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11

El otro lado del fútbol

David Corrales Rodas




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David Corrales Rodas

Periodista/Escritor



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E-mail: davidcorralesrodas@gmail.com

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Videos: https://www.youtube.com/user/DaveKorr


Apreciado Lector.


Gracias por permitirme entrar por un rato a tus ojos y a tu mente mediante estas letras.


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Gracias… mis letras y yo te mandamos un fuerte abrazo literario.

 

Una gran cantidad de buenos amigos (reales e imaginarios),

los he conseguido gracias al fútbol.


La “alineación” de cuentos


Halo de Vida

Carta de Amor

Génesis

¡Palo, palo, palo… palo bonito, palo eh!

Live and let die

En la banca

De cal y de arena

La mano de Dios

Muerte y Romance

Goles son amores

Overtime




Gracias a Rodrigo, Marta, Andrés “Corralito”, Naty, La Mona, Astri, a Juancho, a los Rodas, Peluza, Sus, Alejo, Alekos, Oscar, Parra, Colo, Ruso (en fin, a todos los del Cortijo). Gracias a Mao, al Mono, Beatriz, Pauli, Beto, El Gordo, Rivas, Juan Alejandro, Anuar, Alejo (en fin, a todos los de Vegas). A “Mara”, Rick, Santamaría, Chamo, Migue, Millán, “Meca”, Pascual, “Mellos”, Santy, Correa, Mejía, Dima, Marulo, Juaco, Venao, Zuleta (en fin, a todos los de la U). Al Mono, Tato, Higuita, Grajales, Giraldo (en fin, a todos los de Bosques). A Espinal, Fabro, Burro, “Prono”, Castrillón, Juanka, Orduz, “Pelos” (en fin, a todos los de los cotejos nocturnos). A doña Gloria, Román, Gato, Horatio, kili, Cabe, David, Torro, Alek, Juancho, Lucho, Yeyé, Ehrat, Dani, Mauro, James, Cami Zapata, Fede, Pablo, Hollman (en fin, a todos Los Templarios). A Caloma, Elorza, Carlos Felipe, Doña Olga, Johnny, Alexander, Rafa, Víctor, Joche, Juanes, Jose Restrepo, “verdes” y “rojos” por igual, a More, Alejo, Sebas, Cañola, Figue, Andrés Sierra, a Marcelo y Elaine, “Naranjito” a “Pique”, Rummenigge, Jean-Marie Pfaff, Lineker, Socrates, Diego y Edson (entre tantos otros… sé que se me escapan muchos).


Todos ellos en algún punto de mi historia ayudaron a mantener a flor de piel esa pasión futbolera que vive dentro de mí.


Gracias también a TODOS los demás amigos con los que alguna vez compartí alguna tarde de domingo jugando en el pasto, el cemento o el barro y a los que, entre cerveza y harina (y sin importar el color de la camiseta), celebraron conmigo títulos y victorias.


Gracias igualmente a cada conversación, alegato, debate, comentario, codazo, patada, puño y empujón futbolero... sin estos ingredientes el juego no hubiera sido el mismo.


Y, claro está, gracias a la más bella de todas... la escultural e irresistible pecosa.



Halo de Vida



El grito sale de la boca espumosa de José Pedro, subiendo segundos antes por la garganta oscilante que escupe encantada el bramido que se libera extasiado, se apea a una luz centellante, se expande, salta a los retorcidos labios de Ángelo reverberando en un grido di gioia que se ensancha, peregrina entre dimensiones y llega hasta el rostro colorado de Alcides. Este recibe el aullido y lo mastica para luego esputarlo presuroso al cielo, bajando luego como un cometa a los pulmones de Ferenk, allí da un paseo por el acelerado torrente sanguíneo. Goloso y agitado es exhalado de nuevo hacia un vórtice del tiempo y del espacio arribando a los cachetes de Vavá, reposa un segundo en la revoltosa lengua, se despide raudo e hinchado, incursiona en el vacío, da tres jubilosos giros mientras desciende por el inflamado pecho de Eusebio, teletransportándose después hasta las amígdalas de Lev, que solo y de frente a un mar de puños alzados, vomita el peregrino alarido que choca de frente con la erupción de las espasmódicas faringes. Allí se multiplica, crece, toma fuerza, se salpica de cerveza, ahora son muchos, miles de ellos, todos en coreografía, en avalancha, en sincronía, en marcha triunfante avanzando entre cabezas que se sacuden, bañando el rostro de Juan Pablo que atrevidamente besa a Margarita en la boca, quedando allí atrapados por un segundo los bramidos itinerantes. Ella se deja pero luego le empuja ruborizada, el cardumen sonoro reanuda el retumbante paso al encuentro de otros labios, saltan febriles por entre la muchedumbre acalorada, llegan a la cabina de transmisión en donde se encarnan en las fauces de Mariano que grita eufórico como si se le fuera a salir el corazón, el piso tiembla, las masas chocan, la gravedad junta los jadeantes cuerpos, el grito en su forma amontonada se recompone, muta en una homogeneidad dentro de la heterogeneidad, regresa rimbombante al cielo, se eleva a las estrellas, al cosmos, al centro del universo, al infinito, al más allá…


Todo súbitamente se detiene, se frena, se reprime. Retroceso, retorno, retirada, descenso. Se deshace el camino previamente recorrido, ahogo, llanto, rabia, miles de “la puta madre que te parió”.


Gol anulado.








Carta de Amor


Dedicado a una de mis mejores amigas…



Manuel Francisco se fue y me dejó sola en un maldito jueves como cualquier otro. El caradura y yo alcanzamos a durar ya ni sé cuántos años juntos. Antier lo enterramos con su amarilla camiseta y una cuantas botellas vacías de cachaza (sí, lo sé… un poco macabro pero no me aguanté… hasta tuve que pelear con el cura para que me dejara hacerlo).


Antes de cerrar el ataúd no pude más y le grité en la cara que fuera hombre y que me dijera de una vez por todas su secreto.


El tío Rafael y esa vecina chismosa de Lucrecia me tuvieron que agarrar del vestido. Me sacaron de allí a empujones y me calmaron con un poco de valeriana. Yo les dije que en realidad lo que yo necesitaba era un balde llenito de cachaza (otro homenaje irónico que le iba a dar yo al patichueco ese).


A la final me pudieron las fuerzas y simplemente me llevaron a la casa a descansar.


No pude quitarme el nudo que tenía en la garganta amiga, no pude hacer que él me dejara descansar en paz y él sí pudo hacerlo después de todo… ¿ves las injusticias de la vida?


De todas formas yo ya lo sabía. Había visto muchas veces su mirada de loco e inepto cada domingo por la tarde cuando se perdía sin avisar. Si él al menos hubiera tenido la decencia y las pelotas para… ¡Sí Patricia!, no me mires así. Sabes que eso fue lo que nunca tuvo; cojones para contarme de sus escapadas románticas.


Ahora que lo veo todito en perspectiva, tengo que decirte, amiga, que yo tampoco fui una santa. Mirá, si lloro es por rabia y no por vergüenza. ¿Me pasás un pañuelo por favor y me dejás de mirar con esa cara de reproche? En fin, no me enorgullece contarlo, pero te confieso que un par de veces pequé y me entregué a otros brazos. Una de ellas por ingenuidad y cuestión de tragos (la muy maldita cachaza). La otra por rabia y despecho, cuando empecé a sospechar de las andanzas de mi difunto “pajarito”.


Pero no fue nada serio Patricia, tú sabes cómo soy yo. Pero sé que me entiendes. ¡Es que nosotras tampoco somos de palo! Tenemos necesidades amiga, queremos ser queridas y sentirnos amadas.


Así que ahí está, ahí tienes… ya te lo dije. Eres la única que lo sabe. Por favor no me reproches amiga, ya suficiente tengo con haberlo perdido al viejo Manuel. El brillo de mis ojos, mi adoración, mi desgracia.


Es que se me llena la cara de lágrimas Patricia. A pesar de todo, él era mi vida entera y el muy imbécil se la llevó consigo hacia una caja de roble que les servirá de refugio a los gusanos.


¿Tú si entiendes este dolor, amiga?


Yo sé que yo cometí algunos errores. Yo quería contárselos. Decirle, gritarle, escupirle en la cara y luego besarlo. ¿Qué contradicción, no? Lo amaba y lo odiaba con toda mi alma. Y es que, ¿Qué le costaba contarme sus secretos? Créeme Patricia, yo conozco a los hombres y a sus bajos instintos. Mi madre me lo contó todo desde pequeña. Al principio me negaba a creer que mi papá y los de su especie fueran todos así pero luego, ya ves, me casé con Manuel Francisco y todo muy bien por algún tiempo. Luego empezaron las escapaditas de casa los domingos y ahí recordé las palabras de mamá. Ella tenía razón… todos eran iguales. Todos de la misma ralea y molde. Había que buscarse los menos peores decía ella. Era eso o quedarse sola. Sabes que no nací para ser solterona amiga.


Sí… yo sé, yo sé que no tengo cara para ya reclamarle e igual ya no pude. Se me fue la oportunidad Patricia. Siempre me lo callé y me odio por eso. Pero desde el fondo de mi corazón esperaba que él un día viniera a mí y me dijera “Mira preciosa. Tengo que contarte algo. Siéntate y hablemos”. Y hubiera habido llanto y platos lanzados a la cara. Claro amiga, el rencor hay que dejarlo salir cuando aparece, sino te carcome. Pero estoy segura de que luego del lloriqueo y de confesarnos el uno al otro nuestros pecados, hubiéramos terminado llorando juntos, abrazados, olvidando todo y sellando el dolor con un beso de indulgencia, con su nariz hundiéndose en mis mejillas y quizás hasta haciendo el amor, Patricia. Aunque te cuento que esos juegos se habían extinguido ya hace rato. Ni para qué te cuento amiga.


Me da vergüenza Patricia. Discúlpame… no tienes porqué saber todo esto, pero es que a alguien se lo tenía que contar, me iba a enloquecer si no dejaba salir todo este nudo. El infeliz ese ya ni me tocaba amiga.


Abnegada y boba como soy, al principio me pareció natural. Ya sabes, la edad no llega sola y yo al hombre no lo quería molestar. Pero luego empezaron las fugas dominicales y ahí si que no lo podía soportar. ¡Me hervía la sangre! ¿Has sentido eso alguna vez Patricia…? ¿Cómo te empiezan a quemar las venas y el pecho y casi no puede uno respirar?. No se lo deseo a nadie. Eso envejece amiga.


El caso fue que me sentía humillada, relegada… olvidada. Por un tiempo me la pasaba horas en el espejo arreglándome y maquillándome para que el idiota ese me mirara al menos un codo, para que supiera que en la casa tenía lo que necesitaba y así no tuviera que irse a la calle a buscar lo que no se le había perdido.


Pero ya está. Todo fue en vano Patricia. Mi adorado moreno se me fue y me negó lo único que quería oír de su boca.


Ojalá y se pudra en el infierno amiga. Tú sabes que no lo digo en serio… pero ojalá y así fuera.


¿Sabías que él también le gustaba escribir Patricia? ¿Te acuerdas de las bonitas palabras que me escribía? ¿Nunca te mostré las cartas? Ahhh Patricia, él era un mago en eso de conquistar el muy porfiado. Así fue cómo él me enredó la cabeza. Eran noticas muy tiernas y hermosas.


Precisamente ayer, buscando entre sus cosas para quemarlas, me encontré con una carta amiga. El hijo de puta tuvo el descaro de guardar la evidencia de su idilio romántico en nuestro closet Patricia, justo al lado de mis vestidos y escondida atrás en el cajón donde guardo mis perfumitos, esos que te conté que eran de París y de esas tiendas finas de por allá en Europa.


¡El muy descarado y sinvergüenza amiga!. Allí… en nuestra casa.


Yo nuevamente me puse a llorar como una Magdalena y fue cuando te llamé amiga. Acá tengo la carta. No fui capaz de terminarla de leer. Después de los primeros párrafos me llené de dolor y cólera y la arrugué tirándola a la basura. Luego me arrepentí y separé los pedacitos de kleenex que tenían todavía mis lágrimas, la aplanché un poquito, me la guardé en el bolso y me vine derecho a verte Patricia.


Esa es la evidencia… ¿ves? La prueba de su desfachatez. Se ve muy clarito que es una carta de amor. Un homenaje a otro ser que me robó a mi Manuel, llevándoselo a la tumba, allí… donde yo ya nada podía reprocharle ni gritarle al pusilánime ese.


Tenla tú amiga. Te la entrego. Yo no podría leerla. Mi corazón no aguantaría. Léela y algún día, ya cuando haya pasado bastante tiempo, me llamas y me cuentas.


Yo me iré a la capital indefinidamente, a la casa de Rosángela. Creo que me quedaré allá una temporada tratando de pasar este trago amargo y quizás… viviendo. ¡Viviendo Patricia, viviendo… tengo que vivir de nuevo!


Cuídate amiga. Ahora ya es tuya. Haz lo que quieras con la carta. Total, creo que ya ni me importa el pasado de ese infame patitorcido. ¡Ay Manuel Francisco, amor mío!… ¿por qué te me fuiste maldito hijo de puta?


Adiós Patricia, discúlpame por todo Patricia.


La Carta:


Finalmente y como siempre en cada domingo, llegué ansioso a nuestra cita ignorando cómo lucirías esta vez.


Recordé aquellas tardes en las que me había deleitado con tu compañía.


A mi mente también llegaron esas noches de sudor y pasión en las que adoraba tocarte y, a pesar de tus infinitas facetas y disfraces, siempre encontraba en ti aquella libertad tan anhelada y buscada.

Aún tengo grabada en mi cabeza la primera vez que te vi… y es que era yo sólo un niño. Un ingenuo infante que apenas retozaba entre loncheras y barquitos de papel. Un inocente chiquillo que simplemente soñaba con cometas y crayolas, un pueril retoño que no poseía aún las nociones de aquello llamado amor.


Y te vi… allí, reposando en el pasto, tan tranquila y delicada, tan cautiva y serena. Una divina y angelical llena de pecas que con su sola presencia hacía recordar las más dulces golosinas.


Y que me perdonen los enojados dioses y que me condenen los traviesos demonios pero, con todo y a mi corta edad, yo sólo quería tocarte.


A tu lado fui un pequeño hombre y un virtuoso guerrero.


Sólo bastó una mirada y un suave roce contigo para quedar prendado de ti.


Y claro, los demás niños se disputaban ansiosamente tu compañía y yo apenas pude atinar a comprender, en mi confundido corazón, que nunca serías sólo mía.


Y heme aquí de nuevo, esperándote. Silente y enfermo por acariciarte una vez más, mi ajena amiga.


Y no reprocho tu pasado ni condeno tu presente.


Sé, como lo supe antes, que inevitablemente rodarías por otras pieles, que entregarías tu alma a otros extraños igual de trastornados por ti y por tu magia.


Pero ya nada podía yo hacer y atado a ti me había quedado, firmemente anclado, sin miedos ni reproches, a tu gitana existencia.


Me hallaba algo nervioso… cosa usual en mí.


Me dispuse a esperarte mientras contemplaba el horizonte y los miles de rostros estáticos en esta vida.


Ese entonces, como siempre, llegué cargado de silencios, de pesares y mundanos cuestionamientos otorgados por esa infame vida que me consumía la mayor parte del tiempo… tiempo en el que no te veía, tiempo en el que desesperadamente te extrañaba.


Y sé que no conoces completamente mi vida ni yo la tuya. No me preguntas dónde he estado ni con quién, y yo tampoco lo hago contigo. Es un acuerdo tácito, una neutra complicidad ante la irrefutable realidad de tus muchos amantes. ¿Y quién podría culparlos por desearte? ¿Quién soy yo para reprochar a aquellos extraños que sólo buscan tocarte? Es este un amor enfermizo.. lo sé.


Pero es que… ¿quién más que tú para drenar mis ansias, calmar mi dolor en ocasiones, saciar mi sed de victoria y apaciguar mi alma?


Tú me das vida y una extraña sensación de inmortalidad… una terrestre gloria.


Contigo se pierden en el olvido las muchas trivialidades del vivir. A tu lado desaparecen las extenuantes tribulaciones de este mundo sin sentido… así sea por diminutos ratos que, en ocasiones, se hacen eternos gracias a ti.


Me haces olvidar todo el dolor. Incluso haces olvidarme de ella, de ellas, de las supuestas bellas.


Tu silencio es voz estridente y ensordecedora. No necesitas hablar, no es necesario ya que tú SÍ comprendes y entiendes esa pequeña y agonizante faceta del hombre llamada libertad.


Estoy listo… aguardando al igual que muchos otros esperan con ansia tu llegada.


Sé que arrastras tras de ti muchos amantes, pero te juro que a veces te quisiera solamente para mí.


Te presentas mayestática, casi insolente, y a tu arribo todo el mundo acude a tu presencia. A mirarte, a sentirte… a buscarte.


Intentando parecer displicente, aguardo impaciente por ese breve resquicio temporal que me permita abrazarte y robarte aunque sea sólo por un par de segundos que apaguen mi sed de ti. Pero eres ajena… lo comprendo.


Saludas a varios admiradores y cariñosamente te ensalzas en un jugueteo con estos cleptómanos de mi mundo.


No hay espacio para los celos, únicamente para los crecientes latidos que indican tu proximidad a mí.


Sudo por tenerte, preciosa…


Sé con resignación que me has convertido en un carnal seguidor de tus curvas, en un insolente admirador y voyerista de tu andar.


Y finalmente llegas a mí.


Y recordamos viejas glorias, pasiones bajo la lluvia e infinitos atardeceres de lujuria y sol… de sudorosos jadeos de ayer y de siempre que acompañaban nuestros encuentros.


Siento 1.000 miradas sobre mí, inoportunos e impacientes ojos clamando por su turno de tenerte.


Es entonces cuando me doy cuenta de que ha llegado la hora. De que ha arribado el momento de, una vez más, entrar en perfecta comunión. De escribir otra página entre la pecosa y yo… la dulce y pecosa pelota.


Que comience el romance.

La mágica orgía.

¡Qué comience el partido!




Génesis


El fútbol es la única religión que no tiene ateos”.

Eduardo Galeano



En los pasillos del cielo sólo había un sepulcral silencio y un perenne “nada”.


El infinito tedio se extendía aquí y allí, mientras varios rubiecitos con alas roncaban el ronquido de la inanición eterna.


Las oficinas celestes dejaban mucho que desear en cuanto al tema del movimiento cósmico y los diversos espacios que comprendían este reino parecían un desolado desierto en medio de… bueno, en medio de algo.


Igual era algo de esperarse. El cielo, siendo una oficina “recién abierta”, no había visto antes actividad alguna, ni clientes, ni quejas, ni pedidos, ni largas filas en su recepción. Nada de nada.


Y decir “recién abierta” en este contexto es simplemente algo imposible de explicar, pues siempre había estado allí. Inexistentes aún los conceptos de espacio, tiempo, materia y energía, no había pues un punto de referencia que por lo menos permitiera ver o revisar un registro contable de los últimos movimientos o estadísticas de la sucursal divina por excelencia.


Es menester e imperativo hacer énfasis en esta cuestión del tiempo inexistente y de la omnipresencia de la nada. Sin aún un génesis en marcha, el origen de cualquier método o herramienta de medición o comparación de asuntos tan simples y comunes como “es una pérdida de tiempo, mejor ni te apurás y nos vamos en el auto” o “siempre le dije a José que esa muchacha no le convenía” se vuelven irrelevantes (o irreverentes, concepto que tampoco allí existía aún).


Es decir, para ser más claros y cantaletosos respecto a todo esto, el cielo siempre fue… ummm, siempre estuvo ahí, al igual que su sempiterno fundador. ¿Estamos?


Fuera como fuera, este hecho nunca fue realmente un problema para los seres que allí habitaban y que “atendían” el negocio de la existencia. Con todo el “no tiempo” en sus manos, ellos simplemente se dedicaban a ser (o a dormir, como en el caso de los monos querubines, contrario a lo ya manifestado, sí habiendo sido estos creados por el Omnímodo para… bueno, para algo, algo tendría Él pensado).


No fue entonces sino hasta que en un “día” de “pereza”, tumbados en las nubes (casualmente en el cielo sí había y ha habido nubes… lo mejor es no preguntarse porque ni para qué), varios ángeles, en un extraño arranque de conciencia existencial, llegaron al tema o concepto de lo “aburrido”. Todo un debate se desató en torno a tal profanación de lo ya existente (o inexistente) y de lo ya establecido en aquel territorio sagrado. Los ánimos se caldearon un poco, apareciendo por primera vez en escena el tema de las emociones, en este caso, el de la ofuscación, la indignación y el que al parecer caló más en todos los prístinos alados; el de la curiosidad (allí tampoco habían aún gatos por si el curioso lector se llegó a preguntárselo).


Aquel exacerbado grupo de seres de cabellos de color miel discutió el recién surgido tema y, por vez primera, sintieron que algo se estaba formando al interior de dicho corrillo.


Unos cuantos tomaron partido a favor de la expresión “esto está muy aburrido hermano – acá nunca pasa nada” y otros, tercos e indolentes, favorecieron el “Así es el cielo, no nos vengamos a inventar”. Otro, que tenía una mirada más picaresca, asumió enfático un simple pero desconcertante “Ser-o-no-ser-he-ahí-la-cuestión”


A varios la cabeza les empezó a dar vueltas con extrañas ideas y sentimientos que, a partir de allí, estuvieron siempre presentes en esta polémica que duró una eternidad de “no tiempo”. A la final, ambos grupos decidieron que lo mejor era exponer este asunto ante el Jefe Supremo, quien sabría cómo zanjar estas recién encontradas diferencias. Después de todo, Él tenía todas las respuestas de todo lo que aún no existía.


Aleteando ansiosos, la mayoría se encaminó por el sendero blanco y nebuloso que llegaba a las oficinas principales del Gran Creador del cielo. Humildemente tocaron en la gran puerta de madera maciza, que tenía un brillante y luminoso letrero que decía “Dios” (a veces había uno de “no molestar”, pero en esta ocasión no parecía ese ser el caso).


Luego de tocar varias veces, esperaron allí pacientes y desnudos con las alas recogidas, a la par que uno de ellos comenzaba a tener la noción del frío que estaba haciendo al tener tan poca ropa encima. Él salió después de un rato con los ojos un poco dormidos y, con aire magnánimo, les saludó mientras jugueteaba con algunos mechones de su larga barba blanca (al principio parecía una barba normal, pero luego los querubines tenían la inesperada sensación de que esta se extendía por todo el suelo ante ellos). Entre todos ellos se miraron como apenados (era obvio que Él también había estado tomando una siesta) y, frotando ansiosamente sus manos, quedaron allí, en silencio, mirándose como temerosos. Él, paciente y aún jugando con las largas extensiones capilares que brotaban de su rostro, los observaba con serenidad. Finalmente, uno de ellos tomó la vocería y dijo con melodiosa voz: “Disculpe usted, Altísimo (en verdad se veía muy alto), no se lo tome a mal, pero es que varios de nosotros estamos algo aburridos. Creemos que acá nunca pasa nada. Ya sabe… quizás algo de acción sería bueno para el negocio”.


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