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LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

Anónimo

LD Books

Edición Smashwords

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2006 Centeno 79-A, col. Granjas Esmeralda C. P. 09810, México, D. F.

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Tercera reimpresión: mayo de 2010

ISBN: XXX-XXX-XXX-XXX-X

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.

Índice

Introducción

1. Historias de la Virgen María:

Protoevangelio de Santiago

Evangelio de la Natividad de María

Evangelio del Pseudo Mateo

2. Historias de José:

Historia copta de José, el carpintero

Historia árabe de José, el carpintero

3. Historias de Jesús

Evangelio de Santo Tomás

Historia de la infancia de Jesús según santo Tomás

Evangelio árabe de la infancia

Evangelio armenio de la infancia

Evangelio de San Pedro

Evangelio de Bernabé

Evangelio de Nicodemo

Fragmentos del Evangelio según los hebreos

Introducción

El origen de la palabra apócrifo es griego, y generalmente es traducido como “escondido” o “secreto”. Podría decirse que el principal criterio para calificar a un libro de apócrifo es considerar que carece de inspiración divina. Así, en la tradición cristiana es hasta el año 1546, durante el Concilio de Trento, que en su cuarta sesión del 8 de abril se fijaron definitivamente los libros canónicos y los apócrifos, es decir, los que forman parte del Antiguo y Nuevo testamentos y los que no.

Los llamados Libros Canónicos son, por lo tanto, los que la Iglesia acepta como revelados por Dios. Benedicto XV, en su encíclica Spiritus Paraclitus, dice: “Los Libros de la Sagrada Escritura [...] fueron compuestos bajo la inspiración, o la sugestión, o la insinuación, y aún el dictado del Espíritu Santo; más todavía: el mismo Espíritu fue quien los redactó y publicó.” En esta misma encíclica se dice que Jesús afirma la iluminación divina en el escritor, donde Dios mueve su voluntad a escribir lo que ha de transmitirse a la humanidad.

En el Segundo Concilio del Vaticano, en la Constitución Dog-mática Dei Verbum sobre la Divina Revelación, la Iglesia dice que por un acto de bondad y amor a la humanidad Dios ha decidido revelarse a sí mismo y a su voluntad. Dios se ha manifestado a los Padres de la Iglesia para prometer la salvación. Refiriéndose explícitamente al Nuevo Testamento, la Constitución sostiene que sus libros principales son los Cuatro Evangelios y que su origen es indudablemente apostólico, predicado por mandato de Cristo, inspirado por el Espíritu Santo y transmitido en forma escrita por los cuatro apóstoles. Acepta la historicidad de los evangelios, y afirma que son fieles a la vida de Cristo y que obedecen a una tradición oral. Pío IX, en la encíclica Noscitis et nobiscum de 1849, ataca lo que denomina “lecturas emponzoñadas” y privilegia la difusión de libros escritos por “hombres de sana y reconocida doctrina”. ¿Cuáles eran esos textos que la Iglesia consideraba heréticos, apócrifos?

El hallazgo en Nag Hammadi

En diciembre de 1945, en un pueblo egipcio llamado Nag Hammadi (en árabe “Pueblo de Alabanza”) un campesino halló cerca de mil páginas en papiro: 53 textos divididos en códices, cuya antigüedad se remonta probablemente hacia el siglo IV d.C. Este campesino encontró enterrada una jarra de barro de medio metro de altura; este descubrimiento le produjo cierto temor y en un principio no quiso abrirla, ya que temía que en su interior habitase un «jinn» o espíritu, pero al final rompió el precinto y halló los trece manuscritos. Lamentablemente no dio a conocer el hallazgo y los amontonó cerca del horno de su casa entre la paja, lo que originó que su madre quemase muchos papiros para alimentar el fuego. Esta fue una pérdida irremediable de una parte importante de nuestra historia que ya no podremos recuperar.

Tras algún tiempo los manuscritos pasaron de unas manos a otras, entre especuladores que los vendieron en el mercado negro, hasta que los investigadores los fueron recuperando poco a poco. Hoy desconocemos si todo el material está recuperado o aún quedan fragmentos en poder de algún coleccionista, u ocultos por personas que no quieren que su contenido salga a la luz. En la actualidad, lo que se ha rescatado de esos manuscritos y que en este libro reproducimos, se encuentra depositado en el Museo Copto de El Cairo, Egipto.

El contenido

Los textos de Nag Hammadi ofrecen una versión de la vida de Jesús, vivida directamente por sus autores. Recordemos que respecto a los Evangelios de Mateo, Lucas, Marcos y Juan, ninguno de sus autores vivió en la época de Jesús, y por tanto se limitaron a transcribir unos sucesos llegados por medio de la tradición oral, como lo ha aceptado la misma Iglesia. Por el contrario, en los textos de Nag Hammadi tenemos una versión directa realizada por hombres y mujeres que vivieron en la misma época de Jesús, María y José.

Entonces, ¿por qué los evangelios de Nag Hammadi fueron considerados heréticos y no se incluyeron en el Nuevo Testamento? La realidad es que, en el siglo II, estos manuscritos fueron calificados como heréticos por los cristianos ortodoxos. Afortunadamente fueron enterrados y ocultados antes de que terminaran siendo destruidos. Fue la tradición ortodoxa la que fijó sus criterios y oficializó los evangelios que debían ser recogidos en la Biblia. Los textos de Nag Hammadi eran demasiado críticos con la resurrección y presentaba un tanto liberales a las mujeres que vivieron en la época de Jesús, entre otros aspectos non gratos para los conservadores. Como podremos apreciar con la lectura, los manuscritos de Nag Hammadi presentan una perspectiva distinta del mensaje de Jesús que no se ajusta con los cánones que la Iglesia ha impuesto desde hace cientos de años.

El debate

Lo que ahora se conoce como Nag Hammadi, antes se llamaba Xhnobockeion, donde en 320 d.C., san Pacomio había fundado el primer monasterio Cristiano. En 367 d.C., el obispo Atanasios de Alejandría emitió un decreto que prohibía las escrituras no aprobadas por la Iglesia central. Esto motivó a que algunos monjes locales copiaran esas escrituras, en 13 volúmenes encuadernados en cuero. Esta biblioteca entera fue sellada en una jarra y escondida entre las piedras por casi 1600 años.

Sin embargo, no se consideran “evangelios” por varias razones. Por ejemplo, se dice que no fueron inspirados por Dios ni nacieron en comunidades cristianas, que no hablaban la lengua en que están escritos (copta). Tampoco esas comunidades cristianas tuvieron consenso en considerarlos inspirados.

En la actualidad, los escritos de Nag Hammadi tienen una gran vigencia que se extiende a varias ramas de los estudios históricos, tales como la paleografía, la lingüística y la filosofía, y no fue sino hasta 1972 que fueron traducidos y hechos públicos tras muchas reservas y enfrentamientos. Pese a su acceso a todos los investigadores, no han sido revelados todos los misterios en tomo a la figura de Jesús; en realidad han planteado muchos más problemas a los investigadores, que ahora se formulan numerosas preguntas. Así veremos que en Los Evangelios Apócrifos, Jesús habla de ilusión y de iluminación, no de pecado y arrepentimiento como el Jesús del Nuevo Testamento. Los evangelios apócrifos ofrecen un Jesús que, en lugar de venir a salvarnos del pecado, viene como guía para abrir el acceso a la comprensión espiritual. En fin, el debate apenas ha iniciado. Estos documentos existen y habrá que evaluarlos con objetividad.

Visite la página de internet: www.copticmuseum.gov.eg. donde en-contrará la información (en inglés y francés) sobre los manuscritos. Mejor aún si puede visitar directamente el Museo Copto, en El Cairo, Egipto.

Historias de la Virgen María

Protoevangelio de Santiago

I. Dolor de Joaquín

1. Hay constancia en las historias de las doce tribus de Israel que existió un hombre llamado Joaquín, rico en sobremanera, el cual aportaba ofrendas dobles, diciendo: “Lo que sobre de mi ofrenda será para todo el pueblo, y lo que ofrezca en compensación por mis faltas será para el Señor, a fin de que me sea favorable”.

2. Y, habiendo llegado el gran día del Señor, los hijos de Israel presentaban sus ofrendas. Y Rubén se colocó adelante de Joaquín, y le dijo: “No te está permitido presentar tus ofrendas en primer lugar, porque no has engendrado, en Israel, vástago de posteridad”.

3. Entonces Joaquín se afligió en gran medida, y se dirigió a los registros de las doce tribus de Israel, diciéndose: “Veré en los registros de las doce tribus si soy el único que no ha procreado vástago en Israel”. E indagó, y descubrió que todos los justos ya habían engendrado descendencia en Israel. Sin embargo recordó al patriarca Abraham y que, en sus últimos días, Dios le había dado por hijo a Isaac.

4. Y Joaquín quedó muy desolado, y no se presentó a su mujer, sino que se fue al desierto. Y allí colocó su tienda, y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, diciendo para sí: “No comeré ni beberé nada hasta que el Señor, mi Dios, me visite, la oración será mi comida y mi bebida”.

II. Dolor de Ana

1. Y la mujer de Joaquín, llamada Ana, se deshacía en lágrimas, y lamentaba su doble dolor, diciendo: “Lloraré mi viudez, y también lloraré mi esterilidad”.

2. Y, habiendo llegado el gran día del Señor, Judith, su sierva, le dijo: “¿Hasta cuándo seguirá este sufrimiento en tu corazón? Ha llegado el gran día del Señor, en que no te está permitido llorar. Toma este velo, que me ha dado el ama del servicio, y que yo no puedo vestir porque tiene el signo real y yo soy una sierva”.

3. Y Ana dijo: “Aléjate de mí, no me pondré eso porque el Señor me ha humillado en gran manera. Acaso algún perverso te ha dado ese velo, y tú vienes a implicarme en tu falta”. Y Judith respondió: “¿Qué mal podría desearte, puesto que el Señor te ha dañado de esterilidad, para que no des fruto en Israel?”

4. Y Ana, profundamente abatida, se despojó de sus vestidos de duelo, y se lavó la cabeza, y se vistió con su traje de bodas, y, hacia la hora de nona, bajó al jardín para caminar. Y vio un laurel, y se sentó bajo su sombra, y rogó al Señor, diciendo: “Dios de mis padres, bendíceme, y atiende mi plegaria, como bendijiste el vientre de Sara, y le diste a su hijo Isaac”.

III. Lamentaciones de Ana

1. Y, alzando los ojos al cielo, vio un nido de gorriones, y emitió un lamento, diciéndose: “¡Infeliz de mí! ¿Quién me ha procreado, y qué vientre me ha dado a luz? Porque me he vuelto objeto de maldición para los hijos de Israel, que me han insultado y desterrado con burla del templo del Señor.

2. ¡Infeliz de mí! ¿A quién me parezco? No a las aves del cielo, porque aun las aves del cielo son fecundas ante ti, Señor.

3. ¡Infeliz de mí! ¿A quién me parezco? No a las bestias de la tierra, porque aun las bestias de la tierra son fecundas ante ti, Señor.

4¡Infeliz de mí! ¿A quién me parezco? No a estas aguas, porque aun estas aguas son fecundas ante ti, Señor.

5. ¡Infeliz de mí! ¿A quién me parezco? No a esta tierra, porque aun esta tierra engendra su fruto a tiempo y te glorifica, Señor”.

IV. La promesa divina

1. Y he aquí que un ángel del Señor apareció, y le dijo: “Ana, Ana, el Señor ha escuchado y atendido tu súplica. Procrearás y parirás, y se hablará de tu progenie en toda la Tierra”. Y Ana dijo: “Tan cierto como el Señor, mi Dios, vive, si yo doy a luz un hijo, sea varón, sea hembra, lo llevaré como ofrenda al Señor, mi Dios, y permanecerá a su servicio todos los días de su vida”.

2. Y he aquí que dos mensajeros llegaron a ella, diciéndole: “Joaquín tu marido viene a ti con sus rebaños. Porque un ángel del Señor ha descendido hasta él, diciéndole: ‘Joaquín, Joaquín, el Señor ha oído y aceptado tu ruego. Sal de aquí, porque tu mujer Ana concebirá en su seno’.”

3. Y Joaquín salió, y llamó a sus pastores, diciendo: “Traedme diez corderos sin mácula, y serán para el Señor, mi Dios; y doce terneros, y serán para los sacerdotes y para el Consejo de los Ancianos; y cien cabritos, y serán para los pobres del pueblo”.

4. Y he aquí que Joaquín llegó con sus rebaños, y Ana, que lo esperaba en la puerta de su casa, lo vio venir, y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello, diciendo: “Ahora conozco que el Señor, mi Dios, me ha colmado de bendiciones; porque era viuda, y ya no lo soy; estaba sin hijo, y voy a concebir uno en mis entrañas”. Y Joaquín guardó reposo en su hogar aquel primer día.

V. Concepción de María

1. Y, al día siguiente, presentó sus ofrendas, diciendo entre sí de esta manera: “Si el Señor Dios me es propicio, me concederá ver el disco de oro del Gran Sacerdote”. Y, una vez hubo presentado sus ofrendas, fijó su mirada en el disco del Gran Sacerdote, cuando éste subía al altar, no notó mancha alguna en sí mismo. Y Joaquín dijo: “Ahora sé que el Señor me es propicio, y que me ha perdonado todos mis pecados”. Y salió justificado del templo del Señor, y volvió a su casa.

2. Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: “¿Qué he parido?” La partera contestó: “Una niña”. Y Ana repuso: “Mi alma se ha glorificado en este día”. Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María.

VI. Fiesta del primer año

1. Y la niña se fortificaba de día en día. Y, cuando tuvo seis meses, su madre la puso en el suelo, para ver si se mantenía en pie. Y la niña dio siete pasos, y luego avanzó hacia el regazo de su madre, que la levantó, diciendo: “Por la vida del Señor, que no marcharás sobre el suelo hasta el día que te lleve al templo del Altísimo”. Y estableció un santuario en su dormitorio, y no la dejaba tocar nada que estuviese manchado, o que fuese impuro. Y llamó a las hijas de los hebreos que se conservaban sin mancilla, y entretenían a la niña con sus juegos.

2. Y, cuando la niña llegó a la edad de un año, Joaquín celebró un gran banquete, e invitó a él a los sacerdotes y a los escribas y al Consejo de los Ancianos y a todo el pueblo israelita. Y presentó la niña a los sacerdotes, y ellos la bendijeron, diciendo: “Dios de nuestros padres, bendice a esta niña, y dale un nombre que se repita siglos y siglos, a través de las generaciones”. Y el pueblo dijo: “Así sea, así sea”. Y Joaquín la presentó a los príncipes de los sacerdotes, y ellos la bendijeron, diciendo: “Dios de las alturas, dirige tu mirada a esta niña, y dale una bendición suprema”.

3. Y su madre la llevó al santuario de su dormitorio, y le dio el pecho. Y Ana entonó un cántico al Señor Dios, diciendo: “Elevará un himno al Señor, mi Dios, porque me ha visitado, y ha alejado de mí los ultrajes de mis enemigos, y me ha dado un fruto de su justicia a la vez uno y múltiple ante El. ¿Quién anunciará a los hijos de Rubén que Ana amamanta a un hijo? Sepan, sepan, ustedes las doce tribus de Israel, que Ana amamanta a un hijo”. Y dejó reposando a la niña en el santuario del dormitorio, y salió, y sirvió a los invitados. Y, terminado el convite, todos salieron llenos de júbilo, y glorificando al Dios de Israel.

VII. Consagración de María en el templo

1. Y los meses pasaban para la niña. Y, cuando llegó a la edad de dos años, Joaquín dijo: “Llevémosla al templo del Señor, para cumplir la promesa que le hemos hecho, no sea que nos la reclame, y rechace nuestra ofrenda”. Y Ana respondió: “Esperemos al tercer año, a fin de que la niña no nos eche de menos”. Y Joaquín repuso: “Esperemos”.

2. Y, cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: “Llamen a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás, y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor”. Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el Gran Sacerdote recibió a la niña, y, abrazándola, la bendijo, y exclamó: “El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por El concedida a los hijos de Israel”.

3. E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó.

VIII. Pubertad de María

1. Y sus padres salieron del templo llenos de admiración, y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel.

2. Y, cuando llegó a la edad de doce años, los sacerdotes se congregaron, y dijeron: “He aquí que María ha llegado a la edad de doce años en el templo del Señor. ¿Qué medida tomaremos con ella, para que no mancille el santuario?” Y dijeron al Gran Sacerdote: “Tú, que estás encargado del altar, entra y ruega por María, y hagamos lo que te revele el Señor”.

3. Y el Gran Sacerdote, poniéndose su traje de doce campanillas, entró en el Santo de los Santos, y rogó por María. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciéndole: “Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los viudos del pueblo, y que éstos vengan cada cual con una vara, y aquel a quien el Señor envíe un prodigio, de aquel será María la esposa”. Y los heraldos salieron, y recorrieron todo el país de Judea, y la trompeta del Señor resonó, y todos los viudos acudieron a su llamada.

IX. José, guardián de María

1. Y José, abandonando sus herramientas, salió para juntarse a los demás viudos, y, todos congregados, fueron a encontrar al Gran Sacerdote. Este tomó las varas de cada cual, penetró en el templo, y oró. Y, cuando hubo terminado su plegaria, volvió a tomar las varas, salió, se las devolvió a sus dueños respectivos, y no notó en ellas prodigio alguno. Y José tomó la última, y he aquí que una paloma salió de ella, y voló sobre la cabeza del viudo. Y el Gran Sacerdote dijo a José: “Tú eres el designado por la suerte, para tomar bajo tu guarda a la Virgen del Señor”.

2. Mas José se negaba a ello, diciendo: “Soy viejo, y tengo hijos, al paso que ella es una niña. No quisiera servir de irrisión a los hijos de Israel”. Y el Gran Sacerdote respondió a José: “Teme al Señor tu Dios, y recuerda lo que hizo con Dathan, Abiron y Coré, y cómo, entreabierta la tierra, los sumió en sus entrañas, a causa de su desobediencia. Teme, José, que no ocurra lo mismo en tu casa”.

3. Y José, lleno de temor, recibió a María bajo su guarda, diciéndole: “He aquí que te he recibido del templo del Señor, y que te dejo en mi hogar. Ahora voy a trabajar en mis construcciones, y después volveré cerca de ti. Entretanto, el Señor te protegerá”.

X. El velo del templo

1. Y he aquí que los sacerdotes se reunieron en consejo, y dijeron: “Hagamos un velo para el templo del Señor”. Y el Gran Sacerdote dijo: “Traedme jóvenes sin mancilla de la casa de David”. Y los servidores fueron a buscarlas, y encontraron siete jóvenes. Y el Gran Sacerdote se acordó de María, y de que era de la tribu de David, y de que permanecía sin mancilla ante Dios. Y los servidores partieron, y la trajeron.

2. E introdujeron a las jóvenes en el templo del Señor, y el Gran Sacerdote dijo: “Echad a suertes sobre cuál hilará el oro, el jacinto, el amianto, la seda, el lino fino, la verdadera escarlata y la verdadera púrpura”. Y la verdadera escarlata y la verdadera púrpura tocaron a María, que, habiéndolas recibido, volvió a su casa. Y, en este momento, Zacarías quedó mudo, y Samuel lo reemplazó en sus funciones, hasta que recobró la palabra. Y María tomó la escarlata, y empezó a hilarla.

XI. La anunciación

1. Y María tomó su cántaro, y salió para llenarlo de agua. Y he aquí que se oyó una voz, que decía: “Salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo, y bendita eres entre todas las mujeres”. Y ella miró en tomo suyo, a derecha e izquierda, para ver de dónde venía la voz. Y, toda temblorosa, regresó a su casa, dejó el cántaro, y, tomando la púrpura, se sentó, y se puso a hilar.

2. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciéndole: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante el Dueño de todas las cosas, y concebirás su Verbo”. Y María, vacilante, respondió: “Si debo concebir al Dios vivo, ¿daré a luz como toda mujer da?”

3. Y el ángel del Señor dijo: “No será así, María, porque la virtud del Señor te cubrirá con su sombra, y el ser santo que de ti nacerá se llamará Hijo del Altísimo. Y le darás el nombre de Jesús, porque librará a su pueblo de sus pecados”. Y María dijo: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.

XII. La visitación

1. Y siguió trabajando en la púrpura y en la escarlata, y, concluida su labor, la llevó al Gran Sacerdote. Y éste la bendijo, y exclamó: “María, el Señor Dios ha glorificado tu nombre, y serás bendita en todas las generaciones de la Tierra”.

2. Y María, muy gozosa, fue a visitar a Isabel, su prima. Y llamó a la puerta. E Isabel, habiéndola oído, dejó su escarlata, corrió a la puerta, y abrió. Y, al ver a María, la bendijo, y exclamó: “¿De dónde que la madre de mi Señor venga a mí? Porque el fruto de mi vientre ha saltado dentro de mí, y te ha bendecido”. Pero María había olvidado los misterios que el arcángel Gabriel le revelara, y, alzando los ojos al cielo, dijo: “¿Quién soy, Señor, que todas las generaciones de la Tierra me bendicen?”

3. Y pasó tres meses con Isabel. Y, de día en día, su embarazo avanzaba, y, poseída de temor, volvió a su casa, y se ocultó a los hijos de Israel. Y tenía dieciséis años cuando estos misterios se cumplieron.

XIII. Vuelta de José

1. Y llegó el sexto mes de embarazo, y he aquí que José volvió de sus trabajos de construcción, y, entrando en su morada, la encontró encinta. Y se golpeó el rostro, y se echó a tierra sobre un saco, y lloró amargamente, diciendo: “¿En qué forma volveré mis ojos hacia el Señor mi Dios? ¿Qué plegaria le dirigiré con relación a esta jovencita? Porque la recibí pura de los sacerdotes del templo, y no he sabido guardarla. ¿Quién ha cometido tan mala acción, y ha mancillado a esta virgen? ¿Es que se repite en mí la historia de Adán? Bien como, en la hora misma en que éste glorificaba a Dios, llegó la serpiente y, encontrando a Eva sola, la engañó, así me ha ocurrido a mí”.

2. Y José se levantó del saco, y llamó a María, y le dijo: “¿Qué has hecho, tú, que eres predilecta de Dios? ¿Has olvidado a tu Señor? ¿Cómo te has atrevido a envilecer tu alma, después de haber sido educada en el Santo de los Santos, y de haber recibido de manos de un ángel tu alimento?”

3. Pero ella lloró amargamente, diciendo: “Estoy pura y no he conocido varón”. Y José le dijo: “¿De dónde viene entonces lo que llevas en tus entrañas?” Y María repuso: “Por la vida del Señor, mi Dios, que no sé cómo esto ha ocurrido”.

XIV. José, confortado por un ángel

1. Y José, lleno de temor, se alejó de María, y se preguntó cómo obraría a su respecto. Y dijo: “Si oculto su falta, contravengo la ley del Señor, y, si la denuncio a los hijos de Israel, temo que el niño que está en María no sea de un ángel, y que entregue a la muerte a un ser inocente. ¿Cómo procederé, pues, con María? La repudiaré secretamente”. Y la noche lo sorprendió en estos pensamientos amargos.

2. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños, y le dijo: “No temas por ese niño, pues el fruto que está en María procede del Espíritu Santo, y dará a luz un niño, y llamarás su nombre Jesús, porque salvará al pueblo de sus pecados”. Y José se despertó, y se levantó, y glorificó al Dios de Israel, por haberle concedido aquella gracia, y continuó guardando a María.

XV. José ante el Gran Sacerdote

1. Y el escriba Anás fue a casa de José, y le preguntó: “¿Por qué no has aparecido por nuestra asamblea?” Y José repuso: “El camino me ha fatigado, y he querido reposar el primer día”. Y Anás, habiendo vuelto la cabeza, vio que María estaba embarazada.

2. Y corrió con apresuramiento cerca del Gran Sacerdote, y le dijo: “José, en quien has puesto toda tu confianza, ha pecado gravemente contra la Ley”. Y el Gran Sacerdote lo interrogó: “¿En qué ha pecado?” Y el escriba respondió: “Ha mancillado y consumado a hurtadillas matrimonio con la virgen que recibió del templo del Señor, sin hacerlo conocer a los hijos de Israel”. Y el Gran Sacerdote exclamó: “¿José ha hecho eso?” Y el escriba Anás dijo: “Envía servidores, y comprobarás que la joven se halla encinta”. Y los servidores partieron, y encontraron a la doncella como había dicho el escriba, y condujeron a María y a José para ser juzgados.

3. Y el Gran Sacerdote prorrumpió, lamentándose: “¿Por qué has hecho esto, María? ¿Por qué has envilecido tu alma, y te has olvidado del Señor tu Dios? Tú, que has sido educada en el Santo de los Santos, que has recibido tu alimento de manos de un ángel, que has oído los himnos sagrados, y que has danzado delante del Señor, ¿por qué has hecho esto?” Pero ella lloró amargamente, y dijo: “Por la vida del Señor mi Dios, estoy pura, y no conozco varón”.

4. Y el Gran Sacerdote dijo a José: “¿Por qué has hecho esto?” Y José dijo: “Por la vida del Señor mi Dios, me hallo libre de todo comercio con ella”. Y el Gran Sacerdote insistió: “¡No rindas falso testimonio, confiesa la verdad! Tú has consumado a hurtadillas el matrimonio con ella, sin revelarlo a los hijos de Israel, y no has inclinado tu frente bajo la mano del Todopoderoso, a fin de que tu raza sea bendita”. Y José se calló.

XVI. La prueba del agua

1. Y el Gran Sacerdote dijo: “Devuelve a esta virgen que has recibido del templo del Señor”. Y José lloraba abundantemente. Y el Gran Sacerdote dijo: “Les haré beber el agua de prueba del Señor, y El hará aparecer su pecado ante sus ojos”.

2. Y, habiendo tomado el agua del Señor, el Gran Sacerdote dio a beber a José, y lo envió a la montaña, y éste volvió sano. Y dio asimismo de beber a María, y volvió también de ésta indemne. Y todo el pueblo quedó admirado de que pecado alguno se hubiera revelado en ellos.

3. Y el Gran Sacerdote dijo: “Puesto que el Señor Dios no ha hecho aparecer la falta de que se les acusa, yo tampoco quiero condenaros”. Y los dejó marchar absueltos. Y José acompañó a María, y volvió con ella a su casa, lleno de júbilo y glorificando al Dios de Israel.

XVII. Visión de los dos pueblos

1. Y llegó un edicto del emperador Augusto, que ordenaba se empadronasen todos los habitantes de Bethlehem de Judea. Y José dijo: “Voy a inscribir a mis hijos. Pero, ¿qué haré con esta muchacha? ¿Cómo la inscribiré? ¿Como mi esposa? Me avergonzaría de ello. ¿Como mi hija? Pero todos los hijos de Israel saben que no lo es. El día del Señor será como quiera el Señor”.

2. Y ensilló su burra, y puso sobre ella a María, y su hijo llevaba la bestia por el ronzal, y él los seguía. Y, habiendo caminado tres millas, José se volvió hacia María, y la vio triste, y dijo entre sí de esta manera: “Sin duda el fruto que lleva en su vientre la hace sufrir”. Y por segunda vez se volvió hacia la joven, y vio que reía, y le preguntó: “¿Qué tienes, María, que encuentro tu rostro tan pronto entristecido como sonriente?” Y ella contestó: “Es que mis ojos contemplan dos pueblos, uno que llora y se aflige estrepitosamente, y otro que se regocija y salta de júbilo”.

3. Y, llegados a mitad de camino, María dijo a José: “Bájame de la burra, porque lo que llevo dentro me abruma, al avanzar”. Y él la bajó de la burra, y le dijo: “¿Dónde podría llevarte, y resguardar tu pudor? Porque este lugar está desierto”.

XVIII. Pausa en la naturaleza

1. Y encontró allí mismo una gruta, e hizo entrar en ella a María. Y, dejando a sus hijos cerca de ésta, fue en busca de una partera al país de Bethlehem.

2. Y yo, José, avanzaba, y he aquí que dejaba de avanzar. Y lanzaba mis miradas al aire, y veía el aire lleno de terror. Y las elevaba hacia el cielo, y lo veía inmóvil, y los pájaros detenidos. Y las bajé hacia la tierra, y vi una artesa, y obreros con las manos en ella, y los que estaban amasando no amasaban. Y los que llevaban la masa a su boca no la llevaban, sino que tenían los ojos puestos en la altura. Y unos carneros conducidos a pastar no marchaban, sino que permanecían quietos, y el pastor levantaba la mano para pegarles con su vara, y la mano quedaba suspensa en el vacío. Y contemplaba la corriente del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber. Y, en un instante, todo volvió a su anterior movimiento y a su ordinario curso.

XIX. El hijo de María, en la gruta

1. Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó: “¿Dónde vas?” Y yo repuse: “En busca de una partera judía”. Y ella me interrogó: “¿Eres de la raza de Israel?” Y yo le contesté: “Sí”. Y ella replicó: “¿Quién es la mujer que pare en la gruta?” Y yo le dije: “Es mi desposada”. Y ella me dijo: “¿No es tu esposa?” Y yo le dije: “Es María, educada en el templo del Señor, y que se me dio por mujer, pero sin serlo, pues ha concebido del Espíritu Santo”. Y la partera le dijo: “¿Es verdad lo que me cuentas?” Y José le dijo: “Ven a verlo”. Y la partera lo siguió.

2. Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó: “Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel”. Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María. Y la partera exclamó: “Gran día es hoy para mí, porque he visto un espectáculo nuevo”.

3. Y la partera salió de la gruta, y encontró a Salomé, y le dijo: “Salomé, Salomé, voy a contarte la maravilla extraordinaria, pre-senciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza”. Y Salomé repuso: “Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido”.

XX. Imprudencia de Salomé

1. Y la comadrona entró, y dijo a María: “Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya”. Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando: “Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa”.

2. Y se arrodilló ante el Señor, diciendo: “¡Oh Dios de mis padres, acuérdate de que pertenezco a la raza de Abraham, de Isaac y de Jacob! No me des en espectáculo a los hijos de Israel, y devuélveme a mis pobres, porque bien sabes, Señor, que en tu nombre les prestaba mis cuidados, y que mi salario lo recibía de ti”.

3. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciendo: “Salomé, Salomé, el Señor ha atendido tu súplica. Aproxímate al niño, tómalo en tus brazos, y él será para ti salud y alegría”.

4Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo: “Quiero prosternarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel”. E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta. Y se dejó oír una voz, que decía: “Salomé, Salomé, no divulgues los prodigios que has visto, antes de que el niño haya entrado en Jerusalén”.

XXL Visita de los magos

1. Y he aquí que José se dispuso a ir a Judea. Y se produjo un gran tumulto en Bethlehem, por haber llegado allí unos magos, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el Oriente, y venimos a adorarlo”.

2. Y Herodes, sabedor de esto, quedó turbado, y envió mensajeros cerca de los magos, y convocó a los príncipes de los sacerdotes, y los interrogó, diciendo: “¿Qué está escrito del Cristo? ¿Dónde debe nacer?” Y ellos contestaron: “En Bethlehem de Judea, porque así está escrito”. Y él los despidió. E interrogó a los magos, diciendo: “¿Qué signo habéis visto con relación al rey recién nacido?” Y los magos respondieron: “Hemos visto que su estrella, extremadamente grande, brillaba con gran fulgor entre las demás estrellas, y que las eclipsaba hasta el punto de hacerlas invisibles con su luz. Y hemos reconocido por tal señal que un rey había nacido para Israel, y hemos venido a adorarlo”. Y Herodes dijo: “Id a buscarlo, y, si lo encontráis, dadme aviso de ello, a fin de que vaya yo también, y lo adore”.

3. Y los magos salieron. Y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente los precedió hasta que llegaron a la gruta, y se detuvo por encima de la entrada de ésta. Y los magos vieron al niño con su madre María, y sacaron de sus bagajes presentes de oro, de incienso y de mirra.

4. Y, advertidos por el ángel de que no volviesen a Judea, regresaron a su país por otra ruta.

XXII. Furor de Herodes

1. Al darse cuenta de que los magos lo habían engañado, Heredes montó en cólera, y despachó sicarios, a quienes dijo: “Matad a todos los niños de dos años para abajo”.

2. Y María, al enterarse de que había comenzado el degüello de los niños, se espantó, tomó al suyo, lo envolvió en pañales, y lo depositó en un pesebre de bueyes.

3. Isabel, noticiosa de que se buscaba a Juan, lo agarró, ganó la montaña, miró en torno suyo, para ver dónde podría ocultarlo, y no encontró lugar de refugio. Y, gimiendo, clamó a gran voz: “Montaña de Dios, recibe a una madre con su hijo”. Porque le era imposible subir a ella. Pero la montaña se abrió, y la recibió. Y había allí una gran luz, que los esclarecía, y un ángel del Señor estaba con ellos, y los guardaba.

XXIII. Muerte de Zacarías

1. Y Herodes buscaba a Juan, y envió sus servidores a Zacarías, diciendo: “¿Dónde has escondido a tu hijo?” Y él repuso: “Soy servidor de Dios, permanezco constantemente en el templo del Señor, e ignoro dónde mi hijo está”.

2. Y los servidores se marcharon del templo, y anunciaron todo esto a Herodes. El, irritado, dijo: “Su hijo debe un día reinar sobre Israel”. Y los regresó con Zacarías, ordenando: “Di la verdad. ¿Dónde se halla tu hijo? Porque bien sabes que tu sangre se encuentra bajo mi mano”. Y los servidores partieron, y refirieron todo esto a Zacarías.

3. Y éste exclamó: “Mártir seré de Dios, si viertes mi sangre. Y el Omnipotente recibirá mi espíritu, porque sangre inocente es la que quieres derramar en el vestíbulo del templo del Señor”. Y, a punto de amanecer, Zacarías fue muerto, y los hijos de Israel ignoraban que lo hubiese sido.

XXIV. Nombramiento de nuevo Gran Sacerdote

1. Pero los sacerdotes fueron al templo, a la hora de la salutación, y Zacarías no fue en su busca, para bendecirlos, según eostumbre. Y se detuvieron, esperando a Zacarías, para saludarlo, y para celebrar al Altísimo.

2. Y, como tardaba, se sintieron poseídos de temor. Y uno de ellos, más audaz, penetró en el templo, y vio cerca del altar sangre coagulada, y oyó una voz que decía: “Zacarías ha sido asesinado, y su sangre no desaparecerá de aquí hasta que llegue su vengador”. Y, al escuchar estas palabras, quedó espantado, y salió, y llevó la nueva a los sacerdotes.

3. Y éstos, atreviéndose, al fin, a entrar, vieron lo que había sucedido, y los artesonados del templo gimieron, y ellos mismos ras-garon sus vestiduras de alto abajo. Y no encontraron el cuerpo de Zacarías, sino sólo su sangre, maciza como una piedra. Y salieron llenos de pánico, y anunciaron a todo el pueblo que se había dado muerte a Zacarías. Y todas las tribus del pueblo lo supieron, y lo lloraron, y se lamentaron durante tres días y tres noches.

4. Y, después de estos tres días, los sacerdotes deliberaron para saber a quién pondrían en lugar de Zacarías, y la suerte recayó sobre Simeón, el mismo que había sido advertido por el Espíritu Santo de que no moriría sin haber visto al Cristo encarnado.

XXV. Conclusión

1. Y yo, Jacobo, que he escrito esta historia, me retiré al desierto, cuando sobrevinieron en Jerusalén disturbios con motivo de la muerte de Herodes.

2. Y, hasta que se apaciguó la agitación en Jerusalén, en el desierto permanecí, glorificando al Dios Omnipotente, que me ha concedido favor e inteligencia suficientes para escribir esta historia.

3. Sea la gracia con los que temen a Nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponde la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio de la Natividad de María

Prefacio

El suave requerimiento que me piden reclama de mí un trabajo re-lativamente sencillo, pero arduo en sumo grado, por las cuidadosas precauciones que hay que considerar contra el error. Me piden, en efecto, que ponga por escrito lo que haya encontrado en diversas fuentes acerca de la vida y la natividad de la bienaventurada Virgen María, su formidable parto y hasta los primeros instantes de la vida del Cristo, tarea no muy sencilla de realizar, pero singularmente pretenciosa, como les digo, por los riesgos a que expone la verdad. Porque lo que de mí exigen, hoy que las canas blanquean mi cabeza, lo he leído, sépanlo, durante mi juventud, en un librito que llegó a mis manos. En verdad, después de ese lapso, hastiado por otras preocupaciones nada insignificantes, ha podido muy bien pasar que varios detalles se hayan escapado de mi memoria. Por lo tanto, si accedo a su petición, habría injusticia en acusarme de haber suprimido, añadido o cambiado una pizca de la historia. Si esto sucediese, y no lo niego, sería, por lo menos, cosa ajena a mi voluntad. En estas circunstancias, y en éstas únicamente, cumplo sus deseos y la curiosidad de los lectores, advirtiéndoles, empero, tanto a ustedes como a ellos, que el mencionado librito, si no me falla la memoria, comenzaba con el siguiente apartado, que recuerdo, a lo menos en su sentido.

I. María y sus padres

1. Sabemos que la bienaventurada y gloriosa María siempre virgen, descendiente del tronco real de la familia de David, nació en la ciudad de Nazareth, y fue criada en Jerusalén, en el templo del Señor. Su padre se llamaba Joaquín, y su madre Ana. Su familia paterna era originaria de Galilea, de la ciudad de Nazareth, y su familia materna era de Bethlehem.

2. Y la vida de ambos esposos era humilde y santa ante Dios, así como piadosa e intachable ante los hombres. Todos sus bienes, efectivamente, los habían dividido en tres partes, consagrando la primera al templo y a sus servidores, repartiendo la segunda entre los pobres y los peregrinos, y guardando la tercera para ellos mismos y para las necesidades de su hogar.

3. Y de esa forma, amados por Dios y bondadosos para los hombres, habían vivido durante cerca de veinte años en un matrimonio casto, sin tener descendencia. Sin embargo, habían hecho la promesa, si por acaso Dios les daba un hijo, de consagrarlo al servicio del Señor. Y, así, todos los años, tenían por costumbre, en los días festivos, acudir, piadosos, al templo.

II. Maldición de Joaquín por Isachar

1. Y, como la fiesta de la Dedicación se aproximaba, Joaquín, con algunos de sus compatriotas, subió a Jerusalén. Por aquella época Isachar era Gran Sacerdote. Y, habiendo visto a Joaquín con su ofrenda, en medio de sus conciudadanos, lo miró con desprecio, y despreció sus presentes, preguntándole por qué él, que no tenía hijos, se atrevía a estar entre los que eran fecundos. Y le advirtió que, habiéndolo Dios juzgado indigno para engendrar, sus presentes no podían ser aceptados, por cuanto la Escritura dice: “Maldito sea quien no procree hijos en Israel”. Y lo exhortó para que se librase de esta maldición, instaurando una progenie, porque sólo entonces le sería permitido acercarse, con sus ofrendas, a la presencia del Señor.

2. Y esta amonestación que se le lanzaba cubrió de mucha ver-güenza a Joaquín, el cual se retiró al lugar en el que estaban sus pas-tores con sus rebaños. Y no quiso regresar a su casa, temiendo recibir los mismos reproches de sus vecinos, que habían visto la escena, y que habían escuchado al Gran Sacerdote.

III. Aparición de un ángel a Joaquín

1. Y permanecía allí desde hacía algún tiempo, cuando, cierto día que estaba solo, se le apareció un ángel del Señor, rodeado de una gran luz. Y, a su vista, Joaquín quedó turbado. Pero el ángel apaciguó su turbación, diciéndole: “No temas, Joaquín, ni te turbe mi vista, porque soy un ángel del Señor, enviado por El a ti, para anunciarte que tus súplicas han sido escuchadas, y que tus limosnas han subido a su presencia. Ha visto tu oprobio, y ha considerado el reproche de esterilidad que sin razón se te ha dirigido. Porque Dios es vengador del pecado, mas no de la naturaleza. Y, cuando cierra una matriz, lo hace para abrirla después de una manera más admirable, y para que se sepa que lo que nace así no es fruto de la pasión, sino presente de la Providencia.

2. “La primera madre de su nación, Sara, permaneció estéril hasta los ochenta años, a pesar de lo cual, en los últimos días de su vejez, dio a luz a Isaac, en quien le había sido prometido que serían benditas todas las naciones. Asimismo Raquel, tan agradable a Dios y tan amada por Jacob, permaneció estéril durante mucho tiempo, y, no obstante, parió a José, que fue no solamente el dueño de Egipto, sino el salvador de numerosos pueblos que iban a morir de hambre. ¿Quién, entre los jueces, más fuerte que Sansón y más santo que Samuel? Y, sin embargo, ambos tuvieron por madres a mujeres por mucho tiempo estériles. Si, pues, la razón no te persuade por mi boca, cree a lo menos que las concepciones dilatadamente diferidas y los partos tardíos son de ordinario los más portentosos.

3. “Así, tu esposa Ana te parirá una niña, y la llamarás María. Y, conforme a su voto, se consagrará al Señor desde su niñez, y estará llena del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Y no comerá ni beberá nada impuro, ni vivirá en medio de las agitaciones populares del exterior, sino en el templo, a fin de que no pueda enterarse, ni aun por sospecha, de nada de lo que existe de vergonzoso en el mundo. Y, con el curso de la edad, bien como ella nació milagrosamente de una mujer estéril, de igual modo, por un prodigio incomparable y permaneciendo virgen, traerá al mundo al hijo del Altísimo, que será llamado Jesús o salvador de todas las naciones, conforme a la etimología de su nombre.

4. “Y he aquí el signo de la verdad de las cosas que te anuncio. Cuando llegues a la Puerta Dorada de Jerusalén, encontrarás a Ana tu esposa, la cual, inquieta hasta hoy por tu retardo, se regocijará sobremanera, al volver a verte”. Y, dicho esto, el ángel se separó de Joaquín.

IV. Aparición de un ángel a Ana

1. Y después se apareció a Ana su esposa, diciéndole: “No temas, Ana, ni imagines que es un fantasma lo que ves. Yo soy el ángel que ha llevado sus oraciones y sus limosnas a la presencia de Dios, y que ahora he sido enviado a ustedes para anunciarles el nacimiento de una hija, que se llamará María, y que será bendita entre todas las mujeres. Llena de la gracia del Señor desde el instante de su nacimiento, permanecerá en la casa paterna durante los tres años de su lactancia. Después, será consagrada al servicio del Altísimo, no se apartará del templo hasta la edad de la discreción. Y allí, sirviendo a Dios día y noche con ayunos y con plegarias, se abstendrá de todo lo que es impuro, y no conocerá varón jamás, manteniéndose sin tacha, sin corrupción, sin unión con hombre alguno. Empero, virgen, parirá un hijo, y, sierva, parirá a su Señor, el que será por gracia, por título, por acción, el salvador del mundo.

2. “Así, pues, levántate, sube a Jerusalén, y, cuando llegues a la llamada Puerta Dorada, allí, a manera de signo, encontrarás a tu esposo, sobre cuyo paradero anda inquieta tu alma. Y, cuando hayan sucedido estas cosas, lo que yo te anuncio se cumplirá al pie de la letra”.

V. Nacimiento de María

1. Y, obedeciendo al mandato del ángel, ambos esposos, abandonando uno y otro los parajes respectivos en que estaban, subieron a Jerusalén. Y, al llegar al lugar designado por el oráculo del ángel, se encontraron mutuamente. Entonces, gozosos de volver a encontrarse, y poseídos de confianza en la verdad de la promesa de que tendrían descendencia, rindieron acción de gracias bien debidas al Señor, que exalta a los humildes.

2. Y, habiendo adorado al Altísimo, regresaron a su casa, y, llenos de júbilo, esperaron la realización de la divina promesa. Y Ana concibió y parió una hija, y, conforme a la orden del ángel, sus padres le pusieron por nombre María.

VI. Presentación de María en el templo

1. Transcurridos tres años y cerminado el tiempo de la lactancia, llevaron a la Virgen con ofrendas al templo del Señor. Y había alrededor del templo, según el número de los salmos graduales, quince gradas que subir. Porque, estando el templo situado sobre una altura, sólo por gradas era accesible el altar de los holocaustos, que estaba situado en el exterior.

2. Y sobre la primera de aquellas gradas colocaron los padres a la bienaventurada María, todavía muy pequeña. Y, en tanto que ellos se quitaban los vestidos de viaje, para ponerse, siguiendo la costumbre, trajes más bellos y más propios de la ceremonia, la Virgen del Señor subió todas las gradas, sin mano alguna que la condujese, de tal suerte que todos pensaron que no le faltaba nada, a lo menos en aquella circunstancia, de la perfección de la edad. Es que el Señor, en la infancia misma de la Virgen, operaba ya grandes cosas, y mostraba por aquel milagro lo que sería un día.

3. Y, después de haber celebrado un sacrificio conforme al uso de la ley, dejaron allí a la Virgen, para ser educada en el recinto del templo, con las demás vírgenes. Y ellos regresaron a su casa.

VII. Negativa de la Virgen a contraer matrimonio ordinario

1. Y la Virgen del Señor, a la vez que en edad, crecía igualmente en virtud, y, según la palabra del salmista, su padre y su madre la habían abandonado, pero Dios la había recogido. A diario, en efecto, era visitada por los ángeles, y a diario gozaba de la visión divina, que la libraba de todo mal, y que la hacía abundar en toda especié de bienes. Así llegó a los catorce años, y, no solamente los malos no podían encontrar en ella nada reprensible, sino que todos los buenos que la conocían juzgaban su vida y su conducta dignas de admiración.

2. Entonces el Gran Sacerdote anunció en público que todas las vírgenes que habían sido educadas en el templo, y que tenían catorce años, debían volver a sus hogares, y casarse, conforme a la costumbre de su nación y a la madurez de su edad. Todas las vírgenes obedecieron con premura esta orden. Sólo María, la Virgen del Señor, declaró que no podía hacerlo. Como sus padres la habían consagrado primero a Dios, y ella después había ofrendado su virginidad al Señor, no quería violar este voto, para unirse a un hombre, fuese el que fuese. El Gran Sacerdote quedó sumido en la mayor perplejidad. Él sabía que no era lícito violar un voto contra el mandato de la Escritura, que dice: “Hagan votos, y cúmplanlos”. Mas, por otra parte, no le placía introducir un uso extraño a la nación. Ordenó, pues, que, en la fiesta próxima, se reuniesen los notables de Jerusalén y de los lugares vecinos, por cuyo consejo podría saber cómo le convendría obrar en una causa tan incierta.

3. Y así se hizo, y fue común parecer que había que consultar sobre ese punto a Dios. Y, mientras todos se entregaban a la oración, el Gran Sacerdote avanzó para consultar al Señor, según la costumbre. Y, a poco, una voz, que todos oyeron, salió del oráculo y del lugar del propiciatorio. Y esa voz afirmaba que, de acuerdo con la profecía de Isaías, debía buscarse a quien debía desposar y guardar aquella virgen. Porque es bien sabido que Isaías vaticinó: “Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de inteligencia y de sabiduría, espíritu de fortaleza y de consejo, espíritu de conocimiento y de temor del Altísimo”.

4. Y, conforme a esta profecía, el Gran Sacerdote ordenó que todos los hombres de la casa y de la familia de David, aptos para el matrimonio y no casados, llevasen cada uno su vara al altar, y que debía ser confiada y casada la virgen con aquel cuya vara produjera flores, y en la extremidad de cuya vara reposase el espíritu del Señor en forma de paloma.

VIII. Recae en José la elección de esposo para la Virgen

1. Y había, entre otros, un hombre de la casa y de la familia de David, llamado José y ya avanzado en edad. Y, al paso que todos fueron ordenadamente a llevar sus varas, él omitió llevar la suya. Y, como nada apareció que correspondiese al oráculo divino, el Gran Sacerdote pensó que había que consultar de nuevo al Señor. El cual respondió que, de todos los que habían sido designados, sólo el que no había llevado su vara era aquel con quien debía casarse la Virgen. José fue así descubierto. Y, cuando hubo llevado su vara, y en su extremidad reposó una paloma venida del cielo, todos convinieron en que a él le pertenecía el derecho de desposar con María.

2. Y, una vez celebrados los desposorios, se retiró a Betblehem, su patria, para disponer su casa, y preparar todo lo necesario para las nupcias. Cuanto a María, la Virgen del Señor, volvió a Galilea, a casa de sus padres, con otras siete vírgenes de su edad y educadas con ella, que le había dado el Gran Sacerdote.

IX. Revelación hecha por un ángel a la Virgen

1. Y, en aquellos días, es decir, desde los primeros tiempos de su llegada a Galilea, el ángel Gabriel fue enviado a ella por Dios, para anunciarle que concebiría al Señor, y para exponerle la manera y el orden según el cual las cosas pasarían. Y, entrando en su casa, inun-dando con gran luz la habitación en que se encontraba, y saludándola muy graciosamente, le dijo: “Salve María, virgen muy agradable a Dios, virgen llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres, bendita eres por encima de todos los hombres que basta el presente han nacido”.

2. Y María, que conocía ya bien las fisonomías angélicas, y que estaba habituada a recibir la luz celeste, no se amedrentó ante la visión del enviado divino, ni quedó estupefacta ante aquella luz. Unicamente la palabra del ángel la turbó en extremo. Y se puso a reflexionar sobre lo que podía significar una salutación tan insólita, sobre lo que presagiaba, sobre el fin que tenía. Y el ángel divinamente inspirado previno estas dudas, diciéndole: “No temas, María, que mi salutación oculte algo contrario a tu castidad. Has encontrado gracia ante el Señor, por haber escogido el camino de la pureza, y, permaneciendo virgen, concebirás sin pecado, y parirás un hijo.

3. “Y él será grande, porque dominará de un mar a otro, y hasta las extremidades de la tierra. Y será llamado hijo del Altísimo, porque, naciendo en la humildad, reinará en las alturas de los cielos. Y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y prevalecerá eternamente en la casa de Jacob, y su poder no tendrá fin. Es, en efecto, rey de reyes y señor de los señores, y su trono durará por los siglos de los siglos”.

4. Y, a estas palabras del ángel, la Virgen, no por incredulidad, sino por no saber la manera como el misterio se cumpliría, repuso: “¿Cómo eso ha de ocurrir? Puesto que, según mi voto, no conozco varón, ¿cómo podré dar a luz, a pesar de ello?” Y el ángel le dijo: “No pienses, María, que concebirás al modo humano. Sin unión con hombre alguno, virgen concebirás, virgen parirás, virgen amamantarás. Porque el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra contra todos los ardores de la pasión. El que de ti saldrá, por cuanto ha de nacer sin pecado, será el único santo y el único merecedor del nombre de hijo de Dios”. Entonces, María, con las manos extendidas y los ojos elevados al cielo, dijo: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.

5. Sería quizá demasiado largo, y para muchos enojoso, insertar en este opúsculo todos los sucesos que, conforme a nuestros textos, precedieron y siguieron a la natividad de Nuestro Señor. Omitiendo, pues, lo que está suficientemente referido en el Evangelio, pasemos a la narración de lo que allí aparece menos detallado.

X. Revelación hecha por un ángel a José

1. Habiendo ido José de Judea a Galilea, tenía la intención de tomar por esposa a la virgen que le había sido confiada. Porque, desde el día de los desposorios, habían transcurrido ya tres meses, y había comenzado el cuarto. Y, en el intervalo, el vientre de la Virgen se había hinchado, hasta el punto de manifestar su embarazo, cosa que no pudo escapar a José, quien, según la costumbre de los desposados, entraba más libremente a ver a María, y conversaba más familiarmente con ella, por lo que descubrió su estado. Y comenzó a agitarse y a turbarse, ignorando lo que le sería preferible hacer. Como hombre justo, no quería entregarla, y, como hombre piadoso, no quería infamarla, haciendo recaer sobre ella sospecha de fornicación. Pensó, pues, en disolver secretamente su matrimonio, y en devolverla secretamente.

2. Y, estando en estas cavilaciones, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños, y le dijo: “José, hijo de David, no temas, ni imagines que hay en la virgen nada de vergonzoso, porque lo que ha nacido en ella, y que hoy angustia tu corazón, no es obra de un hombre, sino del Espíritu Santo. Entre todas las mujeres, sólo ella, permaneciendo virgen, traerá el hijo de Dios al mundo, Y darás a este hijo el nombre de Jesús, es decir, Salvador, porque salvará a su pueblo de sus pecados”.

3. Y José, conforme a la orden del ángel, tomó a María por esposa. Mas no la conoció, sino que la guardó en castidad. Y, llegado el final del noveno mes del embarazo, José, tomando consigo a la Virgen y a las demás cosas que le eran necesarias, partió para la ciudad de Bethlehem, de donde era oriundo. Y sucedió que, durante su estancia en aquel lugar, sobrevino el tiempo del parto de María, la cual trajo al mundo, como los evangelistas nos han enseñado, a su hijo primogénito, Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina, con el Padre y con el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos.


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