Excerpt for DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos by , available in its entirety at Smashwords

















DISEQUILIBRIUMS

Parte 1: Los Individuos







Copyright 2015 Glen Lapson

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Derechos exclusivos de edición:
© 2016 Fundación ECUUP
Cinco de Marzo 16, planta 2, 50004, Zaragoza, España
www.fundacionecuup.org
Corrección de estilo: Miguel Angel López Millán
Dibujo de portada: Joaquín Macipe Costa

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Para ti

Que estás siempre buscando el equilibrio en tu ciudad




En su expansión geográfica y ansia de poder, Roma busca un sitio donde pueda construir una ciudad sagrada, un sitio donde se cumplan unas condiciones especiales, un sitio que represente el origen del cosmos en la Tierra y donde se consiga el equilibrio de los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego.

Encontraron ese lugar en Hispania y el 23 de diciembre del año 14 a. C. fundaron una ciudad allí. Sus gentes han conseguido unas características especiales porque siempre se ha mantenido el equilibrio que diseñó Roma.

Pero en el año 2016 ese equilibrio se está rompiendo.



CAPÍTULO 0



Viernes, 23 de diciembre de 2016

Hora: segundos antes del amanecer



El viento cambia de dirección, la veleta se mueve. Ha estado parada durante una hora, pero en este momento vuelve a su actividad normal. Si fuera una persona pensaría que realmente no hace mucho esfuerzo porque normalmente solo apunta en una dirección; se preguntaría sobre la razón de su existencia ya que, al cabo del año, apenas se mueve o está parada.

Cualquiera que haya viajado sabría que realmente no está quieta.

La mayor parte del tiempo apunta hacia el noroeste, el resto se posiciona mirando al sureste. Es realmente una veleta muy activa.

Pero lo que la propia veleta se preguntaría es la razón de por qué está allí.

El edificio, remodelado a principios del siglo xx, presenta una fachada como si de una obra de arte se tratara. Por encima de los pisos, en la misma esquina del cruce de las calles, alguien decidió instalar un pequeño torreón, y, sobre él, una veleta. Es de color oscuro y tiene representados los cuatro puntos cardinales en dos niveles debajo de ella. En el primero hay dos barras perpendiculares de hierro forjado apuntando en las direcciones pertinentes con las letras iniciales soldadas verticalmente en los extremos. En el segundo nivel por debajo se puede ver una circunferencia horizontal del mismo color que la veleta.

Pocos ciudadanos de Zaragoza son conscientes de la existencia de esa veleta en el cruce de la calle Don Jaime I y la continuación de la calle Mayor, llamada Espoz y Mina.

Tampoco hoy, los que caminan en el cruce de las calles elevan la vista para fijarse en ella.

Es temprano, está amaneciendo, solo dos personas están andando por esa esquina. Un señor se ha quedado parado mirando hacia el este a la hermosa torre de la iglesia de La Magdalena mientras las primeras luces del alba la iluminan desde la parte alta.

De pronto su mirada baja para fijarse en un grupo de jóvenes que viene corriendo hacia él. Se les ve muy agitados, van gritando entre ellos.

El grupo llega enseguida a la esquina. Son tres chicos y dos chicas. Un chico y una chica van de la mano. Unos y otros se gritan entre sí. El hombre solo llega a entender algo sobre si es la hora exacta a la que tenían que llegar.

Rápidamente miran el reloj, acuerdan que es correcta. En ese momento uno de los jóvenes extrae un instrumento de música y toca una melodía. Los demás se paran, miran alrededor. Las pocas personas que pasaban en ese instante se quedan quietas observando a los jóvenes. Justo cuando llega el final de la melodía, comienzan a aparecer una serie de ráfagas de luces provenientes del centro del cruce. De pronto el viento sopla con más fuerza. A medida que el joven toca la música, las luces se hacen más luminosas y el viento se intensifica. El chico mira mientras sigue tocando, el resto no dejan de observar al centro. Entre miedo y admiración, comienzan a cambiar la posición como si se prepararan para algo. El hombre sigue observando, no se ha movido ni un milímetro de la posición en la que estaba. Su vista está fija en el grupo, los brazos caídos, el cuerpo medio encorvado y la boca abierta.

Cuando el joven deja de tocar el instrumento, se abre en el centro del espacio entre las calles un portal oscuro con pequeñas luces que giran alrededor, en espiral, hasta perderse en el interior, hacia el vacío. Sin decirse nada entre ellos, comienzan a saltar en él uno a uno, desapareciendo en sus profundidades.

En ese momento el joven que iba de la mano de la chica, se desequilibra y ambos se sueltan. El chico cae fulminado, se golpea la cabeza en el suelo y permanece en la acera. A la chica se le oye gritar el nombre del joven estirando el brazo hacia su amigo mientras desaparece en el portal.

Inmediatamente el portal se cierra, las luces desaparecen, el viento se calma.

El señor que había estado observando la escena junto con una señora que se pasaba por allí, gritan, gesticulan pidiendo ayuda, llamando a la policía, mientras el joven permanece tumbado en el suelo. Nadie lo mira. Nadie lo atiende.

Si alguno de los presentes hubiese mirado hacia arriba, al edificio de la esquina, habría visto que, al cerrarse el portal, una figura que había estado observando toda la escena desde detrás de la cortina del octavo piso, había dejado de mirar y se había retirado al interior del apartamento.



CAPÍTULO 1



Diez días antes…



Son rectángulos, cuadrados, pentágonos, todos unidos por algún vértice y en cualquier dirección. Cada uno de un color diferente, pero todos tienen los lados del mismo grosor, igual que el del mango de una raqueta de tenis. Cada figura geométrica tiene mi altura. Miro a todos lados y veo cientos, miles, todos dentro de un espacio negro que no adivino a ver el final. Me lanzo de unos a otros balanceándome agarrada por los vértices.

¡Allá voooy!

Me siento volando dentro de este espacio infinito. Estoy vibrando, como si fuera una de los miles de burbujas de agua de olla presión que saltan, explotan, viven y mueren en cuestión de décimas de segundo. Pero todas allí, en un espacio reducido, limitadas por el agua caliente que tienen debajo y la tapa de acero inoxidable que no les deja ver el cielo. Yo tengo más libertad que ellas, nada me limita, aunque tampoco puedo ver el cielo. Simplemente porque no lo hay. Estoy en mi sueño. ¡Cómo me gusta!

Veo un octógono a mi derecha y, agarrándome fuertemente a los vértices del triángulo en el que estoy colgada ahora, me balanceo hacia atrás y, con todo el impulso, suelto mi cuerpo entero hacia adelante, hacia el nuevo destino. Otra vez voy a por otro objetivo.

Pero… ¡Noooo!... no llego, está muy lejos. Estoy muy nerviosa. Mi cuerpo atraviesa el espacio, pero sin control. No puedo creerlo, he calculado mal. Me acerco, me acerco… pero no.

¡Aaaahhhh! ¡Me caigoooo!

¡Ay! Mi espalda se ha dado contra un cuadrado que estaba orientado hacia arriba. Qué daño… pero solo en la espalda. No siento las piernas. Sigo cayendo. Mi pierna derecha se ha chocado con un lado del hexágono que había debajo. No he sentido nada. Estoy muy nerviosa. ¿Me he quedado paralítica?

Sigo cayendo. El corazón me late a mil por hora. No paro de transpirar. No veo nada, solo líneas a los lados y… oscuridad.

No puedo más. Grito ¡PAPÁ!

No me responde. Sigo cayendo. Mi cuerpo se ha golpeado con todo lo que se encuentra. ¡PAPÁ! ¡PAPÁ!

¡Aaaayyyyy! Las lágrimas ni siquiera mojan mis mejillas. Las veo hacia arriba, se van quedando en el camino mientras mi cuerpo desciende a una velocidad incontrolada.

¡PAPÁ! ¡PAPÁ!

Papá no está.

Es verdad. Ya no está. Hace tiempo que no está.

De pronto, mi compañero de pupitre se me acerca al oído y me susurra:

Sofía, ¿tú entiendes algo de lo que está contando?

Me había distraído mirando por la ventana de la clase hacia el bosque que hay enfrente con el mismo pensamiento que me viene desde hace algo más de un año. No consigo controlarlo. Me froto los ojos para tranquilizarme como hago siempre y me giro como sonámbula hacia mi compañero. No es la primera vez que me pasa en clase de Historia, pero esta vez queda claro que no solo a mí me parecía aburrida la clase hoy.

No,... no sé de qué está hablando —le contesto a Erik para no ser descortés.

Aunque no solo es por no ser descortés, también es que no responder al chico con el que has empezado a salir hace siete días y ha decidido sentarse en clase junto a ti, me parece mal.

Erik es alto, pelo corto rubio y piel muy blanca. Nació en una ciudad pequeña al norte de Suecia. Tiene cuerpo de atleta. Cualquiera pensaría que es el típico sueco esquiador que ves en televisión dando saltos de esquí el día 1 de enero por la mañana, cuando te levantas tras la fiesta de la noche anterior. Pero no, su único deporte es el fútbol y por eso ha intimado muy bien con el resto de chicos de clase. Ha venido al instituto en septiembre para este curso escolar, desplazado desde su país. Sus padres también son suecos y trabajan en una empresa de energías renovables que tiene una filial en España. Habían aceptado Zaragoza donde no faltaba el viento y el sol. Además, según les dijeron, era mejor que Madrid o Barcelona porque era una ciudad más tranquila, bien comunicada y les habían hablado muy bien de la gente.

Hay dos cosas que realmente me cautivaron de Erik. La primera fue su sonrisa. No era vulgar, no era forzada, sino una sonrisa natural y, sobre todo, lo que más valoro, es que es sincera. No sé si soy rara, pero ya estoy cansada de esa gente que te sonríe solo porque les han dicho que tienen que hacerlo, o por conseguir algo de ti. Prefiero que no me sonrían, no me gusta que se use como una herramienta de manipulación, la sonrisa es algo nuestro y tiene que expresar algo que sentimos. Erik, no sonríe muchas veces, pero cuando lo hace… me encanta.

Y lo segundo que me impactó es su afición a la música. Creo que toca casi todos los instrumentos de viento que conozco. Supongo que todos lo que viven en los países nórdicos tienen que tener alguna afición especial, porque en invierno, si no hay luz, poco podrán hacer, especialmente él, que vivía en Sundsvall, muy al norte de Estocolmo. Erik entiende de todo tipo de música, valora toda, como él dice: «No toda llena mi alma, pero todas me hacen sentir». Aunque le gustan canciones de casi todos los géneros, tecno, pop instrumental, solistas e incluso heavy metal, si tiene que elegir algo como preferido siempre se decantará por el jazz. El hecho de que el saxofón fue el primer instrumento que aprendió cuando era pequeño y no ha dejado de practicar, le ha hecho sentir mucho más en ese tipo de música.

Lo único que no llevo muy bien es eso de tener novio. Tengo amigos con los que me he relacionado siempre estupendamente, pero esta es la primera vez que he aceptado salir con un chico. No es que Erik no me gustara, al contrario; es más un tema social. No estoy acostumbrada y no tengo muy claro que a mi edad me pueda comprometer ya con una persona.

Pero todo esto deja de ser importante cuando me fijo en la profesora de Historia.

¡Qué poco me gusta mirarla!

La sorpresa del primer día de curso todavía me está durando, menuda situación ocurrió.

Después de la primera clase, nuestro tutor, un señor mayor con traje y corbata al estilo antiguo, se quedó esperando para presentarnos a la nueva profesora de Historia. La anterior, que todos querían mucho, se jubiló el pasado verano después de estar más de treinta años enseñando. Siempre hizo lo mismo, enseñar Historia. No sé cómo pudo. Yo no podría hacer siempre lo mismo. En fin, justo cuando entró la nueva profesora por la puerta, se produjo una situación difícil de explicar.

Yo me quedé boquiabierta, todas las chicas nos mirábamos unas a otras, y el grupo de chicos… parecía una escena de esas de un programa de televisión. De ese en el que los concursantes compiten cantando y bailando. Luego el jurado compuesto por artistas famosos les puntúa y, cuando empieza a cantar el que está en el escenario, la cámara enfoca a los miembros del jurado y llegan a transformar su cara desde una pasividad total a una auténtica emoción. Los miembros del jurado llegan a abrir la boca, llevarse las manos a la cara y algunos casi dan saltos.

La susodicha profesora nueva de Historia tenía menos de treinta años, era guapa, pelo moreno largo recogido en coleta por detrás que casi le llegaba a la cintura, ojos verdes y encima vestía ropa ceñida. Uno de los chicos de clase se puso de pie, y si no hubiera sido por la mirada asesina del tutor, incluso le hubiesen aplaudido a la nueva.

¿Cómo se puede venir a dar clase así? Días más tarde, aún no sé cómo, nos enteramos de que era jugadora de voleibol profesional. Mientras estudiaba en la universidad había conseguido con su equipo ganar cuatro años seguidos el campeonato nacional. Actualmente sigue jugando y, además, le han dado el puesto de primera entrenadora en el equipo juvenil femenino de la ciudad.

Como profesora, debía de ser buena porque en todos los institutos en que había estado, hablaban muy bien de ella. En fin, vamos a tener que aceptar que sea así. El problema es que además es simpática, se interesa mucho por los alumnos y, para deleite del sector masculino de clase, cada día viene con un conjunto diferente. Nunca me hubiese imaginando una profesora joven para impartir Historia. Si por lo menos hubiese sido chico y guapo… En fin, es lo que hay.

Hoy lleva unos pantalones negros ajustados y una blusa beige amplia de mangas que, al extender los brazos con la explicación, le queda como si fuera una figura de las imágenes antiguas dando un sermón. La verdad es que la caída de la tela debajo de los brazos le queda bien y realza lo que señala. Le aprecio en la distancia un colgante al estilo gargantilla sujeto en una cuerda de cuero fina negra, pero no consigo ver el símbolo que lleva.

De todas maneras, si yo misma he estado distraída mirando por la ventana, me parece que la señorita Barbie, como la llamamos las chicas (supongo que lo hacemos para contrarrestar el mote que le han puesto los chicos) ha estado aún más distraída explicando algo sin mirarnos a ninguno de los alumnos. ¿Cómo se puede dar clase sin mirar a la gente?… ¿Cómo me va a caer bien esta mujer? Está escribiendo en la pizarra un montón de datos históricos y fechas sobre cuando los antiguos romanos invadieron la península Ibérica.

Se ha dado cuenta de que la estoy mirando. Se acaba de girar y se ha quedado fija observándome. Evidentemente todos la tendríamos que estar mirando, pero debe de ser que mi mirada es diferente. Creo que es la primera vez que lo ha hecho. Me parece que acaba de leer el aburrimiento generalizado de toda la clase en mi cara. Me encantaría decírselo claramente, pero no procede. Por fin deja de mirarme, y bajando un poco los hombros, como si a la vez diera un suspiro, pasa la mirada por el resto del aula en silencio.

Evidentemente ha captado el mensaje. Se acaba de girar con rapidez, sin decir nada enciende el proyector y apaga las luces de la clase. Al hacerlo provoca tal confusión que todos se callan y la miran entre penumbras. Aparte de la poca luz que entra por la ventana de este día nublado, la única que hay en la clase es la de la proyección en la pared. Yo no he dejado de mirarla. Veamos cómo reacciona.

Podemos ver en la pantalla de proyección un gran mapa de la península Ibérica donde se reflejan los principales ríos. La profesora, todavía en silencio, señala el mapa y pregunta en voz muy alta:

¿Sabéis cuál fue una de las primeras ciudades que los romanos fundaron en la península Ibérica?

Al hacer la pregunta, algunos de los compañeros que se habían sorprendido por la acción de la señorita Barbie vuelven a la actitud inactiva de antes y algo de desilusión aparece en sus caras. Esperaban algo más emocionante. Yo también, pero tengo curiosidad por ver su siguiente movimiento.

Como ni mis compañeros ni yo contestamos, la profesora grita:

¡ESTA MISMA, EN LA QUE VIVIMOS!

Erik y yo nos sobresaltamos. Algunos la miran con tranquilidad, mientras que otros simplemente se observan entre ellos. De hecho, Erik me mira y sonríe. Está claro que él solo lleva tres meses viviendo en la ciudad, pero creo que le está haciendo gracia lo que intenta la profesora.

Mientras la señorita Barbie dibuja un punto gordo encima del río Ebro, posicionando la ciudad de Zaragoza y escribiendo el nombre, se gira diciendo:

¿Sabéis por qué?

Aguardamos en silencio, esperando que lo explique. Ella observa que todavía hay algunos distraídos. Los miro. Son los de siempre.

Se gira de nuevo hacia el mapa y dibuja una línea vertical que cruza el río Ebro en el mismo lugar donde ha ubicado la ciudad de Zaragoza. Volviéndose hacia nosotros de nuevo, dice:

Por esto —señala el mapa— porque es la única ciudad donde se produce este efecto. —Se queda callada, como esperando que adivinemos lo que va a decir a continuación—: La línea horizontal se cruza con la línea vertical, en este punto… donde confluyen el río Gállego y el río Huerva con el río Ebro.

Ha conseguido que nos interesemos por lo que está diciendo. Esto va bien.

En la calle se ha levantado viento, lo que ha provocado que un pequeño silbido a través la ventana sin cerrar haya conseguido dar más misterio a la charla.

Veo a lo lejos que los árboles se empiezan a inclinar. Ya no hay pájaros, el cielo se ha encapotado más y las nubes grises están dando cierto aspecto siniestro a la mañana. Me giro de nuevo hacia Erik. Está totalmente concentrado con la explicación. La luz del proyector destaca aún más que antes. Parece que estamos entre tinieblas.

Si veis el cruce de los ríos —continúa—, para los romanos era muy importante este hecho. Según entendía el emperador Augusto, el fundador de la ciudad, la diosa de la Naturaleza, Cibeles, había creado el signo del Cardus y Decumanus: dos líneas perpendiculares que, posteriormente, utilizarían para diseñar las ciudades. El Cardus era la calle principal orientada de norte a sur y el Decumanus la de este a oeste. A partir de esa disposición el resto de calles de la ciudad se construían, de forma regular, paralelas, y a su vez perpendiculares, a las anteriores.

Se para, nos mira, camina despacio de izquierda a derecha por la clase.

Hoy no se ha recogido el pelo, por lo que al andar se mueve su melena de un lado a otro. Creo que todos la estamos mirando.

Un Cardus y Decumanus perfecto era para ellos la expresión sagrada del orden del cosmos de la Tierra.

En ese momento se para enfrente del compañero de la esquina derecha de la primera fila. Apoya sus brazos sobre su mesa. Gira la cabeza por la venta y le oímos decir:

Es decir, para ellos, este sitio era una ciudad sagrada.




CAPÍTULO 2



Martes, 13 de diciembre de 2016

Hora: 11:30



Dicho así, podía llegar a ser interesante incluso el resto de la clase. Está bien esta profesora. Como diría mi hermano pequeño: ella mola.

Me he estado aburriendo desde hace rato. No dejo de mirar a la chica delante de mí. Cada vez que la miro se me hace como un nudo en la garganta. Había empezado a sentir eso desde el primer día de clase de este curso. No lo entiendo porque hemos estado juntos desde casi Primaria en el mismo colegio. No siempre en la misma clase, pero sí en el mismo curso. Hemos coincidido en algunas actividades, pero nunca había tenido el sentimiento que tuve cuando la vi este curso entrar en clase con el pelo rizado, suelto, cuello despejado y una carpeta que sostenía con los brazos sobre el cuerpo. Pasó justo a mi lado para sentarse delante de mí. No sabía si era el pelo, la ropa que llevaba o simplemente el cuerpo de esa niña con la que había compartido años en el colegio y en ese momento era una auténtica mujer.

Desde aquel día estuve pensando cómo decirle algo, cómo explicarle lo que sentía por ella.

Pero no pude.

En el fondo me siento todavía un niño. Sigo jugando al fútbol con los amigos a la salida de clase. A ella la veo con sus amigas hablando y comentando de pie, en la puerta, a la salida del instituto. De vez en cuando se ve a alguno de los chicos mayores que se acercan al grupo de chicas y tratan de entablar conversación con ellas. Afortunadamente siempre veía que ella se volvía con sus amigas. Y eso me tranquilizaba.

Pero un día, mi mundo se derrumbó.

Recuerdo que venía de casa acompañando a mi hermano pequeño al colegio. Costumbre que hacía todos los días desde que nuestro padre había muerto hacía cinco años y nuestra madre dejó de acompañarnos porque el trabajo que encontró la obligaba a entrar temprano en la mañana. Mientras me acercaba al instituto, vi que venía apresurado por mi izquierda el chico nuevo de Suecia. Me caía bien, era un tío simpático, deportista y a las chicas les gustaba. Cuando llegó a mi lado, me tocó del brazo y me dijo:

David, ¿podemos hablar un rato a la salida de clase?

Le dije que sí. Como tenía que volver a recoger a mi hermano pequeño, acordamos encontrarnos en la salida de la zona de Secundaria.

Nunca me hubiese imaginado lo que me iba a suceder.

Si lo hubiese sabido, probablemente no habría aceptado verlo más tarde.

Mi corazón dio un vuelco cuando me encontré a un chico rubio alto, de piel blanca y con acento sueco diciéndome que se había enamorado de una chica de clase, pero no sabía qué costumbre había en España para pedirle salir. El joven sueco había elegido hablar conmigo, porque le parecía que yo era serio y tenía experiencia con chicas. «¡Que fuera de la realidad!», pensé en ese momento. Pero no tuve tiempo de pensar más cuando escuché quién era la chica que pretendía.

Desde aquel día procuro no mirar hacia donde se sienta ella. Aunque es difícil, teniendo en cuenta que la tengo delante. En clase nos sentamos en mesas de dos y me habían puesto junto a Elsa, así que trataba de comentar todos los temas de clase con ella y evitaba mirar hacia la mesa de Sofía. Y sobre todo desde hacía una semana, cuando el propio Erik decidió sentarse junto a Sofía.

Me estoy distrayendo. Lo de la ciudad sagrada, nada menos que Zaragoza, donde vivo desde que nací, me parece cuanto menos curioso porque nunca lo había oído antes.

Hay que reconocer que venir a clase de Historia merece la pena este año. Menuda profesora. Una auténtica sorpresa. Miro de reojo al que se la intentó ligar el otro día a la salida de clase. Solo recibió calabazas y la mirada del musculitos de su novio que la vino a buscar en una moto enorme a la salida de clase. ¡Qué idiota! Pretender con dieciséis años ligarse a su profesora que le saca más de diez. Bueno, cada uno es como es.

Lo que le agradezco es que no se ponga tacones como el primer día. Nos hizo sentir a todos enanos. Y eso que debe de ser la más baja de su equipo de voleibol.

Sigue apoyada con los brazos en la mesa de la esquina derecha de la primera fila. Mantiene silencio mientras observa cómo algunos se sorprenden con lo de la ciudad sagrada.

En este preciso momento ha conseguido la atención de todos.

... Un lugar en el que la propia naturaleza se presentaba ante el hombre y quizá uno de los pocos lugares donde esta realidad natural se daba. —Termina el principio de la historia.

Ciertamente me ha cautivado a mí también. Miro a mi derecha a Elsa y ella también me mira. La mejor amiga de Sofía. ¡Qué ironía, yo sentado junto a ella! De todas maneras, me cae bien, nos ayudamos continuamente en clase cuando uno no entiende alguna cosa. El color negro de su piel y lo alta que es, la destacan sobre el resto de la clase. Padre americano exjugador de baloncesto en la NBA y madre cubana han conseguido que su hija se parezca un poco a los dos. En la altura a él, y en el resto a la madre. Las pocas veces que les he visto juntos he comprobado que tiene el carácter totalmente opuesto al del padre. Llegaron a la ciudad hace diez años cuando a él lo contrataron como entrenador del equipo de baloncesto principal. Solo lo mantuvieron cuatro años hasta que el equipo bajá a Segunda División. En aquel momento la madre ya había destacado como profesora de gimnasia rítmica en uno de los mejores clubs de la ciudad, así que decidieron quedarse. Al padre no le faltaron ofertas. Decidió coger una plaza en la universidad de profesor adjunto en el Departamento de Psicología Industrial aprovechando el doctorado que había obtenido en Estados Unidos mientras jugaba al baloncesto.

Me sigue mirando. Encogemos los dos los hombros como interrogación y a la vez como gesto de sorpresa. Yo sé que a Elsa le gusta mucho la historia. Estoy seguro que esta clase le estará pareciendo muy interesante. Pero lo de una ciudad sagrada, suena un poco fantasioso y ella no cree ni en fantasías ni en personajes imaginarios. A mí, en cambio, no me suena mal después de que el último verano estuve jugando a juegos de rol con unos amigos. Todo se basa en personajes imaginarios.

Para mí no deja de ser una historia o una leyenda —continua la profesora—, pero si alguien consiguiera probarla sería espectacular. Lo cierto es que hay más… —Se para y nos mira.

Se produce un gran silencio en la clase esperando que la profesora continúe con la explicación. Esta señala el mapa dibujado y continúa:

Los romanos vieron el gran río que iba desde el oeste hacia el este: el Ebro. De hecho, supongo que a estas alturas ya os estáis preguntando por qué la península Ibérica lleva el nombre del río que pasa por nuestra ciudad.

Se le ha caído el boli que llevaba en la mano y, al agacharse a recogerlo, ha conseguido el momento de máxima atención en clase… al menos entre nosotros. Las chicas siguen mirando el mapa.

Para ellos, era el río que venía del oeste, del mundo de los muertos, de la oscuridad, del ocaso…

Me doy cuenta de que estoy mirándola fijamente. Hace tiempo que no me ocurre algo parecido, al menos por algo diferente a su físico. Sin que se den cuenta mis compañeros, les observo de reojo. No quiero que me vean hacerlo. Lo cierto es que lo hago muchas veces, pero no quiero que piensen que soy un mirón. «Es simplemente curiosidad», o eso me digo a mí mismo cuando les miro. Y esta vez veo que todos estamos mirando fijamente el mapa y escuchando a la profesora.

—… y era el río que se dirigía hacia el este, donde sale el sol, la luz… hacia Roma. Y era el río que, de repente, se encontraba con el cruce de dos ríos. Uno viene del norte, de la Galia (de ahí su nombre: el Gállego) y el otro, La Huerva, traía aguas del sur.

La profesora guarda silencio mientras señala los ríos en el mapa y continúa:

La dirección del agua era interpretada como el transporte y vehículo de la información del lugar del que provenía. Es decir, el que traía agua del norte, de la Estrella Polar, traía agua del cosmos, del conocimiento.

De pronto, Elsa me comenta en voz baja algo:

O sea, que los del norte son más listos que nosotros.

Por el silencio que había, lo escucha toda la clase. Risas por todos lados, Elsa se sonroja y la profesora le contesta:

La verdad es que no sé qué responderte —sonríe—, porque si ahora os digo la explicación del río del sur, no sé qué vais a concluir.

Mantiene un poco de silencio, se toca el pelo con las dos manos y prosigue:

Porque el del sur, según su probable interpretación, traía la información de la Tierra, del inframundo de la materia, de la serpiente o dragón ascendente hacia el norte.

Ahora sí que no sé ni dónde mirar. Veo que Elsa empieza a estar incómoda. Me mira como diciendo que todo esto empieza a parecer una tontería. Pero al igual que yo, seguimos escuchando. Aunque claro, es un hecho que esos ríos están ahí. Observo que en la clase se ha hecho silencio absoluto.

Podemos llegar a pensar que la ciudad de Caesaraugusta fue diseñada para ser el centro del orden romano. De ahí que pudiesen verla como una ciudad sagrada y la trazaran como la representación del mundo ordenado de los dioses en la Tierra.

Se calla mientras camina hacia la ventana. Parece de noche, el viento se ha vuelto más fuerte. Todas las nubes que vemos desde la ventana son casi negras. Sabemos que son previas a la tormenta.

De pronto un rayo a lo lejos nos sorprende a todos. Se oye algún ¡Oh! entre las chicas. El silencio es total en la clase. Nadie está mirando hacia la proyección. La profesora, sin dejar de mirar por la ventana, dice en voz alta:

¿Sabéis cómo hacían ese vínculo entre lo divino y lo terrenal?

Miro hacia los demás. Nadie contesta. Yo tampoco. Solo silencio en la clase. Es la primera vez en clase de Historia que ocurre eso. La primera vez en todo el curso que la profesora ha podido cautivar a todos solo con la explicación. Se gira hacia el mapa. La seguimos con la mirada como espectadores en un partido de tenis. Todos callados.

La profesora contesta:

Mediante la geometría.

Se para y nos vuelve a mirar.

Por ello, Caesaraugusta es trazada geométricamente bajo el conocimiento secreto de los sacerdotes. Se asumía que eran los únicos que comprendían el misterio de la vida.

Sin ningún complejo miro a Sofía. Sé perfectamente que eso le va a gustar. Y así es. La chica se mueve en el asiento. Se incorpora hacia delante en la mesa para escuchar más atenta.

Por eso la tradición establecía un rito fundacional para la creación de la ciudad. Lo que ocurría es que los sacerdotes trazaban dos ejes perpendiculares entre sí sobre la tierra, el Cardus y el Decumanus. Luego dos bueyes tiraban de un arado e iban marcando el perímetro de la ciudad. La Tierra era el símbolo de la materia, de lo femenino que es fecundado por el arado, que a su vez era el símbolo de la energía masculina; ambas, energías sagradas…

Se para un momento y nos observa a todos.

—… así a la ciudad le daban un carácter sagrado. Entendían que era el lugar del Orden o, dicho de otra manera: conseguían una Ciudad Ordenada porque se producía el equilibrio al unirse las dos energías.

La profesora se calla y mira la cara de sorpresa de todos nosotros. Miro a los demás. Estamos todos igual. Proyecta un plano grande del centro antiguo de la ciudad y traza dos líneas gruesas: una sobre la calle Don Jaime I desde el río Ebro hasta la calle Coso y otra desde la plaza de la Magdalena por la calle Mayor, Espoz y Mina y Manifestación, para terminar en avenida César Augusto.

Se vuelve y dice apuntando a las dos líneas gruesas que ha pintado:

Os presento el Cardus y el Decumanus de Zaragoza.

Recuerdo que, en algún momento de mi vida, alguien me ha explicado esto. Nunca le había dado importancia. Ahora parece que sí la tiene. Elsa está totalmente boquiabierta. Miro de nuevo hacia Sofía. Es la única en toda la clase que no está mirando a la pizarra. Está escribiendo algo en una hoja.

Pero en este momento está ocurriendo algo.

No consigo saber qué pasa.

La profesora se lleva la mano derecha al oído. Su cara cambia rápidamente con muestras de dolor. Se tiene que apoyar con la otra mano en su mesa. Parece que se está mareando. Empieza a agachar la cabeza y a apretar los labios. ¿Qué le está pasando?

Se está cayendo.

¡Dios! Literalmente se ha desplomado en la mesa. Se sujeta con la mano izquierda del extremo del escritorio para no caerse al suelo. Se oyen gritos en clase. Todo parece un caos de repente.

Los de la primera fila se levantan corriendo para ayudarla.

En ese momento todos vemos que su melena se ha manchado un poco del color rojo de la sangre que le está saliendo por el oído derecho. Con su mano intenta contener la hemorragia. Con la cabeza apoyada en la mesa nos mira impotente como intentando que le digamos qué le está pasando.



CAPÍTULO 3



Jueves, 15 de diciembre de 2016

Hora: 08:45



Sofía



He visto muchas veces a las parejas caminar por la calle cogidos de la mano o con el brazo del chico encima del hombro de la chica.

Pero hoy lo veo diferente.

Lo veo distinto porque yo soy una de esas parejas. Llevamos un rato caminando por la ciudad y Erik me acaba de poner su brazo sobre mi hombro. Acabamos de pasar la plaza Paraíso y, mientras caminamos por el paseo Constitución hacia la plaza de los Sitios, nos empezamos a cruzar con más gente.

Me siento incómoda, es la primera vez que lo hace, pero soy incapaz de decírselo. Veo que a él le gusta, o eso me parece cuando lo miro de reojo. Como el resto de parejas se comportan así, prefiero dejarlo estar, no quiero ser diferente hoy también, al menos por ahora. Ya soy diferente en muchas cosas, como para serlo también en el tema de los chicos. Sobre todo, porque es la primera vez que salgo con uno.

De todas maneras, no me viene mal que me coja, hace frío. Es un típico día de invierno de Zaragoza con mucho viento helado y, aunque brille el sol, la sensación es bajo cero. Es rara esta ciudad. «¡El que aguanta el frío invierno y luego el sofocante calor del verano aquí, ya puede vivir en cualquier lugar del mundo!», recuerdo que me lo decía de pequeña la señora que nos vendía el pan cerca de casa cuando era pequeña.

En su reloj veo las 8:45, así que probablemente nos sobren unos minutos. Miro a Erik a la cara. Necesito levantar bastante la vista porque me saca una cabeza, y eso que tenemos la misma edad. Veo que no se da cuenta de que la bufanda que lleva al cuello me ha vuelto a alcanzar la cara. Con el viento tan fuerte que sopla, no para de darme. Con mucha delicadeza aparto su brazo del hombro.

Seguimos andando.

¿Hay algo que hago mal?

Me paro justo en el cruce con la calle Juan Bruil. No esperaba esas palabras de Erik. ¿A qué se refiere? ¿De qué está hablando? No he dicho nada ni he hecho nada que le haya podido molestar. O eso creo.

¿Por qué dices eso? —le contesto.

Estamos los dos de pie. Sus ojos están clavados en los míos, pero no consigo adivinar qué piensa. Miro a nuestro alrededor toda la gente que camina rápido por el paseo. Hay un montón de grupos de chicos de nuestra edad que marchan en ambos sentidos. Aquí nos ve todo el mundo y no sé lo que me va a decir.

Le cojo por el brazo y camino hacia el interior de la calle Juan Bruil que es mucho más discreta. En un extremo de la calle veo a lo lejos toda la gente que camina por el paseo Independencia y, por detrás, en el otro extremo de la calle, los que acabo de ver por el paseo Constitución. En esta pequeña callejuela, no pasa nadie.

¿Te gusto? —Me para Erik en la acera y nos quedamos los dos de pie, mirándonos.

¿Y esto a qué viene? ¿Qué le pasa?

Sí. —Trato de que se dé cuenta de que he fruncido el ceño.

Se toca la cara con la mano derecha como si estuviese nervioso.

Es que… —No consigue continuar.

Soy incapaz de decir algo.

A veces, te veo muy fría conmigo. Vengo de otro país y quizá la diferencia cultural no la he conseguido llevar bien. Quizá no me estoy comportando como debo…

No dejo de mirarlo. Me ha dejado totalmente bloqueada porque no me esperaba algo así. ¿Y qué le digo yo ahora?

—… a mí me gustas mucho —continua Erik— y desde que hemos empezado a salir cada día me gustas más.

A mí también me gustas mucho —le digo mirándolo a los ojos—, me encanta estar contigo.

Todo es verdad, aunque no me sale decirlo de forma natural. Me parece muy buen chico, tiene un corazón enorme y además es muy guapo. Quiero conocerlo más. Supongo que el problema soy yo porque no consigo nunca expresar mis sentimientos.

Pues no se nota —me corta rápidamente.

¿Por qué dices eso?

Se queda mirándome. Creo que se ha dado cuenta de que me ha molestado.

Disculpa —comienza diciendo—, es que... es que, veo a otras parejas y hablan más que nosotros, van de la mano, se dan más cariños. Y nosotros…

Le pongo un dedo en los labios con la única indicación posible.

Mi sonrisa ha conseguido que se relaje, me pongo en puntillas, le rodeo el cuello con mis brazos, él me mira desde su altura y pasa sus brazos por detrás de mi espalda.

Qué bien huele. Nunca le he preguntado qué colonia se pone porque parecería muy superficial, pero sé que no la venden en esta ciudad. Bueno, o al menos ninguno de los adultos y jóvenes que conozco la usa. Su figura esbelta y su pelo rubio corto está hoy más increíble que otros días por el jersey verde oliva de cuello alto que se ha puesto. Lleva pantalones vaqueros, pero no me ha dado tiempo a verle venir porque su cara se aproxima a la mía. Ha tomado la iniciativa y hoy me gusta. Ladea la cara hacia su izquierda y yo hacia la mía, sigue aproximándose hasta que por fin los labios no pueden juntarse más. Noto sus manos fuertes que me acarician la espalda. De arriba abajo, de abajo arriba. Todo mi cuerpo está pegado al suyo. Supongo que estará sintiendo toda la expresión inevitable de cada parte de mi cuerpo en contacto con la de él, como yo estoy notando lo que parece él ha dejado de controlar. Me gusta. Ya me pierdo, no sé ni dónde estoy. Es como si estuviera encima flotando en unas nubes y no quisiera que terminara el momento. Cómo me gusta Erik. Lo noto muy cercano. No es solo un beso, hay algo más.

Perdón, perdón.

La voz de la pareja que acaba de salir del hotel con un carrito de bebé ha conseguido que me sonrojara y me separe inmediatamente de Erik. Estamos ocupando la pequeña acera de la calle y no pueden pasar.

Disculpen —decimos los dos a la vez mientras, entre miradas cómplices, nos sonreímos el uno al otro.

Nos quedamos los dos de pie mientras la pareja se aleja hacia el paseo Constitución. Justo cuando giran a la derecha y antes de desaparecer, el hombre nos mira y con una leve sonrisa nos guiña el ojo.

Nos volvemos a mirar los dos, sonreímos y le cojo las dos manos.

Erik, me gustas mucho y te aseguro que no pasa nada. La rara soy yo, como te dije la primera vez, eres el primer chico con el que salgo y a lo mejor soy yo la que no sabe comportarse.

Me resulta imposible explicarle que yo hace un año no era así. Hablaba mucho más con todos, más jovial, me encantaba estar rodeada de gente y hablar y hablar. Pero desde lo de mi padre, todo ha cambiado. No soy la misma.

Me pongo de puntillas y le doy un beso rápido sin que se lo espere.

Estoy segura de que con este trabajo de Historia vamos a estar más tiempo juntos y nos lo pasaremos muy bien.

Le doy la mano con los dedos entrelazados apartándome un poco para no recibir más golpes de la prenda que lleva al cuello.

Me suelta la mano, pone su brazo derecho sobre los hombros y, como si hubiese adivinado lo que originó este momento, rodea nuestros cuellos con su bufanda. Así está mejor. Me gusta.

Seguimos caminando hacia el destino por la calle Tomás Castellano.

Cuando estamos a punto de llegar a la entrada de la iglesia de Santa Engracia rompo el silencio:

¿Qué opinas de lo que pasó con la profesora de Historia?

Me mira como sorprendido por la pregunta, como si pensara que quiero cambiar de conversación.

Muy raro. —Me mira mientras seguimos andando—. Nunca había visto algo así. Espero que no sea nada.

Sus palabras se me pierden en el infinito porque mi atención está con la señora que entra en la iglesia y está perdiendo el equilibrio. Casi se cae, si no fuera porque sus amigas la han sujetado. Se lleva la mano al oído derecho y, mientras la aparta para ver la palma a través de sus lentes de aumento, distingo el color rojo con el que se ha manchado.



CAPÍTULO 4



Jueves, 15 de diciembre de 2016

Hora: 08:55



David



Es casualidad que los dos hayamos llegado diez minutos antes de la hora a la que hemos quedado con Sofía y Erik. Elsa me mira y sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Estamos sentados en uno de los bancos de la plaza de Los Sitios mientras esperamos. Como ella suele ser bastante alternativa para algunos temas, he tenido que imitarla y sentarme en el respaldo con los pies apoyados en el asiento.

Hace frío. Los dos estamos protegidos con los abrigos que llevamos y ella no para de darle vueltas a su bufanda alrededor del cuello.

Dejo de mirarla. Trato de ver a lo lejos de la calle Joaquín Costa por si los vemos venir. Noto que ella me sigue mirando.

No puedo evitar recordar la conversación de ayer con mi madre.

Eran las siete de la tarde. En mitad de los grandes almacenes me dice:

Gracias.

Me quedé tan sorprendido que miré a mi madre con los ojos tan abiertos que casi se asustó.

Llevábamos unos quince minutos en la sección de ropa juvenil mientras estaba buscando un pantalón para comprarme. Es la peor época del año para ir a comprar algo que realmente necesitas. Te ves rodeado de cientos de personas que están ahí simplemente porque está próxima la Navidad. ¡Si supieran que huyo de los estereotipos y de las costumbres! En fin, aunque quise evitarlo, fue imposible cuando mi madre me evidenció ayer tarde que no tenía nada para ponerme en los próximos días.

Lo dijo treinta segundos después de mostrarme las manchas de lejía en el pantalón vaquero que había llevado ayer a clase. Le dio completamente igual las múltiples explicaciones sobre que el bote de hipoclorito sódico se hubiese caído sin querer en el laboratorio de química. Simplemente me miró y me dijo que ya no tenía ni uno más.

Gracias, ¿por qué? —le respondí mientras la miraba.

Por un segundo me pareció ver un resplandor de alegría o, incluso, ilusión en su cara cuando me lo dijo. Desde que falleció nuestro padre, se ha sumido en un estado de soledad y tristeza que a mi hermano y a mí nos obliga a tratar de animarla todo el día. Así que el momento de ayer había que tratar de alargarlo lo máximo posible.

Por venir conmigo.

No te entiendo —le respondo mientras seguí viendo ese gesto de felicidad en su cara.

Mira a tu alrededor.

Lo hice. Unos grandes almacenes repletos de gente. Como siempre en esta época. Por la expresión de mi cara se debió de dar cuenta de que no sabía a qué se refería.

Gracias por dejarme acompañarte —me dice. Mientras estás buscando lo pantalones estoy mirando que ningún joven de tu edad ha venido con su madre. Casi todos vienen con un amigo o en grupo.

Ni me ha había dado cuenta. Pero al observar con más detalle comprobé que tenía razón. Y recordé que hacía al menos un año que no había permitido que me acompañara. Era verdad. Pero por alguna razón que todavía no recuerdo, le pedí que, por favor, me acompañara. Aún recuerdo que le dije que necesitaba la opinión de una mujer. ¿Y por qué le dije eso? Aún no lo sé. El problema es que no supe qué decirle después.

Mi madre me miró fijamente por un momento. Disfruté de esa imagen de felicidad que irradiaba.

¿Estás bien? —me soltó de pronto—. ¿Te encuentras bien?

Asentí con la cabeza mientras miraba un pantalón azul marino de mi talla.

¿Es por lo que ocurrió con la profesora? —Volvió mi madre a la carga con preguntas.

Se lo había comentado a ella y a mi hermano la noche anterior en la cena. Creo que me pasé con la parte de la descripción del detalle de la sangre. Debí de ser demasiado morboso porque mi hermano pequeño me dijo a la mañana siguiente que casi no había dormido de miedo.

No —le contesté.

Noté que tiene clavada su mirada en mí. Me giré y la miré.

¿Es por una chica?

Pero, ¿qué estaba haciendo?, pensé. Una madre no le puede preguntar eso a su hijo de dieciséis años. Es privado. Además, no puede saberlo. No había dado ninguna muestra de ello. Es un asunto solo mío.

Pero como no contesté inmediatamente, vino lo siguiente:

No te preocupes, es normal. Lo importante es que se lo digas cuanto antes para que podáis empezar a conoceros mejor…

Se quedó callada un momento. Yo aproveché para cambiar de expositor y me puse a mirar unos vaqueros esperando que se le pasara el momento. No me gustó nada que se metiera en mis asuntos personales, pero la quiero mucho y con todo el trauma que tiene, era incapaz de hacer algo que la hiciera sufrir (o eso pensaba en ese momento). Se acercó a mi posición y continuó.

—… Además, la chica negra es muy guapa y me parece muy buena persona.

Ahí no pude aguantar más y salté:

¡MAMÁ! La chica negra, que tú dices —comencé a elevar el tono de voz— tiene nombre, se llama Elsa, y es mi compañera de pupitre en clase. Como dices, es muy maja y una buena amiga ¡y nada más! ¡Y NO VUELVAS A METERTE EN MI VIDA PERSONAL!

Supongo que nunca me arrepentiré tanto de haber hecho eso.

El pequeño atisbo de felicidad que había detectado minutos antes, simplemente desapareció. Su cara se puso blanca. No miró a su alrededor. No quiso saber cuántas personas que estaban en ese momento en la planta de los grandes almacenes habían oído a un chico de dieciséis años gritar a su madre. Simplemente me miró y con una de las miradas más tristes que he visto en mi madre, aparte del día que le dijeron que su marido había muerto en un accidente de coche, me dijo:

Perdona, no lo volveré a hacer.

Por la noche durante la cena, con mi hermano presente, no paré de disculparme. Aunque ella me repitió muchas veces que no pasaba nada y que estaba todo olvidado, no volví a percibir ni un atisbo de ilusión en su cara ¡Será una carga que tendré que llevar un tiempo!

Tampoco sé muy bien qué me sentó peor: que opinara sobre mis gustos amorosos o que me hubiese relacionado con la chica que no era.

Ahora la tengo junto a mí en el banco. Tengo que reconocer que es excelente como persona y una belleza. Es la chica que recomendaría a mi mejor amigo para que conociera. Pero mi corazón lleva varios meses atrapado en un punto sin retorno, lejos de Elsa.

Mira, allí vienen.

Las palabras de Elsa y su dedo apuntando en dirección a la iglesia de Santa Engracia me hacen ver a lo lejos a Sofía y Erik andando.

El brazo de Erik está sobre el hombro de Sofía.



CAPÍTULO 5



Jueves, 15 de diciembre de 2016

Hora: 09:00



Sofía



No duro ni cinco minutos con el brazo de Erik sobre el hombro porque, mientras bajamos por la calle Joaquín Costa hacia la plaza de los Sitios, vemos a lo lejos a los otros compañeros con los que hemos quedado a la entrada del Museo Provincial.

Me suelto rápidamente de Erik. Eso ya no podía ser. Una cosa es ir de la mano si nadie me conoce y otra diferente hacerlo delante de los compañeros, sobre todo de David que lo conozco desde hace años, y en los últimos meses se ha comportado un poco raro conmigo. No sé qué le pasa, aunque tampoco me preocupa, tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Samuel, el quinto compañero que fue incluido en el grupo no podrá venir a la visita de hoy. Me mandó un mensaje al móvil para decirme que está en casa con fiebre. ¡Qué fastidio! Es un tipo muy especial, en clase casi no lo acepta nadie, pero me apetecía mucho hacer este trabajo con él. Espero que se incorpore en la siguiente visita que organicemos para esto que estamos haciendo juntos.

¡Menudo día! —dice Erik en su típico acento sueco cuando nos acercamos.

Elsa y David nos esperan sentados en el banco de la plaza en que habíamos quedado. Los dos tienen los pies apoyados en el asiento.

¡Típico día de cierzo, como siempre en esta época! —suelta David con un tono que creo a nadie nos parece de simpatía, que incluso reprocho con la mirada.

Erik y yo nos sentamos también en el banco, mientras miro de reojo a David por su comentario tan desafortunado.

¿Sabéis cómo está la profe de Historia? —pregunta Elsa al tiempo que nos acomodamos.

Nadie le responde.

Recordar lo del martes en clase resulta desagradable. Después de que le comenzara a salir sangre del oído, le ayudaron a sentarse bien. Se limpió la cara con un pañuelo que le ofreció el chico de rizos de la primera fila y cuando comprobó que ya no sangraba, nos dijo que nos organizaría por equipos de cinco, y que cada equipo tenía que coger una hoja de las que había en su mesa con las instrucciones que había traído preparadas de casa.

Nadie hablaba, todos la mirábamos.

Esta mañana mi madre ha llamado al instituto y le han dicho que está bien, pero se ha quedado en casa. —Nos sorprende a todos David con el comentario.

Nos obligó a irnos del aula en cuanto sonó la sirena del cambio de clase. Mientras salíamos entraba la compañera que había ido a avisar al director del instituto. Les acompañaba la enfermera.

Lo siguiente que supimos ayer fue tras la clase de Historia cuando el tutor se quedó con nosotros, y nos comentó que la profesora de la asignatura se había quedado en casa. Nos dijo que estaba mareada y no podía andar, pero que el médico que la había revisado dijo que en un par de días se le pasaría y la tendríamos de nuevo por clase.

Nos quedamos todos conformes con la explicación, aunque el color de la sangre no creo que lo pudiéramos olvidar sencillamente. El profesor nos leyó las instrucciones y la composición de los grupos que le había dado la profesora por teléfono, así que nos pusimos todos con el nuevo trabajo.

¿Por qué nos ha elegido a nosotros y a Samuel la profesora para hacer el trabajo? —sigue Elsa con las preguntas.

David responde inmediatamente:

Porque le caemos bien.

Consiguió que todos nos riéramos un rato. «Ya ha vuelto a ser el tío simpático de siempre». Porque lo cierto era que no parecía un regalito el trabajo que nos había mandado la señorita Barbie… Con lo que le ha pasado, creo que será mejor dejar de llamarla así… Tras la explicación antes de ayer en clase del Cardus, el Decumanus y la historia romana de la ciudad, el papel con las instrucciones nos obligaba a trabajar en grupos de cinco para preparar un trabajo de al menos treinta páginas. Tenía que estar bien documentado para finalmente exponerlo al resto de la clase en tan solo veinte minutos. A nosotros nos había tocado analizar todo lo que pudiéramos sobre el cruce del Cardus y el Decumanus.

Consiguió que nos interesáramos durante la clase, pero de ahí a tener que hacer semejante trabajo, cambia bastante la situación.

Os confieso —comienza Elsa hablando— que a mí en el fondo me apetece este tema. Eso de la ciudad sagrada de la antigua Roma al principio me parecía una memez, pero todo lo que contó después me pareció impresionante. Imaginaos que todo eso sea verdad y que realmente hicieron que esta ciudad fuera así.

Soy bastante incrédula ante ese tipo de cosas —comento—, pero a la vez reconozco que antes de ayer me llamó mucho la atención lo de la geometría.

Me parece notar como una sonrisa en la cara de David. Aunque no le veo la gracia al comentario.

Pregunté en casa por la noche —Erik comenta con la mirada perdida en la plaza— y nadie de mi familia sabía nada de los romanos o ciudades sagradas. Mi padre sí dijo que sabía lo del Cardus y el Decumanus. Pero la verdad es que me sentí un poco raro comentando lo de la ciudad sagrada.

Seguimos sentados en el banco enfrente del Museo Provincial esperando a que lo abran. Papá siempre nos traía a ver todos los monumentos de la ciudad, pero las dos veces que vinimos a este, estaba cerrado. Recuerdo que nos contó que es una construcción antigua de estilo neorrenacentista construido para la Exposición Hispano—Francesa de 1908 con motivo del primer centenario del hecho histórico ocurrido en la ciudad. Está ubicado en uno de los laterales de la plaza de los Sitios donde estamos y, según decía mi padre, muy bien preparado para visitas.

Esta plaza, de forma rectangular, tiene muchos árboles, juegos infantiles y un monumento en el centro. Además, hay varios bancos bien situados desde donde se puede tener una buena visión de lo que ocurre alrededor.

Alguien podría decir que la plaza tiene vida. Por las mañanas se pueden ver personas mayores de paseo o disfrutando sentadas en los bancos. Por las tardes suele estar muy animada con padres y madres dejando jugar a sus hijos pequeños en los columpios; y al final de la tarde, principalmente los fines de semana, somos los de nuestra edad los que ocupamos diversos espacios como punto de encuentro para charlar. Se ha hecho como una costumbre, casi todos los sábados por la tarde estamos en este lugar para algo totalmente diferente a lo que hemos venido esta mañana ¡Si estos árboles hablaran me pregunto cuántas cosas podrían contar!

Mientras miro hacia los columpios para niños, ahora vacíos dado que es horario escolar, recuerdo que cuando todavía no había nacido la pequeña, mamá nos traía a mi hermano y a mí a jugar aquí.

Se me pone piel de gallina al recordar la primera vez que me enseñó a columpiarme. Habíamos venido ella y yo solas. Al principio lo veía imposible, pero no sé si fue mi esfuerzo y persistencia o la paciencia de mamá que consiguió que el primer día llegara a empujarme yo sola y «poder volar» en el columpio, como decíamos cuando éramos niños. Al final de aquel día me elevaba casi por encima del palo travesaño. Parecía que iba a dar la vuelta, era emocionante. Mamá me miraba orgullosa, a diferencia de otras que gritaban histéricas a sus hijos para que no fueran tan alto.

Yo me sentía poderosa, por encima de todo y todos.

Sobre todo porque era una niña y esperaba el día que no tuviera que estar levantando el cuello para hablar con los mayores. Ese día había llegado. Había crecido, era ya una mujer. Y estaba en el mismo sitio donde aprendí… pero años más tarde.

Lo que nunca olvidaré de aquel día fue el momento cuando frené el columpio.

Mamá se acercó a darme un abrazo de felicitación y, de pronto, nos giramos las dos.

A pocos metros detrás de nosotros un señor aplaudiendo hizo que muchos padres dirigieran sus miradas hacia nosotras. Recuerdo que miré a los ojos a mamá, las dos nos quedamos sin palabras.

¡Muy bien, muy bien! —comenzó a decir el hombre mientras se acercaba al columpio.

Supongo que ahora no me parecería tan mayor, pero en aquel momento pensé que tendría más de ochenta años. De mediana estatura, pelo blanco, recuerdo que se protegía del frío de invierno con una especie de capa blanca que permitía ver los pantalones también blancos y anchos por debajo y que dejaba ver el calzado que llevaba, botas negras. Lo que más me impactó fue su cara. Tenía la piel curtida por el sol, pómulos hundidos, un rostro perfectamente afeitado que le daba todo el protagonismo a unos ojos azules muy claros. Le daban una mirada especial. La imagen de su cara me pareció que estaba llena de vida. Me miraba con dulzura y a la vez encontraba como una fuerza positiva que salía de sus ojos. Reconozco que me cautivaron porque lo debí de estar mirando fijamente durante unos segundos sin decir nada. Cuando por fin me di cuenta de mi pasividad, contesté sin dejar de mirarle:

Muchas gracias.

Él se acercó más a las dos e, inclinando su cuerpo hacia mí, me dijo.

No me refería a ti, pequeña. —Señaló a mamá que seguía de pie contemplando el momento—: me refería a ella.

Mamá se puso un poco más seria, como distante, incómoda. Me cogió con los brazos por los hombros acercándome hacia ella. Siempre me gustaba cuando me sentía protegida por esa mujer tan especial. Aprovechaba disfrutar cada momento en que ocurría algo parecido porque, por sus continuos viajes de trabajo, los momentos en que estábamos juntas eran bastante escasos en aquellos días.

Discúlpeme señora —volvió a hablar el hombre de nuevo, retirándose un poco hacía atrás—, no quería molestarla. Pero no he podido evitar felicitarla. Lo que acabo de contemplar esta tarde aquí es un ejemplo brillante de perseverancia, ánimo y valentía.


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