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Doctor Who

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UN ENEMIGO DE MIL FORMAS

por Elmer Ruddenskjrik





Doctor Who

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UN ENEMIGO DE MIL FORMAS


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Copyright 2017 Elmer Ruddenskjrik

Este relato está dedicado a Fran, Luis y Ada, mis amiguitos de Alicante


Y ahora... que comience la función.

—¡Ey! ¿A dónde os llevo? —preguntó el Doctor apoyándose sobre el hexágono de controles de la Tardis y volviéndose a mirar a sus invitados con un estrafalario juego de pies. Abrió los brazos hacia ellos, enarcando sus finas cejas y sonriendo exultante—. ¡Tenemos todo el tiempo y el espacio ante nosotros!

Fran, que acababa de entrar justo por detrás de Ada, miraba a su alrededor con turbación.

—¡Vaya, es más grande por…!

—¿...dentro? ¡Sí, lo sé! Lo oigo mucho… —le interrumpió el Doctor, con una caída de ojos de suficiencia, apoyándose con los codos, de espaldas, en la mesa de control.

—Conociendo a estos dos, no me extrañaría que te pidieran ir a Barcelona… —dijo Ada con socarronería. Ella se había empeñado en ir a buscar a sus dos amigos tras llevar dos semanas de aventuras con el Doctor. Se moría de ganas de que descubrieran siquiera la mitad de las maravillas de las que había sido testigo a bordo de la Tardis.

—¡Barcelona es una gran elección! Pero… —el Doctor ya estaba correteando alrededor de los controles sin dejar de manipularlos con frenetismo y precisión, mientras hablaba—, ¿el planeta o la ciudad?

—¿Existe un planeta llamado Barcelona? —quiso saber Luis, con un tono incrédulo.

Acababa de cerrar con cuidado la puerta al entrar, y miraba con algo de inquietud la imposiblemente amplia estancia que se abría dentro de la estrecha y anacrónica cabina de policía británica. El tono cobrizo, anaranjado, los sinuosos orificios con esferas brillantes en paredes y techo (que parecían vacíos y fríos ojos alienígenas), y los tubos, cables y luces (de ignota función todos ellos) formaban en su mente la idea de que se encontraba dentro de la sala de espera de un laboratorio de vivisección humana. Se le antojaba un desagradable presagio de lo que pudiera suceder en adelante, pero, por Ada, no dijo nada. Intentó disimular su nerviosismo dándose un aire curioso.

—¿Alguien ha dicho “planeta Barcelona”? —preguntó muy rápido el Doctor, terminando de dar una vuelta y media a la mesa de los extravagantes controles (tirando de unos resortes aquí y empujando otros allá, pulsando unas teclas por un lado y retorciendo manivelas por el otro), para al final detenerse con la mano izquierda sobre una gran palanca muy parecida a aquellas que activaban las antiguas sillas eléctricas. Levantó su otra mano como si fuera una estrella del rock a punto de ponerse a tocar el solo de su vida—. No se hable más, pues. Planeta Barcelona… ¡Allá vamos!

El Doctor tiró con energía de la palanca hacia sí, hasta abatirla por completo hacia abajo. La estancia empezó a sacudirse con cierta violencia hacia uno y otro lado, mientras un poderoso sonido ondulante, combinación de un rumor grave y un espantoso aullido agudo y metálico, aturdía los tímpanos de los recién llegados. Fran fue capaz de agarrarse al respaldo de la silla marrón más cercana a la mesa de los controles, mientras que Luis había conseguido sujetarse a tiempo a la barra pasamanos que bajaba ante la puerta de entrada acompañando un corto tramo de escaleras. El Doctor empuñaba entusiasmado la palanca con la que había hecho despegar la Tardis, y Ada, junto a él, agarrada a su brazo izquierdo, miraba emocionada el extraño y gran instrumento de cristal que, dentro del gran cilindro transparente que se izaba en el centro de la maquinaria, bombeaba arriba y abajo, al son de aquellos extraños quejidos mecánicos.

Mientras tanto, desde fuera, la cabina azul empezó a desvanecerse, desmaterializándose en mitad de aquella solitaria pista de patinaje (desierta por la hora, las ocho y veintiún minutos de la tarde de un martes) de aquel parque de la ciudad de Alicante, de manera tan tenue que más bien parecía estar haciéndose invisible. Al instante reapareció, como succionada con violencia, en mitad de un torrente tubular de bruma azulada y tempestuosa. Por todos lados, poderosos relámpagos salían despedidos desde las profundidades nubosas que formaban el vórtice espacio-temporal, dispersándose alrededor de la máquina totalmente inofensivos, pese a alcanzarla y hacerla girar en complicados remolinos.

Dentro de la Tardis no se sentía ninguno de estos fenómenos, y tras la sacudida del despegue todos pudieron recuperar enseguida el equilibrio. Ada, acostumbrada a los sonidos y movimientos, se soltó del brazo del Doctor para demostrar a sus amigos que no había peligro.

—¡Madre míaaaa! —exclamó mientras pasaba junto a Fran, dándole un par de palmadas en la espalda, y siguiendo directa hacia Luis—. Parece mentira, las caras que me lleváis. ¡Vosotros, que os pasáis la vida leyendo cómics y viendo series de ciencia-ficción!

—Bueno, es que una cosa es la fantasía y otra estar aquí… ¡viviendo esto! —dijo Fran, sin dejar de mirar a su alrededor, tentado de empezar a pulsar botones para ver si de alguno de aquellos grifos saldría café con leche…

—De momento no hay más que hacer —empezó a hablar el Doctor, cogiendo a Fran de los hombros y tirando de él un poco hacia atrás, como haciendo ver que no debía ocurrírsele tocar nada—. No queda más que esperar… Bueno, ¿a alguien le apetece un té o unos palitos de pescado con natillas? Yo tengo hambre, ¿alguien tiene hambre?

—¿Palitos de pescado con natillas? —susurró Luis a Ada, dejándose llevar de su mano hacia el centro de la Tardis—. ¿Qué dice este tío?

—Este tío no, el Doctor —le corrigió ella.

—Doctor… ¿Doctor qué?

—Doctor a secas, amiguito de Ada —contestó el Señor Del Tiempo. Se volvieron a mirarle. Su gesto era de suficiencia y de cierta expectación, mientras daba lentos pasos hacia una de las galerías que se perdían hacia quién sabía dónde. Dio una sonora palmada y le señaló con un dedo, mostrando un exacerbado entusiasmo—. ¿Qué va a ser? ¿Café? ¿Té? ¿Quizá una horchata? Sé que eso os va mucho a los de Alicante, ¿no? ¿Acompañada de una tostada con aceite y tomate o prefieres probar mis palitos de pescado con natillas?

—Tengo por norma no comerme el palito de nadie… —declinó Luis con cierto humor. Ada le sacudió un codazo en el costado.

—¡No! No castigues a nuestro invitado. Me gustan las bromas audaces, ¡sí señor! —le defendió el anfitrión—. Traeré un poco de todo, y ya elegís vosotros. La Tardis dispone de una cocina automatizada que resulta muy eficiente replicando las recetas de los alimentos de la Tierra, ¡ya veréis!

En ese momento, antes de que acabara de irse tras darse la vuelta, el lúgubre tañer de una campana se dejó oír desde un lugar indeterminado. En realidad parecía sonar desde todos lados al mismo tiempo. El Doctor se detuvo en seco y se volvió muy despacio, mirando a su alrededor y dejando al final caer la mirada sobre Ada y cada uno de sus amigos.

—¿Qué es eso? —preguntó Fran, mirando la mesa de los controles, como si esperara encontrar el mando que detendría el ruido.

—¡Es el claustro! ¿Verdad Doctor? La campana del claustro. Algo va a pasar. ¡O alguien está en apuros! —explicó Ada, mirando al Doctor con una expresión emocionada.

—Bueno… no sé si sería buena idea meter a tus recién llegados amigos en una de nuestras inesperadas aventuras…

—¡¿Qué?! Pero alguien estará pidiendo ayuda, ¿no? Deberíamos al menos ver qué es lo que pasa, ¿no?

El Doctor dio una fuerte palmada y señaló hacia Ada mientras empezaba a caminar de regreso hacia el centro de la Tardis.

—¡Ese es el espíritu! Solo era una prueba, nada más que eso... ¡y la has superado! —dijo muy rápido, llegando a los controles y empezando a manipular varios, hasta ponerse delante de un monitor que parecía funcionar a base de tubo de rayos catódicos—. Sin duda se trata de una llamada, pero no pidiendo ayuda… Parece más bien… Una advertencia.

En el monitor empezaron a visualizarse varias ondas senoidales descoordinadas que el Doctor parecía afanarse en manipular con los mandos de sintonización. Las señales fueron uniéndose poco a poco en una sola, y un rumor de estática distorsionada acompañó la aparición de una voz desesperada.

—¡... y los tiene a todos! ¡No sé qué es, nadie sabe qué es! ¡Me he encerrado en la sala de disrupción cuántica! ¡Me espera afuera! Si alguien escucha esto, ¡volatilicen la nave, vuélenla en pedazos! ¡Esta cosa no debe…!

La voz se volvió a interrumpir entre estática y el Doctor parecía no ser capaz de recuperarla.

—Era la voz de una mujer —expresó Luis con cierta preocupación.

—En realidad de una hembra de otra especie. Los ciliados, los llamo yo. Una raza antigua, tanto como la de los Señores Del Tiempo. Nunca habían establecido contacto con otras razas, su proliferación se había desarrollado a lo largo del exterior del disco de la Vía Láctea, como la llamáis vosotros —el Doctor hizo girar su mano izquierda en un gesto circular de leve condescendencia, mientras seguía operando el monitor—. Por un amplio segmento en el extremo diametralmente opuesto en la galaxia al de mi mundo de origen, Gallifrey.

—Si son de otra raza, ¿cómo es que esa voz habla en español? —insistió Luis, confundido y escéptico.

—Es la Tardis, Luis. Traduce automáticamente los idiomas civilizados…

—¿Por eso tu Doctor parece hablarnos en español?

—No —interrumpió el Doctor, volviéndose a mirarle un momento y tocándose la punta de la nariz. Como parecía hacer constantemente, continuó hablando a toda prisa—. De hecho yo hablo a la perfección vuestro idioma. Como Señor Del Tiempo he tenido, precisamente, tiempo para aprenderme todos los idiomas de la Tierra, entre los de “muchos otros muchos” lugares, amiguito de Ada…

—¿“Amiguito”? —repitió Luis, mirándola a ella.

—Algo me dice que hay, hubo o habrá “algo” entre vosotros dos, por eso lo de… “amiguito” —se explicó enseguida el Doctor.

Ada soltó una risita contenida.

—Entonces —interrumpió Fran, mirando la pantalla de las ondas senoidales, descoordinadas de nuevo, señalándolas con timidez—, ¿esta es la primera vez que contactan con otras razas? Entonces sí deben estar desesperados… ¿no?

—Pues no… mi querido… —el tripulante de la Tardis dudó un momento imperceptible— … como te llames. Lo siento, Ada no se molestó en decirme vuestros nombres, quizá por lo intempestivo de su idea y lo arrebatado de mi conformidad, me comprendes, ¿verdad?

—Ehm… no.

—Bueno, el caso es que no contactan con nosotros por desesperación. Mejor sería decir que por accidente. Y mejor decir, como estaba haciendo yo, que “habían contactado” por accidente.

—¿Qué quiere decir Doctor? —quiso saber Ada, algo familiarizada con las crípticas maneras de todos sus discursos—. ¿Que ya es tarde? ¿Que ya habrán muerto por… lo que sea?

—Por lo que sea no… —se volvió a mirar a Ada y sacudió los penetrantes ojos bajo el ceño hacia Fran y Luis—. Porque se extinguieron hace cientos de millones de años sin entablar contacto alguno con ninguna otra raza. Y los Señores Del Tiempo poco más llegamos a hacer que observarles con curiosidad, alguna que otra vez… Pero sin interferir con ellos. ¡Qué tiempos aquellos! Había mucho menos tráfico interespacial y mucho más terreno por edificar…

—¡Pero acabamos de oírla, a esa mujer o lo que sea, pidiendo ayuda! ¡Ahora mismo! —repuso Ada, confundida una vez más, como muchas otras en anteriores ocasiones. Lo de sus amigos, en cambio, trascendía con mucho la mera confusión. Se miraban entre ellos y a Ada, mientras hablaba—. ¿Es que estamos viajando al pasado? ¿O es que…?

—No, nada de eso, querida Ada —la interrumpió el Doctor, volviendo a manipular todos los controles de manera aparentemente aleatoria—. ¿Escuchaste el mensaje? La ciliada había dicho que se había encerrado en la sala de disrupción cuántica. Ellos habían desarrollado, en la tercera etapa de su carrera espacial, un modelo de viaje hiperespacial que les permitía, si bien no viajar en el tiempo, al menos realizar trayectos de cualquier número de años luz en un solo instante —se volvió hacia sus invitados de nuevo, adoptando un histriónico tono de suficiencia y hablando sin apenas pausa para respirar—. Asumo que su disruptor cuántico se habría visto dañado o desestabilizado por alguna razón, y al momento de emitir esa señal de advertencia probablemente no hubiera llegado nunca a sus destinatarios, es decir, alguna otra nave o estación de la misma raza de los ciliados, y que en realidad se perdió a través de diferentes tiempos, interceptándola ahora mismo la Tardis de mera casualidad mientras viaja por el Vórtice.

—¿Vórtice? ¿Qué vórtice? —quiso saber Fran.

—Ahora mismo la Tardis se mueve a través de algo que llamamos el Vórtice. Revolotea a través de un túnel que une todo el espacio y el tiempo del universo, una pequeña muestra del genio de la tecnología de Gallifrey, querido alicantino —concluyó el Doctor con cierto orgullo melancólico, mientras se dirigía con lentos pasos hacia la gran palanca que había usado para hacer despegar la máquina—. Y desde aquí, es desde donde vamos a hacer un pequeño “derrape” en mitad de nuestro viaje hacia el planeta Barcelona… ¡para investigar qué le preocupa a nuestra hace mucho tiempo extinta, pero ahora mismo desamparada, amiga ciliada!

El Señor Del Tiempo empujó la palanca hasta su lugar de original reposo, y la cabina azul detuvo de manera brusca su avance a través del túnel espacio-temporal en la forma de una difícil cabriola que la hizo empezar a dar vueltas sobre su propio eje vertical mientras seguía el contorno de la tormenta tubular. Una larga secuencia de rayos azules se empezaron a concentrar por delante de la Tardis, haciendo saltar nubes de chispas al rojo vivo ante su rápido e irresistible movimiento. Finalmente se hundió en el mar de nubes como la aleta de un tiburón antes de atacar, y se materializó en mitad del espacio, en algún perdido lugar del exterior del disco de la galaxia.

Por dentro, la Tardis soltó a oídos de todos unos sonidos parecidos a gigantescos engranajes bastante oxidados y mal acoplados. La nave no había aterrizado, en el sentido literal de la palabra, y por eso no se habían visto sacudidos por las mismas vibraciones del despegue, así que cuando Fran y Luis observaron al Doctor sin nombre soltar su querida palanca de marchas, exclamaron al unísono:

—¿Ya está?

—Nada de turbulencias esta vez, mis invitados alicantinos —los tranquilizó el Doctor, volviendo a ponerse delante del monitor de tubo de rayos catódicos y manipulando otra vez varios mandos.

En la pantalla, entre nieve de interferencias, apareció la imagen en blanco y negro de un auténtico platillo volante. No se podía apreciar su tamaño exacto ni la distancia desde la que se estaba tomando la imagen. No había mucha definición, y aunque se distinguía que el artefacto estaba recorrido por desniveles que lo hacían parecer indudablemente una máquina metálica, no se veían estrellas en el fondo negro de su alrededor, y parecía más bien aquello un falso efecto de película antigua a base de maqueta de papel y un hilo muy fino.

—¿Esa es la nave de los… ciliosos esos? —preguntó Ada enseguida, adelantándose hasta ponerse al lado del Doctor, entornando los ojos.

—Ciliados… los llamábamos ciliados —aclaró él—. Sí, es casi totalmente casi seguro que casi que sí. La nave no presenta daños estructurales, así que no están sufriendo descompresión ni problemas de soporte vital… al menos, que se pueda decir a simple vista.

—Dijiste que esta nave era de una raza que se extinguió hace la tira —señaló Luis, acercándose también a mirar—. ¿Cómo sabes que has llegado a la época adecuada y al sitio correcto? ¿No podría ser otra nave?

—Bueno, por eso me cuido de decir mucho “casi” al hablar de a dónde llegamos en un viaje espacio-temporal, amiguito de Ada —le puso una mano en el hombro y con la otra le señaló usando el índice. Exclamó, mirando a Ada—. ¡Me gusta este chico! Mirad, lo que he hecho con la Tardis es seguir directamente la señal del mensaje de advertencia que, como ya os dije antes, ha sido lanzado por su disruptor cuántico a través del Vórtice. Hemos llegado hasta su origen en el momento exacto en que se ha enviado. ¡Puede que seamos, ahora mismo, el equipo de rescate con mejor índice de respuesta que pueda existir en toda la historia del Universo! Pero esto de los viajes en el tiempo no es lo que podríamos definir como una ciencia exacta, y menos cuando uno ha de lidiar con una vieja máquina caprichosa como es la Tardis, así que… ¡haces bien en no darlo todo por sentado, amiguito!

—Bueno, pero si ahora debemos entrar en su nave… ¿Cómo lo vamos a hacer? No tendremos que cruzar el espacio hasta allí con trajes espaciales… —preguntó Fran, algo inquieto, sin acercarse al monitor pero observando fijamente el platillo volante.

—¡No! —exclamó su anfitrión con entusiasmo, y arrancándose a hablar con la misma energía con la que hacía todo—. Ahora que estamos más cerca, podremos materializarnos en el mismo interior de la nave, en un lugar lo bastante espacioso para contener la Tardis. Los ciliados, o los dhim, como se llaman a sí mismos, respiran también oxígeno, aunque en una concentración algo mayor. A la larga podría sentaros mal, pero en principio no experimentaréis nada más que una pequeña sensación de euforia si respiráis con profundidad… Mi consejo: respirad de manera sosegada, y en bocanadas cortas…

—Entendido, Doctor —le respondió Ada con ánimo.

—Amigo y amiguito de Ada, sabed que los ciliados son criaturas de aspecto humanoide, pero, como alienígenas respecto a vosotros, bastante diferentes… Espero que sepáis mantener la compostura. Venimos a solucionar problemas, no a provocarlos… ¿entendido?

—Esto… ¿sí? Vale, no somos idiotas, y Ada nos ha dado bastante la brasa con el tipo de cosas que ha visto en vuestros viajes… —aclaró Luis, con cierta impaciencia.

—Estaremos bien —asintió Fran, mostrándose seguro de sí mismo.

—¡Os creo! Conozco de primera mano el extraordinario nivel de adaptabilidad humana… —afirmó el Doctor, manipulando nuevos controles alrededor de la abarrotada mesa—. Y ahora… aparezcamos con suavidad y cuidado, sin hacer daño a nadie, sobre todo…

Tiró de nuevo de aquella palanca que tanto les parecía a Fran y a Luis que el excéntrico hombre tenía por gusto manipular. Los mismos sonidos, pero muy brevemente, se sucedieron en ese momento, y desde fuera, la cabina azulada se vio materializada en mitad de un amplio espacio delimitado por paredes diseñadas con las formas de anchas olas metálicas de medio metro de amplitud, sucediéndose en larga secuencia estática.

El Doctor fue el primero en salir, seguido por Luis, al que Ada, mostrándose muy segura de sí misma y algo socarrona, cedió el paso a modo de elegante caballerosidad invertida. En cuanto salió, algo por detrás del Señor Del Tiempo, se percató de la facilidad con la que podía respirar y la sensación de frescor ardiente que encendía su pecho. El aire estaba impregnado de un aroma dulzón, no exactamente desagradable pero molesto, con una etérea cualidad aceitosa. De algún lado se oía un rotundo tamborileo arrítmico.

—¡Oh! Vaya… “Sin hacer daño a nadie”, dije —lamentó el Doctor, volviéndose a mirar hacia algún lado detrás de él, a la izquierda.

Luis siguió la dirección de sus ojos mientras se acercaba hacia él. Pegó un salto sacudiéndose como electrificado, soltando un grito apenas contenido de verdadero horror. En el lado izquierdo de la Tardis (el derecho, según la miraban en ese momento) una cosa que parecía algún tipo de cucaracha gigantesca arrastraba sus muchas largas patas a su alrededor, casi toda la mitad izquierda de su ovalado y cóncavo cuerpo aplastada bajo la máquina de viaje espacio-temporal. No hacía más ruido que el de una de sus patas golpeando con desesperación y futilidad el costado de la cabina, como si a base de empujar fuera a ser capaz de sacar intacto su cuerpo oscuro de debajo.

Luis se agarró de manera inconsciente al brazo del Doctor.

—No te haría nada aunque pudiera moverse —le quiso tranquilizar, aunque su jovial tono le crispaba aún más los nervios. Sonaba como un psicópata, indolente ante ningún horror o sufrimiento—. Son insectos domesticados. Los ciliados los crían como alimento. Como en las granjas de la Tierra hacéis con mamíferos y aves...

Ada y Fran salieron y se acercaron hasta donde estaban, mirando con curiosidad y algo de asco el insecto alienígena. Ada ya había visto cosas más feas y raras, pero una cucaracha gigante seguía produciendo en ella una aversión instintiva. Fran, en cambio, parecía tener ganas de encontrar un palo con el que poder juguetear con la pobre criatura moribunda.

—Madre del amor hermoso, ¡peazo de bicho, ¿no?! Vale...

—¿Cómo es que hemos aterrizado sobre él? —quiso saber Ada, algo preocupada—. Creía que la Tardis evitaba aterrizar sobre seres vivos…

El Doctor extrajo de un bolsillo interior de su elegante pero aburrida chaqueta de color beis un dispositivo alargado que, sin ceremonias pero con elegantes y experimentados movimientos, dirigió hacia la Tardis. En un instante, el extremo del dispositivo se extendió y abrió, iluminándose al pulsar un botón, produciendo un sonido electrónico, agudo y un poco amenazante. Lo agitó trazando una irregular y veloz circunferencia en el aire para luego acercárselo a la cara y mirar con atención su costado, como si leyera con avidez algunos datos. A simple vista, Luis y Fran hubieran dicho que no había nada que leer ahí. Es más, Luis pensaba que parecía una trepanadora para sesos o algún tipo de dolorosa sonda colonoscópica.

—Lo que imaginaba —dijo el Doctor, cerrando los ojos un momento, como si pensara—. La disrupción cuántica. Ha confundido a la Tardis. En verdad, es una suerte que entráramos tan adecuadamente, y no llevándonos buena parte del fuselaje en una colisión desastrosa… A la Tardis no le habría pasado nada, pero menudo favor les habríamos hecho a nuestros anfitriones…

—Eso es… el nosequé sónico, ¿no? —preguntó Fran a Ada.

—¿Y no podemos salir y volver antes de aplastarlo, o sin aplastarlo? —quiso saber Ada, ignorando a su amigo.

—No, querida, esta vez no. Me temo que estamos atrapados. La Tardis ahora mismo no puede volar. Si no desactivamos el disruptor cuántico o ayudamos a los ciliados a repararlo, nadie, ni ellos ni nosotros, seremos capaces de ir a ningún lado —explicó hablando tan rápido como solía pero con demasiada seriedad, de pronto. Agitó su artilugio de nuevo y se acercó hasta la criatura-insecto que tanto sufría. Sin mostrar repulsa alguna, se acuclilló junto a ella, pasándole la mano libre por la lisa y brillante superficie calcárea y dirigiendo el haz de luz del chirriante instrumento hacia la que debía ser la cabeza de la criatura—. Estamos todos atrapados en el vacío del espacio. Demasiado lejos de cualquier lugar al que poder llegar volando a velocidad sublumínica, y a millones de años de la existencia de cualquier cosa que nos sea familiar…

—¿Qué está haciendo? —preguntó Luis a nadie en concreto.

—Se está muriendo. He utilizado el destornillador sónico para cortar sus conexiones nerviosas para que no sienta dolor, y ahora... lo estoy durmiendo… para… que tenga una muerte tranquila.

El destornillador sónico redujo la frecuencia de su chirrido, y la criatura insecto pareció irse calmando, reduciendo su frenético pataleo primero, y quedándose quieta después. Solo algunas patas temblaban, como por acto reflejo.

—Eso… ¡destornillador sónico! ¡Lo sabía! —le susurró Fran a Ada—. Para que veas que sí te escucho…

—¡Shhh! ¡Calla! ¡Un poco de respeto!

—¿Respeto? Pero si es un bicho gordo, Ada…

—Lo que está claro es que este pobre insecto no hubiera debido encontrarse correteando por aquí —empezó a explicar el Doctor, poniéndose en pie y mirando a la criatura con compasión. Mantuvo su destornillador sónico en la mano derecha y de nuevo su talante era resuelto—. Los ciliados mantienen a los insectos en rediles. Son su comida, no mascotas; jamás los tendrían a su libre albedrío por toda la nave… Los ciliados son… estrictos. Nada marciales, pero muy suyos en cuanto a orden y organización se refiere.

—¿Qué clase de monstruos se comerían a esos pedazo de bichos? —exclamó Luis, imaginándose a una especie de altos y corpulentos ogros agarrando a la cucaracha gigante con ambas manos y devorándola viva, como si fuera un bocadillo.

—Ningún monstruo, amiguito de Ada. Personas, pero de otra especie. Como mínimo conoceréis a una. A esa hembra que envió el mensaje. La que nos ha traído hasta aquí. Seguidme. Y manteneros detrás de mí. No sabemos qué está pasando aquí…

El Doctor alzó su destornillador y lo hizo funcionar de nuevo manteniéndolo erguido hacia arriba ante sí, como una antorcha. El dispositivo chirriaba con levedad y de una manera fluctuante, como si estuviera detectando algo.

—Seguiremos la distorsión cuántica hasta su origen. La dhim acaba de mandar el mensaje, así que asumiremos, lógicamente, que ella sigue encerrada en la sala del motor. Al menos me parece un buen indicio para empezar…

—Este sitio es muy raro… —exclamó Fran, mirando a su alrededor.

—Fran… ¡estás en una nave extraterrestre! ¡Y en otro tiempo! —le recriminó Ada.

—¡Solo digo que es raro! ¿Es que no se puede hablar, en el espacio?

—¡Joder, tío…! ¡Cómo eres! —suspiró Luis.

—La verdad es que no se puede hablar en el espacio porque no hay aire para respirar —se apuntó a discutir el Doctor, con cierto humor—. Pero entiendo a qué te refieres, amigo Fran. Ven, ven conmigo. Eres alto, tan alto como yo… No creo en la violencia, pero tener delante a los miembros más corpulentos del grupo puede ser determinante a la hora de prevenir conflictos…

—¿Pueden ser hostiles, los ciliosos?

—Ciliados, Ada. Llámalos dhim, si lo prefieres. Ellos por sí mismos no son nada belicosos. Pero, como os dije antes, no han establecido contacto con ninguna otra especie inteligente. Quizá les resulte… chocante. Y además… no sabemos si, dadas las circunstancias… están solos.

Al oír esas últimas palabras, Fran se volvió a mirarle. En realidad el Doctor iba casi detrás de él, sujetando el destornillador en su mano derecha y empujándole con el brazo izquierdo pasado sobre sus hombros. No parecía tener miedo, sin embargo.

El grupo de inesperados aventureros dejó atrás enseguida la amplia sala de estáticas olas metálicas en las paredes y salieron a un pasillo que se bifurcaba en curvas contrarias. El Doctor, sabiendo a dónde dirigirse gracias al sonido de su destornillador, guió al grupo a la derecha, usando al alto Fran de ariete y comparsa propia. Las paredes de los pasillos tenían la forma de sinuosidades parecidas a las de la sala que habían dejado, pero más pequeñas e irregulares. Seguían siendo metálicas y sólidas, pero daban la impresión de tratarse de algún fluido plateado que alguna magia o tecnología imposible había detenido en mitad de su intempestivo oleaje.

—¿Las paredes son así de raras por algún motivo?

—Efectivamente, amiguito de Ada —le contestó el Doctor a Luis—. Estas superficies se mueven como un fluido cada vez que la nave se prepara para un viaje a través del hiperespacio. Es la manera en que los ciliados evitan el efecto adverso de los taquiones en su biología. La aleación de las paredes se vuelve líquida y gira a cierta velocidad, desviando la radiación hiperlumínica de las zonas habitables de la nave. Sin ello, los ciliados podrían sufrir un envejecimiento acelerado tal que prácticamente se desintegrarían en el mismo momento de iniciar un viaje… o quizá sobrevivir, arrastrando espeluznantes malformaciones, pese a todo…

—Y… ¿si le da a alguien por activar el viaje hiperespacial estando nosotros por aquí, y esas paredes no hacen su trabajo? ¿Qué nos pasaría?

—Pues… lo mismo que a cualquiera de ellos, querida Ada. Aunque asumo que el efecto de escudo de taquiones es un proceso automatizado que no permitiría jamás que ocurra eso… Espero.

—¡No me mola nada esto! —exclamó en voz baja Luis, y se dirigió a Ada—. ¿Alguna vez te había pasado con él algo parecido?

—Es lo habitual, de hecho —le respondió ella con una media sonrisa. De repente le parecía que Ada estaba mentalmente desequilibrada.

—¿Y no se te ocurrió comentarnos algo así? ¿Hablarnos del peligro y la muchedad de posibilidades de morir en estos viajes?

—¡Has dicho muchedad! —se rió ella.

—¡Ahí va! —exclamó en voz bastante alta Fran.

Oirle había hecho que Ada y Luis olvidaran su conversación. Al mirarle le vieron revolverse bajo el brazo del Doctor, como si intentara retroceder y este último no se lo permitiera.

—¡Hola, muy buenas! —oyeron decir al Doctor, que levantaba la mano que sujetaba el destornillador sónico y abría los dedos opuestos al pulgar, a modo de saludo—.¡No, no se levanten amigos, no es necesario!

Ada y Luis se apresuraron a ponerse junto a ellos, en la boca de la salida del pasillo. Resultó que se abría a una sala no tan amplia como aquella en que se había materializado la Tardis, pero muy parecida en forma y estilo. En esa estancia, sin embargo, las paredes de metal líquido congelado presentaban unas formas totalmente irregulares, que para nada tenían que ver con las olas idénticas y redondeadas de la primera sala, ni aun siquiera con las más variadas del pasillo que habían ido recorriendo. Allí, las paredes mostraban unos picos retorcidos y afilados, segmentados en otros más pequeños y cuyos extremos incluso parecían peligrosos, por afilados. El metal, pese a su estado estático, tenía allí una auténtica facultad de animación… de estar vivo y además presumir de un espíritu vil.

Aquello era perturbador por sí mismo, pero lo que inquietaba tanto a Fran era la presencia de los individuos de la especie de los ciliados, alguno de los cuales ya se había puesto en pie. Parecía que habían estado todos sentados tan tranquilos sobre una especie de butacones individuales que se movían por el suelo de un modo deslizante. Al momento de mirar Ada y Luis, dos de los seres estaban ya de pie y los tres aún sentados orientaban sus asientos hacia ellos. No estaban manipulando nada con sus bastante humanas manos, así que, o los controlaban por telequinesis, o los muebles quizá gozaran de una sencilla inteligencia artificial. Fuera como fuera, cinco de los denominados “ciliados” por el Doctor les miraban con bastante menos estupor del que él mismo se esperaba.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo han entrado en nuestra nave?

El que hablaba era uno de los ciliados todavía sentados, el más alejado, justo delante del paso a otro corredor.

Todos ellos eran muy parecidos entre sí, a simple vista indistinguibles para Ada y sus amigos. Lo primero que llamaba la atención eran los ojos, tan grandes y redondos que recordaban a los de los búhos. Todos tenían los iris teñidos de varios colores distintos, incluso dentro de un mismo ojo; mientras algunos de ellos poseían ojos algo más homogéneos, la mayoría tenían un buen y hermoso arcoiris alrededor de sus grandes pupilas. Los orificios nasales resaltaban en medio de ambos ojos, y más abajo, casi al filo de sus redondísimas barbillas, la delgada línea de la boca vibraba apenas para hablar, sonando su voz un tanto ahogada y pastosa, como si la lengua no tuviera espacio para moverse dentro de la cavidad bucal. Sus oscuras pieles parecían recorridas en la cara y manos por diminutas olas de pelillos que los hacía parecer atigrados de una manera algo hipnótica. Desde encima de la frente y hasta la nuca, sus cabezas estaban protegidas por duras placas óseas de distintos colores y tonalidades en cada individuo. En ellas, donde una persona tendría las orejas, unos pequeños orificios cavernosos les servían de pabellón auricular. Aquellos cascos les eran naturales, y no parte del traje reglamentario que vestían: una especie de mono de trabajo de un color verde oscuro y con algún tipo de código de líneas y puntos negros cruzándoles el pecho; probablemente, esos colores estaban visualmente contrastados a su percepción visual, pero para el Señor Del Tiempo y sus acompañantes eran casi indistinguibles. Su calzado consistía en unas botas que se unían a sus monos cerca de sus muy altas rodillas por algún tipo de cierre metálico circular de tipo estanco.

A la vista saltaba, por cuenta de los dos que se habían puesto en pie, que su estatura media era bastante mayor de los dos metros. Fran, empequeñecido su ego ante aquellas estaturas, acabó por revolverse y zafarse del abrazo del Doctor para ponerse justo a sus espaldas. El Señor Del Tiempo se llevó la mano izquierda a la pajarita roja que adornaba su cuello y se la ajustó un poco, como para mostrar elegancia ante las criaturas alienígenas.

—Por favor, no se asusten, anfitriones nuestros —intentó apaciguarlos, hablando tan rápido como tenía por costumbre—. Sé que será toda una sorpresa, pero no, no estáis solos en el universo y sí, hemos venido a ayudar, respondiendo a la llamada de emergencia que ha enviado una de los vuestros…

—Nadie ha enviado un aviso de emergencia, desconocidos.

La criatura que habló en ese momento era una de las que se habían puesto en pie. Su voz era femenina, y Fran, Luis y Ada se sorprendieron. No parecía haber distinción física entre machos y hembras de aquella especie. Las secuencias de líneas circulares en que aleteaban sus extrañas pieles de diminutos cilios confundían sus miradas, dando la impresión de que sus caras y manos estaban hechas de algún fluido que no cesaba de ondear. Todos los ciliados parecían sincronizados en el movimiento de sus extrañas pieles.

—¿No? —pareció dudar el Doctor, haciendo un ligero ademán con el destornillador sónico y acercándoselo para examinar las supuestas lecturas que estaría tomando—. Sin embargo sí que hay una fuga de distorsión cuántica, ¿no es así? ¿O es que ninguno de vosotros se ha dado cuenta?

—No hay ningún problema en esta nave que no podamos resolver por nuestra cuenta, alienígenas —insistió la hembra, adelantándose un largo paso, pero sin mostrarse amenazante.

—¿Alienígenas, nos llama? —susurró Fran para el Doctor, mirando desde encima de su hombro.

—Para ellos somos alienígenas, amigo Fran —explicó en otro susurro el Doctor—. No debería preocuparte eso. Sino el hecho de que se están tomando demasiado bien su primera experiencia con otra especie inteligente…

—¡Alguien ha enviado un mensaje de alerta! —exclamó Ada, mirando a la ciliada e intentando que sus ojos no se perdieran entre los anestesiantes efectos ópticos de su cara—. ¡Interceptamos un mensaje de aviso de una mujer de vuestra especie! Su voz, de hecho, se parecía a la tuya. ¿No has sido tú?

La ciliada interrogada abrió las manos hacia ellos y por un momento invirtió el minúsculo oleaje de aquellas extrañas células alargadas de su piel. ¿Aquello significaba algo? El Doctor la señaló de pies a cabeza con el destornillador, haciéndolo chirriar sonoramente.

—¿Qué es eso? ¿Algún tipo de arma? —preguntó otro de los ciliados sentados, poniéndose también en pie.

—¡Oh, en absoluto! Jamás utilizaría un arma —examinó de nuevo el costado del artilugio, sin dejar de hablar, más preocupado por sus propias pesquisas que por mantener una conversación con ellos—. Esto es más bien una herramienta. Una precisa máquina de sondeo, en este caso concreto… —redujo la velocidad y el volumen de sus palabras, mostrando entre curiosidad y decepción—. Que no detecta nada fuera de lugar, ahora mismo.

—Sería de lo más interesante saber qué transporte han utilizado ustedes para llegar hasta aquí —dijo con tranquilidad el ciliado que había hablado en primer lugar—. La nuestra es, oportunamente, una expedición que explora el universo en busca de nuevas formas de vida. Es de lo más curioso que precisamente ahora hayan llegado ustedes a nosotros…

—Sí, oportuno como pocas cosas en el universo —le interrumpió el Doctor, con repentina impaciencia—. Tan oportuno como un mensaje de emergencia enviado a través de una grieta en el tiempo que suplica por la destrucción inmediata de esta nave y de, asumo, toda cosa y ser vivo que hay dentro. ¿Os importaría a alguno indicarnos el camino más rápido hacia la sala del motor de disrupción cuántica?

—¿Para qué quiere usted llegar a nuestro motor para viajes hiperespaciales? —volvió a hablar la ciliada adelantada.

—La verdadera cuestión es por qué no estáis vosotros allí. La tripulación de los platillos hiperespaciales dhimianos alterna entre los cinco y siete miembros. Así que es asumible que aquí pueden faltar entre uno y dos de sus miembros. Y si no es así, es de todo menos tranquilizador pensar que toda la tripulación de una nave varada en mitad del espacio permanece sentada en una misma sala mientras su único modo de llegar vivos a alguna parte permanece inutilizado por motivos desconocidos.

—Precisamente, líder de los intrusos —le respondió el ciliado más alejado, poniéndose en pie con lentitud. Parecía ser el más bajo de todos ellos, pero aún era mucho más alto que el propio Doctor. Debía tratarse del capitán de la nave. Su cara fluctuaba sincronizada con las de los demás—, nos encontrábamos debatiendo el modo de proceder respecto a ello. Un miembro de mi tripulación parece haber entrado en un estado exacerbado de histeria, y se ha encerrado en la sala del motor de disrupción, empeñándose en evitar que lleguemos a ninguna parte. Nos ha detenido en mitad de un viaje de exploración, una misión que nuestros líderes nos han encomendado… Aunque reconozco que ahora mismo me preocupa más recuperar la posibilidad de poder volver a nuestras casas...

—Entonces… —empezó lentamente el Doctor—. Vamos todos a ver qué es lo que ocurre, ¿no? A veces una simple conversación con alguien con un enfoque distinto hace que las cosas vuelvan a fluir, ¿no creéis?

—¿Por qué vamos a confiar en un grupo de alienígenas recién llegados? —dijo otro ciliado, que hasta ese momento no había hablado. Las voces entre los machos resultaban indistinguibles para el Señor Del Tiempo y sus acompañantes de la Tierra, a pesar de poder entenderles—. ¿Qué van a saber ellos de nuestros problemas?

—Sé todo sobre vosotros —explicó con renovada suficiencia el Doctor—. He sido testigo de toda vuestra historia. He contemplado vuestro mundo de origen enfriarse, os he visto pasar de ser diminutas criaturas esponjosas que reptaban sobre sus cilios a evolucionar hasta convertiros en cuadrúpedos gregarios, desarrollar el pensamiento abstracto y la capacidad bípeda, y así hasta ser testigo del lento pero firme desarrollo de vuestra sociedad y tecnología —el Señor Del Tiempo pareció darse cuenta de que tanto los ciliados como sus amigos terráqueos le miraban con un inusitado estupor mientras alardeaba de aquella manera. Se detuvo y carraspeó, antes de concluir— . Y he visto mucho más, pero todo esto no os concierne ahora saberlo. Bien, ¿por dónde se va hacia el motor de disrupción?

—Sígannos por aquí, pequeños alienígenas —les invitó sin más el que parecía el jefe de los ciliados.

En el acto, los dos que aún estaban sentados se pusieron en pie, y empezaron a caminar todos en fila a lo largo del pasillo enfrentado con aquel por el que habían llegado el Doctor y sus compañeros. Los asientos, conformados de un metal muy pulido y con asientos y respaldos moldeados con cóncavas formas adaptadas a la fisionomía de los dhim, empezaron a retirarse hacia lugares apartados junto al contorno circular de la sala. El Doctor animó con un leve ademán a Ada, Luis y Fran a seguirles a todos. Y dejaron la sala, no sin que antes el Doctor la escaneara entera con un rápido giro de su destornillador sónico.

—¿Qué pasa, Doctor? Pareces… más ceñudo de lo habitual —se acercó a susurrarle Ada, mientras seguía desde una distancia de unos cuantos pasos al último del grupo de los ciliados, que no se sabía si era macho o hembra.

—Algo va mal —le contestó en el mismo tono, y hablando muy rápido—. Algo va terriblemente mal con los ciliados, ¡y no sé qué es! —alzó el destornillador sónico, apagado, ante ella, abriendo los ojos y enarcando las finísimas cejas—. ¡Y esto no me dice nada!

—Si el destornillador no detecta nada… es que no pasa nada, ¿no?

—Sí que pasa, sí —la atajó—. Pero hay que estar familiarizado con la especie de los ciliados para saberlo. ¿Ves los microcilios que conforman su piel? Bien, pues no se moverían así. ¡Jamás se moverían así!, ¿comprendes?

—Me estás asustando —repuso Ada, viendo al tripulante de la Tardis tan agitado, de repente— . ¿Cómo se supone que se moverían?

—Pues… ¡no lo sé! —el doctor hizo una serie de aspavientos con los dedos de ambas manos por delante de su propia cara—. No sé, Ada. ¡De maneras aleatorias! ¡Imprevisibles! Hay ciertos patrones comunes para expresar sus emociones. Digamos que es la manera en que gesticulan, en lugar de hacerlo mediante músculos faciales… Tienen patrones comunes para emociones básicas como la risa, el enfado, la felicidad, la tristeza, pero incluso esos patrones son visiblemente diferentes y propios en cada individuo… además de que normalmente los microcilios de un individuo tienen su propio movimiento aleatorio… Repito: normalmente…

—Pero… —Ada se quedó callada un momento, sintiendo la garganta seca y notando que se le erizaba el cabello de la nuca—, las caras de estos se movían prácticamente de la misma manera…

—La misma manera… ¡Je! De manera perfectamente sincronizada, Ada —la corrigió el Doctor con un tono de cierta reprimenda, como si fuera su deber darse cuenta de aquellas cosas—. Y probablemente no lo notarías, porque fue algo que sucedió muy rápido y estabas ocupada mirándole a la cara… Pero en el momento en que enfrentaste a la ciliada y sus microcilios fluctuaron a la inversa como por la sorpresa, de igual modo lo hicieron los de todos.

—Yo sí que lo vi —le apoyó Luis.

—Y yo… —asintió Fran—. Me dio un mal rollo de la hostia…

—¡De la hostia! Qué mono… —exclamó con una media sonrisa el Doctor—. En fin. ¿Lo ves? El caso es que aquí pasa algo. Creo que ese cambio en sus caras se debe a que no esperaban que hubiera ocurrido lo que les dijiste: que alguien ha enviado una transmisión avisando de lo que pasaba en esta nave. Y además… Se toman con demasiado aplomo su encuentro con otras formas de vida inteligentes como nosotros, ¿no os parece? Esto tiene mucho de todo pero muy poco de normal...

—Entonces… ¿qué crees que les pasa?

—Todavía no lo sé… Pero por si acaso, ¡mantened las distancias con ellos! —acabó por advertir, meneando ante ellos el destornillador sónico.

El grupo de ciliados, silenciosos como ellos solos, les llevaron hasta una intersección con tres pasillos más. Dos de los pasadizos seguían en el mismo nivel, de frente y hacia la derecha. El tercero, y que fue por el que siguieron, se desviaba hacia la izquierda y en un lento descenso en la forma de una amplia curva. El Doctor alzó el destornillador sónico haciéndolo chirriar levemente, y asintió para sí. Tenía la boca abierta en un gesto muerto de expectación, mucho más curioso en ese momento que cuando se había rendido a las ganas de aventura de Ada a la hora de acudir a la llamada de emergencia. Algo le decía que en aquella nave se estaba gestando algo siniestro y ladino, armado además de una infinita paciencia y de una indolencia que solo podía darse en las entidades que se creen invulnerables… Sabía de muy primera mano hasta dónde podía llegar la arrogancia de las más perversas criaturas…

Al final del corredor descendente, que había dado una vuelta y media en el sentido contrario a las agujas del reloj, el variopinto grupo interespecie llegó al compartimento del motor de disrupción cuántica. La sala era de sección circular como todas, pero la pared que en otros lados tenía la forma de distintos tipos de olas hermosamente rizadas (o más o menos retorcidas, como en la sala de los asientos deslizantes), allí era totalmente lisa, y la luz violeta que brillaba con intensidad desde los haces de energía que generaba la máquina en el centro se veían reflejados en ella en la forma de una especie de vibración. Una leve corriente de aire parecía girar en remolino por toda la sala: el largo cabello de Ada tendía a pretender adelantarla y rodearle el cuello.

—¿Qué es ese aire? —quiso saber, mientras se apartaba el pelo.

—La pared que rodea el motor… Aquí gira constantemente para evitar efectos perniciosos en la biología por la radiación hiperlumínica remanente… pero… ¡un segundo!

El Doctor alzó un brazo e hizo detenerse a Ada y sus dos amigos detrás de él. Los ciliados siguieron avanzando hacia el centro de la sala mientras ellos observaban. En el centro, una vidriera de cristal con leve forma de diábolo en posición vertical, es decir, curvada y más estrecha en su centro, cerraba una habitación transparente alrededor del motor de disrupción: una rotunda maquinaria surcada de complejos controles que se dejaba caer desde el techo, y en cuyo centro un pesado electrodo mantenía suspendido, entre sí y otro más sencillo erguido desde el suelo, un brillante orbe violeta de energía que ocasionalmente hacía chisporrotear diminutos relámpagos del mismo color a su alrededor. Al Doctor le entraron ganas de expresar en voz alta su maravilla ante el ingenioso y espectacular generador de taquiones, pero otra cosa llamó su atención. Para empezar, no había nadie encerrado en la cápsula de vidrio que contenía el motor de disrupción. Y aún más importante… el fluido de metal de las paredes, en constante movimiento, había empezado a fluctuar.

Al principio, mientras los ciliados seguían avanzando y tomaban posiciones aleatorias de pie por toda la sala, la pared en movimiento, que en condiciones normales, dado su estado y cualidad, no debería parecer en movimiento, había empezado a reflejar la luz en leves parpadeos al generarse en ella imperceptibles ondulaciones. Pero cuanto más habían avanzado y según se sucedían los segundos, el metal líquido empezó a producir ondulaciones más y más pronunciadas. Acabaron por ser diminutas olas, de aspecto regular, que giraban y giraban a gran velocidad, aumentando la fuerza del viento por toda la sala, empujando el aire en el sentido contrario a las agujas del reloj.

—¡Oh, oh! —dijo el Doctor, mirando aquellas evoluciones, cada vez más señaladas—. ¡Esto no puede ser bueno!

—¡No hay nadie en la sala del motor de disrupción! —indicó Luis.

—¡Muy observador, amiguito! —le animó el Doctor, alzando la voz para hacerse oír sobre el sonido que hacían las rapidísimas olas al cortar el aire—. ¡Esto empieza a ser molesto!

—¿Podría estar al otro lado de la luz? No la veríamos si está detrás de todos esos brillos… —aportó Fran, señalando hacia el orbe de luz violeta.

—¡Se ha ido! —oyeron gritar a uno de los ciliados con su voz pastosa, rodeando la sala de cristal—. La puerta está abierta.

Entró por un lado por el que parecía no haber nada, aunque el Doctor asumió que sus ojos seguramente registrarían patrones de color distintos en el cristal para lo que era o no una puerta. Otro ciliado pasó con él a examinar el motor.

—¡Ha roto los capacitadores de contención! —exclamó ese, con voz de mujer. Es decir, era otra hembra… o quizá la misma que les había hablado minutos antes—. Es imposible así el redirigir la energía de taquiones. ¡Necesitamos repararlo!

La pared alrededor del motor pasó, mientras tanto, de formar pequeñas ondulaciones a olas de medio metro, y enseguida empezaron a retorcerse peligrosamente, adoptando perfiles de lo más irregulares, afilados y hasta retorcidos. El Doctor estaba a punto de sugerirles a sus acompañantes que se dieran media vuelta para irse por donde habían llegado, pero en ese mismo momento un atronador rumor hizo vibrar toda la nave. Una aguda sirena atronó sus oídos, abriendo el anuncio de una grave y masculina voz ciliada grabada, que sonaba como un gangoso pretendiendo ser pedante.

—¡Atención! El salto hiperespacial producirá una sobrecarga crítica en el motor de disrupción cuántica. Habiliten los capacitadores de contención o cancelen la programación del salto. Sobrecarga crítica en seis ciclos.

—¡Esa lunática nos va a matar a todos! —gritó el líder de los ciliados—. ¡Hay que llegar al puente y cancelar la secuencia!

El Doctor empujó a Ada y a Luis hacia atrás, de vuelta por el pasillo, interponiéndose en la entrada.

—¡Salid! ¡Volved a la Tardis! —les gritó a ellos y a Fran, que estaba a sus espaldas.

Dirigió el destornillador sónico desplegado y zumbando hacia la sala cristalina del motor de disrupción, produciendo que la puerta invisible de cristal se cerrara. Los ciliados atrapados dentro se volvieron hacia los suyos de fuera, y dos de ellos se acercaron para intentar liberarlos. El líder comprendió la maniobra y miró directamente al Doctor.

—¿Qué cree usted que está haciendo?

—Vosotros —dijo el Doctor para sus acompañantes—. ¡A la Tardis! ¡Ahora!

—¡La Tardis no puede moverse, dijiste! —protestó Ada.

—Si esta nave explota, ¡la Tardis es el único lugar seguro! ¡¿Cuándo harás algo de lo que te pido sin rechistar?! —la regaño el Doctor, esgrimiendo el destornillador ante sí como un sable ligero.

—¡¿Y qué harás tú?! —le gritó ella, mientras Luis tiraba de su brazo y Fran, que se había alejado un poco, les miraba con los ojos como platos.

—Lo que hago siempre… —sentenció, fijando su mirada de ojos hundidos en el capitán de la nave ciliada—. Llegar al fondo del asunto. ¡Largaos! La Tardis se abrirá para vosotros. ¡¡Largaos!!

Por fin Ada se dejó llevar de mano de Luis, y echaron a correr mientras el suelo bajo sus pies vibraba con fuerza, presumiblemente como parte del estado de emergencia de la nave.

—¡¿Pero vas a venir, verdad?! —intentó gritar Ada, mientras corría.

Pero el Doctor no la oyó. El sonido de las perturbaciones de la pared deslizándose a toda velocidad en el fluido metálico era una auténtica tormenta de silbidos que apenas le permitía ya escucharse a sí mismo.

—¡Decidme qué sois! No sois los dhim, ni nada que se le parezca. ¿Qué sois, eh? —el Doctor activó de varias maneras su destornillador sónico, buscando después en las lecturas alguna respuesta. Mientras tanto, los ciliados encontraban la manera de abrir la puerta del motor y dejar salir a sus compañeros—. ¡Maldita sea! ¿Qué sois? ¡¿Por qué los disipadores de protección biológica reaccionan así ante vosotros?! ¡¿Qué clase de ser no puede escanear el destornillador sónico?! ¡No sois ciliados, y no sois clones! ¡Ninguna clase de robots, ni proyecciones holográficas con capacidad cinética! ¡¡¿QUÉ SOIS?!!

El Doctor se empeñaba en analizar una y otra vez a las criaturas, que se reunían y se acercaban a él, con paso tranquilo pero decidido. No se movía de la entrada al pasillo, interponiéndose en su camino, mostrando su completa disposición a impedirles conseguir lo que fuera que pretendieran. Ellos mantenían sus redondas y grandes miradas en él, sin dejar de caminar, formando un estrecho círculo entre los cinco. Con los cilios de sus pieles fluctuando y fluctuando al unísono. Las estrechas bocas cerradas. Sus caras idénticas salvo por los colores de los iris y las placas óseas de sus cabezas. El estruendo del fluido aturdía ya sus tímpanos de una manera insoportable. Sus cabezas se confundían ante su mirada con el parpadeo violeta apareciendo ocasionalmente entre ellos. Un sonido sibilante empezó a escucharse por debajo pero muy claramente entre el rumor filoso del fluido metálico. Y entre sus cabezas aparecieron nuevos brillos mientras caminaban. No brillos entre sus cabezas. Brillos en mitad de sus cabezas.

—¿Pero qué…? En nombre de… —susurró el Doctor.

Los ciliados abrían sus cabezas en mitades desiguales que parecían no tener dentro las bolsas de humor que debían recubrir sus cerebros… y tampoco vestigio de estos órganos, sino una suerte de vísceras repugnantes rodeadas por deformidades de aspecto quitinoso muy parecidas a dientes. Un espantoso sonido parecido a un grito inhumano se produjo de manera secuencial desde dentro de los falsos ciliados, uniéndose cada uno rápidamente al coro, al estilo de una de esas típicas canciones del más famoso grupo británico del siglo XX. Solo que aquellas voces eran espeluznantes. Antes de que pudiera pensar en nada, los cuerpos de los ciliados se desmoronaron, rasgándose por completo o de manera parcial los monos reglamentarios de cada uno, y derramándose (no se le ocurría otra palabra para describirlo, aunque no fuera eso exactamente lo que ocurría) toda una suerte de repugnantes vísceras desde su interior y hacia todas partes.

Las formas carnosas (entre las que se sacudían manojos de cilios de varios metros de longitud, partes de lo que parecían huesos y fibras musculares retorciéndose como goma, y otras estructuras que solo podían identificarse como las extremidades de enormes insectos) se desenvolvían una y otra vez sobre ellas mismas, como si se trataran de repugnantes sábanas de entrañas que alguien estuviera ventilando.

Dirigió el destornillador sónico hacia el grupo de amorfas criaturas y probó a desestabilizarlas con distintas frecuencias de sonidos y varios tipos de radiación. Nada de todo eso funcionaba, y de hecho sus gritos se volvían más furiosos y sus deformidades más funcionales. Estaban transmutándose en enormes masas enfocadas en la capacidad locomotriz y depredadora, uniendo sus piernas y brazos de la forma de los ciliados a las nuevas partes quitinosas que recordaban a húmedas patas de insectos, y exponiendo amorfas cavidades bucales orientadas hacia todas direcciones. No necesitó ver mucho más, y desistió en aturdirlos de alguna forma. Se dio media vuelta sin saber exactamente qué hacer, más que echar a correr.

—¡GERÓNIMOOOO! —gritaba corriendo por el corredor de vuelta al nivel superior, meneando las largas y desgarbadas piernas.

Mientras tanto, buscando el camino de regreso a la sala donde habían dejado la Tardis, Ada, Fran y Luis se las arreglaron para no saber hacia dónde tenían que ir al llegar a la bifurcación donde se unían los cuatro pasillos. Estaban dispuestos de manera circular y equidistante, y una apresurada discusión les llevó a tomar el segundo pasillo a mano izquierda, aunque Fran insistía en que el correcto era el primero hacia la derecha. Sin discutir más, Ada se lanzó a la carrera por aquel que creían ella y Luis que era el correcto. Corrieron y corrieron, y antes de darse cuenta llegaron a otra sala surcada de paredes estáticas pero deformadas tanto como las de la sala de los asientos de los ciliados, con la diferencia de que aquel lugar estaba dividido en rediles de paredes de un metal pulido de no mucho más de medio metro de altura. Parecía no haber portezuelas, ni nada que se le pareciera, y del interior se oían distintos chirridos y correteos.

—¡Oh no! Creo que no era por aquí, no qué va —gimió Luis, sacudiéndose el pelo de la frente con la mano.

—¿Ein? —hizo Ada, adelantándose para mirar por encima de uno de los muretes.

—¡No! ¡Ada, volvamos! ¡No es por aquí! ¡VEN!

Ada pudo echar un vistazo al redil más próximo y en su interior una suerte de trozos de cortezas de árbol claras se agitaron. Enseguida, una cabeza ovoide con dos pares de antenas y mandíbulas de escarabajo emergió desde la esquina más alejada. Asomó dos extremidades y las frotó ante sí haciendo una serie de rítmicos crujidos.

—Joder, madre mía, qué asco —dijo ella, retrocediendo—. Creo que son los corrales de los bichos.

—¡No quiero saberlo! ¡Volvamos!

—Os dije que era el otro pasillo, cojones —se quejaba Fran.

Pero un fuerte pataleo interrumpió su nueva discusión. Sin tener tiempo de preguntarse qué pasaba, de los rediles más alejados a ellos se escucharon varias sacudidas apresuradas, como de multitud de patas enormes intentando escalar los pequeños y lisos muros. Los límites de los muros eran tan bajos que parecía impensable que los grandes insectos no fueran capaces de recorrerlos sin dificultad, pero en realidad, su diseño de superficie esmerilada a nivel molecular impedía a cualquier clase de artrópodo engancharse con sus patas y escalarlos, independientemente de su tamaño. El tamborileo de pesadas patas fue solo el principio. Un siseo burbujeante acompañó al sonido característico de una res abierta brutalmente en canal, y un pedazo de carne rosada y sanguinolenta, cubierta por un lado de denso y erizado pelo negro, salió lanzada desde uno de esos rediles. De inmediato, muchas criaturas más pequeñas, parecidas a cangrejos de río pero cubiertas de vello azul, aparecieron en mitad del pasillo que cruzaba la sala entre los compartimentos, trepando por la masa carnosa, que se agitaba y retorcía como si pensara. Daba la impresión de que aquello eran los restos de un animal que los pequeños insectos hubieran estado devorando vivo, pero al tiempo que el pesado trozo de carne los dejaba escapar, se agitaba y bufaba como con voluntad propia, supurando y recogiendo a un mismo tiempo partes que simulaban trozos de otros insectos más grandes.

—¡¿Qué es esa mierda!?! ¡¡Vámonos, ¿no?!! —gritó Fran.

Un furioso rugido, tan fuerte y visceral como para hacer temblar sus órganos dentro de las cajas torácicas, les sumió en un repentino pánico a nivel primordial, completamente instintivo. Y no ayudó a nada ver que el resto de la masa carnosa y peluda saltó del redil con un pesado sonido líquido, pataleando con furia contra el suelo y los muretes de los demás compartimentos, lanzando por los aires pedazos de los insectos azules y alguno que otro entero que aún correteaban a su alrededor, aplastando a la mayoría con pesados pisotones y al arrastrar el amorfo cuerpo por el corredor. Parecía estar intentando buscar a ciegas la manera de ponerse de pie, como lo haría una repugnante araña gigante, ciega y moribunda, que reventara, asada y asfixiada, encima de un radiador. Varias de las patas con las que se zarandeaba parecían coger mediante alguna clase de habilidad adhesiva a los insectos parecidos a cangrejos de río, y atraerlos hacia sus múltiples bocas, que aparecían y desaparecían continuamente por su contorno, como si no cesaran de hundirse y reflotar en un mar de carne líquida.

Los pequeños insectos azules (que en realidad eran tan grandes como un antebrazo) dirigieron con inquietante decisión su supuesta huída hacia los tres amigos.

—¡No, no, nooo! —grito Ada, temblando de miedo y visceral repulsión.

—¡Que nos vayamos! ¡Luis, que la traigas! —gritó Fran.

Luis reaccionó y avanzó los cinco pasos que le separaban de Ada para cogerla de un brazo y tirar de ella con fuerza.

—¡Ada, hay que irseee! ¡No los mires! ¡Vamos!

Cerró la mano con fuerza por encima de su codo, haciéndole verdadero daño, y consiguió hacerla reaccionar en el mismo momento en que la cosa amorfa encontraba la manera de empezar a moverse con soltura; los insectos azules la precedían, y no había manera alguna de saber si estaban huyendo de ella o atacándoles a ellos.

Ada se volvió y pese a sentir las piernas temblando de una debilidad producto del verdadero pánico, echó a correr detrás de Luis. La cosa silbaba y bufaba a sus espaldas, y al momento de entrar en el corredor, volviendo por donde habían llegado, oyeron un horrible aullido que la peculiar arquitectura y material hacía oírse como si “eso” les gritara desde delante. Al mismo tiempo, el tintineante sonido de las patitas de los insectos azulados les ganaba terreno. Eran muy rápidos.

—¡Deprisa, deprisa! ¡Esos bichos asquerosos nos van a coger! —gritó Luis casi sin aire, no por la carrera, sino por su estado emocional, próximo al shock.

El repiqueteo de pequeñas y múltiples patitas se hacía más y más intenso, y cercano, y el arrítmico retumbar de las repugnantes y mal remendadas patas de aquello otro empezaba a ensordecerlo.


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