vida, tráfico...¡Paseo,

Paseo de José Antonio!


(*Hoy, Paseo de la Libertad)


CALLE ANCHA


Calle Ancha, calle Ancha

de Albacete,

cuando miro tus gastados edificios

y tus cúpulas de fuego

me parece

sumergirme en el abismo de tu siglo

diecinueve.

Ahí está tu dura piedra de otro tiempo,

ahí están tus miradores

esplendentes,

ahí están tus balconajes dilatados

y tus rejas herrumbrosas

y silentes.


Calle Ancha, calle Ancha

de Albacete,

aunque te hayan renacido, retadores,

imponentes,

los extraños edificios del desnudo

siglo veinte,

como prismas sin belleza, tristes, fríos,

en tu alegre arquitectura

diferente,

sigue, impávida, a su sombra,

con tu cálida sonrisa, como antaño,

como siempre.


CALLE MAYOR


Humano cauce siempre bullidor,

indispensable arteria,

latido, corazón, fuego, materia,

impulso, fe, motor

de toda la ciudad: calle Mayor.

A lomos de tu vieja arquitectura

cabalgan tus modernos edificios.

La voz del día, pura,

se duerme entre los duros intersticios

de tu canción de piedra,

en tus rincones de penumbra y hiedra.

Poesía de hierro y de cemento,

apáticos abrazos

de un cielo moribundo y descontento

rompiéndose en tu altura en mil pedazos.

Voces, prisa, calor,

vivos toldos al viento,

alegría, luz, música, color,

laberinto, pasión, ¡Calle Mayot!




AL DEPÓSITO


Ahí estás:

como antaño, como siempre,

como un símbolo magnífico de austera

soledad.

A tus plantas,

amparándose en tus sombras,

la ciudad,

esa espléndida sonrisa seria y rubia

que no puede contenerse la llanura.

¡Ahí estás!

Cuántos gélidos inviernos han pasado

y han dejado su poema entre tus piedras

al pasar,

su poema de silencios y tristezas.

Cuántos otros

pasarán.

Está siempre como antaño, como ahora,

vigilante sempiterno de Albacete,

recluido en tu soberbia

majestad,

para que oiga, recordándote en mis ratos

de mortal

melancolía,

tu cantar

de silencios y tristezas

melancólicas y mansas.

¡Está ahí, siempre -yo lo quiero-

como un símbolo magnífico de austera

soledad!


CANCIÓN DE INVIERNO


Soliloquio del agua golpeando incesante

sobre el toldo y la piedra, sobre el vidrio y la arcilla...

Albacete lluvioso, Albacete importante...

Corren lágrimas nuevas por tu seca mejilla.


Las desnudas acacias de tus calles vacías,

os pinares del Parque, silenciosos y oscuros,

y tu pálido invierno de nostálgicos días

se han lavado y se quedan relucientes y puros.


¡Ay, mi alma sencilla, trasnochada de inviernos,

te me has ido soñando con la lluvia y la brisa

por caminos de nieve a tus abismos eternos

y me dejas el frío de tu leve sonrisa!


Viaje lírico

Por españa


1967 - 1970






En la introducción del manuscrito original de título VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA hago saber: Estos trabajos literarios, si se me permite llamarlos así, son fruto de mis viajes por España.

Remembranzas y recuerdos… sueños en una palabra. La mujer, la naturaleza, el sabor de una leyenda, el misterio emanado de un monumento, de un ruina, de la historia misma… Por eso son hijos de mis sueños los más imperecederos sentimientos del alma, los más puros, los más frágiles: el amor, la soledad, la melancolía, la alegría, la ilusión, la esperanza…


Me llevó tres años escribir los ochenta capítulos de que consta el libro. La idea descriptiva que impuse a la obra se ve aumentada por la fuerza íntima y poderosa de mi ensoñación en aquella época de mi juventud, pasando a segundo término la que yo había concebido como idea estructural: una descripción lírica y personal de los lugares que visité.


He elegido 15 capítulos de los 80 que figuran en el manuscrito original, que transcribí en el invierno de 1971.



LOS OJOS VERDES.


Era un atardecer tibio de enero. Me hallaba recorriendo indolentemente las laberínticas callejas de la Córdoba vieja, de la Córdoba embrujadora y mora, la cantada por los poetas de la Andalucía toda, la Córdoba colorista de Julio Romero de Torres.


Mi pensamiento, desbordando los límites de la mente, se me iba sin querer.


Calles y más calles angostas y retorcidas que no acaban en ninguna parte o que van a morir en un blanco y evocador patio andaluz sin salida; enrejados saturados por multitud de macetas; umbrosos rincones difíciles en donde la pueril y limpia fe cordobesa ha hecho brotar un altar a la imagen de su devoción, cubiertos con las más variadas flores de la ribera del Guadalquivir; aleros sobresalientes que se tocan juguetonamente formando un sombreado túnel. Ese era el barrio de las Juderías, en el que vivieron Maimónides y Averroes.


Dejé correr la imaginación. Me situé en la Córdoba de Almanzor y de Hixem y la vi abarrotada por el multicolor acervo de una abigarrada multitud que hizo de la ciudad el emporio de la cultura de la Europa del siglo X, émula de la Bagdad legendaria de Harum al Raschid, con un tropel de vocingleros mercaderes y de vividores maleantes, predecesores posiblemente de los bandoleros que habitaron después Sierra Morena.


También se instaló mi fantasía por unos instantes en la grandiosa Córdoba de Abderramán, con su medio millón de habitantes de todas las clases y condiciones, con su palacio en Medina Azzahara, enclavado en la sierra por Abderramán III en honor de su esclava favorita y de sus seis mil mujeres, en el que trabajaban diariamente diez mil operarios y dos mil seiscientas acémilas, con sus quince mil puertas y trescientos baños...


En estas idas y venidas de mi pensamiento desemboqué en las murallas exteriores de la gran Mezquita. Al fondo, sobre un antiguo alminar árabe demolido, se alzaba la torre grecorromana de la Catedral, junto a la Puerta del Perdón, que da acceso al Patio de los Naranjos y al interior del templo. Rodeando la fachada lateral me dirigí al cercano Guadalquivir, pero antes entré en una cafetería.


Me senté en una mesa un poco cansado y dirigí la vista a mi alrededor. Estaba bastante concurrido el local. Al lado mío, en la mesa contigua, había dos mujeres jóvenes. Una me daba la espalda, la otra, situada frente a mí, me miraba con sus maravillosos ojos verdes, dolorosamente verdes. Bajó su mirada luminosa cuando la sorprendí pero ya mi alma sensibilizada naufragaba sin remedio en el remanso de paz de sus ojos. De vez en vez premiaba mi ansiedad con una destellante mirada, ya asomándose subrepticiamente por detrás de su compañera, ya abiertamente, ya a hurtadillas. ¡Qué extraordinariamente verdes eran sus ojos! Las odaliscas de Medina Azzahara o las huríes del paraíso mahometano los



hubiesen envidiado. Hablaban por sí mismos más claramente que los labios. Pedían amor, halagos, cariño, todo aquello que yo estaba dispuesto a dar. Me acordé de Bécquer:


"Por una mirada un mundo..."


Y ella seguía mirándome dulce y blandamente. Esperaba de mí una palabra, un gesto, una aproximación y para lograrlo adoptaba las más variadas posturas y me sometía a la agradable tortura de sus ojos verdes, dolorosamente verdes. ¡Ay, hermosa niña, no contaste con esta mi terca e invencible timidez! Sonrió entonces y su sonrisa hizo acelerar los latidos de mi corazón que se acordó de nuevo de Bécquer:


"Por una sonrisa un cielo..."


Comencé a desasosegarme. Me puse triste, como siempre me sucede en estas ocasiones y traté de alejar de mí la obsesiva dulcedumbre de aquellos maravillosos ojos verdes, sin conseguirlo.


Cuando al cabo de un rato volví mi rostro a ella la hallé charlando animadamente con un hombre que, desde la otra mesa y habiéndose percatado, como yo, de la accesible simpatía de la joven, la cortejaba y la halagaba a juzgar por las risas que se le escapaban. Era el hombre en cuestión, para más inquina, desgarbado, casi sin pelo y con la mirada estrábica.


Decidí abandonar el local. Me levanté y salí. Pero antes de hacerlo dirigí una última mirada a aquella joven de los ojos verdes que me cautivó. Me llevé el obsequio de una envolvente y dichosa mirada que no olvidaré nunca. Colegí, en unos segundos, el alcance de aquellos destellos verdes. Había una infinita conmiseración por mí. Me reprochaban algo que yo no quería comprender. Me recordaban elocuentemente mi recalcitrante indecisión. Se lamentaban amargamente por mí y, quizá -quisiera ignorarlo siempre- por ella misma.

Torre de la Calahorra


La noche estaba llegando. Un fresco vientecillo refrescó mis mejillas. Atravesé el puente romano que se extiende sobre el cantado Guadalquivir plagado de antiguas norias árabes. Enfrente de mí, con su planta cuadrada, apareció, a la luz difusa, la Torre de la Calahorra. A mis espaldas dejé la fachada posterior de la Mezquita, con sus ventanas tapiadas, que me recordaron un poco a un gigantesco paredón de cementerio. Y, emergiendo de ella, la Catedral católica, mandada construir por Carlos I, en medio de la ingente obra musulmana.


OTOÑO EN LOS VIVEROS.


Era otoño. Los paseos y las avenidas de Los Viveros estaban cubiertos por las doradas hojas de los árboles. Una velada muerte dormitaba junto a ellas. No me gusta la tristeza lánguida y amarilla del otoño. No me gusta la desnudez del árbol ni sus ramas que ruegan como manos desiertas arañando el cielo. No me gusta el helado viento que arranca lágrimas incontenibles a la mirada...


Era otoño.


Frente a mí había una niña de grandes e inquiridores ojos. Su mirada, al cruzarse un instante con la mía, se posó en otro sitio, como si se sintiera inocentemente culpable de algo.




"Humilla tu alta frente hasta la playa

y observa a Garamantis, en la Libia,

blanca la carne que en caricia tibia

le seca el sol con su intangible toalla..."


No me gusta el otoño. Me trae, indefectiblemente, el recuerdo nunca olvidado de la soledad. Esa soledad mansa y callada que duerme en el fondo de nuestra alma. Hay soledad desesperada y angustiosa en las horas que se nos van. Hay soledad en el corazón que no se resigna a vivir solo. Hay soledad en la mirada fugaz de todas las gentes. Y hay, sobre todo, una terrible y despiadada soledad en mí, que se me agarra adentro y me desgarra poco a poco. ¿Hasta cuándo, Señor, he de hollar, con mi pisada vacía, los solitarios caminos que me trazas? ¿He de temer, Señor, hasta la muerte misma los lacerantes latigazos de la soledad? ¿Por qué me has hecho solitario y taciturno en medio de este mundo absurdo y cruel...?


El silbido de una avecilla vino a turbar mi meditación. Se posó en la rama de un árbol próximo. Habían arpegios melancólicos en su voz. ¿Buscaría, acaso, compañía entre las sombras de la tarde que se avecinaba?


La niña me miró de nuevo. Descubrí un destello de tristeza en sus profundos ojos...


"Invoca a Amor aunque su boca calla

y llama, ingenua, a la procaz Lascivia...

Ve tú, vidente Júpiter y alivia

su sed por el placer en que desmaya."


¿Por qué nos has hecho solitarios y taciturnos en medio de este mundo absurdo y cruel? Estamos solos, aterradoramente solos, y caminamos, con el peso de nuestro dolor, hasta la suprema soledad. ¿No habrá quien detenga nuestra caída? ¿No dejaremos nada en nuestro efímero tránsito por la vida? ¡Oh, ven, pobre niña desamparada! ¡Venid todos, pobres solitarios de todo el mundo! ¡Busquemos juntos el sentido de esta maravillosa y mágica palabra: Amor! ¡Unamos nuestras soledades ínfimas en la común soledad sobre la que nos ha tocado vivir! ¡Amemos en nosotros la soledad de todos los hombres!


"Demuéstrale al Olimpo de importunos

dioses, ¡oh, Zeus!, tu razón y enconos:

que no impidieron tus amores Junos,


ni a tus hazañas estorbaron Cronos,

Fileos digan, Barbas y Pilunnos,

que tu poder obrando hallaste tronos."


-¿Tiene usted hora?


Era la niña de ojos azules y cabello rubio sobre el que cabalgaba un enorme lazo blanco. Era la niña de quince años, de mirada triste y suplicante. Antes de desaparecer paseo adelante volvió su graciosa cabecita para obsequiarme con una postrera y fulgurante mirada. Y se fue.


Había anochecido. Con el soneto temblándome en los dedos, nacido a las inconclusas luces de un otoño valenciano, emprendí el regreso a lo largo de la Alameda. El Turia discurría sosegadamente a mi derecha. En las sombras, apoyados sobre la baranda de cemento del río, proyectadas sus siluetas sobre la claridad de la lejanía, se amaban desesperadamente las parejas y se olvidaban de la soledad que llevaban dentro.


LA RIADA DE VALENCIA.


Eran las once de la noche aproximadamente del día 13 de octubre de 1.957. Yo me encontraba en Valencia, a la sazón, cumpliendo mis deberes militares y regresaba al cuartel. Al atravesar el río Turia por el Puente de Aragón, frente a la estación de ferrocarril del mismo nombre, pude notar el color cenagoso y turbulento del río, pero no le concedí importancia. Muchos días traía ese color sucio y nunca había sucedido nada.


Penetré en el pequeño cuartel-oficina, subí las escaleras que conducían al piso superior donde se encontraban, a mi derecha, a lo largo de un pasillo, las oficinas de topografía y, a mi izquierda, el dormitorio común donde ya descansaban mis compañeros. Me desnudé en silencio y me embutí en el lecho. Me dormí enseguida porque estaba cansado.


* * *

A eso de las tres de la madrugada alguien dio la luz del dormitorio. Adormilado todavía pude oír cómo aludía a una cañería rota en el piso bajo que estaba inundando de agua los pasillos y las habitaciones. Una lluvia de cabeceras y de botas se le vino encima. No tuvo más remedio que apagar la luz y abandonar el dormitorio de nuevo. Pero no habían pasado todavía diez minutos cuando volvió a subir gritando:


-¡Es el río que se ha desbordado! ¡Levantaos todos!


Miramos a nuestro compañero. Venía en paños menores y traía el abundante vello de las piernas mojado hasta las rodillas y adherido a la piel, como si hubiese estado regando. Había un gesto tal de súplica y de miedo en sus ojos que nos hizo tirarnos de los petates para comprobar la veracidad de su aserto. Grandes relámpagos iluminaban el cielo y el horrísono fragor de los truenos hacía vibrar los cristales de las ventanas desnudas de persianas. Afuera llovía con tal fuerza que el clamor del agua golpeando contra las paredes y los tejados ahogaba nuestra voz.


Terminé de vestirme, me calcé las botas y salí con mis compañeros para ver qué sucedía. Solamente nos encontrábamos como una veintena; los demás, valencianos en su mayoría, preferían dormir en sus casas y acudir solamente a las horas de oficina, ya que la Brigada Obrera y Topográfica del Servicio Geográfico del Ejército, por ser un cuerpo especial, era muy poco numeroso.


En efecto: Las aguas del Turia habían desbordado su cauce y penetraban impetuosas en nuestro cuartel, rompiendo puertas y ventanas. Apoyado sobre el alféizar de la ventana de





la sala en la que yo prestaba mis servicios pude ver la corriente del río, rugidora y terrible, a la incierta luz de la noche valenciana. El Puente de Aragón había desaparecido bajo las aguas. El Paseo de la Alameda estaba inundado y sólo se veían las copas de los árboles emergiendo de entre la corriente que se dirigía, voraz e insaciable, a lo largo de la Avenida

del Puerto hasta su desembocadura en Nazaret, unos kilómetros más abajo. Enfrente del callejón en que se hallaba nuestro cuartel los vecinos de un alto edificio de la RENFE, alarmados, ocupaban la azotea del mismo.


Volví con mis compañeros que se agrupaban en torno a la escalera, vacilando, por el pasillo oscuro. Las aguas desbocadas habían inutilizado el servicio eléctrico de la ciudad y la más negra oscuridad se cernía en torno a nosotros. Solamente la azulada luz de los relámpagos penetrando por puertas y ventanas llenaba por unos instantes la estancia de fugaz claridad.


Alguien encendió una cerilla. A la inconcisa luz de la llama vimos como el agua subía por la escalera. Un escalón, otro, otro más. En pocos minutos, los dinteles de las puertas del piso bajo habían desaparecido y el agua seguía subiendo inexorable. En un rellano de la escalera se hallaba una de las dos mulas que teníamos para el servicio del cuartel. Había atravesado, Dios sabe cómo, todo el patio, para buscar instintivamente un lugar más seguro. Y allí estaba, con sus ojos despavoridamente abiertos, chapoteando y piafando duramente en los escalones. Tratamos de rescatarla de su incómoda posición pero pronto desistimos de ello al comprobar que el animal huía como si adivinara en nosotros la causa de aquella tragedia.


Una voz desde la sala de Dibujo gritó en la oscuridad:


-¡El mulero! ¡Ahí está, en el patio! ¡Está pidiendo auxilio! ¡Hay que sacarlo!


Todos acudimos a la sala de Dibujo, que daba directamente al patio. No sé quién pudo poner tan al alcance de nuestra mano una maroma, encontrada en un rincón. Izamos con ella hasta el piso superior al mulero que había permanecido asido mucho tiempo a una de las múltiples argollas repartidas por doquier en el patio, que, en otro tiempo, había sido pertenencia de un cuartel de caballería. Su deber era dormir con las mulas, en una cuadra situada en la parte más alejada del patio, en la cual le sorprendió la inundación. No pudo ganar a nado la puerta principal para subir hasta el piso superior por culpa de la impetuosa corriente que por ella entraba y buscó el rincón de agua remansada donde lo encontramos. Una vez arriba lo despojamos de sus mojadas ropas y lo tendimos sobre una cama que temblaba a impulsos de una explosión de nervios largamente contenida. Sobre una mesa dejamos todos los objetos que traía consigo. En primer término, húmeda todavía, estaba la fotografía de su esposa y de sus dos pequeños hijos. Para ellos fue su primer pensamiento.


Me acordé de improviso del soldado que prestaba servicio de teléfono en el piso bajo y pregunté por él. Se trataba de un buen amigo mío con quien había de coincidir meses después en unos trabajos topográficos realizados en Almansa, su pueblo natal. La subida de las aguas le había sorprendido durmiendo en la pequeña centralita telefónica. El clamor de los truenos le despertó. Dormía en el lecho superior de una litera y había cerrado con llave la puerta. Como quiera que al incorporarse se halló con el agua al cuello no se entretuvo en buscar la llave. Tampoco encontró sus ropas. Pero, a horcajadas sobre la litera



y protegiéndose el puño con un gorro militar, rompió el cristal del montante de la puerta que adivinó por la mortecina luz que se filtraba a su través en medio de la absoluta oscuridad. Y salió como pudo.

* * *


La tenue luz del alba comenzaba a bañar Valencia de diáfanas claridades. Desde mi atalaya improvisada contemplé de nuevo el ímpetu de las aguas desbordadas, arrastrando toda clase de materiales: troncos desgajados, automóviles, maderos, muebles, cajones...También pude ver cadáveres de animales ahogados con sus vientres hinchados. Todo desfilaba ante mis atónitos ojos camino del mar.


A mediodía las aguas comenzaron a descender. Lo advertí al ver deslizarse sobre la turbia corriente del agua, buscando la vorágine del Turia, el cuerpecillo sin vida de uno de los perritos del cuartel. Pero pronto volvió a subir el nivel.


Y llegó otra noche más, sin luz eléctrica, sin agua corriente, en medio de una angustiosa oscuridad que me hizo amar, con un ansia irrefrenable, la venturosa luz del día.


A la mañana siguiente las aguas habían bajado totalmente dejando los más heterogéneos objetos allí donde existía algún rincón para el remanso. Ingentes cantidades de barro aluvial habían formado capas de hasta un metro de espesor por algunos sitios, que, endurecido después, al secarse, tuvo que ser roturado por las extrañas máquinas que hollaban la ciudad en su misión de limpieza.


El movimiento humano era notorio. Las gentes corrían de aquí para allá. Sacaban el barro de sus hogares, enlucían las fachadas de sus casas, reponían los muebles deteriorados, lloraban por sus muertos, reían nerviosamente por el peligro vencido. Se oían hasta en los más apartados rincones de la ciudad la ronca voz de las sirenas de los barcos surtos en el Grao y la cadencia alegre de las campanas de las iglesias. Sobre el cielo gris se veían trepidar las moles gigantescas de los helicópteros que prestaban servicios de urgencia. Algún camión con banderas negras en los flancos, en medio de ensordecedores sonidos de claxon, regresaba del puerto con su cargamento tétrico de cadáveres devueltos por el mar y se perdía a lo largo del puente de Aragón, derruido, sin barandales, hacia la Gran Vía del Marqués del Turia.


Lloviznaba lenta y débilmente.

* * *


Unos días después, hallándome de camino para Madrid, en comisión de servicio, por la única vía disponible del ferrocarril, contemplé, con un poco de tristeza en la mirada, el desolado panorama de los campos levantinos, anegados, devastados por la avenida. Por la ventanilla del tren, retorcidos como una sierpe, kilómetros y más kilómetros, aparecían los raíles de la vecina vía.


Me senté, perplejo y mudo. En mis botas de reglamento había barro todavía, pegado y seco.





LA MIRADA FUGITIVA.


Es un día navideño. Veo a través de los cristales empañados a causa de la fría temperatura que reina en el exterior cómo revuelan los níveos copos del invierno. Un viento del norte azota fuertemente y gime contra los perfiles de la ciudad. El día no invita a salir.


He tomado de una de las estanterías de mi pequeña biblioteca uno de los gruesos álbumes de fotografías que poseo, en los que quedan reflejados mis viajes. Lo he abierto

para recordar. Se trata de una excursión a Italia realizada algunos años atrás y organizada por una asociación profesional a la que pertenecía por aquel entonces. Participamos en ella medio centenar de compañeros. He comenzado a hojear el álbum y me he parado, de pronto, al descubrir un rostro conocido en una de las muchas fotografías. Es un rostro femenino en el que adivino unos escrutadores ojos claros y una abundante cabellera. La recuerdo bien porque aquel día coincidimos en asientos contiguos del autocar.


* * *

Salimos de Barcelona muy temprano. Habíamos de cruzar aquella misma mañana la frontera franco-española por la Junquera. Un par de semanas después, al regreso, lo haríamos por Port-Bou. El mar gríseo y en calma reflejaba en sus tranquilas aguas el verde macilento de las suaves colinas catalanas que se adentran en la costa. Un sin fin de pueblos y ciudades cruzaban rápidos ante nuestros ojos: San Adrián de Besós, Badalona, Montgat, Masnou, San Juan de Vilasar, Mataró, Arenys de Mar, Canet, San Pol, Calella, Pineda... Todos desplegaban en aquellas horas la febril actividad de sus pequeños puertos pesqueros y comerciales, de sus industrias. Más adelante, en los límites de la provincia barcelonesa, en la desembocadura del río Tordera, el autocar dejó la compañía del mar y se desvió tierra adentro en busca de la capital gerundense.


Ella iba a mi lado. Pude observar su perfil enmarcado en el rectángulo de cristal de la ventanilla; la clara luz de la mañana daba de lleno en su cara. No era verdaderamente hermosa pero había un algo especial en la severidad de sus líneas que le confería un innegable encanto. Su mirada, siempre fugitiva, y su obstinado mutismo, me obligaron a llevar el peso de la conversación durante un buen rato. Quizá le hablé de todas esas cosas fútiles que suelen decirse en tales ocasiones. No lo recuerdo.


Gerona, abrazada por el Ter y el Oñar, salpicada de importantes monumentos del pasado, amparada por su gloriosa historia, apareció ante nuestra vista. Las macizas torres de su peculiar catedral emergían airosas y dominantes por entre el abigarrado entramado de sus edificios.


Hicimos un alto. Invité a mi compañera de viaje a un refrigerio, pero no quiso abandonar el autocar. Se negó amablemente aduciendo convincentes excusas. Tuve la impresión de que le hizo daño mi petición. Noté que le dolió negarse y que no hubiera querido hacerlo nunca. Por eso no insistí más.


Cuando proseguimos ruta mi acompañante se hallaba más comunicativa. Me habló de su anodina vida como maestra en un pueblo manchego, de sus obligadas y ociosas horas vacías, de su frustrada juventud sepultada entre las cuatro casas del pueblo. Colegí por sus



palabras que era un alma amargada y entristecida. Pensé que no sabía reír. Su mirada fugitiva y esquiva se clavaba en la azul lejanía. Se me llenó el corazón de una impensada ternura por aquella mujer, un poco más vieja que yo. Tal vez fuese muy desgraciada. Observé de nuevo su perfil y creí adivinar toda su historia, inexplicablemente larga y breve a un mismo tiempo, llena de vacíos y de soledad, y la vi a ella, abriéndose paso a duras penas en busca del amor y de la luz anhelados y jamás hallados.


Cuando nos detuvimos de nuevo en Figueras soplaba con fuerza un frío y molesto viento de tramontana cargado con el aroma del cercano Pirineo. En aquella ocasión sí se apeó. La vi alejarse con unas cuantas muchachas de nuestro grupo. Cuando regresaron, alegres, ondeando al viento sus flotantes cabelleras, venían cargadas con unas cuantas botellas de un cotizado coñac español que luego venderían por encima de su precio en Roma y Venecia para poder después alardear de su insignificante fraude cometido.


Suspiré. Cerca de nosotros se alzaban los Pirineos con sus sempiternos valles verdes y sus cumbres nevadas. Más cerca todavía la inigualable belleza de la Costa Brava, el Cabo de Creus y el Golfo de Rosas, intuidos por los griegos hace muchos siglos, en sus poéticas migraciones desde sus remotas islas.


* * *

Albacete

He vuelto a ver varias veces a aquella mujer, aquí, en nuestra ciudad nativa. Sé que tuvo un novio durante algunos meses. También sé que rompió relaciones con él. Ayer me la encontré de nuevo con ocasión de hallarnos en un concurrido local de la ciudad. Estaba en un rincón, acompañada de una amiga. Sorprendí, en un segundo sólo, su mirada, cruzándose con la mía, y sus ojos, eternamente fugitivos, huyendo de los míos, se posaron en no sé qué punto incognoscible de la estancia. Miré su cara, ajada por el paso del tiempo. Adiviné, en su rostro severo y triste, que quería ignorarme. Hasta mí llegó la cadenciosa voz de un cantante de moda, desde el tocadiscos inmediato:


...Me falta el amor...


Afuera, las gentes, poseídas de un júbilo y de una algazara desesperados, celebraban la Navidad...

* * *

He cerrado lentamente el álbum de fotografías y lo he dejado con parsimonia en el rincón de los recuerdos. La nieve se ha convertido en lluvia. Llueve mansamente y las arcillas de los tejados brillan con el agua. El viento, que ha amainado bastante, sigue gimiendo lastimeramente.











LA LEYENDA DE LOS AMANTES.


Salí dispuesto a visitar Teruel. Enfrente se veía aún, a la incierta luz de la mañana, la silueta de Los Arcos. Había pasado la noche en un hotel de los alrededores, el mismo que un par de años después volví a ocupar casualmente. Dejé el Acueducto renacentista para desembocar en el centro de la ciudad. A mi paso se ofreció la esbelta Torre de San Martín con su arquitectura mudéjar y sus contrafuertes de ladrillo apuntalando los vértices de su base cuadrangular. Todas las torres mudéjares turolenses me parecieron iguales, hermosas,

únicas: la del Salvador, con su doble arcada ojival cabalgando sobre la angostura de una irregular calle, la de la Catedral, con sus cúpulas de planta hexagonal, la de San Pedro, aprisionada entre los heterogéneos edificios de alrededor...


Me dirigí a la Iglesia de San Pedro. Tenía gran interés en conocer el mausoleo de los Amantes. Una calleja oscura y mal trazada, cerrada por las ojivas de la torre, daba acceso a la pequeña capilla donde reposan los restos de Diego e Isabel. Una cancela de hierro me impidió el paso.


Se encontraba cerrada a aquellas horas de la mañana. Unos chicos que jugaban cerca de allí me dijeron donde podía encontrar a la mujer que guardaba la llave. Vivía al lado de la iglesia y se ofreció amablemente a mostrarme la capilla.


Era ésta un recinto anejo a la iglesia de San Pedro, reducido y oscuro. Cuando adapté mi vista a la oscuridad pude descubrir en su centro el túmulo mortuorio de los Amantes. Las dos figuras de alabastro y bronce esculpidas por Juan de Avalos descansaban serenamente, con las manos entrelazadas, sobre los sarcófagos donde se encontraban los restos momificados de los dos jóvenes. Comprendiendo mi deseo de contemplarlos más de cerca mi acompañante pulsó un interruptor y se encendió una lámpara dispuesta a propósito entre ambos lechos para alumbrar los cadáveres protegidos solamente por unas urnas de paredes caladas a través de las cuales se veían las figuras petrificadas de los dos amantes con sus cabezas raídas por el paso de más de setecientos años en que acaecieron sus muertes. Cuenta la tradición que sus cadáveres fueron hallados allá por el año 1.555 en el mismo lugar en que hoy descansan, dentro de dos cajas de madera que yacían juntas, cuando se labraba la capilla nueva que hoy existe. Sus cuerpos estaban casi enteros.


Miré un momento la calavera de Isabel de Segura. Me costó trabajo adivinar en ella el rostro afable y agraciado de aquella singular doncella cuyo destino fue aguardar siempre la llegada de su amado. Me pareció verla, con todo el dolor de su amor insatisfecho pintado en el rostro, besar la faz de su esperado, depositar su beso cálido sobre los labios fríos de Don Diego, su beso generoso, largo, eterno, letal, su beso obsesionado de mujer culpable, su beso tres veces negado, mil veces deseado. No quise imaginar, por no romper el encanto puro y límpido de la leyenda, en las elucubraciones libidinosas con que adulteró Boccaccio la hermosa tradición de los Amantes.


Cuando salí de la capilla, todavía bulléndome en la mente la historia de Isabel y Diego, dirigí mis pasos hacia la Calle de los Amantes, situada no lejos del lugar. Sentía curiosidad por conocer aquel rincón de la ciudad en el que transcurrió la mayor parte de la vida de los dos jóvenes.




La calle de los Amantes es una vía estrecha y larga. Algunos blasones de armas recuerdan el Teruel medieval de principios del siglo XIII. Próximamente a la mitad tenía don Diego su domicilio y un poco más allá estaba el del acaudalado don Pedro, el padre de Isabel. Ya desde niños se conocieron y en sus juegos fue naciendo aquel asombroso y puro amor que los sumió en un éxtasis adormecedor. Allí, en cualquiera de las ventanas entornadas, a la mortecina luz de la celosía, nacería la más maravillosa historia de amor, la tierna promesa hecha por dos seres que se amaban apasionadamente. Volví a imaginarme otra vez a doña Isabel languideciendo de amor y de dolor, como la princesa de Rubén,

mirando las nevadas cumbres del Javalambre o aspirando los aromas del cercano Turia recién nacido, esperando y soñando, dando largas a los deseos de su padre de que contrajera matrimonio, como una Penélope medieval que aguarda la venida del amado enriqueciéndose en tierras de moros. ¡Pobre doña Isabel que no supo esperar hasta el último minuto la vuelta de don Diego de Marcilla! ¡Desdichado don Diego que murió de amor por un beso denegado al pie mismo del tálamo nupcial ajeno de la que había sido su norte y guía en sus esforzadas empresas! Nupcias y funerales a un mismo tiempo se celebraron en Teruel en honor de aquellas dos almas que murieron fulminadas por su inconmensurable, infinito amor.


* * *


Era la una de la tarde. Regresé al centro de la ciudad. La Plaza del Torico se hallaba concurridísima. Entré en un restaurante. Tomé asiento junto a una de las ventanas encristaladas. Desde allí se divisaba la columna cilíndrica situada en el centro de la plaza sobre la que se asentaba la efigie de un toro en miniatura. Los típicos pórticos de los edificios proporcionaban agradable umbría a las aceras.


LA IMPASIBLE HERO.


Era noviembre.


La tarde había caído y las primeras sombras de la noche se enseñoreaban de Valencia. Un corte de la energía eléctrica paralizó momentáneamente el tranvía en que viajaba. Tenía tan contado el tiempo que me accedieron deseos de abandonar el vehículo y recorrer a pie el trayecto que me separaba de El Grao, aún considerable. Afortunadamente se subsanó enseguida el contratiempo y proseguimos camino.


Cuando llegué al embarcadero comenzaban a retirar la escalerilla del barco. Subí a bordo apresuradamente y, al momento, me señalaron el camarote que me habían asignado. No tenía ganas de encerrarme en él y subí a cubierta. El CIUDAD DE IBIZA comenzaba a desatracar. Me aposté en la borda de popa y, más sosegado, contemplé la negrura del mar en el que se reflejaban cabrilleantes, indecisas, las luces del puerto. Semejaban una interminable fila de puntos luminosos que trazaban oscilantes líneas en un horizonte confuso y desvaído, hasta acabar, sin fuerza, débilmente, en la parpadeante intermitencia del faro. Las temblonas luces de las embarcaciones surtas en el puerto se confundían con ellas. Pude ver la luminosa cubierta de un trasatlántico norteamericano posado majestuosamente sobre las aguas y distinguí, en la popa, una enorme pantalla en la que se estaba proyectando un filme para una escasa concurrencia que desafiaba a la benigna noche mediterránea. Luego, nada. Sólo la noche y el mar.


Regresé porque la suave humedad del mar comenzaba a entumecerme. No quería irme a descansar todavía. Era temprano. Tuve la suerte de encontrarme con un paisano. Hicimos amistad rápidamente y prolongamos nuestra charla en la barra de la cafetería del barco.


Alrededor de la media noche me retiré por fin. Compartía el camarote con un aragonés, un francés y un danés, el cual leía, ya acostado, una novela en su idioma nativo. Me desvestí y me eché sobre la litera instalada en la parte superior. Tardé un buen rato en conciliar el sueño.

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Un ruido de cadenas me despertó. El barco estaba llegando al pequeño puerto de San Juan de Ibiza. Todavía no había amanecido pero una suavísima luz pugnaba por romper las tinieblas. Teníamos tres horas libres y yo decidí ocuparlas bajando a tierra.


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