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LA JUSTICIA DE LAS HADAS



















Eduardo Sanz Godoy































A mi madre, te estoy agradecido más

de lo que pueden expresar las palabras.



















Índice

Capítulo I …………………El Comienzo

Capítulo II…………………Al día siguiente

Capítulo III ………………..El día a día

Capítulo IIII.……………….Tiempo después

Capítulo V...……………….Al día siguiente

Capítulo VI..……………….Todo fluye

Capítulo VII.……………….Al día siguiente, otra vez

Capítulo VIII.………………De amores y desamores

Capítulo IX…………………Elecciones

Capítulo X....………………De vuelta a la vida real

Epílogo……..………………Un comienzo













































El dinero puede mover el mundo…

pero es el Amor el que lo inspira.







El COMIENZO



Son cosas que pasan



— ¡Quieres dejarme en paz! ¡¡Estoy viendo el partido, por lo que más quieras!!—dijo el futuro padre, que no lo sabía todavía, y vivía bien en la ignorancia. —¿Para qué quieres hablar conmigo?

Lo dijo con tono despectivo.

—¡Es que es muy importante! - dijo la futura madre, angustiada, que hasta ahora sólo se preocupaba de vestidos y chicos, de tiendas y chicos, y del espejo y chicos. — Tenemos que hablar.

—¡Pero si es la final! — declaró hastiado el joven— ¿Qué puede ser tan importante como para que no me dejes ver el puto partido?

Y cogió el mando de la tele, subió el volumen de la tele y se incorporó sobre la silla para ver mejor, haciendo como que ni siquiera veía a su novia, quien, sin saberlo, había perdido gran parte de su interés al tener sexo con él. Que es lo que quería el inconsciente del padre; rememora con rencor recién descubierto la madre… Tantas veces se lo pidió él, que había terminado cediendo hacía casi ocho semanas largas. Encima, no fue gran cosa, fue visto y no visto. Apenas se enteró de nada. ¡Para eso tanta insistencia! Y lo peor de todo es que él le echó la culpa de que durara tan poco: estuvo culpándose, creyéndose indigna durante una semana. Que era cuando se suponía que debía llamarle la Señorita de Rojo (como su madre llamaba la menstruación)… pero no llegó esa semana, y eso que ella era un como un reloj atómico de preciso. Ni las siguientes, tampoco. Y ya ni lo esperaba.

Tenía tanto miedo que incluso tuvo que fingir con zumo de tomate que había manchado la ropa interior y la cama, para que su madre no sospechara que había tenido relaciones sin siquiera graduarse en secundaria.

Iba en contra de todo lo que su madre le había enseñado: no tener sexo hasta, por lo menos, la universidad. Y si acaso tenía por entonces novio; usar protección siempre.

Pero no. Ella cedió, lo recuerda perfectamente. Y el no quiso protección. Y volvió a ceder, contra consejo materno. Hasta transigió con la idea de la marcha atrás. Total, sólo era la primera vez. ¿Qué podría pasar?

Pero pasó. Y ahora estaba metida en un lío mayúsculo. Y por primera vez, miró con ojo crítico a su “pareja” (antes le parecía muy mono): era un niñato que todavía soñaba con ser jugador de fútbol algún día, contra todo pronóstico, falta de habilidad incluida.

Y allí estaba ella. Sola. Queriendo confesárselo a su madre; y que le dijera que no había problema, que todo se arreglaría.

El imbécil del padre de la criatura jaleando y preocupándose más por los jugadores de su equipo favorito, quienes ni siquiera sabían de la existencia de este idiota, que pensar en su novia, piensa ella.

—Por el amor de Dios, ¡escúchame! —dijo ella, la decepción propia encarnada.

Él tardó un poco en responder, hasta que la jugada terminó sin peligro para su querido equipo.

—Pero, ¿qué quieres, Marisa? —dijo él, empezando a rabiar por dentro. —¿Qué es tan importante que tienes que venir a casa de mis padres, deprisa y corriendo? Y encima el día de la final, ¡qué oportuna!

Ella quiso llorar, pero se sobrepuso al impulso.

—Sólo quiero hablar contigo un momento. Es algo serio, y necesito que me prestes atención—concluyó. A medida que pronunciaba las palabras recuperó parte, no todo, pero al menos parte de su aplomo.

Buscó con la mirada el mando a distancia del televisor. Lo encontró encima de la mesita de noche del dormitorio, y estaba, cómo no, cerca de donde estaba su novio-hasta-ahora (no tenía mejores palabras para describir su relación en estos momentos). Dio dos pasos, decidida, y cogió con displicencia el dispositivo. Así, de ese humor, apagó el aparato. El sonido que informaba del apagado resonó por toda la habitación. Tomó aire, esperó un momento, y le soltó la bomba:

—Se me ha retrasado. —el efecto no fue el esperado.

—¿El qué? —y entornó los ojos, hastiado.

Ella pensó que no podía ser más estúpido. Así que, se armó de paciencia y empezó de nuevo:

—No me ha venido la regla todavía desde que lo hicimos—ya está, lo soltó al fin.

—¿Y qué me quieres decir con eso? —desde luego, no era un lince, pensó ella.

—Que lo más probable es que esté embarazada, ¿es que tengo que hacerte un esquema? —dijo ella, exasperada.

—Pero, ¿pero ¿cómo? ¿cuándo? —las preguntas se le agolpaban.

—Pues, por el método habitual. Y en cuando al cuando… ¿Te acuerdas hace casi dos meses, que me dijiste esas cosas tan bonitas? Pues entonces—más claro no se lo podía poner.

—Pues ya puedes ir abortando… Si es verdad, claro. Porque podrías estar liándome, aunque no sé para qué—escéptico.

— ¿Pero ¿qué dices? ¿Cómo puedes decir eso? —ya estaba, un poco más, e iba a llorar de impotencia.

—Podría ser otro el padre, por lo que sé.

—¿Qué insinúas? ¿Qué voy por ahí acostándome con todos los que me encuentro? —ya era demasiado, no podía aguantar a este niñato.

—Lo que digo es que por una única vez que se haga, no es lo que suele pasar. No es posible que pase con sólo una vez que lo hagas. O sea que tuvo que haber otro, u otros.

—Vaya, ahora eres un experto en estadística.

—No es eso… Es que es difícil de creer.

—¿Y por eso tienes que decir cosas tan horribles? ¿Tienes algún control sobre lo que dices? Déjame adivinar: eres gilipollas y la tienes pequeña.

—Sin faltar, guarra.

Fue inmediato. Ella le abofeteó tan fuerte que dejó la marca de su anillo de acero. Él reaccionó y la abofeteó a su vez. Marisa cayó en la cama.

Ella gritó de rabia.

—¡Cállate, te van a oír mis padres! —la agresividad en Mario, desapareció de pronto.

—¡Que me oigan, cabrón! —espetó ella.

Se oyó ruido en la sala y el sonido de pasos hacia la habitación.

—Mario, hijo, ¿estás bien? he oído ruido—preguntó el futuro abuelo.

Mario le tapó la boca a Marisa y contestó.

—Estoy bien, ¡es sólo que a Marisa le ha asustado una abeja que ha entrado por la ventana! — improvisó.

—Pues me ha parecido ruido de pelea—dijo incrédulo el padre de Mario.

—¡No ha sido nada, papá, descuida! —tranquilizó a su padre.

Su padre arqueó una ceja.

—No estaréis haciendo nada raro, ¿no?

—¡Pues claro que no! Cómo eres...—fingió estar escandalizado Mario.

—Bueno, de acuerdo. ¡Pero avisa si queréis beber algún refresco o alguna otra cosa!

—¡Vale gracias, papá, pero no queremos nada! —se giró hacia Marisa—¡No quiero que vuelvas nunca por aquí! —le espetó con frialdad.

La impotencia, en Marisa, dio paso a la rabia, pero pudo más el desprecio. Un desprecio hacia todos los hombres.

—¡Claro que no! ¿Quién querría?

Los siguientes segundos fueron dolorosamente silenciosos. Ella se incorporó de la cama con toda la dignidad que pudo reunir, se fue hasta la puerta y se giró hacia Mario.

—¡Pero que sepas que eres el padre! —declaró y cerró la puerta.

Salir a la calle le permitió respirar un aire más puro y no el viciado ambiente de la habitación de Mario, que apestaba a macho en celo, si tal cosa existe.

El olor a mojado se notaba en el ambiente y en las hojas de los árboles se acumulaba el rocío. Se preguntó si había alguna manera de arreglar la mañana, que estaba siendo penosa, como poco.

Sin darse cuenta, llegó al parque. Observó a los niños alimentar a las pálidas palomas que se atrevían a comer de la mano de seres humanos. Pequeños, pero seres humanos, al fin y al cabo. Su humor mejoró poco a poco. Para ser domingo, había tranquilidad en el parque, pensó mirando alrededor.

Lo que más le llamó la atención fue una madre limpiando los mocos a un niño, siendo madre e hijo rubios. Antes no se hubiera fijado en una escena tan cotidiana, pero algo había cambiado en ella. Era algo nuevo: era la búsqueda de un futuro en cada situación. Por primera vez en su vida, pensó de forma realista en su porvenir... Y lloró. Empezó con un gemido que surgió de lo más profundo de su decepción, hasta llenarle los pulmones. Las lágrimas llegaron enseguida. El niño rubio la oyó y se acercó para preguntarle.

—¿Estás triste? Si quieres, ¡Puedes jugar conmigo! —ofreció.

Marisa levantó la vista. Con una punzada en su cerebro, descubrió que, pasara lo que pasara, no se podía permitir pensar en ningún juego. Ya no. Sus acciones le habían empujado incruentamente a la vida adulta. Sobrevivir tenía eso. Se paga un precio al crecer antes de tiempo.

—No puedo, es sólo que...—otro gemido.

Al niño lo detuvo eso.

—Bueno, si no quieres, al menos ¡alégrate, es Domingo y mañana no hay cole!

—¡Tienes razón! —dijo fingiendo estar contenta de repente—pero no puedo, me tengo que ir.

El niño se despidió y volvió con su madre.

Marisa entonces reflexionó sobre por qué el mundo cambiaba las reglas al crecer. ¿Porque no jugar toda la vida? La conclusión fue repentina.

—Los niños no tendrían qué comer—musitó.

Se levantó y siguió con sus cavilaciones. Bajo el punto de vista adecuado, el mundo gira alrededor de las necesidades de los niños. Aunque lo mueva el dinero. Lo que le llevó a su situación, ¿cómo podría educar a un niño o a una niña, darle lo que necesite, si sólo era una estudiante de secundaria embarazada? Sus padres criticaban a aquellos que, prematuramente, querían crecer. Sostenían que todo tiene un proceso, para que la vida fuera feliz y productiva, tenían que cumplirse unos requisitos determinados a cada momento. Esa forma de pensar era originaria de sus abuelos, que se lo habían pasado a sus hijos. Y éstos se casaron con personas que pensaban igual, para evitar contradicciones al educar a sus hijos.

Y, a pesar de todas las precauciones, Marisa patinó en lo más básico: los hombres sólo quieren sexo cuando las mujeres quieren amor, pero para cuando ellos quieren amor, ellas quieren el divorcio.

Y las mujeres pierden siempre más en el intercambio. Total, el tiempo y la cantidad de óvulos son limitados en cada mujer, por lo que no es de extrañar el emparejarse equivocadamente cuando el reloj biológico suena tan alto como las campanas que anuncian difuntos. Así, se forman las parejas que se forman. Y la seguridad que buscan las mujeres, en general, en un mundo tan cambiante, parece quimérica. Lo que parecía un sustento asegurado podía evaporarse en la niebla de una crisis de la economía. No parecía justo… Buscar durante tanto tiempo algo seguro, para que todo se fuera al garete.

En momentos como éstos, se acordó de los cuentos de hadas, de princesas y de príncipes que le leían sus padres cuando era pequeña, donde todo se solucionaba al final, y las parejas sellaban con un beso su amor y el futuro pintaba brillante, como un espejo al Sol. Siempre había justicia, conforme acababa el relato. El lobo, la madrastra o la bruja mala se morían o eran castigadas por un Destino benigno con los amantes. Lo que estuviera mal, era enmendado.

Dejó de cavilar. Respiró profundamente, y se levantó del banco en el que estaba sentada, frente al palomar; y se dirigió a su casa. Si le preguntaran, no sabría decir en qué pensaba de camino, estaba como flotando en su propia miseria por no vivir en un relato de Hans Christian Andersen, y también que Mario fuera así. Ahora sabía, o creía saber, cuánto había que esperar de los hombres.

Llegando al portal, sacó las llaves, eligió la que abría la cerradura, y la introdujo, giró con un suspiro, haciendo de tripas corazón, y entró. Un vecino estaba saliendo en ese momento del ascensor, le dijo hola, fue correspondida y pulsó el botón indicado.

Al abrirse las puertas, le asaltó el olor a comida, lo que significaba que habían abierto la puerta en un piso donde se estaban cocinando algo. Para cuando entró en su casa, tenía la seguridad de que el olor venía de ahí, que su madre estaba friendo calamares y que su padre acababa de llegar.

—¡Mamá, papá, ya he llegado! —dijo.

—¡Hola, hija! —se oyó desde la cocina.

—¡Marisa, hola! ¿Cómo está el ojito derecho de su padre? —dijo desde el despacho, como solía.

Este saludo lo hacía más difícil. Que tus padres fueran buenos y cariñosos contigo hacía que fallarles en sus expectativas doliera el doble, si tenías conciencia de hijo.

—Pues muy bien, papá—se tragó las lágrimas según iban saliendo, detenido el impulso de confesar y pedir perdón.

—Me alegro, hija.

Y su padre volvió a sus asuntos en el despacho.

Sus padres no veían la tele, lo que dejaba mucho tiempo para hablar y en su caso afianzar su relación. En otros casos conduciría a conocerse mejor, lo que podría llevar al divorcio. Así que dejó hablar a sus padres en la sobremesa, quedándose callada. No lo tuvo difícil. Resultaba que sus padres dialogaron sobre dónde iban a ir de vacaciones y duraron las negociaciones hasta el postre.

Finalmente llegaron a un acuerdo y lo sellaron con un beso. Marisa ni se enteró de dónde iban a pasar las vacaciones, tan ocupada estaba en ingerir la comida, sin realmente disfrutarla.

—¿Qué te parece, hija? —escuchó de repente Marisa, en su ensoñación.

—¿El qué? —no pudo disimular que sabía lo que se le preguntaba.

—Pues que te parece donde vamos de vacaciones este verano, hija—insistió pacientemente su padre.

—Pues bien, siempre que sea con vosotros—dijo diplomáticamente la niña, como decían sus padres cuando hablaban de ella.

—Entonces no hay problema—respondió su padre satisfecho. Se levantó y dijo—No os levantéis vosotras, ya limpio yo los cacharros.

Otra de las manías de su padre, de entre las muchas que tenía, era que no quería tener electrodomésticos que gastaran mucha agua, ya que decía que por el agua vendrían los futuros conflictos, cosa en que aparentemente tenía razón, según la opinión de su madre. Por lo que no tenían lavavajillas. Pero transigió en la lavadora, después de hacer cuentas de lo que costaría la lavandería.

Por un lado, le agradaba que sus padres se llevaran tan bien, pero cuando se ponían de acuerdo sobre algo que atañía a las niñas, como ellos les llamaban a su hermana y a ella, eran inflexibles. Así, iba a la escuela de secundaria que ellos decidieron. Y éste era sólo un ejemplo.

Después de un momento, Marisa anunció:

—Me voy a la cama, que estoy cansada.

No hubo oposición a ello, así que fue a su habitación, quitó los muñecos que tenía sobre la cama, recuerdo de su reciente infancia, y se acostó. No fue el fin del día, ya que permaneció despierta hasta la madrugada, pensando en todas las posibles opciones que tenía. A medida que avanzaba la noche se volvió más serio aquello en lo que pensaba.

No podría haber elegido peor padre (un niñato irresponsable que pensaba con otras partes que no eran la cabeza), eso estaba claro.

Con lo que sabía ahora, jamás se relacionaría con Mario de nuevo.

Y sin embargo…

El niño (o la niña) no debía crecer sin un padre. Porque había decidido tenerlo. La opción de abortar ni se le había pasado por la cabeza. Le parecía, en cambio, una alternativa más favorable la adopción. Que tuviera un bebé antes de lo que debiera en una vida más planificada no le quitaba el derecho a vivir a la criatura. Además, estaban sus padres. Ellos no eran irracionales, pero esta “transgresión” era, simplemente, demasiado. Sospechaba que su madre se callaría, furiosa, pero su padre gritaría y le diría las cosas más horribles por arruinar su futuro, fuera de sus casillas.

Pensó en sus opciones: podía disimular su barriga hasta el día que naciera con ropa de su hermana, que era mayor y más voluminosa, o bien, escaparse de casa adonde nadie la censuraría por tener un hijo a la edad de 15 años, y pocos sitios cumplían esa condición. ¡15 años! Volvió su atención al que hasta ahora era su “novio”. No, realmente no podía esperar nada salvo que fuera sobre fútbol. Era mono, pero ni por asomo le veía como padre. Y mucho menos se imaginaba que estarían juntos en un futuro. No. Además, Marisa, con sus necesidades cambiadas tan repentinamente, vio que él no llegaba a la altura a de lo que se espera en un adulto responsable. Quizá nunca lo estaría.

Se olvidó de él, que no tenía remedio, y pensó en otra cosa.

¿Debía engañar a sus padres? ¿O debería contarlo y que decidieran ellos? La niña en ella le decía que llorara a sus padres, suplicando su perdón. Pero la mujer que iba a ser le recordaba que había una vida en juego, sus padres le dirían que abortara, no querrían saber nada de la criatura, eran así de radicales con lo que no estaba planeado, y seguramente fuera legal hacerlo, bajo el supuesto de inmadurez de la madre. Lo que no estaba de acuerdo con sus principios, era eliminado. No contarlo aseguraría un futuro al bebé, precario, en realidad, porque no tenía a donde ir. La falta de opciones hizo que se pusiera a llorar sin darse cuenta. Se durmió.


















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