Excerpt for Fragmentos de terror 1 by , available in its entirety at Smashwords

FRAGMENTOS DE TERROR 1

ALFONSO PADILLA





Por Alfonso Padilla

Copyright 2017 Alfonso Padilla

Smashwords Edition



Licencia de uso para la edición de Smashwords Gracias por descargar este libro electrónico gratuito. Aunque se trata de un título sin costo, el copyright es propiedad exclusiva del autor y por lo tanto no se permite su reproducción, copiado ni distribución ya sea con fines comerciales o sin ánimos de lucro. Si disfrutaste este libro, por favor invita a tus amigos a descargar su propia copia en Smashwords.com, donde pueden descubrir otros títulos de este autor. Gracias por tu apoyo



TABLA DE CONTENIDO



Agradecimientos

Prologo del escritor

Tan espeso como el estiércol

Manola

Escalera real

Cartitas en la oscuridad

La foto

La bolsa

La caja de cereal

Ventana abierta

Prueba y error

Por ciento cincuenta pesos

Cuatro invitados

Mi destino

V3E

La tumba

Encorvado

Mataunpu.com

Sombras

La caseta de vigilancia

El vigilantge

Chilaquil

No eres bienvenido

MI querido

Acerca del autor

Contactos

Proximamente




AGRADECIMIENTOS…




… A los miles de lectores que me siguen cada lunes con mis fragmentos de terror…

… A todas aquellas personitas que me han seguido desde el principio…

… A Yair Salinas por decorar con su arte, lápices y colores algunos de estos cuentos….

... A Adriana Moreno Arzate por su excelente diseño de portada…

… A ti lector que estás iniciando este viaje de letras…



PROLOGO DEL ESCRITOR


Gracias a todos los seguidores de los sitios sociales, es posible este primer número. Aquello que comenzó como un ideal y con no más de 50 visitas mensuales, se ha convertido hoy en día en más de diez mil visitas mensuales. Por eso y después de un año ininterrumpido de cada lunes presentar un Fragmento de terror, este libro es un agradecimiento y un primer inicio.

Cada fragmento que he escrito (para mí como su creador y dador de vida), es hermoso y digno de ser leído por los demás (bueno, al menos desde mi perspectiva onírica). Pero si debo de reconocer que como dice el sabio dicho: “La práctica hace al maestro”, y hay una notoria evolución entre mis primeros fragmentos y los últimos que comprenden este primer número (finales del 2016); por lo que he aplicado la mañosa pero inteligente estrategia de mezclarlos todos, y eso no significa que unos sean buenos y otros malos, pero así, es seguro que viajarás de extremos de temas a extremos.

Y como buen padre que soy, amo a todos mis hijos fragmentos, pero como todo progenitor sincero, tengo mis predilectos. Así que en lo personal quisiera decirte que: 1) El cuento que más desesperación me ha producido en esta edición es Mataunpu.com. 2) El cuento que más me ha seducido y erotizado es El vigilante. 3)El cuento que me ha hecho recordar a cierto escritor de cuentos de terror de adolescentes (el cual me fascina leer), es Por ciento cincuenta pesos. 4)El cuento que más me gusta su camuflaje es Cuatro invitados. 5)Mi primer cuento de fantasía para esta serie fue La caja de cereal y 6) El cuento que me generó más curiosidad fue la Escalera Real.


¿Y qué son los fragmentos de terror?

Fragmentos de terror son pedazos de pesadilla, son mundos paralelos donde el terror es un diario vivir, en donde la oscuridad y la perversidad son el credo de cada día. Son mundos que quizá no solo viven en la mente de un escritor, también pueden coexistir en alguna dimensión alterna. Por lo que te sugiero que abras tu mente y leas con toda tu imaginación cada fragmento, pues te conducirá a sitios de horror y pesadilla, a recónditos y enfermos lugares insanos, muy insanos. Creo que todo es posible y cada uno de estos fragmentos si bien no se está desarrollando en nuestro plano en este momento (si nos basamos en las cada vez más aceptada Teoría cuántica de los universos paralalelos), entonces estos mundos y pedazos de pesadilla, sí están realizándose en un universo paralelo. Y más aún, más vida tendrán conforme tú los vayas leyendo. Y como en toda dimensión desconocida, es muy probable que ni siquiera yo los haya creado y tan solo mi mente recibiera esos fragmentos de mundos a través de un receptor llamado: imaginación.

Sea lo que sea, no te quito más tu tiempo y que desfile el primer número con 22 Fragmentos de terror… en lo que concibo el segundo número con Fragmentos inéditos.

Adelante y bienvenue…



TAN ESPESO COMO EL ESTIÉRCOL


Habíamos llegado casi a la cima de la montaña luego de cinco horas andando y escalando. El carro rentado nos había dejado en las orillas de la entrada del Parking de Cronins Yard, punto en el cual tuvimos que cargar nuestras pesadas mochilas y emprender la excursión. A pesar de que la zona en la que nos estábamos adentrando era una zona tranquila y de fácil escalada, el ir acompañados de nuestro guía Aiden, nos daba calma y seguridad. Nuestro tour por Europa terminaba en este bello país de Irlanda, y la idea de escalar la montaña de Carrantuo Hill había sido de mi novio Miguel y su amigo Isaías, ya la siguiente semana regresaríamos a México a lidiar con el trabajo y la contaminación.

Eran más de mil metros de altura los que teníamos que ascender. Habíamos terminado de cruzar la Escalinata del Diablo (llamada Devil´s Ladder por los irlandeses), el cual según Aiden era llamada así por lo peligrosa que podía ser en época de lluvias y humedad; era un estrecho cortado con abundantes piedras que servían de escalera hacia la parte final de la montaña. No quería imaginarme lo que debía ser caminar entre esas piedras mojadas con una torrencial lluvia cayendo. Ese camino estaba lleno de pequeñas cruces y placas en honor de todos los excursionistas que habían tenido la mala fortuna de pasar por ahí en malos días. Era verano y eso significaba que en cualquier momento podía llover, pero para nuestra fortuna, la Escalinata del Diablo la habíamos dejado hace media hora; además, el cielo estaba aún despejado y distaba mucho de que lloviera.

Tras varios esfuerzos más llegamos a la cumbre, era un espacio recto que nos dejaría descansar y parecía una buena zona para acampar.

  • Y bien, Aiden —le dijo mi novio Miguel—. ¿Podemos acampar aquí?

Aiden era un gran tipo —aparte de ser el clásico europeo guapo de profundos ojos azules y dos metros de estatura—, era muy gracioso y nos había estado enseñando las palabrotas irlandesas.

  • En la cumbre no es posible —respondió con su bien pronunciado español, aunque no dejaba de tener ese pegajoso acento extranjero y una que otra palabrilla rara por ahí—. Aquí las corrientes ser muy fuertes y el clima cambia. Un fuerte ventarrón podría arrastrarnos con todo y pubaill.

Le llamaba pubaill a las casas de acampar. Mi novio tronó la boca junto con su amigo Isaías. Nos acercamos al otro borde para disfrutar de la vista. La altura a la que estábamos nos permitía no solo ver todo el condado de Kerry, también una extensa zona de pastizales y montañas pequeñas, y muy a lo lejos con los binoculares, pudimos ver otros condados adornados en sus alrededores por más zonas verdes. Era como una bella maqueta escolar.

  • Es esto maravilloso —me dijo Sami, la novia de Isaías, viendo la majestuosidad que tenemos enfrente. Mientras los chicos como parte de su gran madurez masculina, empezaron a arrojar piedras hacia el despeñadero.

  • Creo que esa pedrada mató a cinco gobshite —dijo Miguel apuntando con su mano.

  • Y está a diez gobshite —presumió Isaías arrojando una roca más lejos.

Según Aiden, gobshite era el equivalente a “pendejo” en nuestro idioma. Nuestro guía veía sonriente al par de niños adultos que arrojaban piedras, después de unos lanzamientos más, se acercó un poco hacia ellos y les dijo:

  • Tan espeso como el estiércol y solo la mitad es útil. —Estalló en risa ante la incredulidad de los muchachos, los cuales soltaron el resto de las piedras que quedaban aun en sus manos. Miguel se me acercó.

  • Creo que este tipo es muy alburero —me dijo abrazándome. Le sonreí, Ya Aiden nos había dicho que ese era el típico insulto irlandés. Miré de nuevo a nuestro guía y le pregunté:

  • ¿Y a donde vamos a acampar entonces?

Aiden miró el terreno como si fuese la primera vez que lo hacía. Nos hizo una seña para que nos acercáramos al otro lado del despeñadero. Nos señaló hacia un punto que se veía entre dos enormes robles. Parecía un sitio plano y con poca vegetación, un buen lugar para acampar. Aiden miró su reloj y vio hacia el cielo, unas nubes se habían ido juntando desde la última vez que yo lo había visto.

  • Vamos a acampar ahí —nos dijo al fin—. Aquí no ser lugar seguro, hay muchas corrientes traicioneras. Allá estaremos resguardados por la pared del Carrantuo Hill y los árboles. No tardar en cambiar el clima —miró de nuevo hacia el cielo, todos lo hicimos también—. Vámonos ya, mañana regresaremos aquí.

Cargamos nuestras mochilas y seguimos al guía. Lo que parecía una pequeña distancia, se convirtió en más de media hora de caminata. Descendimos de nuevo hasta donde empezaba la Escalinata del Diablo y nos desviamos por un estrecho y angosto pasaje lleno de enredaderas y arbustos. Aiden iba adelante para cuidarnos de las serpientes e insectos peligrosos. Después del pasaje de hierbas, subimos por una base de piedras y le dimos la vuelta a una protuberancia de la montaña para llegar al sitio. Tal y como nos había dicho Aiden, era una zona bien resguardada del clima; era como si estuviera encapsulada del resto de la montaña, ahí no corría el viento ni se sentía el helado clima que soplaba constantemente en Irlanda. El terreno era semiplano y había el suficiente espacio para acampar.

Al principio habíamos pensado en colocar solo dos casas de campaña: una para los chicos junto con Aiden, y otra para nosotras. Pero luego decidimos que fueran tres casas, así cada quien estaría con su pareja. Sabíamos que Isaías y Sami se la pasarían apareándose como conejos toda la noche. Y para ser sinceros, yo también lo haría con Miguel. Por eso mandamos a Aiden a su propia pubaill.

Después de instalar las casas de campaña, estuvimos platicando un rato y disfrutando del cerrado pero hermoso panorama en el que nos refugiaríamos toda la noche. Preparamos una fogata y estuvimos comiendo bombones al fuego con cafés preparados. La noche resultó ser demasiado serena e incluso hacia un poco de calor, al grado de que la fogata estaba de sobra.

Aiden nos pidió que nos fuéramos a dormir, eran ya las diez y dijo que nos despertaría para madrugar a ver la puesta del sol. Isaías y Miguel se cuchichearon unas cosas mientras se reían de nosotras, de seguro hablaban de la sesión de sexo que se avecinaba; eran unos cerdos, pero a pesar de eso, ya sentía yo la necesidad de que Miguel me lo hiciera varias veces. Sami se despidió de mi con su sonrisa pícara, los cuatro sabíamos lo que vendría, incluso Aiden lo intuía, pues sacó su celular y se puso los audífonos antes de entrar a su casa.

Y como fue, Miguel se puso de cachondo enseguida, comenzó a toquetearme, me desabotonó la blusa y comenzó a besarme. Le pedí se esperará a que Aiden se durmiera.

  • Si oye algo que se la menee solito —me dijo sin dejar de aventurar sus manos en mis senos—. Para que no se trajo a una gnéas banóglach.

Le sonreí mientras lo codeaba, la gnéas banóglach era el término para las prostitutas en Irlanda. Miguel siguió jugando con su mano en mi cuerpo, me dejé llevar por las sensaciones, al fin y al cabo, era lo que habíamos venido haciendo todas las noches en nuestro tour: sexo con sabor a Europa.

No sé cuánto tiempo después de que estábamos agotados de tantas montadas y nos habíamos quedado dormidos, nuestra casa de acampar se empezó a mecer, alguien la estaba sacudiendo desde afuera.

  • Miguel —le susurré zarandeándolo—. Despierta.

La casa seguía moviéndose.

Chicos levántense —se oyó decir desde fuera a Isaías—. Sami desapareció.

Nos vestimos como pudimos. Isaías estaba aun con bóxer y una camiseta esperándonos.

  • ¿Qué ha pasado? —preguntó Miguel.

  • Me he despertado hace rato a mear y cuando he regresado, Sami ya no estaba. —Se llevó las manos a la cabeza—. ¡Mierda, no me he tardado ni cinco minutos!

  • Quizá haya ido también al baño —le dije poco convencida.

  • Ya tiene tiempo de eso, la he estado buscando en los alrededores. —Nos señaló hacia la casa de Aiden—. Y el maldito guía tampoco está.

Miguel corrió hacia la casa de Aiden. Se metió y rebuscó entre las cobijas y los alrededores.

No están sus cosas, se ha ido.

Isaías se fue a poner sus pantalones y un suéter.

Ese hijo de puta se la llevó. Voy a buscarla.

  • Yo voy contigo —le dijo Miguel. Me volteó a ver. —Diana, no te puedes quedar aquí, vamos.

Cogimos unas lámparas y un par de navajas que guardamos en una mochila. Nos habíamos abrigado antes de partir por el camino que habíamos llegado. El clima de afuera no iba a ser tan benévolo como el de ese encapsulado forestal.

Las lámparas nos ayudaron a pasar por el estrecho de hierbas. Los chicos se la pasaron gritando el nombre de Sami. Nunca respondió. El silenció era abrumador, inclusive ni siquiera se oían el murmullo típico de la noche en el bosque, era como si todo ser vivo se hubiera ido junto con mi amiga y el guía. Terminamos el camino entrecerrado y llegamos a la Escalinata del Diablo.

  • A esta hora y en bajada —dijo Miguel alumbrando en empedrado que nos conduciría hacia las entradas del Carrantuo Hill, la luna llena proyectaba su luz en las piedras proyectando sus sombras y oscureciendo casi en su totalidad la bajada—. Es muy peligroso bajar.

  • ¿Y a donde vamos, entonces? —rugió Isaías.

  • Dudo que hayan bajado ellos —dijo Miguel—, el mismo Aiden nos dijo de lo peligroso de la Escalinata. Vamos a buscarlos a la cima —miró hacia arriba.

Emprendimos el camino a gran velocidad a pesar de la oscuridad. Ya cerca de la cima, vimos mucha luz, como si hubiera una enorme lámpara funcionando. Corrimos hacia la cumbre.

La fuente de la luz eran decenas de antorchas que estaban clavadas alrededor de la zona plana que conformaba la cúspide de la montaña. En medio estaban decenas de hombres bailando en círculo, se desplazaban en una danza siniestra, al ritmo de una música que no podíamos escuchar, una melodía inexistente.

  • Sami —gritó Isaías rompiendo la magia del baile.

Los hombres dejaron de moverse y se voltearon hacia nosotros. Llevaban folclóricas camisas floreadas con bermudas. Sus caras estaban cubiertas con máscaras de animales. Un hombre que llevaba una máscara de borrego se separó del grupo para acercarse hacia nosotros. Llevaba una ridícula capa negra sobre sus hombros. Se levantó su máscara: era Aiden.

  • Tan espeso como el estiércol y solo la mitad es útil —nos dijo seriamente. Su mano estaba llena de sangre, al igual que su boca—. ¿Por qué se han tardado tanto en llegar a la fiesta de Aine?

Se hizo a un lado como mostrándonos el camino hacia el centro de la cumbre. El resto de los hombres hicieron lo mismo. En medio estaba una mesa con un cuerpo ensangrentado.

  • Sami —gritó Isaías corriendo hacia la mesa.

Sin pensarlo fuimos a alcanzarlo. Isaías soltó un gritó aterrador al llegar. En la mesa estaba Sami, su cuerpo había sido abierto por toda la mitad desde el pecho hasta la pelvis; y había sido saqueado de sus órganos que descansaban sobre platos en la mesa.

  • Aine, nuestra deidad celta, requiere su ofrenda en el solsticio de verano —dijo Aiden acercándose hacia una estatua que no había visto cuando llegamos, era una estatua de marfil de una mujer con bellas y finas facciones, llevaba unas pequeñas alas y un cuchillo en una mano. — Carrantuo Hill lo merece. Además, hoy es el día — señaló hacia la luna. Se veía redonda y anaranjada—. Unos gobshite como ustedes tendrán el honor de saciar a Aine.

Los hombres nos habían ido acorralando conforme Aiden iba hablando. En sus manos llevaban cuchillos. Empezaron a girar en círculo hacia la izquierda conforme iban emitiendo su cántico:

Faigheann an ghrianstad, Faigheann an ghrianstad, Faigheann an ghrianstad”

  • Aine —gritó Aiden levantando los brazos hacia la luna— recibe este estiércol como ofrenda de tu solsticio.

MANOLA


Manola se encontraba dando vueltas en la habitación. Estaba todo oscuro y estaba sola. Había pensado en pedirle ayuda a sus amigos, pero estaban ya todos dormidos, por lo que tendría que hacer las cosas sola. La oscuridad de la habitación no era problema para ella, sus ojos ya estaban acostumbrados a ello; de hecho, se sentía más cómoda en la noche, solo que esta vez estaba inquieta y deseaba tener un poco más de luz. Fue entonces cuando se acordó de la lámpara que estaba en el buró, a lado de la cama. Así todo le sería más fácil, prendería la lámpara y podría hacer su pendiente.


Se subió al buró para conectar el enchufe, cuando oyó la manija de la puerta. ¡Martita había llegado! Tenía que correr a su lugar.

Como pudo bajó y se subió al librero, corrió hacia el segundo estante al tiempo que la luz del exterior invadía el cuarto.

Se colocó a lado de Vitorolito apoyándose en su hombro.

  • Ves como no hay nada le dijo una señora que entraba con una niña pequeña, la cual se escondía entre sus faldones largos.

  • Pero Mamá te digo que Manola está viva yo la he pillado en la noche moviéndose.

— Obsérvala Martita, está tal cual la dejaste.

  • No lo está agregó la niña moviendo a Manola hacia el muñeco de alado—. Yo bien me acuerdo que estaba recargada sobre Josefín. ¡Y mírala, está sobre Vitorolito!

  • Bueno, basta de tonterías. A dormir.

La mamá cargo a su hija y la llevó a la cama, la tapó y persignó.

Reza y pídele a tu ángel que te proteja.
La puerta se cerró. Martita conectó la lámpara con rapidez.

  • Como si mi ángel pudiera con Manola —se dijo a sí misma mientras no perdía de vista el segundo estante del librero.

ESCALERA REAL


  • Maldita suerte que tiene —me susurró mi amigo viendo al hombre.

Era Espinosa el gran tahúr de las cartas. Este solo sonrió y siguió viendo sus barajas, acomodó un poco su sombrero tipo italiano y acercó su tirada de cartas hacia su boca, les echó su aliento como si fuera un chamán lanzando una bendición a su báculo. Volvió a sonreír y miró a mi amigo.

  • Ya tira —le dijo mi amigo poniendo su póker de ochos en la mesa— ¿O acaso será que esta vez si vas a perder?

Espinosa siguió sin contestar, rara vez hablaba; su rutina en la taberna era llegar en los viernes de póker, sonreír a todos y pedir una botella de tequila —el muy perro se la acababa sin emborracharse—. Luego sacaba un gran mazo de billetes para tentar a los otros competidores a jugar contra él. Pero ya con el tiempo todos nos habíamos dado cuenta de que era invencible. Nunca había perdido ni una mano. Inclusive en una rara ocasión en que se le había soltado la boca de más, nos contó que llevaba cinco años siendo el campeón nacional de póker. Era más que un coyote: ¡Era un jodido Dios de las cartas! El maldito nos había ganado tantas veces que ya había perdido la cuenta. Ya no era cuestión de ganarle su fajo de billetes —de hecho, si hubiera contado mi dinero perdido, debía ser ya más que la pasta que ofrecía al que lo venciera—. Ganarle ya, era cuestión venganza. Estaba convencido de que era un tramposo, no podía existir alguien que no perdiera nunca. Cuando terminó de echar su aliento a las cartas, hizo un par de acomodos con los dedos.

  • Escalera real —dijo arrojando sus cartas con violencia.

Era la tirada máxima del póker: Un as, una reina, un rey, un joker y un diez de corazones. Todas las cartas habían caído bien alineadas en la mesa; hasta sus arrojadas furibundas le quedaban bien al bastardo. Su actitud prepotente de siempre fue lo que me encendió.

  • Siempre he tenido la convicción de que eres un maldito tramposo —le espeté dando un golpe sobre la mesa y sobre mi pobre tirada de full.

Espinosa se limitó a sonreír escondiendo su mirada bajo su sombrero.

  • Muestra donde escondes las cartas —le seguí diciendo—, o dinos cómo las marcas. Tomé dos de sus cartas de la tirada, era la reina y el rey. Las revisé de arriba a abajo, pero las mendigas cartas no tenían marca alguna.

  • Ya antes habíamos hecho eso, Norberto —oí que alguien me dijo desde atrás—. Y nunca lo hemos pillado en nada.

  • Si, lo sé —dije sin voltear, mi mirada seguía fija en Espinosa y su sonrisa imborrable—. Pero yo sé que algún truco debe de tener.

El truco es jugar contra un retrasado mental como tú —me dijo Espinosa levantando su sombrero; clavó su mirada en mí, sus ojos proyectaban algo raro, nunca los había visto así. Debo de confesar que en ese momento me dio miedo—. Mi truco es vencer… —agregó gritando y señalándome con su dedo— a los Down del póker.

Eso fue lo que me bastó. Arrojé la mesa a un lado y las cartas y el dinero salieron volando. Me levanté y saqué mi navaja de bolsillo que solía traer siempre para imprevistos como este. Lo amenacé. Espinosa permaneció inmune a mi violencia, seguía con su mirada rara y penetrante sobre mí y su sonrisa sarcástica. El resto de los hombres se habían juntado haciendo un círculo alrededor. El cantinero no tardaría en llegar a tratar de detener la pelea, era un asqueroso y fornido tipo de dos metros, solo que eso no me importaba, la sangre se me había subido a la cabeza, ese malnacido pagaría.

  • Vamos, Norberto —me dijo mi amigo sujetándome del brazo—. No hagas estupideces. No vale la pena.

  • Sí, no vale la pena —dijo alguien por ahí—. Todos sabemos que tiene un pacto con el diablo.

Espinosa tapó su mirada con su sombrero, estaba sereno como si nada de lo que estuviera pasando le importara.

  • Huevos, huevos y más huevos —me dijo sin dejar de sonreír—. Te faltan.

Sujeté bien mi navaja para mostrarle que lo que me sobraban eran pelotas, pero en eso se interpuso el cantinero junto con dos meseros casi igual de gordos y altos que él. Yo tenía la sangre hirviéndome en la cabeza y mi mano con las suficientes ganas de enterrar esta arma en el cuerpo de ese estafador; pero, ahora tenía unos guaruras infranqueables impidiéndomelo.

  • Basta, Norberto —me dijo el cantinero—. Aquí no habrá peleas.

  • Si, ya es suficiente —confirmó mi amigo jalándome hacia él.

Intenté mirar a Espinosa pero las torres no me dejaban verlo, a pesar de eso, supe que seguiría sonriendo. Bufé de la rabia y guardé mi navaja. Le hice una seña a mi amigo para que nos fuéramos.

  • Estábamos en el borde de las puertas de madera —de esas antiguas como las del viejo oeste—, cuando escuché la voz de Espinosa hablándome.

  • Espera —dijo.

Me giré y vi como se había levantado de su silla, venia caminando hacia mí y por alguna extraña razón, el cantinero y los meseros gorilas lo dejaron pasar. Todo se había quedado en silencio y solo se oían los tacones de los mocasines de Espinosa dirigiéndose hacia mí. Llegó conmigo, en una de sus manos traía su fajo de billetes y en la otra unas cartas. Puso su fajo de billetes en el bolso de mi camisa y me sonrió mirándome directo a los ojos.

  • ¿En verdad quieres saber mis secretos? —me dijo llevando sus cartas a su boca; les echó su vaho y las juntó. —Muy bien —me las puso junto con el dinero—, lo sabrás.

Se dio la media vuelta y regresó hacia la barra, volteó a ver al cantinero y le gritó:

  • ¡Otro tequila! ¡Y una ronda gratis para todos!

Los hombres vitorearon la cortesía. El cantinero levantó sus hombros y corrió hacia la barra.

¿Espinosa dando tragos de cortesía? Ya no supe que más hacer ni que decir. El resto de los hombres estaban volviendo hacia sus mesas, sabiendo que el viernes de póker había acabado por ese día.

___________________________________

En aquel momento debía de haberle arrojado su cochino dinero a la cara junto con las cartas y, por lo menos, propinado un buen derechazo. Pero no hice nada, me pasó igual que al cantinero y los meseros que se hicieron a un lado dejándolo pasar — ¡joder, bien pudo haber llegado conmigo y con mi propia navaja enterrármela mil veces; sin que yo ni el resto de todos los que estaban ahí, hiciéramos algo—. Pero Espinosa no hizo nada, solo me puso el fajo de billetes junto con las cartas apestosas en mi bolsillo.

Me subí al auto de mi amigo y me llevó a mi casa. Casi no hablamos en el trayecto, solo me sugirió que fuéramos a beber algún otro lado, le dije que estaba muy cansado —y así era—, y que sería en otra ocasión sería. Me despedí de él y entré a mi departamento.

Por primera vez desde que había salido de la taberna revisé lo que Espinosa me había puesto en mi bolsillo: un buen fajo de billetes. Era una muy buena recompensa por todo el dinero que me había ganado ese perro. Ahora que lo pensaba, no era extraño que me lo diera; de seguro había sentido miedo ante mi amenaza —igual y hasta se había meado en los pantalones sin que nos diéramos cuenta—. Y para que no me lo cargara con mi navaja, me había comprado con su dinero y su promesa de enseñarme sus secretos. Las tres cartas que estaban en mi bolsillo, eran dos reinas de corazones y un rey. Ahí estaba la cuestión, dos cartas repetidas, eso solo me demostraba que traía cartas escondidas y por eso siempre usaba su Escalera Real.

El fajo de billetes estaba sujeto con dos ligas, se las quité y olí el fresco y delicioso aroma de esa pasta. Bueno, quizá había valido la pena hacer ese desmadre. Ahora tendría más dinero para otros viernes de póker, y me iría a un buen burdel con alguna mujerzuela y una buena botella de vino.

Oí una risa que provenía de mi cuarto. Era una risa femenina. Pensé por un momento que podía ser alguno de mis amores, pero descarté la idea, ¿cómo iba a entrar sin llave?

La risa se repitió más fuerte. Dijo algo que no entendí.

Oí otra risa, eran dos voces. Dos risas femeninas.

Iba a sacar mi navaja, pero cambié de opinión, tomé un bat que tenía siempre en el sofá, era más contundente y de gran alcance. Me dirigí hacia el cuarto despacio y tratando de no hacer ruido.

La luz estaba entreabierta. La empujé con el pie y entré con el arma bien sujeta con mis dos manos, listo para dar un buen trancazo a los intrusos rateros.

Sobre la cama estaba cómodamente acostado un hombre desnudo con dos mujeres sobre él. Jugaban y se reían.

Bajé la guardia, ¿Qué significaba esto, una puta orgía en mi casa?

  • ¿Qué es esto? —les dije, fue todo lo que se me ocurrió.

Las mujeres se acercaron al oído del hombre y le susurraron algo, se rieron y voltearon hacia mí. Eran muy hermosas y de abundantes pechos. Estaban tomando licor; sus cuerpos estaban escurridos con las bebidas de las copas, al parecer, habían estado derramándose bebida entre ellas como parte de sus juegos eróticos.

El hombre se levantó, era Espinosa. Me dibujó una enorme sonrisa, tomó una de las copas de las mujeres y le dio un gran sorbo con mórbido gusto, otra de sus manos empezó a juguetear con las montañas de una chica.

Le iba a decir algo, a preguntarle qué demonios hacía en mi casa y como había entrado y, peor aún, cómo había llegado antes que yo, si se supone que se había quedado en la taberna bebiendo. Pero no le pregunté nada, no pude hacer ni una sola pregunta, ni siquiera pude decir ni un solo monosílabo. Espinosa se sentó sobre el borde de la cama, las mujeres se quedaron hincadas atrás de él.

  • Bueno, Norberto, ¿querías mis secretos? —me dijo. Desde que se había levantado del lecho lo había visto diferente, ahora que estaba ahí sentado supe por qué: era su desnudez. Siempre lo había visto vestido con su elegante traje y sombrero; ahora, sin ropa, mostraba su extrema delgadez, tenía muy poco cabello y su cara parecía más a la de una calavera que a la de un humano. Quizá la sesión de sexo con aquellas mujeres lo habían dejado así. Ya que tanta ha sido tu insistencia —me siguió diciendo—, te revelaré mis secretos. Además, ya ha pasado mi periodo de gracia de seis años. —Acarició los pezones de las chicas—. Ya no tardaré en perder y eso no quiero que pase; Me quiero retirar invicto y con mucha pasta.

  • Bueno, dímelo —dije al fin. No podía creer que por fin mi cerebro le había mandado la orden a mi boca par que pronunciara palabras—. ¿Cuál es tu secreto?

  • No te voy a contar toda la historia de cómo es que siempre gano, solo te contaré como llegué a este punto. —Me lanzó aquella mirada rara—. Hace seis años yo estaba en el lugar en el que ahora estas tú, preguntándole al antiguo imbatible cómo demonios le hacía para ser invencible. Claro, con la diferencia de que yo nunca le tiré la mesa emputado ni lo amenacé con una navaja. —Hizo una pausa para disfrutar la sonrojes de mi cara. Volteó a ver a sus mujeres que lo miraron soñadoramente y me vio de nuevo. Continuó diciéndome: —Lo perseguí, lo acosé y lo seguí a todos lados donde jugaba, como el más grande de sus fans; hasta que un día, me acomodó en el bolso de mi chaqueta, tres cartas.

  • Dos reinas y un rey —dije tocando las cartas en mi bolsillo.

  • Exacto, las mismas que yo te puse. También ese día me dio una tarjeta con su dirección. Ya después me convertí en su sucesor, y ahora como dice el dicho: “No hay ganador que duré siete años. Ni cuerpo que aguante tantos vicios —señaló a las mujeres. Las chicas me miraron y mojaron sus labios con sus lenguas—. Es tiempo de ceder mi lugar, como el gran Smoke me lo cedió a mí hace seis años. ¿Lo conociste?

Asentí con la cabeza. Claro que sabía quién era el gran Smoke, era una leyenda del póker, había sido otro invencible de las cartas, hasta que un día simplemente desapareció del medio, nunca nadie más lo volvió a ver.

  • Has tenido las suficientes pelotas para ganarte mi lugar —me dijo tomando otro sorbo de la copa.

Las cartas de mi bolsillo empezaron a brillar, sentí un calor que se fue propagando hasta cubrirme en mi totalidad. Cada poro, cada célula de mi cuerpo brillaba, destellaba luces que alumbraban toda la habitación.

Espinosa me veía con su eterna sonrisa. Las chicas se voltearon a ver entre ellas, se levantaron y se dirigieron hacia mí. Las cartas de mi bolsillo me empezaron a jalar, me estaban succionando. Me sentía como si estuviera ante un hoyo negro. Pronto las cartas me absorbieron a mí y a las mujeres. Caí al suelo, mi cuerpo había desaparecido y solo estaba presente dentro de la carta del rey.

Vi a Espinosa que me levantaba. Su rostro había cambiado, estaba más gordo y colorado, tenia de nuevo un rostro humanizado. Me puso sobre la cama y adelante colocó las otras cartas de las mujeres, eran las reinas. Estas comenzaron a acariciar mi cuerpo al tiempo que me ofrecían de beber, era vino y vino del bueno. Bebí y acaricié aquellos suculentos cuerpos, mis manos eran cadavéricas, pero podía sentir muy bien aquellas prominentes curvas de las reinas.

___________________________

Llegué a la taberna, llevaba puesto mi traje, mi sombrero y mis mocasines italianos. Al principio me sentía raro con esa vestimenta pero con el tiempo me fui acostumbrando. Me senté sobre una de las mesas que habían puesto para los viernes de póker. El mesero gorila se acercó y me llevó mi botella de tequila.

Espinosa nunca había vuelto a aparecer, se corrían rumores de que yo lo había matado al saber sus secretos, pero nadie sabría la verdad, solo mi futuro sucesor. Yo llevaba ya dos años como el nuevo campeón nacional invicto de póker, me había hecho llamar: “El indomable”; era un nombre chorreado, pero me gustaba. Saqué un gran fajo de billetes y los hice sonar sobre la mesa. Ese estilo de prepotencia de Espinosa me gustaba.

El mesero llegó con mi botella y le gritó a todos los del bar.

  • Señores, El indomable ha llegado para jugar. El que le gane —apuntó con su dedo el fajo de dinero— se quedará todo este dinero.

Algunos pocos se acercaron con unos cuantos billetes en las manos, ya eran escasos los que se atrevían a retarme, pero yo sabía que entre alguno de esos jodidos bastardos, estaría mi reemplazo. Repartieron las cartas, vi mi juego y fui esperando a que los contrincantes tiraran sus cartas. Un suertudo hombre colocó una escalera color. Eso le hubiera bastado para ganar si no se estuviera enfrentando a El indomable. Levanté mis cartas y les eché mi aliento. Lancé las cartas con furia sobre la mesa.

  • Escalera real —dije sonriendo y ocultando mi mirada con mi sombrero italiano.



CARTITAS EN LA OSCURIDAD


Yo se lo dije a mi mamá mucho tiempo, pero nunca me creyó. Cuando se iba la luz y la oscuridad aparecía haciéndome muecas de burla, retándome. Sabía que le temía, por eso se burlaba de mí, por eso me retaba. Me incitaba a entrar a la habitación, a ese cuarto donde me aguardaba, donde estaba su escondite. Donde me esperaba con toda su paciencia.

Mi mamá no creyó nunca nada de lo que dije, tan solo me sentaba en sus piernas y acariciándome mi cabello, me decía que era solo un apagón más y que pronto volvería la luz. Según mis padres por problemas con un transformador, los cortes serían constantes hasta que lo terminasen de reparar.

Todo hubiera ido bien si no me hubieran dejado solo. Mas una noche mis papis se fueron a una fiesta dejándome a voluntad de él. Esa noche había dejado todas las luces prendidas mientras veía televisión y tenía una lámpara a lado del sillón por si la necesitaba. Con todo y esas precauciones, sabía que el del cuartito, el del rincón, me estaba observando, esperando a que la oscuridad hiciera su magia y le diera una oportunidad de atacarme.

En ese momento decidí que no viviría más con miedo y aproveché las luces para enfrentarlo, así no me podría hacer nada. Cuando solo me faltaban dos puertas para llegar al cuarto donde él estaba, ocurrió lo que no debía: la luz se fue, me abandonó. Por un instante, pensé en regresar corriendo, en huir con los vecinos en lo que regresaban mis papis; pero algo dentro de mí, me impulsó a seguir, a enfrentarlo.

Abrí la puerta, alumbré con la lámpara y lo vi. Ahí estaba el, esperándome, esperando que lo relevara. Pensé que podría hacer algo con mi luz, pero solo sentí sus dientes. Después todo fue una oscuridad absoluta.

Bueno, y si estoy muerto ¿por qué esta carta?

Porque ahora cada apagón es una oportunidad; porque ahora la oscuridad es mi esperanza, mi esperanza para descansar. Porque estoy en el rincón más oscuro, esperando a que llegué un nuevo niño y me liberé. Lo aguardaré aquí, estaré acechando… acechándolo entre las sombras.






LA FOTO (inspirado en una foto real)


  • Basta, no te tengo miedo —dijo Gelii tomando su celular, las lámparas se habían apago y la escasa luz que entraba provenía de la calle. Eran ya pasadas las seis de la tarde y afuera empezaba a oscurecer; así que la accesoria estaba casi en penumbras—. ¡No te tengo miedo!

Puso su celular en foto panorámica y lo fue girando con lentitud para que tomara toda la perspectiva de la tienda.

En la entrada del negocio estaban sus dos hijos y su hermana Andrea. Miraban angustiados lo que hacía con el móvil.

  • Ya basta Mamá —dijo Jorge, el niño más grande—. ¿No has oído el ruido que hacía con el garrafón?

Gelii no contestó.

  • Ya antes nuestro Pastor te ha dicho que aquí hay algo serio —dijo Andrea—. Espera a que regrese la luz y que vengan mañana los hermanos a orar.

Al fin Gelii acabó las fotos y se reunió con los demás. El ambiente se sentía más denso y pesado que de costumbre. Poco antes del apagón, habían empezado a oír un ruido en el garrafón de agua, a pesar de que estaba vacío, escucharon como si estuvieran absorbiendo el agua con un jalador; después, las luces empezaron a parpadear y se oyó una risa ahogada en el baño. Entonces las lámparas se apagaron.

Los niños de Gelii se fueron con los vecinos para verificar si el apagón había sido general.

  • Mamá, sólo ha sido aquí —dijo Alán, el niño más chico, mirando la penumbra del negocio—. En las materias primas y en la tortillería si tienen luz.

Se esperaron un par de minutos más hasta que las lámparas se encendieron. Tras una mirada rápida entraron al negocio. El ambiente se había aligerado con la llegada de la luz.

  • Ya no está —dijo Andrea.

  • Si, ya no se siente —dijo Gelii—. Quizá se ha ido con lo que le grité. Ves, te lo dije —tomó la mano de su hermana—, mostrándote fuerte y sin miedo, te dejan de molestar.

Cerraron el negocio.

Cuando llegaron a su casa, Gelii le contó lo ocurrido a su esposo, mientras Andrea revisaba las fotos de la panorámica.

  • Gelii —le dijo jalándola del brazo con brusquedad—. Mira esto —le dio el celular.

En la foto se podía apreciar varios ganchos llenos de ropa, en un costado estaba un espejo que usaban para que las señoras se vieran las prendas puestas.

  • No veo nada.

  • En el espejo —dijo Andrea—. Agranda la imagen.

Gelii movió sus dedos para expandir la imagen: sobre el espejo en la esquina superior derecha, se podía apreciar un rostro que estaba de perfil.

  • ¿Es un rostro? —dijo Gelii—. Pero se ve muy oscuro.

Aclárenla en la computadora —dijo el esposo de Gelii echando un vistazo a la imagen.

Fueron al editor de imágenes en la computadora y le aumentaron el brillo hasta que la imagen se pudo apreciar mejor: era el rostro de un payaso o, quizá, un arlequín. Su cara estaba pintada de blanco, sus ojos parecían estar enmarcados en una sombra negra y traía puesto un sombrero morado. Su boca era muy grande y sus labios pintados con un rojo carmesí mostraban una enorme sonrisa.

  • Pastor Uriel —dijo Andrea desde su celular, estaba pálida y no dejaba de ver la imagen en el monitor. Le contó todo lo ocurrido y le describió la imagen del celular. Andrea movía la cabeza de un lado a otro escuchando por el móvil a su guía espiritual.

  • Así que ese es el qué ha estado molestándolos —dijo el esposo de Gelii.

  • Gelii —dijo Andrea señalando el monitor—. Dice el Pastor que has portado al fantasma.

  • ¿Que he qué?

  • Dice que cuando se le toma la foto a un fantasma reflejado en un espejo, lo liberas de ese espacio. Y lo portas en la imagen. —Miró con detenimiento a su hermana—. Y a donde quiera que vaya esa foto, va el fantasma.

  • ¿Entonces está aquí? —dijo Gelii levantándose de la silla espantada, miró hacia todos lados esperando que se le apareciera.

  • Eso no es lo peor. Basta tener un espejo para ingresar al nuevo territorio. El Pastor me ha dicho que…

  • Los niños —gritó Gelii precipitándose hacia las escaleras.

El cuarto de los niños estaba vacío. La televisión estaba encendida y un par de juguetes estaban en el suelo.

  • ¡Gustavo, Alan! —gritó Gelii buscándolos por todo el cuarto.

Su esposo corrió hacia el resto de las habitaciones para buscarlos. Regresó agitado y dijo:

  • Gelii, no están los niños en ningún lado.

El espejo del tocador empezó a vibrar un poco, era como si estuviera siendo movido por atrás del mueble.

  • Ayúdame —le dijo Gelii a su hermana. Movieron el tocador, atrás solo estaba la pared y unos juguetes polvosos en el suelo.

El espejo siguió vibrando.

Gelii tomó su celular y le sacó una foto al espejo. Esperó a que la imagen apareciera en la pantalla. La miró y dejó caer el móvil al suelo.

  • ¿Qué pasa, Gelii? —dijo Andrea recogiendo el celular. En la foto, dentro del espejo, estaban los niños golpeando desesperados el muro de vidrio; a la de ellos, estaba un payaso o, quizá, un arlequín sonriendo para la foto.







LA BOLSA


Eduardo entró azotando la puerta del bar. Pocos notaron su entrada, la mayoría de los hombres estaban borrachos en sus asientos tarareando las canciones de la rockola. Solo unos sujetos que jugaban al poker en una mesa voltearon a verlo, comentaron algo entre ellos y uno de ellos soltó una carcajada.

Eduardo buscó el lugar más apartado de la puerta para sentarse. Se ubicó en la barra del barman en la esquina extrema.

El cantinero se acercó con un aire de desconfianza a atenderlo, Eduardo era un hombre cincuentón de barba mal cortada y pómulos prominentes.

  • ¿Le ofrezco algo? Trae una cara de pocos amigos.

  • Si, deme un tequila doble —dijo Eduardo sin dejar de voltear hacia la puerta.

  • ¿Que acaso lo vienen siguiendo? — preguntó el hombre mientras servía la bebida—. Porque si es así, déjeme decirle que no me gustan los problemas.

  • No, no me sigue nadie, bueno… nadie humano.

El cantinero sonrió dejando la bebida, solía oír tantas pendejadas de los clientes que eso le había sonado muy familiar.

  • Mire amigo, solo no se emborrache de más, no me gusta tener que sacar borrachos cuando cierro.

Eduardo se tomó su bebida de un solo trago, movió la cabeza e hizo un ruido de ardor al dejar el vaso tequilero. Se levantó hacia la entrada y con cuidado abrió la puerta. Miró afuera y corrió de nuevo hacia su lugar.

  • Bueno, pensé que se iba a largar sin pagarme -dijo el cantinero viendo como regresaba-. Así se han ido tantos.

  • Escúcheme bien — dijo Eduardo jalando al cantinero de la camisa hacia él—. No estoy borracho ni soy un delincuente. Sé que estoy cuerdo, o bueno al menos hasta hoy lo estaba —agregó soltando al cantinero para sentarse. Su mirada estaba perdida en el piso.

El cantinero se acomodó su camisa arrugada, pensó en sacar el cuchillo que tenía entre las botellas, pero desistió al ver a Eduardo como un niño miedoso sumido en su asiento.

  • Escúcheme —dijo Eduardo sin dejar de ver la puerta—. Esa maldita cosa me viene siguiendo todo el día desde que salí de mi casa a trabajar. Me siguió en todo el camino e inclusive hasta cuando fui a comer. Al acabar mi jornada seguía ahí y ahora me ha seguido hasta aquí. —Se levantó de nuevo hacia la puerta para hacer otra vigilancia. Regresó—. Seguramente me está esperando por ahí afuera de mi coche, acechándome.

El cantinero pareció prestarle más atención que al principio. Le sirvió otro tequila colocándolo en la barra.

  • ¿Y según usted que es lo que lo está siguiendo señor...?

  • Eduardo —respondió tomándose de nuevo de un jalón la bebida con su respectivo ritual de mover la cabeza y hacer ruido de ardor—. Si se lo dijera no me creería —el cantinero lo miró con incredulidad, pero mantuvo la atención sobre su cliente—. Es una bolsa negra de plástico— agregó en un susurro.

  • El cantinero soltó una carcajada.

  • Muy bien págueme antes de que entre la bolsa asesina y lo mate.

Eduardo buscó en sus bolsillos. Puso un billete de doscientos en la barra. El cantinero tomó el dinero y se acercó hacia su caja registradora, tecleó un par de cosas y la caja se abrió. Le dio el cambió y mirándolo a los ojos le dijo:

  • Escuche amigo. Le sugiero que se deje de pendejadas y vaya a su casa, le diga a su mujer se ponga un buen baby y le de unas zancadas para que saque el estrés que trae.

  • Pero es que...

  • Es que nada amigo -dijo el cantinero viendo hacia los lados. Su mirada se quedó fija en uno de los laterales.

  • Ocurre algo -preguntó nervioso Eduardo.

  • ¿Qué era lo que lo seguía? —preguntó el cantinero sin apartar la mirada de los laterales.

Eduardo volteó hacia donde estaba la mirada petrificada del cantinero y vio en una de las ventanas a su fiel seguidor: una bolsa negra, que estaba pegada al vidrio, como un mendigo viendo hacia el interior de un fino restaurante a los comensales.

LA CAJA DE CEREAL


1

Por fin tenía ante mí la caja de cereal que incluía la figura de colección que tanto había buscado: el increíble y maravilloso hombre goma. Tres días había tenido que estarle rogando a mi mamá para que me comprara el bendito cereal. Y vaya que me costó trabajo. Mi madre era una de esas raras personas que creía en la comida natural y odiaba todo lo procesado. En realidad a mí no me importaban los chocokrispis —y se lo dije mil veces—, yo todo lo que quería era al hombre goma.

Tenía frente a mí un plato con leche tibia lista para ser revuelta con el cereal, pero no le hice caso, solo metí mi mano buscando mi figura. Estaba casi al fondo, por lo que esparcí sobre la mesa y el piso muchas hojuelas.

  • Toño —rugió mi mamá viendo el tiradero.

  • Ahorita limpio —dije viendo la bolsita con mi tesoro.

Abrí la bolsa y aventé la hoja de instrucciones que envolvía al muñeco. No lo toqué, solo vi con gran decepción que no era mi hombre goma. Miré por veinteava vez la parte trasera de la caja de cereal: “Contiene un hombre goma. Son seis diferentes. Colecciónalos todos”

  • ¿Qué pasa loser? —me dijo mi hermano mayor, Raúl, dándome un sape. Antes de que pudiera siquiera tocar al muñeco para ver quién era, me lo quitó y se lo llevó frente a la cara—. ¿Quién diablos se supone que es? Este no es el hombre goma. —Arrojó el muñeco al triturador de basura—. Tanto lloriquear para nada. Loooooseeerrrr.

  • Mamá —grité—. Raúl ha tirado mi figura al cesto y…

  • Basta ya —dijo mi madre. Ya se le había hecho tarde para irse a trabajar. Era sábado, nosotros no teníamos clases pero ella si tenía trabajo—. En una hora llega su tía para cuidarlos —me dio un beso, después fue con mi hermano y le dio un jalón de orejas—. ¿Pueden estar unos segundos sin pelearse?

  • Creo que si —contestó mi hermano sobándose—. Tengo que lavar mi ropa. Por el momento no tengo tiempo para el loser.

Mi mamá sonrió y se despidió. La vi por la ventana hasta que llegó al paradero y subió al microbús.

  • ¿Por qué le hiciste eso a mí muñeco? No tienes derecho.

Mi hermano sacó su sonrisa burlona que indicaba que no todo había acabado.

  • No, no se te ocurra —le dije viendo como acercaba su dedo al botón de encendido de la trituradora—. Mamá se enterará y…

  • Ya marica. Además ni es el hombre goma.

¡Y apretó el botón! La máquina comenzó su ruido de aspas. Era una máquina muy rápida, le bastaban solo unos segundos para moler todos los restos de comida. Soltó el botón pero ya no tenía caso ir a buscarlo, el muñeco debía de estar despedazado.

Me eché a llorar. ¡Era un maldito que siempre me rompía mis juguetes!

  • Bueno, ya. Luego te compró otro —me dijo poniendo su mano en mi hombro, por supuesto que se la quité. Parecía que me iba a decir algo más pero se fue hacia la sala. Entonces el coraje me cegó y, sin pensarlo, tomé el plato de leche y se lo aventé con todas mis fuerzas como un boomerang.

Raúl alcanzó a oír el ruido de la leche desparramándose y logró estirar su brazo para detenerlo. Se quedó quieto como en una película donde la imagen se congela: Mi hermano apenas dándose la media vuelta y su brazo estirado más de dos metros deteniendo mi boomerang. ¡Si, su brazo estaba desde la mitad de la sala hasta el inicio de la cocina!

Raúl tardó algunos segundos en ver lo que yo veía. Cuando miró lo que estaba pasando con su extremidad, soltó el plato y su brazo cayó flácido hacia el piso como una liga gigante. Intentó moverlo pero no le respondió, solo se zarandeaba como si jalara una cuerda muy larga y pesada.

  • ¿Qué me pasa? —dijo lloriqueando—. ¿Qué me hiciste?

  • Yo nada, ¿de qué hablas?

  • Tu muñeco —gritó señalando el triturador con su mano normal.


2

Nos acercamos al aparato. Saqué el bote donde el triturador arrojaba todos los restos.

  • No toques nada —me dijo mi hermano señalándome su brazo alargado—. Te podría pasar algo. Deja que yo lo saque.

Fue una tarea difícil pero tras una separación de alimentos —y eso que mamá solo había echado los restos de la cena—, logramos juntar la mayoría de las partes del muñeco. Era feo, de cuerpo gordo y cabeza pequeñita, tenía una V en el pecho envuelta en un círculo.

  • Bueno tu que eres fan del hombre goma —me dijo sin dejar de ver los restos unidos— ¿Lo conoces?

Negué con la cabeza, conocía todo de ese súper héroe, tenía todos los comics, las temporadas de televisión, peluches, juegos de mesa, en fin. Era mi ídolo.

  • Conozco a todos los enemigos del hombre goma, este no es ninguno de ellos.

Mi hermano le echó un vistazo a la caja de cereal, miró con detenimiento todas las letras.

  • Todo parece normal, salvo… ¿No se supone que este cereal es de México? —asentí—. Mira— me extendió la caja donde estaba el país de origen. No venía ningún nombre, solo el mismo símbolo del muñeco.

  • Eso no puede ser —dije comparándolos—. He comprado este cereal todo el tiempo y…

  • ¿Tienes otra caja para compararlos?

  • Lo pensé por un momento. Mi mamá nos compraba cereal rara vez y siempre reciclaba los cartones —dándoselos a un anciano pepenador—. No recordaba la última vez que nos había comprado el anterior.

  • Ya sé —dijo Raúl chasqueando los dedos— ¿Te acuerdas que hiciste una casa, o algo así, con una caja de cereal?

  • Eso es.

Me levanté hacia el cuarto, pero tropecé con algo en el piso: era la pierna de mi hermano que se había extendido más allá de la cocina.

  • Raúl —grité señalándole su nueva pierna de goma—. Te sigues transformando.

Mi hermano puso cara de espanto, le dije que me esperará y corrí al cuarto.

No tardé en encontrarla, para mi fortuna no la había pintado, solo estaba forrada con papel lustre. Regresé y comparamos las cajas, todo era idéntico, excepto el lugar de origen. La caja anterior decía: Hecho en México. Y eso se supone que era lo que debían de tener todas las cajas, to-das.

  • Vamos al centro comercial —me dijo Raúl.

  • Bromeas. —Le señalé sus extremidades, se puso serio y con su mano normal se jaló sus cabellos—. Espera aquí. Yo iré.



3

La búsqueda en el supermercado fue inútil. El resto de cajas de cereal que había en el estante estaban marcadas con el logotipo del muñeco raro. Hablé con un empleado, pero ¿qué atención le podía prestar a un niño? Solo me siguió la corriente y se escabulló diciendo que tenía que reetiquetar unos productos. Obviamente no le podía decir: “Ayúdeme, por favor, mi hermano se está convirtiendo en hombre goma, no pueden seguir vendiendo esas cajas.”

Compré un par de cajas y regresé a casa. Las cosas iban peor. Todas las extremidades de mi hermano se habían alargado. Estaba sentado con lágrimas en los ojos. Me miró con impaciencia, rogándome lo ayudara.

Las otras cajas también tienen ese logotipo, quizá solo cambiaron el país de fabricación y…

  • ¡Si, loser! —jeje, ni en esa situación mi hermano me dejaba de insultar, pero aun así lo quería—. ¡Y mis brazos y piernas son una ilusión!

No le dije nada, solo abrí los cereales y saqué las figuras con unas pinzas para no tocarlas. Tenía otros muñecos raros, tampoco pertenecían a la serie del hombre goma; por ejemplo, uno de ellos tenía los brazos y piernas alargados como tortillas.

Estaba decido a tocar a uno de los muñecos, pero mi hermano me suplicó que no lo hiciera.

  • Necesitamos a un conejillo de indias —me dijo—. Trae a Saturno.

Mi gato se llamaba Saturno y no me costó ningún trabajo encontrarlo. En las mañanas siempre dormía sin parar en su cama. Lo desperté y lo llevé cargando hasta la mesa, debía de estar bastante adormilado pues de otra manera se me hubiera escabullido. Le acerqué con un tenedor al muñeco. Saturno lo olfateó sin mostrar el menor interés, de plano no era una chuleta que le llamara la atención.

  • Tócalo, tócalo —le dijimos—, por favor.

Ante mi insistencia empujándole el muñeco, el gato lo movió con sus patas de un lado a otro como si quisiera jugar con él pero al parecer no le gusto, pues lo dejó enseguida. Cerré la puerta de la cocina para observarlo.

No tardó Saturno en lanzar un maullido. Su cola se había alargado al triple y puesto tan plano como el muñeco que había tocado

  • ¿Ves lo que te dije? —bufó mi hermano—. Esos muñecos están embrujados. ¿Desde cuándo están con esa promoción?

Desde ayer llegaron las cajas a las tiendas.

  • Eso significa que todos los niños que compren el cereal se van a transformar. —Mi hermano trató de mover sus brazos pero no pudo, no tenía control sobre ellos—. Llévate a Saturno al súper —agregó señalándomelo con los ojos— para que vean el peligro real.

  • Está bien, pero antes de irme necesito decirte algo. —Lo miré con espanto, le señalé su cuello—. Tu cuello se ha empezado a estirar.

Mi hermano palideció pero no me quedé a ver más su tristeza. Como pude acomodé en un carrito de mandado al nuevo y pesado Saturno. No se movía ni refunfuñaba, debía de sentir algo raro, de otra manera un felino se revelaría y me lanzaría por lo menos un par de arañazos. Pero solo maullaba tratando de mover su cola.


4

Cuando entramos al supermercado no fue necesario enseñarles a Saturno. La gente estaba distraída, nadie me iba a hacer caso. Todos estaban entretenidos viendo sus cuerpos. Algunas personas estaban como mi hermano, con extremidades de goma; otras más, tenían brazos y piernas planas. Reconocí al empleado que me había atendido, ahora todo su cuerpo estaba lleno de escamas verdosas. Se acercó a mí una mujer brincando con la única pierna normal que le quedaba —la otra era una vara de árbol—, me miró con cara de súplica diciéndome:

  • Ayudamebbbb —de sus fosas nasales salían unas ramas con hojas—. Tu estabbbbb bien.

Me alejé un poco, no tenía caso seguir ahí, todas las personas del centro comercial de alguna manera habían tocado a los muñecos. Debía de buscar alguna otra solución. Me di la vuelta junto con Saturno pero la entrada estaba bloqueada. Varias personas estaban en la puerta, al parecer, los gritos de la mujer árbol los había acercado. Todos me miraban raro, como si yo fuese el anormal de ahí.

  • Tu ayúdanos —me dijo un hombre con branquias—, tú no te has transformado.

  • Si, hazlo —reiteró la mujer árbol.

  • Él nos convirtioddd a todos —señaló un anciano convertido en sapo—. Hay que vengarseddd.

Y me empezaron a acorralar, ese parecía mi fin, pero el altavoz de la tienda me salvó. Se oyó a través de él una voz gruesa que dijo:

  • Atención, atención. —Las personas voltearon hacia el techo de la tienda como si ahí estuviera la persona que hablaba—. Esto solo es una recomposición celular. Ahora todos son venusianos.

¡Claro que sí! ¿Cómo lo había olvidado? Había un capitulo raro de la serie del hombre goma que nunca pude ver —de hecho decían que solo se había transmitido una única vez—, pero según los rumores decían que era un capitulo donde el emperador de Venus, esclavizaba al hombre goma convirtiendo a todos los humanos en venusianos.

La gente fue abriendo paso para que pasara el ser que hablaba, media más de dos metros y era igualito al muñeco que estaba en el cereal. Sobre su pecho yacía el símbolo raro de la V en el círculo.

  • Ahora todos me servirán, mis venusianos. Yo soy su rey —fue diciendo mientras se acercaba cada vez más a mí. La gente le iba abriendo el paso para dejarlo llegar. Me miró de arriba abajo y tras una hosca sonrisa le dijo a la gente—: Ahora tráiganme una caja de cereal que todavía queda un humano entre nosotros.

Los nuevos venusianos me sujetaron mientras llegaba un muñeco rosado con seis brazos y seis patas. Me lo acercó el rey y tuve que tocarlo. Ahora por lo menos sabría que significaría tener tantas extremidades.



VENTANA ABIERTA


Mi novio me abrazo con fuerza mientras nos acostábamos sobre la cama, con lentitud su mano iba masajeando mis muslos cada vez más arriba. Mi respiración era cortada y mis labios no dejaban de fusionarse con los de él. Se levantó para desabotonarse su camisa mientras yo hacía lo propio con mi blusa. La falda le estorbaba, así que la quitó de un jalón. Con gran cariño, abrió mis muslos para postrarse sobre mí. Podía sentir su calor y su energía vital fluyendo hacia mi interior.

Era nuestro aniversario y él se las había ingeniado para decorar mi propio cuarto. Había colocado lámparas hermosas de bambú que daban matices rosados sobre las paredes, y pétalos cubriendo el piso y el lecho de amor. Un dulce incienso a rosas impregnaba el sitio. Todo esto me embriagaba aún más.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-36 show above.)