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Operación Jaque

Cinematográfico rescate de 15 secuestrados en poder de las Farc


Coronel

Luis Alberto Villamarín Pulido

Ediciones Luis Villamarín P.

www.luisvillamarin.com





En reconocimiento al heroísmo, audacia, valor, serenidad e ingenio de los miembros de inteligencia militar del Ejército colombiano, que planearon y ejecutaron, la más sorpresiva y brillante operación de rescate de secuestrados, que tenga referente la historia militar continental.

El Autor






Operación Jaque

© Luis Alberto Villamarín Pulido

© Ediciones Luis Alberto Villamarín Pulido

Bogotá D.C. Colombia

Colección Conflicto Colombiano No. 5

www.luisvillamarin.co.nr

Email: Lualvipu@latinmail.com, Luisvillamarinpulido@yahoo.com

Lualvipu@gmail.com

Diagramación e Impresión:

© Ediciones Luis Alberto Villamarín Pulido

Celular 9082624010

New York City

www.luisvillamarin.com

Primera Edición: 10.000 ejemplares.

Julio de 2009

Actualización electrónica marzo de 2017

Publisher. Smashwords Inc.

ISBN 9781370503650


Sin autorización escrita del autor, no se podrá reproducir este libro ni parcial ni totalmente, ni en ninguna de las formas impresas o electrónicas. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley en Colombia.


Índice


Nota del Autor

Los secuestros son parte activa del Plan Estratégico de las Farc

La Estrategia de Seguridad Democrática frente al secuestro

La farsa del acuerdo humanitario

Primeros pasos para la Operación Jaque

Regreso a la libertad

Bibliografía

Otras obras del autor



Nota del Autor

La Operación Jaque realizada el 02 de julio de 2008, cuyo desenlace fue el rescate sanos y salvos de 15 secuestrados que eran torturados desde hacía varios años por la primera cuadrilla de las Farc, pasará a la historia como el punto de quiebre a favor del Estado colombiano, del prolongado conflicto armado, que asedia al país, a partir del momento en que el Partido Comunista inició la agresión contra la institucionalidad, con la obsesiva idea de tomar el poder e implantar una dictadura marxista-leninista, enmascarada con el falaz argumento de las luchas por las reivindicaciones populares y los supuestos cambios sociales.

Los historiadores e investigadores de las Ciencias Sociales o Políticas, que en el futuro pretendan compendiar la realidad de la guerra de Colombia contra el narcoterrorismo comunista, hallarán en esta cinematográfica incursión desarmada sobre una guarida de las Farc, un suceso similar a la célebre y formidable acción del Caballo de Troya en la Antigua Grecia.

Fue una operación militar perfecta, realizada con igual o quizás superior nivel de precisión y calidad, que el rescate de Entebbe efectuado en 1976 por el Ejército israelí en Uganda; o el asalto nazi ordenado en 1943 por Adolfo Hitler al Gran Sasso para liberar a Mussolini; o la sorpresiva Operación Chavín de Huantar, efectuada en 1997 para liberar a unos diplomáticos secuestrados por el movimiento terrorista Túpac Amaru (Mrta) en la embajada de Japón en Lima.

Sin usar armas, sin disparar un solo cartucho, sin emplear la fuerza, un grupo de especialistas de inteligencia militar del Ejército colombiano, con entrenamiento en técnicas avanzadas de infiltración y maniobras especializadas de engaños al adversario en el campo de combate, rescataron a un importante número de rehenes, cuyas liberaciones eran manipuladas por las Farc y sus cómplices internacionales, en aras de lograr el estatus de beligerancia para el grupo terrorista.

La Operación Jaque fue un demoledor golpe táctico de profundas connotaciones estratégicas contra las Farc, puesto que cambió el curso de la guerra contra el narcoterrorismo en Colombia, ahondó diferencias internas en la organización terrorista, y dejó sin aliento a Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Daniel Ortega, la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB), los izquierdistas recalcitrantes del Foro de Sao Paulo y otros izquierdistas complotados contra Colombia.

La noticia de la espectacular liberación de los secuestrados se esparció como pólvora. Los medios de comunicación de todo el planeta registraron el hecho con inusitado despliegue periodístico. Igual que cuatro meses antes con la muerte de Raúl Reyes, el gobierno colombiano y sus Fuerzas Militares fueron el centro de atención de la opinión pública nacional e internacional.

Hastiada de la violencia terrorista, la población colombiana expresó de diferentes maneras su alborozo, porque el Ejército Nacional propinó el impensable golpe a las Farc y su Plan Estratégico, y de paso, el Estado logró la más importante victoria política en la historia de la guerra contra el narcoterrorismo comunista.




Capítulo I

Los secuestros son parte activa del Plan Estratégico de las Farc

Primeros secuestros

El ganadero huilense Oliverio Lara y el industrial vallecaucano Harold Eder, se convirtieron en 1965 en las primeras víctimas de secuestro extorsivo y posterior asesinato a manos de las Farc. Pero como es la usanza marxista-leninista, Tirofijo y sus corifeos del Partido Comunista Colombiano, negaron hasta la saciedad ser los responsables de esos crímenes.

Quince años más tarde, en agosto de 1980 en Puerto Crevaux-Meta, dos suboficiales y once soldados orgánicos del Batallón Vargas, fueron los primeros militares secuestrados en forma masiva por las Farc.

Previo reportaje periodístico manipulado, que luego fue publicado como primicia exclusiva por el semanario Voz Proletaria, Jacobo Arenas dispuso la liberación de los 13 uniformados, tras dictarles varias charlas de adoctrinamiento ideológico enfocadas en resaltar las letras EP (ejército del pueblo) añadidas a la sigla Farc durante la sexta conferencia guerrillera en 1978, con el fin de proyectar el estatus de beligerancia.

Iniciada la farsa de las insulsas conversaciones de paz con el laxo presidente Belisario Betancourt (1982-1986), en aras de difundir la falsa imagen del cumplimiento al cese bilateral del fuego, Jacobo Arenas ordenó a las cuadrillas de las Farc que a la par con el impuesto de gramaje a los narcos, incrementaran los secuestros extorsivos para acumular recursos financieros, pero que responsabilizaran a otros grupos delictivos.

Por su parte, Tirofijo mintió ante los medios de comunicación, al asegurar que los secuestros atribuidos a las Farc en esa época, eran obra de los organismos de seguridad del Estado, de los paramilitares, y de algunos desertores de las Farc que delinquían a nombre de ellos.

Ante la insistencia de los periodistas, que por ejemplo el médico payanés Álvaro Mosquera Chaux, fue secuestrado en el Cauca por la octava cuadrilla de las Farc, por cuya liberación su familia pagó una gruesa suma de dinero, Tirofijo contestó:

—Eso fueron desertores de las Farc que orientados por el ejército oficial utilizan nuestro nombre para desprestigiarnos. No quiero ser delator, pero le puedo averiguar y decir los nombres de quienes cometieron esos hechos—

Por razones obvias, Tirofijo nunca suministró los nombres de los supuestos secuestradores, pues en realidad, encubría a sus compinches.

A finales de la década de los ochenta, las Farc incrementaron los secuestros de militares y policías, con el fin de buscar diálogos regionales con el gobierno nacional, propuesta que en el fondo pretendía “dividir para reinar” quitar la capacidad decisoria del gobierno central y buscar el reconocimiento del estatus político de los terroristas, desde la provincia hacia el gobierno central.

Uno de dichos casos ocurrió en San Carlos-Antioquia el 24 de diciembre de 1990, cuando a nombre de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, un grupo combinado de la novena cuadrilla de las Farc, el Frente Carlos Buitrago del Eln y la pandilla Elkin González del Epl, asaltaron el poblado y secuestraron a varios agentes de policía. Varias semanas después fueron liberados, previo despliegue mediático consentido por la gobernación de Antioquia y uno de los párrocos del municipio.

Este tipo de secuestros fueron paralelos con la inmersión de las Farc en el tráfico de cocaína, el asentamiento de delegaciones farianas en el exterior encargadas de hacer diplomacia paralela y guerra política contra el Estado colombiano, así como las acciones masivas de bloques de frentes, con unidades que operaban como infantería ligera, con alta capacidad de concentración para atacar y fácil dispersión inmediata.

Igual que ha sucedido en todas las etapas del desarrollo del Plan Estratégico de las Farc contra Colombia, en ese momento histórico hubo oportunistas ansiosos de protagonismo personal, sin importar el daño que pudiera significar para el destino del país, el hecho de hacer el juego a los terroristas.

Uno de estos personajes, fue el entonces Presidente del Senado Carlos Espinosa Faciolince, quien producto de actuación como gestor de paz, durante los fracasados diálogos del gobierno Gaviria con la Coordinadora Nacional Guerrillera en Tlaxcala-México, conversó a puerta cerrada con los terroristas, una idea que además de populista era un exabrupto, del cual no tuvo reparo en hacer publicidad en diversos escenarios, desde septiembre de 1991 hasta comienzos de 1993.

Espinosa Faciolince generó una tormenta periodística y política, cuando afirmó que en una reunión de parlamentarios costeños, se había acordado que si el gobierno nacional no confería total autonomía a la Costa Atlántica para el manejo descentralizado de sus recursos, dicha bancada proclamaría la República Independiente de la Costa Atlántica, y que inclusive, ya tenían militares oriundos de esa región, listos para comandar las fuerzas armadas seccionales.

Ansiosas de cristalizar la propuesta de los diálogos regionales muy apropiada para la demagogia de Espinosa y desde luego conveniente para los terroristas, las Farc que en ese momento tenían a más de 30 militares secuestrados en diferentes lugares del país, hicieron un montaje publicitario para entregar en Pasca-Cundinamarca al controversial senador Espinosa Faciolince, a dos suboficiales del Ejército secuestrados por alias Marco Aurelio Buendía.

Al término del acto propagandístico, Espinosa Faciolince resaltó su vocación de pacifista, e insistió en el planteamiento de independizar a la Costa Atlántica, pero ni obtuvo el eco esperado, ni el tema prosperó. La integridad territorial siguió intacta y con el paso de los días, la macondiana sugerencia del desubicado senador quedó en el olvido.

Conscientes de las ganancias políticas derivadas de la ambición egocentrista de muchos dirigentes políticos ansiosos de participar en liberaciones cargadas de oportunismo mediático, el Secretariado de las Farc, dispuso como línea de acción inmediata, el secuestro de militares y policías que viajaran vestidos de civil en vehículos particulares o transporte público, o, que fueran copados en acciones de combate.

Producto de esta nueva metodología terrorista, en un retén ilegal ordenado por Simón Trinidad cerca de Curumaní-Cesar, fueron secuestrados los tenientes de la Armada Nacional Álvaro Morris y William Alvarado Saavedra, quienes se encontraban en vacaciones y viajaban a bordo de un vehículo particular.

Los padecimientos, torturas y vejaciones de los dos oficiales quedaron al descubierto cuando fue liberado Alvarado, quien relató las circunstancias en que los terroristas asesinaron a Morris, en el momento que pretendía escapar del cautiverio.

A pesar de los riesgos contra su vida y de las advertencias de todas las autoridades, Gloria Villamarín la joven viuda de Morris, viajó sola hasta la Serranía del Perijá y obligó a los secuestradores, que entregaran los despojos mortales de su esposo, para luego darles sepultura cristiana en Bogotá.

Enfoque político y estratégico al tema de los secuestros

Diseñado como una metódica e inalterable hoja de ruta para la toma del poder político, mediante la combinación de todas las formas de lucha, el Plan Estratégico de las Farc, revisado y actualizado durante la Octava Conferencia guerrillera en 1993— cuando estaba en furor el secuestro fuera de combate de militares y policías— determinó las líneas de acción política, armada y financiera del grupo terrorista.

Por razones inherentes a la disciplina de partido marxista-leninista, el componente político implica el 70% del quehacer fariano y el 30% en la búsqueda de recursos o las acciones armadas. Por ende, el trabajo político-organizativo requiere permanente agitación y propaganda dentro y fuera del país.

Durante las décadas de los ochenta y los noventa, las Farc persistieron con el tema de los diálogos regionales, reforzados con la creciente presencia fariana en los corazones geopolíticos del país, el incremento de los secuestros extorsivos, el anillamiento de frentes guerrilleros sobre la cordillera oriental, los asaltos a muchos municipios desprotegidos, las limitaciones de movilidad operacional de las Fuerzas Militares, y de remate, la débil autoridad de los gobiernos Barco, Gaviria, Samper y Pastrana.

Desde entonces, la línea política-propagandística fariana ha pretendido con mayor vehemencia, deslegitimar al Estado colombiano, quitar el rótulo de terroristas tanto a los integrantes de las Farc como a sus acciones; tergiversar la realidad de los hechos y ganar espacio político en cada una de sus actividades, en particular las calculadas liberaciones de los secuestrados, en aras de lograr el estatus de beligerancia, que garantice a las Farc, reconocimiento y apoyo de todos los órdenes, por parte de los gobiernos confabulados con su ideología totalitaria.

El primer episodio de gran magnitud, dentro de la manipulación propagandística de la liberación de secuestrados, ocurrió en junio de 1997 en Cartagena del Chairá, mediante el espectáculo mediático consentido por el gobierno central, luego de la desmilitarización de 13.000 kilómetros cuadrados, para que los terroristas entregaran a la Cruz Roja Internacional, a 60 miembros del Ejército Nacional secuestrados tras el sangriento asalto a la base de Las Delicias en el Putumayo, y a diez infantes de marina plagiados en el Chocó.

El bochornoso acto alcanzó dimensiones insospechadas, debido al escaso espacio de maniobra política nacional e internacional, que tenía el desprestigiado presidente Ernesto Samper Pizano, acorralado por recibir seis millones de dólares para su campaña electoral, provenientes del cartel de Cali, y fuera de eso, soportar la vergüenza pública de perder la visa para entrar a los Estados Unidos por ese motivo; circunstancias que aprovecharon sus adversarios políticos para asediarlo e impedirle que intentara gobernar.

Hechas la autocrítica y la valoración teórica, la primera liberación de militares secuestrados con mediación internacional y espectáculo mediático incluidos, resultó exitosa para los terroristas.

En consecuencia, en forma paulatina el Secretariado de las Farc dejó a un lado la estratagema de los diálogos regionales, que siempre fueron rechazados por los colombianos, dada su improcedencia, pero incorporó dentro del Plan Estratégico, dos líneas de manipulación propagandística del secuestro.

La primera: presionar al Congreso de la República, para que aprobara una Ley de Canje Permanente. La idea básica era secuestrar soldados y policías fuera de combate, o tras arrasadoras incursiones armadas contra unidades indisciplinadas o con reducidas posibilidades de recibir apoyo táctico, para luego canjearlos por terroristas encarcelados.

El objetivo de esta línea de conducta proyectada a mediano y largo plazos, busca el reconocimiento internacional del estatus de beligerancia, algo que también podría surgir de los diálogos regionales, pero con mayor demora.

La segunda: Difundir la auto denominación de Estado paralelo, que emite disposiciones legítimas para financiar el aparato terrorista, materializada en la expedición de la “Ley 002”, mediante la cual justifican el secuestro extorsivo como una acción revolucionaria válida, con el argumento que si los ricos pagan impuestos al Estado colombiano para financiar a las Fuerzas Militares, también deben pagar tributos al “ejercito del pueblo”.

La audaz mixtura delictiva pretende enmascarar el proyecto estratégico de la izquierda recalcitrante, ansiosa de imponer una dictadura comunista en Colombia; legalizar el intercambio de militares secuestrados en cualquier circunstancia, por terroristas presos en las cárceles; legitimar el secuestro extorsivo denominado retención económica y cambiar el nombre de secuestrados por el de prisioneros de guerra.

En síntesis, con el nuevo enfoque de los secuestros, las Farc dejaron atrás la idea de los diálogos regionales, e intuyeron la posibilidad de enmarcar la Ley de Canje dentro de propagandísticos acuerdos humanitarios tendientes a la legitimación internacional.

Con el consuetudinario cinismo comunista, Rodrigo Granda describió las justificaciones farianas para cada uno de los tipos de secuestros, como si las Farc fueran un estado vigente y paralelo dentro del Estado colombiano:

—Esta ley (002) fue sacada (sic) por las Farc cuando estábamos en San Vicente del Caguán y por ella, quienes posean unas utilidades superiores al millón de dólares, sean personas naturales o jurídicas, empresas nacionales o extranjeras, tienen obligatoriamente que pagar un impuesto del 10% para la paz de Colombia—

—¿Qué ocurre si en los Estados Unidos se viola la ley impositiva o en Europa? Allá, quien desfalque al fisco o no cumpla las cuestiones fiscales, sencillamente se le mete a la cárcel—

—Somos el germen de un nuevo Estado. Hemos legislado en esta materia que si una persona, o una empresa que sabemos que tienen utilidades superiores al millón de dólares, se le reconviene para que cancele ese dinero a las Farc. Si no lo hace, indudablemente puede ser retenida y llevada a nuestras cárceles del pueblo—

—Nosotros no hablamos de secuestro, hablamos de retenciones de carácter económico de acuerdo a nuestra ley vigente 002, porque además son el Estado colombiano y son los ricos, los detentadores del poder quienes impusieron la guerra contra el pueblo y las masas. Nuestro pueblo no tiene dinero y la guerra que nos impusieron la tienen que pagar ellos. Son ellos los que tienen la plata… Entonces, nosotros hacemos la ley 002 para que se pague ese impuesto para la paz en Colombia—

—Las Farc no tiene (sic) estructuras carcelarias determinadas. Por ende las tenemos en la alta montaña. Entonces allí llevamos a la gente. Cancela su impuesto y recobra su libertad. Por eso nosotros no hablamos de secuestro—

—Ahora, en la confrontación propiamente militar se producen prisioneros de ambas partes. La mayor cantidad de prisioneros que tiene (sic) las Farc, son prisioneros de guerra. Han caído en las ciudades, son (sic) la gente que salen (sic) a cumplir alguna tarea como correos de la organización, o gente que sale enferma y que es retenida en las alcabalas (sic) del Ejército o que, de una u otra manera, son señalados por los “sapos”, como decimos en Colombia, que les acusan de pertenecer a nuestra organización guerrillera—

—Entonces, nosotros consideramos que todos estos son prisioneros de guerra. Igualmente, nosotros en combate les capturamos policías, soldados, oficiales, suboficiales, agentes del DAS, agentes de la inteligencia, caídos en operaciones de carácter militar—

—Mientras exista la guerra en Colombia es una necesidad para los ejércitos, para el gobierno colombiano y para la organización guerrillera, las Farc, hacer este intercambio humanitario—

Por su parte Raúl Reyes agregó:

—Para nosotros en ningún caso hay secuestro, porque se trata del resultado de una confrontación del pueblo en armas, las guerrillas revolucionarias en Colombia, y un Estado que tiene una ramificación en los tres poderes, Ejecutivo, Judicial y Legislativo—

—Los soldados en nuestro poder son prisioneros de guerra y el resto prisioneros políticos. En el grupo que nosotros denominamos canjeables, está Ingrid Betancourt, una candidata a la presidencia y antes senadora, pero del sistema que combatimos. Por eso no es una secuestrada—

Secuestros masivos de militares y policías

Luego de analizar y evaluar la experiencia acumulada en el asalto a la base de las Delicias, los bloques Sur y Oriental de las Farc realizaron otros ataques masivos y arrasadores contra unidades militares y cuarteles de policía, con el fin de concretar réditos políticos, propagandísticos y publicitarios, enfocados en aprovechar la débil autoridad del presidente Ernesto Samper y la poca credibilidad de su gobierno en el hemisferio.

El 21 de diciembre de 1997, integrantes del Bloque Sur de las Farc arrasaron la base militar donde operaba la repetidora de comunicaciones del batallón Boyacá, ubicada en el Cerro Patascoy en el departamento de Nariño. Al final de la cruenta incursión armada, cayeron en poder de los asaltantes los cabos Pablo Emilio Moncayo y José Libio Martínez, junto con nueve soldados.

Casi cuatro meses después, el 03 de marzo de 1998, producto de la indisciplina y la falta de medidas tácticas de prevención y seguridad de un batallón de contraguerrillas, comandado por un oficial inepto quien estaba en observación para ser llamado a calificar servicios por incapacidad técnica profesional, fueron secuestrados en El Billar-Caquetá, el sargento viceprimero Ricardo Marulanda Valencia, así como los cabos primeros William Pérez, Luis Alfonso Beltrán Franco, Luis Arturo Arcia, Julio César Buitrago, y José Miguel Arteaga.

La situación se complicó más para Colombia, debido a una inesperada coyuntura política ocurrida en el ocaso del mandato de Ernesto Samper, la cual oxigenó el Plan Estratégico de las Farc y de paso, sus líneas de acción particulares, relacionadas con el manejo publicitario de la liberación de los secuestrados, en pos de los objetivos generales acordados en las conferencias y plenos guerrilleros.

Con la inexplicable venia de su partido que lo escogió como el candidato oficial de la colectividad, en contraste a que carecía de la capacidad psicotécnica para ejercer el cargo, pero persistente en ser elegido presidente de la república, para satisfacer su ego y refrendar el abolengo; el dirigente conservador Andrés Pastrana aprovechó los prolongados vínculos afectivos e ideológicos del polémico ex ministro de Obras Públicas Álvaro Leyva Durán con el Secretariado de las Farc, y sin consultar ni con el desprestigiado gobierno de Samper, ni con los organismos de seguridad del Estado, concertó una cita clandestina con Tirofijo en los Llanos del Yarí.

Al cabo de la insólita reunión sucedida el 09 de julio de 1998, Andrés Pastrana fue fotografiado al lado del anciano terrorista, quien portaba en su antebrazo derecho, un reloj de pulsera con publicidad de la campaña pastranista.

Fue tal la estulticia egocéntrica del candidato Andrés Pastrana, que salió convencido de esa cita, que él había engañado o por lo menos conminado a Tirofijo para que las Farc cesaran el terrorismo, por ende en un breve lapso venidero habría paz en Colombia, porque las Farc entregarían las armas y se desmovilizarían.

Por su parte Tirofijo valoró dicha entrevista como la oportunidad que necesitaban las guerrillas comunistas, para meterse al corazón de la “burguesía” y manipular a sus anchas las improductivas conversaciones de paz, como ya lo habían hecho con Belisario Betancur, Virgilio Barco, Ernesto Samper y César Gaviria.

En ese momento, Andrés Pastrana representaba para los terroristas, al típico exponente del establecimiento y la oligarquía capitalista, es decir el personaje ideal, cuya interlocución los proyectaría en el ámbito político de la guerra proletaria de clases.

Cuestionable y grave. Andrés Pastrana se comprometió en un proceso de paz para el cuál no tenía estrategias definidas, ni objetivos precisos. Tampoco poseía la capacidad para convencer a los terroristas que se desmovilizaran. Mucho menos la claridad de un plan alterno en caso que el experimento fallara, porque ni siquiera intuía el comportamiento marrullero del adversario.

En lugar de ser un plan con programas y metas concretas, la idea de paz pastranista, fue más un embeleco o un arrebato de populismo electorero y egocentrismo, enfocado en la búsqueda del Premio Nobel de Paz, o la eventual candidatura para la Secretaria General de la ONU, actividades personales, para las que dedicó tiempo y recursos del Estado, materializados en múltiples viajes de turismo presidencial por el mundo.

Limitado por su propia miopía estratégica, Andrés Pastrana despreció la experiencia acumulada en torno al proceder consuetudinario de Tirofijo, demostró ignorancia absoluta acerca del Plan Estratégico de las Farc y antepuso su egocentrismo a los intereses nacionales, con la circunstancia agravante, que el electorado que lo eligió, se dejó enredar con las promesas pastranistas, y por ende, se impuso la amnesia político-electoral de los colombianos.

De remate, el contendor de Andrés Pastrana para la segunda y definitiva vuelta electoral, fue el candidato liberal Horacio Serpa, desprestigiado en grado sumo por haber asumido la inexplicable e insostenible defensa del presidente Ernesto Samper, quizás el más cuestionado e improductivo mandatario, que haya ocupado la silla presidencial a lo largo de toda la historia de Colombia.

Frente a las ofertas de las dos candidaturas, el pueblo colombiano optó por la que consideró menos nociva, ornamentada con la ilusoria e irreal propuesta de desmovilizar a las Farc por medio del diálogo, producto del mandato popular en las urnas de la llamada séptima papeleta.

Entretanto, los terroristas aprovechaban las erosiones producidas en el Estado por la ingobernabilidad de Samper y la ingenuidad de Pastrana, para continuar el desarrollo de su Plan Estratégico. La despedida de las Farc al endeble gobierno Samper, fue más sangrienta que la oleada de terror con la que el mismo grupo delictivo, despidió a su antecesor César Gaviria y lo recibió a él.

Sobre la administración Samper y sus impreparados ministros de defensa civiles, recae la responsabilidad principal del secuestro de la mayor parte de los militares y policías, porque sus ejecutorias al frente de las instituciones armadas y sus políticas de seguridad y defensa nacional no fueron coherentes con la gravedad de la agresión narcoterroristas.

En medio de esa coyuntura estratégica, las Farc prepararon la despedida de Samper y la bienvenida de Pastrana. Cuatro días antes de producirse el relevo presidencial, el 03 de agosto de 1998 fue secuestrado en Uribe- Meta, el teniente Raimundo Malagón, quien en inferioridad de condiciones y sin recibir apoyo de tropas o fuego aerotáctico, vio morir a 33 compañeros y combatió con heroísmo al mando de seis soldados, hasta cuando se les agotaron las municiones.

—Cada uno de los 3.615 días que estuve en poder de los terroristas me dejaron cicatrices no solo físicas sino en el alma. Pero sin duda la que nunca podré borrar es la de la muerte de mi madre cuando yo llevaba un mes secuestrado— comentó Malagón a El Tiempo, pero fue interrumpido por su padre Efraín un anciano de 78 años de edad:

—Mi esposa murió al mes que Raimundo lo secuestraron; la pena moral se la llevó a la tumba. Afortunadamente pude resistir tantos años de sufrimiento—

El teniente retomó la palabra y agregó:

—Lo que más me dolió durante el secuestro fue el trato inhumano al que éramos sometidos. Cuando llevaba un mes en cautiverio me les fugué y estuve caminando durante tres días, pero como no conocía la zona, me capturaron y como castigo tuve que permanecer tres años amarrado de manos, pies y cuello con sendas sogas a diferentes árboles—

—Después tuve que permanecer encadenado del cuello con otra persona. Esto era muy incómodo ya que hasta teníamos que ayudarnos para hacer nuestras necesidades fisiológicas. Pero, además, la mayoría sufrió enfermedades como hepatitis, leishmaniasis y afecciones intestinales. En cuanto a la alimentación, sólo comíamos arroz, lenteja y pasta, tres veces al día—

—Lo único positivo fue el aprendizaje de idiomas extranjeros y la cantidad de libros que pudimos leer, en especial cuando las Farc robaron a un vehículo que los llevaba para una biblioteca del Casanare. El resto del tiempo dependíamos de las noticias radiales, o de algún recorte de periódico que llegaba de manera eventual—

Por tratarse de una acción estratégica coordinada a nivel nacional, el mismo 03 de agosto, cerca de mil terroristas de las Farc atacaron el caserío de Miraflores-Guaviare, lugar donde funcionaban la base antinarcóticos de la Policía y el puesto de mando de una compañía de contraguerrillas del batallón Joaquín París del Ejército, cuyos efectivos estaban comprometidas en la erradicación de la coca, principal fuente de financiación de los terroristas en la región.

En el cruento asalto, fueron plagiados los tenientes Juan Carlos Bermeo, William Donato Gómez, a los sargentos segundos Erasmo Romero Rodríguez y Arbey Delgado Argote, así como los cabos primeros Amaón Flórez Pantoja, Robinson Salcedo Guarín, Luis Alfredo Moreno Chagueza, y John Jairo Duran Tuay.

—El voluminoso ataque terrorista contra Miraflores comenzó a las tres de la mañana. Nos lanzaron 35 cilindros cargados de explosivos y metralla. Cada estampido destruía las desguarnecidas trincheras y causaba impacto sicológico en los soldados, aferrados al terreno por el intenso volumen de fuego enemigo. A pesar de no recibir apoyos, combatimos más de 24 horas hasta el amanecer del día siguiente, pero nos quedamos sin municiones. No puedo olvidar el heroísmo de mi primero Moreno Chagueza, quien combatió como un león pero que por desgracia, casi once años después, continúa secuestrado— recuerda Amaón Flórez.

—Luego de registrar el área aledaña, de realizar movimientos cortos alrededor del pueblo y de tomar la posición de defensa— recuerda el ahora capitán Bermeo— reconocimos la inminente presencia de los terroristas de las Farc en la zona. Organicé el pelotón, asegurando las diferentes vías de acceso al sitio, y ordené mantenerse alerta y en posición. Luego de estas decisiones sobrevino un combate muy fuerte hasta que la munición escaseó—

—Los que caímos como rehenes fuimos despojados de lo poco que teníamos. Nos trasladaron con nuestros heridos hasta salir a la carretera que va hacia Barranquillita y allí fuimos encerrados en una trinchera—

—Durante los primeros años los desplazamientos a través del río Vaupés nos dejaron ver cómo llegaban los fusiles AK-47 para reemplazar los fusiles viejos de las Farc. Además, cómo se aprovisionaban de cilindros—

—Los momentos más difíciles en su cautiverio fueron aquellos en los que estuve enfermo. Desafortunadamente tuve dos veces hepatitis, siete veces paludismo, dos veces leishmaniasis y, a pesar de estar rodeado de compañeros de trabajo, uno se siente solo por la ausencia de la familia, de alguien que le brinde ese amor. Es difícil—

—Lo malsano del clima por la situación geográfica del terreno y las mismas condiciones de insalubridad hacen efecto en el organismo. Día a día, uno se va deteriorando más, aunque allá la fortaleza espiritual y mental no lo dejan decaer. Cuando uno regresa a la libertad y le hacen los exámenes médicos es cuando en realidad se ve lo deteriorado que se está y lo mucho que lo afectó a uno el secuestro—

—Es difícil pensar en las motivaciones cuando el trato que dan los terroristas a los secuestrados es hostil, en especial, cuando se debe dormir encadenado. Cada movimiento incluía la cadena al cuello. Para nuestras necesidades fisiológicas, implicaba ir con el compañero de cadena—

—Ante todas esas vicisitudes, fue muy importante mantenerme firme en los pensamientos y convicciones. No dar el brazo a torcer en ningún momento, porque cuando eso suceda puede perderse el control de la situación—

—Fue importante tener en mente siempre a la familia, el amor por la vida y la claridad de que las cosas son duras, pero aun así existen oportunidades buenas para lograr los objetivos: la felicidad que es lo que uno siempre quiere—

—Recordar los objetivos trazados para la vida y principalmente no olvidar, que uno es militar, que no puede demostrarse decaído, a pesar de que está en desventaja—

No obstante las promesas de paz y la buena intención de los colombianos que eligieron a Andrés Pastrana para que la lograra, las Farc sobrepusieron a este deseo nacional, otro de los pasos del desarrollo de su Plan Estratégico, y enfocaron todos los esfuerzos en engatusar al país y manipular al gobierno nacional.

El 14 de octubre de 1998, en un retén ilegal instalado en el sitio conocido como La Y, que comunica a Florencia con los municipios de El Paujil y El Doncello en el departamento del Caquetá, terroristas del Bloque Sur de las Farc secuestraron al capitán Edgar Yesid Duarte y al teniente Elkin Hernández Rivas, orgánicos de la Policía Nacional, quienes se desplazaban vestidos de civil dentro de un vehículo particular.

Por medio la intimidación y el chantaje, Tirofijo impuso a Pastrana la condición que para sentarse a negociar, sería necesario desmilitarizar 42.000 kilómetros cuadrados, incluidas las áreas urbanas y rurales de los municipios de San Vicente del Caguán en el Caquetá, Uribe, Mesetas, Vistahermosa y La Macarena en el Meta. Y Pastrana aceptó sin ninguna objeción.

Lo grave y preocupante del asunto fue que los altos mandos de las Fuerzas Militares, el Congreso de la República, la Procuraduría, la Fiscalía y en general todo el pueblo colombiano, cayeron en la trampa y permitieron que el presidente entregara parte de la soberanía nacional al arbitrio de los terroristas.

Al mismo tiempo, Tirofijo resarció como condición esencial para iniciar las conversaciones, el tratamiento de fuerza rebelde con objetivos políticos; la negociación en medio del conflicto sin mencionar siquiera la desmovilización y entrega de las armas; la ley de canje permanente y la doble moral leninista frente al secuestro extorsivo.

Dichas imposiciones fueron simultáneas con la instalación de inoficiosos comités temáticos, destinados a dilatar las conversaciones, mientras los terroristas ganaban tiempo y espacio, para continuar el desarrollo del Plan Estratégico orientado hacia la toma del poder.

Y en el afán de satisfacer su ego, sin importar el sacrificio de los intereses nacionales, Andrés Pastrana aceptó el desalojo del batallón Cazadores de su puesto de mando en San Vicente del Caguán, con la venia cómplice de los generales Fernando Tapias y Jorge Mora Rangel.

Tales coyunturas estimularon a las Farc para incrementar los secuestros de integrantes de la Fuerza Pública. En ese orden de ideas, al amanecer del primer día de noviembre de 1998, 1.500 terroristas dirigidos por Romaña y el mono Jojoy, asaltaron a Mitú la alejada capital selvática del departamento del Vaupés, y arrasaron las instalaciones de la Alcaldía, la Caja Agraria, el cuartel de policía y varias viviendas alrededor.

La reacción de las Fuerzas Militares requirió autorización del gobierno brasileño de la época para reabastecer con combustible algunas aeronaves militares colombianas.

Tras tres días de intensos combates, los terroristas fueron sacados del lugar, pero se llevaron secuestrados a 61 miembros de la Policía Nacional entre ellos el coronel Luis Mendieta, el mayor Enrique Murillo, el capitán Julián Guevara, el teniente Javier Rodríguez, el sargento César Augusto Lasso Monsalve, el intendente Luis Hernando Peña Bonilla y el subintendente Frank Pinchao.

Atrás quedó la estela de cadáveres de 37 policías, más de 200 terroristas y once civiles que perecieron víctimas de los cilindros, los disparos de fusil y las granadas lanzadas por los atacantes contra sus viviendas.

—Combatimos con heroísmo hasta cuando se agotó la munición. La guerrilla nos superaba en cantidad de combatientes, armas, municiones y posiciones de ataque— explicaría después el intendente Pinchao.

No obstante que continuaban las agresiones contra Colombia, complementadas con la permanente burla de las Farc a la estulticia del presidente Pastrana, el siete de enero de 1999, día acordado para protocolizar el inició de las supuestas conversaciones de paz, Tirofijo dejó plantado al mandatario.

Andrés Pastrana aceptó la humillación, pues en su mente bullía la idea de convertirse en celebridad internacional, sin importarle que desde la zona despejada, las Farc seguirían empeñadas en delinquir contra la institucionalidad, incrementarían los secuestros extorsivos y políticos, y pondrían en vilo la estabilidad de la nación, al convertir el extenso territorio en una inmensa guarida del delito autorizada por su administración.

El 17 de febrero de 1999, cuarenta días después del desaire de Tirofijo al presidente Pastrana, terroristas de la décima cuadrilla de las Farc encabezados por Granobles hermano del mono Jojoy, secuestraron y asesinaron en el caserío El Chuscal de Cubará-Boyacá en la frontera colombo-venezolana, a los ciudadanos norteamericanos Terence Freitas, Lahenaee Gay e Ingrid Washinawatok, quienes estaban dedicados a la investigación histórica y científica de las culturas indígenas colombianas.

Con el fin de proteger a su hermano, el mono Jojoy dispuso el traslado de Granobles a la zona de distensión, donde lo encargó de la custodia de los militares y policías encerrados en campos de concentración, similares o peores a los que utilizaron los nazis contra los judíos durante la segunda guerra mundial.

El gobierno de los Estados Unidos pidió a Colombia la extradición de los responsables de la masacre indigenista. Ante la obvia negativa de las Farc para entregar a los asesinos, castigados con la obligación de aprender a leer y escribir porque esas son las leyes de las Farc; el Departamento de Estado de los Estados Unidos, los incluyó por primera vez en la lista de grupos terroristas internacionales.

Tal situación se complicó para las Farc, después de los atentados terroristas perpetrados por Al Qaeda el 11 de septiembre de 2001 en Washington y New York, debido a unas agresivas declaraciones del mono Jojoy, quien señaló como objetivo militar a toda persona o empresa de nacionalidad estadounidense. En ningún momento, la inclusión de las Farc como grupo terrorista internacional fue obra del presidente Pastrana, como este ha pretendido hacerlo creer.

El 10 de julio de 1999, el Bloque Oriental de las Farc atacó el municipio de Puerto Rico-Meta. Al término del sangriento asalto fueron secuestrados los subintendentes de la Policía Jorge Humberto Romero, Wilson Rojas Medina, Carlos José Duarte Rojas, Jorge Trujillo Solarte y el cabo primero José Libardo Forero Carrero de la Policía Nacional.

El 9 de diciembre de 1999, integrantes del Bloque Sur de las Farc, encabezados por Joaquín Gómez, atacaron la estación de policía del municipio de Currillo-Caquetá, y secuestraron a siete uniformados, entre ellos el Intendente Álvaro Moreno y el sargento Luis Alberto Erazo.

El 17 de marzo de 2000, mas de 250 terroristas de las Farc arrasaron a sangre y fuego el caserío de Santa Cecilia en límites entre Risaralda y Chocó. Tras la demencial arremetida, murieron nueve miembros de la Policía Nacional y fueron secuestrados otros siete entre quienes estaba el Cabo Primero José Norberto Pérez, padre del niño Andrés Felipe Pérez, cuya historia conmovió hasta las fibras más íntimas de los colombianos.

Desde hacía más de cinco años el niño Andrés Felipe padecía de cáncer y había superado tres fuertes sesiones de quimioterapia. Cuando el cabo Pérez fue secuestrado, el menor agravó y entró en profundo estado de depresión.

No valieron los ruegos de la atribulada madre de Andrés Felipe, para que los terroristas que tanto pregonan entorno humanitario en el conflicto, soltaran al cabo Norberto Pérez para que pudiera acompañar a su hijo en lo que los médicos intuían, podrían ser los últimos días de existencia del menor.

No obstante que estaba en plenas conversaciones de paz con los delegados del débil gobierno de Pastrana, Tirofijo dijo al respecto:

—Todo eso es un montaje del gobierno para forzarnos a liberar al cabo Pérez. Eso hay que verificarlo bien—

Desde luego, que el laxo mandatario aceptó la ofensa y Tirofijo nunca verificó nada, pues solo le interesaba la ganancia política para las Farc, con la manipulación de la vida del policía secuestrado.

El clamor nacional y la reticencia de los medios de comunicación tomó mayor fuerza, cuando el niño apareció frente a las cámaras de televisión y de nuevo pidió a Tirofijo que le dejara ver a su papá, pero ni la evidente imagen del deterioro físico y sicológico del menor conmovieron a los terroristas. Por el contrario con cinismo, el cabecilla de las Farc afirmó:

—Primero tienen que verlo los médicos de las Farc, pues no tenemos seguridad que sea cierto lo del cáncer de ese muchacho—

Por petición del niño enfermo y moribundo comprobado, el pintor Omar Gordillo, quien desde hacía meses se había solidarizado con el caso de Andrés Felipe, pintó un cuadro de Tirofijo, con el que el menor pretendía enviarle un regalo de navidad al anciano terrorista, para que en reciprocidad liberara a su padre, pero eso tampoco conmovió a nadie de las Farc.

En diciembre de 2001, el menor murió en Buga, no sin antes pedir a su mamá que lo despertara esa noche, cuando el cabo Pérez llamara por teléfono.

Enterado por las noticias de la tragedia ocurrida con su hijo, el cabo Norberto Pérez, intentó la fuga de la guarida donde lo tenían secuestrado junto con el agente Víctor Marulanda, pero los terroristas los alcanzaron cerca del Corregimiento de Santa Ana en Granada-Antioquia, y acto seguido los fusilaron a sangre fría.

Pero por desgracia, este no fue el único caso de secuestro con perfiles tan dramáticos, perpetrado por las Farc. A comienzos de abril de 2000, en límites rurales de los departamentos de Valle y Tolima, terroristas de las cuadrillas de seguridad de Alfonso Cano y Pablo Catatumbo, derribaron un helicóptero antinarcóticos de la policía y secuestraron al teniente John Alexander Ruiz; al intendente Harold González Romero, y al patrullero José Ney Murillo, junto con el coronel Álvaro León Acosta Argoty, quien resultó herido en la acción.

Las noticias en torno al drama del múltiple secuestro, fue primera plana en muchos diarios, emisoras y telenoticieros. El coronel Acosta quedó inválido y estuvo a punto de perecer en cautiverio, ante la indolencia y violación de sus derechos humanos por parte de los captores, quienes frente a la debilidad de carácter del presidente Pastrana, persistían en que la única forma de liberarlo, sería mediante la aprobación de la Ley de Canje Permanente.

Noralba Gálvez esposa del coronel Acosta, se convirtió en un signo nacional de dignidad y ejemplo de tenacidad ante el infortunio, debido a la forma como afrontó el problema, y la inagotable persistencia con que recurrió a todas las instancias posibles, para buscar la liberación de su esposo.

Debido a que las Farc se negaban a dar información acerca del paradero de los secuestrados, sumado a la inaceptable connivencia del presidente Pastrana con esta burla a los colombianos, muchos familiares de las víctimas, fueron hasta San Vicente del Caguán a hablar con los terroristas, para pedirles que los dejaran libres y que por lo menos dieran alguna prueba de supervivencia de ellos.

Emperatriz de Guevara, madre del capitán Julián Guevara, narró así su experiencia en la visita a los cabecillas en El Caguán:

—Fuimos muchas veces con la señora María Teresa (esposa del brigadier general Luis Mendieta) a la zona de distensión. Hablamos con muchos guerrilleros, con Simón Trinidad, el que está preso en Estados Unidos, y con Iván Ríos. Ellos se prestaban para hablar, pero nunca hicieron nada por ayudarnos.

Secuestros de civiles y dirigentes políticos

Ante la imposibilidad de lograr la Ley de Canje Permanente, en julio de 2000, el mono Jojoy advirtió a la prensa la intención de las Farc para secuestrar dirigentes políticos, con el fin de cristalizar la idea por medio del ablandamiento de la dirigencia política, que no daba trascendencia a la desaforada propuesta de las Farc:

—Si no se puede la ley de canje, tocará que algunos de la clase política acompañen a los soldados, para que salgan en el canje. Es la única forma. Si no quieren por las buenas tocará por otros medios. Pero esa ley debe salir. Se necesita una ley de canje que se prolongue en el tiempo, mientras dura la guerra en este país—

—Necesitamos que nos miren, que nos toquen, que nos escuchen y vean qué es lo que planteamos y reconozcan que en este país hay una guerra de una insurgencia contra un Estado, y si nos reconocieran el estatus de beligerancia eso sería la berraquera—

—A nosotros nos importan un carajo la Constitución y las leyes, porque estamos fuera de ellas. No valen nada. Valen para el Estado. Eso es lo que ellos tienen que resolver. Tenemos nuestra propia constitución y nos levantamos contra el Estado porque nos obligaron. Entonces son ellos los que tienen que resolver: o venirse unos para acá, o ayudar a resolver eso—


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