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El campo de las estrellas







Dante García









El campo de las estrellas

En el camino de la vida























Ilustración de la cubierta: Marina Dyadkova








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Propietario de los derechos de autor: Dante Rubén García

Acuerdo de Licencia:

Este libro está publicado bajo la siguiente licencia Creative Commons:

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Al Creador y a mis padres, mis creadores.

Y a todo ser que se cruza en mi camino.

Gracias.



Tabla de contenido



Prólogo



El campo de las estrellas es mi manera de dar las gracias a la vida. Con esta obra pretendo servir de inspiración a los lectores que van a peregrinar a Santiago de Compostela y, también, invitar a la reflexión y despertar la curiosidad de aquellos que desean relajarse leyendo una historia inspiradora y llena de magia...

Se trata de una historia basada en experiencias reales y simbólicas del «camino del amor» que a todos nos toca recorrer. No pretende ser una guía de turismo, ni histórica, ni de aventuras, a pesar de mencionarse algunos de estos hechos.

También me gustaría expresar mi agradecimiento por partida doble: en primer lugar, por haber tenido la posibilidad de peregrinar y plasmar mis experiencias en esta obra; y en segundo lugar, por poder crear un vínculo con los lectores a través de la lectura del libro.

Escribí el libro mientras hacía el Camino de Santiago por lo que tanto la idea general como el espíritu del libro quedaron definidos durante mi peregrinaje. Sin embargo, algunas cuestiones de organización y forma se concretaron en etapas subsiguientes donde, de alguna manera, traté de encontrar un equilibrio entre un haiku breve japonés y una novela larga, intentando transmitir inspiración y energía positiva independientemente de la cantidad y calidad de mis palabras. Confieso que nunca me ha resultado fácil escribir y aunque en esta ocasión, no me resultó excesivamente complicado plasmar mis ideas, esta obra no habría visto la luz sin muchas horas de dedicación, esfuerzo y entrega incondicional.

Espero que esta pequeña historia os sirva de reflexión y que disfrutéis con su lectura tanto como yo he disfrutado con la redacción.

El origen



Mi objetivo era conocer la India. Era un paraíso, un país de ensueño completamente diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento. Mejor dicho, una ilusión, porque había visto incontables imágenes y videos, y había escuchado infinidad de comentarios acerca de ese país tan mágico que aún no había tenido la oportunidad de visitar. Y también, porque era uno de los centros mundiales de la espiritualidad. Había estudiado algunos métodos de meditación y había leído algunos libros que me parecían realmente increíbles. Me transportaban a un mundo surreal e imaginario, donde el tiempo y el espacio eran infinitos, a destinos divinos jamás explorados. Y para mí, un viaje a la India era un paso vital necesario para el desarrollo de ese viaje interior. No se trataba de ser o no ser valiente, de lanzarse e ir a por todas o abandonar la idea del viaje. Más bien, lo que ocurría era que dudaba de los beneficios que obtendría al embarcarme en semejante aventura. Y en el edificio que labraba en aquel momento, mi objetivo más importante era conocerme a mí mismo, así, de esa manera. Lo que realmente pretendía era lograr esa meta utópica que significaría alcanzar la plenitud, aunque quizá a ojos de los demás nada hubiera cambiado sustancialmente.

Lo que quería era transformar mis responsabilidades habituales impostergables e ineludibles y convertirlas en prorrogables, aun sabiendo que tendría que enfrentarme a muchos conocidos que intentaban decirme lo que era correcto y lo que no. Confieso que esto me producía más turbulencias que claridad, puesto que sus ideas diferían sustancialmente de las mías y, sobre todo, porque otorgaba cierto poder a sus opiniones, especialmente a las de mi círculo más próximo. Tenía un trabajo agradable, una pareja perfecta, amistades que llenaban el tiempo con oro, todo encajaba perfectamente en el telar de mi vida. Y de repente, esa red perfectamente encastrada se vio amenazada por una chispa novedosa y revolucionaria. Parecía que incluso el Universo estaba empeñado en no dar permiso a mi osadía, porque el pasaporte que tenía que estar listo en tan solo una semana ya llevaba meses de retraso por problemas administrativos.

Era una corazonada que algunos llamaban entusiasmo y otros crisis de los cuarenta. No importaba mucho cómo lo llamáramos, era una sensación que recorría mi cuerpo y, mágicamente, por alguna extraña razón, ahora tenía la capacidad de percibirla, algo que jamás me había ocurrido antes. Y honestamente, dejar de vivir aquella desafiante oportunidad que la vida me estaba poniendo en bandeja no era la mejor alternativa. Sentía que, por vivirlo desde el corazón, mi iniciativa no tenía errores y que mis sentimientos eran auténticos.

Solo Dios sabe por qué, pero cuando llegó el momento de tomar una decisión y pasar a la acción, mi voto valía por cien. Como si fuera el dueño de un bien codiciado que puede fijar el precio que se le antoje. Sin embargo, ese precio era hasta ese momento ficticio, ya que aún debía concretar la transacción. Y esa operación se transformó en mi nuevo campo de batalla. Hacer clic en la tecla de intro del teclado de la computadora para comprar el billete de avión no fue algo tan sencillo, y desde luego puedo decir que no tuve la fluidez que tendría un mecanógrafo escribiendo de memoria una carta de cortesía. Surfeando por la web, encontré un vuelo que me interesaba para viajar dentro de tres meses y que hacía escala en Londres. Por fin había dado el puntapié inicial de un partido desconocido... Por razones nuevamente mágicas al final no había comprado el billete a la India, tan solo un billete hasta Londres y mi idea era viajar desde allí como fuera —por tierra, mar o aire— para acercarme a Oriente.

Los meses transcurrían en mi ciudad de residencia mientras continuaba haciendo vida normal. Hasta que una noche, mientras bebíamos unas cervezas con unos amigos en un pub y conversábamos sobre nuestros planes para el futuro, uno de mis amigos me comentó: “¿Por qué no haces el Camino de Santiago?” Me sorprendió su propuesta, pero también me pareció una idea viable. No entraba en mis planes, y no conocía nada sobre ese peregrinaje. Solo había oído hablar de él, nada más. Pero dejarme llevar por la corriente de la vida y asombrarme por semejantes obsequios me parecía algo realmente genuino. La idea de hacer un peregrinaje me llenaba de curiosidad y entusiasmo, y, además, mantenía mi propósito. Después de todo, no era necesario viajar hasta la India para encontrar lo que estaba buscando, sabía que en el destino no estaba la respuesta a mis preguntas, por lo que el Camino de Santiago era una alternativa igualmente válida y el viaje a la India podía ser pospuesto. Y saqué un billete de avión hasta Biarritz, Francia, una ciudad muy cerca del punto de inicio del clásico Camino de Santiago.

Y así fue como destiné las semanas siguientes a buscar información sobre el significado del Camino de Santiago. Eran alrededor de ochocientos kilómetros de peregrinaje que se podían recorrer a pie, a caballo o en bicicleta a lo largo de un camino milenario con el fin de venerar las reliquias del apóstol Santiago el Mayor que había evangelizado en la península ibérica y cuyos restos, según la leyenda, se encontraban en la ciudad de Santiago de Compostela. . Durante el siglo IX comenzaron a llegar peregrinos desde distintas partes del mundo y los caminos a Tierra Santa, Roma y Santiago se convirtieron en rutas importantes de peregrinación que otorgaban indulgencias a todos aquellos que concluyeran el peregrinaje con éxito. Me enteré más tarde de que había diferentes rutas para llegar a Santiago, desde todas direcciones y que la ruta que yo había elegido era la clásica, también conocida como Camino Francés. Quería transitarla a pie, porque pensaba que esa velocidad era la más apropiada para trabajar hacia adentro. Además, había comunicado mi deseo de renunciar a mi puesto de trabajo y anticipaba una intensa dicha por disponer de un mes entero para conseguir mi objetivo y sentirme físicamente apto para emprender el peregrinaje. Así que, como tenía experiencia en senderismo, preparé mi mochila con determinación y sin dudar mucho.

Unos días antes de mi partida, tuve la suerte de encontrarme por casualidad con Juana, una hermana que me enseñó poemas de amor en un retiro en las afueras de la ciudad. Era una persona llena de luz que a pesar de su avanzada edad aún estaba llena de energía y continuaba regalando auténtica bondad a todo el que la necesitara. La conocí no por referencias, sino más bien por error, pero había una inexplicable química que me unía a ella.

Ella fue la que un día me enseñó a visualizar la luz violeta, una luz que todo lo cura y que nos invita a cocrear en comunión con Dios. Esa visualización fue tan potente que hasta el agua caliente de la tina del baño de esa noche adquirió un intenso color violeta. No tenía una explicación razonable para lo que había ocurrido.

— ¡Ah! ¡La llama violeta!, murmuró y siguió diciendo:

— Ten una visión, encuentra aquello en lo que crees. Si no lo consigues, continúa y continúa andando. Mantén tu fe, que con ella uno nunca se pierde.

Concéntrate en lo que buscas y quita de tu camino la basura que no te sirve.

Ten presente que la dualidad se manifiesta a cada instante, ¡sé sabio!

Recuerda que todo esto es solo un sueño, ¡vívelo con dedicación y gratitud!


Colgó de mi cuello una medalla benedictina bendecida en Roma y me dijo:

— ¡Bendiciones!





















Era una corazonada que algunos llamaban entusiasmo

Saint Jean Pied de Port



Saint-Jean-Pied-de-Port era una ciudad típica de los Pirineos vascos franceses y el punto tradicional de inicio del llamado Camino Francés. Llegué allí tras visitar durante unos días la ciudad de Londres.

Sin mayor preocupación que disfrutar de cada instante, me encontraba sereno, al tiempo que veía un desafío por delante. No se trataba de una aventura, ni siquiera de una prueba de esfuerzo, y mucho menos de una demostración de logros. Ya había vivido numerosas experiencias parecidas y lo que importaba aquí era el viaje interior, aunque también hubiera aventura y metas por cumplir.

A mi llegada conocí a Beatrice, quien me ayudaría con los preparativos y quien me llevaría hasta el portal de inicio del mítico Camino de Santiago. El día anterior a mi partida, Beatrice me presentó a un sabio, Gurutz, que trabajaba de cocinero para la comunidad vasca que se reunía cada año a primeros de octubre para honrar a la Madre Tierra en la plaza principal. Era un individuo de corta estatura, magro y fibroso, despeinado, con la cara arrugada y quemada por trabajar bajo el sol. De aspecto bruto, llevaba la camisa arremangada con los botones superiores desabrochados y pantalones holgados. Me ofrecí a servir junto a él en la cocina improvisada para la celebración. Era un hombre estricto y firme. Y repetía una y otra vez:

— ¡Tú no sabes nada!

Yo permanecía en silencio y me limitaba a cumplir sus órdenes en la cocina. Sentía que me daba más afecto que mandatos. Sus palabras me hacían volver a la infancia, me empujaban a dejar de saberlo todo, a sentir curiosidad por la vida, a no tener expectativas, a redescubrir inocentemente el mundo. Y a olvidar todo lo que era. O mejor dicho, todo lo que aparentaba ser.

Al terminar ese día de servicio, dijo que era el dueño de una posada a escasos metros del principio del Camino y que me esperaría con un espresso para compartir. Se confirmó mi primera impresión, que era una persona bondadosa a pesar de tener un aspecto aparentemente insensible y ermitaño.

Esa misma tarde, Beatrice me llevó a ver a una bruja originaria de Brasil, con quien nos sentamos para meditar. Nos alejamos un poco del bullicio de la plaza central hasta que encontramos un banco en un parque retirado donde pudimos disfrutar del sosiego y la tranquilidad que andábamos buscando. Vestía como una persona ordinaria, no tenía talismanes ni llevaba hábitos especiales. Se dio cuenta de que había llevado anillo hasta no hace mucho y dijo que su forma redonda simbolizaba la eternidad y una alianza con el Universo. Para mí era un tema especialmente doloroso porque mi pareja y yo habíamos acordado de palabra —aunque no de espíritu— terminar nuestra relación. Añadió que era solo un símbolo y que el amor llegaba más lejos. Luego me pidió que cerrase los ojos y comenzó con el ritual. Puso sus manos en mi coronilla y aunque hablaba un lenguaje incomprensible me dejaba llevar porque me inspiraba confianza. Luego comentó que veía luz y que llegaría a Santiago de Compostela sin problemas. Por último, besó mi frente y me bendijo, y me dijo que a partir de ese momento yo también podría realizar el ritual con otras personas.

Esa noche dormí relajadamente, no recuerdo qué sueños tuve, pero sí recuerdo que se apoderó de mí una increíble sensación de bienestar. Al día siguiente, disfruté de un desayuno frugal con café, tostadas, mantequilla y jalea casera mientras observaba el frondoso paisaje a través de la ventana de la cocina y disfrutaba de un bellísimo amanecer. Después, nos dirigimos junto con Beatrice a la oficina del peregrino. Una señora que parecía muy ocupada me entregó la credencial del peregrino para que pudiera sellarla en las posadas del Camino y su asistente, Jean-Pierre, un joven sonriente y de muy buen aspecto, me regaló una vieira o conchilla de peregrino, que era el modo tradicional de certificar que el peregrino había arribado a las costas gallegas. Comentó que se dedicaba a tocar el piano en la iglesia de Bayona, y que acompañaba con su música la despedida de los difuntos mientras estos emprendían otro camino, el de la eternidad.

Ya estaba listo para la partida. Quise tener un detalle con Beatrice y le regalé una torta. Era el día de su cumpleaños y ambos recibimos el regalo de la presencia. Después de cruzar el puente de la calle principal, Beatrice puso una piedra simbólica en mi mochila, escribió en un papel una plegaria y me la entregó para que la llevase conmigo hasta la tumba del apóstol Santiago. Y así fue como nos despedimos en la Porte d'Espagne.

Me entregó un papel con una plegaria para que lo llevara conmigo

La verdadera riqueza



Como todo inicio excitante de un nuevo ciclo en la vida, el ascenso a través de los Pirineos fue muy cuesta arriba, yo tenía curiosidad por descubrir nuevos lugares y saber por qué tantos peregrinos querían hacer este viaje. Cuando llegué a la primera cima del Camino, encontré la posada de Gurutz, pero él estaba ocupado atendiendo a sus huéspedes. Me di cuenta de que estaba sirviendo abundante café de filtro a sus huéspedes como desayuno. Sin embargo, en cuanto me vio abandonó rápidamente lo que estaba haciendo, preparó un espresso y se sentó conmigo, lo que me hizo sentir como un privilegiado. Me comentó que había elegido ese sitio para construir un refugio para él y su familia, y también para ofrecer refugio a los peregrinos.

Cuando volví a caminar recordé lo que me había aconsejado Juana, eliminar todo lo que ocupaba mi mente que no me permitía dedicarme a mi camino. Mis títulos y logros no eran para mí motivo de orgullo, sino más bien una herramienta adquirida, me había dado cuenta de que me había autoimpuesto una etiqueta y de que el ceñirme a ese rol autoimpuesto no me permitía cumplir determinados sueños. Me había llevado un libro para la lectura en el retiro y me faltaba poco para terminarlo, pero sin embargo, resultaba de más traerlo, a pesar de que no era un libro físico que ocupaba espacio en mi mochila, sino un libro digital que llevaba en mi dispositivo electrónico. Y es que no me parecía necesario llevar objetos para conectar con la divinidad, sino que sentía que lo que necesitaba era ahondar fértilmente en mi propia historia. Como no se trataba de unas vacaciones típicas ni de turismo de aventuras, sino de un encuentro con mi Ser superior, no precisaba más que la presencia de mí mismo. Recordaba la lección del maestro cuando explicaba a sus discípulos lo que lo hacía un maestro: cuando comía, comía; cuando dormía, dormía… y por eso decidí dejar la lectura para el futuro. Divisé a un lado de la calle un contenedor para donar ropa, y lo utilicé para librarme de los kilos que llevaba de más y ayudar a la gente que pudiera necesitarla. Beatrice me había explicado que una de las reglas no escritas era cargar a la espalda no más del diez por ciento del peso.

Me sentía flotando en el aire, sin ningún compromiso más que el noble acercamiento a mí mismo, viviendo en un sueño que podía apreciar con mis propios ojos. Lo que veía con mis ojos abiertos era lo mismo que veía cuando los cerraba y soñaba. Tanto lo que quería como lo que tenía estaba ahí, delante de mí. Caminaba más ligero, sin tantos kilos en la mochila y sin la ropa de abrigo que no había utilizado y que había decidido llevar solo por si acaso. Mi voz interior me pedía dedicarme de lleno al Camino, y me aseguraba que Él se encargaría de que tuviera todo lo que necesitara. Y esa voz aún me daba más alivio y confianza. Todas mis preocupaciones se disipaban, todas mis incógnitas desaparecían. Sólo existía ese momento presente, intenso y único.

El paisaje era como el de un cuento de hadas. El sol brillaba radiante y teñía el paisaje otoñal de las praderas con distintas tonalidades de verde, y los rebaños de ovejas que se veían por doquier parecían constelaciones dispersas por azar en el Universo. Cerca había también vigorosos y tornasolados caballos de raza que pastaban en parejas.

En mi opinión, el mes de octubre tenía algunas ventajas con respecto a otras épocas del año. Por un lado, no tenía que aguantar el calor sofocante del verano que hacía que la travesía fuera más ardua, aunque no imposible. Y por otra parte, podía disfrutar de un maravilloso silencio por llevar a cabo el peregrinaje fuera del periodo vacacional, cuando mucha gente escogía el Camino como destino turístico. Y precisamente por eso disfrutaba de las condiciones más favorables para el encuentro personal. Divisé a lo lejos entre la neblina de los montes vascos una figura a unos cientos de metros delante de mí. Andaba a paso más lento que en la ciudad y, sin embargo, pude darle alcance en el siguiente punto de interés, una cruz en lo alto de una colina. Se llamaba Michelle y tenía un algo realmente especial. Era encantadora, tenía un aspecto juvenil y grandes rizos dorados y ojos color miel que parecían expresar inocencia. Su voz era refinada y angelical, y hablaba de forma lenta y pausada. Casi sin querer y sin hablarlo, comenzamos a caminar juntos.

En lo profundo del bosque de los Pirineos se respiraba un aire espeso cargado de bruma. Sentía como ese aire llegaba a mí y me inundaba, cómo mi cuerpo experimentaba de repente un cambio drástico por recibir un preciado obsequio de la naturaleza. Percibía el olor de la hierba húmeda y escuchaba el sonido de mis pisadas sobre las hojas secas caídas de los árboles. Las numerosas señales con flechas que encontrábamos a lo largo de los estrechos senderos rodeados de densa vegetación se encargaban de que no nos perdiéramos.

De repente, nos detuvimos frente a un geranio silvestre de un intenso color violeta. Era una maravilla de la naturaleza, una manifestación sublime del mundo vegetal. Así que aparte de observarlo, comencé a deleitarme con su aroma. Era consciente de que el olfato, un sentido en vías de extinción, era el más importante en ese momento; o mejor dicho, el segundo más importante porque existía otro sentido aún más dormido que estaba emergiendo poco a poco. Después, tomé un fruto de un manzano que estaba enfrente y lo puse en mi mochila.

Desde el sitio donde nos encontrábamos, en lo alto de los Pirineos, la vista se deleitaba con los picos nevados de los alrededores y con los bosques de robles y hayas del valle, y cuando descendimos nos encontramos con un frondoso paisaje repleto de líquenes, prueba de la asombrosa pureza del aire que respirábamos.

Con la llegada del atardecer el paisaje cambió por completo. No se veía nada más allá de unos metros y el sol comenzaba a ocultarse detrás de una espesa cortina gris de niebla. La temperatura había bajado bastante y nos vimos sorprendidos por una fina lluvia. Encontramos un refugio construido con piedras para que descansaran los peregrinos y allí nos cobijamos durante un rato, así tuve tiempo para saborear la manzana que el árbol me había regalado. Encontramos allí otros peregrinos y nos sentamos con ellos intercambiando sonrisas cómplices por la belleza de ese albergue surgido de la nada.

Como en todo camino, el viaje debía continuar y el ímpetu y el entusiasmo no permitían que se interpusieran dudas ni obstáculos en nuestro camino. Al atravesar el monolito de Navarra me di cuenta de que había cruzado a España. Pensaba que lo que el mapa me mostraba como un país diferente, la naturaleza me lo presentaba como un todo verdaderamente homogéneo.

Nuestra primera noche del Camino fue en Roncesvalles, a unos treinta kilómetros del Portal de Saint-Jean-Pied-de-Port. Allí entablé conversación con varios peregrinos y tuve la oportunidad de saber por qué se habían decidido a emprender el Camino. Para algunos se trataba de une prueba con la que querían demostrarse algo a sí mismos. Para otros era una aventura turística, otros lo hacían en nombre de familiares enfermos, y para otros se trataba de una búsqueda espiritual o religiosa. Todos tenían nobles razones para transitar el Camino. Fuera cual fuera el motivo, me di cuenta de que todos transitábamos el mismo camino a ritmos diferentes, y que todos vivíamos más o menos las mismas experiencias.

A la mañana siguiente me sentía pleno, a pesar de que me sentía un poco cansado físicamente. Mientras pintaba un cuadro, Michelle me entregó un pequeño apósito para que lo utilizara en caso de tener ampollas como prevención ante el menor indicio de aparición de ampollas. También comentó que se dedicaba a la pintura.

Mientras transitábamos el bosque de Sorginaritzaga, Michelle me contó que en ese sitio se perseguía a herejes y participantes en aquelarres, suprimiendo su libertad de expresión. Se consideraba que todos aquellos que utilizaban sabidurías ancestrales o recurrían a prácticas diferentes no convencionales eran quebrantadores del orden y, en consecuencia, eran condenados por la autoridad. También comentó que creía que en la actualidad estábamos dando forma a un nuevo mundo en el que se empezaban a quebrar esos paradigmas que hemos arrastrado durante tanto tiempo.



Observaba que todos transitábamos el mismo camino

Después de varias horas de caminata, arribamos a Burguete y nos encontramos con un vendedor ambulante que llevaba un camioncito cargado con alimentos de todo tipo. Frutas, verduras, pan fresco, galletas y botes de miel estaban dispuestos ordenadamente en su interior. Además, tenía instrumentos para pesar y servir al público. Mientras aguardábamos nuestro turno, dos peregrinas que estaban detrás de nosotros ansiaban ser atendidas. Una de ellas miró su reloj y con un gruñido a modo de insatisfacción le comentó a su compañera que faltaba mucho para llegar a Zubiri y que tenían que continuar andando para no perder más tiempo. Y así, sin más, se marcharon sin comprar nada.

Había vivido a menudo situaciones de ese tipo en el bullicio de la ciudad e instintivamente comparé lo que había ocurrido con lo que vivía a diario en mi lugar de residencia. La quietud infinita de la villa y su gente disentía con la celeridad de las peregrinas y sus relojes. Y recordaba cómo a veces la monotonía de la rutina o la falta de conciencia no me habían permitido ver más allá, precisamente porque solo me concentraba en el final. Perdía horas, días, semanas e incluso años esperando que sucediera tal o cual cosa, pensando que así encontraría la solución. Y cuando llegaba a ese punto donde quería llegar, ansiaba algo nuevo o me daba cuenta que eso no era lo que buscaba. Y por supuesto, cuando no lograba mi objetivo en el plazo previsto y de la forma que quería aparecía la frustración y la pérdida de confianza en mí mismo. Entonces consideré ese objetivo como en una referencia que tenía que definir para poder alcanzarlo y los logros como un premio terrenal a mi dedicación, y me dediqué a resolver responsablemente cada presente real y no todos los futuros imaginarios.

Y Michelle comentó:

— El tiempo es una manifestación material del Universo, es parte de nuestra riqueza. Un auténtico magnate de segundos de tiempo utiliza ese bendito bien en algo productivo. Se necesitan tan sólo once días para ser millonario y treinta años para ser billonario. Cada vez que “tengo que” hacer algo, lo hago con la plena convicción de que la recompensa está en el propio acto, alejándome de actividades que me alejan de mí y acercándome a actividades que me acercan a mí. Cuando estoy conectada con el Universo, el tiempo pierde su entidad física. Si el Universo me otorga una porción de tierra, doy las gracias y la labro con amor y si me otorga dinero, lo uso conscientemente. Todo es expresión de materia-energía, surge y desaparece… surge y desaparece… surge y desaparece…


Y me di cuenta de que esas palabras traían memorias enriquecedoras a ese instante, aquellos momentos invaluables y únicos como un amanecer, una puesta de sol, una noche de luna llena, un retiro en la montaña, una cena con mi amada, un momento compartido con mis seres queridos o la labor que encendía mi alma.. Y le pregunté a Michelle como hacía para mantenerse inspirada.

—Dejo que la vida fluya y presto atención a las señales que se presentan, sin resignación ni exigencia. Lo Supremo es un algo invisible y ese algo invisible mueve todo, está presente en todas partes, y es lo que actúa y lo que mueve. Todo emana de lo Supremo y lo Supremo reside en todas las cosas. Cuando me conecto con Ello todo es perfecto y me convierto en un vehículo que transforma las ideas en realidad.

Lo que Michelle decía me recordaba lo que la hermana Juana me había enseñado antes de marcharme de casa. Me involucraba con más y más gente y descubría maestría en todas las personas con las que me encontraba.

Había perdido la noción del tiempo durante esa conversación pero pronto comenzamos nuevamente a caminar. Estaba perplejo, pero una vez más agradecido por haber conocido a Michelle. Y me decía a mí mismo que quería convertirme en un magnate de mis próximos treinta años. Había hecho mi bucket list 1con cincuenta cosas que hacer en la vida antes de morir y el Camino de Santiago no figuraba en esa lista. Pero sabía que no sería una pérdida de tiempo, porque al mismo tiempo podría cumplir muchos de los objetivos pendientes y, si eso no era posible, al menos la ocasión me permitiría dar el primer paso hacia su consecución. Estaba empezando a escribir mi propia aventura. Viajar, amar, compartir, bailar, aprender un nuevo idioma, cantar, subirme a un tren cuyo destino desconocía, disfrutar con mi familia de una cena costosa, abandonar una actividad que me esclavizaba para comenzar otra que llenaba de gozo el alma, declarar mi amor sin importarme lo que las reglas de la sociedad consideraran correcto. Treinta años eran suficientes para la acción, el silencio y muchas cosas más.


Y me di cuenta de que había tenido el Camino frente a mí desde siempre, que había soñado con transitarlo desde hacía muchísimos años y que aunque por diferentes motivos no había podido emprenderlo antes, la magia del presente se había encargado de conducirme hasta allí. Mi gratificación iba mucho más allá de lo que las palabras pudiesen expresar, por permitirme gozar en absoluta plenitud de mi destino. Y por esa razón, ese día le dediqué mi viaje a un ser querido.







La naturaleza me lo presentaba como un todo homogéneo

Ese día le dediqué mi viaje a un ser querido

Una pausa en el Camino



Después de cruzar abundante vegetación y varios puentes de piedras sobre un río cadente, llegamos por recomendaciones a un albergue parroquial conducido por hermanas religiosas y colaboradores. Normalmente el concepto de “hermanas” me hacía pensar en personas protocolares, con hábitos negros y apartadas del mundo. Sin embargo, el término hermanas era en este caso un sinónimo de abuelas. El sitio era tan acogedor como la hospitalidad de su gente. Una de las hermanas nos ofreció tomar un baño caliente y sentarnos a la mesa con los demás para compartir una plegaria y una cena comunitaria abundante, distinguida y hecha con el amor típico de una abuela. Fue emocionante ver cómo se pasaban los platos llenos de exquisiteces de mano en mano, cómo se dejaban en la mesa y volvían otra vez a pasar desordenadamente de peregrino en peregrino en una atmósfera de algarabía y gratificación. Tras la cena, el hospitalero nos invitó a hacer sonar el campanario más antiguo de toda Navarra, y nos reunió junto a las hermanas anfitrionas en un espacio de oración en la capilla para expresar nuestro agradecimiento.

Primero, una de las hermanas leyó en voz alta las bienaventuranzas del peregrino, subrayando que debíamos sentirnos agradecidos por disponer de un periodo en la vida para la peregrinación, y agradecidos también a quienes nos rodeaban, ya que sin la ayuda del prójimo no alcanzaríamos nada.

A pesar de la sabiduría transmitida en las lecciones, el momento más especial fue cuando nos invitaron a realizar una reflexión interior, que saciaba tanto como el alimento ingerido, que por otra parte era también espiritual porque había sido cocinado con las manos del amor. Era un momento que nos permitía realizar una pausa en el Camino, desacelerar nuestro cuerpo, decantar y refinar nuestros pensamientos y deleitarnos con la quietud y el sosiego del lugar. Como toda pregunta de reflexión interna, la respuesta se encontraba dentro de cada peregrino. Fui consciente de que la atmósfera de paz en ese centro de culto aumentaba exponencialmente por la potencia colectiva de intenciones de los convocados. Y por otra parte, el hecho de plasmar las ideas en un manuscrito y la posibilidad de compartirlas verbalmente con el grupo generaba un compromiso milagroso y descomunal en todos nosotros.

¿Por qué haces el Camino?

¿Qué has descubierto en estos días?

¿Qué esperas encontrar en Él?

Me sentí agradecido por todo el amor puesto en las palabras y en el silencio de las hermanas y del asistente. Mi reflexión no me permitía pronunciarme de manera inmediata, sino que respondía con otra pregunta: ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago aquí? Solo sentía que mi alma se alimentaba y regocijaba por tamaña abundancia del Universo. Fue un momento mágico del que saboreé su luz.























¿Qué esperas encontrar en Él?

Altos del Perdón



A la mañana siguiente, me puse en marcha junto a mi nueva compañera artista. Caminábamos una vez más rodeados de naturaleza. Vi un árbol que yacía sin talarse justo en medio de la senda y que parecía llamarme. Aunque pensaba que tal vez fuese solo un producto de mi imaginación, me acerqué hasta él. Tenía edad apropiada, su tronco era sano y robusto y su copa tupida. Así que dejé mi mochila a un costado, me descalcé y me aproximé lentamente, haciéndole saber con mi pensamiento que quería conectarme con él. Manteniendo la mirada fija en él, extendí suavemente mis brazos y percibí su aura en mis manos. Sentí que un flujo recorría mi cuerpo y que él también percibía mi presencia. Me acerqué hasta que mi pecho y mis brazos contactaron físicamente con el árbol. En ese momento, sentí cómo las palmas de mis manos se llenaban de energía, mi coronilla se abría al cielo con un intenso magnetismo, mi corazón se fundía con el árbol y mis pies se enraizaban aún más en el suelo. Puse en alerta todos mis sentidos: lo escuchaba, lo observaba, lo olía, lo tocaba, lo sentía y hasta degusté con permiso un pequeño trozo de su corteza. Sentía en mi cuerpo un efecto analgésico y sanador y, al igual que había ocurrido la noche anterior, me preguntaba en trance qué hacía yo allí. Desprenderme de él fue como despegar dos potentes imanes y Michelle dijo casi en un susurro:

— Estamos en tierras que fueron habitadas por los celtas que creían que los árboles tenían alma propia y pensaban que abrazar a un árbol era comunicarse con la Esencia, con el corazón cósmico, con la verdad absoluta, que también se puede encontrar de muchas otras maneras.

Permanecí sentado al lado del árbol durante un rato, extasiado, agradecido y sin ganas de hablar.

Abrazar a un árbol era comunicarse con la Esencia

Continuamos la caminata compartiendo los alimentos que la Tierra nos ofrecía a su paso: moras, manzanas, ciruelos, higos, uvas y duraznos. Mientras caminaba pensaba en todo lo que Dios nos proveía. Michelle me dijo que no probara unas bayas rojas con semillas blancas llamadas solanum dulcamara, unos frutos comestibles para los pájaros pero venenosos para el ser humano.

Cuando entramos a los suburbios de Pamplona experimentamos una sensación estremecedora, la de encontrarnos en los lugares más tristes y sombríos de la periferia de la ciudad. El aire puro propio de la naturaleza había quedado atrás. Era la parte más lóbrega de la ciudad, donde se acumulaba la basura de un lugar que precisaba eliminar sus desechos. Atravesamos un puente con grafitis que comunicaban mensajes de rebeldía rindiendo culto al conflicto y reivindicando una quimérica libertad, torres de alta tensión, un río contaminado, un señor adulto con el rostro tenso que no me devolvió el saludo ni la sonrisa y una factoría que desprendía humo. Michelle sugirió que nos apartáramos de las flechas indicativas y bordeáramos el río Arga. Allí la sensación era más agradable, había gente paseando con sus mascotas y pájaros cantando sobre los árboles. Dando un rodeo llegamos a la plaza de toros y a sus callejas, donde se celebraban los encierros y las famosas corridas de San Fermín, que conocía desde niño por haberlas visto cada año en la televisión. Ya entonces me imaginaba caminando por esas callejuelas, tan remotas y lejanas, y a pesar de que no era esa fecha tan señalada allí estaba volviendo mágicamente desde el presente a mis tiempos de la niñez.

Fue la propia ciudad, sin necesidad de utilizar mapas, la que nos condujo hasta la catedral, donde pudimos conocer su historia visitando su museo. Después, nos detuvimos bajo el cálido sol del mediodía para disfrutar de unos panes caseros, chorizos de Pamplona, quesos y olivas de la región. La atmósfera en el centro de la ciudad era animada y había gente por todas partes dialogando, bebiendo o comiendo casi siempre en grupos sentados o de pie fuera de los mesones. También la ciudad, que hacía mucho que no veía, se mostraba en todo su esplendor. Y yo quería involucrarme con los locales, quería ser partícipe de su algarabía, tal y como sugería la tradición para anfitriones y peregrinos. Entonces divisé un cartel montado sobre una vidriera anunciando un seminario sobre el sentido de la vida y aunque deseaba asistir la fecha no coincidía con los plazos que me había propuesto.

No utilizaba casi el teléfono móvil ni dispositivos electrónicos porque había descubierto una conexión mucho más poderosa que internet, pero en aquel momento fue una herramienta que utilicé a discreción para encontrar un sitio de internet en el que buscaban personas cuyo idioma nativo fuera el inglés para realizar intercambio conversacional en Pamplona. Nunca he creído en las coincidencias sin sentido, incluso los números de la ruleta o la lotería formaban, en mi opinión, parte de un significativo proceso no aleatorio de la vida. Y dicho sea de paso, imagino que había llegado a esa conclusión por dedicarme durante tantos años a la enseñanza de estadísticas en la facultad de ingeniería. Precisamente por eso, digo que me encontré inesperadamente y no por azar con Paloma2, la organizadora del evento, a quien había conocido años atrás cuando había estado trabajando en Perú con la semilla de la paz. Sabía que era vasca, pero no sabía que vivía en Pamplona. De hecho, había perdido el contacto con ella y pensaba que todavía estaba deambulando por Sudamérica. Hablamos y quedamos en encontrarnos aquella noche.

Aproveché el resto de la tarde para recorrer junto a Michelle el casco histórico de la ciudad y la Citadela, con sus murallas en forma de estrella, y descansar bajo el sol en su precioso jardín. Me remontaba a la época de su construcción en el siglo XVI y me sentía de vuelta en los sitios de poder de la civilización incaica. Por la noche, Michelle y yo decidimos continuar por separado, ella quería mantenerse fuera de los núcleos urbanos y yo prefería encontrar un equilibrio y pasar una noche en la ciudad.

Mi reunión con Paloma me trajo el sabor del reencuentro. No sé qué dije, pero esa noche Paloma comentó animosamente que estaba inspirada para recomenzar con un proyecto con el que se sentía bloqueada desde hacía mucho tiempo. Un contacto fortuito fue suficiente para que cada uno nos lleváramos algo. Y en mi caso, se hizo realidad mi sueño de un encuentro peregrino-anfitrión.

Ya fuera de la ciudad de Pamplona y de nuevo cerca de la naturaleza —a excepción de los generadores eólicos que proporcionaban electricidad limpia a la villa— no veía a nadie, pero sentía la presencia de Michelle a mi lado o detrás de mí mientras ascendía la pendiente. Un escuadrón de niños en edad escolar comenzó a descender desde lo alto de la colina, acompañados por el viento y un cielo índigo sin nubes. Parecían serafines guardianes de la región descendiendo desde lo alto trayéndome risas y alegría, como preparándome para un próximo ritual. Una espontánea encrucijada, donde lo celestial descendía a la tierra y lo mundano se aproximaba al cielo. El Cielo en la Tierra.

Frente a mí encontré un monumento con figuras de tamaño natural de peregrinos a pie y a caballo confeccionadas con planchas de hierro oxidadas por el paso del tiempo y la intemperie donde se podía leer el siguiente mensaje:

“Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”

Estaba en los Altos del Perdón y me sentía realmente bien. Mi camino, que era el de las estrellas o el de la Vía Láctea se veía sorprendido por el viento, que traía recuerdos y que, sin estancarse, dejaba a su paso perdón para mí mismo y para los demás. Era el punto más alto de Navarra, donde se podían contemplar los restos de una basílica que atendía las necesidades tanto físicas como espirituales de los peregrinos.

Por suerte estaba solo y podía trabajar el perdón. Un camino libre de cargas implicaba purificar la mente. Y no se trataba de barrer bajo la alfombra o procurar olvidar el pasado, sino de traerlo y enfrentarlo. Además, llegaron allí aquellas personas que generaban en mí algún tipo de malestar. Y formulé junto a ellos3:

  • Lo siento, porque me doy cuenta de lo que ha ocurrido.

  • Perdón, porque liberamos y transmutamos nuestras cargas.

  • Gracias, porque me brindas esta oportunidad de crecimiento.

  • Te amo, porque tú eres yo y yo soy tú.

Y como aconsejan los gurúes comencé a cuidar los pensamientos, porque ellos se vuelven palabras; a prestar atención a las palabras, porque ellas se vuelven acción; a ocuparme de las acciones, porque ellas se vuelven hábito; y a cuidar los hábitos, porque ellos se vuelven destino.





Dejaba a su paso perdón para mí mismo y para los demás

Dharma



Caminaba solo y sin divisar a Michelle. No podía haberse ido tan lejos, pensaba. Y sin darme cuenta, me desvié del camino, ya que no encontraba las flechas. Primero me invadió la duda, porque no sabía si estaba en el lugar correcto; luego la desesperación, porque estaba ansioso y quería estar en el camino correcto; después el arrepentimiento o la culpa y me decía a mí mismo: “Si hubiese prestado atención al último cartel no habría ocurrido esto”; y por último, el enfado porque no parecía encontrar el camino correcto. Y entonces recordé aquella frase que decía que no había camino, que el camino se hacía al andar.

Fue entonces cuando se me ocurrió que era cómico pensar que estaba perdido solo porque no encontraba las flechas. Sentía que me había encontrado a mí mismo, como nunca antes, y no me preocupaba en absoluto lo que pudiera pasar. Y me pregunté si realmente me había desviado del camino, si de verdad podía considerar que me había perdido por no haber seguido las flechas que otros habían indicado como el sendero correcto.

Y fue entonces cuando empecé a contemplar esa desviación del camino desde una óptica completamente diferente, y pensé que desviarme del camino era algo humano y paradójicamente perfecto.

Desviarse del camino implicaba desarrollar templanza, era una oportunidad para descubrirme a mí mismo y elegir el sendero de la ecuanimidad.

Desviarse del camino implicaba desarrollar justicia y era una oportunidad para retornar amorosamente al equilibrio.

Desviarse del camino implicaba desarrollar fortaleza, representaba un desafío porque era más fácil seguir el camino que otros ya habían recorrido.

Mientras pensaba en todo esto, observaba detenidamente una fuente que lanzaba agua hacia arriba. Observaba cómo esas gotas de agua se desprendían de la fuente para volver de nuevo a ella. Era agua al inicio y al final y gota durante un breve lapso de tiempo.

Tras subir una pendiente dificultosa encontré una estatua de un peregrino que anunciaba: “Y desde aquí todos los caminos a Santiago se hacen uno solo”. Y allí se encontraba Michelle, sentada tranquilamente en un banco de la plaza saboreando uvas de un racimo que sostenía en su mano. Decidí acercarme a ella para charlar un rato. Habíamos llegado a Puente La Reina, un sito agradable donde se encontraban el Camino Francés y el Camino Aragonés. Por ser una villa, el movimiento de su gente era el justo, ni escaso ni excesivo y eso hacía que fuera un lugar especialmente atractivo. Definitivamente era el lugar perfecto para detenerse esa noche. Michelle estuvo de acuerdo y elegimos una posada parroquial añeja aunque bien conservada. El alberguero, que tenía un aspecto parco y discreto, registró nuestros pasaportes, nos explicó dónde estaban nuestras habitaciones y la cocina, nos dio un mapa y nos mostró amablemente qué sitios podíamos recorrer. Era temprano por la tarde, así que aproveché a recorrer la villa mientras Michelle prefirió quedarse en la posada.

Fui hasta Puente La Reina, sin esperar nada, tan solo con la idea de visitar uno de los lugares que el hospitalero me había indicado. Cuando llegué, me dediqué a contemplar sus verdes pastos situados frente a un río con un romántico puente de estilo románico. Me perdí en mis pensamientos, no sé si durante minutos u horas, mientras contemplaba en trance el apacible curso de agua. El son cadencioso del río acompañaba mi comida compuesta de exquisitos manjares locales. Al acercarme a uno de los pilotes del puente, observé una placa de mármol con un mensaje que decía que lo que me tocaba vivir era lo que yo decidía vivir:

El presente no es que sea bonito

es que yo estoy haciéndolo bonito

Simplemente porque eso es

lo que yo he decidido

Porque me he entregado

en cuerpo y alma

a lo que pienso que debo hacer

y porque estoy satisfecha

con lo que estoy haciendo.

Begoña Alba

El Salvador 10-9-1990

Cuando volví a la posada, me dirigí al jardín trasero del albergue donde Michelle descansaba junto a una joven peregrina que jugaba en el césped con su niña. Se llamaba Dharma4 y tenía un rostro muy dulce. Estaba con Adriana, su hija pequeña que tenía solo un año y que había nacido en la cordillera del Himalaya.


— ¡Me siento tan culpable por ser tan egoísta! Adriana tiene que venir conmigo porque es un bebé y depende de mí, ¡y por eso está obligada a acompañarme!

Michelle respondió de manera un tanto automática.

— ¡Ser egoísta es bueno! ¡Debes cuidarte a ti misma! Si te quieres a ti misma podrás amar y ofrecer lo mejor de ti a los demás. Ser egoísta en su justa medida y con responsabilidad— te permite expresar tu propio arte, respetarte a ti mismo y escoger tu propio camino. Si persigues tu propósito, derramarás las flores más perfumadas a tu alrededor. Tu niña también te ha elegido a ti para recorrer juntas el Camino.

Los ojos de Dharma se volvieron más grandes, más brillantes, más redondos y más azulados. Y con un suspiro que parecía librarla de una pesada carga, respondió tranquilamente:

— ¡Gracias, nunca lo había observado desde esa perspectiva! Necesitaba escuchar eso…

Esa noche, Dharma, Michelle y yo celebramos el encuentro con unos vinos, tras asegurarnos de que su niña descansaba plácidamente. Hablamos de bueyes perdidos hasta altas horas de la noche. Nos despedimos con un fuerte abrazo y fuimos los últimos de la posada en irnos a descansar.











Empecé a contemplar esa desviación del camino desde una óptica completamente diferente

Bernardo



Al entrar a Zirauqui encontramos un escudo en piedra del año 1658 en el que había una inscripción en la que se mencionaba a “Don Martin Yryarte”:

…y la cruz flordelisada, simbolizaba la unión entre Jesús a través de la cruz y María a través de la flor de lis. Las estelas circulares, que son estas piedras talladas, se remontaban a periodos antiguos y con el paso del tiempo fueron desapareciendo. Con la difusión de la escritura, las formas rectangulares tomaron preponderancia…”

Eran palabras de Bernardo, quien se detuvo para beber agua de una fuente que parece ser que no estaba tratada pero, que según él, tampoco estaba contaminada. Alto y de constitución grande, pisaba en la tierra y con sus manos atrapaba las nubes, y subrayaba su edad con una prominente barba blanca y gruesas lentes. Se dedicaba a la bioconstrucción y utilizaba la radiestesia como herramienta para dimensionar edificios, detectar enfermedades y evaluar la calidad de los alimentos. Comentó que los templarios y los monjes eran especialistas en ese arte y que el poder religioso y los científicos prohibieron su práctica por considerarla oscurantista e infundada. Volvía de efectuar mediciones en la Iglesia de Eunate e iba rumbo a la Iglesia del Santo Sepulcro en Torres del Río. Y nos contó que la Catedral de Santiago estaba situada en un sitio energético y era uno de los pocos lugares en el mundo que contaba con siete venas de agua subterránea.

Caminamos junto a Bernardo, viajando también en el tiempo y aumentando nuestro conocimiento. Me sentía como un peregrino medieval por calzadas romanas, entretejiendo la mística con historia.

Llegamos caminando a Estella, y saboreamos un tentempié a orillas del río Ega frente al convento gótico de Santo Domingo, erigido para obtener indulgencias por parte del papado. Desde allí nos condujo directamente hasta el albergue de la Iglesia de San Miguel Arcángel. Bernardo aprovechó su péndulo para dar diagnóstico y ofrecer apoyo anímico a una señora enferma que sollozaba tras pelear con su marido. Después de la cena, Bernardo apartó su libro de geometría sagrada y sus escritos sobre el número áureo phi, que utilizaba para el diseño de sus construcciones, y a petición de Michelle nos explicó en papel cómo orientarse con las estrellas:

—Esta es la Osa Mayor —dijo. Está formada por siete estrellas que forman una sartén con el mango quebrado en su extremo. Es entonces cuando extiendes este lado imaginariamente cinco veces. Allí te encontrarás con la Estrella Polar, que es la más brillante de otra sartén más pequeña, la Osa Menor, sobre la cual todas las constelaciones giran a lo largo de la noche.

Y en tono humorístico pero trascendente añadió:

—… y para orientarte durante el día, debes perseguir tus sombras por la mañana, y dejar tus sombras detrás por la tarde…

A la mañana siguiente nos sorprendió la llegada de peregrinos locales ocasionales que aprovechaban los días de fiesta para hacer un tramo de peregrinaje. Tras unos cuantos kilómetros de caminata llegamos a la Bodega de Irache, un lugar especial gracias al gran número de vides que había en esa región. Uno de sus responsables, que conocía a Bernardo, empezó a hablar de manera apasionada y excitada, moviendo sus brazos y cuerpo al compás como si fuese un actor teatral:

—El vino procede de esta región… De la ruta del vino de Navarra que se solapa durante un tramo con el Camino de Santiago… Estas son tierras fértiles que producen gracias a nuestro trabajo las vides más exquisitas del país… ¡Como agradecimiento ofrecemos al peregrino una muestra de este vino!

Continuamos caminando en esa tarde de sol por senderos llanos pero nunca aburridos, rutas testigos de disputas en el pasado entre cristianos y sarracenos, hasta que llegamos a una zona abierta y sin sombras salvo por el resguardo que ofrecía un contenedor construido para ofrecer refugio al peregrino. Bernardo prosiguió con su marcha lenta pero constante, y yo me quedé solo con Michelle. El pronóstico del tiempo anunciaba lluvias y el cielo comenzaba a encapotarse, por lo que debíamos postergar la noche de lectura de estrellas y la fogata para más adelante. Nos pusimos a recolectar racimos de uva para acompañar la cena y dispusimos nuestros sacos de dormir en el interior del contenedor. Dudé durante un momento sobre la necesidad de detenernos allí, pensando que habría ­sido mejor, más seguro y divertido continuar con Bernardo y alojarnos en una posada, como hacían el resto de los peregrinos. Además, no veíamos ningún mercado ni tienda en los alrededores. El sitio donde nos habíamos detenido no parecía peligroso, y aunque yo estaba bastante ansioso y un poco asustado, preocupado por el silencio y la quietud del lugar, decidí quedarme con mi compañera. Ella me dijo que me relajara, que el lugar era ideal para convertir el silencio externo en silencio interno, y que así tendría la oportunidad de vivir una noche diferente. Fue entonces cuando por fin conseguí tranquilizarme y dejé que me enseñara el arte del silencio.























Persigue tus sombras por la mañana y deja tus sombras detrás por la tarde…

El arte del silencio



Michelle comenzó diciendo que el Camino hecho de principio a fin de una vez y sin posponer ninguna etapa para el año siguiente permitía que nos adentrásemos más fácilmente en la atmósfera del silencio y, mirando al cielo, dio las gracias por tener la posibilidad de recorrerlo. También añadió que la ruta del autoconocimiento se transmitía de boca a boca, y que mejoraba con la práctica y no con la lectura.

Me senté cómodo frente a ella para seguir sus instrucciones con los ojos cerrados y el cuerpo relajado. Comencé a inspirar y espirar suavemente por la nariz. Sentía cómo el aire fresco atravesaba mi tracto respiratorio, bañaba mi interior de pureza y se retiraba de mi cuerpo. Me concentraba tan sólo en inspirar y en espirar, recibía lo nuevo y liberaba lo pasado. Eventualmente se cruzaba algún pensamiento y lo dejaba marchar.

Después centré mi atención en la vibración de cada rincón de mi cuerpo, desde la coronilla hasta la punta de los pies.

Y a continuación, presté atención a los sonidos externos. Tomé conciencia de los sonidos más próximos, como el canto de los pájaros y el paso de un vehículo a lo lejos, y de los más imperceptibles, como el susurro de la brisa.

Cuando llegó el momento, abrí lentamente los ojos e hice una larga pausa contemplativa. Michelle comentó apaciblemente:

—El arte del silencio es el arte del Ser. Es contemplar el Infinito, el Universo. Es encontrar el todo en la nada. Es escuchar la más bella melodía en el silencio interior. Es contemplar la pausa eterna entre inspiración y espiración. Es observación y es presencia.

De repente, el frío y la desprotección que sentía desaparecieron. Descansé como no lo había hecho desde que había salido de casa. Creo que dormí unas diez u once horas sin interrupción y me desperté lleno de energía y preparado para recorrer los kilómetros necesarios para llegar hasta la siguiente parada.











El arte del silencio es el arte del Ser

El Cierzo5



Estaba nublado, pero era bonito. Encontramos castillos de alfalfa y numerosos elaboradores caseros de vino rodeados de sencillas prensas y tinajas. Paramos solo en una iglesia para sellar nuestra credencial de peregrino. Un músico tocaba un órgano de tubos que resonaba en cada rincón del pueblo, mientras el párroco nos estampaba la credencial y nos convocaba a la misa del domingo recitando de memoria un trozo del Codex Calixtinus, un escrito iluminado del siglo XII:

“Todo el mundo debe recibir con caridad y respeto a los peregrinos, ricos o pobres, que vuelven o se dirigen al solar de Santiago, pues todo el que los reciba y hospede con esmero, tendrá como Huésped, no sólo a Santiago, sino también al mismo Señor, según sus palabras en el evangelio: "El que a vosotros recibe, a Mí me recibe.”6



Un cementerio nos recordó que nuestro paso por estas tierras era meramente transitorio: “Yo que fui lo que tú eres, tú serás lo que yo soy” y un tabernero nos mostró cómo unir el mundo con pines en un mapamundi. Disfrutaba mucho de los pueblos y sus historias, pero estaba más interesado en la naturaleza y su sabiduría. Cuando me alejaba de las poblaciones aprovechaba la posibilidad de conectarme con algún árbol, de percibir el aroma de una flor o de disfrutar del silencio en movimiento, sin necesidad de estar sentado en posición ritual. Me di cuenta de que sí era necesario permanecer callado para escuchar lo que sucedía. Caminábamos sin nadie a la izquierda y sin nadie a la derecha. Y con viento seco y fresco, el Cierzo anticipaba lloviznas en el valle. Excepto por el sonido de mis pasos que caminaban al compás de los de Michelle, solo se percibía el sutil sonido del viento que soplaba incansablemente, el palpitar de los árboles agitando sus hojas y el ruido producido por los cabos sueltos de mi mochila. Y así es cómo el silencio decía más que mil palabras y la escucha daba la bienvenida al poder del viento, que contaba que no tenía principio ni fin, y me susurraba que se llevaría mi sombrero y a cambio me desvelaría un montón de secretos…

—Tú mismo has elaborado tu propio camino de la intuición. Lo has extraído de ti mismo o del Universo, como prefieras llamarlo. Yo soy no más que un guía ocasional, te ofrezco conocimiento que podría servirte, pero eres tú quien crea el camino de la sabiduría, que llega mucho más lejos. Tu intelecto te explica todo, pero tu intuición sabe llegar sin mapas, como lo hago yo. Aprendes de mí a través de un texto, pero me comprendes cuando me escuchas desde el alma. Ahora mismo, es tu intuición quien te está hablando, yo simplemente la pongo en evidencia. Te acompaña siempre y cuando no sabes que rumbo seguir, ella te conduce. A veces, solo a veces, el no saber a dónde ir es más beneficioso que quien sabe perfectamente adónde va persiguiendo un plan que la mente elaboró previamente; pero quien no sabe a dónde va, da rienda suelta a un Plan más elevado. El arte es saber combinar ambos, Plan y plan. No se trata de ser sabio solo por el hecho de serlo, eso también sería un plan, sino porque encontrando sabiduría podrás expresar plenitud.

En ese momento encontré sentido a lo que decía Gurutz cuando comentaba que yo no sabía nada, y señalaba que el arte del silencio era una buena técnica para escuchar a mi interior y convertir a mi mente en mi aliada. La intuición me llevaba al manantial para beber de su agua, que eran mis corazonadas. ¡Esto era ver a Dios, carajo!











¡Esto era ver a Dios, carajo!

Una tormenta



Me limitaba a caminar, pero ese día en concreto encontraba el Camino largo y tedioso, tenía hambre y me sentía un poco frustrado. La magia de las técnicas de meditación que había aprendido no había servido para nada. No encontraría ningún albergue en muchos kilómetros en esa época del año. Al menos era consciente de mi malestar, pero quería llegar ya a mi destino, y no llegaba. Sin embargo, mientras tanto debía superar una tormenta, tanto interna como externa. La lluvia era incesante y torrencial y mi chaqueta larga e impermeable no cubría la botamanga de mis pantalones, ni tampoco mis zapatos ni mis medias que estaban completamente mojados. La senda que estaba llena de fango contribuía todavía más a mi fatiga e irritación. Y para complicar aún más la situación nos unimos a una pareja de peregrinos que caminaba con lentitud porque la mujer había sufrido una distensión en su pie izquierdo. Su malestar alimentaba aún más el mío y ralentizaba aún más la marcha, que ya era difícil caminando como estábamos bajo una lluvia constante. Sin embargo, no contemplaba la posibilidad de no ofrecer mi ayuda a esa señorita. Me di cuenta de la sonrisa socarrona de Michelle, que ya me conocía un poco, que preguntó en voz alta:

—¿Acaso esperabais que todos los días fueran soleados?

Encontramos un refugio provisional en una especie de iglú de piedras, y nos resguardamos allí para comer algunas frutas antes de llegar a la posada. El único albergue disponible se encontraba en el extremo opuesto de la ciudad, justo al otro lado del río, y a pesar de ser una ciudad pequeña el tránsito a través de ella se nos hizo eterno.

Llegamos al anochecer y yo estaba mojado, agotado y afiebrado. Mis zapatillas, calcetines y pies estaban húmedos, tenía frío y muchas ganas de darme una ducha caliente, de comer y de dormir. El hospitalero decía a todos los peregrinos que el albergue se mantenía gracias a los donativos de los peregrinos y que cualquier cantidad, por pequeña que fuera, sería bienvenida. Su calidez era admirable, pero como todavía estaba reponiéndome del cansancio, me parecía muy difícil conectar con él. Unos peregrinos me preguntaron si quería meter mi ropa mojada en la siguiente tanda de la lavadora-secadora y me comentaron que si ponía hojas de periódico en el interior de mis zapatos conseguiría secarlos casi por completo para la mañana siguiente. Otro grupo de peregrinos me invitó a comer pastas y bebidas calientes y puso fin a mi dilema de si saltarme o no la cena para irme directo a dormir.

A la mañana siguiente ya me encontraba mucho mejor, me sentía renovado y fortalecido, y mi cansancio tras la caminata bajo la lluvia del día anterior había desaparecido.






























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