Excerpt for La Verdad según Michael by , available in its entirety at Smashwords

LA VERDAD
según Michael

Una novela de


Stevan V. Nikolic

Traducido por

María Gil del Campo




Istina Group DBA, Nueva York

2016


LA VERDAD SEGÚN MICHAEL

Una novela de

Stevan V. Nikolic


Copyright © 2016 by Stevan V. Nikolic

www.svnikolic.com


Titulo original: Truth According to Michael

Traducido por María Gil del Campo


Istina Group DBA, Nueva York

www.istinagroup.com


Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción de cualquier fragmento de este libro sin autorización previa y por escrito del autor, exceptuando el caso de las citas breves que se incluyan en los artículos críticos y las críticas literarias.


La presente novela es una obra de ficción. Tanto el tiempo como el espacio se ha organizado de tal forma que se adapte a la conveniencia del trascurso de la historia y, exceptuando las figuras públicas, el nombre de los lugares y de las instituciones, cualquier parecido con eventos o personas vivas o muertas es pura coincidencia. Las opiniones que se expresan en esta novela son opiniones de los personajes y, por tanto, no deben confundirse con las del autor.


Para más información por favor, contacte con Istina Group DBA

por medio del correo electrónico: istinadba@gmail.com











Para ti, Adelaide



Contenido:

Capítulo uno - LA LLEGADA

Capítulo dos - EN EL TREN

Capítulo tres – BOWERY MISSION

Capítulo cuatro -– LA MAGIA DE LO ARTESANO

Capítulo cinco - LA PRIMERA MUJER AMERICANA

Capítulo seis – FRATELLI’S Y BARBETTA’S

Capítulo siete - LA SEGUNDA MUJER AMERICANA

Capítulo ocho - EL SUEÑO AMERICANO

Capítulo nueve - LA TERCERA MUJER AMERICANA

Capítulo diez - LA CUARTA MUJER AMERICANA

Capítulo once - LA SEGUNDA PANADERÍA

Capítulo doce - EL BEBÉ

Capítulo trece - LA QUINTA MUJER AMERICANA

Capítulo catorce - PÉRDIDA DE TODO

Capítulo quince - EL BOLÍGRAFO DE LA FIRMA

Capítulo dieciséis - VUELTA A LAS ANDADAS

Capítulo diecisiete - LOS DÍAS DE WALDORF

Capítulo dieciocho - EL ARTE CULINARIO

Capítulo diecinueve - UNA VIDA MEJOR

Capítulo veinte - MASONES

Capítulo veintiuno - EL MUNDO INTERIOR

Capítulo veintidós - EL CAMINO DEL PEREGRINO

Capítulo veintitrés - LIBRE VOLUNTAD Y DESTINO

Capítulo veinticuatro - DAR Y RECIBIR

Capítulo veinticinco - EL LIBRO DE LA VIDA

Capítulo veintiséis - LA HISTORIA DE BUCAREST

Capítulo veintisiete – LA FE Y LA ACCIÓN

Capítulo veintiocho - MARÍA

Capítulo veintinueve - ENERO EN FARO

Capítulo treinta - EL PRIMER FIN DE SEMANA

Capítulo treinta y uno - EL NUEVO COMIENZO

Capítulo treinta y dos - LAS SOMBRAS DEL PASADO

Capítulo treinta y tres - EL ÚLTIMO FIN DE SEMANA

Capítulo treinta y cuatro - MISERICORDIA Y GRACIA

Capítulo treinta y cinco - LA ESPERANZA DE LA ROSA

Sobre el autor


Sobre la traductora




Capítulo uno - LA LLEGADA

Michael llegó a Nueva York un miércoles sobre las siete de la tarde. Caminó hacia la salida del área de llegadas internacionales del aeropuerto JFK. Fuera le esperaba una tarde de principios de marzo fría, húmeda y oscura. La lluvia salpicaba el muro que había en frente de la terminal, una pared llena de gente cargando sus maletas y caminando en distintas direcciones.

Michael se paró bajo la marquesina que había enfrente del edificio de entrada y se encendió un cigarro. No había fumado durante las más de doce horas que había durado el viaje en avión desde Burcarest a París y desde París a Nueva York y necesita un cigarro.

No quería admitirlo, pero estaba nervioso. Cuando dejó Nueva York hacía ya tres años, tenía cincuenta, aún estaba casado, tenía un apartamento en Brooklyn, un negocio que iba bien y muchos amigos. Ahora estaba divorciado y no tenía donde ir. Ni su exmujer, ni sus hijas mayores, ni muchos de sus amigos le hablaban. No tenía ninguna fuente de ingresos y solo le quedaban doscientos treinta dólares en el bolsillo; sin embargo, estaba orgulloso de estar de vuelta. En Bucarest había hecho un daño peligroso e irreparable. Su única salida era volver a Nueva York. «Necesito reordenar mi mente y resolver los problemas desde aquí», pensaba Michael.

Aún no sabía qué hacer ni cómo salir adelante, pero tenía todavía tres días para encontrar una solución. Una habitación en el hostal YMCA de Flushing, en el barrio de Queens costaba sesenta dólares por noche. Tenía el dinero suficiente para pagar esos tres días y era ahí donde había planeado quedarse hasta que supiera cuál sería su próximo destino. Si no daba con una solución, se vería en la calle. No quería eso. Pero en ese momento, en lo único que pensaba era en encontrar la manera más rápida y económica de llegar a Flushing. Estaba cansado. Tomó el Airtrain hacia Jamaica Station y desde allí cogió un autobús que le llevaría a Flushing. Fue un viaje largo. Llegó a Flushing un poco antes de las nueve. Caminó dos manzanas desde la estación de autobuses hasta llegar al hostal y entró.

Era una habitación pequeña pero acogedora, con dos camas individuales, una mesa, una cómoda con un espejo y una televisión. El baño estaba fuera, al final del pasillo. Michael deshizo su equipaje. Solo llevaba dos camisas, un jersey, dos pares de calzoncillos, dos de calcetines y su ordenador. Aparte de la ropa que llevaba puesta -un traje negro, una camisa negra, zapatos negros, calcetines, calzoncillos, una chaqueta de cuero primaveral y un pañuelo de seda- esas eran todas sus pertenencias.

Salió para comprar algo de comida y de artículos de aseo a la tienda que había en Main Street. Todavía lloviznaba, pero no le molestaba la lluvia. Miraba a la gente que caminaba a su alrededor. Eran coreanos. Flushing era un barrio coreano con muchas tiendas y restaurantes de diversas nacionalidades. Michael conocía bien la zona. Había vivido allí durante dos años con su mujer y sus hijas. Aquello fue antes de que se mudaran a Brooklyn.

Caminar calle abajo le hacía recordar cosas del pasado. Miraba a los escaparates, a los edificios, a la panadería que hacía esquina entre Main Street y Roosevelt Avenue... Todo le resultaba familiar. Pasó por el edificio en el que vivieron y sintió que casi podía oír las voces de sus hijas hablándole. Durante un instante se apoderó de él la melancolía, pero el pasado no podía volver. Debía dejarlo atrás y centrarse en su situación actual. Tres días pasarían rápido y debía encontrar la forma de sobrevivir en Nueva York.

Se paró en la estación de metro y se compró un billete semanal. Tendría que moverse mucho durante esos tres días y el metro era la mejor opción.

En la tienda compró un cepillo de dientes, pasta de dientes, jabón, desodorante, crema de afeitar y una cuchilla y una gran bolsa de patatas fritas. Le quedaron quince dólares así que decidió comprarse una botella de vino pequeña por cinco dólares para celebrar su vuelta a Nueva York. El resto sería para comprar comida durante los próximos días. Todavía tenía dos paquetes de tabaco, así que estaba servido; servido si conseguía encontrar una solución en un par de días.

De vuelta a la habitación, se quitó los zapatos, puso la tele y se sentó en la cama. La televisión no tenía TDT, solo los canales básicos, así que puso las noticias de las diez. Hacía mucho tiempo que no veía las noticias locales de Nueva York, pero la verdad es que en lo que son las noticias no podía concentrarse. El sonido de la televisión era un recordatorio del lugar en el que se encontraba. Era como el sonido de ambiente.

Estaba de vuelta en Nueva York, sin dinero y sin nadie a quién pedir ayuda. Pero para él aquella situación era bastante mejor que seguir en Bucarest. Si se hubiera quedado, en solo cuestión de días habría acabado en la cárcel o muerto. Estaba metido en problemas demasiado gordos y, la única solución era salir de allí. Y ahora tenía que actuar rápido si no quería acabar en la calle. Tenía que encontrar un lugar en el que quedarse y una fuente de ingresos.

Michael abrió la botella de vino. Había tenido suerte: tenía tapón de rosca. De haber sido un corcho, lo habría pasado un poco mal para abrirla. Echó el vino en una pequeña tacita que encontró en la mesa de la habitación. Se miró en el espejo de la cómoda, levantó la taza y se dijo así mismo:

«Salud, Michael. Bienvenido a Nueva York».

No estaba feliz con lo que veía en el espejo. Su pelo y su barba tenían más canas que antes. Veía arrugas en su cara que no estaban hacía un año. Parecía más viejo y problemático. Lo que le había caracterizado durante muchos años, ese brillo constante en sus ojos castaños, se había esfumado por completo. Ahora era un hombre cansado, un hombre derrotado. En los últimos meses había perdido bastante peso y esto, para un hombre de metro ochenta y delgado, hacía que en vez de Michael, pareciera su sombra.

Michael sacó un pequeño cuaderno de notas negro de la marca Moleskine de su mochila y comenzó a ojearlo. En él había escrito sus contactos durante los últimos años: sus nuevos amigos, sus socios y sus familiares. Fue bajando poco a poco de un nombre a otro en la lista. A la mayoría de las personas de la lista les debía algo, o un favor o dinero, así que no podía llamarles para pedirles nada. El resto era amigos muy cercanos de su exmujer y, por tanto, tampoco podía hacerlo.

Pensó en su pasado y en la cantidad de gente a la que conoció mientras vivía en Nueva York. Nunca supo cómo mantener y alimentar las amistades. Solo llamaba a la mayoría de sus amigos cuando necesitaba algo y luego no lo volvía a hacer hasta la próxima vez que tuviera que pedirles un favor. La gente se daba cuenta y hablaba de su mala costumbre. Sabía la importancia que tenía el hecho de no cerrar las puertas que iba dejando atrás en ningún tipo de relación. De alguna manera siempre se las apañaba para cerrarlas y perder las oportunidades de retomar sus relaciones de amistad o de volver a las asociaciones a las que había pertenecido. Así que después de veinte años de vivir en Nueva York, la lista de las personas a las que podía pedir ayuda se reducía muchísimo.

Eligió un par de nombres de personas con las que podría tener alguna oportunidad y copió sus números de teléfono en un trozo de papel. «Les llamaré mañana», pensó.

Michael estaba cansado pero no podía dormir. Después de terminarse la botella de vino, el vino se apoderó de él.

Le despertó el ruido del camión de la basura. Era pronto por la mañana. Se fue al baño y se tomó una ducha larga. Se vistió, metió el portátil en la mochila y bajó a la calle.

Era una mañana de jueves húmeda y nublada. Hacía frío y no había sol. Michael paró en un McDonald's y se compró un café para tomárselo en el tren.

Decidió ir a la librería de Barnes and Noble que había en Union Square. Allí tenían wifi gratis y necesitaba comprobar sus correos electrónicos y mirar en la página de Craigslist para ver si encontraba alguna oferta de empleo buena. No sabía si encontraría algo. Hacía quince años que no trabajaba para nadie. Desde entonces siempre había sido autónomo. Y ya nunca más había sido joven. Para la mayor parte de los puestos ofertados era o demasiado mayor o muy cualificado.

Eran más o menos las ocho cuando llegó a Union Square. Se dio cuenta de que la librería no abría hasta las diez y de que tendría que darse una vuelta hasta entonces. Podía ir mientras al Starbucks, pero eso conllevaba gastarse otros dos dólares por un café, así que decidió caminar.

Subió Brodway hasta la 23, cruzó Park Avenue y volvió a Union Square. En dos horas le dio tiempo a dar muchas vueltas. Miraba a la gente que pasaba a su lado. Todos muy ocupados. Todos iban a algún sitio. Tenían prisa por llegar al trabajo o a la escuela, o volvían a casa del trabajo. Tenía la sensación de ser el único que caminaba sin rumbo, lento, esperando que el tiempo pasara y parecía que todos los que pasaban a su lado lo sabían.

Hasta hacía tres años era una de las personas más ocupadas de Nueva York. Tenía prisa. Tenía un objetivo. «Ahora todo ha cambiado», pensó. Ahora era un hombre sin hogar, con el bolsillo pelado y sin una perspectiva de vida clara. Solo Dios sabía cómo saldría de aquella situación.

Se detuvo enfrente de la librería diez minutos antes de las diez. Había bastante gente esperando a que abriera. La mayoría eran clientes madrugadores que querían comprar un libro o una revista o simplemente tomarse una taza de café en su acogedora cafetería. Otros eran personas sin hogar, sin afeitar y poco aseados. Querían usar el baño o esconderse en una esquina intentando entrar en calor mientras simulaban estar buscando un libro.

Michael sabía que lo único que le diferenciaba de aquellos hombres era que había pagado dos noches más en el hostal YMCA y que tenía alguna moneda en el bolsillo.

Michael entró en la tienda y se dirigió a la cafetería que había en la tercera planta. Fue uno de los primeros en llegar, así que pudo coger una mesa cerca de la ventana que daba a Union Square. Era un buen sitio para pasar las próximas horas. Podría organizarse, trazar algún plan, buscar en Internet y estudiar las opciones que tenía.

El olor a café tostado recién hecho era tentador. Se compró uno pequeño y un donut con azúcar. Pensó que eso sería su comida para todo el día. No podía permitirse nada más si quería comer algo los próximos dos días.

Accedió a Craiglist pero no encontró ningún puesto de trabajo que mereciese la pena. Sin embargo, no era ese el único problema. El hecho de haber trabajado como autónomo durante tantos años había propiciado que no tuviera muchas referencias laborales. Si había algún puesto que solicitar, no sabría qué poner como referencia.

Michael entró en su cuenta de Google. Había muchos correos de sus antiguos socios de Bucarest. Se habían dado cuenta de que algo iba mal y de que había desaparecido. Estaba seguro de que estaban aterrados y de que estaban buscándole por todos lados, en su apartamento y en su oficina. Al menos se había librado de su rabia. Supo que se encontraba en una situación muy delicada cuando le enviaron a aquel asqueroso hombre que acudió hacía dos días a su apartamento a cobrar sus deudas.

—Michael, todo lo que nos debes, se lo debes ahora a él, y quiere el dinero de vuelta en cuarenta y ocho horas.

Un simple vistazo a aquel hombre le sirvió para saber que había traspasado la línea. Si no quería terminar en el alcantarillado de Bucarest, tenía que salir corriendo.

No era una decisión fácil de tomar. Hace tres años, cuando dejó Nueva York y se mudó a Bucarest, pretendía quedarse allí y no volver. Tenía un pequeño apartamento al sur de la ciudad, un gato, una novia de veinticuatro años y muchos amigos con los que le gustaba quedar en los bares de alrededor. Si no fuera por lo desastroso del negocio editorial que emprendió en la ciudad, el origen de todos sus problemas, la vida en Bucarest habría estado bien.

Y ahora estaba sentado en la cafetería de Barnes and Noble intentando dar con lo que debía hacer. Miró una vez más a su libreta, pero aparte de los dos nombres que había seleccionado la noche anterior, no podía llamar a nadie más.

Uno de ellos era Jack Rothstein. Era un banquero que trabajaba en la oficina del Deutsche Bank de Park Avenue, en Nueva York. Michael le conocía tanto a él como a su pareja, Mark, del Club Grolier, club del que Michael era miembro desde hacía muchos años. Michael pensaba que aún les caía bien. Solía pedir prestado a Jack pequeñas cantidades de dinero, pero siempre se lo devolvía, así que pensaba que, si no había nadie más, sería bueno contactar con ellos. Además, lo bueno que tenía Michael es que no mostraba hacia ellos ningún tipo de prejuicio por el hecho de tratarse de dos homosexuales viviendo juntos. Muchos miembros del club sí los tenían. Michael siempre había pensado que ambos le respetaban.

El otro contacto era David Elliot. Era un director de marketing que vivía en Greenwich, Connecticut. Michael le conocía de la Logia Masónica. Durante casi veinte años ambos pertenecieron a la Logia Lafayette nº 30 situada en la Gran Logia de Nueva York. Michael dejó la Masonería en 2008, pero pensó que a David aún le seguiría cayendo bien y que le ayudaría. Años atrás, David perdió mucho dinero en la bolsa y Michael fue uno de los muchos amigos que le ayudó a recuperarse y a emprender un nuevo negocio. Esperaba que David se acordara de aquello.

En vez de llamarle, Michael escribió un correo electrónico a Jack explicándole la situación en la que se encontraba. No estaba seguro de que el número que tenía de su amigo todavía funcionara.

En el correo le decía a Jack que había estado en Rumanía durante tres años, que había perdido todo su dinero y que había fracasado en sus negocios. Le contó también que había vuelto a Nueva York y que estaba buscando un lugar en el que poder quedarse hasta que se resolviera la situación, un trabajo y algo de dinero para poderse reponer. Michael no quería dar muchos más detalles. No estaba seguro de si Jack y Mark seguían manteniendo contacto con su exmujer. Ella era la última persona en el mundo con la que ahora mismo le gustaría compartir sus problemas.

Mientras mandaba el correo pensaba en lo triste que era la situación. En su lista de contactos de Gmail tenía más de 7 000 contactos entre los que se encontraban miembros de su familia, socios, conocidos y mucha más gente con la que se había topado durante todos los años que había pasado en Nueva York. Y ahora, de toda esa gente, solo podía contar con dos. Se preguntaba qué tipo de persona había sido. Era como un elefante entrando en una tienda de todo a cien que arrasaba con todo y solo dejaba atrás daño. ¿Cómo era posible que no pudiera mantener relación con ninguna de las personas que había pasado por su vida?

Michael salió de Barnes and Noble sobre la una del medio día. Se encendió un cigarro mientras buscaba una cabina para llamar a David.

—Hola David. Soy Michael. ¿Cómo estás?

—¡Michael! Hola, amigo. ¡Qué sorpresa! Llevaba mucho tiempo sin saber de ti. ¿Cómo te va?

—No muy bien... por eso te llamo.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Estoy de nuevo en Nueva York y no estoy muy bien que digamos. No sé muy bien lo que sabes de mis aventuras.

—Lo último que oí es que te divorciaste.

—He pasado los últimos tres años de mi vida en Rumanía intentando abrir un negocio editorial y he perdido todo mi dinero en esas inversiones. Ahora que estoy de vuelta en Nueva York estoy buscando algún lugar en el que quedarme y un trabajo. Tampoco tengo dinero, así que te pediría un pequeño préstamo de unos cuantos cientos de dólares. Solo te pido que me ayudes hasta que pueda recuperarme. No estoy bien, amigo, y no hay mucha gente a la que pueda recurrir para pedir ayuda.

—Siento escuchar todo lo que me dices, Michael. Y me gustaría poder ayudarte. Pero últimamente las cosas no me van bien. El negocio no marcha muy bien, mi mujer lleva sin trabajar mucho tiempo y yo mismo estoy pidiendo dinero a unos y a otros para poder pagar las facturas. Es difícil. Mis gastos mensuales son bastante elevados. Así que, difícilmente puedo prestarte dinero. Tengo un amigo que va a abrir un negocio de marketing y necesitará escritores. Puedo darte su número de teléfono. Puedes llamarle y decirle que vas de mi parte. Eso es todo lo que puedo hacer por ti. Lo siento, bro.

—David, me da mucha vergüenza decirte esto pero, con cualquier cosa me basta —Michael siguió insistiendo—. Me quedan diez dólares en el bolsillo y dos noches pagadas en el hostal YMCA. Si no hago nada estaré pronto en la calle. Necesito ayuda de inmediato, no sé si sabes lo que quiero decir.

—Lo siento, Michael, pero no puedo hacer nada. Puedo hablar con otros hermanos masones de la Logia, pero creo que no dejaste muy buen sabor de boca al irte. No obstante, preguntaré. ¿Has hablado con tu exmujer?

—No, David, no corras la voz. No quiero que nadie sepa la situación en la que me encuentro. Y menos mi exmujer. ¿Puedes darme el teléfono de tu amigo, por favor?

David le dio el número de teléfono y le dijo: —Lo siento, Michael. Tengo que coger otra llamada. Buena suerte.

Y colgó.

Michael se pasó el resto de la tarde caminando. Subió Park Avenue hasta la 96, cruzó Central Park hacia el lado oeste y bajó Brodway hasta Union Square. No estaba cansado, pero la mochila le pesaba mucho. Su peso le hacía sentirse incómodo.

Por la tarde se fue al McDonald's a tomarse un respiro y a comprobar su correo. Pidió un café. Le costó noventa y nueve céntimos, la mitad del café de Barnes and Noble. La cafetería de Barnes and Noble era un lugar mucho más acogedor y cómodo, pero el McDonald's también tenía wifi.

Jack no le había contestado y eso no era buena señal. Michael conocía a Jack lo suficiente como para saber que era muy servicial con su correspondencia. Nunca dejaba un correo sin contestar, a pesar de que fuesen frívolos y de poca importancia. ¿Era posible que Jack le hubiera ignorado tanto a él, como a su petición de ayuda? ¿Era posible que ni siquiera se dignara a contestar con un sí o un no y que simplemente le ignorase?

Cuando Michael salió del McDonald's eran ya las nueve de la noche. Hacía frío para ser marzo, pero se estaba bien. La plaza de Union Square estaba iluminada por las luces que salían de las tiendas. La gente caminaba por allí en todas direcciones. Había bastantes chicas guapas. Michael las observaba. Estaba sentado en medio de una mesa en la plaza, fumando un cigarro y viéndolas pasar.

De pronto le vino un pensamiento a la cabeza. Se acordó de los momentos en los que él era el único que caminaba por Union Square hacia los clubes y restaurantes. Se preguntaba si aquellos días volverían alguna vez.

Michael volvió a Flushing, a la habitación de su hostal. El primer día en Nueva York no había sido muy bueno. Tenía la necesidad de beber algo, de olvidarse de todo, pero no tenía dinero. Si compraba otra botella de vino se quedaría sin dinero, y eso no podía ser.

Miraba a la tele sin prestar atención al programa que emitían. Michael quería encontrar una solución pero no podría pensar en nada. Sí, bueno, había cosas que había podido resolver. Había escapado de Bucarest pero, ¿ahora qué? No le venía nada a la cabeza. Y eso le hacía ponerse nervioso. ¿Qué pasaría si no daba con una solución? ¿Qué haría?

No podía quedarse allí sentado. Necesitaba un cigarro. Caminó por Flushing para ver si le venía alguna idea.

Sonó su teléfono rumano de prepago. Aún le quedaba algo de saldo, así que seguía funcionando. Era su novia de Bucarest. Contestó.

—Hola, Eliza, mi amor, ¿cómo estás?

—Hola, pequeño. No muy bien, Michael. Te hecho de menos... mucho. No me has llamado y eso me preocupa. No podía dormir. ¿Ya estás en Nueva York?

—Sí, estoy aquí. No estaba seguro del saldo que tenía en el teléfono, por eso no te llamé. Te iba a escribir un correo esta noche.

—Mickey, pequeño, esto es un caos. Es horrible. Todo el mundo te busca. Cuando llegué a casa anoche de trabajar, Volodya estaba enfrente de mi piso con dos hombres que daban miedo, sentados en coche, esperando. Me sentaron en el asiento de atrás y me llevaron a tu casa. Aparcaron y estuvimos durante dos horas esperándote. Me preguntó por tu paradero y me amenazó. Le dije que te habías ido a Nueva York y que volverías en una semana, pero no me creyó. Le dije que no te irías a ninguna parte sin mí. El hombre que estaba sentado a mi lado me agarró la cara con la mano y me dijo que si no les decía donde estabas me violarían y me harían cortes con un cuchillo. Cuando empecé a gritar Volodya abrió la puerta y me echaron de allí. Aún tengo un ojo morado y la mejilla hinchada. Tengo miedo, Michael. Mi padre se enfadó mucho cuando me vio... y lo peor es que no puedo contarle la verdad sobre lo que ha pasado ni el porqué. Esos hombres son peligrosos, Michael. Tengo miedo de que vengan otra vez.

—Por favor, no te preocupes, Eliza. Llamaré a Volodya y hablaré con él. No irán allí más. Ten paciencia, amor. Tan pronto como me asiente aquí, te mandaré un billete de avión para que te vengas conmigo. Será más o menos antes de finales de mes. Te lo prometo. Te quiero mucho y yo también te echo de menos, pequeña.

—Ay, Michael, te necesito cerca. Estoy acostumbrada a dormir en tu cama contigo. Por favor, date prisa. Quiero estar cerca de ti. Necesito sentir tus abrazos. Te quiero, Michael.

—Yo también te quiero, Eliza. Todo irá bien. Ya lo verás. No te preocupes. Tengo que dejarte. Creo que me estoy quedando sin saldo. Buenas noches, amor. Que descanses. Un beso.

—Te quiero. Un beso, Mickey.

Michael colgó. Se enfadó mucho por que Volodya hubiera ido a por Eliza, se sentía culpable. Le temblaban las manos. Quería gritar. Sin embargo, se encendió otro cigarro. Michael se sentía indefenso. Quería a Eliza; sin embargo la había dejado allí sabiendo que Volodya intentaría llegar a él por medio de ella. No tenía elección. No tenía dinero. Incluso el dinero que le ayudó a volver a Nueva York, lo había tomado prestado de Volodya con falsas excusas. Eso hizo que Volodya se enfadase aún más ya que había sido su dinero el que le había ayudado a escapar. Se debía sentir estúpido. La historia de asentarse en Nueva York y mandarla un billete era también una mentira. No había forma de que se asentase allí antes de final de mes ni de tener el dinero suficiente como para conseguirla un billete de avión. Solo podría hacerlo si pasaba un milagro o robaba algún banco (y no le cogían, claro).

Michael no la mentía a propósito, no quería engañarla. Quería traer a Eliza a Nueva York. Pero nunca la dijo que, en realidad, nada le esperaba en Nueva York. Que tendría que empezar desde el principio, como si todo esto hubiera sucedido hace veinticinco años cuando llegó por primera vez a Nueva York. Incluso peor. Por aquel entonces tenía un lugar en el que quedarse y un trabajo. Ahora no tenía nada.

También le había mentido cuando la había dicho que iba a llamar a Volodya. Sabía que no arreglaría nada. Si le llamaba para decirle que dejaran en paz a Eliza, le dejaría ver que eso le preocupaba e irían a buscarla más veces. La única opción que tenía era ignorarle. Se calmarían después de un tiempo, estaba seguro.



Capítulo dos - EN EL TREN

Los dos días siguientes pasaron rápido. Fue la misma rutina que el primer día. Café en Barnes and Noble, largos paseos por Manhattan, otro café por la tarde, buscar en Craiglist, llamar y escribir a gente que nunca contestaba y pedir ayuda. Pero todo era en vano. Los dos días siguientes, aparte de cafés, Michael solo tomó un huevo en un panecillo comprado en un deli y una hamburguesa con queso del McDonald's.

La tercera tarde se encontraba sentado en el McDonald's de St. Marks Place pensando en lo que hacer. ¿Dónde iba a pasar la noche? ¿Qué pasaría el próximo día?

Salió del restaurante y bajo por la Tercer Avenida. Era una tarde fría. Recordaba noches de marzo en las que en Nueva York hacía mucho más calor; sin embargo aquella noche las temperaturas estaban bajo cero y hacía viento. Era un día invernal típico de Nueva York, pero sin nieve.

No estaba seguro de donde estaba yendo, pero llegados a ese punto, le daba igual. Michael sabía que acabaría durmiendo en el metro, pero no quería ir tan pronto. Pensaba que la N line estaría bien para pasar la noche. La N line hacía un recorrido de más o menos hora y media desde Astoria, en el barrio de Queens, hasta Coney Island, en Brooklyn. Cuatro paseos en metro de un extremo a otro de la línea y se pasaría toda la noche. Si nada cambiaba, el próximo día pasaría la noche en la F line.

Pero eso no podría durar mucho. No tenía dinero para comida y su tarjeta semanal de metro expiraría en dos días. Tenía que encontrar la solución.

La Tercera Avenida acababa en Bowery Street. Michael siguió caminando. Bowery Street había cambiado mucho desde la última vez que había estado allí. Solía ser una hilera de tiendas que abastecían a los restaurantes con algún que otro refugio para personas sin hogar. Ahora la mayor parte de esos almacenes habían cerrado y se habían sustituido por bares y restaurantes y por edificios residenciales.

Michael pasó por Bowery Mission. Era uno de los refugios más antiguos de la ciudad de Nueva York y seguía en el mismo lugar que hacía muchos años. En frente del edificio había una larga cola de gente sin hogar esperando a entrar a por un plato de sopa para cenar. Tenía hambre pero no quería ponerse en la cola.

Claro que era una persona sin hogar, pero no quería admitirlo. Y menos ante los demás. Siguió caminando.

Sobre media noche volvió a Union Square, entró en el metro y cogió la N line hacia Astoria. El tren estaba todavía lleno de gente que volvía a casa desde la ciudad. Todo el mundo miraba a Michael feliz. «No saben lo afortunados que son», pensaba Michael. Todo el mundo tenía un destino. Todos menos Michael.

Sobre la una y media de la madrugada el tren se vació. Solo quedaban algunos viajeros tardíos y gente sin hogar amodorrándose en los asientos de las esquinas. Michael estaba sentado en mitad del vagón, cerca de la puerta. Sabía que si cogía un sitio en la esquina estaría más calentito y seguro, pero no quería parecer un hombre sin hogar. El aire frío que entraba del exterior del vagón cuando se abrían las puertas en cada estación le despertaba. Colocó su mochila en la parte delantera y cruzó sus brazos por encima.

Michael no se quería dormir, pero sabía que debía descansar. Intentaba mantener los ojos abiertos cada vez que el tren entraba en una estación. Además, los abría con el más mínimo sonido que escuchaba. Intentaba echarse pequeñas siestas. Sin embargo, llegó un momento en el que abrió sus ojos y se percató que había pasado más de una parada, lo que significaba que se había quedado dormido y no se había dado cuenta.

No podía esperar a que entrase la mañana para salir del metro. Cuando empezaron los primeros rayos de sol, más o menos sobre las seis y media de la mañana, salió en la estación que había en Lexington Avenue con la 59.

El aire fresco de la mañana le sentó bien. Era la primera mañana que no se afeitaba, que no se daba una ducha y que no se cambiaba de ropa. Se sentía sucio. Quería encontrar un sitio para lavarse al menos la cara y los dientes, pero era demasiado pronto. Ya había muchos McDonald's abiertos pero aún no había mucha gente, por lo que todo el mundo se daría cuenta de que iba al baño. No quería sentir vergüenza.

Michael bajo Lexington Avenue, giró hacia Park Avenue y, tras un rato caminando, estaba de nuevo en Union Square. Necesitaba un baño, así que entró en el Starbucks que tenía ya bastante gente. No había nadie en el baño, así que después de hacer sus necesidades, se lavó la cara y se cepilló los dientes.

Pasó las horas siguientes caminando por las avenidas de Manhattan sin rumbo. A medio día se sentía ya muy cansado, así que se fue a Barnes and Noble a descansar. En la planta de arriba de la tienda de Union Square había un lugar para sentarse que se usaba para promocionar libros por la tarde. Durante el día los clientes se sentaban a leer libros y revistas. Unos cuantos eran personas sin hogar que descansaban y pasaban el tiempo en un lugar seguro y caliente.

Michael cogió las escaleras mecánicas hacia la quinta planta. Se paró en la zona de historia mirando los libros, pero solo pensaba en sentarse. Cogió uno sobre Caballeros Templarios de la estantería y se dirigió a la zona de lectura. No había mucha gente sentada. Michael cogió una silla de la esquina que estaba alejada de las demás.

Sacó su portátil y comprobó el correo. Solo tenía uno de Eliza:

«Te quiero y te echo de menos. No puedo esperar a estar contigo. Todo esto es tan extraño sin ti, está todo tan vacío, amor. Espero que te vaya bien el negocio en Nueva York y que nos podamos ver pronto. Ten cuidado y, sobre todo, ¡no te olvides de comer! Cuando llegue necesitarás mucha fuerza ya que no te dejaré salir de la cama durante una semana. ¡Llama o escríbeme! Sé que estás ocupado, pero quiero saber de ti. ¡Mucho amor y muchos besos desde aquí!».

Michael miró al correo de Eliza con expresión triste. Si supiera lo que le estaba pasando... Si supiera cuán profunda es su miseria... Le dio un gran bajón. No tenía las fuerzas suficientes para contarla toda la verdad del problema en el que estaba metido. Ella sabía todo sobre la deuda que debía a Volodya y sabía también que involucrarse en ciertos asuntos con los prestamistas de la Rumanía postcomunista era algo peligroso, pero nunca la dijo que en Nueva York lo había perdido todo y que no tenía nada ni nadie a quién recurrir.

Michael esperaba que, una vez en Nueva York, pudiera ganar algo de dinero para mandárselo a Eliza. Años antes, cuando era un empresario bien situado y respetado con muchos socios y amigos, le habría sido fácil conseguir la cantidad de dinero que necesitaba. Estaba orgulloso de su habilidad para convencer a la gente para que le dejasen dinero, así que creía que podría seguir haciéndolo; sin embargo se dio cuenta de que todo aquello se había acabado. Había estado fuera de Nueva York durante tres años y su divorcio y la desastrosa situación en la que había dejado sus negocios, le habían dado una mala reputación entre la gente que le conocía. Para ellos, no era el mismo Michael.

Michael no sabía qué contestar a Eliza. No quería mentirla más, pero no podía decirla que era un hombre sin hogar durmiendo en el metro. No, no podía.

Cerró su portátil y se le ocurrió una idea. Quizás podía vender su portátil en la casa de empeños para conseguir algo de dinero para, al menos, comer. Michael recordaba haber pasado por una en la 14 con la Séptima Avenida. «Iré allí», pensó.

Pero necesitaba descansar primero. Le dolían las piernas y la espalda.

Por la tarde Michael vendió su Toshiba por ochenta dólares. Se compró otro billete semanal del metro y se fue al McDonald's a comer algo.

Se sentía mejor. Tenía algo de dinero en su bolsillo y su mochila le pesaba menos. Pero también estaba preocupado. Aquel portátil era lo único que le unía al mundo. Nadie podría contactar con él ahora, ni él tampoco podría hacerlo. No podría buscar ningún trabajo en Internet. No podría hacer nada.

Los próximos ocho días los pasó durmiendo en los vagones del metro de las líneas N, F y Q por la noche, y por el día caminaba por Manhattan. Se limitó el gasto a seís dólares al día: un café por la mañana y otro por la tarde, dos hamburguesas con queso de noventa y nueve céntimos del McDonald's, una rosca de mantequilla de algún deli y dos cigarros. Encontrar un lugar en el que asearse y usar el baño era el mayor problema. Pero se dio cuenta de que tanto en el Starbucks de Astor Place como la librería de Barnes and Noble que había en Union Square, eran muy tolerantes con la gente sin hogar dejándolos usar los servicios, así que siguió el ejemplo de las personas sin hogar que se movían por aquella zona de Manhattan.

Michael ya no pensaba ni en encontrar un trabajo ni en llamar a nadie para pedir ayuda. Pensaba en sobrevivir. Sabía que su billete de metro expiraría pronto y que necesitaría dinero de nuevo, pero ahora todo lo que le importaba era pasar el día. Sobrevivir hasta el día siguiente. Sin embargo, sin cambiarse de ropa en casi diez días, todo el mundo podía darse cuenta de que era una persona sin hogar. No podía ya pretender ser un viajero tardío de metro o un cliente ojeando libros en una librería.

Habían pasado ocho días. Su tarjeta de metro dejó de funcionar y se gastó su último dólar en un café. Sabía que si intentaba dormir en un banco de un parque le arrestarían. La única solución era ir a algún refugio. Se acordó de Bowery Mission, el refugio por el que había pasado varias veces en los últimos días. «Podría ir allí», pensó.

Fue el 14 de marzo a las cuatro de la tarde, el primer día que Michael entró en Bowery Mission. Siempre recordará aquel día. Era su cumpleaños. Cumplía cincuenta y tres.

—Hola –dijo Michael al gran hombre de color que había sentado tras el mostrador de la entrada—. He oído que aquí viene la gente sin hogar para conseguir un lugar en el que dormir y algo de comida. Soy una persona sin hogar y necesito un lugar en el que quedarme.

—¿Quieres unirte al programa?— le preguntó el hombre que había tras el mostrador.

Michael no sabía lo que significaba «unirse al programa», pero no quería preguntar.

—Sí—dijo Michael.

—Bien, diríjase a la capilla —dijo el hombre señalando a las puertas que había a un lado—. Siéntese aquí y espere. Llamaré a la persona que se encarga de las admisiones y alguien te llevará hasta él.

Michael atravesó la puerta y permaneció en la gran capilla, oscura, con un techo alto de madera y las paredes pintadas simulando el estilo románico de las paredes de piedra. Había largas filas de bancos de madera alineados a ambos lados de la capilla descansando sobre un mosaico de ladrillo. En la parte trasera de la capilla había una gran puerta roja que servía de entrada. En el frente, un escenario con unas cuantas sillas y puertas en el medio. Justo debajo del escenario, en el centro, había un púlpito con un piano a la izquierda y órganos a la derecha.

Michael se sentó en la última fila. Había otros dos hombres sentados en el banco enfrente de él. Uno de ellos era un hombre de color, de unos cuarenta años, con el pelo a lo afro y una chaqueta de cuero negra rasgada bajo el brazo izquierdo. El otro era un hombre joven de piel clara que parecía ser hispano, no superaba los veinte años, tenía el pelo corto y rizado y llevaba puesta una camiseta marrón.

—Chicos, ¿estáis esperando al consejero?— preguntó alguien que se encontraba detrás de Michael. Michael se giró. Había un hombre bajito y fornido que vestía unos pantalones cortados y una camiseta blanca entrando por la puerta del lateral y que permanecía de pié detrás de ellos.

—Sí—contestaron lo tres casi al unísono.

—Venid conmigo.

Los tres hombres le siguieron hasta la recepción y luego subieron tras él las escaleras hasta la segunda planta, hasta una habitación que había justo enfrente de la oficina de admisiones.

—Sentaos aquí y esperad. El consejero os llamará uno a uno—dijo el hombre antes de volver a bajar las escaleras.

Los tres se sentaron alrededor de una mesa de reuniones que había en mitad de la habitación. Cada uno inmerso en sus pensamientos. No hablaron ni se presentaron. Tampoco se miraban. Las puertas de la oficina de admisiones estaba abiertas y podían oír su voz. Estaba hablando por teléfono con alguien. Las puertas se abrieron del todo. Un hombre blanco, de mediana edad y con el pelo corto y rubio estaba allí, de pie en mitad de la puerta. Media metro y medio y era delgado, vestía pantalones grises y una camisa de vestir de color crema y llevaba unas gafas con la montura dorada que escondían unos ojos claros azules casi gris.

—¿Quién ha llegado primero?— preguntó.

Michael y los otros dos hombres se miraron entre ellos por un instante sin estar seguros de qué decir. Después de un momento de duda, el joven hispano dijo: —Creo que yo.

—Vale, entre—dijo el hombre que estaba el la puerta, que se echó a un lado para que el hispano pudiera entrar en la oficina. Cerró las puertas.

Más o menos media hora más tarde, el joven salió de la oficina de admisiones. Tenía una gran sonrisa en la cara.

—Tengo una cama —dijo y se sentó al final de la mesa—. El consejero quiere que entre el siguiente.

El hombre con el pelo afro se levantó y entró en la oficina. El joven hispano se giró hacia Michael y le preguntó: —¿Sabes a que hora es la cena?

—No, no lo sé. Nunca he estado aquí—dijo Michael.

—Espero que no nos la perdamos. Tengo mucha hambre. No he comido en dos días.

Michael no contestó. Le hizo un gesto como símbolo de entendimiento. Después de eso, no dijeron nada. Simplemente miraban a la superficie de la mesa que tenían delante.

El hombre bajito que les había llevado a la habitación, entró.

—¿Quién es Joel?

—Soy yo—contestó el hispano.

—Ven conmigo. Te enseñaré tu habitación. ¿Llevas algo de equipaje?

—No, señor. No tengo ni un abrigo.

Se marcharon. Michael estaba solo. No sabía qué esperar. Lo único que tenía en la cabeza era sobrevivir. Necesitaba una cama para descansar y algo de comida.

Las puertas de la oficina se abrieron, salió el otro hombre y le dijo a Michael: —Es tu turno.

Y se sentó en la mesa.

Michael se levantó, cogió su mochila con la mano izquierda y entró en la oficina.

La oficina del consejero era una sala pequeña, de unos dos por dos metros, con una pequeña ventana que daba al edificio de enfrente y que permitía que entrara algún haz de luz por la mañana. La pared estaba llena de vitrinas y estanterías de libros. La mesa del consejero estaba enfrente de una pared llena de marcos de fotos y diplomas colgados. A un lado de la mesa había plataforma con una impresora. Al otro lado, una silla vacía.

El consejero estaba mirando a la pantalla del ordenador que tenía delante y tecleaba. —Tome asiento, por favor—y señaló a la silla vacía sin mirar a Michael.

Michael se sentó y dejó la mochila al lado de sus pies. El consejero paró de teclear, levantó la cabeza para mirar a Michael y le dijo:

—Hola. Mi nombre es Allan Schapiro. Soy el encargado de las admisiones. ¿Cómo se llama?

—Mi nombre es Michael Nicolau.

—¿Qué le trae por aquí, Michael?

—Soy una persona sin hogar, no tengo un sitio al que ir, ni dinero, ni trabajo. He estado durmiendo en el metro durante los últimos diez días. Ya no sabía que hacer.

—¿Puede contarme lo que le ha pasado?— le preguntó el consejero.

—Hace tres años mi mujer y yo nos fuimos a Rumanía. Abrí un negocio en Bucarest y no funcionó. Perdí todo mi dinero y volví a Nueva York hace dos semanas. He estado intentando buscar un trabajo o un sitio en el que quedarme, pero nada. Después de gastarme el poco dinero que me quedaba, me quedé en el metro.

—¿Ha intentado contactar con su mujer?

—No, nuestro matrimonio terminó. Ella aún está dolida y enfadada. Así que no me ayudaría.

—¿La engañó?

—Bueno, la dejé por otra mujer de Rumanía. Pero no es así de simple la historia. No se trataba solo de estar con otra mujer.

—¡Nunca es tan simple! ¿Qué pasó con esa mujer?

—Me dejó hace un año cuando mi negocio en Rumanía se fue a la bancarrota.

—¿Era joven?

—Tenía treinta y tres años.

—¿Y cuántos tiene usted, Michael?

—Cincuenta y tres.

—¿Por qué Rumanía? ¿Es usted de allí?

—Sí. Nací en Bucarest. Me mudé a Nueva York en 1987.

—¿Bebe o consume algún tipo de droga, Michael?—el consejero preguntó y volvió a teclear. Parecía que estaba rellenado un formulario.

—Bueno, cuando estaba en Rumanía solía beber, pero solo vino. No bebo cerveza y solo tomo alcohol más fuerte muy de vez en cuando. No tomo drogas.

—¿Cuánto vino bebe?

—Bueno, depende... normalmente cuatro o cinco vasos o una botella al día.

—¿Cómo está de salud?, ¿tiene algún problema?, ¿tensión alta, diabetes...?

—Nada, gracias a Dios—contestó Michael.

—¿Fuma?

—Sí.

—¿Cuánto fuma al día?

—Más o menos un paquete.

—¿Tiene hijos, Michael?

—Sí, tres hijas. Dos con mi primera mujer y una con la segunda.

—¡Ah! Así que, ¿se ha casado usted dos veces?—le preguntó el consejero.

—Sí—contestó Michael con voz melancólica.

—¿Cuántos años tienen sus hijas y cómo se llaman?

—A ver... veintinueve la más mayor, Sofía; Jenny tiene veintiocho y la más joven, Blanca, tiene diecinueve.

—¿Tiene contacto con ellas?, ¿conocen su situación?

—No, no hablo con ellas.

—¿Por qué no?

—No sé... supongo que nunca he sido un buen padre—dijo Michael bajando la cabeza.

—¿Cuál es su profesión, Michael? ¿Qué nivel de educación tiene?

—Soy escritor y editor y licenciado en periodismo.

—¿Qué escribe?—el consejero preguntó y se giró hacia Michael mirándole fijamente a los ojos.

—Bueno, sobre todo historia. He escrito y publicado dieciséis libros.

—Es difícil vivir de la escritura, ¿no?—preguntó el consejero.

—Sí, así es. El año pasado mis ingresos anuales totales fueron 87,50, pero aún tengo esperanzas de vivir alguna vez de la escritura.

El consejero sonrió y siguió escribiendo.

—¿Cómo nos ha conocido?

—He pasado por la puerta varias veces. Siempre había gente sin hogar esperando a recibir una sopa.

—Vale, déjeme decirle algo sobre Bowery Mission. Bowery Mission existe desde 1876. Somos un programa de rehabilitación cristiano para hombres. En otro sitio tenemos el mismo programa para mujeres. Tratamos con gente sin hogar que está en la situación que está debido a sus adicciones, ya sean al alcohol, a las drogas, a la pornografía, o a lo que sea. Ofrecemos un programa de recuperación de seis meses que les ayuda a recuperarse, a limpiarse, a conseguir un trabajo y a ser capaces de vivir de forma independiente. Después de completar el programa nuestros «estudiantes», como así los llamamos, buscan trabajo. Cuando lo encuentran, deben estar aquí otros seis meses hasta que ahorren el dinero suficiente como para poder vivir por sí mismos. Durante el programa nuestros estudiantes tienen alojamiento, comida y ropa gratis, pero hay condiciones. La primera es permanecer aquí sobrio y sin drogas. A quién se le pille bebiendo o consumiendo será expulsado. Si deja el programa antes de que acabe, no podrá volver. Además, no puede tener móvil, ni ordenador, ni equipo de música, ni ningún otro dispositivo electrónico que le permita estar en contacto con el mundo exterior o entretenerse. Durante los seis meses todo el que esté embarcado en el programa tiene que estar centrado en su recuperación, así que lo mejor es estar apartado del mundo. Dos veces a la semana los estudiantes pueden salir durante dos horas a dar un paseo o a hacer ejercicio en el parque de la esquina. Después de cuatro meses, se les permite ir a la misa de los domingos a una iglesia cercana. Tenemos una enfermera en plantilla y un doctor que visita a los estudiantes una vez por semana. También, antes de las comidas, hay servicios en la capilla cada día durante una hora y todos los estudiantes deben acudir. Por la mañana tenemos clases de Biblia, tiempo para rezar y clases de informática. Por la tarde hay tutorías para aquellos que quieran mejorar su educación durante el tiempo que estén aquí. Si lo que le cuento le suena demasiado restrictivo, siempre puede venir, escuchar la misa en la capilla y comer. Servimos cada día el desayuno, la comida y la cena a personas sin hogar. También, dos veces a la semana, los martes y los viernes, la gente que no tiene donde ir puede venir aquí a darse una ducha y a conseguir un cambio de ropa gratuito. En invierno, cuando la temperatura está por debajo de los cuarenta grados, permitimos que la gente venga a dormir a nuestra capilla en esterillas. Sin embargo, se ha de tener en cuenta que esto se gestiona por orden de llegada y se llena rápido. No podemos dar alojamiento a más de cien personas. Usted no es el prototipo de estudiante con el que solemos contar. La mayoría son alcohólicos de toda la vida o adictos a las drogas. Pero, de una forma u otra, creo que el alcohol y las mujeres tuvieron algo que ver en sus problemas. Con todo esto, ¿qué piensa, Michael?, ¿le interesa unirse a nuestro programa?

—Sí. No tengo elección. Necesito recuperarme y esta parece ser la única vía—contestó Michael.

—Bien. Empezaré con el papeleo entonces. Estos son los formularios que tiene que rellenar. ¿Tiene algún teléfono o cualquier otro tipo de dispositivo electrónico?

—Tengo el teléfono de Rumanía, pero ya no tiene saldo. Es de prepago y me he quedado sin minutos. Tenía un portátil pero lo tuve que vender hace unos días a una casa de empeños para conseguir algo de dinero para comer.

—Tendrá que dejarlo aquí. Cuando hayan pasado cuatro meses, se lo devolveré. ¿Tiene su DNI?

—Tengo el pasaporte y la tarjeta de la seguridad social. Tengo también mi carnet de conducir de Nueva York, pero caducó hace dos años.

—¡Guau! Eso es mucho más de lo que tiene la mayoría de la gente que viene. Está bien. Si no le importa, necesitaremos hacer algunas copias. No tengo camas disponibles por hoy. Hemos adjudicado la última a Joel, el joven que entró antes que usted. Víctor y usted tendrán que dormir una o dos noches en la capilla hasta que se queden camas libres. Llamaré a alguien para que le baje al baño para que pueda ducharse y ponerse ropa limpia. Luego podrá ir a cenar con el resto de estudiantes. Ya es casi la hora de la cena.

El consejero cogió el teléfono de la oficina y marcó.

—Mike, tenemos dos chicos nuevos. Sus nombres son Víctor y Michael. Se quedarán en la capilla por ahora hasta que queden camas libres. ¿Podrías, por favor, venir y llevarles a que se den una ducha y a que se cambien de ropa? Luego puedes darles una vuelta y llevarles a cenar.

El consejero se giró hacia Michael.

—Vendrá un estudiante y les llevará a las duchas. Si necesita algo, venga y pídalo. En un par de días se le asignará un consejero y empezará el programa con él. ¿Todo bien?—le dijo el consejero a Michael.

—Sí, gracias.

—Bienvenido al programa, Michael. Le deseo todo lo mejor. Puede irse.

Ambos se levantaban cuando el consejero le dio a Michael la mano. Michael salió de la oficina y se sentó en la mesa.



Capítulo tres - BOWERY MISSION



Se sentía aliviado. Después de muchos días se iba a dar una ducha, iba a comer algo y tendría un lugar seguro en el que poder dormir; sin embargo, seis meses le parecía mucho tiempo para estar apartado del mundo. Le prometió a Eliza que la traería a Nueva York para finales de mes.

«¿Qué la diré?», pensó. Ahora no tenía medios para contactar con ella. Y durante seis meses no podría buscar un trabajo ni una manera de salir de esa situación. Le parecía mucho tiempo. Pero sabía que algún día tendría que irse.

«Por ahora estoy a salvo. Es mitad de marzo y el invierno en Nueva York está en pleno apogeo. Hace muchísimo frío. Por ahora estoy bien aquí», pensó. «Esto me dará tiempo para pensar en qué hacer».

El hombre bajito con la camiseta volvió.

—Hola, chicos. Mi nombre es Mike. Vosotros sois Víctor y Michael, ¿no?

—Yo soy Víctor—dijo el hombre con el pelo afro.

—Entonces tú eres Michael, como yo.

Michael simplemente asintió con la cabeza.

—Eres el cuarto Michael del programa. Aquí hay dos más. Os llevaré abajo al vestuario para que podáis coger algo de ropa limpia y luego, a las duchas. Tengo entendido que vais a quedaros en la capilla durante un par de noches. No está mal. Mucho mejor que estar fuera. He oído que hay dos estudiantes de mi planta que se van hoy. Puede que tengáis suerte y mañana podáis dormir en una cama.

Bajaron las anchas escaleras que conducían a la sala de la recepción y, desde ahí, atravesaron la capilla y continuaron hacia el sótano de Bowery Mission.

A la izquierda del gran pasillo del sótano estaba la puerta del vestuario. Tenía las paredes y el techo pintados de color gris. Al fondo estaban las duchas. Los tres, encabezados por Mike, entraron en el vestuario.

Era una gran habitación iluminada por luces de neón y pintada de color blanco. A lo largo de una de las paredes había estanterías metálicas llenas de ropa doblada y amontonada casi hasta el techo. Al otro lado había abrigos, trajes y camisas. En el medio de la habitación, alineadas, había mesas plegables llenas de ropa sin doblar.

—Rick, estos son estudiantes nuevos. Van a darse una ducha y necesitan ropa limpia. ¿Puedes ayudarles?

—¿Tienen hoja de pedido de ropa?—dijo Rick.

Rick era un hombre mayor y delgado, de metro y medio escaso, tenía el pelo gris y un fuerte acento procedente del oeste indio.

—No, Rick. Aún no les han asignado camas, así que traerán su permiso más tarde. Ahora solo necesitan ropa limpia.

—Está bien. Aquí tenéis la ropa interior y los calcetines —Rick comenzó a señalar hacia varias partes de la habitación—. Aquí están los pantalones y las camisetas. Allí las camisas de vestir y las chaquetas. Por allí los jerséis. Allí las toallas y los artículos de aseo personal. Coged uno de cada y cuando tengáis permiso, volvéis y os daré más. Si necesitáis zapatos o playeras, están ahí, en las estanterías. A ver si encontráis vuestra talla. Los neceseres están en esa mesa. Cada uno contiene una cuchilla, pasta de dientes, cepillo de dientes y una pastilla de jabón.

Cuando cogieron la ropa limpia, Mike les enseñó donde estaban las duchas. Michael tiró la ropa interior que llevaba puesta, los calcetines y los zapatos al cubo de la basura.

—Eh tío, eso apesta, ¿cuánto llevas sin darte una ducha?—preguntó Mike.

—Casi dos semanas. Me he pasado los últimos diez días durmiendo en el metro—contestó Michael.

—No me extraña que apeste entonces.

Michael no recordaba la última vez que había disfrutado tanto de una ducha. Se tiró bastante tiempo frotándose con jabón, intentando eliminar el hedor que se había incrustado en su piel y en los orificios de la nariz.

Después de la ducha Mike los llevó a la oficina del director para presentarles al gerente de turno, les enseñó el comedor y les llevó de vuelta a la capilla.

—La cena será en hora y media, después de la misa de la tarde. Cuando termine el servicio, os dirigís al comedor y os ponéis en la cola con el resto de estudiantes. Por ahora, podéis quedaros aquí.

—Mike, ¿puedo salir a fumar?—preguntó Víctor.

—Bueno, puede que esta sea tu última oportunidad. No se te ha asignado una cama, así que técnicamente aún no estás en el programa. Si tienes un cigarro, fúmatelo ahora ya que luego no podrás hacerlo. Y vete a la esquina, no en frente del edificio. A los estudiantes no se les permite fumar.

Víctor se giró y miró a Michael. —¿Quieres salir tú también?

—No tengo tabaco, ¿me das uno?

—Me quedan dos. Podemos fumárnoslos. Vamos.

Salieron de la capilla hacia la puerta principal roja. En frente de la capilla, a lo largo de la pared del edificio y hasta la esquina, había una larga cola de hombres sin hogar esperando entrar. Víctor y Michael se dirigieron a la esquina, al final de la cola, y permanecieron a un lado, bajo la farola. Encendieron los cigarros.

«Esto pinta bien», pensaba Michael. «Estoy limpio, tengo ropa limpia, un lugar para dormir esta noche y enseguida voy a comer algo».

—¿Tienes un cigarro?—Michael escuchó una voz a sus espaldas.

Una chica regordeta, que no tenía más de veinte años, con el pelo rubio y rizado, la tez blanca, las mejillas rojas del frío y con los labios medio pintados de un rojo brillante, se acercó a Michael desde el final de la cola de la comida. —¿Puedes darme un tiró?— repitió.

—Es mi último cigarro—contestó Michael.

—Oye, bro, no seas rata. Te la chuparé si me das un tiro.

—Lo siento, no tengo más tabaco—la dijo Michael y se giró hacia Víctor, dando la espalda a la chica.


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