Excerpt for La Oscura Realidad - Crónicas del Contador de Historias - Primera Noche by , available in its entirety at Smashwords

LA OSCURA REALIDAD




ESTEBAN DÍAZ































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en el Art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de

multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización

reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente

en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada

en cualquier tipo de soporte.

© Esteban Díaz 2015


ÍNDICE


INTRODUCCIÓN

LA OSCURA REALIDAD

AMOR

LA CASA

INTERLUDIO

EL SECRETO DETRÁS DE LOS OJOS

INTERLUDIO

DESDE MI VENTANA

EL HOMBRE DE SUS SUEÑOS

ESPEJOS (REFLEJOS)

INTERLUDIO

EL DEMONIO DE LA LUJURIA

PIEL DE ÉBANO

DESHAUCIADO

EL VELATORIO DE JUAN PACHECO

UN PEQUEÑO HÉROE EN UN MUNDO DE SOMBRAS

INTERLUDIO

AQUÉL QUE OTORGA DON ES

INTERLUDIO

EL MONSTRUO QUE HABITA EN EL ARMARIO

SE COSECHA LO QUE SE SIEMBRA

VIEJOS PERGAMINOS, VIEJOS PECADOS

TÍTERE

XANA

UN CORAZÓN DE PIEDRA

INTERLUDIO

UNA HISTORIA SOBRE LA MUERTE

EPÍLOGO — UN PENIQUE POR TUS PENSAMIENTOS


INTRODUCCIÓN


Entrad. Dejad atrás la oscuridad que os acompaña, junto al barro de vuestras botas, en el felpudo de la puerta. Dejad también atrás las preguntas que os acosan. Esas preguntas ya no importan. No importa dónde estáis ni cómo habéis llegado a este bosque de hojas muertas, asolado por una extraña tormenta, en mitad de la noche. No importa quién soy yo ni, tampoco, por qué estoy aquí sentado en este viejo taburete, frente a vosotros, con una encantadora sonrisa en los labios y un antiguo y precioso laúd apoyado junto a mi pierna, y ésa, amigos míos, sí que es una gran historia, un cuento digno de ser contado, os lo aseguro. Esta noche nada de lo que recordéis, sepáis o creáis saber tiene ninguna importancia. Ahora lo único que importan son las palabras. Las palabras con las que se recuerdan los mitos, las leyendas y las canciones, dando forma a viejas y nuevas historias. La magia de las palabras, nada más… Las palabras lo son todo.

Tomad asiento cerca de la chimenea, calentar vuestros helados huesos, fuera hace una noche de perros. Estaba a punto de contar alguna que otra pequeña historia para entretener a estas buenas gentes que han llegado aquí, de la misma extraña manera que vosotros. Bien. Creo que ya estamos todos. No acudirá nadie más por esta noche. Podemos empezar. Probemos con un cuento de hadas:

El mundo era diferente entonces, en aquel tiempo aún se creía en las hadas, en las brujas y en que un duende podía agriar la leche fresca con su sola presencia o levantar, lascivo, las faldas a las mozas con un simple silbido y un chasquido de sus pequeños dedos, para mirar con lujuria las bien contorneadas piernas de las muchachas y atisbar, por un instante, sus secretos más ocultos. En aquella época aún había un poco de magia suelta por el mundo y bajo un arco iris, si se buscaba bien, todavía se podía encontrar un saco rebosante de monedas de oro recién acuñadas y un trol molestaba debajo de algún antiguo puente. Siempre había un hijo de viuda en busca de fortuna y el menor de siete hermanos estaba, desde su nacimiento, dispuesto para los grandes acontecimientos que le deparaba el destino…

Así podría empezar un bonito cuento de hadas, pero el problema es que no creo en los cuentos de hadas y las historias que voy a contaros esta noche, raramente terminarán como felices cuentos de hadas, al uso. Si comenzáis a recorrer este camino conmigo, no esperéis un final feliz, después de una emocionante aventura, pues la realidad de la que os voy a hablar durante esta velada suele mostrar lo peor del ser humano. Tomad mi mano, seguir el sombrío sendero por el que os guiaran mis palabras, acompañarme en este viaje en busca de la oscura realidad que aguarda oculta, entre una capa de mugre y suciedad, bajo el mito.

Cada historia tiene su momento, su punto exacto de cocción, por así decirlo, y éste no era el momento para la historia que había comenzado a contaros. Culpa mía. Demasiado pronto, quizá. Puede que más adelante os la cuente, cuando conozcáis un poco mejor la verdad de la que quiero hablaros esta noche. Por ahora empecemos por conocer una de las múltiples caras, de las miles de facetas que posee la oscura realidad. Comencemos despacio. Tomad mi mano. Entremos, pasito a pasito, en el sombrío camino que nos aguarda…


LA OSCURA REALIDAD


El camino es oscuro, pues las rotas y tristes farolas despiden una tenue sombra de luz, dando al callejón un aspecto siniestro, semejante a las fauces de un enorme monstruo, dispuesto a devorar a una incauta y despreocupada presa que se adentre, sin saberlo, en su territorio de caza.

El frío viento que agita, ferozmente, las ramas de los árboles, como si tuvieran vida propia, parece susurrar malas palabras en los asustados oídos de la niña. La pequeña regresa a casa desde la biblioteca, donde ha pasado toda la tarde leyendo cuentos de hadas. Fascinada por lo que han leído sus ojos, se le ha escapado el tiempo, volando, como sólo puede evaporarse el tiempo, atrapada la vista en las páginas de un buen libro. La temprana noche de invierno ha caído sobre ella, nada más abandonar la biblioteca, cubriéndola con su manto de sombras.

Ignorando el miedo que quiere escarbar en su pecho, para estrujar su inocente corazón y después correr sin dique por su piel, dando paso al pánico, la niña toma aliento, hace acopio de todo su valor, y atraviesa la oscuridad como una pequeña heroína, sin mirar atrás, pues, si mira atrás, estará perdida. Sabe, con absoluta certeza, que la oscuridad y lo que aguarda oculto en sus sombras, no perdonan a los que vuelven la mirada hacia su espalda.

Con un último esfuerzo, sintiendo los tenebrosos dedos del miedo acariciando su nuca, abre la puerta de casa y suspirando de alivio, deja tras ella al monstruo de sus fantasías, para encontrarse de frente con el monstruo de la realidad: su padrastro apestando a sudor rancio, odio, ira y alcohol barato, golpea a su madre, sin piedad, con un cinto de cuero negro. La niña, con un estremecimiento de horror, ve la pesada hebilla de hierro del cinturón manchada con la sangre de su madre. Escucha el sordo lamento de la mujer, que se mantiene encogida, acurrucada e indefensa, mientras implora piedad, sollozando a los pies de su maltratador, aferrada impotente a las piernas de su pareja, intentando, desesperadamente, detener los golpes que llueven sobre ella, con los brazos desnudos llenos de marcas sanguinolentas, pero es inútil, el cinto restalla, una y otra vez, contra su cuerpo con desgarradores chasquidos. La niña grita con rabia, ira y horror. El hombre alza la vista para mirar fijamente a la pequeña; en sus ojos la oscuridad lo cubre todo.


AMOR


La música inunda la habitación con dulces notas de calor, deseo y sensualidad. El anticuado tocadiscos hace vibrar la aguja sobre los surcos del viejo disco de vinilo, provocando que surja la magia. La voz desgarrada de una bella cantante, muerta largo tiempo atrás, canta canciones olvidadas en el idioma del amor.

Hay una lluvia de rosas rojas, esparcidas cuidadosamente sobre el lecho, dibujando con ternura un corazón, su penetrante fragancia invade la cabaña, construida a la orilla de un cristalino lago, situado en el lugar más profundo de un espeso bosque. Las finas copas de cristal, llenas de buen vino tinto, esperan sobre la mesa, donde humea una exquisita cena.

La tenue luz de las velas y el cálido resplandor, provocado por las juguetonas llamas de la chimenea, crean en las paredes una maravillosa danza de sombras, consiguiendo una iluminación adecuada para un tan especial momento, una reconfortante penumbra que invita a la intimidad, mientras por la ventana se puede ver la nieve caer soñolientamente en el exterior, cubriendo, poco a poco, el bosque de abetos, como una capa de azúcar, espolvoreada sobre un pastel, para terminar de crear el ambiente perfecto de una inolvidable velada de amor.

Es la noche romántica soñada, desde siempre, por el hombre: una dulce conversación junto a la cálida lumbre, un suave beso, hacer el amor, apasionadamente, con el objeto de todos sus deseos, tanto tiempo anhelado.


La mujer con amargas lágrimas en los ojos, las muñecas atadas al cabecero de la cama con una tira de seda roja, el labio roto y el sexo profanado, solloza después de la cruel violación, sin poder apartar la vista de la cruda amenaza del afilado acero que roza, helado, su cuello, dibujando una fina línea de sangre que se desliza como un río por su suave piel, tiñendo las blancas sábanas de rojo.


LA CASA


La casa estaba siempre llena de visitas: tíos, tías, primos, primas, primos segundos y primos terceros; vecinos pidiendo sal; vecinas cotilleando y criticando a otras vecinas que a su vez, con muy poca vergüenza y mucho descaro, las habían criticado minutos antes; el cartero que se quedaba a tomar el té, o un café bien cargado, antes de seguir su ronda, a poder ser con pastas con corazón de limón y una capita de semillas de sésamo espolvoreadas por encima; desconocidos que se presentaban de improviso a la hora de la cena y no se iban hasta después de haber degustado un buen desayuno con tostadas, mantequilla y la famosa mermelada de ciruela, que la tatarabuela Eustaquia preparaba al baño maría, con los dulces frutos del viejo ciruelo, que había en el jardín.

Además de las muchas visitas, por supuesto, había que contar también, con los múltiples habitantes habituales de la residencia, los variados animales de compañía y las fieras salvajes que poblaban la casa devorando a alguna despistada visita de vez en cuando; nada demasiado alarmante, pues las fieras tenían un gusto exquisito y sólo devoraban a las visitas indeseadas.

Tal abigarrada multitud provocaba que un tremendo jaleo invadiera siempre ese lugar a cualquier hora, ya fuera de día o de noche. Por lo tanto, aquel hogar estaba siempre lleno de voces y de risas, de llantos y de carcajadas, de ladridos y maullidos; del afinado canto del ruiseñor que vivía en lo alto del sauce llorón que reinaba, cual tirano, sobre los demás árboles del jardín y del completamente desafinado croar de las ranas del cristalino estanque. En lo concerniente al ruido es importante añadir que en los días de luna llena, poblaban la noche los aterradores aullidos del señor Valdemar, el hombre lobo que vivía de alquiler, a un precio muy asequible, todo hay que decirlo, en el pequeño pero confortable ático de la casa. Todos aquellos estridentes ruidos formaban un encantador bullicio, a no ser que se quisiera dormir, entonces podía ser muy desagradable tanto jaleo, pues lo cierto es que era muy difícil pegar ojo y dormir a pierna suelta con tanta variedad de ruidos, golpes, chillidos, cánticos, murmullos, graznidos y rugidos.

La casa, por si fuera poco, estaba llena de fantasmas. La mayoría de ellos, muy agradables y muy educados, aunque había un par bastante tenebrosos y uno, especialmente, con muy mal carácter, pero el peor espíritu con diferencia, sobre todo para conciliar el sueño, era un espectro anticuado que se empeñaba en ser un fantasma clásico, de libro, y se pasaba las noches arrastrando una pesada cadena de hierro oscuro, lamentándose con quejumbrosos susurros, bajo una impoluta sábana blanca, que había robado impunemente del cuarto de plancha.

En la casa existían puertas que llevaban a otros mundos, a otras realidades, aunque había que tener cuidado al cruzar bajo sus arcos, porque alguna puerta te llevaba a otros mundos, pero se negaba a traerte de vuelta. Por desgracia, así fue como perdieron al abuelo, que todavía debía de estar vagando por un mundo extraño en zapatillas de estar por casa y bata roja de guatiné, sin nada más que unos, no demasiado limpios, calzoncillos largos debajo de la vieja bata. Un atuendo muy poco formal y muy poco serio, para vagar por mundos desconocidos, en los que uno no sabe con quién puede encontrarse, ni a qué extraño lugar le pueden conducir los pasos de sus pantuflas rotas, si sigue el camino de baldosas amarillas.

La puerta del cuarto de baño solía dar, precisamente, al cuarto de baño, pero a veces daba a un centro comercial tan atestado de gente como lo están todos esos centros los días de Navidad, lo cual estaba muy bien cuando necesitabas ir de compras, pero cuando tus necesidades eran muy urgentes, era una faena bastante grande y te podía poner en situaciones muy embarazosas.

La bonita niña pelirroja, que había estado jugando en el patio, bajo la cortina de clara lluvia, chapoteando con sus doradas botas de agua, en los profundos charcos, intentando no hundirse en las profundidades del océano que conectaban el patio de la casa con el fondo de los siete mares, atravesó la puerta principal, saludó al perchero cantante que cuidaba la puerta de entrada y éste le devolvió el saludo, entonando una vieja canción romántica, bastante desafinada por cierto. Por lo visto no bastaba con ser un perchero cantante, para cantar bien, y la voz de este perchero en concreto era tan desagradable como el sonido de una pelea de gatos en un oscuro callejón a altas horas de la madrugada. Pero le ponía tanta pasión, tanto entusiasmo y tanto empeño, que a los habitantes de la casa les daba pena el pobre y dejaban que siguiera cantando por no romper sus sueños y no hacer añicos sus ilusiones. El sueño de cantar algún día en la escala de Milán y la ilusión de codearse de tú a tú con los grandes tenores del mundo. La pequeña dejó su brillante impermeable amarillo canario en el perchero, ahogando, así, un poco, los gañidos del artista frustrado. Entró en la acogedora cocina donde su madre, cucharón de madera en mano, cocinaba junto a la tatarabuela Eustaquia. La vieja de perfecto moño gris y delantal tan raído que parecía haber sido devorado por un roedor hambriento, llevaba muerta cien años, pero se negaba obstinadamente a reconocerlo. Y ni siquiera la propia Muerte que tuvo que dejar sus importantes asuntos a un lado, para llevarse a la anciana, pudo convencerla de que su sitio ya no era esa cocina. Y, por increíble que parezca, la Vieja Muerte, sintiéndose derrotada, se vio forzada a abandonar ante la inigualable testarudez de la que hacía gala la anciana, dándola por imposible. Por primera y única vez desde que el mundo es mundo la Muerte no cumplía con su cometido. La tatarabuela que en el fondo tenía buen corazón, viendo la tristeza y desesperación que había causado en la Vieja Muerte, le obsequió una deliciosa cazuela de arroz con leche, con sabor a canela y limón, para compensar las molestias causadas. Y la verdad es que ese regalo alivió bastante los pesares de la Vieja Muerte, pues jamás había probado nada tan dulce. Por lo tanto se marchó por la puerta por donde había entrado y cada año, el mismo día, invariablemente, acude a cumplir con su trabajo y llevarse a la anciana, allí a donde debería estar, sea donde sea ese lugar, pero la tatarabuela la espera con nuevos dulces y cada año la muerte vuelve a dejarla quedarse y se lleva un botín en forma de postres deliciosos a sus oscuras mansiones.

El olor maravilloso de las especias (albahaca, orégano, comino y clavo) que salía del fogón, inundó la nariz de la niña, e hizo rugir su estómago de hambre. Besó a su madre en la suave, aunque húmeda, mejilla y se sentó a la mesa ante el plato humeante que su madre le sirvió. Lo devoró, muerta de hambre, como si llevara una semana sin probar bocado.

Una vez terminó de cenar, se levantó, volvió a besar a su madre, ignorando los acuosos ojos y la mirada triste, como si no los hubiera visto y tomó una rosquilla recién hecha, que le tendió la tatarabuela. Llevaría cien años muerta, pero sus dulces, en la cualificada opinión de la niña, seguían siendo los mejores del mundo. Lástima que la anciana oliera a polvo viejo y a alcanfor, a habitaciones nunca ventiladas.

En el salón habló un momento con el duende del hogar, que cuidaba de la chimenea sudando la gota gorda. El pequeño duendecillo de orejas puntiagudas y encrespados cabellos de un rojo tan vivo que rivalizaba con el de las llamas de la hoguera, no paraba de quejarse con amargura, decía que odiaba el calor y que había elegido mal su trabajo, añoraba, sin conocerlos, la nieve y el frío. Siempre amenazaba con fugarse a la montaña, en busca de más frescos horizontes, pero nunca lo hacía, porque, en realidad, como la niña bien sabía, tenía miedo del exterior. Los duendes del hogar son gentes muy caseras.

Se sentó un rato junto al fuego para escuchar los cuentos que esa noche el Contador de Historias tenía reservados para ella. A la cálida luz de la lumbre, escuchó embelesada observando al Guardián de todos los Relatos con ojos como platos. Siempre tenía para ella historias de antiguos reinos, de guerreros y princesas, de trasgos y dragones, de luz y oscuridad, pues conocía su debilidad por tales cuentos.

Una vez terminado el relato de esa noche, dejó al Contador de Historias, observando las llamas, pensativo, como si de las mismas llamas surgieran nuevas historias que relatar, y fue a dar las buenas noches a su padre. Como le ocurría, durante el último año, cuando se enfrentaba con su progenitor, entró en el despacho con un nudo en el estómago y con ganas de llorar acumuladas bajo las largas pestañas que remarcaban sus dos preciosos y dispares ojos, uno verde como la hierba del jardín y el otro tan azul como la superficie de un inmenso mar en calma.

En el despacho, su padre serio y triste, alzó la apagada mirada de su trabajo por un segundo, miró a la niña con mal disimulada preocupación cuando ella lo besó en las descuidadas mejillas sin afeitar y le dio las buenas noches. El padre intentó sonreír sin conseguirlo y apurado volvió a sus aburridos papeles, fingiendo que estaba tan ocupado, que no podía perder ni un segundo más en atender a su hija, pero en cuanto la niña salió de la habitación, volvió a fijar la vista en un punto indeterminado de la pared y la dejó allí, perdido en sus oscuros pensamientos, sin prestar la más mínima atención a los papeles dispersos sobre la mesa.

Al salir del despacho, la gata gris se cruzó melosa entre los pies de la pequeña, quejándose de que en esa casa había de todo menos ratones y la vieja perra dorada, tumbada al sol, bajo la ventana, observó con un soñoliento ojo, entreabierto, a la gata pasar por su lado, y también se quejó amargamente, pero su queja fue diferente. La queja de la perra versaba sobre que lo que había en la casa eran demasiados gatos.

Tras tener que esperar una larga cola en el pasillo, pues bloqueando el paso hacia su habitación había una veintena de viajeros perdidos, que no encontraban su camino en la vida, llegó a la tranquilidad de su dormitorio, por fin, y cerró la puerta tras ella.

El terrible monstruo que vivía en el armario rugió intentando asustarla como cada noche, pero como cada noche no lo consiguió. La niña echó a la horrible bestia el último trozo que le quedaba de rosquilla y acarició la viscosa piel de su cabeza de reptil, a lo cual, el monstruo con gratitud ronroneó como un mimoso gatito.

Antes de dormir charló de chicos, un buen rato, con su hermana mayor y se hicieron cosquillas sobre la cama. Allí tuvo lugar la madre de todas las guerras de almohadas. Rieron y rieron, hasta que la niña quedó exhausta. Entonces, la hermana mayor, besó en la frente a la niña y se alejó en silencio, atravesando, etérea, la pared. La pobre muchacha había muerto el año anterior, tras una larga y cruel enfermedad, pero eso no le impedía cuidar de su hermanita pequeña y jugar con ella todo lo posible, como debía hacer una buena hermana mayor.


La niña había escuchado al viejo de bata blanca, espeso bigote, calva incipiente y ojos tristes, que le daba esas asquerosas pastillas que sabían a rayos, a coles y a acelgas, y con el que tenía que hablar cada día, durante una aburrida e interminable hora, donde el viejo entrometido no paraba de hacerle estúpidas preguntas, decirle a su padre que la tristeza por la muerte de su hermana, había trastornado profundamente su mente y se había refugiado en un mundo imaginario, alejándose de la realidad.

La niña pensaba, con aguda certeza, que el viejo estaba un poco loco, además de por el empeño de hacer una y otra vez preguntas sin sentido, sobre todo por sus continuas aseveraciones sobre el trauma que la muerte de su hermana había causado en su mente, pues ella no podía estar triste y trastornada por su hermana, ya que jugaban juntas cada noche, como antes de la enfermedad que la había postrado en la cama. Su hermana ahora estaba feliz y su aspecto era saludable. Ya no estaba triste, ni pálida, ni tosía sangre continuamente. No sufría terribles dolores, ni la embargaban crueles ataques de llanto y lágrimas de desesperación ¿En qué podía trastornarle eso?

¿Y si fuera cierto? ¿Si el viejo chiflado tuviera razón? ¿Si ese mundo imaginario, no fuera real? ¿Qué habría de malo en ello? Lo único que la niña quería era estar junto a su hermana, nada más. Acaso sería mejor una casa vacía que nunca recibiera visitas de ningún tipo, en la que no se escuchara el canto del ruiseñor al llegar el alba, porque el viejo sauce donde el pájaro cantor había vivido, hubiera sido talado para que sus padres no recordaran como su hermana se subía hasta lo alto, tan ágil como un monito de feria. Lo que había obligado al pequeño pájaro a buscar nuevos horizontes lejos de su hogar; sería mejor un lugar donde las ranas del estanque hubieran muerto al secarse la charca en la que vivían, pues ya nadie prestaba atención a su cuidado; una casa en la que el abuelo hubiera fallecido de un triste infarto mientras dormía la siesta; donde el único sonido que alterara la asfixiante tranquilidad de las noches fueran los cansados sollozos de su madre, por la hija perdida, por su añorada niña de cabellos rubios; un hogar vacío que ya no mereciera llamarse hogar, en el que por el día su padre se refugiara en el trabajo, sin salir de su despacho, y apenas articulara más de dos palabras seguidas del amanecer a la hora de la cena. Una casa completamente vacía. Sin risas. Donde no había sitio para la alegría. Sólo un frío vacío. Donde cenaba sola, comida recalentada, después de besar las mejillas húmedas de lágrimas de su madre, bajo la severa y adusta mirada de la vieja fotografía de tonos sepias de la tatarabuela Eustaquia, que la observaba con ojos sin vida, desde la pared de la cocina.

Durante la cena nadie le dirigía la palabra, pues los pensamientos de su madre estaban muy lejos de la cocina y de la cena, en su cabeza solo quedaba hueco para el vacío y la ausencia que había dejado su hermana al morir; una triste cocina donde nunca había postres, ni dulces; una sombría casa sin cantos, ni juegos, ni carcajadas, ni amor.

Un frío mundo donde su hermana no le besaba en la frente antes de dormirse, ni volvería a jugar con ella, jamás ¿En qué era mejor ese mundo que el suyo? Un mundo que había permitido la muerte de una niña buena y dulce de solo quince años, no podía ser un buen mundo. Si ésa era la realidad de los adultos, no le gustaba para nada, ni quería saber nada de ella. Prefería creer que su mundo era el real, un mundo lleno de magia y de luz. En realidad estaba segura de que lo era. Era un mundo mucho mejor. Una realidad mucho mejor. Ella tenía todo lo que quería en esa realidad. No necesitaba para nada ese mundo, que los adultos consideraban real, sin saber que pudiera ser, que fuera tan imaginado como el suyo.


INTERLUDIO


Pobre niña, que desgracia cuando la Vieja Muerte nos roza con su manto siendo tan jóvenes, llevándose a alguien querido, pero sobre todo, pobres de vosotros, si pensáis por un instante que la pequeña estaba loca o perturbada por la temprana muerte de su hermana, pues es en los ojos de los niños, donde se encuentra la autentica verdad. Ellos ven el mundo con una claridad cristalina que está vedada al resto de los mortales. Lástima que al crecer y madurar perdamos esa nítida visión de la vida y toda la magia desaparezca, sin dejar rastro, para dejarnos atados a una vida plagada de compromisos, responsabilidades, deudas y problemas que no nos dejan ver nada en absoluto, salvo la gris realidad que nos asfixia.

Esta noche hemos comenzado a recorrer un sinuoso camino juntos, vosotros y yo, y ahora llegamos al primer recodo tras los árboles, avancemos hasta ver donde nos conducen nuestros pasos. Adentrémonos, un poco más, en los misterios de esa oscura realidad que quiero que entendáis. Ahora os hablaré de los ciegos ojos y la ciega mirada de un artista obnubilado con su arte, de una manera tan obsesiva que le lleva a cruzar los límites de la cordura.


EL SECRETO DETRÁS DE LOS OJOS


Los celestes ojos, que me miran con tristeza desde el lienzo que habita en silencio el interior del cuadro, ocultan un secreto en su interior, un misterio, una duda, una trampa, una enfermedad del alma. No puedo dejar de mirarlos, me atraen como las ladinas palabras de un ilusionista, dejando el mundo exterior fuera, muy lejos de la dulce tristeza que desprende esa mirada.

El cuadro muestra a una bella mujer de piel canela y larga melena azabache que desciende como una cascada por la sinuosa piel de su espalda desnuda, hasta las gloriosas nalgas; la mujer está girada de medio lado, mirándome impúdica, mostrando la mitad de un pecho y un pezón erecto, insinuando la oscuridad sensual que aguarda entre la sombra de sus piernas. Pero, a pesar de la excelsa y turbadora belleza de la muchacha, mi atención está fija en sus ojos, intentando desentrañar, descifrar el secreto que guardan con tanto celo.

Finalmente tras largas horas, perdido, sin dar con el secreto, consigo con sumo esfuerzo desviar la vista de sus ojos. Por fin, aliviado, me doy cuenta de que no hay ningún secreto, ningún misterio, ninguna duda, ninguna trampa y la enfermedad del alma es sólo mía. Detrás del cuadro, el cuerpo desnudo de la mujer me mira, los ojos celestes sin vida, la sangre baña su sinuosa piel. Desde las amplias paredes me observan decenas de miradas de mujer, que guardan sus propios secretos, en lienzos que habitan cuadros de marcos de madera labrada de roble. El cuchillo se encuentra todavía ensangrentado, apoyado en la mesa junto al pincel y las pinturas.

Escucho ahora que mi mente ha regresado a la gris realidad, el sollozo desesperado de una dulce muchacha, encerrada en una jaula en el centro de la habitación, observo su bello cuerpo desnudo, sus cabellos cortos y pelirrojos. Me pierdo en sus ojos verdes, enrojecidos por las lágrimas. Estoy seguro de que esos dulces ojos guardan un secreto oculto en su interior. Me fascinan. Me subyugan. Me atrapan. He de descubrir el secreto que habita detrás de sus ojos. Tomo el afilado acero y me dispongo a comenzar una nueva obra de arte.


INTERLUDIO


Triste es cuando una pasión nos ciega por completo y no nos deja ver la belleza de la vida y el mundo que nos rodea, llevándonos a perder el buen juicio y la cordura, atrapados por la obsesión. El protagonista de nuestra siguiente historia, también siente fascinación por lo que se muestra ante sus ojos, pero su mirada está impregnada de una profunda tristeza, al mismo tiempo que de un intenso amor por la vida que puede verse pasar por delante de su ventana, de cualquier ventana.

También desde vuestra ventana.


DESDE MI VENTANA


La sombría mansión vigila el discurrir de la calle desde lo alto de la colina, semejante a un viejo y malvado cuervo negro, que acechara desde la copa de un ciprés de cementerio, a las despreocupas lombrices surgidas de la húmeda tierra, después de una fresca tormenta de verano.

Oculto, tras la añeja cortina de encaje gris que cubre los oscuros ventanales, observo, atentamente, la alegre vida pasar por la esquina de mi calle. Niños, como yo, juegan a perseguirse entre risas y jadeos. Niños que retozan en un charco de barro, cubierto por hojas perdidas del otoño, despreocupados como sólo los niños pueden. Saltan, gritan, aplauden, ríen, lloran, se pelean, se abrazan, juegan, viven.

Desde el otro lado de la verja, los niños observan, con cierto temor reverencial, la mansión que cubre con sus sombras el lúgubre jardín abandonado. Leo en sus vivaces ojos un intenso deseo de aventuras, de explorar lo inexplorado y vencer el miedo, entrar en la casa y recorrer sus misteriosas salas. Espero, por su bien, que no lo hagan, pues los habitantes de la casa no son cordiales y temo por los niños. Por suerte el deseo que baña sus ojos desaparece pronto, vencido por la capa de miedo que envuelve la mansión como una patina de pestilencia, de vieja putrefacción, como el fétido aliento de una tumba recién abierta.

Extasiado, percibo el viento danzar con las doradas hojas en un baile perfecto, sublime, que nadie se detiene a apreciar, ajenos a la belleza que se muestra ante sus ojos, arrastrados por la importancia de sus propias vidas, ciegos a todo menos a sí mismos, a sus propias cuitas. Deseo bailar entre las hojas, sintiendo la grácil caricia del viento en el rostro y el suave barro en los dedos de los pies desnudos.

Detrás de la cortina, observo a una preciosa niña rubia besar dulcemente los labios de su primer amor, abrazados con infinita ternura, sobre un viejo banco de madera. Tras el sucio cristal envidio la dulce sensación de un primer beso que yo nunca conoceré. Imagino el cosquilleo en los labios, el retumbar de mi corazón acelerado, amenazando con quebrar mi pecho, la sensación de estar volando con los pies en la tierra. ¡Un primer beso! ¿Qué puede haber comparable con eso? Suspiro. Y en ese suspiro vuelan las almas de todos los besos que no pude dar. Mis besos perdidos.

Desde mi ventana deseo poder hacer todas las cosas con las que siempre he soñado, pero, por desgracia, los fantasmas no podemos vivir la vida, nos conformamos con verla pasar, lentamente, entre la niebla.


EL HOMBRE DE SUS SUEÑOS


Como cada noche el extraño entró en sus sueños y el corazón le dio un vuelco de alegría, pues desde el momento en que abría los ojos a la luz de la mañana, deseaba la llegada de ese instante en la noche en que el sueño le alcanzara, haciendo desaparecer la realidad del duro día. Como cada noche se amaron en sueños. Como cada noche, al cerrar los ojos, entraba en el mundo al que pertenecía el extraño, era su huésped, su compañera, su amante. Él le mostraba una parte de ese mundo y ella se dejaba llevar de su cálida mano, recorriendo las vastas llanuras de ese sueño, pues, sólo en sueños podían estar juntos. En el mundo de los sueños ella se sentía libre como jamás lo había sido, por fin podía olvidar las humillaciones, las vejaciones y los golpes.

Mientras paseaban él vio el infinito dolor que latía en el pecho de la mujer, la tristeza absoluta y el vacío que anidaba en su corazón, donde apenas quedaba un hueco para una chispa de luz. Percibió la cercanía de la Vieja Muerte rondando de cerca a la mujer, si no escapaba de esa vida. Tuvo una visión clara y certera de lo que iba a suceder: un día el esposo borracho y tambaleante llega a la casa, intenta desnudarla y hacer el amor con ella, pero la mujer se niega, asqueada y harta de malos tratos, abusos y vejaciones, él furibundo golpea a su esposa con un fuerte revés de la enorme mano, rompe su bonito vestido negro, desgarrándolo por completo, arranca sus bragas, intenta violarla, pero su insignificante pene se mantiene flácido y arrugado, no le responde. Ella se ríe de él y se burla con desprecio, con la fuerza del odio acumulado, bajo la piel, con cada golpe recibido a lo largo de los años de tortura. El hombre golpea con saña, sin control, invadido por una ira ardiente y ciega. Golpea hasta que ella no es más que un amasijo de carne desgarrada y huesos destrozados. Una vez que termina de golpearla, excitado por la violencia de sus actos, su polla responde, por fin, se masturba sobre el cuerpo moribundo de la mujer, sintiéndose poderoso. Maldito desgraciado.

El hombre de sus sueños tiende una mano para calmar con su contacto el profundo dolor que vive dentro de ella, dice:

— Sólo soy un sueño. Tu sueño. Un sueño al que has dado forma y vida con el amor que hay dentro de ti. Sólo soy un sueño, pero te amo. Si me lo pides, lo haré

Ella asintió.

Despertó sobresaltada. En la cama, dormido junto a ella, su marido sufría una brutal pesadilla, los terrores más profundos invadieron de oscuridad la mente del hombre, tal fue la intensidad del miedo, que lo devoró hasta quebrar su corazón.

No habría más golpes, ni más insultos, ni más vejaciones.


ESPEJOS (REFLEJOS)


La mujer madura de piel gastada y áspera y alma cansada, se mira en el espejo. La muchacha joven de piel suave y sonrosada y espíritu alegre, le devuelve la mirada desde el reflejo.

Los ojos de la mujer madura son azules, pero, no brillan sobre las ojeras plomizas que los enmarcan. Los ojos de la muchacha son añiles destellos del cielo y sus pómulos son de carne fresca y lozana.

La boca de la mujer madura es una línea gris, que ha olvidado el don de la risa. Los labios de la muchacha son una turgencia roja, que no conocen nada más que el placer de la carcajada.

El cabello de la mujer madura es escaso y sin brillo, del color de la ceniza que cubre un bosque tras ser arrasado por las llamas. El pelo de la muchacha es frondoso y brillante,  de un bello tono dorado como el del trigo en la época de la cosecha.

Los senos  caídos de la mujer madura son marchitas flores ajadas cuyos secos pétalos caen sin vida a la tierra, mientras que los firmes pechos de la muchacha son primaverales rosas rojas por recolectar.

La mujer madura temblorosa, pregunta:

— ¿Quién eres?— La voz de la mujer  es cansada y hueca.

La muchacha sorprendida; responde:

— Soy tú. — La voz de la chica es vivaz y fuerte.

La mujer madura pasa nerviosamente su lengua por la reseca boca.

La muchacha desliza sensualmente la lengua por los húmedos labios.

— Sí. Te recuerdo— dice la mujer madura, llorando.

— Claro. No puedes olvidarme— afirma la muchacha, sonriendo.

La mujer madura se lleva las arrugadas  manos a la cabeza, en un gesto de desesperación.

La muchacha pasa sus esbeltos dedos por  el cabello, con un ademán de coquetería.

 

La mirada de la muchacha atraviesa el espejo y observa a la mujer madura con una cierta pena, por la crueldad del paso del tiempo.

Los ojos de la mujer madura cruzan al otro lado del cristal y miran a la muchacha con un resquicio de envidia, por la añoranza de los tiempos pasados.

— ¿Qué has hecho conmigo?— pregunta la muchacha incrédula, buscándose en la sombra que la mira desde el otro lado del espejo.

— Te perdiste hace tiempo— responde la mujer madura triste, intentando reconocerse en la luminosa imagen que refleja el cristal.

— ¿Qué hiciste de mis sueños?— inquiere la niña rubia.

— Hice de ellos mis pesadillas—  responde la mujer encanecida.

— ¿Qué recuerdas de mis amores?

— Nada recuerdo de ningún amor.

— ¿Por qué?— pregunta la muchacha. Una arruga encantadora se forma en su frente entre las cejas,  dándole un aspecto triste e inocente. Es la marca de la ingenuidad.

— ¡No lo sé!— contesta la mujer. Una estría desagradable surca su entrecejo, provocándole un gesto agrio y desconsolado. Es el estigma de la soledad.

— Te casaste con un hombre al que no amabas solamente por su dinero. Ahora tienes dinero, pero no tienes la vida. ¡Eres infeliz! Tu marido te ha maltratado y te ha humillado. Para él sólo eras un cuerpo bonito del que presumir ante sus amigos, pero hace años que estas ajada y marchita, rodeada de tu infelicidad. Ahora él te tiene olvidada y se acuesta con otras mujeres de piel suave, para no tener que tocar tus asperezas, ni tener que ver de cerca tus arrugas. Es en estos momentos cuando te das cuenta de lo que has hecho con tu vida. De lo equivocada que estabas. De lo mucho que te arrepientes de los pasos dados…

— ¡Por favor, déjame en paz!— grita la mujer madura.

— ¡Lo siento, no puedo hacerlo!— exclama la muchacha.

— ¿Qué es lo que quieres de mí?— pregunta la mujer. Ríos de lágrimas nacen en sus ojos y descienden por sus pálidas y arrugadas mejillas.

— Nada más te quiero a ti— responde la muchacha. Una solitaria lágrima brota de su mirada y cae por su mejilla tersa y sonrosada.

— ¡No!— grita la mujer madura con desesperación.

— ¡Sí!— exclama la muchacha con tristeza.

La mujer madura lanza un frasco de exquisito perfume, extremadamente caro, comprado en la mejor perfumería de París, contra el espejo; el cristal salta hecho añicos, devolviendo una terrible imagen deformada de la muchacha.

— No debiste romper el espejo. ¡Ya no podrás controlar lo que refleja!— susurra la sombra que habita al otro lado del espejo, pero la imagen reflejada entre los fragmentos de cristal, ya no es la bella y lozana imagen de la muchacha; es la imagen de un cadáver descompuesto, plagado de gusanos; un cadáver de ojos blancos y húmedos como los del pescado muerto. Es el cadáver de la mujer madura, es el cadáver de la muchacha. Un cadáver que sangra abundantemente por las muñecas rajadas.

El cadáver tiende la mano hacia el espejo.  La mujer madura siente el pánico recorrer cada punto de su cuerpo desnudo. La mano descarnada atraviesa el cristal, como si se tratara de una pared de agua y se mueve, lentamente, hacia el rostro paralizado por el horror de la mujer madura.

La mujer reacciona finalmente y corre fuera del cuarto de baño, del cuarto del espejo, huyendo de su reflejo. Percibe la fría presencia salida del espejo, caminando tras ella. Perseguida por sí misma no tiene donde esconderse; no puede escapar de su propia imagen. Siente una terrible desesperación en el centro de su estómago. 

Corre por el amplio pasillo de la mansión, desciende las escaleras medio de pie, medio rodando, arrastrándose. Finalmente cae en el rellano del primer piso, lastimándose las ásperas rodillas; se vuelve, nerviosa, sintiendo la muerte a su espalda, descendiendo las escaleras, pero nada hay tras ella. Sólo le parece ver una sombra difusa, aguardando en la oscuridad del piso superior.

Jadeando por los nervios y el miedo, siente su vejiga a punto de estallar. Un viento frío, antinatural, proveniente del piso de arriba recorre su cuerpo desnudo, poniéndole la carne de gallina, haciéndole tiritar. Lo que se encuentra allí arriba está quieto, observando pacientemente. Tiene todo el tiempo del mundo a su favor. Nadie puede escapar de sí mismo, de sus actos, de sus mentiras, de sus decisiones erróneas, de su pasado, de la verdad que se esconde en su corazón, de su futuro…del futuro que pudo ser y no fue. Nadie puede escapar. En ese instante, con la muerte llamando a su puerta, recuerda su vida en un segundo y ve los caminos no tomados. Ve las bifurcaciones que hubieran conducido su vida a la felicidad, pero es demasiado tarde. Tomó el camino más fácil. Un camino sin retorno que la condujo directa a la soledad, la tristeza, el vacío y la muerte…

La mujer desde el lugar donde está vigilando la escalera, echa un rápido vistazo a la puerta de la casa; la salvación está más allá del largo pasillo en el que se encuentra. Es un pasillo de suelo de mármol gris; largo y estrecho. Tan largo que parece interminable, tan interminable que quizá no tenga fin.

Un último vistazo a la escalera y se lanza a la carrera, atravesando el oscuro y estrecho pasillo. Por un momento le parece que el corredor se alarga indefinidamente, según va corriendo, dando veracidad a los desvaríos provocados por el terror, que le hacen pensar que el pasillo es infinito. Pero finalmente llega hasta la puerta y comienza a descorrer los cerrojos dorados, que le separan de la calle, de la salvación. Unos cerrojos bañados en oro, cuyo fin es proteger el interior del exterior; ahora su función es la contraria.

Percibe un movimiento a un paso de ella, a su derecha; sus asustados ojos vagan hacia allí. Su imagen mira desde el pequeño espejo del recibidor. Un reflejo. Ella misma ha sido la causante del movimiento, que le ha asustado. Descorre el último cerrojo con dedos temblorosos. Una mano pálida y fría surge del espejo del recibidor y agarra con sus helados dedos el brazo de la mujer madura. La mujer grita, sintiendo la quemazón helada en su muñeca. Una fuerza irresistible atrae su cuerpo hacia el espejo, ignorando sus gritos y llantos de desesperación y terror. Ve su cadáver en el espejo, tirando de ella, siente el agudo dolor que le produce el corte del cristal en la carne al romperse el espejo,  y luego todo es oscuridad. Oscuridad y paz. La paz de un ajuste de cuentas consigo misma. Siente el hormigueo en las muñecas y el ruido del goteo constante repiqueteando en el suelo.

Finalmente la mujer madura muere y una pequeña sonrisa de triunfo surge en su rostro, como una luz que iluminara una habitación oscura al apartar una pesada cortina. Una sonrisa que recuerda débilmente a aquella muchacha alegre llena de maravillosos sueños, la muchacha que ella fue hacía tanto tiempo.

 

El esposo, un hombre maduro de cabello plateado y gesto severo, regresa a casa. No puede decir que regrese a un dulce hogar, pues el amor y la felicidad desaparecieron, hace tiempo, de esa mansión, si es que alguna vez estuvieron presentes allí, y se da cuenta de que cada vez hay más vacío y más espacio hueco dentro de la casa, por mucho que lo llene de cosas pagadas con una tarjeta de plástico de color dorado.

Tras abrir la puerta se encuentra todos los espejos de la mansión rotos. En el baño del piso superior su esposa se ha cortado las venas frente al espejo y yace muerta y fría, desnuda e indefensa. La sangre que brota de los finos cortes que hay en las muñecas de la mujer baña el suelo, mojando los fragmentos del espejo roto, tiñéndolos de rojo. El hombre maduro ve su reflejo en un trozo de espejo fragmentado, mancillado por la sangre de su mujer, que devuelve al hombre la imagen  carmesí de su rostro desfigurado y ese rostro  produce en el hombre un profundo terror en su interior…


INTERLUDIO


El miedo al discurrir del tiempo, a la vejez, a la pérdida de la juventud o quizá de la belleza y, por consiguiente, del poder que este don otorga, pocas cosas asustan más a una mujer que eso. Os he hablado de algunos asuntos terroríficos durante esta noche, pero los miedos más profundos, más inquietantes, pueden ser más reales y cotidianos de lo que pensáis y no tienen nada de extraño o de oscuro. Por ejemplo el miedo a ver corrompida la inocencia, escasas cosas hay más dolorosas que una niña inocente en manos de un monstruo con el demonio de la lujuria dentro, pero ese monstruo y ese demonio son exclusivamente humanos, no tienen nada de sobrenatural, y pueden encontrase ocultos bajo la amable sonrisa y la actitud bondadosa de cualquier hombre.


EL DEMONIO DE LA LUJURIA


La pequeña Lucia correteaba, sonriente, por el patio trasero de su casa, jugando a cazar mariposas, agitando, arriba y abajo, la red del cazamariposas, bajo el inclemente sol de agosto que asolaba, desde los azules cielos, su pálida piel, bien protegida por una aceitosa crema solar, provista de alto factor de protección contra el efecto perjudicial de los rayos solares. Sus rizos rubios caían juguetones sobre sus hombros.

La niña de siete años vio al hombre mirándola desde el otro lado de la verja. Lo conocía. No era la primera vez que lo veía. En las últimas semanas, desde el comienzo de las vacaciones de verano, sus pasos se habían cruzado varias veces, aquí y allá. Siempre se había mostrado muy amable, con una maravillosa sonrisa en su boca de dientes perfectos, sonrisa de anuncio de dentífrico, comentaba su madre, cuando veía a alguien mostrando una brillante sonrisa como la de aquel hombre.

Un día en el parque el hombre le había devuelto una pelota rosa, cuando se le había escapado después de un mal bote y había caído rodando justo hacia sus lustrosos zapatos. El hombre le había devuelto la pelota, con un guiño y una sonrisa, para después desaparecer entre los frondosos árboles del parque.

Una mañana de domingo aquel hombre se había sentado a su lado en el banco de la iglesia, mientras el sacerdote daba su aburridísimo sermón y la pequeña Lucía soñaba con estar lejos de aquellas palabras que no entendía, lejos del olor a incienso y humedad de la iglesia, jugando al aire libre con sus amiguitos. Durante todo el tiempo que duró la misa el hombre estuvo rezando con gran devoción. Cuando el hombre se levantó para marcharse rozó, por descuido, la pierna de Lucia, que vestía unos bonitos pantalones cortos, de color blanco, con bordes oscuros, muy elegantes, que le gustaban especialmente. La niña percibió el húmedo tacto de la mano del hombre en su piel desnuda y sintió un extraño escalofrío de repulsión, pero como justo, en ese momento, se acababa la misa y podía ir al parque a jugar con sus amigos, se olvidó al instante de aquella extraña sensación.

El día anterior por la tarde, cuando la tía de Lucia había llevado a la niña al cine para ver una película de animación, de las que tanto le gustaban, sus pasos se habían vuelto a cruzar con los del hombre, que estaba paseando delante de la casa de Lucia con un precioso cachorrito. La pequeña que adoraba los anímales corrió a acariciar al perro. Muy educada pidió permiso para hacerlo y el hombre de la sonrisa de anuncio de pasta de dientes asintió, amable, comentado que el perro era muy cariñoso y le encantaban las caricias y los achuchones. Mientras la niña acariciaba al cachorro, su tía charló, vagamente, del tiempo con aquel hombre, por lo visto, ambos pensaban que iba a caer una buena tormenta debido al bochornoso calor, asfixiante, que los acosaba aquella tarde. Lucia disfrutó del suave y esponjoso pelaje del perrito, como el de un oso de peluche, y de su lengua juguetona, pues, como todos los cachorros, el perrito adoraba dar besos y lametones. Después de un par de minutos su tía comentó que se les hacia tarde para ir al cine y la película iba a empezar, por lo tanto se despidió con educación del desconocido y se fueron a ver la película. La película fue maravillosa, había princesa y príncipe, besos, bailes y canciones, y una rana que hablaba, que más se podía pedir.

— Hola, Lucia— saludó el hombre con voz suave y educada, desde el otro lado de la verja que protegía el patio trasero de su casa del exterior.

— Hola— respondió la niña, acercándose, remolona, a la verja con curiosidad, para ver si el perrito se encontraba jugando junto al hombre.

— Hace calor, eh— afirmó el hombre, limpiándose con un pulcro pañuelo el sudor de la frente.

— Mucho— asintió la niña, llevándose una profunda desilusión, al ver que el perro no se encontraba allí.

— ¿A qué jugabas, Lucia?— preguntó el hombre de la sonrisa radiante como si conociera a la pequeña de toda la vida.

— Cazaba mariposas— respondió la niña, rascándose el brazo, allí donde un maldito mosquito había succionado su sangre la noche anterior.— Pero se me escapan todas. ¡Me encantan las mariposas!

— Son muy bonitas, tienen muchos colores— asintió el hombre, echando una fugaz mirada a la puerta trasera de la casa, que daba al patio. Desde allí se podía escuchar a la madre de Lucia, discutiendo por el teléfono de la casa sobre algún asunto de trabajo.

— ¿Dónde está el perrito?— preguntó la niña, formulando la pregunta que aquel depredador estaba esperando.

— Está allí, en mi coche— el hombre señaló una elegante furgoneta negra que estaba aparcada al otro lado de la acera. — ¿Quieres verlo?

— ¡Siiii!— exclamó la niña. Sus ojos verdes brillaron con intensidad y una jovial alegría.

— Ven conmigo, te lo mostraré— dijo el hombre con absoluta naturalidad, soltando el anzuelo y el sedal, dirigiéndose, sin mirar atrás, hacia la furgoneta, sin dar importancia al hecho de que Lucia tuviera que abrir la verja y abandonar su casa para seguirle. La niña vio como el hombre se alejaba y se introducía en el vehículo. Vio desde donde se encontraba como el hombre le mostraba el precioso cachorrito detrás de la ventanilla del conductor. El cachorro pasó su lengua por el cristal llenándolo de babas y pegó su negro hocico contra la ventanilla, mirando a Lucia fijamente. Ladrándola, provocador, ansioso por jugar con ella. Sin duda había reconocido a la niña y recordaba las caricias de la tarde anterior.

Lucia echó una mirada atrás, su mami seguía con su eterna discusión telefónica en el interior de la casa. Dudó un instante, pero la tentación de acariciar al cachorro fue demasiado grande. Demasiado fuerte.

A pesar de tener prohibido, terminantemente, hablar con desconocidos, ni aceptar nada de un extraño, pensó que después de todo, aunque no sabía quién era aquel hombre, no era un desconocido, había estado hablando con su tía, le había devuelto la pelota en el parque, lo había visto comprando el pan y pasteles en la panadería del barrio y el periódico en el quiosco de la esquina, donde Lucia compraba sus cromos de princesas; además el hombre iba a su iglesia cada domingo y rezaba mucho, por lo tanto no podía ser malo. Abrió la puerta del patio y corrió hacia el cachorro.

Cuando la madre de Lucia terminó su conversación telefónica, dos minutos más tarde, no había rastro de la niña, ni de la furgoneta, ni del cachorro.


Alma, la pecosa niña de nueve años de brillante cabello pelirrojo, seguía al cachorrito entre los arbustos, alejándose un poco del banco del parque donde su madre charlaba, ensimismada, con las madres de sus otros amigos, hablando de cremas y cosméticos como si no hubiera nada más en el mundo. El cachorrito, el mismo perro al que había estado acariciando la tarde anterior, llegó hasta los pies de su dueño, unos pies embutidos en unos lustrosos zapatos marrones. Zapatos que pertenecían a aquel hombre, amable y sonriente, que llevaba viendo, aquí y allí, durante las últimas semanas, por todos los lados. Cuando Alma se acercó él llamó a la niña por su nombre como si la conociera de toda la vida. Un segundo después le puso un paño húmedo en la boca. El trapo olía a rayos y a medicinas, todo se volvió negro muy rápidamente, sin apenas dar tiempo a la niña a patalear un poco entre los fuertes brazos de su agresor.

Cuando Alma despertó se encontraba en una habitación oscura, fría, desconocida, que apestaba a polvo y a humedad. Se encontraba mareada y aturdida, con la boca seca y pastosa.

— ¡Mamá!— llamó asustada, con un gemido lastimoso, pero nadie respondió a su llamada.

Repitió su llamada varias veces, teniendo sólo el silencio por respuesta. La niña rompió a llorar aterrorizada.

Al principio había pensado que se encontraba sola en la habitación, pero al cabo de un rato de forzar sus ojos en la oscuridad, vio a otra niña en un sombrío rincón. Era una niña muy pálida que miraba a Alma fijamente, con unos ojos muy tristes. La niña envuelta en las sombras, se llevó el dedo a los labios, indicando a Alma que guardara silencio y después señaló, lentamente, con su dedito hacia la puerta, entonces Alma escuchó los pesados pasos que procedían de detrás de la puerta y tuvo mucho, mucho miedo.

La puerta se abrió de golpe, dejando paso al hombre de la sonrisa amable, el dueño del cachorrito. Ya no quedaba en la mueca tenebrosa que cubría su rostro nada de aquella brillante sonrisa que había lucido como una máscara de carnaval en la calle. Alma sintió un temblor frío que recorrió su cuerpo, como un relámpago y un profundo miedo latió desbocado en su pecho. El hombre estaba nervioso, pálido, sudoroso, miraba a Alma con ojos ardientes de fiebre. Algo muy oscuro había en esos ojos, algo muy enfermo, algo que la niña no comprendía. Algo podrido, algo viscoso.

Alma intentó correr hacia la otra niña en busca de ayuda, pero el hombre agarró su brazo con fuerza, haciéndole mucho daño y lanzó a la niña de un empujón, de vuelta, sobre la cama. Sujetó a la pequeña, apretando fuertemente su cuello, con una mano enorme y sudorosa que le arrebataba el aire de los pulmones.

Alma gritaba, suplicaba y lloraba, pidiendo ayuda, llamando a su mamá.

— ¡Aquí nadie puede ayudarte!— gruñó el hombre con voz desagradable. — ¡Vas a portarte cómo una niña buena! ¡Cómo una niña muy, muy buena! ¡Si te portas bien, cuando acabemos te daré helado de fresa!

Alma dirigió su mirada, suplicante, a la niña rubia que observaba todo desde las sombras. En ese momento la niña oculta dio un paso fuera de las tinieblas y Alma pudo verla con mayor claridad: tenía el cuerpo lleno de moratones y de heridas secas, los ropajes rotos y desgarrados, manchados de sangre, los labios amoratados y una fea marca en el cuello.

La niña rubia se acercó, lentamente, hacía el hombre, Alma vio, claramente, ahora que la extraña niña se encontraba muy cerca de ella, que su figura era difusa como un sueño ambulante, una imagen casi transparente que flotaba entre las sombras de aquel cuartucho, la niña brillaba con una luz blanca que había empezando siendo muy tenue y ahora se tornaba resplandeciente. La niña rubia tocó con su pálida mano la nuca del hombre que comenzaba a desabrocharse los pantalones, entonces cuando la manita de la niña rubia rozó la piel de aquel hombre, una luz cegadora inundó la habitación. En aquella deslumbrante luz Alma vio las siluetas de un montón de niñas, victimas de aquel hombre. Aquellas niñas traspasaron todo el miedo y el dolor, que habían padecido en aquella habitación, a su asesino. Cuando la luz perdió brillo el hombre se arrastraba por el suelo, mirando suplicante a Alma, padecía un violento ataque al corazón, provocado por el pánico acumulado de todas sus víctimas que acababa de recibir como una descarga eléctrica. El miedo le llevó a la muerte, ante los helados ojos de Alma, que lo miró morir sin ningún atisbo de compasión. Una vez que aquel hombre se quedó inerte, la niña rubia comenzó a desaparecer, fundiéndose en las sombras del oscuro rincón.

— ¡Espera!— gritó Alma. — ¡No te vayas!

El espectro de la niña asesinada se volvió a mirarla con una sonrisa llena de amor.

— ¿Cómo te llamas?— preguntó Alma.

— Lucia— respondió la niña, su voz despedía paz. – Me llamaba Lucia… Dile a mi mamá que la quiero y que sé que no debí salir del patio. Sólo quería ver al perrito. Dile que lo siento mucho.

Después de decir eso se fundió completamente con las sombras de la habitación y desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

— Gracias— susurró Alma, a solas en el cuarto oscuro. — Muchas gracias, Lucia. Y gracias a todas las demás, sean cuales sean vuestros nombres, los averiguaré, descubriré quien eráis y como eráis, no os olvidaré, por evitarme pasar por lo que vosotras padecisteis. Os llevaré siempre en el corazón y viviré una buena vida por vosotras, pues os la debo a vosotras.

La niña pelirroja pasó con repugnancia sobre el cuerpo inerte del hombre y abrió la puerta que había quedado entornada. El cachorrito corrió a saludarla, moviendo el rabo a gran velocidad, mostrando cuanto se alegraba de verla. Alma lo abrazó, enterrando su rostro en el reconfortante pelaje, tomó al cachorrito entre sus brazos y salió de la casa a la luz del día. El perrito lamía su cara sin cesar y mordisqueaba juguetón la naricita de la niña. Alma comenzó a caminar, tenía que regresar a casa con sus padres. Y tenía una misión: contarle a la mamá de Lucia lo que su hija había hecho por ella y decirla que Lucia la quería. Dar voz a todas aquellas niñas asesinadas y guardar su recuerdo y su memoria.


PIEL DE ÉBANO


El húmedo calor de Nueva Orleans y el zumbido de los mosquitos eran una continúa molestia para la pálida piel del viejo terrateniente. Odiaba aquella humedad y a esos malditos bichos, que se deleitaban con un banquete de su sangre. Habían pasado largos años desde que emigrara a aquellas desapacibles tierras, dejando su moderna Nueva York natal, en busca de fortuna y no se terminaba de acostumbrar a la espesa humedad, ni a las tradiciones y costumbres de la vieja y caduca Nueva Orleans. Aunque los negocios le habían funcionado de manera excelente, llevándole a encontrar la fortuna. Una fortuna tan grande como jamás se había atrevido a soñar.

Los barcos con los animales habían llegado por la mañana temprano al puerto. Ahora el hombre regresaba a su plantación, con una buena remesa de animales de piel negra. Carne humana. Ése era su negocio, traficaba con esclavos. Era un buen negocio.

Estaba muy orgulloso de aquella remesa de carne en particular. Una remesa que consistía en una veintena de machos fuertes de buenos músculos y sanas dentaduras, para trabajar en su plantación o venderlos, según conviniera a sus negocios, unos cuantos niños y niñas, que en ciertos círculos eran muy solicitados y alcanzaban un desorbitado precio. Por último había varias hembras que podía vender bien para ocuparse de los hogares o trabajar el algodón, a las más bellas podía colocarlas en algún burdel, donde saciaran el hambre de piel negra de los hombres blancos. Pero sobre todo había una hembra, extremadamente bella, por la cual, desde el momento en que había posado sus ojos en ella, había sentido una profunda atracción, debido a su suave piel de ébano y sus ojos desafiantes. Los esclavistas del puerto habían desnudado a la muchacha para él y le había complacido, sobremanera, lo que aquella hembra guardaba, bajo sus burdos ropajes de sucia y vieja tela desgastada y apestosa.


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