Excerpt for Vida desde la fe by , available in its entirety at Smashwords

ALEJANDRA MARÍA. SOSA ELÍZAGA

VIDA

DESDE

LA FE

Colección Fe y vida

Vol. 1



designó el Señor a otros setenta y dos

y los envió por delante...

a todas las ciudades y sitios

a donde Él había de ir...”

(Lc 10, 1)


Vida desde la Fe’

Colección ‘Fe y vida’

Vol. 1

Disponible también impreso en papel, ilustrado con 50 dibujos a tinta realizados por la autora.

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3, esq Congreso. Col . Tlalpan

Del. Tlalpan. C.P. 14000, México, D.F.

Tel 56 65 12 61

Registro del Derecho de Autor: 03-2004-100713220100-14

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por escrito de la autora y/o del editor

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Esta obra cuenta con Nihil Obstat e Imprimatur

otorgado por la Cancillería de la Arquidiócesis de México

el 9 de noviembre de 2004

Í N D I C E

Presentación

¡Resucitó!

La Misericordia Divina

¿Tienes vida?

¿Celebrarías tu dependencia?

Si no reciben, es porque piden mal...

Los ángeles ¿existen?

¿Dichoso el que teme al Señor?

Carta a Juan Pablo II (En el 25º aniversario de su Pontificado)

Misión y oración

Riquezas que empobrecen y viceversa...

Y la muerte, una ganancia...

Una fiesta de ¡17 siglos!

La otra ‘revolución’...

¿Los reyes o el Rey?

¡Feliz año nuevo!

Los gustos de Dios

La verdadera razón de la alegría

Atrévete a encontrarte con Él...

Gracias familiares

Las señales de Dios

Jesús entre los pecadores

Que seamos uno

¡Hey, tú!... ¡sí, tú!... ¡te habla Dios!

Algo para recordar...

Si se te ponen los pelos de punta...

¿Quién dice: ¡yo!’?

¿Sabes en quién confiar?

La ceniza: un incendio anunciado

¡Hagamos la ola!

Dios no se mide...

El poder de las mujeres

De viaje con San José

Lluvia

¿Hace cuánto que no te confiesas?

Por ti

Sed saciada

100 - 1 = 200

¿Como niños?

Mensaje de madera

Madre y Maestra

La paz que no vino a traer

Antídoto contra la soledad

Oración para Pentecostés

Inagotable

En Ti confío

Y tú ¿qué dices?

¿No pasa nada?

Si necesitas consuelo...

¿Sabes acercarte?

Un chisme ¿buenísimo?

¿Qué hacen los que hacen oración?

Dónde poner el corazón...

Tener fe

Honor a quien honor merece...

La corrección de Dios

Shhh...¿escuchas?

¿Sabios o sabihondos?

Amor vs desamor

El poder en la oración

Encuentro o desencuentro

No son las cuentas, sino ¡con la que cuentas!

Dar gracias

Manos arriba

¿Dulces al diablo?

Santidad

De principios y consecuencias

¡Ya nos contaron la película!

OBRAS DE ALEJANDRA MA. SOSA ELÍZAGA

PRESENTACIÓN

Este libro es el primero de cuatro volúmenes de la colección ‘Fe y vida’, aborda temas de la vida cotidiana, casi siempre iluminados por textos bíblicos que se proclaman en Misa.

Con ese estilo característico de Alejandra María Sosa Elízaga, que sabe decir cosas profundas en pocas líneas, y a veces hace reír y a veces pone un nudo en la garganta, estas reflexiones, de no más de dos o tres páginas cada una, son ideales para leer una diaria.

Su objetivo es relacionar la vida y la Palabra, para ayudar al lector a descubrir qué sabroso es no sólo leerla sino saborearla, porque nutre y fortalece, habla al corazón y lo llena de paz, gozo y esperanza.

¡Resucitó!

¿Crees en Cristo?

Si dijiste que sí y alguien te preguntara por qué crees en Él, ¿qué responderías?

¿Que naciste en un hogar católico y así seguiste? La inercia nunca ha sido suficiente razón para la fe.

¿Que consideras a Cristo un gran pensador, un notable filósofo? Ha habido grandes pensadores y filósofos a lo largo de la historia que han dejado voluminosas obras escritas ¿por qué preferir a uno que no escribió ni una sola línea?

¿Que hablaba bonito? ¡No siempre! Cierto que dijo cosas maravillosas -los guardias que fueron enviados a apresarlo regresaron diciendo: ‘¡nunca nadie habló como ese hombre!’’ (Jn 7, 46)- pero a veces decía cosas terribles, exigentes, que les ponían a sus oyentes (y todavía les ponen) los ‘pelos de punta’: como eso de tener que bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos persiguen, poner la otra mejilla (ver Lc 6, 27-38).

¿Que te parece admirable Su vida? Pues sí, pero hay muchos otros con vidas admirables, ¿por qué seguir a uno al que aparentemente le fue tan mal?

Piénsalo un instante: ¿por qué crees en Cristo? ¿Qué te hace querer conocerlo y escuchar Su Palabra?, ¿qué te mueve a aceptar el modo de vida tan difícil que propone?, ¿por qué estás dispuesto a creerle?

Debe haber una sola razón. La única válida. La que justifica todo, la que permite mantenerse en el camino del seguimiento de Jesús aunque resulte difícil tener que amar a los otros, aunque sea enojoso tener que perdonarlos siempre, aunque resulte cansado eso de dar sin esperar nada a cambio.

La razón existe y es ésta: ¡Resucitó!

Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6)

Ningún profeta dijo eso de sí mismo. Sólo Jesús se ha atrevido a decir que es La Vida. Si no hubiera resucitado, hubiera sido un mentiroso. Y si hubiera mentido en eso, hubiera mentido en todo lo demás, y nada de lo que hubiera dicho o hecho hubiera valido la pena.

Dice San Pablo que si Jesús no hubiera resucitado seríamos los más infelices de los seres humanos (ver 1 Cor 15, 19), claro, frustrados, tristes, furiosos por habernos dejado embaucar, por haber desperdiciado toda una vida creyendo una utopía. Pero ¡no es así! porque Cristo sí resucitó.

Y la Resurrección de Jesús le da validez a todo. Le da credibilidad a todo lo que anunció, a todo lo que pidió y prometió.

La Resurrección de Jesús vuelve fácil lo difícil (el tener que servir, amar, devolver bien por mal, comprender, edificar el Reino), porque le da sentido, lo ilumina, e incluso -y aunque parezca imposible- lo llena de paz y de alegría.

La Resurrección de Jesús hace que valga la pena creer en Él, es decir, seguirlo. ¿Por qué? Porque la Resurrección de Jesús no es algo que sólo le afecte a Él, sino a nosotros también.

Jesús dijo: “El que crea en Mí no morirá para siempre.” (Jn 11, 26)

¿Qué significa esto? Que creer en Jesús Resucitado nos permite seguirle fuera del sepulcro, resucitar, compartir con Él la vida eterna.

Creer en Jesús Resucitado es creer en Aquel que realizó lo inimaginable, lo imposible: derrotar a la muerte, derribar ese muro tremendo que nos encerraba en una existencia limitada, chata, sin horizonte ni esperanza.

Creer en Jesús Resucitado es decirle sí y tener la seguridad de que no se camina simplemente tras un gran profeta que murió en una cruz, sino que se sigue al Hijo de Dios que invita a ir con Él, anuncia la salvación, promete la vida eterna y lo cumple.

Los cristianos celebramos que Jesús resucitó, que tiene poder para vencerlo todo, incluso la muerte, y que nos toma de la mano para hacernos salir de nuestros sepulcros, de nuestros miedos, pecados, dolores, tristezas y desesperanzas.

Celebramos que podemos encontrarle sentido a nuestra existencia, incluso a lo más negro o angustioso, porque sabemos que con nosotros va el Resucitado y con Él a nuestro lado podemos siempre cantar, como el salmista:

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

...Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

Espera en el Señor,

sé valiente,

ten ánimo,

espera en el Señor...” (Sal 27, 1. 13-14)

La Misericordia Divina

Se ha vuelto muy popular en las iglesias, centros religiosos y hogares una imagen de Cristo que lo representa de pie, con una mano en actitud de bendecir y la otra sobre el pecho, de donde brotan dos rayos de luz, uno blanco y otro rojo.

Corresponde a una visión que tuvo Santa Faustina Kowalska (1905-1938), religiosa polaca, canonizada por el Papa Juan Pablo II. Ella escribió en sus memorias que Jesús se le apareció, le pidió que mandara pintar dicha imagen, le dijo que los rayos de luz representaban la Divina Misericordia que Él desea derramar sobre todos los seres humanos, y que quería que el primer domingo después de Pascua se celebrara la ‘Fiesta de la Divina Misericordia’, para que todos los que acudieran a Él en busca de ese don divino, lo obtuvieran a manos llenas. El Papa Juan Pablo II instituyó esta fiesta.

Ahora bien, cabría preguntar: ‘¿Qué es exactamente la misericordia?’

Hay quien cree que la palabra ‘misericordia’ es sinónimo de ‘lástima’, de darle a alguien golpecitos en la cabeza y ‘pobretearlo’: decirle ‘pobrecito, qué pena me das’. Ningún galán se atrevería a decirle a la novia: ‘siento por ti...¡mucha misericordia!’, porque probablemente se quedaría solo y con una mejilla roja y ardida. Es que no entendemos lo que la palabra significa.

En su origen, misericordia viene de ‘miseria’ y ‘corazón’, lo cual en ‘cristiano’ significa ‘poner el corazón en la miseria’, es decir, amar al otro no sólo en lo agradable, sino en lo desagradable, no sólo por sus grandes cualidades, sino también con sus pequeñeces, con sus defectos, con lo que lo hace difícil chocante, insoportable.

Lo malo es que no sabemos amar así. Suena absurdo. Piensa en esto: Si te pidieran que describas características de tu mejor amigo, seguramente enumerarías lo que te gusta de él. Difícilmente dirías: es alguien que nunca me llama; siempre está dispuesto a traicionarme; no cree nada de lo que le platico; nunca cumple sus promesas; se olvida de acudir cuando quedamos de vernos...

Amamos de los otros sólo sus cualidades; cuando surgen los defectos comentamos extrañados: ‘fulano ha cambiado mucho’, ‘antes no era así’, ‘ya no me gusta llevarme con él’, ‘ya no lo considero mi mejor amigo, me ha decepcionado’.

En cambio Dios ama de manera total. No sólo cuando somos, según nosotros, ‘cristianos ejemplares’, sino también cuando caemos, cuando pecamos, cuando seguimos caminos completamente opuestos a los Suyos, cuando nos olvidamos de orar, cuando nos falta la fe, cuando le prometemos enmendarnos y no lo hacemos, cuando lo dejamos plantado.

Dios nos ama con amor misericordioso, con amor que pone el corazón en nuestras miserias, en nuestras pequeñeces, en aquello menos digno de ser amado.

Dice el salmista:”¡Aleluya! ¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna Su misericordia!” (Sal 136,1). Y más adelante añade: “En nuestra humillación se acordó de nosotros, porque es eterna Su misericordia.” (Sal 136,23).

Dice ‘en nuestra humillación’, es decir, cuando nos morimos de vergüenza, cuando hacemos algo de lo que estamos tan apenados que nos ponemos rojos hasta las orejas y queremos que la tierra nos trague, aun entonces el Señor tiene para nosotros misericordia, aunque todos nos vean feo y se burlen o aparten de nosotros, el Señor no nos olvida, no se aleja, nos sigue amando, porque ‘es eterna Su misericordia’.

¡Qué descanso para el alma saber que tenemos un Dios del que se puede decir no que está listo para juzgarnos y condenarnos, sino que ‘la misericordia y la fidelidad lo preceden’...! (ver Sal 89,15).

Ello no significa que nos ‘apapache’ en nuestro pecado ni se quede tranquilo viéndonos hundidos en nuestras miserias. Justamente para rescatarnos de ellas murió Jesús en la cruz. Lo que es posible afirmar es que nunca confunde ‘pecador’ con ‘pecado’, y no nos deja de amar ni aunque pequemos. No deja de tendernos la mano, de esperar que lo dejemos librarnos de todo aquello que no nos deja vivir y gozar la libertad de ser hijos de Dios. Él no ama tu pecado, pero te ama a ti.

Celebrar la Misericordia Divina es dejarse ‘caer en blandito’ en el amor de Dios, confiar en que podemos vivir, como se dice en Misa después de rezar el Padrenuestro: ‘ayudados por Su misericordia’.

¿Cómo nos ayuda la misericordia?

Nos libra de la desesperanza, nos libra de creer que nuestros pecados son demasiado grandes o imperdonables: La misericordia de Dios nos ayuda porque nos rescata, nos hace ver que todavía tenemos remedio.

Solemos rechazar al que nos rechaza. Si creyéramos que Dios está enojado con nosotros y que nada de lo que hagamos cambiará eso, probablemente nos alejaríamos de Él diciendo: ‘pues si Él no quiere tener nada que ver conmigo, yo tampoco quiero tener nada que ver con Él’. En cambio, confiar en la misericordia del Señor es tener la seguridad de que en cualquier momento de tu vida y sin importar qué hayas hecho o cuánto tiempo hayas estado alejado de Él, puedes regresar a casa y lo encontrarás esperándote con los brazos abiertos.

Dice San Pablo:

No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda

compadecerse de nuestras flaquezas,

pues fue probado en todo igual que nosotros,

excepto en el pecado.

Acerquémonos, por tanto, confiadamente,

al trono de gracia,

a fin de alcanzar misericordia...” (Heb 4, 15-16)

¿Aprovecharás hoy este regalo?

¿Tienes vida?

Si alguien te preguntara si tú tienes vida, seguramente responderías: ¡es obvio!, ¡qué pregunta más tonta! Pero hay que aclarar que no se te cuestiona si no eres difunto (¿no estarás leyendo esto desde una fosa?...) sino si tienes vida, es decir, si no vas por el mundo como muerto, si no andas por ahí desasosegado, sintiendo un hueco en tu interior, que algo te falta y no sabes bien qué...

¿A qué le llamamos tener vida?

Alguno puede decir, ‘¡esto es vida!’ mientras se tumba en su rincón favorito, armado de una bebida bien fría y un radio para oír el partido de futbol; otro puede pensarlo sentado en una playa viendo pasar muchachas en bikini; alguien más exclama esto cuando se dispone a devorar un platazo de su guisado favorito. ¡Esto es vida!

Pero cabría preguntarse, ¿sí de veras esto es vida?, ¿es la vida a la que se refiere Jesús?, ¿lo mejor a que podemos aspirar? ¿No será que hemos bajado bastante nuestras expectativas?, ¿que nos conformamos con muy poco?

Recuerdo esa escena bíblica donde Saúl sale a buscar unas burras que se le perdieron a su papá y como no las encuentra quiere consultar a un profeta para que le diga dónde están, pero lo que el profeta le va a decir no es el paradero de las burras, sino ¡que Dios lo quiere ungir rey de su pueblo! Igualito nos pasa nosotros: andamos buscando burras, nos conformamos con pequeñeces, siendo que Dios tiene para nosotros un destino ¡muy especial!

Jesús anuncia que Su cuerpo y Su sangre dan la vida al mundo, y cabría preguntarse a qué se refiere, pues por lo que se ve, gran parte de ese mundo está convencido de que tiene vida y una ¡muy buena!

Creemos que tener buena vida es tener mucho dinero; que no nos duela nada; que nadie se nos muera; que se nos cumplan todas nuestras ocurrencias, y si esto no sucede, lamentamos: ‘esto no es vida’. Pero la vida de la que habla Jesús cuando dice que nos va a dar a comer Su cuerpo ‘para que el mundo tenga vida’ (Jn 6, 51) es una vida que se comienza a disfrutar ya desde ahora, y luego en plenitud en la eternidad, cuando uno entra en comunión con Él y aprende a vivirlo todo con Él y como Él: desde el amor. Entonces la vida deja de ser un caminar sin sentido, tratando de aprovechar el momento porque no se tiene una razón de ser ni un horizonte claro, y se convierte en un camino que se vive de la mano del Señor. Y ¡esto sí que es vida! Porque así se vive feliz, con la paz que el Resucitado les regala a los que son Sus discípulos; con esa alegría que Él prometió que nada nos podría arrebatar.

Tener la vida que Cristo ofrece es tener la capacidad de amar y perdonar aun a quien uno creía imperdonable; es mantener la serenidad y la esperanza aun en medio del dolor o la tragedia; es vivir lo ordinario de manera extraordinaria.

Jesús dijo: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6), un Camino que se nos muestra, una Verdad que nos ilumina, una Vida que nos permite responder a la pregunta inicial con un rotundo ¡sí!, tengo Vida, y la tengo ¡en abundancia!

¿Celebrarías
tu dependencia?

Muchos países suelen celebrar su ‘Independencia’.

Es curioso cómo el ser ‘independiente’ se ha convertido en un valor importantísimo en nuestro tiempo.

A nivel personal nos gusta pensar que nos valemos por nosotros mismos, que no ‘dependemos’ de nadie, y el que se encuentra en una situación que lo obliga a depender de otros, lamenta ser ‘una carga’.

Sin embargo, si vemos el asunto desde la fe descubrimos que Jesús nos propone una manera de vivir que va a contracorriente de esta mentalidad.

En primer lugar nos hace darnos cuenta de nuestra absoluta dependencia del Padre: nos invita a ponernos cotidianamente en Sus manos, pedirle: ‘danos hoy el pan de cada día’ (Lc 11, 3), no el pan del mes o el del año (para no tener que volver a pedir en mucho tiempo), sino el pan diario, lo que nos mantiene siempre conscientes de que todo se lo debemos a Él y que sin Él no somos nada.

Dice el salmista al Señor: ‘Abres tu mano y sacias de bienes a todos los vivientes; retiras tu aliento y expiran, vuelven a ser polvo...” (Sal 104, 28-29).

Una y otra vez estamos llamados a volver la mirada hacia Dios para solicitar Su ayuda. Y esta ayuda suele llegarnos a través de quienes nos rodean, lo cual nos fuerza a reconocer que no somos tan independientes como creíamos, que necesitamos a los otros para todo.

Piensa en esto: Jesús nos dejó un solo mandamiento: “Que os améis unos a otros como Yo os he amado” (Jn 15,12) lo cual significa no sólo que Jesús está pidiéndote que ames a otros, sino también que está pidiéndole a otros que te amen a ti. La pregunta es: ¿les permites tú cumplir ese mandato de amarte?

No está de más recordar que amar significa hacer un bien concreto a quien se ama.

Quizá a ti te gusta hacer el bien, hacer favores a otros, te sientes feliz ayudando a los demás, pero cuando pasas por un momento difícil, cuando necesitas de los demás eres incapaz de admitirlo, jamás pides ayuda, dices: ‘no quiero molestar, que no piensen que soy una lata, no quiero caerles gordo’. Y ahí vas, tratando inútilmente de salir adelante sin ayuda, sin permitir que otro te ame, es decir, que otro te haga un bien, tal como lo pide Jesús.

Según tú estás librando al hermano de una carga, según Jesús le estás impidiendo amar.

¿No has pensado que esa buena acción que no dejaste que hiciera esa persona por ti, quizá iba a ser la única cosa buena que ella iba a hacer en ese día? (¿o quizá en esa semana o peor aún, en el mes o el año?).

Permitirle ayudarte iba a ayudarle a dejar de lado su egoísmo, descubrir el gozo de hacer algo por alguien más y aprender el valor de esa frase de Jesús que cita San Pablo: ‘mayor felicidad hay en dar que en recibir’ (Hch 20, 35).

Ahora bien, no se trata de volverse uno un ‘aprovechado’ que, como decimos en México, ‘se cargue a lo pariente’ y abuse de otros, no. Se trata de aprender a aceptar con humildad, gratitud e incluso alegría, la ayuda cuando ésta se necesita.

El otro día le comentaba a un amigo que en una reunión en la iglesia una señora platicó que para sentirse ‘muy independiente’, vendió su casa y su coche, se compró una ‘casa rodante’ y se fue a vivir lejos de sus cinco hijos. Pero un día se quedó encerrada en el bañito de su trailer treinta y seis horas antes de que alguien se diera cuenta y la ayudara a salir, y desde entonces reconoció que es ridículo sentir que puede uno prescindir de los demás.

Mi amigo me dijo que lo ridículo era que hubiera alguien que creyera ser independiente si es obvio que en todo dependemos de los demás: en lo que comemos, lo que vestimos, donde vivimos, etc. y que en lugar de lamentar nuestra dependencia, deberíamos apreciarla e incluso disfrutarla como un regalo de Dios.

Decía San Juan de la Cruz que al final de la vida seremos examinados en el amor. La sorpresa será que quizá esto se refiera no sólo a si supimos dar amor, sino a si supimos recibirlo...

Si no reciben,
es porque piden mal...

En la Biblia se dice que si no alcanzamos lo que ambicionamos es porque pedimos mal. (ver Stg 3,13-4,3) ¿Qué significa esto?

Algunos podrían pensar que se nos quiere dar a entender que existe alguna ‘fórmula secreta’ que garantiza que se nos conceda lo que pedimos.

Para aprovecharse de quienes piensan así, comerciantes astutos y poco escrupulosos anuncian en revistas y hasta en televisión, toda clase de ‘talismanes’ cuyas supuestas propiedades mágicas aseguran que quien los posee reciba riquezas, bienestar, poder y cuanto se le ocurra solicitar (excepto, claro, la devolución de su dinero cuando compruebe que todo es un vil fraude).

Otros que se dicen ‘creyentes’ y se precian de no confiar en ‘cuarzos’, ‘pirámides’ y demás parafernalia supersticiosa, quizá interpretan la frase del apóstol como que para obtener lo que ansían tienen que seguir al pie de la letra una cierta novena o ciertas oraciones que vienen en una estampita que la ‘comadre’ o el ‘cuate’ les recomendaron como ‘milagrosísima’. Y se pasan los días repitiendo frases pomposas que quizá ni entienden, con las manos en alto y las rodillas lastimadas, buscando hacerle ‘manita de puerquito’ a algún santo de su devoción para que les haga caso.

Quizá lo que significa eso de que ‘pedimos mal’ es que solemos pedir cosas que en realidad no nos convienen.

Alguien podría decir: ‘¿Cómo no me va a convenir? Si estoy rogando ganarme la lotería y esa ‘lana’ me caería ¡¡muy bien!!’.

Para entender esto, conviene recordar que Jesús dijo que no debemos angustiarnos pues el Padre sabe lo que nos hace falta (ver Lc 12, 22-31).

Partimos entonces de que Dios es nuestro Padre, es decir no es una ‘divinidad’ todopoderosa pero lejana a la que no le importamos mayor cosa, sino que es un Padre que nos ama y está pendiente de nosotros, tanto, que sabe lo que necesitamos.

Ojo: Hay que hacer aquí una diferencia entre lo que nosotros creemos que necesitamos y lo que el Padre, en Su infinita sabiduría y amor paternal, sabe que requerimos:

Nuestra idea de lo que nos resulta ‘indispensable’ suele estar motivada por nuestro deseo de mantener un cierto bienestar material e inmediato (que no nos duela nada; que no se nos enferme o muera ningún ser querido; que no nos vaya mal económicamente...).

En cambio, lo que motiva a Dios para concedernos o no algo es que Él verdaderamente conoce lo que es mejor para nosotros, pues además de que ve por encima del tiempo y el espacio (cosa que no podemos hacer nosotros, por lo cual a veces deseamos hoy algo que mañana ya ni íbamos a aprovechar), Él nos ama y busca nuestro bienestar espiritual: ve si otorgarnos algo contribuirá o no a hacernos crecer como personas; si nos ayudará a salir de nuestro egoísmo; si nos permitirá amar más; si fortalecerá nuestra fe; si nos acercará más hacia Él...

Ahora bien, el hecho de que Dios nos conceda algo no trae automáticamente aparejado el que eso nos resulte bien: depende de nosotros no ‘derrocharlo’ -como hace notar el apóstol Santiago- sino aprovecharlo según la voluntad de Dios.

Así, resulta absurdo buscar modos de ‘obligar’ a Dios a concedernos lo que le exigimos o creer que porque se siguen ciertos ‘ritos’ se asegura que no le quede más remedio que ceder.

Nuestra petición madura como creyentes que nos sabemos hijos muy amados de un Padre que vela por lo que nos conviene, consiste en pedirle confiadamente lo que deseamos y tener la absoluta tranquilidad de saber que si nos lo concede -y lo empleamos según Su voluntad- ello será para nuestro bien, y si no nos lo concede, también.

Los ángeles ¿existen?

Los comerciantes nos han inundado de ángeles. Los hay de todos los tamaños y materiales imaginables; los encontramos en libros, adornos, ‘colguijes’ y hasta en ¡la sopa! La gente los compra, los regala. Y lo malo aquí no es la sobrepoblación angélica, sino que nos están bombardeando con información sobre los ángeles que suele estar distorsionada por uno de estos tres elementos:

La fantasía

La tele nos presenta a ‘Jonathan’ (de ‘Camino al Cielo’), un difunto ‘ascendido’ a ángel, (¡qué disparate!, los ángeles fueron creados así, no fueron humanos primero), y a ‘Mónica’, ingenua angelita (de ‘Tocado por un Ángel’) que jamás habla de Jesucristo y cuando lee la Biblia llama a Dios ‘Jehová’ (palabra que se suele usar en grupos no cristianos).

En cine vemos a Nicholas Cage como un ángel de gabardina negra, tan enamorado de una rubia que decide ¡hacerse humano! (absurdo que si fuera posible sería pésima elección: pues se perdería lo más por lo menos), y a John Travolta como un ángel vulgar y desaliñado. ¡Cuánto desatino!

La incredulidad

Algunos teólogos ‘modernos’ argumentan que como antiguamente no se concebía que un poderoso rey se rebajara a comunicarse directamente con sus súbditos más pequeños (para eso tenía ministros y mensajeros), en la Escritura surgió la idea de que Dios también tenía toda una corte de ayudantes (ángeles) para comunicarse con los seres humanos, pero que ahora ya nadie cree que los ángeles existan, pues todos saben que Dios no necesita de nadie para comunicarse con quien quiera.

Este razonamiento cae por tierra si reflexionamos que Dios no suele relacionarse ‘en directo’ con nosotros, sino a través de diversos medios, uno de los cuales es el de las personas que nos rodean: descubrimos Su amor gracias a que alguien nos ama; Su perdón gracias a que alguien nos perdona; Su ayuda gracias a que alguien nos tiende la mano...y así sucesivamente. Por lo tanto, si Él, que es Todopoderoso, no sólo no desdeña la ayuda de las criaturas humanas ni prescinde de ella sino que la anima pues nos envía a hacer el bien y nos pide que en Su nombre ayudemos a otros y oremos por ellos, es lógico pensar que tampoco desdeñe la ayuda de las criaturas espirituales; que así como elige manifestar Su amor a los seres humanos a través de otros seres humanos, también elija manifestarlo a través los ángeles; que así como nos invita a ser instrumentos Suyos para hacer sentir Su presencia amorosa en el mundo, también los invite a ellos. Dios puede enviarnos ayuda a través de criaturas corporales o espirituales.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Toda la vida de la Iglesia se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles” (C.E.C. #334).

Y recordemos que durante el Acto Penitencial en Misa pedimos: “a Santa María Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos que intercedan por mí ante Dios nuestro Señor.”.

Hay católicos que aseguran no creer en los ángeles porque no los ven, pero ¿no proclamamos en el Credo que Dios creó lo visible y lo invisible? y ¿cómo podemos creer en Él aunque no lo veamos, y dudar de la existencia de los ángeles porque no los vemos? ¿No es contradictorio? Por otra parte, ¿no es tener una idea demasiado chata del poder de Dios el pensar que sólo puede crear lo que a nosotros -que tenemos un conocimiento limitadísimo acerca del universo, la materia, la energía, etc.- nos parezca posible?

Otros recurren a la ‘etimología’ y dicen que como la palabra ‘ángel’ significa ‘mensajero’, cualquier persona que en un momento dado sea ‘mensajera’ de Dios, es decir, que lleve a otro algo de Su amor, Su paz, etc. está haciéndole de ‘ángel’ y por tanto es ya un ángel. Suena muy bonito, pero no está en concordancia con lo que enseña la Iglesia Católica, para la cual la existencia de los ángeles es un dogma de fe, que se definió desde el IV Concilio de Letrán, en el año 1059.

Fijémonos además que cuando se menciona a los ángeles durante la Misa, en la Sagrada Escritura, etc. no se hace referencia a ellos como si fueran ‘buenas gentes’, sino como criaturas personales espirituales que sirven a Dios. Podemos decirle a alguien: ‘eres un ángel’, como podemos decirle: ‘eres un sol’, con la conciencia de que es una comparación, no una realidad.

El exceso

Así como hay quien no cree en los ángeles, hay quien cree ¡demasiado! En el movimiento Nueva Era o New Age se considera a los ángeles como dioses a los que se rinde toda clase de cultos. Tampoco eso es católico. Recordemos las palabras que un ángel dijo a San Juan cuando éste quiso adorarlo: “No, cuidado: yo soy un siervo como tú...A Dios tienes que adorar.” (Ap 22, 9).

¿Qué dice la Biblia?

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los ángeles están presentes en toda la Biblia cumpliendo las tareas más diversas (guiar, rescatar, sanar, acompañar en viajes; impedir algún mal, anunciar algo; aparecer en sueños; consolar; alabar a Dios...).

¿Cómo se debe interpretar la presencia de los ángeles en los relatos bíblicos? ¿Como fantasía?, ¿como mera imagen literaria?, ¿como símbolo? o ¿como realidad?

¿Qué dice la Iglesia?

Para aclarar las cosas y acabar con malentendidos, nada como acudir a la sabiduría de nuestra Madre y Maestra. El Catecismo de la Iglesia afirma que la existencia de los ángeles, “seres espirituales, no corporales, es una verdad de fe” (C.E.C. #328); que “pertenecen a Cristo porque fueron creados por y para Él” (C.E.C. #331), y que como “criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad; son criaturas personales e inmortales, y superan en perfección a todas las criaturas visibles (ver Col 1,16)” (C.E.C. #331).

La Iglesia celebra a san Miguel, san Gabriel y san Rafael, Arcángeles, y también a los santos Ángeles Custodios. Respecto a estos últimos, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (C.E.C. #336). Jesús los menciona en Mt 18, 10;

En consecuencia: Creer en los ángeles no sólo nos hace vivir en concordancia con lo que enseña nuestra Iglesia Católica, sino que enriquece enormemente nuestra vida espiritual pues amplía el horizonte de seres a los que podemos solicitar ayuda para nosotros y para los demás.

Alguien puede decir: ‘yo le pido ayuda directamente a Dios y basta’. A lo que cabría responder, que creer en los ángeles no significa dejar de pedir las cosas directamente a Dios para pedírselas a los ángeles (recordemos que ellos, al igual que nosotros, son simplemente criaturas), sabemos que sólo Dios es Todopoderoso. Lo que sucede es que así como pedimos a Dios que Su ayuda se manifieste a través de las personas (“que mi hijo encuentre un buen amigo en su escuela para que no ande en malas compañías”; “mándame alguien que me eche la mano en esta chamba”), así también podemos solicitarle que nos mande ángeles que nos conforten y nos cuiden (‘Señor, mi hija va a regresar muy tarde, que tus ángeles la protejan”; “mi nieto está en el hospital, que tus ángeles rodeen su camita y lo hagan sentir Tu paz”).

No recuerdo qué santo recomendaba que cuando nos preocupa una persona (por su situación emocional, espiritual, de salud, o porque tenemos dificultades con ella) le pidamos a su Ángel de la Guarda que ore y vele por ella. Que así como nos encomendamos a las oraciones de otras personas, igual solicitemos las oraciones de los ángeles.

Como se ve, creer en la existencia de los ángeles no es algo primitivo o del pasado, ni tampoco es una especie de nueva religión. El creer en los ángeles -situándolos en su justa dimensión de criaturas- es percibir que estamos rodeados del amor infinito de Dios que se manifiesta en todo cuanto ha creado, lo que vemos y lo que todavía no vemos.

Celebremos pues la existencia de estos extraordinarios amigos, encomendémonos a su protección y junto con ellos alabemos y demos gracias a Dios por haberlos creado para gloria suya y beneficio nuestro.

¿Dichoso el que teme
al Señor?

El Salmo 128 hace una afirmación que suele malinterpretarse:

Dichoso el que teme al Señor” (Sal 128, 1)

Pregunté a algunas personas qué entendían por eso de ‘temer al Señor’.

Una viejita contestó: “¡uy, que hay que tenerle muuuuucho respetito a Dios porque lo ve todo y si haces algo malo ¡verás cómo te va!”; un padre de familia respondió: “que Dios tiene la sartén por el mango y puede hacerte lo que quiera, así que si le tienes miedo y te portas bien, serás dichoso”; un niño dijo: “que Dios nos asusta, porque no lo puedes ver pero Él a ti sí!”

Esas respuestas demuestran dos cosas:

1. Que muchos creyentes tienen una idea no sólo equivocada, sino muy injusta, acerca de Dios

Tienen grabada esa imagen con que a veces representan a Dios en algunas pinturas y murales: un triángulo con un gran ojo adentro, al que no se le va ¡una! Se sienten siempre observados por Él, y eso los hace sentirse incómodos, como si estuvieran bajo el permanente escrutinio de un director de escuela que está esperando encontrar la menor manchita para poner tache, para aplicar un castigo.

Urge cambiar esa manera de percibir a Dios. Es verdad que todo lo ve, pero lo ve con mirada misericordiosa, dispuesto siempre a comprender, a perdonar, a tender la mano. Saberte mirado por Él no es algo que deba hacerte sentir mal, sino al contrario, gozar sabiéndote cuidado, atendido, por un Padre amoroso que está tan pendiente de ti como para contar los cabellos de tu cabeza (ver Lc 12,7).

2. Que equivocadamente se confunde ‘temor de Dios’ con ‘miedo a Dios’

Temor de Dios no significa tenerle ‘miedo’ a Dios. Para entender esto valga este ejemplo: Cuando una mamá primeriza se dispone a darle su primer baño a su hijo recién nacido, tiene temor de que se le resbale, temor de dejarlo caer, de que le entre jabón en los ojitos, de que trague agua, de que se enfríe, en fin, temor de hacerle daño. ¿Le tiene ‘miedo’ a su bebito? ¡Claro que no! Pero siente temor de hacer cualquier cosa que pueda afectarlo. Pues bien, el temor de Dios es algo así. Es sentir tal respeto reverente hacia un Dios que es todo amor, que nos ha dado tanto, que nos ha colmado de tantas gracias y ternura, que tememos hacer algo que pueda herirlo, lastimarlo, hacerlo sentir no amado, no correspondido por nosotros.

El ‘temor de Dios’ es uno de los dones del Espíritu Santo, y nos ayuda a alejarnos del pecado porque nos hace temer afectar nuestra relación con Dios.

Decía San Ignacio de Loyola que la mayor perfección espiritual se alcanza cuando no sólo preferimos morir antes que cometer un pecado mortal, sino incluso venial, es decir, que salimos del círculo vicioso de ‘peco hoy al fin que me confieso mañana’ y ya no queremos consentir en algo que va en contra de lo que el Señor espera de nosotros.

Es como en un matrimonio: si el marido dice: “le hago esta ‘trastada’ a mi mujer, al fin que luego me perdona”, es posible que sí, la mujer lo perdone, pero a la larga las ‘trastadas’ acumuladas irán dando al traste (válgase la redundancia) con la relación. En cambio si dice: ‘¿cómo le voy a hacer esta ‘trastada’ a mi chatita, si nos queremos tanto?’, el temor de lastimar a su mujer lo mantiene en el buen camino.

Se comprende así que si tienes ‘temor de Dios’ (es decir, temor a defraudar las esperanzas que Él tiene puestas en ti; temor a no corresponder a Su infinito amor), vives entonces buscando cumplir la voluntad de Aquel que te creó y conoce lo que es mejor para ti, por lo cual puedes tener la seguridad de que sigues el mejor camino, el único que puede llevarte a la paz, a la plenitud, a una dicha que no tendrá final.

Carta a Juan Pablo II
(En el 25º aniversario de su Pontificado)

Querido Juan Pablo II:

Han pasado veinticinco años desde aquella mañana en que casi llegas tarde a ese Cónclave en el que tenías una cita con el Espíritu Santo para que te eligieran Papa. Venías -típico tuyo- de una excursión para visitar un santuario mariano. Se te descompuso el automóvil y un camionero te llevó (que seguro después platicaba: “¡le di ‘aventón’ al Papa!”).

Cinco lustros desde que te asomaste al balcón en San Pedro y solicitaste nuestra ayuda, pero ¡fuiste tú quien nos la dio! Surge por eso este agradecimiento: por lo que recibimos y aprendimos de ti en estas dos décadas y media:

Gracias por aquel primer discurso en el que nos invitaste a no temer y a abrir el corazón a Jesús. En este tiempo en que nos paraliza el miedo y la violencia; en el que no tenemos seguro el empleo, ni el alimento, ni la casa ni el mañana, tus palabras de aliento nos han ayudado a salir adelante.

Gracias por tomarte en serio el Evangelio del buen pastor que va a buscar a la oveja perdida, Papa viajero, misionero, dispuesto siempre a llevar hasta el último rincón del mundo un mensaje de amor, de paz, de reconciliación, sin permitir que te detenga ni el mal tiempo ni la mala salud ni la mala voluntad de los que amenazaron con atentar contra tu vida.

Gracias por tu coherencia, cuando al salir del hospital, luego de aquel balazo, visitaste a tu agresor en la cárcel para otorgarle tu perdón.

Gracias por darnos lección de paciencia al verte en tus viajes sentado bajo un sol inclemente o a merced de un ventarrón o en medio de una nevada, sin perder la buena disposición que te caracteriza, sin quejarte jamás de las interminables y a veces engorrosas ceremonias que preparamos en tu honor.

Gracias porque en tus recorridos te preocupas más por los otros que por ti, preguntas: ‘¿y estas personas tienen dónde dormir?, ¿algo para comer?’ cuando ves las multitudes de fieles que han querido pasar la noche en vela, a la intemperie, con tal de poder verte aunque sea unos segundos.

Gracias porque a dondequiera que vas tienes palabras de gratitud para aquellos que a otros suelen pasarles desapercibidos: quienes arreglan tu cuarto, cocinan, limpian, manejan, atienden los pequeños grandes detalles que hacen más fácil tu visita.

Gracias porque te has atrevido a pedir perdón por pecados que tú no has cometido, pero que a lo largo de siglos han lastimado la Iglesia que presides: ningún otro líder dio tal lección de humildad.

Gracias por las horas robadas a tu descanso escribiendo miles de páginas que nos han enriquecido fortaleciendo nuestra vida de fe y nuestro amor por la Palabra.

Gracias porque a pesar de ser el hombre que más personas han ido a ver en el planeta, nunca has cedido a la tentación de la popularidad; has osado ir a contracorriente, y cada vez que ha hecho falta has levantado tu voz de profeta para denunciar las injusticias; para protestar contra las guerras; para defender la vida y la dignidad de todas las personas, desde su concepción hasta su muerte.

Gracias porque a pesar de tu salud mermada y las piadosas sugerencias de que ya te retires, sigues adelante, cuerpo frágil y voluntad de acero, entregando la vida por nosotros.

Gracias porque eres octogenario pero conservas intacto el corazón de niño, la alegría de existir y la capacidad de asombro.

Gracias porque no te da pena que te veamos enfermo y asistido, nos das ejemplo de dignidad y fortaleza y eres consuelo y esperanza para tantos que viven como tú la ancianidad y el dolor. Es verdad que el Señor es tu luz y salvación y nada temes.

Gracias por esa bendición como un abrazo grande que nos diste desde la escalinata del avión, y por quedarte con nosotros aunque te hayas marchado. Sabemos que seguirás aquí, aun cuando un día despiertes acurrucado en las manos amorosas del Padre, con tu cabeza en el regazo de María y contemplando a Jesús, bajo la luz sin ocaso del Espíritu Santo.

Gracias porque confiamos en que aun entonces no nos olvidarás y seguirás como siempre pidiendo a la Guadalupana que ruegue a Dios por nosotros, tus bienamados mexicanos.

Misión y oración

¿Qué viene a tu mente cuando escuchas hablar de ‘misiones’ y ‘misioneros’? Quizá una escena de película: una monjita o un señor -de barbitas, sombrerito blanco y bermudas- enseñando catecismo a un grupo de niños africanos que escuchan fascinados.

La realidad no es tan romántica. Hoy en día hay países en Asia en los que ser católico y promover la fe en Jesucristo es un delito que se paga con la vida.

No hace mucho tiempo salió libre un obispo jesuita que pasó ¡treinta años! preso en una cárcel china -en una celda inundada diez centímetros-por rehusarse a renegar de su fe católica.

No es nada fácil la vida de los misioneros.

Ahí tenemos el caso de la madre Teresa de Calcuta: para poder instalar su orden y las casas para atender a los más pobres entre los pobres, enfrentó muchísimas dificultades: falta de recursos económicos, desconfianza de los lugareños (o franca oposición a tener en el vecindario una casa llena de lo que ellos consideraban seres indeseables); trabas del gobierno; trámites engorrosísimos; incomprensión de sus propias gentes; nostalgia de su patria, en fin, que esta monjita pequeña y aparentemente frágil necesitó una voluntad de acero para vencer tantos obstáculos. Uno podría preguntarse: ¿qué la impulsaba a hacer esto? más aún, ¿ qué la sostenía? La respuesta a ambas preguntas es la misma: el amor de Dios. Teresa de Calcuta estaba llena del amor de Dios y se le notaba.

El otro día pedí a varias personas que me dijeran qué era lo que más les llamó la atención de esta monjita extraordinaria. Dieron amplias respuestas, pero el elemento común en todas ellas era: su mirada luminosa y su sonrisa cálida.

Alguien le preguntó a ella que por qué sonreía siempre si encontraba a cada paso personas en el último grado de la miseria, la enfermedad, el abandono, algo verdaderamente entristecedor. Y ella respondió: ‘quiero comunicarles sin palabras que Dios los ama, quiero que se sientan amados por Dios y eso no se logra con caras largas y ceños fruncidos’.

¿De dónde obtenía ella esta sonrisa, esta certeza del amor de Dios? De la cercanía con Él.

La madre Teresa de Calcuta pasaba largos ratos en oración y exigía que sus religiosas hicieran lo mismo. Estaba consciente de que el trabajo con los más pobres es muy desgastante, y es indispensable acudir a Dios para recuperar energías y seguir adelante.

Sólo el trato continuo con Aquél que es el Amor, lo llena a uno del amor suficiente para dar a los demás. De otro modo pronto se agota, se desanima, se rinde.

Ella contaba que en un principio hacían una hora de oración ante el Santísimo una vez a la semana, pero que cuando empezaron a hacerla diaria, sintieron cómo su vida espiritual se enriqueció increíblemente y su extenuante labor se hizo mucho más llevadera.

Jesús dio ejemplo de esto. Con frecuencia los discípulos se daban cuenta de que Él se había levantado temprano, cuando todavía estaba oscuro, para irse a orar (ver Mc 1,35). De la oración obtenía la fuerza para enfrentar esas agotadoras jornadas rodeado de multitudes que requerían tanto de Él.

No sólo la oración propia sostiene a un misionero. También la oración que otros hacen por él. Consideremos esto: Santa Teresita del Niño Jesús es la santa patrona de los misioneros, y ¡nunca salió de su convento! ¿Qué hizo para merecer semejante título? Orar. Orar siempre por ellos.

Cuando murió Teresa de Calcuta nos sentimos todos un poco huérfanos, el mundo se quedó triste sin la reconfortante presencia de esta mujer que nos recordaba continuamente el amor de Dios. ¿Queremos que haya más personas como ella? Oremos. Por nosotros mismos, para tener la fuerza de realizar la misión que Dios nos encomiende, y por esos hombres y mujeres que, como ella, dan la vida con tal de llevar el mensaje del Evangelio a los rincones más apartados y en condiciones muy difíciles.

Dice el teólogo norteamericano Peter Kreeft que si nos diéramos cuenta de cómo aun la más pequeña de nuestras oraciones hace una gran diferencia en la vida de aquéllos por quienes oramos, nos la pasaríamos de rodillas, rezando.

Te invito a que tomes un momento ahora mismo para orar. Pide a Dios por todos aquellos que, como Teresa de Calcuta, decidieron entregarlo todo para ir por el mundo llevando a otros la luz, la esperanza y el consuelo de descubrir el amor inagotable del Señor.

Riquezas
que empobrecen
y viceversa...

Cuando leemos el Evangelio en el que un hombre rico le pregunta a Jesús cómo puede alcanzar la vida eterna y le parece demasiado fácil la primera respuesta que recibe, y demasiado difícil la segunda, porque exige renuncias (ver Mc 10,17-30) y lo vemos marcharse entristecido porque tiene muchos bienes, como que nos entra cierta desesperación, quisiéramos gritarle: ‘¡hey, detente, no seas tonto, no te vayas así!, ¡no estés triste por lo que dejas, piensa en lo que obtendrás!’, pero no hay tiempo; él da vuelta a la esquina y nosotros a la página.

Nos quedamos frustrados, asumimos que se fue para no volver. Pero hay una pequeñita frase que San Marcos deja caer por ahí, que nos da la pauta para pensar que muy posiblemente la historia tuvo un final distinto al que solemos adjudicarle.

Nos dice San Marcos que “Jesús lo miró con amor”. ¡Esta sí que es una redundancia! Aquel que es El Amor (así con mayúsculas) siempre mira con amor. Decir que miró con amor es advertir en Él un amor tan especial en Su mirada, una especie de ‘concentrado’ de amor, que necesariamente habrá llegado al fondo del corazón de este hombre. Semejante mirada de amor de Jesús es, sin duda, irresistible. Recordemos lo que dijo el profeta: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer 20,7).

¿Por qué lo mira así Jesús? Quizá no sólo porque lo conmueve la ilusión que tiene de alcanzar la vida eterna, o porque le enternece oírle decir que desde joven se ha afanado en cumplir los mandamientos, o porque ve en él potencial para ser un gran discípulo; me gusta pensar que Jesús le administra esta ‘dosis extra’ de Su amor para hacer contrapeso en un corazón que se ha llenado de bienes materiales, de posesiones, de cosas que según su dueño lo hacen rico, pero que en realidad lo vuelven cada vez más pobre...

Jesús, que ha dicho que de nada le sirve a alguien ganar el mundo si se pierde a sí mismo (ver Lc 9,25) quiere rescatar a este hombre cuyas riquezas le han empobrecido el alma, y lo prepara para lo que le ha pedido (decía San Agustín: ‘dame lo que me pides y pídeme lo que quieras’). Sabe que nadie quiere renunciar a algo si no obtiene un mayor beneficio, y por eso le ofrece en abundancia lo mejor: Su amor, Su amistad, Su invitación a seguirlo. Le da algo para recordar cuando llegue a casa y su intención empiece a flaquear; algo imborrable a lo cual pueda aferrarse cuando comience a dolerle el irse separando de todas esas cosas superfluas que hacían muy cómoda su existencia y que habían comenzado a volvérsele indispensables: le da una mirada amorosa que se le quede grabada en el alma y la ilumine por encima del relumbrón de todas sus riquezas, y le haga comprender que son puro oropel.

Jesús comenta con Sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” (Mc 10,23), no porque a Él no le gusten los ricos y esté, como algunos quieren creer, pensando en cerrarles las puertas del cielo en las narices, sino porque el Reino de Dios es el reinado del amor, de la donación, de la entrega, es el reinado total de Dios en cada corazón, y hay ‘ricos’ a los que les cuesta muchísimo trabajo renunciar a su egoísmo, a su ambición, a su avaricia (que, como dice San Pablo es una forma de idolatría, -ver Col 3,5-). Y ojo, no se trata de decir: ‘pobres los millonarios, ya los amolaron’.Los ricos de los que se habla aquí no necesariamente tienen una abultada cuenta en el banco; Jesús llama ‘rico’ a todo aquel que “atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios” (Lc 12,21); a todo aquel que se siente saciado (ver Lc 6,24 ); a todo aquel que cree que por sí mismo puede salir adelante, prescindiendo de Dios (ver Lc 12,15-20).

Jesús ha dicho que la seducción de las riquezas puede ahogar la semilla del Reino (ver Lc 8,14), pero no olvidemos que esta semilla es siempre fértil y eficaz, más resistente de lo que creemos, y sabe penetrar y dar fruto sin que sepamos cómo. Así que no nos desanimemos al ver a este hombre rico marcharse apesadumbrado; es natural que por ahora lo asuste tener que deshacerse de sus seguridades -acostumbrado como está a depender de ellas, aunque sean falsas-. Aguardemos un poco. Seguramente lo veremos volver, gozoso, luego de permitir que una inolvidable mirada de su Señor desaloje de su corazón todo el lastre y lo aligere llenándolo a tope con el único bien que no sólo no se agota sino que sin cesar se multiplica y nunca defrauda a quien en él confía: el infinito amor de Dios.

Y la muerte,
una ganancia...

El otro día en una reunión, alguien comentó: “se murió fulano, pobre”. Y otra persona -que por cierto padecía cáncer en fase terminal- preguntó: “¿por qué pobre?”. Se hizo un silencio y cada uno de los que estábamos ahí pensamos que, efectivamente, no hay razón para compadecer a quien se muere.

Platicamos al respecto y concluimos que ese tipo de expresiones muestran fuerte influencia de una mentalidad atea muy generalizada en nuestro tiempo que ve la muerte como un final rotundo, un corte sin esperanza, un hoyo negro al que se entra para nunca más salir.

Desde el punto de vista de quien no tiene fe, el que muere se ve como un niño al que su papá fue a sacar demasiado pronto de la fiesta, mientras que el creyente cristiano considera que el que muere más bien ¡entra a la fiesta! (aunque sea antes de lo que esperaba), y eso no debería ser motivo de pena sino de alegría. Pensemos en los jóvenes que esperan afuera de una ‘disco’ el momento de entrar. No se les ocurre compadecer a los que van entrando (‘pobres, ya van a poder empezar a bailar desde ahorita...’). Los que hacen fila para entrar a un espectáculo no sienten la menor lástima por los que entran primero, al contrario, envidian que obtendrán los mejores lugares.

Pues bien, morir es entrar a algo infinitamente mejor que lo mejor que pudiéramos imaginar en este mundo. Es hora de dejar de creer que a los que mueren se les acaba la diversión e ingresan a las filas de esos ‘tocadores de arpa celestiales’ que flotan entre nubes y angelitos, según los suelen pintar en algunas ilustraciones (¡qué aburrición!, ¿quién querría pasar la eternidad tocando el arpa? ¡ni Nicanor Zabaleta!). La muerte no es eso, no es el fin del gozo ni el principio del tedio, ¡todo lo contrario!

Para los primeros cristianos la muerte era considerada el verdadero nacimiento de una persona, el momento feliz en que salía de este mundo con toda su carga de sufrimientos y dificultades y comenzaba a disfrutar la vida eterna en compañía de Dios (por eso se conmemora a los santos el día de su muerte, no de su cumpleaños). Dice San Pablo:

Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia

respecto de los muertos, para que no os entristezcáis

como los demás, que no tienen esperanza. Porque si

creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en

Jesús....

...Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos,

pues, mutuamente con estas palabras....” (1Tes 4,13-15a.18).

El saber que nuestros difuntos queridos ya están gozando del mayor bien que puede existir, hace más llevadera su ausencia; es como si alguien a quien quieres mucho se ganara de premio un viaje fabuloso a un lugar al que siempre había tenido ilusión de ir, sin duda lo extrañarías mientras estuviera fuera, pero te consolaría imaginarlo feliz, viviendo fascinado esa experiencia que tanto anhelaba. Y la gran diferencia aquí es que ese viajero probablemente no estaría en permanente comunicación contigo, pero con tu querido difunto puedes mantener una comunicación espiritual constante a través del Señor: él intercede por ti y tú puedes seguir orando por él. Es la ‘comunión de los santos’, que nos hace sentir que la muerte no es ausencia, sino diferencia de presencia: unos viven en el cielo (invisibles para nosotros), otros vivimos en la tierra, todos unidos en el Señor.

Cabe insistir en que esta comunicación es a través del Señor: pretender ‘saltarlo’ y entrar ‘en contacto’ con un difunto a través de una ‘medium’ o mediante el uso de una ‘ouija’ es considerado por la Iglesia un grave pecado, porque el que responde ese llamado no es el difuntito sino el maligno, y no es juego abrirle la puerta al mal pues ¡siempre acepta la invitación a entrar!

Por último vale la pena comentar que aunque la muerte es, como dice San Pablo, ‘una ganancia’ (Flp 1,21), no nos toca a nosotros adelantar el momento, y también, que no hay muertes demasiado tardías o demasiado tempranas, y que toda muerte llega en el momento preciso en el que el Señor, Sabio Viñador, considera que ese particular fruto está ya maduro para caer en Sus manos amorosas...


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