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El reencuentro de los Eirenes

Hijos del Primigenio II

Montse Martín

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Copyright 2017 Montse Martín


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Nota de la autora

Antes de nada, permíteme que te agradezca a ti, lector, por confiar en la obra de una escritora novel. Escribir no es un proceso fácil y a veces puede incluso resultar frustrante cuando ves que las cosas no están saliendo como tú querrías. El esfuerzo es grande y aunque muchas veces el simple hecho de ver acabada la obra que llevas años escribiendo ya es recompensa suficiente, el saber que hay gente interesada en leer esas historias y tramas que han salido de tu cabeza, el saber que hay gente dispuesta a gastar un poco de su tiempo en algo que has escrito tú, es algo tan emocionante que resulta muy difícil describir con palabras. Por todo eso, muchas gracias de nuevo por el interés y por la confianza que has depositado en mí.

Como seguramente notarás cuando empieces a leer (y ya sabrás si has leído la primera parte, El último Sacrificio), aunque Celystra es un mundo de fantasía existen algunos conceptos o alusiones que son reales. No he podido evitar unir mis dos pasiones, la escritura y la Historia, y por eso me he permitido tomar prestadas algunas referencias históricas reales para inspirar mi mundo fantástico, aunque solo se usan como meros recursos narrativos y no tienen ningún valor histórico ni real. También me he inspirado en personajes históricos reales para algunos de los ficticios que pueblan el mundo de Celystra, así como en hechos históricos o en sociedades pasadas. En todo caso, solo son inspiración para un mundo fantástico y en ningún caso se trata de una novela histórica o basada en hechos históricos, por supuesto.

Espero que te guste esta segunda parte de la saga «Hijos del Primigenio» y que disfrutes tanto como disfruté yo escribiéndola.



Tabla de Contenidos

MAPA DE CELYSTRA: CONTINENTE

MAPA DE LUROS

MAPA DE ANDELIN

MAPA DE ADARA

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

AGRADECIMIENTOS

SAGA HIJOS DEL PRIMIGENIO


Mapas






1.

Maiwen Arezo se sentó en el trono de la sala de audiencias del Palacio Real. Hasta entonces, siempre que había acudido a las reuniones de los reyes de Nandora lo había hecho como miembro del Consejo y por eso jamás había podido sentarse en el trono. En realidad, no era más que un sillón alto de madera con unos delgados cojines de terciopelo azul rellenos de pluma de oca y unas pequeñas volutas adornando los brazos de la silla. Pero sentarse en él tenía una fuerza simbólica, casi mágica, porque solo el rey podía hacerlo. A la derecha del trono del monarca estaba el de la reina, exactamente igual que el primero pero con los cojines de color rojo. Al otro lado estaba el trono donde se sentaba el primogénito, el príncipe heredero, que era como los otros dos, pero en color morado y algo más pequeño.

Maiwen ya se podía sentar oficialmente en el trono azul. Había sido elegido y aclamado por la Asamblea como el nuevo rey de Nandora. Contaba con el apoyo de su mayor parte, así como del ejército y de la alta aristocracia. Talee Phergar y Gard Lauliam eran sus asambleístas más leales, junto con los experimentados Dostan Darid y Bale Saracar. Todos ellos, más Neth Maxhew y Tinebur Dahal, buenos amigos y compañeros asambleístas, iban a formar parte también de su Consejo Real. Habían estado a su lado desde el principio, incluso antes de que se planteara seriamente provocar un golpe de estado.

Del ejército, sus partidarios más férreos eran los veteranos Roygard Oley y Holsten Arguesson, además de Bur Thorrol y Cleamont Lothem. Con Wenfast Jone prefirió desvincularse en cuanto se dio cuenta de la brutalidad de sus acciones. Varios miembros de la Guardia Azul de Kendal Sanadria habían desaparecido después del golpe de estado; algunos habían muerto y otros simplemente se habían esfumado. Maiwen debía reponer esos miembros perdidos. Roygard Oley ya había formado parte de la Guardia Azul en tiempos de Turo Sanadria, pero su relación con él no acabó siendo buena; a Maiwen le juró lealtad hasta el fin de sus días en cuanto él le pidió formar parte de su Guardia Azul. Lo mismo hicieron Holsten Arguesson y Bur Thorrol. Con el que le costó más decidirse fue Cleamont Lothem, pues era demasiado joven e inexperto, aunque todas las críticas positivas que recibió de él le hicieron darle una oportunidad. En cuanto a los aristócratas, fueron los hermanos Nido y Seanli Dasan los que más apoyaron su causa. Cenald Nido, además, quiso formar parte de su Guardia Azul y Maiwen no pudo negárselo.

El día de su ceremonia de nombramiento, Maiwen se vio rodeado de todos sus Guardias Azules más los asambleístas que le apoyaban. Sentado en el trono azul, vestido con un elegante jubón de cuero endurecido con remaches de oro y una capa atada al cuello con un broche de plata, se colocó la fina corona de oro, decorada con pequeños rubíes y amatistas que brillaron con fuerza cuando la luz de la mañana entró por los ventanales del palacio. El pueblo le aclamó como su nuevo rey y Maiwen se sintió exultante.

Pero no todos en Nandora le apoyaban. No era un secreto que había personas importantes de la sociedad nandoriense que se mantenían fieles a los Sanadria y no se mostraban de acuerdo con la subida al poder de Maiwen Arezo. Estas personas no habían considerado la actuación de los Sanadria lo bastante grave como para justificar un golpe de estado. Eran pocos, pero sus nombres eran relevantes: el asambleísta Dysthe Ebba había sido amigo de los Sanadria desde hacía tiempo, y no había disimulado su malestar por lo ocurrido; la familia de la alta aristocracia Mossen había apoyado el golpe de estado de los Sanadria en los Años Oscuros, y sus miembros siempre se habían mostrado leales a ellos. Su actual patriarca era Kenth Mossen y ni siquiera había querido asistir al nombramiento de Maiwen Arezo. Había más, a los que se había empezado a llamar «los disidentes», que proclamaban su oposición al nuevo rey. Pero eran pocos y por eso Maiwen no les quiso dar mayor importancia. Ni siquiera le impidieron conseguir ser nombrado monarca.

Aunque el desarrollo de los acontecimientos había modificado bastante su plan para llegar a ser rey, Maiwen seguía pensando en ofrecer a Veda Sanadria como Sacrificio al Primigenio en compensación por el agravio sufrido con su huida. Había pasado casi un año desde que la princesa había sido elegida Sacrificio y Maiwen todavía aspiraba a encontrarla. Por si acaso, mantenía encerrado a Kendal Sanadria, ya que Rella se encontraba en paradero desconocido.

Pero todo cambió una fría mañana en la que Maiwen recibió una inesperada visita. Era Mazurr, el grifo de Lysange. Su aspecto era lamentable y Maiwen no pudo comprender que el animal siguiera vivo con las heridas que presentaba su cuerpo. Estaba medio abrasado, casi todo el pelaje castaño de su cuerpo había desaparecido y media parte de su cara de águila había quedado irreconocible. Sus alas estaban seriamente dañadas, aunque ello no le impedía volar. El grifo llegó volando y se posó sobre la hierba del Palacio Real. Al principio Maiwen creyó que era un monstruo, pero no tardó demasiado en reconocerlo. Sabía que el grifo era fiel a las mismas personas a las que lo era su dueña; en efecto, Mazurr se acercó a él y se quedó quieto, como si esperara alguna orden. Un único pensamiento ocupaba la mente de Maiwen en esos momentos. «Lysange, ¿qué ha pasado?». El hecho de que el grifo hubiera volado hasta allí, y sin compañía, solo podía significar que la bruja estaba muerta. Maiwen sintió cierta lástima al conocer la pérdida de su amiga, pero lo que más le preocupaba era que no iba a poder recobrar a la princesa Sanadria.

Por eso empezó a maquinar otro plan en su mente. Maiwen quería congraciarse con el Primigenio. Su fe y fidelidad absolutas hacia él eran públicamente conocidas, pero eso no era suficiente para Maiwen. Quería demostrarle al Primigenio que lamentaba sinceramente lo ocurrido y que, como nuevo rey de Nandora, nunca volvería a permitir que ocurriera nada similar. Como todos los reyes antes de Kendal Sanadria, pensaba cumplir a rajatabla con el Sacrificio, incluso si se trataba de un ser querido para él.

Pero había algo más; ahora que era rey se sentía extrañamente vulnerable. Había comprendido que en realidad no era difícil planear un golpe de estado para arrebatarle el poder al rey de turno. Maiwen tenía claro que no quería perder el trono ahora que por fin lo había conseguido. Su perspectiva de la situación se había visto modificada ligeramente.

Práctico como era, Maiwen decidió buscar una solución que resolviese sus dos preocupaciones. Para congraciarse con el Primigenio y asegurarse su posición en el trono, se le ocurrió una idea que era distinta a todo lo que él mismo había defendido hasta ese momento. «Pero es la única solución —pensó—. Al menos, la única que se me ocurre».

Aquella misma tarde fue hasta el Eirenado y solicitó una audiencia con el eirén. Como siempre, este le recibió en el salón principal del templo, rodeado de sus acólitos y sus paredes de mármol blanco; con la excepción de Lena, pues Maiwen no pudo evitar darse cuenta de que la acólita elfa no se encontraba junto a sus compañeros. El eirén iba vestido con sus ropajes habituales de color claro y la máscara de tela que ocultaba siempre su rostro. Al cuello llevaba su Amuleto, con el rubí redondo brillando en su centro como una enorme gota de sangre. Maiwen se inclinó ante él en señal de respeto y sumisión y, nada más alzarse de nuevo, le realizó la petición en la que consistía todo su nuevo plan:

—El acto de los reyes Sanadria fue totalmente intolerable. La lealtad a nuestro señor Primigenio debería estar por encima de todas las cosas, incluso de la propia familia. Es lamentable que el Sacrificio que el Primigenio exigió hace casi un año no se haya podido cumplir, y debemos rogar perdón al Primigenio por tan desagradable hecho. Por eso me gustaría proponer lo siguiente: teniendo en cuenta que se acerca la próxima Deshonra y dado que uno de los principales causantes de la huida del Sacrificio se encuentra en nuestro poder, yo propongo que nuestro señor Primigenio tuviera a bien aceptarlo como nuevo Sacrificio para compensar en la manera de lo posible el horrible acto de transgresión del año pasado. Os recuerdo que hablo de Kendal Sanadria que, como todo el mundo sabe, fue cómplice de la desaparición de su hija.

Maiwen nunca había querido realmente acabar con la vida de Kendal, pero ahora que era rey, su presencia era peligrosa para él. ¿Y si Kendal lograba, de algún modo, reunir a los asambleístas que aún le eran fieles? Rella Sanadria estaba en paradero desconocido y la princesa, por lo que Maiwen sabía, podía estar viva, muerta o en el vientre de un monstruo marino. Kendal era su rival más peligroso: su muerte era la solución que necesitaba.

Tras escuchar las palabras de Maiwen, el eirén no tardó en contestar:

—Nuestro padre, el Primigenio, coincide en que es necesario castigar a los responsables de semejante desfachatez —dijo. Su voz sonó tan átona y neutra como siempre, y unas escalas más bajas de lo normal—. Por eso acepta el sacrificio de Kendal Sanadria de manera excepcional, a modo de castigo y como represalia por lo ocurrido. Pero nuestro padre no olvida; el Sacrificio del año pasado debe ser ejecutado como hubiera correspondido en su momento. Nuestro padre así lo desea.

Maiwen suspiró, aliviado. Si nadie lo evitaba, su plan iba a cumplirse con bastante éxito.


El ajusticiamiento de Kendal Sanadria tendría lugar en la plaza que se abría frente al Eirenado, como todos los años. El eirén y sus acólitos estuvieron presentes, formando una línea blanca como una fila de nieve recién caída detrás del cadalso. Alrededor de la plaza se encontraba el resto de habitantes de Kada. Maiwen estuvo en todo momento custodiado por su Guardia Azul. Roygard Oley y Holsten Arguesson permanecieron a su derecha e izquierda respectivamente, y tras él se alzaban quietos y rígidos como cadáveres Bur Thorrol y Cleamont Lothem. Junto a ellos también estaba Cenald Nido, que sonreía con uno de sus gestos más amanerados. Todos llevaban sus capas azules cayendo por sus espaldas y sus armaduras de acero de color plateado. No muy lejos de allí estaban Mescia Nido y Seanli Dasan, además de todos los asambleístas amigos de Maiwen encabezados por Talee Phergar.

Pero Maiwen también vio a Dysthe Ebba entre la multitud, acompañado por una serie de asambleístas que, supuso el rey, serían aliados suyos. Dysthe Ebba era un hombre alto, moreno, aunque no tanto como un alto aristócrata, de cabellos del color del ébano que siempre llevaba muy bien peinados, y barba perfectamente recortada. Sus ojos marrones observaban el cadalso con una agria expresión, y su ceño fruncido mostraba claramente su desacuerdo. Maiwen buscó a Kenth Mossen o algún miembro de su familia entre la multitud, pero no vio a ninguno de ellos.

Como cualquier Sacrificio, la muerte de Kendal Sanadria se realizaría por decapitación, pues el Primigenio no había ordenado otra cosa. Maiwen tampoco quería que Kendal sufriera más de lo necesario, por lo que había decidido no cambiar la costumbre.

Kendal Sanadria mantuvo la entereza durante los últimos minutos de su vida. «Tal vez sepa donde se encuentran su esposa y su hija, y por eso está tan tranquilo», pensó Maiwen. Pero de ser así tampoco podrían extraerle esa información y Maiwen lo prefería muerto, así que poco importaba. Kendal ya no llevaba los ricos ropajes típicos de un rey sino una simple camisa de algodón y pantalones de lino largos hasta los pies. Le habían atado las manos a la espalda y llevaba sus cabellos castaños cayendo en desordenados bucles sobre su rostro. Cuando el verdugo hizo su trabajo, lo hizo de manera rápida y eficaz. Kendal no debió sentir ningún tipo de dolor y Maiwen no apartó la vista ni un solo segundo, suspirando aliviado cuando el trámite hubo acabado.

Con la muerte de Kendal Sanadria se solucionaba un serio problema, pero no el único. Maiwen debía perpetuar su dinastía en el trono de Nandora, como le recordaba cada día la visión de los tronos vacíos morado y rojo. Maiwen era el único miembro vivo de los Arezo, y como tal necesitaba con bastante urgencia un hijo o una hija que pudiera heredar el trono. Maiwen era un hombre joven, con lo que aún tenía tiempo para casarse y tener hijos, pero sabía que debía hacerlo lo antes posible, al menos mientras Veda Sanadria continuara en paradero desconocido; mientras estuviera viva, si lo estaba, según las leyes nandorienses la princesa podría con total legalidad reclamar su derecho al trono.

Talee Phergar era el consejero en el que más confiaba y el que le había recomendado contraer matrimonio lo antes posible.

—Un hijo os reafirmará en el poder —le había dicho. Durante la mañana del ajusticiamiento de Kendal Sanadria, Talee Phergar le había llamado la atención sobre la presencia en la plaza de uno de los hombres más nobles de Kada. Se llamaba Mons Arhus y pertenecía a una de las familias más importantes y renombradas de la capital. Era un hombre alto de pelo cano y barba hirsuta, vestido con un elegante jubón de color morado y una capa de terciopelo de color negro que abrochaba con un delicado broche de plata con la forma de un león. Maiwen sabía que Mons Arhus tenía una hija joven y soltera. Ella no estuvo presente durante el ajusticiamiento de Kendal Sanadria, pero el hecho de que su padre aplaudiera después de su muerte le dio a Maiwen excelentes vibraciones.



2.

Yanis estaba esperando sentado en uno de los asientos de madera del Puerto de Adara. Lanson lo vio nada más abandonar el Camino Largo. El joven estaba encogido en el asiento, cubriéndose con una capa oscura de algodón como si tuviera frío. La expresión de su rostro no podía ser más expresiva; observaba el suelo de piedra con los ojos verdes tan apagados que casi parecían no albergar vida alguna. Lanson pensó que debía estar nervioso y asustado ante la aventura que se avecinaba.

El alto aristócrata se había despedido del resto del grupo dos días antes. Las misiones de cada uno de ellos se habían establecido días atrás en la Sala de Audiencias del Palacio de las Reinas. La reina June les reunió a todos alrededor de la mesa de madera tallada para discutir sobre el plan a seguir. Ella se sentó en la cabecera con su hijo a su derecha y Faye a su izquierda. El eirén ya llevaba el rostro al descubierto y había vuelto a dejar el Amuleto en sus estancias personales del Eirenado. Yanis se sentó junto a él y Lanson al lado de Yanis. Al otro lado estaban sentados Ivy y Eseneth, uno al lado del otro. Junto al mago se había sentado Shaleen, que no dejaba de mirar hacia la superficie de la mesa como si hubiera sentido un repentino e inusitado interés por las figuras vegetales que la decoraban.

Una vez que estuvo claro que iban a seguir adelante con la rebelión, ya solo era necesario establecer cómo hacerlo. Entre la reina June y Faye decidieron de manera ordenada y definitiva el plan para llevarla a cabo. Lo mejor era coger por sorpresa al Primigenio y evitar en lo máximo de lo posible que se enterara de sus planes. Lo ideal era llegar hasta su isla perdida en la inmensidad del océano, su Hogar como lo llamaban los dos eirenes y cuyo emplazamiento solo ellos sabían, y acabar con su vida sin darle tiempo a defenderse.

—Pero eso será difícil de conseguir, sino imposible —dijo Faye. Tamborileaba con sus largos y delgados dedos sobre la mesa de madera—. Llegará un momento en el que acabará enterándose de nuestros planes. Pero deberíamos conseguir que ese momento llegara en el último minuto, justo cuando estuviéramos a punto de lanzar el ataque definitivo contra él.

—El Primigenio puede crear un ejército —explicó Yanis—, e invocar cualquier tipo de magia. Y además tiene a sus Custodios; son seres creados por él, no inmortales ni eternos, pero sí muy resistentes a cualquier tipo de ataque. Su única misión es protegerle a él.

—Bueno —dijo la reina June—, centrémonos en los preparativos. Lo primero es tener claro qué países y pueblos participarán en la rebelión.

A causa de los recientes acontecimientos vividos en Nandora, de los que cada día les iban llegando más noticias, fue este país el primero en entrar en colación. Nandora representaba un problema grave; su nuevo rey era un fanático del Primigenio. Ivy y Lanson le conocían bien y ambos pudieron dar fe de ello. Una persona así jamás se uniría a una rebelión.

—¿Qué hacemos con Nandora, entonces? —preguntó la reina June—. Sabemos que Maiwen Arezo no participará en la rebelión, pero… —La elfa carraspeó—… Tenemos a Veda Sanadria.

Veda no estaba en la Sala de Audiencias pues la reina elfa le había permitido quedarse en la casa de Rielrom Leth Vandanna.

—Ella es heredera al trono, sí —comentó Faye—. Pero aún es menor de edad.

— ¿A qué edad permiten las leyes nandorienses que sus reyes puedan gobernar? —quiso saber la reina elfa. Ivy fue quien contestó:

—A los dieciséis años, Man Kissa. Y Veda aún tiene diez.

—En el caso de lograr expulsar a Maiwen Arezo —concluyó la reina June—, fuera como fuera, Veda debería disponer de un regente que gobernara por ella durante seis años.

—Solo se me ocurre una persona lo bastante legitimada para poder ser regente de Veda —comentó Lanson—. Su madre, Rella Sanadria.

—Pero no sabemos dónde está —replicó Eseneth—. Y en el caso de estar viva puede encontrarse en cualquier lugar. No podemos contar con ella.

—Además, no podemos arrebatarle el trono a Maiwen Arezo —dijo Yanis—. Tiene muchos apoyos en Nandora. Los Sanadria también, pero no creo que existiera otra manera de hacerlo que no implicara la fuerza.

—No es el momento oportuno. —Faye meneó la cabeza—. No es el momento de iniciar una guerra contra Nandora ni de atentar contra la vida de su rey. No; lo mejor será dejar a Nandora de lado por ahora y centrarnos en el resto de países.

El siguiente país en ser nombrado fue Luros. Como resultaba inviable que fueran los eirenes los encargados de entrar en conversaciones con sus gobernantes a causa de la poca confianza que despertarían, la reina June decidió enviar emisarios para dicha misión. La elfa decidió que fuera Ivy la encargada de visitar el país de los arcontes en calidad de embajadora de los elfos. Desde siempre Luros había mantenido buenas relaciones con Adara, sobre todo de tipo comercial.

A continuación, tocó el turno de Maeghan. Aunque la participación del país guerrero era casi segura, la reina June decidió que fuera Shaleen la encargada de realizar esa misión, después de que le hubieran explicado la especial consideración que había conseguido labrarse la joven después de su victoria en combate singular contra Tèrold Logios. Aprovechando que el aspirante a rey gnomo, Goldwin, se encontraba en territorio maeghense, la reina elfa también le dio a Shaleen la misión de reclutar al pueblo gnomo.

El pueblo enano también apoyaría una rebelión, pero eran seres desconfiados y orgullosos por naturaleza. La reina June decidió enviar a Eseneth, pues tanto Lanson como Yanis confirmaron que el mago había caído en alta estima a los príncipes enanos.

—¿Y qué hacemos con el resto de países? —quiso saber el príncipe Ariel. Tras un suspiro, la reina June contestó:

—No me fío demasiado de Idrian Tarcene, el gobernador de Andelin. No lo conozco personalmente, pero he oído que no es un hombre en el que se deba confiar. Tampoco me agradan mucho los kurganes de Leilany, siempre tan egoístas y preocupados por sus propios intereses. Y en cuanto a los señores pares de Diema… Estos son capaces de empezar a pelearse entre ellos cuando estemos enfrentándonos al Primigenio. No sé; por el momento, dejaremos a Andelin, Diema y Leilany a un lado. Ya pensaremos de qué manera podremos afrontar la rebelión con ellos.

Otra cuestión importante era el papel de los eirenes en la rebelión. Ya estaba decidido que estarían al frente y serían importantes, pues de sus acciones dependía que el Primigenio descubriera los planes de los rebeldes. Yanis sería el encargado de visitar a todos los eirenes restantes para informarles sobre lo que estaban planeando. Les explicaría que Faye estaba de acuerdo y que había sido el planificador de gran parte de la estrategia; sabía que al escuchar el nombre de Faye los eirenes comprenderían que el asunto iba en serio y no dudarían en unirse a la rebelión.

—Estableceremos en Adara el centro de operaciones —decidió Faye—. Ahora que sabemos que el engaño ideado por Yanisaureth funciona, y que el Primigenio no parece haberse dado cuenta de que el eirén de Nandora no es más que un acólito disfrazado, haremos que el resto haga lo mismo. Les dirás —añadió, mirando a Yanis— que dejen a un acólito en el Eirenado que se haga pasar por ellos, y los verdaderos eirenes vendrán hasta Adara para reunirse conmigo. Así, el Primigenio seguirá pensando que todo va bien, que cada eirén está en su sitio y no sospechará que estamos tramando nada en su contra.

Unos días después, cada uno inició su misión y todos abandonaron la isla. Se despidieron primero de Veda, que iba a quedarse bien protegida en Adara. Y luego lo hicieron entre ellos. La primera en marcharse fue Shaleen, luego Ivy y el siguiente Eseneth.

Lanson y Yanis fueron los últimos en marcharse. El alto aristócrata iba a acompañar al eirén en su viaje y se iba a encargar de su protección. La vulnerabilidad de los eirenes era demasiado alta como para que Yanis hiciera semejante viaje solo. La reina June les ofreció caballos para su viaje y las viandas más básicas e imprescindibles, y Faye despidió al alto aristócrata con indicaciones y consejos para proteger la vida de su hermano. Para que comprendiera la extrema fragilidad de los eirenes, le puso el siguiente ejemplo:

—Si un eirén, si yo mismo, por ejemplo, me corto un dedo pueden pasar varias cosas: si el corte es lo bastante grande puedo desangrarme, porque la coagulación de mi sangre no funciona igual que en el resto de seres vivos y mis heridas se cierran con más dificultad. Pero, aunque la herida no sea muy grande, puede infectarse porque mi sistema inmunológico es casi inexistente y eso me hace totalmente vulnerable a cualquier microbio o patógeno.

Lanson no tenía miedo. Había sabido mantener con vida a Yanis incluso cuando pensaba que no era más que el hijo de un consejero; ahora que era consciente de la importancia que su supervivencia representaba, solo tenía que esforzarse un poco más. Pero solo consistiría en hacer su trabajo, lo que llevaba haciendo durante años en la Guardia Azul; solo que ahora, en lugar de proteger a la familia real, debería proteger a un eirén.

Tuvieron que esperar en el puerto a que saliera el barco con destino a Anael. Faltaba una media hora y Lanson había preferido esperar ese tiempo y ahorrar el dinero que les costaría alquilar otro barco. Yanis no cuestionó su decisión, sino que permaneció sentado con la mirada perdida en la inmensidad del océano.

— ¿Estás preparado? —le preguntó el alto aristócrata. Yanis le miró con cierta expresión de tristeza en sus ojos verdes.

—Eso creo.

Lanson se sentó a su lado.

— ¿Estás asustado?

—Mucho.

El alto aristócrata suspiró.

—Bueno, yo me encargaré de que todo salga bien —dijo—. Para eso haré este viaje contigo.

—Gracias por acompañarme, Lanson. O si lo prefieres... señor Noelle.

—Deja eso —replicó Lanson—. Llámame Lanson, simplemente. Yo soy un alto aristócrata y tú eres un eirén. Ambos tenemos elevadas posiciones. Así que será más sencillo que no nos tratemos con excesivas ceremonias.

De hecho, la posición de Yanis era incluso más elevada que la suya. «Siempre habrá alguien que esté por encima de ti —le había dicho Yanis—. Alguien a quien deberás rendir cuentas». No sabía cuánta razón tenía.

—¿Aún estás enfadado conmigo? —preguntó Yanis con un hilo de voz. Lanson suspiró. En realidad, no se había llegado a enfadar del todo, o por lo menos no demasiado.

—Me enfadé al pensar que nos ibas a traicionar.

—¿Y no por haberos engañado?

—Puedo entender el motivo por el que lo hiciste. Así que está bien.

No volvieron a hablar más del asunto. Cuando pasó la media hora y el barco estuvo listo para aceptar pasajeros, Lanson y Yanis cogieron sus caballos por las riendas y entraron en el navío. Era mucho más grande que el que habían alquilado para llegar a la isla y, sin embargo, a Lanson le pareció más vacío; pocos eran los elfos que salían de Adara y la gran mayoría de pasajeros eran en realidad luroenses que regresaban a su país después de un viaje de negocios.

Sus caballos fueron llevados a los almacenes del barco y ellos esperaron cómodamente en la borda de estribor a que el barco zarpara. Lanson comprobó, como siempre hacía, que tanto Hoja de viento como su espada de Guardia Azul estuvieran en su sitio. Ya no vestía con su uniforme de guardia real de Nandora sino con un simple jubón de cuero endurecido, ni llevaba su capa azul oscuro sino una simple de algodón de color negro algo desteñido. A su lado, Yanis vestía con una sencilla camisa de algodón de color crudo y se cubría en todo momento con una capa oscura con la que se abrigaba cuando tenía frío, algo muy habitual en él.

El barco navegaba rápido. El cielo estaba despejado y parecía un enorme manto de un color azul cristalino. El barco iba dejando un surco en el agua a su paso, como si le estuviera provocando una cicatriz. Yanis se sentó en uno de los bancos de madera de la cubierta y Lanson permaneció de pie a su lado.

—Debe de haber pasado casi un año desde que Veda fue nombrada Sacrificio, ¿verdad? —preguntó Yanis en ese momento. «Un año ya —pensó Lanson—. Y casi parece que fue ayer cuando estábamos escapando de Kada con la princesa».

—Es la primera vez en toda mi vida que no celebro una Deshonra —dijo el alto aristócrata.

—La Deshonra no es algo que se deba celebrar —replicó Yanis, alzando la mirada y fijándola en el océano.

—Tal vez esta sea la última —dijo Lanson. El eirén asintió con la cabeza, aunque sus ojos parecían tristes y sombríos.



3.

Los rumores sobre la muerte de Kendal Sanadria no fueron confirmados hasta que llegó un mensajero ante la reina June y le informó de lo ocurrido en Kada con total certeza. Hasta ese momento nadie le había hablado a Veda de lo que había pasado en su país; solo que Maiwen Arezo había perpetrado un golpe de estado, que su madre había desaparecido y que su padre había sido hecho prisionero. Veda rezaba todas las noches, no al Primigenio ni a nadie en particular, pero rezaba para que alguien o algo protegiera a sus padres allí donde estuvieran. Fuera quien fuera el destinatario de sus rezos, al parecer prefirió ignorarlos.

Veda iba a quedarse en Adara por tiempo indefinido. Primero esperarían a que el resto de eirenes llegaran a la isla para reunirse con Faye. Luego deberían esperar a conseguir los apoyos necesarios del resto de países y a realizar otras gestiones que a Veda se le escapaban; escuchaba muchas veces hablar sobre guerra, rebelión, ejército... Sabía que lo que se estaba gestando era algo grande e importante, pero su mente de diez años no era capaz de comprenderlo todo.

Después de que todos se fueran, incluso Ivy que había sido como una segunda madre para ella, Veda se sintió sola en la isla de los elfos. Rielrom, la madre de Ivy, casi no hablaba común, y las pocas veces que lo hablaba lo hacía de manera balbuceante y a la niña la costaba entenderla. La reina June y el príncipe Ariel, en cambio, lo hablaban muy bien. Tal vez por eso Veda prefería pasar más tiempo en el Palacio de las Reinas que en la casa de Rielrom; al menos allí tenía alguien con quien hablar.

Una mañana la reina June le anunció que quería hablar con ella sobre algo serio. Veda sospechó que habrían recibido noticias de Nandora. «He de ser fuerte y soportar lo que me diga», pensó, mientras era conducida por unos sirvientes del palacio hasta los aposentos personales de la reina. La elfa apareció ante ella ataviada con un espléndido calasiris de color crudo que arrastraba por el suelo, y con los rubios cabellos cubiertos por una diadema de plata y rubíes engarzados. Las sirvientas que habían estado hasta ese momento arreglando su pelo y sus ropas se inclinaron ante ella y salieron de los aposentos, dejándolas solas.

Man Kissa —dijo Veda, inclinándose ante la reina. Ivy ya le había advertido que siempre que estuviera ante la reina elfa debía mostrarle su respeto de ese modo. Por el momento eran las únicas palabras que Veda sabía decir en elfo y querían decir «mi reina».

La elfa se inclinó ante Veda para estar a su altura. Tomó su rostro con sus largas manos y miró a sus ojos, dos grandes y redondas gotas de agua del color del océano más profundo.

—Pequeña —le dijo, tras un suspiro—, han llegado noticias de Nandora.

—¿Es mi padre? —preguntó la niña, impaciente—. ¿O mi madre?

—De tu madre aún no se sabe nada —le explicó la reina—. Es tu padre. —La reina estuvo unos segundos en silencio. Veda estaba impaciente por saber más cosas, pero sabía que debía esperar a que fuera la elfa la que hablara y no obligarla a hacerlo—. Lamento hacerte esperar, pero... No sé cómo decir esto sin causarte dolor.

—¿Qué le ha pasado?

—Ha muerto.

Veda sintió que el corazón se detenía unos segundos en su pecho y luego casi dejó de respirar. «Tengo que ser fuerte, debo aguantar lo que me diga, debo aguantar».

—¿Le han matado? —quiso saber.

—Su muerte fue propuesta por Maiwen Arezo como castigo por sus actos. El Primigenio aceptó. Al parecer, murió sin sufrir ningún dolor.

Sabía que eso último debería consolarla, pero no lo hacía. No era que hubiera preferido que su padre hubiera muerto sintiendo dolor, desde luego que no. Pero, ¿qué importancia tenía eso ya? Estaba muerto, eso era lo que importaba.

—Lo siento mucho, pequeña —le dijo la reina al final, sin apartar las manos de sus hombros—. Sé que eres una niña fuerte, princesa. Escucha; necesitarás un tiempo para aliviar tu dolor y tu pena. Pero cuando estés mejor hay algo que deberás recordar: ya no eres la princesa Veda Sanadria. Ahora eres la única Sanadria, legítima heredera del trono de tu país, arrebatado por la fuerza a tu familia. Llegará un momento en el que deberás decidir si quieres recuperar lo que es tuyo. —Veda miró a la reina con un dolor indescriptible en sus ojos azules. La elfa sonrió con tristeza y añadió—. Pero tranquila, ese momento aún no ha llegado. Por ahora te quedarás aquí y nosotros te cuidaremos. Te enseñaremos a ser una buena reina para que cuando llegue el momento estés preparada.

Aquella noche casi no pudo dormir. Tumbada sobre la suave cama de plumas de su habitación y envuelta entre las delicadas sábanas de lino, no dejaba de pensar en sus padres. No sabía si volvería a ver a su madre, pero desde luego a su padre no. Se preguntó si le habrían enterrado en el panteón que tenían los Sanadria en el cementerio de Kada, o si habrían dejado su cuerpo expuesto en la Plaza del Agua o en algún lugar público para su escarnio.

Veda tenía ganas de llorar, pero no solo de tristeza sino también de impotencia y frustración. Recordaba a Maiwen Arezo; nunca le había gustado, pero su padre le había llegado a considerar un amigo. «Y ha sido él quien ha pedido su muerte. Y el Primigenio ha aceptado. Si yo hubiera muerto hace un año mi padre seguramente estaría vivo...».

Sabía que no servía de nada pensar esas cosas, pero no podía evitarlo. Por mucho que no quisiera sentirse culpable por la muerte de su padre, no lograba conseguirlo; no podía quitarse ese último pensamiento de la cabeza. «Si yo hubiera muerto hace un año mi padre seguramente estaría vivo». Con ese pensamiento se durmió, y aquella noche tuvo pesadillas en las que Maiwen Arezo entraba en el Palacio de las Reinas y clavaba un puñal en la cama donde ella dormía.


Al día siguiente Veda ni siquiera tuvo ganas de salir de su habitación. Se asomó a la ventana y observó la Plaza de los Almendros. Aún era pronto, pero vio a muchos elfos paseando por ella, dirigiéndose al mercado a comprar o a realizar sus actividades diarias.

Veda se cubrió con un chal de lino y se sentó en la cama. Cuando llegó la hora del desayuno no bajó al comedor del palacio. Una sirvienta subió a su habitación y le preguntó a través de la puerta si se encontraba bien y si quería salir a desayunar.

—No —contestó Veda, lo más alto que pudo para ser oída—. No voy a salir.

Tampoco salió para comer ni para cenar. Las sirvientas de la reina June le llevaron bandejas con comida, pero Veda se limitó a mordisquear los contenidos de los platos sin demasiado interés.

«Si yo hubiera muerto hace un año mi padre estaría vivo». Fue también lo último que pensó antes de dormirse y lo primero que pensó al despertarse al día siguiente.

Así transcurrió una semana. La reina June trató de hablar con ella varias veces, pero sin éxito. Llamó a la puerta de su habitación en varias ocasiones, preguntándole si estaba bien y ofreciéndole dar un paseo por los Jardines Reales. Veda recordaba que Ivy le había hablado de ese lugar; le había dicho que desde allí se podía ver toda la isla y sus vistas eran espectaculares. Pero a Veda no le apetecía ir a ningún sitio en esos momentos.

El príncipe Ariel también intentó hablar con Veda con similar resultado que su madre. Veda pronto se dio cuenta de que prefería que fuera él quien fuera a visitarla en lugar de la reina; la voz de Ariel era delicada y dulce, casi tanto como su aspecto físico. En lugar de preguntarle si estaba bien y de intentar convencerla para que saliera de su habitación, el príncipe se limitaba a hablar con ella. Le explicaba cosas y anécdotas que habían pasado durante el día en el palacio o en la ciudad, le hablaba sobre las costumbres de los elfos y le anunciaba qué acontecimientos importantes iban a tener lugar en Adara. Solo cuando hablaba con Ariel, o mejor dicho cuando lo escuchaba hablar a través de la puerta, Veda lograba olvidarse de la muerte de su padre y de lo triste que se sentía.

Un día Veda se atrevió a dejarle entrar en su habitación; el príncipe estaba espléndido bajo la luz del sol que penetraba por la ventana, y sus delicados rasgos parecían más parecidos a una bella estatua elfa de mármol que a un elfo real. Llevaba sus suaves cabellos rubios recogidos en la nuca y vestía con un magnífico exomis de lino con bordados de oro. Ariel se sentó en uno de los sillones de madera de la habitación, justo al lado de una enredadera que subía hasta el techo, y Veda se sentó en el asiento contiguo.

—Me alegro de que por fin hayas abierto la puerta —dijo el elfo—. Es un gran paso. ¿Cómo estás?

Veda suspiró.

—Triste.

—¿Estás ya preparada para salir de la habitación?

Veda le miró y luego alzó la vista hacia la puerta de madera, que había vuelto a cerrar como si la visión del pasillo exterior le causara dolor. Luego negó con la cabeza.

—¿Te sientes sola? —le preguntó Ariel después de unos segundos de silencio. Veda bajó la vista y la mantuvo fija en el suelo. El elfo añadió—. Si te sientes sola deberías salir de la habitación. Fuera hay mucha gente que te puede hacer compañía.

«Mi padre ya no. Él ya no me hará compañía nunca más». Pero no dijo nada en voz alta, se limitó a permanecer en silencio y esperar.

—Sé que es lo que te va a decir todo el mundo —dijo Ariel tras un suspiro—, pero realmente sé cómo te sientes. Mi padre también murió.

Veda no lo sabía. Imaginaba que el padre de Ariel debería haber sido el marido consorte de la reina June, pero jamás había oído hablar de él.

—Murió cuando yo era un niño —siguió explicando Ariel—. Fue un accidente, porque los elfos disfrutamos de una larga longevidad y mi padre era todavía muy joven. Sufrió un accidente en el Hinnah Bra.

Veda aún no comprendía muchos de los términos elfos que ellos usaban con asiduidad, así que le preguntó:

—¿Eso es... el Puerto?

—No —le aclaró el príncipe—. Es el Gran Bosque.

Eso tenía sentido. Tal vez un animal salvaje le hubiera atacado.

—¿Qué le pasó? —quiso saber Veda. Los ojos azules de Ariel se cerraron apenas unos segundos.

—Le mataron.

—¿En serio? —Veda se giró y le miró con auténtica sorpresa.

—Sí, pero es cierto que fue un accidente —explicó Ariel—. Murió a manos de otro elfo. Yo estaba en el palacio cuando ocurrió, y también cuando me lo dijeron. Fue mi madre quien me lo explicó. Yo me sentí muy triste y solo, porque sabía que no le iba a volver a ver más y eso me causaba un profundo dolor. —Cada palabra del elfo reflejaba perfectamente los sentimientos de Veda—. Yo tampoco quise salir de mi habitación. No quería ver a nadie. Estuve así mucho tiempo... creo que meses. Creía que estaba bien, que me encontraba bien. Pero cada día que pasaba me sentía más solo. Al final comprendí que me sentía solo porque yo mismo me había alejado de la gente que me quería: mi madre, la madre de mi padre que aún vivía, mis amigos... Ellos querían ayudarme y yo me había limitado a darles la espalda y a encerrarme en mi habitación, que era lo mismo que encerrarme en mí mismo.

—Pero yo no tengo a nadie aquí —repuso Veda, con la mirada fija en el suelo otra vez.

—Mi madre realmente quiere ayudarte, y yo también. Me gustaría que pudiéramos ser amigos.

Veda le miró. Podría ser su amiga, ¿por qué no? Al fin y al cabo, Ariel acabaría estando casado con Ivy y la elfa era como una segunda madre para ella.

Pasaron dos días más. El tercer día después de la charla con Ariel, Veda se levantó de la cama con diferente humor. Aún se sentía triste pues el dolor estaba reciente, pero le apetecía hacer algo distinto. Miró por la ventana y vio a elfos y elfas cruzar la Plaza de los Almendros. El cielo estaba despejado esa mañana y el sol brillaba en lo alto como una pequeña y lejana bola de fuego. Veda entró en la bañera que había dentro de su habitación y se bañó con esmero. Los elfos eran conocidos por el especial cuidado que otorgaban a su aspecto físico y a su higiene personal. Veda encontró un buen número de perfumes, ungüentos, cremas y jabones en los armarios de la habitación. Se bañó con el jabón cuyo olor le resultó más agradable y luego se aplicó una crema blanca que olía a coco; quiso probar el típico suabu elfo, pero su olor le hizo cambiar de idea. La reina June le había dicho que podía vestir con cualquiera de las prendas que encontrara en los armarios de las habitaciones; Veda abrió sus puertas y se encontró con decenas de shentis y calasiris de lino, algodón o seda, en todos los colores imaginables. Los vio demasiado bonitos y delicados; muchos de ellos dejaban los hombros al descubierto y Veda no estaba acostumbrada a eso, por lo que decidió volverse a poner su viejo vestido de algodón, sucio y algo deshilachado. Por último, se recogió sus negros cabellos a la altura de la nuca y, armándose de valor, salió de la habitación.

Los sirvientes que se encontró en su camino hasta el comedor le saludaron con una inclinación de cabeza y unas educadas palabras en elfo. Veda bajó las escaleras de madera rodeadas de enredaderas, y entró en el comedor del palacio. Estaba dominado por una mesa de forma rectangular de madera tallada con motivos muy similares a los de la mesa de la Sala de Audiencias. Igual que allí, las enredaderas cubrían las paredes.

La reina June y Ariel estaban en ese momento sentados en la mesa. Una enorme fuente repleta de frutas se encontraba entre ellos, y cada uno tenía en las manos una copa de cristal con zumo de pomelo. Veda se asomó al comedor con timidez y un poco de miedo, pero la sonrisa que le lanzó Ariel le hizo sentirse más segura.

—Ven aquí, Veda —le dijo el príncipe—. Siéntate con nosotros. ¿Te apetece desayunar? ¿Tienes hambre?

Al ver la fruta Veda se dio cuenta de que estaba hambrienta.

—Un poco —contestó.

—Ven a la mesa, entonces —le dijo la reina. Veda se acercó a ella y, como sabía que tenía que hacer, se inclinó con educación.

Man Kissa —dijo. La reina sonrió.

—Siéntate donde quieras —le dijo—. Estás como en casa.

«No, como en casa no —pensó Veda—. Pero supongo que es lo más parecido».



4.

Maiwen Arezo había tenido la deferencia, según sus propias palabras, de enterrar el cuerpo de Kendal Sanadria en su panteón familiar. Rella supo por boca de Lena y Annick que muchas personas habían ido a presentar sus respetos al anterior rey; pero también muchas otras iban para demostrar su odio hacia el que consideraban culpable de la ira del Primigenio. Rella había escuchado que entre el pueblo se comentaba que las consecuencias de los actos de los Sanadria podrían haber llegado a ser desastrosas si no hubiera sido por la rápida y astuta intervención de Maiwen Arezo. Pero Annick también le decía que aún había gente entre el pueblo que seguía apoyando a los Sanadria, y le aseguraba que era algo que no debía olvidar.

Annick era un joven muy agradable y a Rella le había caído bien desde el primer momento de conocerle. Llevaba varios años siendo acólito en el Eirenado de Nandora, donde había ingresado de niño cuando sus padres, que ya tenían otros seis hijos aparte de él, se dieron cuenta de que les era totalmente imposible alimentar otra boca más. Eso era algo habitual entre las familias pobres; era menos cruel dejar a un hijo indeseado en un Eirenado que dejarle morir de hambre.

Annick ya había cumplido los veinte años y, pese a no ser ni de lejos el acólito de más edad del Eirenado, se había convertido en uno de los favoritos del eirén. Rella aún recordaba que el día del Nombramiento del Sacrificio, mientras ella esperaba en el Eirenado para llevar a cabo su plan de liberar a Veda, era Annick el acólito que acompañaba al eirén cuando este se acercó para hablar con ella; Annick y Lena, la otra acólita inseparable del eirén. Ellos tres y la propia Rella fueron los que acordaron el plan para iniciar una nueva rebelión contra el Primigenio. El eirén Yanisaureth le informó de sus intenciones, los dos acólitos le aseguraron que todo el Eirenado estaba conforme y Rella, por supuesto, no pudo evitar alegrarse y ofrecer su ayuda en todo lo posible. «Mi hija se salvará, todos nos salvaremos», fue lo que pensó en ese momento. Pero ahora Veda estaba en paradero desconocido y su marido había muerto.

Annick había sido el elegido por el eirén para suplirle en su ausencia. Cuando Yanisaureth abandonó el Eirenado convertido en Yanis, Annick se convirtió en el eirén. Durante todo ese tiempo había tenido que llevar sus mismas ropas, su máscara blanca y, por supuesto, el Amuleto. El Primigenio aún no se había percatado del engaño e incluso le daba instrucciones a Annick a través de su magia. Rella había sabido desde el primer momento quién era Annick y dónde se encontraba el verdadero eirén, pero sabía que era un secreto demasiado importante y no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su esposo.

Cuando Annick no actuaba como eirén, se quitaba la máscara y la túnica y dejaba guardado el Amuleto entre los cojines de sus aposentos. Entonces Annick no se parecía en nada al verdadero eirén; el único rasgo que compartía con él eran sus ojos verdes, pero por lo demás no tenían ningún otro parecido. Annick tenía los cabellos castaños mientras que Yanisaureth los tenía del color de la paja, Annick tenía los rasgos del rostro fuertes y una mandíbula cuadrada mientras que el eirén poseía unos rasgos más delicados.

Rella llevaba viviendo en el Eirenado desde el golpe de Estado. Annick lo había consentido a instancias de Lena y le había reservado una habitación únicamente para ella. Rella no podía salir a la calle pues su vida correría tanto peligro como la de su esposo, por lo que ni siquiera pudo ir a ver su tumba. Se pasaba los días y las noches recluida en su habitación privada, una cómoda estancia cuadrada de suelos y paredes de mármol, con una cama grande y un mullido colchón de plumas de pato. Se había deshecho del lujoso vestido de cuello alto y abultadas mangas que había llevado el día de su huida del palacio y ahora llevaba un simple traje de algodón sin crinolina que le había dado Lena. Se pasaba los días esperando a que ocurriera algo, aunque no sabía muy bien el qué. Pero los acontecimientos que se sucedían eran cada vez peores.

Lena iba a menudo a verla a su habitación privada. Le llevaba comida, ropa para que se pudiera cambiar, y le informaba sobre los acontecimientos ocurridos en la ciudad. Ella fue la encargada de informarle de la muerte de Kendal. Cuando se lo explicó, Rella lloró con amargura, pese a intentar no hacerlo delante de la acólita. Esta permaneció sentada en su sitio, con las manos sobre el regazo y sin saber bien cómo actuar.

—¿Estáis bien? —le preguntó con cierto estupor y Rella se apresuró a secar sus lágrimas y a asentir con la cabeza. Aquella noche, cuando estuvo sola, siguió llorando y llorando. Prácticamente lloró desde que se ocultó el sol hasta que salió a la mañana siguiente. Pero cuando amaneció, Rella ya se había quedado sin lágrimas.

Lena le explicaba otras muchas cosas. Le decía que en las últimas semanas los precios de los productos más básicos habían subido mucho en los mercados de la ciudad, pero que de momento la gente no se estaba quejando, aunque había quienes presagiaban una revuelta en breve. Le explicaba que los campesinos de Dalca habían perdido sus cosechas a causa de una intensa tormenta que había anegado sus campos. Y sobre todo le hablaba de Maiwen Arezo y su nuevo equipo de gobierno.

Lena tampoco salía del Eirenado porque sabía que los golpistas la habían visto huir junto con la reina el día del golpe de Estado. Pero tenía ojos y oídos en la ciudad y, además, tanto Maiwen como algunos de sus consejeros habían visitado el Eirenado y hablado con Annick.

—Maiwen siempre está rodeado de sus consejeros —le explicó Lena una tarde, después de la comida. Rella quería estar al corriente de esos asuntos; estaba segura de que a la mayoría de miembros del gobierno de Maiwen los conocía—. El más joven es Gard Lauliam y parece inexperto. Pero Bale Saracar y Dostan Darid son mayores y tienen mucha más experiencia. Aunque su mano derecha es Talee Phergar; lo consulta todo con él.

—Los conozco a todos. —Rella asintió con la cabeza—. Eran miembros de la Asamblea y siempre fueron amigos de Maiwen. El único realmente valioso para él es Talee Phergar; es muy inteligente y sensato. Es de los que hablan poco pero siempre escuchan todo lo que se dice a su alrededor. ¿Y la Guardia Azul?

—Ha habido muchos cambios —contestó Lena—. Uno de los hermanos Nido forma parte de ella. También Holsten Arguesson y Roygard Oley. Un tal Clea o Cleamont Lothem.

Como siempre hacía al final de sus charlas con Lena, Rella le preguntó por su hija y por el grupo que había salido con ella de Kada hacía ya un año. Pero la acólita nunca tenía información nueva.

—Lo siento, alteza. No sabemos nada.

Los días iban pasando y Rella cada vez se sentía más desesperanzada. Sabía que no podía hacer nada allí, recluida en el Eirenado. Ella siempre había sido una mujer que prefería actuar a esperar. Así lo hizo cuando su hija fue nombrada Sacrificio; Kendal se había sumido en la tristeza y no pudo hacer nada, pero ella actuó. ¿Acaso sus esfuerzos para salvar a Veda iban a caer en saco roto? No sabía nada de su hija, ni siquiera si estaba viva o muerta. La reina June no le había hecho llegar ningún mensaje a Kada informándole de su llegada; pero tampoco era extraño que no lo hubiera hecho, pues si tal mensaje llegaba a manos inadecuadas podría suponer el final de su plan y la desgracia para Veda.

«Pero ella es lo único que me queda —pensaba—. Debo conservarla. Debo asegurarme de que está bien».

Solo tenía una manera de hacerlo, y era ir ella misma hasta Adara. «Al fin y al cabo, yo no hago nada aquí. Solo correr el riesgo de ser descubierta. Si Veda está en Adara, debo estar con ella. Y si no…».

Las visitas de Maiwen al Eirenado empezaron a volverse más frecuentes. No hubo nada que les hiciera sospechar que el rey supiera que Rella estaba allí, pero Annick empezó a sentir temor. Él y Lena empezaron a plantearse la posibilidad de llevar a Rella a otro sitio, pero no se les ocurría ninguno. Los tres se reunieron en la habitación personal de Rella para empezar a dar forma a su siguiente plan.

—Vuestra vida corre peligro mientras permanezcáis en Kada —le dijo Annick. No llevaba puesto ni sus ropajes de eirén ni la máscara, ni mucho menos el Amuleto—. Pensábamos que en el Eirenado estaríais a salvo, pero tal vez no sea así. Si Maiwen Arezo descubre que estáis aquí...

—Sus golpistas me vieron en el palacio —les recordó Lena—. Me vieron huir con ella.

—Tal vez no te reconocieron —tanteó Annick.

—Lo hicieron —repuso Lena, y Rella sabía que tenía razón. La acólita era una mujer de gran belleza y además su aspecto llamaba bastante la atención. Era elfa, por lo que sus rasgos no se olvidaban fácilmente en un país como Nandora, donde la gran mayoría de población era humana. No era fácil olvidar sus ojos azules almendrados ni sus delicados rasgos élficos, ni obviar sus orejas puntiagudas.

—Pero de todos modos no tienen por qué pensar que la reina está aquí —insistió Annick.

—Saben que soy una acólita y, por lo tanto, que vivo en el Eirenado. Tal vez piensen que he huido, pero tampoco creo que descarten que me haya quedado aquí. Y si sospechan que he ayudado a Rella... Cualquier persona inteligente puede atar cabos.

Rella sabía que Maiwen era inteligente, pero casi más su consejero Talee Phergar.

—¿Y dónde podríais estar segura? —Annick pensaba en voz alta—. En Astra, por ejemplo.

Astra se encontraba muy al sur, cerca de la desembocadura del río Damalai. Demasiado lejos para el gusto de Rella.

—¿Y Dalca? —tanteó Annick. Dalca se encontraba al norte de Kada, por detrás de la meseta que llevaba su nombre y de los Bosques Blancos. Demasiado cerca.

—¿LiPort? —Ahora fue Lena quien preguntó. LiPort estaba en la costa noroeste, bordeada por la Sierra Alta. Ni muy lejos ni muy cerca, tal vez de hecho fuera la opción más sensata. Pero Rella sabía bien lo que quería.

—Adara —dijo, con firmeza. Annick y Lena la miraron con extrañeza y cierta perplejidad.

—Está lejos —repuso la acólita—. Muy lejos. ¿Por qué Adara?

—Porque Veda está allí —contestó Rella—. O al menos debería estarlo si todo ha salido bien...

Ninguno de los dos puso más objeciones. Rella sabía por qué; la veían como a una madre preocupada y angustiada por el destino de su hija, una madre cuyo único interés en ese momento era estar con ella y protegerla. «Y justamente eso es lo que soy».

—Pero no podréis ir sola —dijo Annick—. Puede ser peligroso. Si os descubren o...

—Yo iré con ella —intervino Lena. Ahora la sorprendida fue Rella. Annick también miró a la acólita con evidente estupefacción. La acólita se explicó—. Si es como he dicho antes, yo también puedo correr peligro en Kada. Adara es mi país natal. Y además... si la princesa está allí también lo estará Yanisaureth.

Annick no puso objeciones, aunque la torva mirada que le lanzó a Lena dejaba adivinar su disconformidad.

—Está bien —dijo al final el acólito—. Pero, ¿sabrás cómo ir hasta Adara?

Le había hecho la pregunta a Lena. La elfa le lanzó una mirada que casi rozó el desprecio.

—Por supuesto —replicó—. Solo necesito un mapa y un día.

La acólita no había exagerado. Apenas un día después se presentó en la habitación de Rella y le expuso sin rodeos su plan. La intención de Lena era viajar en línea recta por el desierto de Aleg hasta llegar a Diema. Una vez en el país vecino continuarían cruzando el desierto, que allí se llamaba Gran Desierto Antiguo, y después atravesarían Leilany hacia el sur hasta llegar a Luros. Su destino final era Anael, donde podrían alquilar un barco para ir hasta Adara. A Rella le pareció todo bien, pero uno de los aspectos del viaje le causaba algo de temor.

—¿Podremos cruzar sin problemas el desierto? —quiso saber—. He oído que el Desierto Antiguo es muy peligroso...

—Estoy informada de las particularidades de los desiertos —comentó Lena—. Podremos hacerlo.

La acólita no podía salir del Eirenado, así que pidió a algunos de los acólitos que le consiguieran ciertas viandas. En especial pidió dos caballos jóvenes y resistentes, comida y agua, mantas y ropas de abrigo. También quiso comprar algunos materiales y objetos para confeccionar trampas. Al cabo de cuatro días después de decidir su marcha, Rella y Lena abandonaban la ciudad en mitad de la oscuridad de la noche, embutidas en sendas túnicas de color oscuro. Sus monturas eran jóvenes, como había pedido Lena, y también parecían resistentes; desde luego eran ágiles y rápidas, y en cuanto abandonaron Kada se lanzaron a un veloz galope a través de la meseta.


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