Excerpt for Cuentos de la Vieja Muerte - Crónicas del Contador de Historias - Segunda Noche by , available in its entirety at Smashwords


CRÓNICAS

DEL CONTADOR DE HISTORIAS

SEGUNDA NOCHE —

CUENTOS DE LA VIEJA MUERTE







ESTEBAN DÍAZ






Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto

en el Art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de

multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización

reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente

en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada

en cualquier tipo de soporte.

© Esteban Díaz 2015



INDICE


INTRODUCCIÓN

LA PARADOJA DE LA VIEJA MUERTE

BURLANDO A LA MUERTE

INTERLUDIO

FIN

OCASO

INTERLUDIO

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

AÑORANZA

CAMPEADOR

EL HAMBRE ETERNA

LA JOVEN PARCA

LAS CADENAS DE LA INSPIRACIÓN

INTERLUDIO

LA CANCIÓN DEL JUGLAR

INTERLUDIO

LA EXTRAÑA RISA DE LA VIEJA MUERTE

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA PARCA

DOS PEQUEÑOS HÉROES EN UN INMENSO MUNDO LLENO DE SOMBRAS

UNA SOMBRA EN LA NOCHE

EPÍLOGO – UNA AMIGABLE CHARLA CON LA VIEJA MUERTE




INTRODUCCIÓN


Aquí estáis, me alegro de veros de nuevo, mis buenos amigos, siento un gran regocijo porque, una noche más, vuestros errabundos pasos os hayan traído hasta este lugar, a la cabaña erigida en el centro del bosque de hojas muertas, para escuchar las palabras de este humilde cuentacuentos, mientras la tormenta arrecia en el exterior y la lluvia repiquetea, monótona, en la techumbre sobre nuestras cabezas.

La pasada noche mi ánimo era gris, nublado como un jirón de nube, y por eso os hablé sobre la oscura realidad y las diferentes formas que toma en vuestro mundo, incrustándose en lo más profundo del corazón de los hombres, llevándoles a realizar actos perversos y crueles, pero esta noche, en cambio, me siento alegre como no lo he estado en siglos, con el deseo de entonar una canción de taberna bailando en los labios y una refrescante sensación a flor de piel, que me indica que algo está a punto de suceder. Algo se acerca y lo cambiará todo. Puedo sentir como un fresco viento de felicidad agita las hojas muertas de los árboles del bosque, por eso, en esta noche en la que de nuevo os refugiáis de la tormenta junto al fuego de mi chimenea, voy a hablaros de la muerte… ¿Cómo?... Claro, mi buena señora, tiene usted toda la razón, ya sé que no parece un tema muy agradable ni muy alegre, pero como ya sabréis todos aquellos que os habéis sentado cerca del fuego de mi hogar a escuchar mis pequeñas historias, los relatos que yo cuento, rara vez son lo que aparentan a simple vista.

Cierto es que la Vieja Muerte contemplada desde fuera puede parecer un tanto fría y estirada, pero creo que, aunque ni ella misma lo sabe, es muy posible que bajo sus oscuros ropajes, de anciana severa de expresión avinagrada, lata un corazón tan grande que no cabría en esta sala, pues sé con certeza que detrás de esos impasibles ojos oscuros, siempre tan serios, se oculta una brillante mirada, curiosa y juguetona.

Aunque la muerte sea el hilo conductor de la mayoría de los relatos que tengo reservados para esta velada, no sólo voy a contaros historias sobre la Vieja, pues cuando hablamos de Ella, no podemos olvidarnos de sus fieles sirvientes: las parcas. Y aunque reconozco que la mayoría de esas bellas muchachas son tan frías e insensibles como un témpano de hielo, y algunas tan crueles y despiadadas como una venenosa sierpe; por suerte hay unas pocas que no están mal del todo y, sobre todo, una en particular que me tiene ganado el corazón. Espero que esta noche se abra un hueco también en vuestros corazones, pues es un garbanzo negro, una manzana verde entre manzanas maduras, una pequeña llama en el centro de un glaciar, una fresca rosa en el caluroso desierto y merece mucho la pena conocer un poco su historia. Una interesante historia que iremos desgranando, un tanto, a lo largo de la extensa noche que nos aguarda, pero, por ahora, comencemos conociendo y comprendiendo un poco mejor a La Vieja, pues puede que no sea tan mala como, sin duda, todos los aquí presentes pensáis, ya que la creéis culpable de lo que más temor os produce en vuestra vida, sin saber que igual ni ella misma comprende el verdadero significado que la muerte tiene para vosotros.


LA PARADOJA DE LA VIEJA MUERTE


En su ancestral morada la Vieja Muerte, fascinada, escuchaba una historia, que un juglar relataba para ella, adornando el cuento con las más bellas palabras que el juglar había conocido en su vida. Era una hermosa historia de pasión y dolor, aventuras y romance, amistad y traición. La anciana observaba al juglar con ojos atentos e ilusionados, brillantes como los ojos de una niña, que atiende, con anhelo, la voz grave y serena con la que su viejo abuelito le narra cada noche, antes de dormir, un cuento. Los ojos de la muerte, son unos ojos negros como cuentas de ónice, ojos que han visto caer, inmutables, las arenas del reloj del tiempo desde el día en que se abrió el espectáculo y que, sin pestañear, verán caer el último grano, la noche que descienda el telón.

Pero, ante la mirada atónita del juglar, algo sorprendente e inesperado sucedió en ese momento: una fría lágrima humedeció la pálida mejilla, un temblor agitó la descarnada mano de la anciana, la mirada de la Vieja vagó perdida, horrorizada ante los hechos que acababa de escuchar relatados por boca del juglar: su personaje favorito, el héroe protagonista de aquel maravilloso relato, acababa de morir dentro de la historia. Había perecido después de sufrir grandes cuitas y pesares, que había superado con valor y arrojo, dignos de un héroe de leyenda, para morir trágicamente, traicionado, justo al final de su tortuoso camino, sin llegar a besar por última vez los rojos labios de su enamorada, que lo esperaba, ajena a su fallecimiento, para disfrutar de una larga vida juntos, plagada de alegrías, penas, niños y sueños compartidos. Todos esos proyectos, toda esa felicidad futura, acababa de perderse en la nada, sin remedio. La Vieja no pudo encontrar ningún sentido a aquella muerte, ninguna explicación, sólo sentía en ese momento un extraño vacío que oprimía su enjuto pecho, allí donde debería de haberse encontrado su corazón.

El juglar observó a la Poderosa Señora, anonadado por su reacción, sin atreverse a continuar con la historia, que quedó petrificada en sus labios. El silencio se hizo eterno en las estancias de la Vieja Muerte y el tiempo pareció doblarse sobre si mismo, atrapando al juglar en una trampa perpetua, inmóvil como una antigua estatua de mármol, hasta que finalmente, tras un instante que para el juglar pareció una era del tiempo, la Vieja despidió, agitada y confusa como nunca antes lo había estado, al hombre de sus aposentos, pues tenía mucho en que pensar. Necesitaba estar sola, cavilar y meditar.

El desconocido pesar, la confusión que embargó entonces la consciencia de la Vieja Muerte, provocó que las parcas, sus sirvientes, detuvieran su imprescindible labor, todas ellas al mismo tiempo. Miles de almas humanas quedaron en vilo, sin nadie que las acompañara en su último viaje hacia el lugar más allá del vacío. Tal fue el estupor que las consecuencias de la muerte inspiraron en la propia Muerte, que durante aquella noche nadie murió en el mundo.


BURLANDO A LA MUERTE


Desde la terraza de mi lujosa mansión observo a mis nietos bañarse en las suaves olas del mar Mediterráneo, su exultante juventud hace daño en mis ancianos ojos. Sus alegres risas y sus agitados juegos parecen completamente extraños, comparados con mi cuerpo achacoso, devorado por el maldito cáncer.  He vivido una larga vida, una vida de lujos, sexo y desenfreno. No quiero morir.

El éxito en cada una de las empresas que he emprendido, me ha acompañado a lo largo de todos mis años, jamás empecé algo que no resultara exitoso. Últimamente la cercanía de la muerte se ha convertido en una obsesión para mí. Un triunfador como yo,  no puede dejarse vencer por algo tan vulgar como la muerte. El destino final que sufre cualquier pobre vagabundo tirado en la cuneta de un húmedo camino, no puede ser el mismo sino que el mío. No lo concibo, no lo acepto.

Por lo tanto he gastado buena parte de mi fortuna en busca de algo que los hombres llevan soñando con conseguir desde el principio de los tiempos, y como en todo lo demás en lo que he puesto mi empeño he salido triunfador. He hecho un pacto con fuerzas oscuras que me han prometido la inmortalidad. La eterna juventud.

Como todo en la vida, escapar de la muerte tiene un precio. Un precio que según me comunicaron debía de pagar justo antes de recibir el don prometido. Es un precio muy alto, pero que me importa a mí, que lo poseo todo, pagar tan alto precio, si el premio es la vida eterna. Esta tarde han venido a hacerse cargo de la mitad de mi fortuna, donada a las arcas de una oscura organización sin nombre. Por lo tanto la hora se acerca. La muerte me espera.

Siento una presencia a mi espalda, me giro. Una viejecita de rostro severo vestida de negro, me observa con absoluto desagrado.

— Así que al fin has llegado— saludo con burla a la vieja.

— Sí— asiente,— yo siempre llego a mi hora.

— Pues por una vez, llegas tarde— contesto entre risas. La situación me produce gran satisfacción. He derrotado a la muerte, tengo derecho a disfrutarlo.

— Eso parece— responde la anciana, escrutándome con sus diminutos ojos negros que parecen quebrarse en mil facetas.

— ¿Qué es lo que sientes al haber fracasado por primera vez en toda tu existencia, vieja?— preguntó interesado en conocer la respuesta.

— Yo no puedo sentir nada— responde la anciana, desviando la oscura mirada hacia el mar, escuchando el rumor de las olas rompiendo en la playa.— No tengo esa capacidad.

— Deberías sentir rabia, pues yo te he vencido— digo eufórico.— ¡Reconoce que te he burlado, vieja ridícula!

La anciana me mira con sus indescriptibles ojos, en los que me parece atisbar un pequeño brillo de insatisfacción, incluso de pena.

— No se puede burlar a la muerte— dice con tristeza, agitando la cabeza a modo de negación.

— Pues yo lo he hecho. No puedes llevarme. Hice un pacto con oscuras fuerzas, que por lo visto conocen secretos más poderosos que tú. Acabo de pagar al mismísimo Gran Maestre, en oro contante y sonante la mitad de mi fortuna. Pero ha merecido la pena cada lingote de oro. Ese precio no es nada comparado con la sensación de verte aquí, impotente ante mí. Sabiendo que soy intocable, que no puedes llevarme.

— No es bueno hacer tratos con el maestre de esa secta oscura, de esa orden sin nombre. Nada bueno puede salir de relacionarse con él y sus acólitos. Lleva trescientos años alterando el estado natural de la cosas y algún día tendrá que pagar el precio… con intereses.

— ¡Y a mí eso qué me importa!— exclamo exaltado. – A mí lo único que me importa es que como siempre he triunfado donde todos los demás fracasan. ¡Soy inmortal! No puedes llevarme.

— Eso es cierto— asiente la vieja, fijando la vista en los niños, mis nietos, que juegan en el mar. Aunque la anciana dice que no puede sentir nada, se miente a sí misma, pues veo claramente en sus ojos la piedad y la pena.— El precio que pagar a las fuerzas oscuras no se mide en oro. El oro es sólo una parte— murmura para sí misma. No entiendo a que se refiere, pues yo acabo de pagar el precio que me exigieron, justo antes de la hora de mi muerte, como me dijeron. Nadie ha hablado de un segundo pago.

En ese instante, bajo la triste mirada de la vieja, uno de mis nietos desaparece entre las olas, puedo ver su pálida mano alzarse sobre el agua, antes de hundirse definitivamente, los demás niños se lanzan al mar para ayudarlo. Veo el mar, un segundo antes calmado, embravecerse y arrastrar al fondo a toda mi descendencia, ante los ojos de ónice de la vieja.

El Gran Maestre de la orden sin nombre se encuentra en la playa, caminando sobre la húmeda arena con sus ridículos zapatos de una época pretérita y su levita oscura que parece sacada de una mala obra de teatro. El hombre, pequeño y cetrino, de acerada mirada gris, alza la vista hacia el balcón donde nos encontramos y mueve la mano señalando a la anciana, como quien saluda desde lejos a una conocida.

— No se puede burlar a la muerte— repite la Vieja Muerte y desaparece, sin más, dejándome solo en el balcón.

No puedo apartar la vista del mar que se acaba llevar la vida de todos mis descendientes. Entonces veo como las arrugas de mi mano comienzan a desaparecer y me río a grandes carcajadas y lloro de felicidad y salto y bailo. Si la muerte quería darme una lección llevándose a mis nietos con ella, se ha equivocado de persona, pues de nuevo soy joven y estoy vivo. Sigo siendo inmensamente rico y una vida de placeres eternos me aguarda, que me importan a mí esos niños.


INTERLUDIO


El miedo a la muerte nos condiciona por completo, el miedo a la llegada del final y de lo que hay más allá del último suspiro nos atenaza y nos impide disfrutar del ahora con la intensidad con la que deberíamos disfrutarlo. A lo largo de la historia de la humanidad una sombra se ha ocultado en el corazón de los hombres, siempre presente: la sombra de la muerte. Pero lo que los seres humanos no podemos comprender es que quizá lo que aguarda tras el velo de la muerte no sea tan terrible y que allí, sencillamente, nos aguarde un paso más en el camino de nuestras vidas. Quizá todos deberíamos aceptar ese miedo con la sosegada filosofía con la que se lo toman los dos ancianos del siguiente relato.


FIN


Los dos viejos de rostros tan  agrietados como la árida tierra del desierto, charlan aletargados, tostándose al sol, mientras juegan una partida de ajedrez sin fin, que los ha mantenido unidos, cada una de sus vacías mañanas, durante los últimos años de mutua compañía, en el postrero viaje de sus vidas, a través de los largos e indefinidos días pasados en la desoladora y voraz rutina del triste asilo.

Hablan, con pocas palabras, del único pensamiento que hay girando en sus cabezas. Charlan de la muerte con temor, reverencia y con cierto humor macabro, propio de quien ha visto de todo en su larga vida, llena de experiencias, de amores y desamores, de abundantes desgracias y escasos momentos afortunados, que por el hecho de ser tan exiguos se disfrutaron mucho más. Sienten curiosidad por descubrir aquello que todo hombre desea saber. La respuesta a la pregunta que ha torturado la conciencia colectiva de la humanidad desde el albor de los tiempos. La muerte es el último tema de conversación que les queda, pues todos aquellos que conocieron y amaron a lo largo de los extensos inviernos de sus vidas desaparecieron hace tiempo.

Uno de los ancianos continúa su inútil cháchara sobre la muerte, absorto en sus pensamientos, sin percatarse de que su viejo amigo ha dado el último paso y ya conoce las respuestas que él tanto anhela, pero, por desgracia, no puede compartirlas, porque en ese momento, mientras su compadre todavía cavila, meditabundo, sobre los misterios de la muerte, se aleja de la mano de una joven parca hacia las ancestrales moradas de la Vieja Muerte y los extraños senderos que hay más allá de ellas.

Cuando el anciano fija su nublada mirada, de nuevo, en la partida, se percata de que alguien ha movido una de sus piezas, sin su permiso y sin que él lo haya notado. Uno de sus alfiles amenaza la posición que unos instantes antes ocupaba el rey de su adversario, la valiosa pieza de madera tallada que representa el centro del mundo de su rival, en la bella y perfecta metáfora de la vida que es un tablero de ajedrez. El rey blanco se encuentra caído sobre los escaques, inerte, abatido, derrotado, entre un grupo de inmóviles y pálidos peones. Jaque mate, fin de la partida.

OCASO


En aquel lugar siempre es ocaso. Todas las cosas llegan allí a su fin. Nunca nada comenzó en ese desolado paraje y jamás nada tendrá su inicio en aquel sitio. Se erige sobre una tierra maldita donde jamás amanece, ni el sol alcanza su cúspide al mediodía. Es un lugar de sombras y de muerte, donde se encuentra el fin del mundo conocido, que da paso al mundo de las tinieblas, al ocaso eterno que hay más allá de nuestras vidas.

A aquel extraño lugar llegan, atraídos por una fuerza que todavía no comprenden, El Hombre de Azul y La Bailarina perseguidos por El Hombre de Gris, El Hombre de Marrón y El Viejo. Llegan a Ocaso para terminar lo que empezaron muy lejos de allí, en una bonita mañana soleada, en una playa de arena bañada por suaves olas de agua salada, junto a una enorme mansión de mármol blanco en cuyo impresionante tejado se erigía una cúpula dorada. No pueden haber elegido un lugar mejor para acabar, pero en Ocaso las cosas no terminan siempre como uno espera, sobre todo cuando uno no sabe que se encuentra en Ocaso.

El Hombre de Azul conduce, con ojos cansados y rojos por la tensión acumulada y la falta de sueño, escrutando el sucio parabrisas del viejo coche, intentando ver algo a través de la mugre que cubre el cristal y de la nieve que cae, cada vez más copiosamente, siendo apartada por los incansables limpiaparabrisas que mantienen su ritmo frenético, hipnotizando la adormecida mirada de La Bailarina, que parpadea constantemente. La muchacha intenta mantener con un gran esfuerzo los ojos abiertos y no dejarse llevar por el cansancio y el sueño, que reclaman su consciencia.

Cuando han tomado ese camino el sol brillaba en el cielo, pero pronto una masa informe de oscuras nubes ha emparedado el firmamento de negrura y comenzado a descargar sus lágrimas heladas, sin descanso, sobre ellos como si su único propósito fuera cortar la veloz huida de Los enamorados.

Llega un momento en que la pared de nieve es tan profunda que el hombre debe detener el viejo coche, temiendo acabar fuera de la carretera. El vehículo cesa, aliviado, el cascado retumbar de su motor, que resuena en el silencio como la tos crónica de un anciano que despierta solo en la habitación de un triste asilo.

— Me estoy helando— dice la muchacha. Los bonitos dientes, extremadamente blancos, castañetean audiblemente de frío, como queriendo enfatizar su afirmación.

El hombre pasa su ruda mano de asesino por los suaves bucles pelirrojos del cabello de la mujer y acaricia su tersa mejilla, intentando transmitirle un poco de calor.

— Este coche es un maldito trasto viejo— argumenta, enfadado consigo mismo por no haber encontrado otro vehículo para huir.— La calefacción no funciona desde hace años. Tenía que haber robado algo mejor, pero no tuve tiempo. En cuanto lleguemos a cualquier lugar habitado, robaré para ti algo mejor. Algo mucho mejor.

— Si sigue nevando así vamos a morir sepultados en la nieve— afirma La Bailarina, con expresión un poco asustada y temerosa.— Dicen que cuando mueres congelado, simplemente te duermes y sueñas cosas bonitas. No me importaría morir soñando, contigo a mi lado. Hay peores maneras de morir que morir soñando.

— ¿No es eso lo qué hemos estado haciendo los últimos días?— pregunta, con un cierto tono de fría desesperación el hombre.— Simplemente hemos estado soñando. He soñado que por una vez en mi vida las cosas me salían bien. He soñado que una mujer hermosa y maravillosa me amaba y que éramos felices. Un cuento de hadas.

— Eso no es un sueño— dice la muchacha, tocando a su vez el curtido rostro del hombre, acariciando su áspera barba de varios días sin afeitar.— Yo te amo y he sido feliz contigo. Estoy viviendo de verdad un cuento de hadas.

El hombre besa a la muchacha, con ternura, en los dulces labios y ella le devuelve el beso, dejándose ir entre las fuertes manos que acarician su suave rostro. Es él quien detiene las caricias y los besos para mirar a la muchacha unos segundos a los ojos. Dice con pesar:

— Pero el escapar del pasado es un sueño que se transforma en pesadilla. En realidad sabíamos lo que iba a pasar. En el momento que decidimos hacer lo que hicimos, sabíamos que la muerte vendría a nuestro encuentro.

El Hombre de Gris— susurra La Bailarina, asustada por el sólo hecho de tener que mencionar ese nombre.

— Él es la misma muerte y nada puede escapar de la muerte. No me arrepiento de lo que he hecho, pues yo ya estaba muerto y tú me has dado la vida con tus besos y tus caricias. Para mí estos últimos días, bien valen más que cien muertes, pero no puedo soportar la idea de que la muerte venga a buscarte a ti también.

— Si no salimos del coche y buscamos un refugio es posible que le ahorremos al asesino su trabajo— comenta La Bailarina con triste ironía e intenta sonreír, para avivar el ánimo del único hombre al que ha amado en su vida.— ¡Es increíble como nieva! ¡Nunca había visto nada igual!

— Lo cierto es que en esta zona del país nunca nieva— comenta él, un tanto sorprendido, echando una inquieta ojeada a su alrededor.— Es muy extraña esta tormenta. Antes de tomar esta estrecha carretera, lucía un sol espléndido… coge el mapa y mira si encuentras una ciudad, un pueblo o un motel cercano, donde podamos pasar la noche.

La muchacha abre la guantera del viejo coche que amenaza con salirse de sus juntas y quedarse en su mano, aparta con repulsión la pistola, que reposa sobre el mapa, coge el gastado y amarillento trozo de papel y lo despliega. Lo mira atentamente con sus brillantes ojos verdes, entrecerrados a la escasa luz de una pequeña bombilla que brilla, parpadeante, en el techo sobre su cabeza.

— La carretera que hemos tomado no viene en el mapa y no hay ningún pueblo, ni nada por el estilo por aquí.

Un par de ruidos secos en el cristal sobresaltan a La Bailarina que ahoga un grito y el mapa se le escapa de las manos, cayendo sobre la alfombrilla entre sus pies. El Hombre de Azul, con nervios de acero, toma el arma y la oculta, junto a su pierna, apuntando hacia el cristal. Supone que El Hombre de Gris les ha encontrado por fin y trae la muerte consigo. Eso es lo que ocurre, invariablemente, cuando huyes de alguien como El Hombre de Gris.

Pero el rostro que aparece, cuando el hombre del exterior limpia la nieve del cristal con un pañuelo, no es el pétreo e impasible rostro, cruzado por una cicatriz desde la frente a la barbilla, de El Hombre de Gris, ni los ojos que les miran con curiosidad son los vacíos e insondables ojos grises del asesino predilecto de El Viejo. El rostro es amable y los ojos brillan con amistad. La Bailarina, aliviada, baja la ventanilla, girando lentamente la desvencijada manivela. El hombre que se encuentra en el exterior del coche es extremadamente alto y delgado, ni un solo pelo cubre su cuerpo. No tiene vello en la cabeza, ni en las cejas, ni en la barba, ni siquiera pestañas con las que parpadear. Es tan alto que ha tenido que ponerse en cuclillas para que su cabeza quede a la altura de la ventanilla del coche.

— Hola— saluda el hombre alto con voz dulce y melodiosa.— Bienvenidos a Ocaso. Han tenido mucha suerte de que haya visto las luces de su coche desde el interior.

La Bailarina suspira de alivio y sonríe, dejando escapar la tensión y el cansancio que la embargan. Los enamorados salen del coche, él mantiene la mano en el bolsillo de la chaqueta donde ha guardado la pistola, puesto que uno nunca es suficientemente precavido cuando se dedica a su oficio. Una vez fuera del coche se quedan maravillados cuando ven frente a ellos una enorme mansión que parece surgir de la misma nieve y de las sombras. Una mansión que ha estado a unos pocos metros del viejo coche y que no han visto, cegados por la desesperación. El frío se adhiere a sus huesos y la nieve lame su piel. El asesino lleva un elegante traje de lino azul y una impoluta camisa blanca, corbata gris y unos oscuros zapatos de piel. La joven sólo lleva puesto un vestido negro de fina gasa, escote pronunciado, de vértigo, y muy corto sobre las infinitas piernas, desnudas, que discurren eternas hasta unos preciosos zapatos del color del ébano y tacones de interminable aguja que se entierran en la nieve, como punzones para triturar hielo. Tirita y tiembla como un cachorrito lejos de su madre. El asesino pone sobre sus hombros la chaqueta azul y la abraza con fuerza. El hombre alto, por su parte, viste una fina camisa blanca, pajarita oscura alrededor de su huesudo cuello, un chaleco de estrechas rayas negras y doradas y un elegante pantalón de tela, sobre unos zapatos brillantes de betún. Nada en su indumentaria hace parecer que se encuentre bajo la nieve, padeciendo el frío viento.

— ¿Ocaso… es el nombre… de la… mansión?— pregunta la muchacha con un incontrolable castañeteo en los perfectos dientes, volviendo su atención a la casa que surge de las sombras.

— Más o menos— contesta el hombre, indicándoles con un gesto de su mano el camino hacia la casa.

El Hombre de Azul con la muchacha alzada entre sus fuertes brazos, llega bajo la protección que les ofrece el amplio porche de la mansión, arrastrando los pies sobre una capa de nieve que le cubre hasta las rodillas. Por su parte el hombre alto parece apenas rozar la nieve, deslizándose sobre ella, ligero como un sueño.

Bajo el techo del porche, libres de la lluvia helada, respiran tranquilos, observando el vehículo completamente sepultado por un manto de hielo blanco.

— Tiene una casa preciosa— comenta la muchacha, maravillada ante la arquitectura victoriana de la enorme mansión.

— No es mi casa, señora— explica el hombre alto con una diligente sonrisa dibujada en los labios.— Yo sólo soy un simple sirviente de los señores de la casa.

La muchacha piensa, casi sonriendo, que se lo debería haber imaginado al ver la ropa que lleva puesta aquel hombre: es la misma ropa que ha visto en tantas malas películas en las que el mayordomo siempre acaba siendo el asesino.

— Hace una tarde de perros ¿eh?— dice el Hombre de Azul.

— Es de noche, señor— contesta El Sirviente, mirándole extrañado, con ojos claros bajo las inexistentes cejas.— Ha llegado el ocaso, la tarde pasó hace mucho tiempo.

El Hombre de Azul observa su reloj, asombrado, pero se ha parado a las cuatro de la tarde y las manecillas se mantienen inmóviles, dejando el curso del tiempo detenido indefinidamente.

— Juraría que no podían ser más de las cinco— dice, agitando el reloj y dándole cuerda, pero no es capaz de insuflar vida a las inertes agujas. Aquel elegante reloj dorado fue un regalo de El Viejo.

— Este reloj marcará con precisión las horas de tu vida, hijo mío— había dicho el anciano con su voz cascada abrazándole y besándole en la frente como hacía con sus propios hijos. De aquello hacía mucho tiempo. Él ya no es como un hijo para el gran hombre y el reloj ha dejado de marcar las horas de su vida. Quizá es un presagio, quizá sólo es una casualidad. Guarda el reloj en el bolsillo y meneando la cabeza, preocupado, observa el cielo, pero bajo la espesa capa de nubes, tan negras que parecen traer consigo el fin del mundo, es imposible saber en qué hora se encuentran caminando sus vidas. Sin duda que parece el cielo del ocaso más absoluto el que cubre con su manto de oscuridad aquella mansión.

— Se le habrá hecho el día corto conduciendo— comenta El Sirviente, observando a la pareja con preocupación, como si temiera que se desplomaran desfallecidos a sus pies.— Parecen cansados. Si me permiten decirlo, no tienen muy buen aspecto. Seguramente han tenido un día muy duro y perdieron la noción del tiempo. Pero no se preocupen— una sonrisa, tan encantadora como la de un niño, aparece en su extraño rostro sin vello.— En la casa podrán descansar y tomar un relajante baño caliente.

— ¡Oh! ¡Sería maravilloso!— exclama la muchacha y sus ojos brillan de felicidad, mientras imagina el agua caliente bañar su piel.

— Eso está hecho— afirma El Sirviente, sin dejar de sonreír. Abre la puerta que da al interior de la casa, hace un gesto claro para que la pareja entre y pasa detrás de ellos, cerrando la puerta a su espalda.

Los Enamorados cruzan el umbral de la mansión y ahogan una exclamación de asombro ante lo que sus ojos ven.

— Es maravillosa— comenta la muchacha, extasiada por la belleza de los muebles y cuadros que se encuentran en aquel amplísimo hall.

El mayordomo asiente ante el cumplido, disfrutando de la impresión que la casa ha causado en la muchacha.

— Ahora les acompañaré a las habitaciones y les prepararé ese baño por el que suspiran. Más tarde cenarán con los señores. Estamos esperando invitados.

— No queremos molestar— dice El Hombre de Azul, sonriendo con educación— Simplemente esperaremos a que pasé la tormenta y luego nos iremos. No hace falta que molestemos a los señores ni a sus invitados.

— No será ninguna molestia, caballero. A los señores les encantan las visitas. A sus invitados no les importará, en absoluto, que cenen ustedes con ellos. Por otra parte sería una descortesía terrible no invitarles a cenar cuando hay una fiesta. Conociendo a los señores se sentirían muy molestos si rehúsan la invitación.

— Por supuesto que no rehusamos— dice La Bailarina, diplomática.— Será un placer acudir a la cena.

— Esos invitados que esperan. ¿Cree usted que llegarán con este temporal?— pregunta El Hombre de Azul, no muy convencido.

— No tengo la menor duda, señor— responde El Sirviente, mientras abre la puerta de una maravillosa habitación.— Su dormitorio.

— ¡Magnífica!— exclama la muchacha, observando anonadada la habitación que es tan fascinante e hipnótica como el resto de la mansión. Está acostumbrada a vivir rodeada de lujos, pues El Viejo, no escatimaba nada para complacerla, pero aquella casa va más allá de nada de lo que ella hubiera visto.

— Su baño estará listo enseguida— indica el mayordomo antes de salir de la enorme habitación.— Se lo haré saber.


La destartalada furgoneta toma la curva a gran velocidad y las ruedas producen un molesto chirrido cuando el conductor frena de golpe, viendo que se van a salir de la carretera. Después de eso la furgoneta enfila la recta sin problemas.

— ¡Eres absolutamente idiota!— grita una joven rubia desde el asiento de atrás.— ¡Hemos estado a punto de matarnos hace cinco minutos y ahora a poco más nos sacas de la carretera!

— ¡Lo siento, vale!— dice el conductor, disminuyendo la marcha.— Ese maldito camionero, de antes, me ha puesto nervioso. No sé cómo hemos salido de esa. Lo vi encima. Nos echa de la carretera y el hijo puta no es capaz de parar el camión para ver como estábamos.

Son cinco jóvenes de vacaciones. Dos parejas y un amigo de los novios de las chicas, dispuestos a disfrutar de la vida, pero las cosas no les han demasiado bien hasta el momento. Los primeros días en la playa han sido muy aburridos y llenos de discusiones entre ellos. Ahora que empiezan a pasárselo bien, un camionero, seguramente borracho, se sale de su carril en una curva peligrosa y se les echa encima, a punto de aplastarles.

— Si quieres conduzco yo, por lo menos hasta que te tranquilices un poco— dice El Amigo desde el asiento trasero, donde se encuentra incomodo y agobiado, junto a la pareja que hace manitas. Cuando comenzó el viaje él también había tenido pareja, pero una discusión la primera noche, había roto su breve relación y comenzado a estropear las vacaciones de todos. Ahora se siente un estorbo para sus amigos.

— Nadie pone las manos en mi furgoneta, ¿recuerdas?— dice El Chino, mientras observa por el espejo retrovisor a su amigo, lanzándole una dura mirada de advertencia con unos ojos un poco rasgados que le han valido su apodo.

— Cualquiera diría que quieres más a la furgoneta que a tu chica— comenta El Rubio, apartando las manos del cuerpo de su novia, riendo a carcajadas.

— ¿Es eso cierto?— pregunta María desde el asiento con un gesto recriminatorio en los bonitos ojos castaños, bajo las gafas redondas de montura plateada.

— La furgoneta no me da lo que me das tú, cariño— argumenta El Chino, posando su mano en el bien formado muslo de María, un dedo por debajo de la tela de los pantalones cortos.

— Yo todavía no te he dado nada— dice María ceñuda, apartando la mano de su pierna con un poco de desprecio.

— Pues ya es hora, bonita— dice la chica del asiento de atrás, besando a su novio entre risas.

— Sí, ya es hora— repite El Chino, volviendo a posar la mano en el muslo y subiendo hacia arriba. Hacia zona peligrosa, pero María en el último momento detiene la mano, separándola, otra vez, de su cuerpo.

— Mira a la carretera— dice molesta.— Ya hemos tenido bastantes sustos, por hoy.

— ¡Eh, mirar a esa!— exclama la chica del asiento de atrás, señalando a una muchacha que camina junto a la carretera con pasos cansados. Va vestida de negro y lleva una gran mochila a la espalda, como un caracol llevando su casa a cuestas.

— ¡Para!— pide El Rubio.— Esto es muy aburrido. Una más podría hacerlo más divertido.

— Claro— dice su novia, dándole la razón como siempre.— A ver si vuestro amigo cambia esa cara de muermo que se le ha quedado, desde que se fue su chica y nos deja un poco en paz.

El Amigo no dice nada, pero mira con curiosidad a la muchacha. La chica que camina por la carretera vuelve la cabeza, al ver acercarse la furgoneta y detenerse junto a ella.

Es delgada y menuda, pero muy bonita. Tiene el pelo rubio y corto y la tez clara, los ojos grises y profundos. Sus labios, su mirada y sus movimientos son muy sensuales.

— ¿Hacía donde te diriges?— pregunta El Chino desde el asiento del conductor.

La Desconocida le mira durante unos segundos, en silencio, se quita la pesada mochila de la espalda, apoyándola en el suelo, y sonríe ladeando la cabeza un poco hacia la izquierda.

— Hacia allí— dice, señalando hacia el oeste con un gesto vago.— Hacia la puesta de sol.

— ¿Simplemente hacia la puesta de sol?— pregunta El Chino, observando las bonitas piernas de la muchacha sin mucho disimulo— ¿No vas a alguna parte en particular, guapa?

La muchacha se encoge de hombros y estira sus músculos, desperezándose, como un felino recién despertado.

— Simplemente camino hacia poniente— contesta La Desconocida, apoyando su grácil mano en la puerta de la furgoneta.— Hacia el ocaso. No me interesan los sitios particulares. Todos los lugares son iguales, para mí. Voy a todas partes sin hacer distinción. Hoy me he levantado con ganas de buscar la puesta de sol, nada más.

— ¿Quieres qué te llevemos?— pregunta El Rubio. Haciendo caso omiso del codazo de su novia, que ya no quiere que la muchacha entre en la furgoneta destartalada, sintiéndose amenazada por ella, como una leona que husmea la presencia de otra felina más fuerte en su territorio.

— ¿A dónde vais vosotros?— pregunta La Desconocida, volviendo a sonreír con una sonrisa casi hipnótica.

— A la puesta de sol— responde El Chino al instante.

— Sí. Me imaginaba que ese era vuestro camino— dice sonriendo una vez más La Desconocida.— Será un placer ser vuestra compañera un trecho del camino.

— Monta— sugiere El Amigo abriendo su puerta, tomando la mochila de la muchacha para echarla al maletero. La Desconocida se sienta a su lado, embriagándole con su maravilloso olor.

Luego se introducen en aquella estrecha carretera y el cielo se nubla de pronto, sin previo aviso. Las oscuras nubes comienzan a descargar toda su furia, en forma de nieve, sobre ellos, hasta que no les queda más remedio que detener la furgoneta, junto a un viejo coche parado en la cuneta, han llegado a Ocaso para terminar todo lo que han empezado, pues en Ocaso se encuentra el fin de todas las cosas.


La Bailarina siente el placer del agua caliente lamiendo toda su piel, en un baño tan relajante como un buen orgasmo. Escucha lejanos, a pesar de encontrarse en la habitación contigua, los pasos de su amado que camina, sin cesar, como una pantera enjaulada. Lleva días consumido por la tensión de ser perseguido por una sombra de la que no se puede escapar y a la que no se puede vencer. Es como tener una enfermedad sin posibilidad de curación, en la que a uno sólo le queda esperar la llegada del momento definitivo. La visita de la muerte. Piensa que si la muerte existiera tendría la mirada gris del sicario predilecto de El Viejo.

Pero los pensamientos de la muchacha en el perfumado baño de espuma se vuelven más halagüeños. Imagina, con una dulce sonrisa en los labios, que todo va salir bien, que el perro sabueso que husmea su pista la pierde definitivamente y que podrán ser felices, al menos por un tiempo, pues ni en sueños puede imaginar ser feliz durante mucho tiempo, ya que nunca lo ha sido. La felicidad es para ella como un extraño pájaro de vivos colores que vuela en una habitación y que, muy de vez en cuando, casi nunca en realidad, se posa en su mano para volar al instante de nuevo en libertad. De niña sólo recuerda ser feliz cuando su padre tuvo que irse a trabajar unos meses fuera de la pequeña ciudad donde vivían, pero cuando su padre regresó todo fue a peor. A mucho peor. El hombre bebió más que nunca y maltrató a su familia con extrema dureza y violencia.

Con los ojos cerrados, se gira chapoteando en la enorme bañera, intentando alejar aquellos malos pensamientos y ahogarlos en el agua caliente y perfumada con exquisitas sales aromáticas.

Abre los ojos, segura de haber alejado el horrible recuerdo de su padre de sus pensamientos.

Frente a ella se encuentra su madre, tendiéndole los brazos, mostrándole las muñecas sesgadas por un río de sangre. Toda el agua de la bañera es roja, como si el día de la matanza de otoño hubieran desangrado a un enorme cerdo en ella, clavando un agudo pincho en su cuello. Ella sabe que la sangre no es de cerdo. Lo sabe muy bien. Se está bañando en la sangre caliente que brota de las venas abiertas en las muñecas de su madre.

La muchacha grita de terror cuando el espectro avanza hacía ella, mostrándole las heridas por donde se escapó su vida diez años atrás. Intenta retroceder para que las manos arrugadas y viscosas no la toquen. Resbala sumergiéndose en el baño de sangre.

El Hombre de Azul tira de ella, que se debate desesperada para escapar de los brazos sanguinolentos del espectro de su madre, sacándola del agua. Ella solloza y se agita, cerca de la histeria, sin ver a su amado, envuelta en la espesa niebla que produce el miedo absoluto y los terribles recuerdos que se agolpan dolorosamente en su cabeza.

— ¿Qué es lo que ocurre?— pregunta él, envolviendo a la muchacha en una suave y perfumada toalla rosada, después de haberle susurrado dulces palabras, junto al oído, para calmar sus nervios. Seca suavemente su húmeda piel con la toalla y besa sus empapados cabellos para tranquilizarla.

Ella, por fin, relajada, sintiéndose protegida entre sus fuertes brazos, le cuenta lo que ha visto, dejándose acariciar por sus queridos dedos. Unos inseguros dedos de amante, unos firmes dedos de asesino.

— Estás cansada y excitada por la tensión. Hace días que no duermes bien. Te quedarías dormida y soñaste. En la situación en la que nos encontramos, nunca seguros de estar a salvo, temiendo siempre tener la muerte a la espalda, no es extraño que las pesadillas te acosen.

— Era tan real— comenta ella, todavía bastante tensa, con lágrimas en los enrojecidos ojos. Observa con miedo la amplia bañera, temiendo que el agua vuelva a teñirse de sangre.— Ella era una buena mujer. Era muy bella y jamás le hizo daño a nadie, me cantaba tonadas infantiles cuando me acostaba, tenía una bonita voz, era una mujer alegre, pero él mató esa felicidad y la transformó en desesperación a base de palizas e insultos, hasta que el espíritu alegre de mi madre no pudo soportarlo y decidió poner fin a su vida. Fui yo quien encontró el cadáver, flotando en la bañera, con los delgados y pálidos brazos extendidos y las muñecas abiertas en canal. Había sangre por todas partes.

— Debió ser terrible.— El asesino acuna a la muchacha contra su pecho.— Lamento que pasaras por eso. Lo lamento mucho.

— No lo sé. Creo que lo borré de mi mente. Es la primera vez que lo recuerdo en diez años. Sólo tenía ocho años. Supongo que los niños sólo seleccionan las cosas buenas. Debería haber sido algo que se repitiera en mis pesadillas, pero solamente he soñado sobre ella cosas buenas: como cuando me mandaba hacer las tareas de la casa y me ayudaba con cariño, cuando me contaba cuentos o cuando me enseñaba a bailar. Le encantaba bailar, me hice bailarina por ella ¿Por qué tendría que soñar ahora con algo que había borrado de mi mente?

— No lo sé— dice él llevándola al lecho y acostándola con ternura entre las delicadas sábanas.— Eso es algo que escapa a mi escasa sabiduría. Iré a buscar a ese mayordomo para ver si te puede traer una infusión o unos calmantes que hagan que te tranquilices; sigues temblando como un cervatillo asustado.

El Hombre de Azul se levanta y se dirige hacia la puerta, después de besarla una vez más para transmitirle su innata serenidad de hombre de nervios de acero, al que jamás le ha temblado el pulso.

— ¡No te vayas!— exclama ella, agarrándole del brazo para retenerle a su lado.— ¡Podría volver! ¡No me dejes sola!

— Tranquilízate. Sólo ha sido un mal sueño. Volveré en seguida. Con algo caliente que calme tus nervios. No te preocupes por nada.

Suelta suavemente el brazo que le retiene y le deja marchar, aunque la incertidumbre, la angustia y el miedo oprimen su respiración, como un puño cerrado sobre su corazón, estrujándolo.

El asesino abandona la habitación y desciende las escaleras de madera en busca del mayordomo, pero un extraño silencio bulle en toda la casa, como el sordo gemido de un corazón latiendo bajo la capa de silencio.

Llama en voz alta un par de veces, pero nadie contesta a su llamada. No hay nadie en la casa. Con una extrañeza creciente y un frío desasosiego, demasiado parecido al temor que escasas veces ha sentido antes, comienza a recorrer la mansión, llamando a todas las puertas. Después entra en las habitaciones en donde sólo habita el silencio y el olvido. Una sensación muy extraña de inquietud se apodera de él, que tantas situaciones de tensión ha superado sin pestañear. Hay algo que no encaja en aquella casa. Tiene esa sensación extraña desde que sus ojos se posaron en el mayordomo. Es como un profundo picor en la espalda, en un lugar donde no puede rascarse. En aquella mansión hay algo que le pone los pelos de punta y le ensordece los oídos con su profundo silencio. Regresa al salón principal y vuelve a subir las escaleras, pero entonces, para su sorpresa, el pasillo del piso de arriba ha cambiado. Ya no es el bonito pasillo de baldosas de mármol. Es un pasillo oscuro y pestilente que hiede a miseria y suciedad. Con una congoja creciente se percata de que él ya ha olido esa mezcla de olores antes. Él ya ha visto ese mugriento pasillo, con las paredes cubiertas de manchas de humedad. Él ha matado ya tras aquella puerta astillada de pintura de color impreciso. Sabe lo que va a encontrar cuando empuje la puerta, pero eso no le detiene. La puerta se abre con facilidad con un chirrido de sus viejas y oxidadas bisagras.

La niña, de largo cabello rubio, le observa con tristeza, los ojos amoratados y bañados de lágrimas, viste un bonito, pero sucio y gastado, vestido azul con lazos blancos, está tocando con dedos pálidos el agujero que hay en su vestido, en su tripa; las pequeñas manos se manchan de la sangre que mana del agujero. Pronto toda la parte delantera del vestidito se va humedeciendo y oscureciendo. La niña vuelve a posar los ojos en el asesino, sin comprender. Le enseña los dedos manchados de sangre y hace una simple pregunta.

— ¿Por qué?— inquiere en un susurro de su vocecita infantil, cuando llega el dolor a su cuerpo.— Hoy es mi cumpleaños.

En la vida real la niña murió en ese instante, pero en Ocaso el espectro de la niña mantiene su mirada fija en el asesino.

— Tú me mataste… tenía tantas cosas por hacer. Tú me quitaste mis sueños. Era mi cumpleaños, me habían regalado esta muñeca— la pequeña muestra una cursi muñeca de cabellos dorados, salpicados por gotas de sangre,— pero no pude jugar con ella. ¡Tú tienes la culpa!

La muñeca gira la cabeza de una forma antinatural hacia El Hombre de Azul, sus ojos de plástico clavan la mirada inanimada en el asesino, pero su mirada deja de ser inanimada. Un extraño y espeso líquido negruzco enturbia los ojos del juguete que llora lágrimas oscuras, parecidas al petróleo. Del estómago de la muñeca, en el mismo lugar en que una bala atravesó el cuerpo de la niña, comienza a brotar el mismo líquido empapando de negro el vestido de la muñeca, el líquido gotea sobre el suelo formando un charco espeso y viscoso.

Los ojos de la niña, al igual que los de la muñeca, comienzan a gotear líquido, pero en el caso de la niña son lágrimas de sangre, lágrimas de sangre que surcan su rostro amoratado por la muerte.

— No mereces ser feliz— dicen las bocas de la niña y de la muñeca, moviéndose a la vez de una forma extrañamente mecánica. Chorros de líquido negruzco salen entre los labios rosados de la muñeca, la niña vomita sangre a los pies de El Hombre de Azul, que continúa petrificado. Sus ojos se bañan de lágrimas.

La niña señala con su pequeño dedo índice el estómago del asesino. El hombre baja la mirada, enturbiada por las lágrimas, y ve brotar de su estómago el espeso líquido negro que desprende la muñeca. Lo toca sintiendo la helada viscosidad manchar sus dedos. El asesino cae de rodillas, indefenso, ante el espectro de la niña.

La pequeña sonríe con tristeza, posando su manita en el estómago del hombre, hurgando en el agujero con sus deditos, mientras brota sin dique el repugnante líquido viscoso.

— ¿Ves de lo que estás hecho? ¿Ves lo que hay en tu interior?... Lo que hay dentro de ti es oscuro y repulsivo. Nada bueno puede salir de ti. Debes morir antes de que ella se entere. Antes de que ella sufra algún daño producido por el mal que habita dentro de ti— susurra la niña con una voz ronca, para nada infantil.

El Hombre de Azul vomita un líquido espeso que inunda sus fosas nasales con el pestilente olor de la bilis. Por un momento siente los delicados dedos del espectro, acariciando sus despeinados cabellos, pero al alzar los ojos se da cuenta de que la niña ha desaparecido, dejándole solo con su culpa.

— ¡Vuelve!— grita desesperado.— Lo siento. ¡Vuelve! No tenías que estar muerta. Yo no te maté. Yo no apreté el gatillo. ¡Vuelve! ¡Por favor! Toma mi vida.

La Bailarina sale de la habitación alertada por los gritos. Encuentra a su amado tirado junto a su propio vómito, sollozando como un niño, se arrodilla junto a él y lo abraza, sujetando sus manos que tratan de apartarla.

— No intenté detenerle— dice él, abandonándose a las lágrimas.— Fue culpa mía. Podía haber intentado matarle en ese momento. Sabía que iba a matar a la niña. No dejar testigos es una de las directrices de El Viejo. Habíamos ejecutado en aquella habitación a dos hombres que habían traicionado a El Viejo. Esa niña no tenía que haber estado allí. Apareció de pronto. Yo tuve tiempo de evitar lo que sucedió, pero no hice nada. El Hombre de Gris disparo sin parpadear y continuó a lo suyo, dejándome allí, odiándome a mí mismo por no haber reaccionado. ¡Tienes que alejarte de mí! ¡Sólo hay oscuridad, dolor y muerte para los que se acercan a mí!

El asesino aparta a La Bailarina de un empujón para alejarla de él.

— ¿Qué está pasando?— pregunta ella, llorando también.

Él mira a la muchacha sin comprender. Ella vuelve acercarse a él y le abraza, cubriéndole de besos las mejillas bañadas de lágrimas.

— ¿Qué es lo que has visto? ¿Qué ocurre en esta maldita casa?

— No lo sé— contesta él, recobrándose un poco.— Pero tenemos que salir de aquí, si no queremos volvernos locos. Hay algo malo en esta casa. Es como si reflejara nuestros pensamientos más oscuros, nuestras perores experiencias y recuerdos transformándolos en siniestras pesadillas.

— ¿Y el mayordomo?— pregunta la muchacha, asustada.

— Nadie contesta en la casa. Salgamos de aquí.

— Pero, ¿qué haremos con la nieve?

El hombre se asoma a una ventana, mirando al exterior y se queda en silencio.

— ¿Qué ocurre?— inquiere La Bailarina, viendo la expresión de su rostro.

— No hay nieve— responde él, mientras se aparta de la ventana, dejando que ella miré.

La muchacha mira a través del cristal. El coche se encuentra frente a la casa donde debería estar, pero no hay rastro de la enorme nevada que cubría el automóvil.

— ¿Qué demonios está pasando aquí?— pregunta, pero él no contesta. No tiene respuesta. No cree que exista la respuesta.

— ¡Salgamos de este lugar!— dice finalmente. Saca el revólver de su bolsillo y comienza a bajar la escalera. Ella lo sigue, agarrando fuertemente su brazo.

Descienden al salón principal donde hay una mesa preparada ostentosamente para la cena. La muchacha cuenta nueve platos en la mesa alumbrada por magníficos candelabros de siete velas. El hombre sabe que hace escasos minutos no había nada en la enorme mesa de roble. No dice nada. Atraviesan el salón principal hacia el Hall. La puerta de madera negra está ante ellos cerrada como único obstáculo entre lo que hay dentro de la casa y el exterior. No parece un impedimento insalvable. El hombre baja el pulimentado picaporte y la puerta se abre suave y silenciosamente.

— ¡No puede ser!— exclama ella, tapándose el rostro con las manos, en un gesto de angustia.— ¡No es posible!

El Hombre de Azul parpadea varias veces, imperceptiblemente, para intentar borrar de sus ojos la imagen que se muestra tras la puerta.

Otro Hall exactamente idéntico a la sala en la que se encuentran se abre ante ellos. Es como mirar un espejo en el que todo se refleja salvo sus figuras. Corren hacia la siguiente puerta, entrando en la imagen del espejo, la abren y miran a través del vano, pero otro nuevo Hall se muestra ante ellos.

— ¿Dónde estamos?— pregunta la muchacha, aterrada.— ¿Qué ocurre con esta casa?

Él no puede responder a sus preguntas.

— La ventana— se limita a decir, observando el exterior a través del cristal. Coge una bonita silla de madera labrada, cuyo asiento es de terciopelo azul turquesa, y la lanza contra la ventana. El cristal se hace añicos con un ruido estrepitoso, pero las cosas no mejoran en absoluto, lo cierto es que empeoran. Esta vez no hay otra sala idéntica a la que se encuentran. Han dado con el exterior, pero no es el exterior que conocen. Han dado con las entrañas de Ocaso. Un lugar de oscuridad primigenia y asfixiante demasiado espesa y fría. Un lugar donde hay seres más oscuros que la propia obscuridad, que se mueven en busca de sus almas. Una puerta entre dos mundos.

— ¡Oh, Dios mío!— exclama La Bailarina, con los ojos fijos atados a la viscosa oscuridad. Todo lo que desea es volver la cabeza, apartar la vista de esa inmensidad sin forma donde sólo existe la maldad, pero Ocaso atrapa a la muchacha en su influjo. Los seres formados de caos que habitan en Ocaso comienzan a desplazarse entre miles de ensordecedores susurros sibilantes.

Finalmente el asesino reacciona, más acostumbrado a mirar la oscuridad del alma, frente a frente, de lo que muy pocos hombres puedan llegar a estarlo. Toma a la muchacha del brazo y corren alejándose de la ventana hacia el primer Hall. Cerrando la puerta tras de sí. Los entes formados de oscuridad primigenia que habitan Ocaso quedan fuera, ocupando todo lo que hay en el exterior de la mansión con su voraz oscuridad.

— ¡Jamás vamos a salir!— dice ella, derrumbándose, abandonándose al llanto y la desesperación. — ¿Por qué no has permitido que nos hicieran formar parte de ellos? Era lo único que querían. Hacernos oscuridad. No me parece tan malo. Es mucho mejor que lo que vamos a encontrar aquí dentro. Todo se hubiera acabado rápido y tú y yo hubiéramos vivido juntos eternamente, formando parte de eso, fuera lo que fuera. ¿No escuchaste sus promesas?

— No— miente él, tragando saliva. Había entendido bien las promesas de los susurros, pero él ya había vivido formando parte de la oscuridad de Ocaso. Toda su vida había llevado esa oscuridad en su interior. Ahora que un tenue rayo de luz, en forma de muchacha pelirroja, había inundado su interior, no pensaba volver a aquella oscuridad. No, si le era posible evitarlo. No, mientras tuviera fuerzas para buscar una salida.

— Pues yo sí que entendí sus susurros— dice ella.— Eran promesas de paz.

— Para volver a abrir esa puerta siempre hay tiempo, pero me gustaría primero encontrar a ese maldito mayordomo, bola de billar, y meterle la pistola por el culo antes de apretar el gatillo.

— No parece mala idea— asiente ella, tratando de sonreír, sin conseguirlo.— ¡Parecía tan amable! ¿Por qué nos habrá hecho esto?

Él vuelve a tomar su mano y la levanta con suavidad. Alzando la pistola con una media sonrisa. Dice:

— Encontrémosle y preguntémoselo.

— ¿Al sótano?— pregunta ella, observando con temor la pequeña escalera que desciende hacia el piso bajo.— No parece el lugar más apropiado. ¿Qué puede haber ahí abajo?

— Más oscuridad… quizá la salida. Debemos probar— dice él, comenzando a descender sin soltar la mano de su amada.


— ¿Y ahora qué hacemos?— pregunta María, observando con sus gafas, empañadas por la calefacción de la furgoneta, la nieve que cubre el lugar y la mansión que se alza junto a la carretera.

— Esto es Ocaso— informa La Desconocida, abriendo la puerta de la furgoneta y saltando, ágil como un gamo, sobre la nieve. Toma una bola de nieve y se la lanza juguetona a El Amigo, risueña como una niña pequeña — Debemos entrar. Os están esperando.

— ¿Ocaso?— inquiere El Chino, no muy convencido de dejar su furgoneta enterrada bajo la nieve.— ¿Qué significa eso?

La Desconocida se deja caer de espaldas y agita los brazos dibujando un ángel en la nieve.

— Me encanta la nieve— comenta, riendo musicalmente.— Es tan… tan blanca y pura. No hay maldad en ella. Bajad a jugar un rato en la nieve, os vendrá bien.

— ¿Qué es eso que has dicho de Ocaso? ¿Quién nos está esperando?— pregunta El Rubio, descendiendo de la furgoneta, enterrando sus pies bajo la capa de nieve hasta las rodillas.

— María convénceles para que vengan a jugar en la nieve conmigo, les va a encantar— pide, casi suplica, La Desconocida.

— ¡Responde a la pregunta!— exige El Chino, bajando de la furgoneta y colocándose junto a su amigo.

Ocaso es este lugar— responde, finalmente, la muchacha, con un mohín de disgusto, porque ninguno quiere jugar en la nieve con ella.— Un lugar que no debería existir, pero que existe.

— ¿Quién nos espera? ¿Y por qué nos espera alguien?

— Esas son buenas preguntas, chico— dice La Desconocida con tristeza.— En Ocaso encontraréis las respuestas. Ojalá hubieras querido jugar conmigo en la nieve, pero veo que ya es tarde para juegos. Debemos entrar en la mansión.

María alza la vista para observar la casa entre la incesante cortina de nieve, por un momento le parece ver dos sombrías figuras tras la ventana del piso superior. Siente un profundo temor, pero cuando La Desconocida avanza hacia la casa las sombras desaparecen, retrocediendo. En ese instante María puede sentir el pánico que embarga a esas sombras al advertir la presencia de La Desconocida. Un segundo después se reprende por tener imaginaciones tan estúpidas. No hay nada en la ventana ni nunca lo ha habido, cuando pasa junto a La Desconocida la muchacha le sonríe con afecto y quita los copos de nieve enredados en los rizos de María.

La puerta de Ocaso se abre y El Sirviente está en la puerta, esperándoles con su amplia sonrisa y sus ojos sin cejas ni pestañas.

— ¿Puedo ayudarles en algo?— pregunta desde la puerta.

Pronto están dentro de Ocaso y el sirviente cierra la puerta una vez que todos han entrado en la casa. Han llegado a su destino.


Al abrir la puerta del sótano se encuentran en una sala absolutamente oscura en la que no pueden ver nada, pero ésta es una oscuridad normal; la oscuridad de cualquier sótano de cualquier casa.

— No hay interruptor— índica él.

Regresan al gran salón y toman un candelabro de los que adornan la mesa preparada para la cena, preparada para la fiesta.

A la vacilante luz de las velas se internan en el sótano. Allí se encuentran gran número de cajas polvorientas apiladas, muebles antiguos y trastos olvidados. Al fondo del sótano se escucha un peculiar tintineó de acero contra piedra, como si algún objeto de metal se arrastrara por el suelo o por la pared. Cuando se van acercando escuchan débilmente un quedo quejido, similar a un llanto entrecortado. Algo se mueve cuando la luz alumbra el rincón. Unos pequeños, y extremadamente delgados, brazos sucios se alzan tapando el rostro de un niño, que oculta sus ojos de la luz, como si dañara sus pupilas acostumbradas a la oscuridad. El niño se acurruca en el oscuro rincón. Lleva ropas muy elegantes, pero andrajosas y sucias. Tiene la cabeza afeitada a trasquilones. El pequeño está encadenado a la pared por unos grilletes de pesado acero. No tendrá más de cinco años.


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