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La Verdad en ti mismo

Revelaciones de La Gruta del Mago









Daniel Pérez Fernández







Título: La Verdad en ti mismo.

Subtítulo: Revelaciones de La Gruta del Mago

ISBN: 978-1537227672

©2016; Daniel Pérez Fernández

1ª Edición

Todos los derechos reservados











A papá. Gracias por enseñarme a vivir. Tu recuerdo siempre vivirá en mi corazón.

A mamá y a Patricia, por ser mis ángeles en esta tierra.

A Carlos y Elisa, por su paciencia y su interés en nuestros encuentros y conversaciones.

A todos los que me apoyan en el día a día y siguen mi blog, porque son mi motivación para seguir escribiendo.



Índice

Introducción

Capítulo I – La relación contigo mismo: la mente y el “yo soy”

Capítulo 2 – Trascender el sufrimiento

Capítulo 3 – El silencio y la observación

Capítulo 4 – Descubre tu propio mundo

Capítulo 5 – El miedo y la realidad

Capítulo 6 - El tiempo psicológico y el Aquí y Ahora eterno

Capítulo 7 – La Muerte – el Gran Maestro

Capítulo 8 – La aceptación trae la paz

Capítulo 9 – Vive tu propio Despertar

Epílogo – En el silencio encontrarás la respuesta





Introducción

El presente libro no pretende establecer un dogma, o un sistema de creencias que nadie deba seguir al pie de la letra. Tampoco es mi intención dictar ningún camino hacia el Despertar o la Iluminación. Al contrario, el objetivo de este libro es motivar al lector en la búsqueda de su verdad, para que experimente por sí mismo el reencuentro con su propia esencia. No estoy alineado con ninguna religión, ni ningún sistema de creencias, por lo que los contenidos de este libro se basan únicamente en la experiencia propia y transmiten mi modo de vivir, mi visión acerca de los temas que se tratan en él.

Los capítulos de este libro no están organizados en base a un orden lógico, por lo que todos tienen la misma importancia y, de hecho, pueden ser leídos incluso al azar, abriendo el libro por cualquier página. Cada texto es independiente y completo por sí mismo. La mayor parte de los apartados han sido recopilados y redactados a partir de los contenidos de mi blog, La Gruta del Mago, el cual puedes seguir en la url www.laverdadentimismo.com.

Al final de cada capítulo, para facilitar su comprensión, incluyo una breve recopilación de preguntas sobre el tema, que han surgido en los diferentes encuentros y conversaciones que he realizado en los últimos años. Sólo se trata de una pequeña muestra de preguntas pues, como es lógico, podría desarrollarse un libro entero, mucho más extenso que este, sólo con diálogos y cuestiones acerca de los diferentes capítulos. El último capítulo no contiene preguntas de forma premeditada, pues el objetivo es que seas tú mismo, lector, quien busque sus respuestas finales.

Como el propósito de este libro es fomentar una conciencia libre y sin dogmas, te animo a que, una vez finalizada la lectura del libro, contactes conmigo para cualquier pregunta, sugerencia o comentario, ya sea en mi blog, en redes sociales o por correo electrónico, en la dirección thelastpath@gmail.com.



El último sendero (Thelastpath)

Este ha sido durante muchos años el nombre de dominio de mi blog (thelastpath.blogspot.com). Elegí este nombre por alusión a una idea acerca de la llamada búsqueda interior. Cuando ya has recorrido todos los caminos, cuando has buscado en todas partes y has seguido a todos los maestros, sólo te quedará un último sendero por recorrer: el viaje de vuelta a ti mismo. Llegado el momento, de nada te servirán las palabras de otra persona, ni lo que dicten los escritos. Sólo tú podrás hacer frente a tu propia Realidad, más allá de la mente y el “yo soy”.

Este camino de regreso a uno mismo, este reencuentro con lo que tú eres, no es algo que requiera de un proceso, ni de tiempo. Tampoco es algo que puedas memorizar o aprender. Ni siquiera tienes que pensar en ello, porque no te servirá. Tú ya eres lo que eres, Aquí y Ahora. Deja de buscar ideas, de preguntar a los demás o de intentar llegar más lejos. La verdad está en ti mismo. Eres así de valioso, acéptate tal como eres y vive, en lugar de pensar que vives.



Capítulo I – La relación contigo mismo: la mente y el “yo soy”

¿Alguna vez te has cuestionado cuál es tu relación contigo mismo? ¿De qué manera te juzgas? ¿Eres siempre justo, o tiendes a recriminarte los errores y a ser tu peor juez?

En los diferentes apartados de este capítulo, trataré la cuestión del “yo soy” y su aparente relación consigo mismo. Esta relación suele pasar desapercibida para una mente identificada con ese aparente “yo”, pero sin embargo es la relación más importante de tu vida y la que más condiciona tus actos y tus decisiones. Seguro que muchas veces te has sorprendido a ti mismo pensado cosas como “¿Por qué hice eso?” “No debería actuar así”, o similares, ¿verdad?

Si prestas atención verás cómo, aunque parezca lo contrario, pasas mucho más tiempo juzgándote a ti mismo que a los demás. El “yo soy” nunca tiene suficiente, siempre necesita que seas mejor, que llegues más lejos o que consigas algo más. Pero, ¿de qué te ha servido esa relación contigo mismo hasta ahora? ¿De verdad crees que algún día podrás cumplir con todas las exigencias del “yo soy”? Es evidente que no. Pero sí puedes ir más allá de sus límites, más allá de sus dramas y sus miedos.

A lo largo de este libro, hablaré muchas veces del “yo soy”, el “yo” o el “yo soy esto”. Aunque existen matices entre unos y otros, en principio los utilizaré indistintamente para hacer alusión a ese “sujeto aparente”, que vive la realidad a través de los pensamientos almacenados en la memoria. Podemos decir que es el pensamiento original, que da lugar a todos los demás, pero no deja de ser un pensamiento más y, como tal, puede ser observado.



    1. Tus pensamientos no son tuyos

Se dice que, en la antigüedad, los hombres creían que los pensamientos eran "voces de los dioses", porque comprendían que no eran algo voluntario ni controlado, sino que surgían de manera espontánea en sus mentes, obligándoles a hacer cosas que a menudo no querían. Esta es una muy buena analogía del origen real del pensamiento, pues es un proceso involuntario la mayor parte del tiempo.

Es muy sencillo comprobar, si observas tu mente durante unos instantes, cómo los pensamientos aparecen sin que tú los controles o los evoques. Simplemente surgen de la nada. Pero si mantienes una atención tranquila y no los juzgas ni intentas controlarlos, podrás ver algo más: los pensamientos siempre están creados a través de recuerdos. Estos pensamientos involuntarios nunca son nuevos, sino que están formados por palabras, formas, imágenes, sonidos, olores, emociones... Aunque parezcan dar respuesta a las situaciones nuevas que se presentan ante nuestra mente, no son más que registros almacenados en la memoria, que surgen como algo aparentemente nuevo, pero simplemente repiten una y otra vez los mismos patrones.



<<El pensamiento involuntario surge de la memoria, como reacción al entorno.

Sin estímulo no hay pensamiento.>>



La mente humana es una "máquina de reacción", que intenta dar respuesta a cualquier estímulo, ya sea una forma externa a la que "pone nombre" o la propia voluntad de no tener pensamientos, que también generará ideas y opiniones sobre cómo conseguirlo.





Uno de los principios de la meditación es la búsqueda del vacío mental, que no es otra cosa que la ausencia de pensamientos involuntarios. En ese vacío es donde la verdadera conciencia surge como lo que es: un espacio sin atributos ni características mentales. Para ello, la atención tranquila, sin juicio ni reacción, debe ser capaz de crear el contexto idóneo para que la mente no se atrape por los estímulos externos, dejando de reaccionar a los sentidos y centrándose en el espacio vacío interior.

Ese es el estado ideal de la meditación: la ausencia de pensamientos involuntarios y reactivos. Pero para llegar a ese estado no hay que tratar de imponer nuestro control y rechazar los pensamientos, porque eso generará nuevas reacciones mentales, dándole más fuerza a ese "yo" que aparentemente los crea y los juzga. Sin pensamientos repetitivos no existe el "yo", pues en una mente vacía no existe la historia personal, ni los juicios, ni los problemas, ni el sufrimiento. Sólo la quietud del Ser, la atención despierta.

El primer paso para ir más allá del “yo soy” y sus límites es, por tanto, ser capaz de romper la identificación con los pensamientos repetitivos, a través de la atención. Esta es la única herramienta que tienes para generar consciencia de cómo funciona realmente tu mente.

Observa cómo surgen los pensamientos. ¿De dónde vienen? ¿Eres capaz de ver esa nada de la que aparecen y en la que se vuelven a desvanecer? No los juzgues, ni intentes controlarlos, porque eso sólo hará que se multipliquen. La idea de controlar tus pensamientos es, en sí misma, un pensamiento más, luego no te servirá de nada si lo que buscas es dejar tu mente tranquila y en silencio.





    1. El pensamiento es un proceso automático

Cuando observamos nuestra respiración, podemos comprender que, la mayor parte del tiempo, es un proceso automático. El aire entra y sale de nuestros pulmones sin que seamos conscientes de ello, sino que es la propia inteligencia no consciente del organismo la que dirige una acción trascendental para la vida. Este hecho es muy fácil de observar, ¿verdad? Sin embargo, cuando dirigimos nuestra atención hacia la respiración, vemos también que somos capaces de controlarla en cierto modo: su duración, su intensidad, dirigirla hacia el bajo abdomen... Es decir, cuando le prestamos atención, somos capaces de observarla y de alguna manera controlar su ritmo y su funcionamiento. Incluso podemos decir dejar de respirar por un tiempo, hasta que el propio cuerpo tome el control y recupere su ritmo regular.

Existe una analogía muy interesante, en este punto, entre la respiración y el pensamiento. La mayor parte del tiempo, el ser humano no es consciente de los pensamientos y emociones que surgen en su mente. Cuando estamos inmersos en las actividades cotidianas, solamente somos conscientes de una mínima parte del total de pensamientos y, curiosamente, sólo de aquellos que parecen "hacer más ruido", que suelen corresponderse con los viejos patrones mentales de miedos, prejuicios, traumas, complejos, etc.

Al dirigir nuestra atención al pensamiento, sin embargo, si observamos sin juicio y sin resistencia, veremos también que se cumple el mismo patrón que en la respiración: somos capaces de ver pasar el pensamiento, sin dejarnos arrastrar por él y, al tiempo, podemos pensar de manera voluntaria. Aunque sólo sea por un cierto periodo de tiempo. Esta observación nos ofrece una cuestión importante: llevar nuestra atención al pensamiento, observar qué pasa en nuestra mente, nos confiere el poder de ser conscientes no sólo de la existencia de los pensamientos, sino de los procesos repetitivos y automáticos que los generan. Es el primer paso para dejar de identificarnos con esa corriente de pensamientos y ver más allá.





La meditación, independientemente del estilo o la técnica empleada, debe servir precisamente para ver más allá del pensamiento, observar los procesos que hay detrás de él y comprender el vacío que se esconde tras esa aparente personalidad que radica en el pensamiento humano.

La memoria y la persona

Los miedos, los complejos, los traumas infantiles, los deseos, los apegos... son todos respuestas automáticas no sólo al entorno físico que nos rodea, sino también al entorno mental que, de un modo inconsciente, hemos creado a lo largo del tiempo. Si observas tus pensamientos durante un cierto tiempo, verás que continuamente se repiten los mismos patrones, una y otra vez, como un disco que vuelve a ponerse en marcha a cada instante, en un bucle sin fin.

Este bucle de pensamientos, que se comienza a formar desde antes del propio nacimiento, genera una idea, un pensamiento raíz que parece grabarse a fuego en el ser humano: el “yo soy”. Alrededor de esta idea, se crean una serie de pautas mentales que dan forma a la persona (yo soy bueno, yo soy malo, yo soy joven, yo soy viejo, yo soy...) y todas ellas adquiridas a través de las experiencias que vivimos y almacenamos en la memoria. Esta memoria, que es un proceso cerebral, actúa de un modo automático también la mayor parte del tiempo, igual que en el caso de la respiración que señalé anteriormente. De este modo, ante cualquier estímulo interno o externo, la memoria proyecta un recuerdo y, en torno a éste, surgen los pensamientos y dramas adquiridos, generando una respuesta automática de la que no parecemos tener control.

Así pues, el gran miedo del ser humano, el miedo a la muerte, el miedo al vacío, es un miedo que radica en la persona, en el ego, en el entramado de pensamientos y reacciones inconscientes que surgen con la memoria. Superar este miedo es fácil: deja a un lado tu personalidad, abandona la idea de ti mismo, observa tu pensamiento como lo que realmente es y verás que no hay ninguna persona, nada que se pueda perder. Sólo así encontrarás el descanso, la paz interior.

    1. El tiempo y la mente

La mente es incapaz de concebir el concepto de eternidad, o de espacio infinito, por una sencilla razón: el “yo” y su personalidad asociada, nacida de recuerdos y experiencias limitadas, no puede comprender algo que no está sujeto a límites.

En nuestro día a día vivimos inmersos en una vorágine de acontecimientos y experiencias que tienen lugar, aparentemente, en un tiempo y un espacio concretos, sujetas a unas leyes físicas inalterables y que marcan nuestra existencia de principio a fin. Pero, si cambiamos nuestra perspectiva, podemos ver cómo el tiempo y el espacio son dos conceptos dentro de una mente que, para sobrevivir en un mundo dual, necesita separar y dar nombre a todo cuanto le rodea.



El universo y la idea del tiempo

Todos hemos disfrutado de esos momentos de serenidad, de una sensación muy especial, contemplando las estrellas. Contemplar el firmamento es una terapia maravillosa, que nos permite observar cómo nuestro "mundo" es algo minúsculo y pasajero, un simple abrir y cerrar de ojos en el campo universal. Pero, si vamos más allá, podemos centrarnos en cualquier estrella, la que más nos guste y observar su luz, ya sea con un telescopio o a simple vista.

Lo realmente fascinante es que seguramente esa estrella se encuentra a millones de años luz de la Tierra y, por tanto, la luz que ves en este momento es la luz que esa estrella emitió hace millones de años. Esa luz es anterior a la aparición de los primeros hombres en nuestro planeta y, sin embargo, puedes contemplarla ahora, en este momento.

Esta reflexión denota la naturaleza subjetiva del tiempo. La vida transcurre en un único instante: Ahora, pero la mente ordena y clasifica los millones de acontecimientos que se producen ante el observador para dar una idea de continuidad en el tiempo. Todo parece suceder en un plano lineal: antes, ahora y después. Pero imaginemos que pudiésemos viajar a esa estrella que se encuentra a años luz de nosotros. ¿Estaríamos avanzando o retrocediendo en el tiempo?

La dualidad y el “yo soy”

La idea del tiempo y de la sucesión de acontecimientos que parecen surgir en él radica en el pensamiento raíz, el "yo soy" que genera la idea de separación. Cuando nace un observador, un experimentador, nacen lo observado y la experiencia. El observador y lo observado son uno en realidad, pues no puede haber uno sin el otro. Y ambos necesitan que existan el tiempo y el espacio, para poder separarse. Sin embargo, tanto el observador como lo observado son cuestiones subjetivas, que cambian constantemente en función de los estímulos y el contexto. Si prestas atención, verás cómo el “yo soy” se adapta continuamente a su entorno y las exigencias de cada situación, adoptando diferentes papeles (padre, madre, hermano, empleado, jefe, etc.).

Estas cuestiones son difíciles de ilustrar con palabras y, por supuesto, el razonamiento lógico no conseguirá nunca comprenderlas. Pero es importante considerar la relatividad del tiempo para ver cómo nuestra personalidad y ese "yo" que tanto tememos perder es sólo una idea, una imagen subjetiva y artificial que igual que viene se va. Pero, por supuesto, no se trata de aceptar estas ideas como un dogma, o rechazarlas en defensa de otras ideas que satisfagan en mayor medida tu inquietud. Necesitas experimentar, observar, vivir por ti mismo tu propia realidad. Nadie más puede hacerlo por ti. Ponte manos a la obra, Aquí y Ahora.

No te aferres a algo que ya has perdido desde el principio

Abraza tu miedo y ve más allá de ti mismo.

Deja atrás todo deseo y toda búsqueda.

Abandona la idea de ti mismo.

Ese es el punto de partida.

¿Qué ves?

    1. La expectativa es el origen de la decepción

Se suele decir que la personalidad de un individuo se va forjando a lo largo de su vida, mediante la acumulación de experiencias y vivencias. Sin embargo, la realidad es que dicha personalidad se forja a lo largo de la vida de la persona, es cierto, pero mediante la acumulación de interpretaciones y juicios mentales sobre sus vivencias. La diferencia es mucho más importante de lo que parece a simple vista.

Si eres sincero en tu observación, verás cómo la mayor parte del tiempo vives en tu mente, juzgando lo que sucede y filtrando los acontecimientos a través de ideas preconcebidas sobre los mismos. En ese estado de atención, lo que realmente estarás almacenando en la memoria serán tus propios pensamientos, pues no estarás siendo consciente de los hechos objetivos, sino de tu propia interpretación.

Dicho de otro modo, lo que tu memoria alberga no siempre son recuerdos de hechos físicos u objetivos que sucedieron en el mundo, sino pensamientos, interpretaciones y etiquetas que tu mente puso a esos acontecimientos. Es decir, el “yo soy” se relaciona con su propio mundo, no con la realidad de los hechos objetivos. Sólo una mente en silencio es capaz de ver esa realidad sin nombre ni forma.



La experiencia y el filtro de la percepción mental

El tiempo psicológico tiene una importancia crucial en nuestra interpretación de la realidad, hasta el punto de que el ego no interpreta realmente lo que está sucediendo en el Aquí y Ahora, sino que recurre a vivencias pasadas y expectativas futuras. Y la expectativa mental siempre nace de la memoria, de ideas y juicios que forman la personalidad. De este modo, la respuesta de nuestra mente a una circunstancia o experiencia tanto interna como externa siempre nacerá de un filtro antiguo, nacido del pasado.

Si observamos nuestra mente, veremos cómo los pensamientos que surgen como respuesta a una situación o un estímulo de cualquier índole siempre son proyecciones de situaciones e ideas pasadas.

De hecho, el ego sólo puede existir en el tiempo psicológico, pues sólo la proyección de pensamientos y juicios viejos le da cierta realidad. En el Aquí y Ahora, en un estado real de presencia despierta e incondicionada, no existe el ego.

La acción sin fruto

Se habla mucho en Vedanta de la acción sin fruto y su poder transformador como vía de acceso al Ser. De hecho, la acción sin fruto alude a la verdadera relación del Ser con el Aquí y Ahora.

El ego crea siempre una expectativa en torno a cualquier situación, tanto interna como externa. Siempre existe un objetivo, una proyección futura en todo pensamiento o respuesta al entorno. Este objetivo suele ser reforzar el propio ego, la propia idea de personalidad, como vía para perdurar en el tiempo. El ego teme a la realidad, porque sabe que ahí nada puede hacer. Además, el factor fundamental es que el ego no crea acción, sino reacción. Sólo sabe reaccionar en base a juicios pasados o expectativas futuras.

La acción sin fruto no se refiere únicamente a realizar las tareas diarias sin buscar nada a cambio. No se refiere tampoco a que debamos trabajar sin buscar una remuneración, o que nada en la vida práctica deba tener un objetivo. Todo eso son situaciones y circunstancias que afectan exclusivamente a la historia personal. La acción sin fruto sólo puede nacer de la conciencia despierta. Ser Aquí y Ahora, de manera plena, nos permite actuar sin reaccionar, vivir en lugar de pensar que vivimos. Ya no se trata de reacciones basadas en vivencias pasadas o que buscan un futuro ilusorio, sino que es el Ser el que observa y actúa de manera espontánea.

La presencia más allá del tiempo, sin un pasado y sin una expectativa futura, es el estado natural de la vida. Eliminemos el tiempo psicológico, desechemos la idea de una personalidad con un pasado y un futuro y podremos experimentar la acción sin fruto. Sólo cuando eliminamos toda esperanza, toda expectativa, podemos ser libres en el único momento y lugar que existe, Aquí y Ahora.



    1. La vía de la no mente

En las tradiciones orientales, es muy habitual hablar de cuestiones como la "no-mente", en alusión a ese estado de conciencia despierta, sin limitaciones ni características. Sin embargo, conviene pararse a considerar qué representa esto realmente en nuestro día a día, porque no basta con comprender mentalmente este concepto. Integrar su teoría como una parte más de nuestras creencias, no nos aportará nada finalmente. Sólo la propia experiencia te permitirá comprobar su verdadero significado.

En primer lugar, merece la pena volver a repetir que el pensamiento no es algo contra lo que haya que luchar ni un enemigo al que debamos eliminar. De hecho, la lucha contra el pensamiento sólo genera más pensamiento, más dualidad y más conflicto interno. Cualquiera que haya practicado meditación, sabe que la mente se agita aún más cuando intentamos imponerle la quietud, cuando tratamos de frenar los pensamientos de forma voluntaria.

Entonces, ¿cómo detener la corriente incesante de pensamientos? Quizá la propia cuestión contiene un pequeño engaño: no necesitamos eliminar nuestros pensamientos para despertar, para ir más allá de nuestra mente. De hecho, intentar luchar contra ellos es sólo un pasatiempo mental, un entretenimiento de nuestro ego en busca de "un futuro mejor".

<<La identificación con la mente pensante puede generar una verdadera tormenta interior, que nos impide ver la realidad de quiénes somos>>



Sólo cuando la conciencia está despierta, en paz, sin juicio ni conflicto con cuanto observa y experimenta, la mente estará también realmente serena, sin lucha interna entre pensamientos y juicios del pasado. Parece una paradoja, pero en realidad es sencillo: el despertar está Aquí y Ahora. En ningún otro sitio. Y todo lo que existe en este momento, todo cuando vemos, vivimos, pensamos y soñamos, es parte del despertar. Por tanto, ¿por qué rechazar al pensamiento? ¿Por qué negar una parte de la realidad y buscar otra? todo eso nos lleva a repetir los mismos patrones de sufrimiento una y otra vez.

La observación y la aceptación de este momento como puentes de acceso a la no-mente

La observación sin juicio y la aceptación de cuanto nos rodea, tanto física como mentalmente, es la verdadera vía de la no-mente. Es lo que en el budismo zen se denomina "el hombre sin quehaceres". Practicar la vía del medio significa no luchar por alcanzar un extremo frente al otro, no huir del dolor en busca del placer, no luchar contra nuestros pensamientos para alcanzar la vacuidad. Todos estos extremos son parte de la dualidad, luego uno no puede existir sin el otro.

Si observas tu mente, verás que la mayor parte de tus pensamientos y reacciones a cuanto te rodea son repeticiones de los mismos patrones mentales. Son algo automático, involuntario la mayor parte del tiempo. Y, sin embargo, son capaces de captar toda tu atención y ciertamente te identificas con ellos como tu verdadera identidad. Una vez que el “yo soy” se ha identificado con una idea, se convertirá en su verdad, en su mundo.

Pero, si observas con detenimiento, verás que en realidad estos pensamientos surgen y desaparecen dentro de un espacio interno, de un vacío que los sustenta. Presta atención a ese silencio, a ese vacío interior, pero no luches contra los pensamientos. Deja que ambos convivan, sin juicio, sin identificación y quizá descubras algo sorprendente: tu verdadera mente va mucho más allá de ambos.



    1. Aprende a cuestionar al observador

Una cuestión recurrente al hablar del Despertar, de la realidad última o como queramos llamarle, es cómo llevarlo a la práctica en el “día a día”. Esta cuestión es un juego más de la mente, un planteamiento nacido de la idea de separación, que crea diversos estados y proyecta una “vida diaria” frente a otra “vida más elevada”. Basta con observar el juego mental para ver cómo esta separación no es real, pero debido a la inercia habitual del “yo”, esa observación puede resultar más difícil cuando la persona está ocupada en sus asuntos que en los momentos de tranquilidad.

Siguiendo con la idea de separación, a un nivel más profundo, es posible observar cómo en toda experiencia se produce la misma dualidad: existe un observador, un testigo al que aparentemente “le pasan las cosas”, frente a las circunstancias y sucesos que le rodean, dando forma a un supuesto mundo externo y generando la constante idea del “yo y lo mío”.

Pero no es suficiente con teorizar acerca de este asunto, pues cambiar unas ideas por otras no te ayudará a alcanzar la verdadera paz. Sólo a través de la experiencia directa, de la observación consciente, podrás romper la inercia de separación del “yo soy” y ver la realidad tal como es. Al hablar de observación sin juicio, me refiero precisamente a esto: ver al observador como parte de lo observado, comprender que los juicios y las etiquetas del “yo” también forman parte del mundo exterior.

No hay que separar unas circunstancias de otras, ni unos momentos de otros, sino ser constante y observar el mundo de una manera decidida, independientemente de cuáles sean las condiciones que te rodeen. No deseches los momentos en los que estés trabajando, haciendo la compra, hablando con alguien… todos están contenidos en el único lugar en el que tu existencia es real: Aquí y Ahora. Ese es el espacio en el que todo tu mundo se despliega, apareciendo y desapareciendo junto al testigo, luego ahí es donde debes centrar tu atención.



En última instancia, el testigo es tan irreal como lo atestiguado, luego empieza por cuestionarte su existencia: ¿es el “yo soy” permanente o surge como reacción al mundo exterior? ¿Qué surge antes, el observador o lo observado? ¿Aparece y desaparece el “yo” en función de dónde esté tu atención? Responder a estas cuestiones te ayudará a encontrar tu verdadero lugar, el centro de tu existencia, más allá de tu historia personal.

Y por mucho que teorices sobre ello, por muchas filosofías que estudies y muchos cursos que hagas, sólo cuando lo lleves a cabo de una manera firme, en tu día a día, serás capaz de eliminar la separación y estar en paz.

Diálogos sobre la mente y el “yo soy”

P: Muchas veces hablamos de la identificación, pero no consigo saber qué significa realmente estar identificado y cómo puedes saber cuándo surge dicha identificación.

D: La identificación es el proceso automático y generalmente involuntario en el que el “yo soy” proyecta una imagen de sí mismo, a través de lo que está sucediendo a su alrededor. Esa imagen se interpreta como el sujeto que está viviendo una determinada situación o al que le están sucediendo las cosas.

Esta situación de identificación es siempre subjetiva, porque en realidad no hay un experimentador, ni una víctima de la situación, sino que es el “yo soy” quien está proyectando su propia imagen de sí mismo a través de ese estímulo, sea interno o externo. La cuestión más importante es que, una vez que se ha producido esa identificación, el “yo soy” pierde totalmente la noción de sí mismo y vive la experiencia de “ser algo concreto”.

Para saber cuándo estás identificado, basta con que prestes atención a tus reacciones, a tu respuesta a los estímulos. ¿Son algo conocido? ¿Son predecibles? Si la respuesta es afirmativa, entonces estás viviendo esa situación a través de tu identificación.



P: ¿Por qué se produce la identificación?

D: Principalmente por inercia y por falta de atención. Cuando tu atención no está en el Aquí y Ahora y estás inmerso en tus pensamientos, tu “yo soy”, dentro de su propia inercia creativa, nombra, etiqueta y se identifica con lo que le rodea, ya sean situaciones externas o pensamientos y emociones internas.

Normalmente esta identificación está relacionada con una elección: el “yo soy” escoge un papel en relación a lo que está sucediendo a su alrededor, un papel que le represente. Por ejemplo, el papel de víctima, el papel de esposa, el papel de marido, el papel de padre, el papel de hijo…

Sin una atención despierta y centrada en el Aquí y Ahora, el “yo soy” siempre se va a identificar con una idea de sí mismo, a través de la cual vas a filtrar las situaciones que te rodean. Está en su naturaleza, es su forma de sobrevivir.

P: Pero ¿cómo surge esa identificación?

Para la identificación suele haber un detonante, que puede ser un acontecimiento o estímulo externo, así como un pensamiento, una idea o una emoción interna. En cualquier caso, siempre va a ser un agente externo al propio observador, que va a causar una reacción en nuestro “yo soy”. La reacción del “yo soy”, al ser una reacción automática, va a estar basada siempre en la memoria y en el pasado, dando respuesta a ese detonante a través de una idea que él tiene de sí mismo, originada a partir de una experiencia pasada de su propia historia personal.

P: Dices que la identificación surge como una respuesta automática del “yo soy” hacia un determinado detonante. ¿Quién es ese “yo soy”? ¿A quién le está sucediendo ese proceso de identificación?

D: Darte una respuesta directa sería muy sencillo, pero quizá no te ayude a verlo con tus propios ojos. Reflexiona por un momento: ¿a quién le sucede esa identificación? ¿Qué opinas?

P: Yo creo que la clave en esta pregunta está en que el hecho de que decir “quien” significa que hay alguien, luego ya estás creando una identidad. Por lo tanto, sería mejor preguntar qué está pasando en ese proceso de identificación, antes que determinar cuál es la identidad de quien se identifica.

Al crear una identidad, ya estás eligiendo y estás separando esa identidad de lo demás.

D: Así es, no existe nada como un “yo” al que le suceda la identificación. El observador y lo observado son parte de lo mismo, son parte de la observación. No busques culpables ni víctimas, no busques a nadie en ese proceso. Sólo observa, Aquí y Ahora. En el silencio encontrarás la repuesta. Pero debe ser un silencio real, interno y externo, más allá de tu propia mente.



Capítulo 2 – Trascender el sufrimiento

El sufrimiento es, la mayor parte de las veces, el principal desencadenante de la llamada “búsqueda interior”. Es muy habitual que esa búsqueda comience a raíz de un acontecimiento traumático (la pérdida de un ser querido, un accidente, una enfermedad, etc.), o a causa de una situación externa insoportable (una mala relación de pareja, un trabajo insatisfactorio, problemas con personas de alrededor…).

Cuando el mundo subjetivo del “yo soy” parece desmoronarse, todas las ideas y teorías acerca de uno mismo también lo hacen. Por mundo subjetivo me refiero a todo el sistema de creencias acerca de ti mismo: tu familia, tus posesiones, tu casa, tu trabajo o cualquier otra cosa que represente tu idea de identidad. El “yo y lo mío”, que parece regir todas tus decisiones y actos a lo largo de tu vida y que, al mismo tiempo, es algo muy inestable.



Dolor y sufrimiento

Para acercarnos a este asunto del sufrimiento de un modo objetivo, conviene aclarar dos palabras que utilizaré a lo largo de este capítulo y siguientes: dolor y sufrimiento.

El dolor es un hecho objetivo, basado en una situación concreta, mientras que el sufrimiento es un juicio, una reacción mental al dolor. Por ejemplo, el dolor es causado por una enfermedad, es una reacción física de nuestro cuerpo, mientras que el sufrimiento es la negación de dicha enfermedad, el rechazo o, simplemente, el papel mental de víctima asociado a la enfermedad.

Comenzaré abordando este tema enlazando con el capítulo anterior: la relación contigo mismo y su importancia para superar el sufrimiento.



    1. Abandonar la relación con uno mismo

La principal causa del sufrimiento no son las circunstancias que nos rodean, sino la interpretación que nuestra mente hace de ellas, filtrando la experiencia a través de nuestro conjunto de miedos, juicios y traumas almacenados en la memoria. Y toda esa trama procede de un único sitio: el ”yo soy”. Cuando surge la idea de ser un individuo, surge la separación y el conflicto con todo aquello que "no soy yo". Pero la realidad es que no existe tal separación. El “yo soy” es parte del mundo.

No sólo se da esta relación entre nuestro “yo” y el resto del mundo, sino que también se produce la misma relación dual entre el “yo soy” y su manifestación, es decir, el “yo soy esto o lo otro”. Si prestamos una atención verdadera y sincera, veremos que el supuesto observador no es más que una parte más de lo observado. Y, como es lógico, elegir una parte de lo observado como nuestra identidad nos convierte en algo muy pequeño y frágil, un ser diminuto e indefenso en un mundo hostil.


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