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Historias que no llevan a ningún lado

Subjuntivo

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Copyright 2017 Subjuntivo



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Índice

Las zapatillas rojas, Yamila, y su novio

La providencia

Ring raje

Nenia

Dios te castigó

Proyecciones

Mañana de sol

La crueldad de los niños

Invasión

Marianita

Cosas de hombres

Valentín

Boca

La chica que me levantó en el medio de la clase

Un plato que se sirve frío

On a nista

Ceda el paso

Unos sanguchitos para la reunión

Roberto

Egresados

Preocupacional

Que sean felices

Marcos, el tren, y la gente

Alberto

Un vaso con agua

Casi

Un cuarto de miñoncitos

Boxing Bear

Frida

Clara

¿Es bueno el arroz?

La vida misma

Ni vivo ni muerto

Fabio

Love kills

Vicisitudes

José

Una noche de lluvia

Misiadura

Pichón

Vómito

Ugi's

Y ahora, para todos, un tango



Las zapatillas rojas, Yamila, y su novio

Eso fue el día que había comprado las zapatillas rojas, que me apretaban un poco pero las compré igual, porque quería unas rojas, para competir con el novio de Yamila, que medio se hacía el importante; y no era por las zapatillas rojas, pero tener unas zapatillas rojas podía ayudar a competir. Aunque seguro que al novio de Yamila no le apretaban. Más bien él se la apretaba a Yamila, por ese lado iba. Y ella lo apretaba a él, también, como las zapatillas a mí.

Nada más que Yamila no era ni roja ni colorada, sino más bien morocha. Pero a veces se ponía colorada, sí. Pero no en el pelo, sino que tomaba color en la cara, cuando algún chico le decía algo. Yo quería decirle algo, siempre, pero no me salía. Conmigo, más que ponerse colorada, se reía. A veces pensaba que se reía conmigo, a veces, de mí... Seguro se habría reído si hubiera sabido que me apretaban las zapatillas rojas, pero yo nunca le dije...

Igual después las perdí a las zapatillas, en un campamento, que no sé dónde las dejé, y las volví a buscar, y no estaban más. Y ese fue el trágico final de las zapatillas rojas. Yo espero que al amigo de lo ajeno que se las quedó le hayan apretado también, y peor. Pero también pienso que capaz las agarró alguien que le quedaban bien, y entonces también estaría bien, porque si alguien pudo aprovecharlas mejor que yo...

Como a Yamila, que la aprovechaba el novio, y los chicos que le decían cosas, y la miraban, y yo que era un ganso y no me animaba, no la aprovechaba nada... se habría reído si hubiera sabido que perdí las zapatillas...



La providencia

Abrí la puerta del ascensor pensando que había bajado porque yo lo había llamado (el ser humano es egocéntrico por definición). Al mismo tiempo que yo abría la puerta de afuera, alguien abría la de adentro. Por un segundo no entendí; después bajé la cabeza. Llegaba a la altura de mis caderas, tenía un pulóver azul sobre una chomba blanca, y pantalón de vestir.

-Hola...

-...hola...-y se bajó del ascensor, inseguro y con cara expectante; y ahí se quedó parado. Yo lo miraba.

-¿No lo viste a Rubén? (el encargado)

-Mmmmno, pero a esta hora, me parece que no vas a encontrarlo...

-Ah... porque tengo que ir al colegio, y... ¿cómo voy yo al colegio? -y entonces estaba a treinta segundos del llanto, o eso parecía-... No tengo llaves, y...

-Bueno, pero yo te abro, ¡no te preocupes!

-Sí, pero ¡¿cómo voy al colegio?! -Y entonces entendí.

-¿Quién te lleva siempre al colegio?

-Mamá. Pero mamá no está, y mi hermano está en el colegio, y no lo puedo encontrar a Rubén...

-Entiendo. Pero no podés faltar al colegio. Si querés yo te llevo -y entonces se le iluminó la cara por un segundo, y sonrió.

-Bueno.

-Bueno, dale. Andá a buscar las cosas, yo te espero. ¿A qué hora tenés que ir?

-Tendría que estar yendo ahora...

-Bueno, dale, subí y buscá las cosas y un abrigo, yo te espero. ¿Sabés cómo ir al colegio?

-Sí, hay que dar una vuelta, y pasar la cancha de fútbol.

-Buenísimo, andá, dale...

Subió. En dos minutos estaba abajo de nuevo, con una campera un talle más grande que no le dejaba ver las manos, y una mochila más grande que su propia humanidad.

-Bueno, ¿Vamos? ¿Cerraste bien la puerta?

-Sí...

-¿Cómo te llamás, campeón?

-Tomás... -dijo con tono tímido.

-Tomás, buenísimo; yo soy Rama.

-Ah...

-Bueno, y contame, porque me parece que no entendí... ¿Quién te lleva al cole siempre?

-Mi mamá. Pero hoy se tuvo que ir a una reunión, porque trabaja en el ministerio, y la otra vez que pasó parecido me llevó Rubén, pero hoy no lo encuentro a Rubén. Porque mamá se ve que no sabe que a esta hora no está Rubén.

-Entiendo... Bueno, está bien. Y sabés dónde es, ¿no?

-Sí, acá doblamos, y hay que cruzar, y pasar la canchita de fútbol...

-Dale, buenísimo. ¿Acá doblamos?

-Sí.

-¿Y en qué grado estás, Tomás?

-En cuarto.

-Nueve años tenés ya...

-Je, sí...

-Buenísimo.

-Por ahí vos no me entendés cuando hablo, porque soy de Tucumán....

-¿Y qué problema hay?

-Ja, que no pronunciamos las eses...

-Ah, no importa, yo te entiendo perfecto, quedate tranquilo.

Y así caminamos una cuadra, hablando de la vida. Tomás estaba preocupado porque bajo la autopista había gente durmiendo en la calle. “Chorros”, me dijo. Pero son gente que duerme en la calle, no pasa nada, le expliqué. Pero él dice que una vez, a un compañero, le pasó, que uno se hizo el dormido, y cuando él pasaba, le saltó, y así que salió corriendo. Que vaya con cuidado, claro, pero sin miedo, que no pasa nada. Eso le dije, no sé si habré hecho bien...

Cuando doblamos la esquina me estaba explicando que el hermano está en primer año, y que a veces lo lleva, pero que hoy salía tarde del colegio, y por eso no lo podía llevar hoy. Y que le gusta más acá que Tucumán, me contó. Y entonces pasamos cerca de un grupo de nenas de primero o segundo.

-Dale, caminá, no te quedes mirando a las chicas... -dije en ese tono cómplice que usan los hombres a veces.

-Jaja... -rió con vergüenza, y suprimió algún comentario. Caminamos media cuadra más.

-Bueno, ya estamos, ¿es acá?

-Sí, ahí...

-Bueno, andá nomás, portate bien, eh? -dije mientras le estrechaba la mano.

Dijo que sí, y se acercó a la puerta que alguna sombra, desde adentro, había abierto. Me estaba yendo, como se va uno que ve al otro subir al colectivo, y en el último segundo lo veo volver sobre sus pasos.

-¿Qué pasó?

-No puedo entrar, porque para entrar más temprano me tienen que pagar. Tengo que esperar a que abran la puerta para que entren los chicos de la tarde.

-Ah, bueno... ¿Y a qué hora entran los chicos de la tarde?

-12.50 creo, no sé...

-Ah, no, pero falta, mirá -dije, y le mostré el reloj. Lo miró con la misma sonrisa que tuvo siempre, y no dijo nada.

-¿Sabés ver la hora en estos relojes?

-Ja, no...

-Ah, pero mirá, es una pavada! Cuántas agujas hay ahí? Tres, buenísimo, y una va mucho más rápido que las otras, no? Bueno, esa es la de los segundos. Y de las otras dos, la chiquita para la hora, y la otra para los minutos. ¿Entendés?

-Mmmse...

-Mirá, la grande está cerca de las doce, ¿ves? Así que son las doce y algo. Y la más larga está en la mitad. Ahora, ¿cuántos minutos hay en una hora?

-Sesenta...

-Perfecto. Y si está en la mitad, entonces serían..?

-12.30..?

-Perfecto. ¿Ves qué fácil es? Cada uno de estos cositos es cinco minutos: cinco, diez, quince... Vamos a practicar. ¿Qué hora dice acá?

-Once... y cinco..?

-Claro, perfecto. ¿Viste qué fácil? ¿Y acá?

-Las tres... y doce?

-Bueno, claro, en el doce vuelve a empezar. Así que serían las tres...?

-En punto!

-Excelente.

-¿Y ahora cómo sabés qué hora es?

-Ah, porque me fijo en el celular!

Reímos juntos, y nos quedamos esperando la hora, mientras hablábamos de Raúl, que es el señor del colegio que no los deja correr, porque acá no es como en Tucumán, porque allá dividen los patios, para jardín, primero, segundo y tercero, y después los otros; pero acá no, el patio es inmenso, pero no lo dividen, y no podés correr, y Raúl es un empleado del colegio, pero también se cree a veces que es el dueño, porque les dice que tienen que hacer esto y lo otro, y que no pueden correr y hacer otras cosas; y si corren los hacen sentar, y él una vez estaba con un compañero, sentado, y después no lo dejaban pararse porque pensaban que estaban de castigo, pero ellos estaban sentados jugando nomás.

-Pero vos te podés ir si querés...

-Sí, ya sé, pero no me voy a ir y te dejo acá solo... encima hace frío...

-Sí, pero ahora cuando vienen mis compañeros yo empiezo a ir de acá para allá...

-Sí, obvio, cuando vienen tus compañeritos yo me voy. ¿Tenés frío?

-No...

-Buenísimo.

-¿Cuánto falta?

-Ni idea, a ver, fijate qué hora es -dije, ofreciendo la muñeca.

-doce... y cuarenta...

-Claro. Faltan unos diez minutos.

Y así que nos quedamos hablando un rato más, y empezaron a llegar profes, o personas mayores, que tocaban el timbre y entraban, pero nosotros no porque para entrar había que pagar, o si no esperar a que salieran los de secundaria. Llegó su directora, y una profe que lo conocían y lo saludaron, pero nadie le preguntó nada ni lo invitó a entrar, así que nos quedamos afuera. Y al ratito empezaron a llegar los compañeritos.

-Che, pero Tomás, oíme, están todos con equipo de gimnasia...

-¡Y claro, si hoy tengo gimnasia!

-¡Y entonces qué hacés con pulóver y zapatos!

-¡Y si soy nuevo! No tengo todavía, pero me dejan hacer así, hace como tres semanas que vengo...

-Ah, bueno, está bien, ¿hacés gimnasia así entonces?

-Sí, me dejan...

Y entonces llegó la hora, y empezaron a salir los de secundaria, y ya había algunos compañeritos de Tomás.

-Bueno, Tomás, te dejo con tus amigos. Un gusto. Portate bien y cuidate, ¿dale?

-Sí

-Chau, nos vemos.

Al irme, miré una vez más el cartel: Colegio La Providencia.




Ring raje

Iba por primera vez a esa casa. Llegué temprano, unos siete minutos antes de lo convenido. Eso, y la lluvia, ameritaban un cigarrillo.

Me paré en la puerta del modesto edificio a fumar, mirar la lluvia y la gente, y principalmente, a hacer tiempo. Eran las 18.53 de un día de lluvia de abril.

No habrían pasado dos minutos cuando veo un señor, un muchacho, que entre las sombras cruza la calle. Presto atención, con desconfianza. El señor se acerca sospechosamente a mí, viene directamente hacia mí. Me separo apenas de la puerta del edificio, para dejarlo pasar, o ver mejor sus intenciones.

El señor me mira, pasa al lado mío, llega a la puerta, y toca un timbre. Espera unos pocos segundos, y repentinamente, se da la vuelta y se va, sin prisa y sin pausa.

Lo miro irse, con más desconfianza aún. Por un segundo pienso que soy un héroe que frustró un plan macabro. Sigo con el cigarrillo.

No pasa un minuto cuando la chica que me esperaba abre la puerta. Hola, qué tal, blabla. ¿Y por qué bajaste? Porque no se abre con el portero. Entiendo, claro, me refiero a que por qué bajaste, cómo sabías que estaba yo acá. Porque tocaste el timbre!

No dije nada, era en vano…





Nenia

La escuché antes de verla. Era un sonido desesperado, visceral, emocional, nacido de la necesidad. Me di vuelta y la busqué con la mirada. El sonido siguió, iterativo, molesto, calando el nervio propio y el ajeno, corto y repetitivo, sordo, apagado, para volver a nacer y morir. Cruzó una sombra en la tarde de sol, y entonces la encontré. Las nubes se paseaban impúdicas, y ella luchaba mientras contra quiensabequé, con la adrenalina desbordante. Y la vi. La miré. La analicé por un momento. Luchaba contra todos y ella misma por no caer. El sonido se apagó, y por un momento hubo paz. Estaba a la altura de un sexto piso de un barrio que dormía la siesta, y por un momento sentí que hacía justicia que hubiera alguien, yo, que fuera testigo; pasar por esto en la más completa soledad hubiera sido demasiado. Y por un momento estuvo ahí, a la altura de un sexto piso, y el sol le pegaba de costado, con indiferencia, como si tuviera cosas más importantes de las que ocuparse. Tal vez a metros de ahí, una joven despreocupada tomaba sol en la terraza de un edificio gris. Creí por un momento, en esa paz, que todo iba a estar bien, y no había de qué preocuparse, y que sólo eran mis preocupaciones intestinas las que habían encontrado una excusa para aflorar. Entonces la vi mirar para abajo, los puños y los dientes apretados, y los músculos tensos como nunca, de miedo, de bronca, de impotencia, de fe y resistencia. Y miraba para abajo. Y no estaba observando el paisaje, ni meditando: veía el futuro. Miró para abajo, y después para arriba, como si estuviera esperando esa respuesta o esa mano divina que no llegaba. Nada llegó, y ahí estaba, a la altura de un sexto piso. Miró para un costado, para el otro, hubo un leve y brusco movimiento, miró para abajo, para arriba, y para abajo de nuevo. Entonces se soltó, y volvió el ruido, y esta vez fue más fuerte. O tal vez no, pero estaba más cerca de mí ahora, y yo lo escuché más fuerte, y entonces yo tensé los músculos, y me quedé a la espera. La vi bajar y subir, y hacer un semicírculo tembloroso, y fue abajo y arriba y al costado y en diagonal, y el ruido seguía. Corcoveaba como poseída, tal vez sintiendo el porvenir entrándole por los poros. Luchó con todas sus fuerzas, eso pude verlo, y un viento fresco y arremolinado sopló con fuerza repentina, y se sumó a sus pesares. La vi luchar contra el viento también, y por un segundo la vi elevarse triunfal, y confié que todo iba a estar bien. La vi acercarse a base dos, y creí que iba a terminar, y todo iba a haber sido un simple espectáculo circense gratuito en una tarde sol en un barrio tranquilo, a la altura de un sexto piso. Entonces dio una vuelta sobre sí misma, sintió el golpe del viento en la cara, igual que lo sentí yo, y dio un golpe seco contra la reja. Fue un segundo, y fue lo más cerca que estuvo de mí, y yo fui incapaz de hacer nada, perplejo como estaba, con los músculos tensos y la boca reseca. Y la vi, abierta en cruz, golpear contra la reja. Hizo un ruido seco y hueco, un ruido de muerte. Después de eso, no hubo ni viento ni ruido ni semicírculo y los músculos se aflojaron y no miró a ningún lado (aunque por un instante creí ver que, casi sin poder evitarlo, miró para arriba) y de golpe todo cayó a cero, y como todo, cayó ella, en línea recta, perpendicular al piso. Me quedé quieto y conté con inevitable morbo la cantidad de números que creí había desde la altura de un sexto piso hasta final, y esperé oír un ruido que confirmara mi pronóstico. No hubo ningún ruido. O tal vez lo hubo, pero fue opacado por el sol, o el viento, o el danzar de los árboles y las ropas tendidas en sogas viejas, despreocupados y desposeídos de todo más que inocencia, mientras esa pobre paloma moría estrellada contra el piso.




Dios te castigó

Es la situación más sencilla y odiosa del mundo (y esa, la adjetivación más exagerada del mundo): sábado a la noche, con unos pocos productos, haciendo la cola del super. Cadena nacional, no chino, ¿eh? Como Dios existe, y es argentino y bueno y amigo mío, al ver que yo quedo, con unos doce productos, muy atrás en la cola, en cuanto me ve ubicarme, hace aparecer una chica de camisa roja que dice que desde el señor de adelante mío para atrás, y en el orden que estamos, podemos pasar a la otra caja, que ella acaba de abrir.

Aleluya hermanos.

Yo me agacho, y agarro el ¿cómo se llama eso, canastito? y mientras agachado apunto la mirada a la futura fila, veo: a mi derecha, el señor de adelante mío, que va directo a la caja; a mi izquierda, una pareja que, lista, espera que yo me mueva para mudarse; y justo enfrente mío, un señor de la otra cola, de la que estaba más a la izquierda aún, no involucrada en lo más mínimo en la maniobra, apresurarse para ponerse detrás del señor que está ya descargando productos en la caja. Señor, dame fuerzas.

Y el Señor me las dio, no sé ni de dónde las sacó, porque posta, debe haber sido una tonelada de mil buenas ondas, o no sé qué. Yo sencillamente me paré al lado del señor, y lo miré. Y lo miré. Habrán sido cinco segundos, pero es mucho, y el señor, que evidentemente tenía el culo sucio, me mira y pregunta ¿Qué?

¿Qué? me dice el hijo de puta, como si no supiera qué. Diosito, diosito...

Yo nada más lo miro, no atino a hablar. Y en seguida, él: Estaba acá.

Ah, no, te pasás, hijo de puta!

Tremendo... digo yo por lo bajo, que no lo es tanto.

¿Cómo? dice el viejo (que no era viejo, pero era más mayor que yo, más bien del noveno septenio)

Que es tremendo, digo. ¡¿Usté estaba acá, seguro?! Pero debo decir que desde un comienzo, y todo el tiempo (durante todo el tiempo, y lo digo ahora para no repetirlo, porque es importante) tuve una sonrisa. Porque Dios existe, si no no lo puedo entender.

Sí, estaba ahí-- Ah, hijo de puta, me decís Sí, y la siguiente palabra empieza a admitir que no!-- porque yo había venido primero acá.

Bastaba con pedirlo.

¿Eh?

Bastaba con pedirlo. Si necesitaba pasar antes me lo pedía, y yo lo dejaba, dije con una sonrisa. Y era cierto. Me costaría negarme si alguien me lo pide, y además el viejo tenía un sólo producto, una pizza preparada, de esas que sólo han de meterse al horno. Tantas veces había ofrecido que alguien pasara de motu proprio, que si me lo pedía, lo dejaba.

Bueno... No se enoje... , deslizó, no sé si por miedo a la violencia, o por decir algo. Yo no estaba violento ni enojado.

No me enojo, pero no es correcto...

Pasa que yo vine acá, me dijeron que no, fui allá, y entonces justo que me dicen que no abren acá, y yo me vine...

Entiendo. Pero todo eso me lo dice antes, no intenta pasarse...

Bueh, pero si tengo que andar recitando todo el abecedario nos quedamos hasta mañana...! dijo casi fastidiado, como si el desubicado, el que planteaba boludeces, fuera yo.

Sin embargo tanto no nos llevó, eh..., y yo seguía con la sonrisa ahí, clavada, un fastidio total, era incapaz de enojarme.

Bueh... dijo el tipo, ya con fastidio, ya con todo el peso de su propia frustración, ya sabiendo que no podía decir nada (nunca había podido) y estaba condenado a disculparse o callarse. Sin embargo, el hijoputa no toma ninguno de los dos caminos, sino que pide por favor que uno lo mande a la re mierda.

Ya está, dice, y apoya la pizza al lado de la cajera, esgrimiendo un billete de cien. Por un lado, me caga de arriba de un puente: ya está, paso yo, mirá qué lindo te cagué y me salí con la mía. Por otro lado, por la culpa, apura a la cajera con el billete en mano para que le cobre.

No hay cambio, dice la cajera mientras termina con el cliente anterior.

Dios existe.

El viejo no lo puede creer. En seguida, a lo suyo: ¡¿y no pueden conseguir?! No, no hay en la línea, dice la chica, como si el viejo (o nosotros, para el caso) supiera qué es la línea, qué alcance tiene, qué significa realmente. No hay cambio, repite la chica, sin parar.

Bueno, ganaste, dice el viejo, tira la pizza (es decir, la toma de la cinta sólo para poder tirarla) y se va, mientras murmura Gracias por la atención, gracias por todo eh... ahí tenés, ganaste vos...

Yo no le contesté, ya estaba sacando mis productos para acomodarlos en la cinta, cerca de la cajera. Me dio un poco de pena, porque después de todo el señor sólo quería comer algo. Pero Dios obra de maneras misteriosas, y a la vez parece que se divierte barato el hijo de puta. Ahí tenés, viejo, la próxima vez no seas mala leche y mentiroso, porque Dios te va a castigar.



Proyecciones

En una sala de espera, varias personas esperan. Y un niño inquieto molesta.

Y en una de esas: “¡Papá, mirá!”. El padre, sentado a su lado, y sin siquiera despegar los ojos del celular, responde casi gritando: “¡Dejame de hinchar, no quiero mirar nada!”. En la sala, el murmullo se ahoga un segundo, después continúa.

El padre sigue absorto en el celular, y el chico, insiste: “Mirá, pá, ¡mirá!”. El volumen es casi el mismo, pero el tono, claramente más violento: “¡Basta te dije!”. El chico, como es deber de los chicos, pregunta por qué. Al no obtener respuesta, cierra la revista que tenía en la mano, y se aleja con aire desolado.

Lo veo cruzar todo el salón hasta el mostrador y reunirse con su madre, que en silencio le acaricia la cabeza y lo acurruca contra su panza, mientras espera los resultados de la ecografía.



Mañana de sol

Llegué a la ciudad temprano, un día soleado de viento fresco y sweaters livianos. Me despertó un rodillazo de la señora que viajaba detrás de mí en el micro que me traía desde Mar del Plata, destino concluido de mis pequeñas vacaciones de cuatro santos días. No era un buen comienzo, pero uno siempre intenta llegar de sus vacaciones renovado, descansado y con otra actitud.

Bajé del micro y tuve frío, y mucho sueño, pero siempre es lindo tener un poquito de frío, cuando uno sabe que puede abrigarse un poco, o meterse aquí o allá, o tomar algo, o ponerse al sol. El sueño, por su parte, es más molesto, pero es la confirmación de que uno ha viajado, y después de todo, siempre es lindo robarle un rato al sueño y acomodarse de nuevo al lugar conocido, la puta ciudad.

Íbamos los dos muy dormidos y escaseaban las palabras. “¡Arribaaaa!” nos despabiló el colectivero. Perfecto, ya estamos en la ciudad de nuevo, ya huele como siempre, ya hay ruido y corridas y puteadas y caras largas y autos caros y chicos en la calle y colectivos y smog y edificios y barrenderos y mugre... y la rutina. Tengo tres horas para ir a mi casa, dejar las cosas, bañarme, comer algo, ordenar los libros, y salir para el colegio, a mi clase de los lunes.

El colectivo frena y arranca y frena y toca bocina y arranca y frena, todo en siete segundos: me duele la cabeza. Linda manera de volver de las vacaciones.

No aguanto el colectivo ni esta ciudad, ni la gente, ni nada, quiero paz (ya escucho las voces gritando que soy un amargo y un mala onda). Me bajo en Miserere, para tomar el tren: es lo más rápido y lo más cómodo, y a mí desde hace mucho, me gusta viajar en tren. Miro el cartel mientras hago la cola: 9:29 andén 2. Sea entonces, tengo cuatro minutos. Saco boleto, cruzo los molinetes, y entro en la primera puerta, que en instantes será la última. Las puertas amagan dos o tres veces, cumpliendo un ritual que conozco pero no entiendo, y finalmente se cierran (“Una buena”, pienso, al menos no perdí el tren).

Empiezo a caminar en dirección a la locomotora: me conviene bajar por adelante cuando llegue a la estación. El tren está vacío, pero hay más gente de lo que esperaba, teniendo en cuenta que yo voy a contramano, mientras todos vienen al centro a trabajar. Desando a los tumbos los nueve vagones, entre caras y asientos cansados y vacíos. Unos miran por la ventana, otros al suelo, muchos el celular, y algunos cabecean. Un chico duerme al sol, acostado en un asiento roto. Llego a la primera puerta. Me niego a sentarme al lado de nadie, y a viajar de espaldas (lujos que me permito después de mis vacaciones). Me acodo en la puerta del lado derecho, y miro el paisaje pasar con nostalgia de tren.

El tren va lento. Son sólo cuatro estaciones, quiero llegar pronto, y el tren va lento. Y el señor toca la bocina una y otra vez. Detesto las bocinas, pero la del tren es la excepción. No es que me guste, pero la creo necesaria.

Llegamos a Caballito. Prendo el celular, se acabaron las vacaciones. Contesto dos mensajes y miro el paisaje. Suena la bocina. Llegamos a Flores. A lo lejos se escucha un voceo de alguien que vende algo. Llegamos a Floresta. En la próxima me bajo. Siento una cierta urgencia por llegar, no sé por qué. Es el sueño, el cansancio, las ganas de bañarme, muchas cosas para hacer, mi clase de los lunes; es todo eso, pero hay algo más, hay cierta tensión en alguna parte, y sólo quiero llegar. Miro el paisaje. El tren se arrastra más lento de lo normal. Son quién sabe cuántas toneladas de fierros, y la bocina, y el eterno ktrn-ktrn. Estamos llegando a Villa Luro. Suena la bocina. Y sigue sonando. Se la escucha desesperada, como si quisiera gritar mucho más fuerte. Y la frenada.

Y del mismo silencio se hace silencio. Acabamos de cruzar el paso a nivel de Lope de Vega, y sólo el primer vagón entra en el andén. La frenada es larga y agónica, y tira para adelante. Finalmente el tren se detiene, y un sacudón nos devuelve a la realidad. Silencio. Afuera y adentro del tren, silencio. Nos quedamos todos quietos, sólo las cabezas giran desconcertadas. El paso apresurado del guarda cruzando el vagón atrae todas las miradas. Pasa por al lado mío y llega a la cabina del conductor. Abre y cruza alguna palabra ininteligible. El conductor responde, se para, toca algún botón o palanca, y agarra el handy. “... Villa Luro... 79 ... estación...”, imposible entender. El guarda se da vuelta, mira al pasaje, y como queriendo desprenderse de la presión de tanto silencio y tantas miradas, hace un gesto (o yo creo encontrar un gesto por detrás de esos anteojos) que no parece ser bueno. Silencio. Cierra la puerta y se va hacia el fondo del tren. Miro la puerta de la derecha. Está cerrada, y por donde antes pasara paisaje pasan ahora policías y gente de seguridad. No sé qué hacer. Me pregunto qué hacer, como si hubiera muchas opciones. Mejor me bajo. Pero las puertas están cerradas, y el tren no entró a la estación. Agarro el bolso y empiezo a caminar hacia atrás, al tiempo que el murmullo empieza a cobrar forma. Tal vez encuentre una de esas puertas que no anda, que está abierta, y salgo por ahí. La gente empieza a agolparse del lado izquierdo (que es ahora mi derecha) y a sacar la cabeza por las ventanillas. Un señor pasa vendiendo diarios.


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