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El último Sacrificio

Hijos del Primigenio I

Montse Martín

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Copyright 2017 Montse Martín


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Nota de la autora

Antes de nada, permíteme que te agradezca a ti, lector, por confiar en la obra de una escritora novel. Escribir no es un proceso fácil y a veces puede incluso resultar frustrante cuando ves que las cosas no están saliendo como tú querrías. El esfuerzo es grande y aunque muchas veces el simple hecho de ver acabada la obra que llevas años escribiendo ya es recompensa suficiente, el saber que hay gente interesada en leer esas historias y tramas que han salido de tu cabeza, el saber que hay gente dispuesta a gastar un poco de su tiempo en algo que has escrito tú, es algo tan emocionante que resulta muy difícil describir con palabras. Por todo eso, muchas gracias de nuevo por el interés y por la confianza que has depositado en mí.

Como seguramente notarás cuando empieces a leer, aunque Celystra es un mundo de fantasía existen algunos conceptos o alusiones que son reales. No he podido evitar unir mis dos pasiones, la escritura y la Historia, y por eso me he permitido tomar prestadas algunas referencias históricas reales para inspirar mi mundo fantástico, aunque solo se usan como meros recursos narrativos y no tienen ningún valor histórico ni real. También me he inspirado en personajes históricos reales para algunos de los ficticios que pueblan el mundo de Celystra, así como en hechos históricos o en sociedades pasadas. En todo caso, solo son inspiración para un mundo fantástico y en ningún caso se trata de una novela histórica o basada en hechos históricos, por supuesto.

Espero que te guste esta primera parte de la saga «Hijos del Primigenio» y que disfrutes tanto como disfruté yo escribiéndola.



Tabla de Contenidos

MAPA DE CELYSTRA: CONTINENTE

MAPA DE ADARA

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

AGRADECIMIENTOS

SAGA HIJOS DEL PRIMIGENIO



Mapas




Prólogo

Hace miles de años, en los confines del océano…

Sorielenne se asomó a la borda de su barco y observó el panorama que se abría frente a ella. La isla se alzaba imponente sobre las aguas, grande y oscura. Estaba rodeada por un escarpado acantilado, pero Sorielenne sabía que en una parte había una pequeña playa por la que podría desembarcar su flota.

Sorielenne capitaneaba L’Alesse, el barco líder de la flota elfa. La reina elfa podía ver a los diarcas de Maeghan si se giraba un poco hacia la izquierda. Parnos Arteadas y Sorthes Marthias eran dos hombres de figura espectacular, inmensos y fuertes, y vestían con unas armaduras tan gruesas que les hacían parecer el doble de grandes. La flota gnoma estaba capitaneada por su rey Goldwin, al que podía verse desde lejos gracias a los llamativos colores de su armadura de cuero. Los enanos iban comandados por Turis Pantanonegro, que destacaba entre los de su raza por su estatura más elevada de lo normal en un enano. Y detrás de estos últimos se encontraban los Cien Descarnados, que habían decidido intervenir en la rebelión de Sorielenne en el último momento.

Sorielenne ordenó a sus barcos que navegaran hacia estribor. Su primer lugarteniente, Adanmal, se aseguró de que todos los arqueros elfos tuvieran sus arcos listos para el ataque. Por el momento no parecía que el Primigenio hubiera detectado su presencia, pero tarde o temprano lo haría.

Navegaron acercándose cada vez más a los acantilados que bordeaban la isla. Las velas blancas de los barcos elfos salpicaban el cielo azul como pequeñas nubes cuadradas, seguidas de las rojas maeghenses y las de colores de gnomos y enanos. Sorielenne no apartaba la vista en ningún momento de los acantilados que se erguían ante ellos, altos y afilados como cuchillos.

—Estamos cerca —dijo la voz de Adanmal, a su lado—. Deberíamos iniciar el despliegue de acercamiento.

La reina elfa asintió con la cabeza. Pero justo entonces una enorme sombra se cernió sobre la proa de su barco, escureciendo el día de manera repentina. Sorielenne alzó la vista y descubrió un grifo; el animal volaba sin montura, con sus enormes alas de águila totalmente extendidas y sus redondos ojos amarillos fijos en los barcos que estaba sobrevolando.

—¡Disparad! —ordenó Sorielenne a los arqueros. Adanmal repitió su orden y al momento decenas de flechas volaron hacia el animal. Varias de ellas impactaron en su vientre y el grifo cayó sobre los acantilados, causándose múltiples heridas al chocar contra sus riscos escarpados. Sorielenne suspiró de alivio, pero pronto comprendió que ese grifo solitario no era más que una avanzadilla; al cabo de pocos minutos lo que parecía ser un ejército de grifos avanzó volando hacia ellos. Algunos iban a tan poca altura que sus patas de águila rozaban la espuma del mar a su paso. Estos sí llevaban monturas; unas enormes figuras oscuras, encapuchadas y portando espadas en sus manos.

—Son Custodios —dijo Adanmal—. Tal y como él nos advirtió.

Sorielenne suspiró y volvió a dar orden a sus arqueros para atacar. Las flechas de los elfos de nuevo rasgaron el cielo. Varios grifos resultaron heridos pero la mayoría continuó imparable su avance hacia la flota rebelde. Sorielenne intentó contarlos, pero le fue imposible.

La reina elfa se giró hacia atrás y vio a los diarcas maeghenses preparados para la lucha, con sus espadas desenvainadas y sus miradas cargadas de fuego. También Goldwin había preparado su lanza y Turis Pantanonegro sostenía sus dos hachas, una en cada mano. Los Cien Descarnados estaban demasiado lejos y Sorielenne no pudo verlos.

Los grifos se abalanzaron sobre ellos y Sorielenne solo tuvo tiempo de gritar:

—¡A cubierto!

Las garras de los grifos arrasaron con todo lo que encontraron: el lino de las velas, la madera de los barcos y la carne de los soldados. Todo fue atravesado por sus afiladas uñas. Sorielenne pudo guarecerse de las garras, pero un trozo de mástil estuvo a punto de caerle encima cuando uno de los grifos lo partió con la única fuerza de sus garras. Por suerte, Adanmal fue capaz de cogerla de un brazo y salvarla a tiempo.

Los grifos atacaron también el resto de barcos. De un rápido vistazo Sorielenne supo que, aunque había habido grandes pérdidas, las naves aún se mantenían en pie y la gran mayoría de los soldados debían estar vivos.

—¡Atacad! —gritó la reina—. ¡Atacad a los grifos!

Los arqueros volvieron a lanzar sus flechas. Los soldados de infantería, en cambio, poco pudieron hacer. Los grifos que volaban más bajo pasaban a ras del suelo de los barcos y los Custodios utilizaban sus espadas para cortar miembros y cabezas de todo aquel soldado que se cruzaba en su camino. Algunos de ellos pudieron clavar sus espadas en el último minuto en los vientres de los grifos, pero la gran mayoría solo consiguió causar heridas superficiales.

Sorielenne logró ponerse en pie justo en el momento en el que una nueva oleada de grifos aparecía ante su barco. Estos también iban montados por Custodios. Cuando Sorielenne reparó en que no llevaban espadas, se temió lo peor.

—¡Man Kissa, cuidado! —le gritó Adanmal. Uno de los Custodios recién llegados había alzado su mano y de ella emergió una inmensa bola de fuego.

«Magos», pensó Sorielenne. Maldijo, porque no había ningún mago ni brujo entre los miembros de su ejército.

El fuego impactó de lleno en el barco de la reina elfa y en cuestión de minutos quedó arrasado por las llamas. Sorielenne terminó sumergida entre las aguas, pero por suerte sabía nadar bien y pudo volver a salir a la superficie. Lo que vio la llenó de horror: el resto de Custodios habían repetido el ataque del primero y habían incendiado prácticamente su flota entera. Los barcos se habían convertido en bolas de fuego y los gritos de los soldados abrasados penetraban como cuchillas en sus oídos.

—¡Man Kissa! —le llamó Adanmal a escasos metros de ella—. ¡Venid conmigo!

Entonces un grifo pasó volando por encima de ellos. Las uñas de sus patas rozaron el mar y la espada del Custodio que lo montaba cercenó de manera limpia la cabeza del elfo. Sorielenne tuvo que sumergirse bajo el agua para evitar correr el mismo destino que su lugarteniente.

El agua del mar empezó a adquirir un tono rosado que a Sorielenne le llenó de repugnancia. No había nada más horrible para un elfo que la muerte y ahora Sorielenne estaba rodeada de ella por doquier. Nadaba entre ella, sus brazos y piernas se movían entre sustancias rojas y viscosas. Sorielenne se quedó quieta y la corriente del océano empezó a transportarla, poco a poco, hacia la costa. Vio más grifos volar sobre su cabeza y tuvo que sumergirse bajo el agua cada vez que alguno de ellas trataba de atacarla. Cuando lo hacía, veía cuerpos mutilados flotando, miembros amputados, espadas y arcos mecidos por el mar rosado… Y cuando regresaba a la superficie veía sus barcos ardiendo, escuchaba los gritos de los soldados y veía a los grifos destrozando sus cuerpos en el aire. Sorielenne nadó con toda la fuerza de sus músculos hacia la costa; lo único que quería en ese momento era alejarse de semejante horror.

Cuando sus pies pisaron tierra firme se dio cuenta de que estaba descalza. Sus botas debían haber quedado perdidas en algún lugar del océano. Siguió avanzando a la desesperada, moviendo brazos y piernas con toda la fuerza con la que era capaz, hasta que sus dedos quedaron enterrados en arena. Cuando supo que había alcanzado la costa Sorielenne se quedó tumbada boca abajo, resollando, mientras el mar todavía mecía sus piernas. Reunió todas sus fuerzas y se puso de pie, primero una pierna y luego la otra. Al hacerlo y mirar a su alrededor, descubrió que no era la única que había llegado hasta allí. Cientos de soldados salpicaban la playa, algunos todavía tumbados sobre la arena, otros de pie y moviéndose como si fueran bebés dando sus primeros pasos. Había soldados humanos de Maeghan, enanos y gnomos, y también algún elfo.

Los dos diarcas maeghenses se encontraban entre ellos. Se acercaron a la reina elfa caminando con rapidez, como si no hubieran acabado de sobrevivir a un trágico naufragio.

—Alteza —le dijo Parnos Arteadas—, ¿os encontráis bien?

Sorielenne asintió con la cabeza. Por detrás de los maeghenses aparecieron Turis Pantanonegro y Goldwin. Después de interesarse también por el estado de la reina elfa, el enano fue el primero en atreverse a evaluar la situación.

—El Primigenio nos matará a todos si no actuamos con rapidez —dijo—. ¿Qué hacemos, alteza?

Todos la miraron. Sorielenne sabía que debía decidir, pues había sido ella la iniciadora de esa rebelión. «Y eso me hace también responsable de todas estas muertes», pensó. Pero no era momento de lamentarse, sino de tomar decisiones y actuar.

—¿Cuántos soldados han sobrevivido? —preguntó.

Los otros no pudieron darle cifras exactas, pero sus respuestas en todo caso no fueron halagüeñas; habían muerto más de los que se habían salvado.

—¿Y los descarnados? —quiso saber Sorielenne.

—Por aquí llegan —contestó Goldwin. La elfa se giró y en efecto vio a los cien hombres y mujeres llegando a la playa caminando con tranquilidad, como si no fuera con ellos. La presencia de los Cien Descarnados le daba a su ejército rebelde una ventaja indudable ya que no podían morir; el naufragio había consistido para ellos en un paseo bajo el agua.

Man Kissa —le saludó en elfo uno de los descarnados, un hombre alto y de pelo canoso—, estamos listos.

Sorielenne los miró. Estaban empapados, algunos presentaban unas heridas espantosas, pero allí seguían, de pie y sin inmutarse. «Son mi baza más importante —pensó la elfa—. No puedo creer que mi rebelión dependa de un puñado de muertos vivientes».

Sorielenne estudió el escenario que los rodeaba. La playa se extendía ante ellos entre dos paredes de roca y conducía hacia un camino de piedra. Al fondo de ese camino se alzaba un castillo de piedra oscura, tan alto que parecía perderse entre las nubes. Sorielenne supo que allí estaba el Primigenio.

Miró a los Cien Descarnados.

—Vamos —les dijo—. Iremos a por él. Todo aquel que quiera venir, que me siga.

Descalza, la reina elfa se adentró por el camino de piedra. Iba desarmada; sus únicas armas eran la rabia y el odio hacia el Primigenio. Los Cien Descarnados la siguieron: algunos de ellos tenían edades muy avanzadas y otros eran tan jóvenes que no habían llegado a alcanzar la adolescencia. La gran mayoría eran humanos, pero también había algún enano y gnomo, y ningún elfo. Todos llevaban armas; desde largas espadas de acero con fastuosas empuñaduras de oro, hasta pequeños cuchillos que más bien parecían hechos para cortar pan, pasando por lanzas, mazas, hachas, arcos, porras, hoces, palos de madera y un largo etcétera.

Turis Pantanonegro fue el siguiente en seguirlos, casi sin pensarlo. Tras él fueron Goldwin y los dos diarcas maeghenses. Todos ellos aún llevaban sus armas y Parnos Arteadas había incluso conservado su casco de acero.

Por detrás de ellos algunos soldados rasos se aventuraron a seguirles. Muchos cojeaban y se movían despacio, algunos estaban heridos y otros habían perdido sus armas y caminaban con las manos desnudas.

Sorielenne sabía que no sería fácil llegar hasta el Primigenio y que se encontrarían con muchos obstáculos. El primero de ellos se presentó al girar un recodo del camino de piedra y tenía forma de un alto Custodio encapuchado, que se alzaba ante ellos como una montaña impenetrable. Varios de los descarnados se lanzaron a atacarle, pero él los derribó de un simple manotazo. No los mató, pero le sirvió para alejarlos de su camino y poder acercarse a lo que realmente le importaba: alzó su mano derecha y trató de coger con ella el cuello de Sorielenne. Goldwin fue rápido: levantó su lanza y cortó de cuajo el brazo del Custodio. Del agujero que quedó en su túnica oscura empezó a manar un líquido negro, pero el Custodio no pareció sentir ningún dolor. Cuando intentó hacer lo mismo con el otro brazo, fue Turis Pantanonegro el que se abalanzó sobre él y le clavó una de sus hachas en el cuello. El Custodio cayó al suelo en mitad de un charco de ese extraño líquido negro y espeso que salía de sus heridas. Sorielenne continuó avanzando, pisando sin querer con sus pies descalzos la sangre del Custodio y dejando tras ella un sendero de huellas negras.

El grupo no volvió a encontrarse con más obstáculos hasta que llegó a las puertas del castillo. Pero allí les estaba esperando el Primigenio en persona, vestido con una larga túnica de color oscuro y rodeado por tantos Custodios que era imposible contarlos. Sorielenne se detuvo y todos los que iban tras ella la imitaron.

—¿Cómo osáis rebelaros contra mí? —aulló el Primigenio. Sin embargo, lo hizo sin borrar la sonrisa del rostro y eso a Sorielenne se le antojó lo más siniestro que había visto nunca—. Soy vuestro creador. Soy vuestro dios.

—Los pueblos de Celystra reclaman su libertad —le dijo Sorielenne, alzando la voz para ser bien oída—. Os la reclamamos de manera pacífica y no nos escuchasteis. Por eso ahora os la reclamamos de manera violenta.

La sonrisa del Primigenio se ensanchó.

—¿Creéis que tenéis alguna posibilidad contra mí, simples mortales? —dijo.

—Los Cien Descarnados están con nosotros —contestó Sorielenne. Pero el Primigenio rió.

—¿Los Cien Descarnados? —replicó—. ¿Os referís a esos seres que fueron despertados de su sueño eterno y que por eso ya no pueden morir?

El Primigenio alzó sus dos manos y, casi de manera instantánea, algo empezó a ocurrirles a los descarnados. Todos y cada uno de ellos comenzaron a convulsionarse, como si se estuvieran ahogando en el agua pese a encontrarse en tierra firme. Cuando dejaron de agitarse, los descarnados cayeron al suelo y quedaron inmóviles. Su piel había adoptado un siniestro color ceniciento parecido al de los cadáveres. Ninguno de ellos volvió a moverse.

Sorielenne observó aterrorizada los cuerpos inertes de los que hasta entonces había pensado que eran su salvación. «Los Cien Descarnados muertos —pensó—. Y eran los últimos descarnados que existían».

—Yo os di la vida —dijo el Primigenio, bajando sus brazos—. Yo os di la magia. Por lo tanto, yo os puedo quitar ambas cosas. Sorielenne Le Denise —dijo, mirándola directamente a sus ojos claros—, reina de los elfos. Sé que vos habéis sido la iniciadora de esta rebelión. Os castigaré a todos los que habéis participado, pero vos seréis la última, para que podáis ver cómo acaban aquellos que se intentan rebelar contra mí.

Los primeros fueron los diarcas de Maeghan. Dos Custodios les atravesaron con sus espadas con tanta rapidez que ni siquiera los maeghenses se dieron cuenta de sus muertes. Después le tocó el turno a Turis Pantanonegro, que murió de un profundo tajo en el cuello. El último fue Goldwin, traspasado desde la espalda por la espada de un Custodio.

«Todos han muerto por mi culpa», pensó Sorielenne. Pero mantuvo su expresión firme y serena; no quería que el Primigenio percibiera su alterado estado de ánimo.

—Ahora os toca a vos, Man Kissa —le dijo el Primigenio. Pronunció su tratamiento en elfo casi con burla—. Pero antes os diré algo: las represalias por lo que habéis hecho no se quedarán en vuestras muertes. Todos los pueblos de Celystra, ahora y en el futuro, recordarán este día y recordarán vuestros nombres, y lo harán con sus vidas.

Sorielenne quiso replicar algo, pero no tuvo tiempo. Primero sintió un agudo dolor en la zona del vientre y luego su vista empezó a nublarse, hasta que perdió la conciencia para siempre.



1.

Miles de años después, en Nandora…

Era el primer día de la Deshonra. Como cada año, Rella Sanadria se levantó aquella mañana con dolor de cabeza después de haber sufrido una noche entera cargada de pesadillas. Kendal, a su lado, todavía estaba durmiendo y roncaba suavemente. Rella se sentó en la cama y se peinó despacio su largo cabello oscuro con el cepillo que tenía sobre su mesita de noche. Sabía que en pocas horas sus sirvientas se encargarían de vestirla y peinarla apropiadamente, lo adecuado para el día que le esperaba. Sintió deseos de morir solo con pensarlo.

Ni siquiera la realeza podía escapar a la Deshonra. Para Kendal y Rella Sanadria, esa semana era especial no solo por lo que conllevaba, sino también porque como reyes de Nandora debían asistir al Eirenado todos los días para rendir homenaje al eirén y tenían que asistir en primera fila a la Ceremonia del Sacrificio. Lo mismo debía hacer su hija Veda ya que, pese a tener solo nueve años, era la princesa del país y debía representarlo ante el eirén igual que sus padres. La niña ya empezaba a ser consciente de lo que significaba la Deshonra, pero Rella aún podía recordar cuando solo tenía cinco o seis años y acudía al Eirenado sin comprender realmente qué estaba pasando.

Kendal Sanadria y Rella se habían casado con apenas dieciocho años. Lo que en un principio no era más que un matrimonio de conveniencia entre la familia real y una familia adinerada de Kada, se acabó convirtiendo en una bonita historia de amor que fructificó en el nacimiento de su única hija. Rella era feliz durante la mayor parte del año, pero cuando llegaba la semana de la Deshonra su felicidad se ensombrecía.

Una hora después, sus cuatro sirvientas la estaban ayudando a meterse en un estrecho corsé y una abultada crinolina, que luego cubrieron con un típico vestido nandoriense de mangas largas y cuello alto acabado con encaje. Peinaron su cabello en un alto recogido y lo adornaron con unas pequeñas perlas a juego con sus pendientes. Mientras tanto, en la habitación de Veda sus sirvientas estaban haciendo lo mismo. Cuando Rella salió de sus aposentos privados, Veda ya se encontraba en su sala de estudio, al otro lado del pasillo del segundo piso del Palacio Real. Le habían puesto un bonito vestido de color crema y sus rizos negros estaban recogidos a la altura del cuello con un delicado pasador de plata. Rella se sentó en una silla en la mesa frente a ella.

—¿Sabes qué día es hoy, Veda? —le preguntó, tras un profundo suspiro. La niña la miró con sus enormes y redondos ojos azules muy abiertos.

—Sí —dijo—. Es el último día de la Deshonra.

—¿Y qué pasa hoy? ¿Te acuerdas?

La niña volvió a asentir con la cabeza.

—Hoy el Primigenio dice un nombre —contestó.

—¿Y qué pasa con la persona cuyo nombre ha dicho el Primigenio?

—Muere —contestó Veda, como si estuviera recitando una lección de memoria—. Tiene que morir porque es el Sacrificio impuesto por el Primigenio.

Rella suspiró.

—¿Recuerdas por qué ocurre eso? —preguntó—. ¿Recuerdas por qué se celebra la Deshonra?

Veda volvió a asentir con la cabeza.

—Hace muchos siglos unos reyes se rebelaron contra el Primigenio —dijo.

—¿Quiénes fueron esos reyes?

La niña dudó un poco más ante aquella pregunta.

—Fueron… La reina de Adara, Sorielenne Denise…

—Le Denise —le rectificó Rella—. Es Sorielenne Le Denise. Ella fue la iniciadora, correcto. ¿Quién más?

—El rey gnomo, Goldwin —siguió recitando Veda—. El rey enano Turis… Pantano… ¿Pantanoscuro?

—Turis Pantanonegro —le aclaró Rella—. ¿Y quién más?

—Los reyes de Maeghan. Pero no me acuerdo de sus nombres.

Rella sonrió, pero fue apenas durante unos segundos.

—Parnos Arteadas y Sorthes Marthias. Y no son reyes, recuerda; el término apropiado es diarca.

—Los diarcas de Maeghan —dijo la niña, asintiendo con la cabeza.

—¿Y quién más participó en la rebelión? —preguntó Rella—. ¿No te acuerdas?

—Sí. —Veda asintió con energía, porque esa respuesta la sabía bien—. Los Cien Descarnados.

—Bien —dijo Rella—. ¿Y entiendes por qué hay que recordar sus nombres?

—Porque se rebelaron contra el Primigenio —explicó Veda—. Porque son considerados malditos y los causantes de la Deshonra.

—¿Y entiendes por qué debemos celebrar la Deshonra?

—Para recordar lo ocurrido, para honrar al Primigenio y para rogarle su perdón.

—¿Y entiendes por qué tiene que haber un Sacrificio?

Los ojos azules de la niña se desviaron un poco hacia la derecha, pero contestó:

—Porque debemos someternos a su voluntad, porque él fue nuestro creador. Porque debemos rogarle perdón y jurarle lealtad eterna. Y porque debemos acatar su castigo; porque la Deshonra es el castigo que nos impuso por la desobediencia de los reyes rebeldes.

Rella suspiró. Esas eran las palabras que todos los niños debían aprenderse casi de memoria desde bien pequeños, en cualquier rincón de Celystra.

—Muy bien —dijo—. Esta tarde tendrá lugar la Ceremonia del nombramiento del Sacrificio. Tendremos que ir al Eirenado. Y allí escucharemos el nombre.

Veda asintió con la cabeza. Rella observó con inmenso cariño la pequeña carita de su hija. Veda había heredado su rizado cabello negro y los enormes ojos azules de Kendal. Tenía lo mejor de cada uno de ellos.

—Madre —dijo la niña, alzando la cara y mirándola—. ¿Es verdad que el Primigenio y los eirenes pueden escuchar lo que decimos?

—Tal vez, hija —contestó Rella—. Es posible. Por si acaso nunca digas nada que suponga una ofensa para el Primigenio.

—¿Y si lo pienso?

Rella sintió que palidecía. «No, Veda, por favor, no se te ocurra nunca hacer algo así».

—Tampoco —dijo—. Tampoco lo pienses.

—¿Pueden escuchar nuestros pensamientos?

—No lo sé, hija. Pero es mejor que no pienses.

Veda suspiró. Le preguntó a su madre si podía salir a los Jardines Reales hasta que llegara el momento de ir al Eirenado. Rella le dio permiso, pero le recordó que siempre tenía que estar acompañada por un Guardia Azul. El que se encontraba en ese momento apostado en el pasillo exterior a la sala de estudio era Lanson Noelle y Rella le encomendó a él acompañar a la princesa a los jardines del palacio.

—Por supuesto, alteza —dijo él, inclinándose en señal de respeto. Rella también tuvo que inclinarse ante él porque Lanson Noelle, además de ser un miembro de la Guardia Azul, era un alto aristócrata. Era joven, aún no había cumplido los treinta años, y ya llevaba varios trabajando en la guardia personal de los reyes de Nandora. Eso no era lo habitual, pero Lanson contaba con la inestimable ventaja de ser alto aristócrata y de poseer el apellido Noelle.

La alta aristocracia era la clase social más elevada del país. Se suponía que su raza había sido la primera en llegar al territorio de lo que acabaría siendo Nandora. A esos primeros pobladores, de piel oscura, se les sumaron otros de piel más blanca y pálida; pero ellos nunca olvidaron que fueron los primeros, los fundadores. Para conservar la pureza de su raza, los altos aristócratas solo se casaban entre ellos y por eso no existía ninguno que no naciera con su característico color de piel oscuro, y los ojos y cabellos negros.

—¿Ya habéis estado en el cementerio? —le preguntó Rella al Guardia Azul. Sabía que Lanson iba al Cementerio de Kada todos los años el último día de la Deshonra.

—Esta mañana, alteza —le contestó él.

Rella sabía que en el cementerio Lanson visitaba las dos tumbas de sus padres, Bedno y Midia Noelle. Bedno Noelle había sido el padre de Lanson y Guardia Azul de Turo Sanadria, el padre de Kendal. Rella lo recordaba como un gigante de piel negra y sonrisa amable. Había muerto en un accidente de caza, dejando a una desconsolada viuda y a un niño pequeño. Midia Noelle, la madre de Lanson, falleció pocos años después. Lanson se quedó solo, pero, con el orgullo propio de los altos aristócratas, fue capaz de salir adelante y siguió los pasos de su padre convirtiéndose en Guardia Azul. Rella sabía que Lanson y Kendal se llevaban bien, aunque no eran amigos como lo habían sido sus padres en el pasado; Rella no creía que Lanson Noelle tuviera algún amigo.

El alto aristócrata volvió a inclinarse y se dio la vuelta, acompañado de Veda. Ambos anduvieron hacia la salida que conducía a los jardines, él con la capa azul que le daba nombre a la guardia real de Nandora ondeando a su espalda y ella con el borde de su vestido de color crema rozando el suelo de mármol.

Rella volvió a sus habitaciones y allí fue informada por una de sus sirvientas que Ivy Leth Vandanna estaba en el Palacio Real. Rella recibió a su amiga en la sala del trono, vacía en esos momentos. Ivy Leth Vandanna era su mejor amiga desde hacía muchos años. Cuando ambas se conocieron, Rella solo era una joven adolescente prometida con el joven heredero al trono. Ivy era elfa y, como tal, poseía una elevada longevidad y todavía mantenía el mismo aspecto joven que cuando Rella la vio por primera vez. Ivy llegó a Kada en calidad de embajadora de la reina elfa June Loth Aure y a Rella le cayó bien enseguida. Después de casarse con Kendal, ella e Ivy empezaron a hacerse amigas. Tras la muerte del rey Turo Sanadria y el ascenso al trono de su hijo y de Rella, ella y la elfa se convirtieron en amigas íntimas porque Rella ya no tenía tantas facilidades para hacer nuevas amistades.

La posición de Ivy en su país era casi tan elevada como lo era la de Rella en el suyo. Ivy no solo era la embajadora de la reina elfa, sino que acabaría siendo su heredera en el futuro. La herencia real en Adara pasaba solo a través de la línea femenina de la familia y la reina June no tenía hijas, únicamente un hijo varón, y ya no podía concebir más; por eso había decidido casar al príncipe y así asegurarse una heredera al trono. La candidata resultó ser Ivy gracias a la antigua amistad que unía a su madre con la reina June. Cuando Ivy le explicó todo eso a Rella, por aquella época ella era una jovencísima recién llegada al trono que todavía pensaba que llegar a ser reina era un sueño hecho realidad. Por eso se sorprendió cuando Ivy le confesó que en realidad ella no quería ser reina, o por lo menos no estaba muy segura de querer serlo.

La mañana de la ceremonia del Sacrificio, como cada año, Ivy y Rella dieron un largo paseo por los pasillos del Palacio Real. La elfa, como siempre, vestía espléndida con un calasiris típicamente elfo de color crema; a Rella le encantaban esos vestidos de seda ligeros y suaves, con pedrería incrustada en la falda o en la zona del escote, que solían dejar la espalda al descubierto. Además, Ivy sabía combinarlos con preciosas joyas, como en aquella ocasión que se había decantado por un collar de oro acabado en una pequeña cuenta de cornalina.

—Esta mañana he recibido una carta de la reina June —le explicó la elfa, mientras paseaban por los pasillos. Rella sabía que su amiga temía recibir el mensaje en el que la reina elfa le solicitara regresar a Adara para celebrar su boda con el príncipe. Miró a Ivy con la pregunta en los ojos, pero ella meneó la cabeza—. No, no era eso. Mira.

Ivy le mostró un pequeño trozo de pergamino. En él la reina June, en idioma común, le preguntaba por su estancia en Kada y se interesaba por el estado de Rella. La reina June y Rella eran también amigas; Rella la había conocido siendo todavía una niña, durante una visita que la elfa había hecho a Kada mucho antes de que Ivy fuera nombrada embajadora de Adara en la capital nandoriense. La reina June se hizo amiga de los padres de Rella, con los que intercambió una activa correspondencia hasta la muerte de ambos. A partir de entonces la reina elfa siguió manteniendo contacto con ella y nunca había dejado de hacerlo.

Rella leyó el mensaje entero. El último párrafo decía:

—«Espero que esta carta os llegue antes de la ceremonia del Sacrificio. O mejor, espero que os llegue después y ambas podáis leerla».

—Tan amable y considerada como siempre —comentó Rella con una sonrisa. En ese momento una persona se acercó hacia ellas por el pasillo. Con los nervios tan a flor de piel como estaba, Rella se sobresaltó, pero suspiró aliviada al ver que se trataba de Eseneth Arwell.

Eseneth era posiblemente la única persona en todo Celystra que vivía con relativa tranquilidad las horas previas a la ceremonia del nombramiento del Sacrificio; era la única persona que sabía positivamente que no podía morir porque ya estaba muerto.

—Rella, Ivy —les dijo, acercándose a ellas—. Hoy habéis madrugado mucho.

Apenas eran las ocho de la mañana, pero poca gente podía dormir bien en un día como aquel. Rella se sentía bien junto a Eseneth, pues de algún modo lograba contagiarle su tranquilidad. Él e Ivy eran sus dos amigos más íntimos, aunque desde su boda con Kendal, Eseneth también era un poco familia.

Eseneth Arwell era su nombre de soltero. Al igual que Rella, había entrado en la familia Sanadria por vía matrimonial, aunque en su caso había sido mucho antes que ella. Eseneth se había casado con la princesa Adena, hermana de Noshua Sanadria, rey de Nandora durante la segunda guerra que enfrentó a Nandora con el país vecino Diema, hecho que ocurrió durante los lejanos tiempos de la Edad Tardía. Eseneth participó en la guerra como mago guerrero junto con su cuñado el rey Noshua. Pero tras la última batalla solo el rey volvió a Kada vivo. Eseneth cayó en el campo de batalla atravesado por una lanza enemiga; solo tenía treinta años.

Su esposa, destrozada por el dolor, no pudo soportar la pérdida y decidió que no lo haría. Como el cuerpo de Eseneth había podido ser recuperado del campo de batalla, la hermana del rey localizó a un brujo superior llamado Secros que vivía por aquel tiempo en Kada, y le solicitó un arriesgado favor: quería devolver a Eseneth a la vida. Era una petición extraña porque despertar a los muertos era uno de los hechizos olvidados, algo que los brujos superiores ya no podían hacer. Ya antes de la rebelión de la reina Sorielenne habían dejado de tener esa facultad y por eso los Cien Descarnados que murieron en ella fueron de hecho los últimos descarnados de Celystra. Tras su muerte se consideró que los descarnados se habían extinguido para siempre.

Hasta que Adena Sanadria decidió resucitar a su esposo muerto. Secros había sido brujo desde niño y hacía ya bastantes años que había llegado a dominar también los hechizos superiores. Pero no podía invocar los olvidados, ningún brujo podía hacerlo y nadie sabía por qué. Había brujos que aseguraban que la culpa era del Primigenio que, atemorizado al ver que los brujos superiores estaban empezando a albergar un poder cada vez más parecido al suyo, había decidido arrebatárselo. Otros opinaban que no era más que una cuestión de evolución: se trataba de una habilidad que cada vez habían ido usando menos hasta que dejaron de usarla. Otros afirmaban que simplemente se les había olvidado, como quien olvida un nombre o una fecha. Fuera cual fuera el motivo, la realidad era que los brujos superiores ya no podían resucitar a los muertos y Adena Sanadria debería conformarse con ello y resignarse a perder a su esposo.

Pero no lo hizo e insistió para que Secros obrara el milagro. Dicen que el brujo, atribulado, hizo el siguiente comentario cuando la princesa le insistió:

—Si consigo crear un descarnado después de tantos siglos me levantarían una estatua de oro.

Al final Secros lo consiguió. Nadie llegó a saber cómo lo hizo, pero lo consiguió. Eseneth volvió a la vida convertido en un descarnado: un ser ni vivo ni muerto, sin la necesidad de alimentarse, ni respirar, ni dormir. Se convirtió en el único descarnado de todo Celystra y Secros en el primer brujo superior en siglos capaz de recuperar uno de los hechizos olvidados. En efecto, le levantaron una estatua, aunque no fue de oro sino de bronce batido, que se perdió entre los pasillos del Palacio Real de Kada.

Eseneth vivió con su esposa hasta que ella murió. Secros también había muerto años atrás y no existía ningún otro brujo superior capaz de igualar su hazaña. El propio Eseneth no podía hacerlo tampoco, pues como mago solo podía usar la magia elemental pero no la negra. Los reyes tampoco pudieron ayudarle y, por mucho que buscaron, no encontraron a ningún otro brujo. Al final, el cuerpo de Adena empezó a descomponerse, impidiendo así poder devolverle la vida. Y Eseneth se convirtió en un mago inmortal solo.

Desde entonces se había mantenido junto a la familia Sanadria. Cuando Rella le conoció ya estaba casada con Kendal y para ella fue una auténtica sorpresa conocer a un hombre cuyo nombre aparecía en los libros de historia.

—Ya no debe faltar mucho —comentó Eseneth, observando por una de las ventanas el sol situado en lo alto del cielo—. Pronto el Eirenado empezará a llenarse de gente. Y vosotros deberéis llegar los primeros.

Rella suspiró.

—Iré a avisar a Veda —dijo—. Nos vemos allí.


El Eirenado se encontraba en la zona oeste de Kada, justo al final de un largo paseo que desembocaba en una amplia plaza donde se abrían los escalones que conducían hacia la puerta doble de bronce que daba acceso al templo. Desde el Palacio Real había que cruzar todas las calles en línea recta y atravesar la Plaza del Agua, y en apenas quince o veinte minutos se llegaba al Eirenado.

Era un edificio grande, de forma rectangular y dotado de varios pisos. Se decía que había un jardín en el interior, aunque pocos lo habían podido ver. La ceremonia se solía celebrar en el salón central del templo, rodeado de altas columnas adosadas a las paredes de mármol. Era la estancia más grande del Eirenado ya que debía albergar a cientos de personas.

El Eirenado era el lugar de residencia del eirén y había uno en cada país. Desde allí, los eirenes revelaban el nombre del Sacrificio que el Primigenio les confiaba. Después de eso, él se desentendía de la situación. El Primigenio no llevaba a cabo el sacrificio. Se trataba de una prueba que imponía a las gentes de Celystra, era una muestra del respeto y del temor que debían sentir hacia él.

El salón principal del Eirenado no tardó en llenarse de gente. Los reyes y la princesa ocupaban un lugar especial, junto con la embajadora elfa Ivy Leth Vandanna. El rey se había ataviado con un elegante jubón largo de cuero de color dorado y una capa de terciopelo de color morado que caía sobre sus hombros. Rella había optado por un vestido típico nandoriense, de cuello alto y mangas largas y ajustadas, con un apretado corpiño hasta la cintura y una amplia crinolina que hacía que la falda abultara el doble de lo normal. Sus cabellos oscuros también los había peinado siguiendo la moda de Nandora, retirados hacia la parte de atrás de la cabeza y recogidos tras una cofia adornada con pequeñas piedras preciosas. Veda se encontraba entre ellos, con un vestido parecido al de su madre, pero sin crinolina, y con los cabellos negros cayéndole en suaves tirabuzones sobre sus hombros. Por ser una ocasión especial los reyes llevaban sobre sus cabezas sus coronas reales; la de él más grande y adornada con rubíes y amatistas, la de ella más delicada y fina y cubierta por pequeñas piedras brillantes.

Junto a ellos se encontraban los miembros de su Guardia Azul. Lanson Noelle, como era obligado, estaba entre ellos. Todos vestían con su característica capa de color azul oscuro. Cerca de la familia real también se encontraba Eseneth Arwell Sanadria, con aspecto serio y casi aburrido. Por detrás de la familia real y de la Guardia Azul estaban los miembros del Consejo Real. Entre el grosor de la gente, cerca de la puerta principal del templo, Rella vio a Shaleen Earland. Aunque ella no la conocía demasiado, sabía que era amiga de Ivy. Rella sabía que solía vestir con pantalones y botas de cuero, ya que era cazadora y esas eran las ropas más cómodas y adecuadas para tal profesión, pero para la ceremonia se había vestido con un sencillo vestido de algodón. Sus mangas cortas permitían ver los tatuajes que recorrían sus brazos. Ivy se giró y miró a Shaleen, dedicándole un saludo con un gesto de la cabeza, y Shaleen le contestó alzando la mano derecha.

El eirén causó un gran revuelo al entrar en la sala. Se trataba de un revuelo silencioso, pues tanto él como sus acompañantes destacaban por su silencio y su quietud. Al fondo de la sala había unas escaleras que conducían al segundo piso del templo y desde allí bajó el grupo compuesto por el eirén y sus acólitos. Luego avanzaron por el pasillo de mármol de color perla, de manera tan silenciosa que solo se escuchaba el leve roce de sus ropas al tocar el suelo. Todos los acólitos vestían de blanco y llevaban unas capuchas que ocultaban sus cabezas pero dejaban visibles sus rostros, serios e impasibles. En su centro la figura del eirén llamaba más la atención: sus blancos ropajes le cubrían desde la cabeza hasta los pies. Su cara también estaba oculta con una prenda de seda de color gris perla, que formaba una máscara que solo dejaba visibles sus ojos. Nada más hizo acto de presencia todos los presentes se inclinaron ante él.

Las rodillas de Rella temblaron al inclinarse ante el eirén. Veda tardó un poco más en hacerlo, pero un ligero empujón en su brazo derecho por parte de Ivy le hizo recordar que siempre debía inclinarse ante el hijo del Primigenio. Toda la sala estuvo unos largos segundos en actitud de sumiso respeto. Rella, como siempre, hizo todo lo posible por mantener sus ojos clavados en el suelo, pero al final tuvo que alzarlos y observó al eirén.

Los eirenes eran seres misteriosos y enigmáticos, que lograban causar a la vez interés, miedo y desprecio. Su trabajo era ser los ojos del Primigenio en el mundo. Como él vivía apartado de su creación, necesitaba ojos y oídos que le informaran de rebeldías. Aunque nadie sabía con seguridad cómo habían sido creados, sí que se sabía que eran sus hijos. Los eirenes eran siete, uno por cada país. Estaban obligados a honrar a su padre y a informarle de todo lo que acontecía en Celystra. Todos debían llevar el rostro oculto por expresa orden de su padre, que no quería que la gente les reconociera. Todos debían vivir en el templo al que él les había destinado y no podían salir del país al que habían sido asignados. Y todos debían llevar el Amuleto. A primera vista parecía un simple colgante acabado en un medallón redondo laminado en oro; no tenía dibujo alguno sino únicamente un pequeño y redondo rubí engarzado en el centro. Pero no era un simple objeto decorativo; el rubí engarzado había sido creado por el Primigenio y él le había otorgado la magia necesaria para poder ver a través de él. Todos los eirenes tenían un Amuleto y siempre debían llevarlo puesto.

Cuando era pequeña Rella pensaba que tanto los eirenes como el Primigenio eran seres inmortales, pero se sorprendió mucho al descubrir que no era así. Todavía recordaba el comentario de Veda al enterarse también de ello.

—¿Entonces se pueden morir? —quiso saber.

—En realidad, no —le había explicado Rella—. Ni el Primigenio ni los eirenes son inmortales, pero tampoco pueden morir por medios naturales. Sus funciones vitales no se ven alteradas ni por enfermedades ni tampoco por vejez. Pero pueden morir por causas violentas.

—Entonces… ¿entonces se les puede matar?

Rella todavía se estremecía al recordar esas palabras pronunciadas en boca de su hija. «Matar al Primigenio… Matar a los eirenes… Veda, nunca vuelvas a decir eso. Ni lo pienses siquiera». Pese a todo, tuvo que contestar que sí, pues era la verdad.

El grupo compuesto por el eirén y sus acólitos se dirigieron a la parte norte del gran salón, subieron unos peldaños de granito negro y se quedaron allí, quietos y a la espera. Los acólitos rodeaban al eirén como las nubes rodean al sol en un día nublado. Cuando por fin habló no lo hizo él mismo; se inclinó junto a uno de sus acólitos, una joven alta y de rasgos delicados y finos, y le susurró algo al oído. La joven acólita fue la encargada de pronunciar las fatales palabras que todo el mundo estaba esperando.

—El Primigenio ha pronunciado un nombre —dijo. Los minutos que transcurrieron hasta que la acólita volvió a hablar se asemejaron a horas. Rella cerró los puños y esperó—. El Primigenio ha escogido a Veda Sanadria.

La princesa escuchó su nombre, pero no reaccionó de ningún modo. Kendal y Rella, conscientes de que cualquier actitud contraria al Primigenio podía ser considerada traición, tampoco mostraron emoción alguna. Pero Kendal palideció y el corazón de Rella dejó de latir de golpe.

«Se acabó —pensó ella—. Mi vida ya ha terminado».


Como cada año, el sacrificio se produciría por la noche. Hasta ese momento el elegido debía permanecer junto a los acólitos del eirén, que lo debían preparar con las vestiduras apropiadas. Luego, poco antes del sacrificio, podría pasar unos minutos a solas con sus seres queridos para despedirse. La muerte solía realizarse con un rápido y eficaz tajo en el cuello.

Como marcaba la tradición, Veda había sido llevaba con los acólitos. Los reyes habían tenido que volver al palacio. Kendal estaba mudo y Rella se sentía como si estuviera soñando y fuera a despertar en cualquier momento. «Por favor, quiero despertar. Debo despertar. Esto no puede estar pasando».

A su entrada en el Palacio Real les abordó un hombre de expresión orgullosa y porte altivo, que pese a todo se inclinó ante ellos con fingida ceremonia. Rella sabía que había estado también en el Eirenado, seguramente muy cerca de ellos, pero no estaba segura de haberlo visto. Era Maiwen Arezo, uno de los miembros del Consejo de Kendal y amigo suyo.

—Alteza —dijo, acercándose al rey. Le palmeó un hombro como si con eso fuera a cambiar lo ocurrido. Rella cerró los puños para no estrellarle uno de ellos en su fina y blanca cara.

A Rella nunca le había caído bien Maiwen Arezo. Tal vez fuera debido a sus antecedentes familiares. Los Arezo habían sido la dinastía reinante en Nandora desde los Años Antiguos hasta los Años Oscuros, cuando tuvo lugar la primera guerra entre Nandora y Diema. Dicha guerra enfrentó al rey Teegros Medas de Diema y al rey Ollen Arezo de Nandora, que sería conocido para la posteridad como el último rey Arezo. Las causas de la guerra fueron territoriales, pues Diema ambicionaba un territorio en la frontera de ambos países que pertenecía a los nandorienses. Nandora perdió la guerra y se vio obligada a aceptar un acuerdo con Diema que le perjudicaba, pues le hacía perder muchos territorios. La Asamblea aún no tenía la fuerza que adquiriría más adelante, pero mostró abiertamente su descontento con la actuación del rey y lo mismo hicieron el ejército y la mayor parte de la alta aristocracia del país. Por eso, cuando Phelann Sanadria, perteneciente a una antigua y noble familia de Kada, decidió dar un golpe de estado y hacerse con el poder, todos le apoyaron. Ollen Arezo cayó en desgracia, pero Phelann Sanadria fue generoso con sus descendientes, a los que permitió incluso vincularse al gobierno siendo miembros de su Consejo Real o de la Asamblea.

Tal era el caso de Maiwen Arezo. Maiwen era el único miembro vivo de los Arezo, dado que no tenía descendientes y sus padres ya habían muerto. Era consejero de Kendal y también participaba activamente en la Asamblea. Ciertas personas, entre ellas Rella, le habían aconsejado al rey que no se fiara en exceso de él pues sospechaban que ambicionaba algo más, pero Kendal siempre había desoído esas advertencias. Rella estaba convencida de que Maiwen Arezo estaba esperando el momento adecuado para actuar y arrebatarle el trono a su marido; estaba tan convencida como de que el sol brillaba en el cielo de día y se escondía por la noche.

«Y puede que este sea el momento adecuado».

—Lamento mucho que haya sido vuestra hija, majestad —les dijo, y añadió—. Pero debéis recordar que ha sido decisión del Primigenio. Debéis acatar sus deseos.

Otra cosa por la que era conocido Maiwen Arezo era por su incuestionable fe y adoración hacia el Primigenio. En su caso no era el miedo lo que le hacía adorarle sino una fe inquebrantable y poderosa.

—Gracias por vuestras palabras, señor Arezo —dijo Rella, intentando no parecer demasiado sarcástica—. Como siempre, sabéis qué decir y cuándo decirlo. Si me disculpáis, me gustaría estar en mis habitaciones a solas.

Rella casi corrió por los pasillos del palacio, sujetando la larga falda de su vestido para no tropezar. Ignoró las llamadas de sus sirvientas y de los Guardias Azules, y se encerró sola en su dormitorio, cerrando con llave las puertas tras ella. Entonces fue cuando empezó a llorar. Lloró amargamente durante un largo rato, varios minutos o tal vez horas, hasta que los ojos se le secaron.

«Mi niña, mi pequeña —pensaba entre lágrimas—. Voy a perderla para siempre. Y no puedo hacer nada para evitarlo…».

Pero entonces se le ocurrió un terrible pensamiento. En realidad, sí podía hacer algo para evitarlo. Era algo totalmente descabellado y muy peligroso, pero la vida de su hija merecía tal riesgo. No podía concebir dejar morir a su hija por una rebelión ocurrida tantos siglos atrás que solo se conocían los hechos a través de los libros de historia.

En cuanto la idea asomó a su mente, Rella no lo pensó mucho más y tomó la decisión de manera rápida: decidió que salvaría a su hija, aunque eso conllevara rebelarse contra el Primigenio. Sin embargo, sabía que ella sola no podría hacer nada, así que estuvo durante un buen rato elaborando un plan. Tenía miedo de que el eirén o el propio Primigenio pudieran escuchar sus pensamientos, pero seguía creyendo que era un riesgo que debía asumir. Si tenía que arriesgar su vida, prefería hacerlo buscando la manera de salvar la de su hija.

Al cabo de un rato se le ocurrió un plan que consideró perfecto, o por lo menos el único viable de llevarse a cabo. Pero para hacerlo antes debía hablar con mucha gente. Salió de su dormitorio como una exhalación y se acercó a un grupo de sirvientas que pululaban nerviosas por el pasillo.

—Alteza, ¿os encontráis mejor? —le preguntaron. Por toda respuesta, Rella les preguntó por Ivy; les preguntó si aún se encontraba en el Palacio Real o ya se había marchado a su casa. Sus sirvientas le explicaron que la elfa todavía estaba en el palacio pues había querido esperar para poder hablar con ella.

Rella encontró a Ivy cerca de allí, en uno de los pasillos que conducían a su dormitorio.

—Rella, lo siento mucho —le dijo la elfa en cuanto ambas se encontraron—. No sabes cuánto lamento que…

—No hay tiempo —le apremió Rella—. Ven, vamos a mis aposentos privados. Allí estaremos más seguras.

Ivy no comprendió sus palabras.

—¿Seguras? —repitió—. ¿Por qué?

Rella no le dio más explicaciones, pero Ivy tampoco preguntó. La reina anduvo hasta su dormitorio y la elfa la siguió, obediente. Rella caminaba deprisa, arrastrando el borde de su largo vestido de color caoba por el suelo, y la elfa la seguía lo más rápido que podía con su calasiris blanco ondeando tras ella. Una vez estuvieron en los aposentos reales, ambas se sentaron en un sillón cubierto con cojines de pluma de oca y Rella se apresuró a explicarle su plan. Lo hizo de manera tan rápida y concisa que solo le bastó una frase:

—Te llevarás a Veda a Adara para que no sea sacrificada.

Ivy parpadeó al escuchar esas palabras. Su confusión y estupefacción eran tan grandes que no fue capaz de hablar. Rella suspiró y explicó:

—He decidido salvar a Veda. No pienso permitir que sea sacrificada por un hecho que no tuvo nada que ver con ella. Tiene solo nueve años, no es más que una niña. Hasta hace unos días no entendía del todo qué era la Deshonra y el Sacrificio. ¿Por qué debe morir ella?

Ivy palideció y enrojeció a partes iguales.

—Rella… ¿Y si el Primigenio nos escucha y…?

—En ese caso me arriesgaré —dijo Rella con determinación—. Que me acuse de rebeldía y me mate, si quiere. Pero creo que es un riesgo que merece la pena asumir para intentar salvar la vida de mi hija.

Ivy suspiró. Se miró sus manos, blancas y pálidas, apoyadas sobre las rodillas.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Mientras Veda siga en Kada no podremos salvarla —le explicó la reina—. Deberá huir lejos y, a poder ser, a un sitio donde sea bien recibida. Supongo que entiendes que lo que quiero hacer será considerado como rebeldía.

—¿Por eso has pensado en Adara?

—La reina June es mi amiga —siguió diciendo Rella—. Además, es tu reina y será tu suegra en poco tiempo. Estoy segura de que accederá a ayudarnos.

—Pero, ¿y si no quiere? —quiso saber Ivy—. ¿Y si decide que es demasiado arriesgado y no permite que Veda entre en Adara?

—Tú harás que lo permita —dijo Rella de manera rotunda—. Eres una persona de extrema confianza para ella, Ivy. Igual que lo eres para mí. Te aseguro que me duele muchísimo ponerte en tal apuro; sé que si aceptas estarás tan en peligro como lo estaré yo. Pero confío en ti como si fueras mi hermana, ya lo sabes. En este palacio no existe otra persona en quien confíe más.

—¿Lo sabe Kendal? —preguntó de pronto Ivy, como si se le hubiera acabado de ocurrir.

—Aún no. Quiero explicárselo cuando ya no haya marcha atrás. Es una idea que se me ha ocurrido solo a mí, Ivy. A Kendal jamás se le habría pasado por la cabeza hacer algo semejante, aunque sé que cuando se lo explique me apoyará y comprenderá que era lo que debíamos hacer.

Ivy no dijo nada. Permaneció callada, todavía con las manos sobre las rodillas.

—¿Qué me dices, amiga? —le preguntó Rella—. ¿Vas a ayudarme a salvar a Veda?

Aunque Rella no podía leer la mente, sabía perfectamente lo que estaba pasando en la cabeza de Ivy. La elfa tampoco quería que la princesa muriera, pero tenía mucho miedo. Miedo del Primigenio, de los eirenes, de que la reina June les diera la espalda…

—¿Y qué pasará una vez en Adara? —quiso saber Ivy—. Suponiendo que la reina nos dejara entrar… ¿Qué haré con Veda en la isla?

—El Primigenio solo podrá saber dónde se encuentra Veda si los eirenes lo saben y se lo dicen —dijo Rella.

—Pero en Adara también hay un eirén —observó Ivy.

—Deberéis conseguir que nunca descubra la presencia de Veda.

—¿Y si no lo conseguimos?

—Al menos lo habremos intentado —repuso la reina—. No pienso dejar morir a mi hija sin luchar.

Ivy suspiró.

—Pero, ¿cómo voy a proteger yo a la princesa? —replicó—. Es posible que en cuanto descubran su marcha envíen a alguien a por ella. Yo no sé luchar, no sabría defenderla.

Rella asintió con la cabeza.

—He pensado en ello —dijo—. Voy a intentar convencer a ciertas personas para que te acompañen en tu viaje.

Ivy asintió con la cabeza.

—¿Puedo preguntar algo, Rella?

—Por supuesto.

—¿Esto es un ofrecimiento o es una orden?

Rella miró a la elfa y le tomó las manos sobre sus rodillas.

—Me gustaría decir que es un ofrecimiento que tú aceptarás porque eres mi amiga y deseas salvar la vida de mi hija tanto como yo. —Rella calló y permaneció unos segundos en silencio. Luego añadió—. Pero no es una orden. No podría ordenarte hacer eso. No podría dejar la vida de mi hija en manos de alguien que realmente no quiere salvarla.

Ivy asintió con la cabeza.

—Rella —dijo—, yo realmente quiero salvar a Veda. Es casi como una hija para mí, igual que tú eres casi como una hermana. Haré lo que me pidas y lo intentaré hacer lo mejor que pueda, pero yo no soy especialmente valiente y no sé si…

Pero Rella la interrumpió.

—Tú sí que eres valiente, Ivy —le dijo—. Eres mucho más valiente y capaz de lo que tú misma crees. —Como Ivy intentó replicar, Rella añadió—. Los elfos crecéis más despacio que los humanos porque vivís muchos más años y por eso tal vez aún no te has dado cuenta de tu verdadero ser. Pero cuando lo hagas, verás que eres capaz de hacer cualquier cosa que te propongas.

Ivy titubeó, pero no dijo nada.

—Si conoces a alguien que te pueda ayudar y con la que te sientas segura haciendo este viaje, se lo puedes pedir —le dijo Rella—. Mientras sea de confianza, no me importa. Si tú confías en ella, yo también lo hago.

Ivy asintió con la cabeza.

—Está bien —dijo, al fin—. Lo haré. Claro que lo haré. Por lo menos, haré lo que pueda.

—Gracias, Ivy —le dijo Rella, abrazándola—. El sacrificio será esta noche. Antes podré pasar unos minutos a solas con Veda para despedirme. Entonces tú y tus acompañantes deberéis estar listos para llevárosla. Yo me encargaré de que encontréis el camino despejado.

Las dos se despidieron. Ivy volvió a su casa para prepararse para la aventura que la esperaba. En cuanto a Rella, continuó reclutando a gente para su misión. Cuando le había dicho a Ivy que pensaba convencer a ciertas personas, en realidad únicamente estaba pensando en dos.

La primera persona en la que pensó fue en Eseneth. Era un Sanadria como ella, por lo que Veda era también su familia. Era un mago excepcional y un descarnado, con lo que el miedo a la muerte no le atormentaba. Sería un candidato perfecto para proteger a Veda durante su viaje hasta Adara.

Se encontró con el mago en los jardines del Palacio Real; el sol ya se estaba empezando a poner y pudieron hablar bajo los árboles sin ser vistos ni oídos. Cuando le explicó su plan lo único que Eseneth le preguntó al respecto fue cuándo y dónde. Rella no le contestó enseguida, sino que le insistió en lo peligroso de su empresa.

—El Primigenio lo considerará un acto de rebeldía —le dijo.

—Lo sé —replicó el mago—. Repito: ¿cuándo y dónde?

—Es muy arriesgado —insistió Rella. No quería sentirse culpable si después Eseneth salía mal parado de algún modo—. Todos vamos a poner nuestra vida en peligro.

—¿Vida, dices? —repuso Eseneth—. Yo ya no tengo de eso. Pero Veda sí. El Primigenio no debería haber elegido a una niña de nueve años, mucho menos siendo de mi familia. Así que insisto: ¿cuándo y dónde?


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