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EL REY PRÓFUGO


(El viaje fantástico de Juan VI° de Portugal en 1808)


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“El perdón de los pecados”

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Índice de la novela


Chapter UNO

Chapter DOS

Chapter TRES

Chapter CUATRO

Chapter CINCO

Chapter SEIS

Chapter SIETE

Chapter OCHO

Chapter NUEVE

Chapter DIEZ

Chapter ONCE

Chapter DOCE

Chapter TRECE

Chapter CATORCE

Chapter QUINCE


El rey prófugo


Alejandro Bovino Maciel



Chapter UNO

LA FE DE LAS ACTAS Y LA MALA FE DE LOS ACTOS.


Yo, João Maria José Francisco Xavier de Paula Luís António Domingos Rafael, Príncipe regente de Portugal: escribo al porvenir tan incierto como el destino de esta travesía iniciada en medio de una ventisca.

Se inicia el viaje conmigo y a pesar de mí. Ahora que las intrigas de la Corte se cortaron solas, voy a iniciar mi propio viaje entelerido en el castillo de proa de la fragata “Príncipe Real”. Flotando por la mar océana que cruza el espacio haré mi propia expedición a través de los tiempos mientras en el predio acuático, punzante, la quilla va dejando un surco que el horizonte borra después dejándolo liso y llano. Llano y liso "como si nada ni nadie hubiese pasado". Y ha pasado un rey.

<Alea, jacta est>.


He iniciado este cruce del Rubicón para separar la civilización que me llevo de la barbarie que dejo a mis espaldas, colmada de espíritus miserables soñando grandezas hechas con rapiñas y gatuperios. Sé que estoy haciendo la historia porque ahora soy el eje sobre el que giran los acontecimientos. El Corso quedó atrás con su comparsa de la canaille. Antes que las canas, las hojas del laurel de su corona se avejentarán sobre la frente del nepótico Napoleón que colmó de parientes las cortes europeas. Un hermano acá, un tío allá, un primastro acullá los tronos se han quedado con la buena parte del león nepótico.


Me llevo la aristocracia para injertarla en las tierras nuevas ya que éstas de Europa, de tantos tumultos, se han hecho viejas. Veo, allá en Seia y Covilhá, cortándome en dos Portugal, las estibaciones de ‘La Estrella’ cada vez más rugosas y ásperas, como hechas de argamasa cenicienta que se hubiera plegado encabritada por obra y gracia de tanta cabalgata yendo y viniendo desde los tiempos geológicos, ofendiendo y vengando; vengando y atropellando.

Así la dejaron: provecta, senil; como la piel de la erinnia Tisífone, agriada, harta de llamar a las puertas de la justicia para que atienda la traición.


Ya me advirtió el Almirante acerca de cierta declinación magnética que él supone producida por algunos picos almenados que hay en Caypan, cerca de Canudos, en el sertão del Brasil. Alguna imantación estrafalaria tienen esas cumbres ya que, según dice el Almirante que me informa, hay ríos tortuosos, atascados entre rocas y terrones que suben la pendiente en la estación lluviosa a contramano de las leyes físicas. Las aguas trepadoras curan las alunaciones, sobre todo la del río Bendegó que en su época de escala remonta su propio lecho como un salmón para el desove.

En Portugal nunca tuvimos un prodigio así, ni una sola montaña capaz de mover a contrapeso el escuálido cauce de un arroyo, pero en Brasil todo es maravilloso; ya estoy sospechando que bien podría haber sido el Paraíso Terrenal que perdieron nuestros padres Adán y Eva y ahora voy a rescatar combatiendo con una cohorte de mil ángeles armados con espadas flamígeras si fuere necesario. Brasil es mío. Lo que era el Edén de Adán ya lo perdieron los judíos por tanta curiosidad en la intimidad sagrada, queriendo saber lo que es el bien y el mal para ser como Dios que ni siquiera lo sabe. Voy a devolver el árbol del bien y del mal llevándome la manzana de la discordia política al paraíso recuperado de Brasil.


Ese monte magnético me obsesiona; lo pienso continuamente, lo imagino imantado, jalando las aguas caedizas, cinchando hacía sí mismo; bien podría ser el resto de la Torre de Babel luchando todavía por alcanzar el cielo para elevar a las criaturas de las miserias del destino humano hasta los pies de Dios. “Acción es todo lo que vence la razón” decía el cordobés Séneca. Mucho tiempo la política y la fe estuvieron amancebadas; ya es hora de divorciar la contemplación y la acción. Tal vez esa montaña mágica de Caypan, que es capaz de enrevesar el curso de un río me sirva de Jordán para bautizar una nueva forma de poder en este viejo mundo europeo gastado por la servidumbre de las masas.


¿Qué es el Brasil hoy?

Está dejando de ser colonia para ser sede sediciosa. Los mulatos quisieron fundar su propia “República dos Palmares” entre los riscos de Alagoas, huyendo de la guerra contra los holandeses y de las fazendas para alzarse en un inmenso quilombo levantisco e insurrecto, subversivo a más no poder, que tuvimos que sofocar a fuerza de cañonazos hace unos años. Brasil siempre fue fiel a sus dueños. Y eso está bien, es una forma de acatar las leyes que si bien son tristes copias casi materiales de las eternas leyes naturales, ayudan a poner las cosas en su justo sitio. Cada cosa tiene un lugar en este mundo, trastocarlo es tarea tarada, volverlas a su cauce exacto, es el trabajo del poder.


En cuanto a la administración del Estado, no hay trabajo más fácil en este complicado mundo de apariencias: basta con seguir escrupulosamente el Manual de Procedimientos Administrativos; cada minucia burocrática está debidamente consignada en ese vademécum de gobiernos.


Tierras americanas que eran tierras fantásticas ahora serán tierras reales. Con decretos, tratados de paz y amistad, cuentas de enfiteusis, correspondencia oficial, diarios de cancillería y partes de guerras vamos a documentar la fe de un nuevo reino. Ahora soy la historia y su amanuense. Y ya se sabe que toda historia es sufrimiento.

Cada cual haga su trabajo, que Dios hará el suyo, como decía el finado Gottfried Wilhem Leibniz. Y aunque le creo menos a un alemán que a Satanás, esta sentencia me parece justa.


"Laissez-faire" me susurra en el oído mi camarero, José Agostinho de Sousa, 2º conde de Linhares, ferviente lector de folletines progresistas malparidos del pragmatismo sajón. Este conde algo esconde y si no esconde, no es conde. El muy ruin merecería ser agitador de les brasnus en alguna callejuela empedrada de Burdeos o Marsella, catequizando putas y marineros para la Ilustración. Algún día estará tentado de tramar un atentado contra mí; ya lo veo: inexperto, menudo e insignificante, con apenas veinte años y ya agachado sobre una mesa, acomodando las piezas y engranajes de algún artefacto fatal que soltará a medianoche el gatillo haciendo su trabajo sobre mí para que todo parezca un accidente. Mañana lo haré ejecutar, sin falta. Sobre la almohada, del lado que debería usar Carlota Joaquina, exiliada del lecho, dormirá el memorándum fusilatorio.

Embarqué a Carlota Joaquina en la fragata “Rainha de Portugal” con el resto de mi prole para evitar disputas. Viajan conmigo en la fragata real solamente Maezinha y mi hijo Pedro, el mulato.

En cuanto al conde camarero de Linhares no se puede quejar, ya vivió sus veinte años; considerando todos los no-natos que ni siquiera ven la luz y ya están pagándole el peaje al barquero Caronte, podría sentirse agradecido de haber llegado a los veinte el muy malandra y ácrata. Madrugaré las intenciones del fullero anarquista. "Dejad hacer su trabajo al trabuco" ordenaré al pelotón. "Dejad pasar las balas". Y así se cumplirá la voluntad del subversivo contra su propia persona, ya que se pasa el día tarareándome en la oreja su ‘Laissez faire, laissez passer’. Tomará su medicina: remontándonos a la causa final del finado Aristóteles, él mismo habrá sido quien expidió la orden de su suicidio, digamos.

Y lavémonos las manos de una vez en la jofaina de don Poncio, "qui tollis peccata mundi". El poder no admite tibios de corazón.


La epidemia gálica de barullos y sablazos les ha hecho creer de repente a las gentes que un sirviente también puede hacer historia. No hay quien, hoy por hoy, no se crea un Richelieu, un Cromwell, o un reformador político de la misma talla que el barón de Montesquieu.

No han comprendido que la mano oculta acomoda los tantos en el mejor de los mundos posibles únicamente si cada cual hace lo que le corresponde: el rey siendo rey aunque lo invadan las mesnadas revoltosas de le peuple con el cornudo del general Andoche Junot a la cabeza, y el sirviente llevando bandejas y limpiando trastos que para eso ha nacido.


Al escribir, fundo mi feudo. Con palabras, gobernamos a los hombres porque el lenguaje es el fundamento del poder y cuanto más duren las palabras, más fuerza tiene su poder: escribo.


Escribo. Tal vez será el protocolo de mi reino ultramarino, lejos de los acosos del Corso. Toda escritura está inventando continuamente un leedor. Diez, cien o mil como eran los ojos de Argos Panoptes. Así, un solo acto se repite incansablemente de uno en otro, de diez en cien, de cien en mil. Poco importa el número. Inventar es invertir. "Ahora que me estás leyendo, me estás creando" me decía un viejo tutor por medio de cartas enigmáticas que recién ahora, montado en esta mar insólita, llena de toda soledad, empiezo a comprender. Y no era mendaz el cuento. A medida que las palabras iban conjurando un cierto sentido, la mente confundía lo escrito con el escritor. Y ambos estaban en silencio cuando me hablaban.


También te invento, leedor y tal vez lector y lectora.


Hagamos la historia antes que les sans-culottes franceses con sus carmañolas nos la arrebaten para convertirla en historieta. La brújula ahora señala el rumbo de los acontecimientos que después serán registrados y re-escritos; mi historia se hace poniendo la inmensa mar océana de por medio; es un borrón y cuenta nueva en los saldos del mundo.

Atrás dejamos Portugal con sus ilusiones perdidas, adelante vamos al Brasil.


No hay caso: imposible descansar en este viaje. Cuando entorno los párpados un segundo, me bisbisea al oído el conde camarero como un tábano zumbón.

En la nave “Ribatejo” se ha descubierto un prodigio, S.M.

¡No me diga! ¿Otro más?

Vienen dos siamesas asombrosas: Esila y Caribdis.

¡¿Cómo?! ¿No he prohibido acaso embarcar monstruas, fenómenas y endriagos cuando salimos de Lisboa?; ¿no ordené que se arrojaran al Monte Taigeto de ‘La Estrella’ a todos los neonatos cojos, tuertos, ciegos, tullidos, deformes, macrocéfalos, bífidos, lisiados, orates, mancos y baldados de cualquier especie?

¿Y cómo se ejecuta esa orden siniestra?, pregunta el muy canalla

Está claramente indicado en el Manual de Procedimientos Administrativos, paso a paso, le advierto. Vamos a fundar un reino: la hez se la dejamos a Europa con la escoria de su emperador nacido en el pesebre de una isla perdida en medio de piedras. ¿Cómo se le ocurre nacer en Córcega?

¡Son hijas de la marquesa de Aveiro, S.M.! ¡No iba a dejar abandonadas la madre a las mellizas por estar pegoteadas!, dice, defiende, advierte el muy contestatario y granuja del conde; después agrega, entusiasmado: ¡Viera lo inteligentes que son!, la que mira hacia el naciente advierte el porvenir, mientras que su par, puesta hacia el poniente, ya que están pegadas por las espaldas, adivina el pasado. Y si después las gira, es al revés, la que antes profetizaba después descubre la historia tal cual fue. ¿Sabe lo que predijo Esila cuando vio el amanecer en el alcázar de proa? “La tierra adonde vamos es puro fuego”. La madre, la marquesa de Aveiro, que ya entiende cómo funcionan las videncias la dio vuelta, ¿y qué ves, hija en el pasado?, le preguntó mientras la doncella, recostada contra la amura, ponía los ojos en el crepuscular marino. “La tierra de donde venimos es pura sangre” respondió la niña duplicada. Caribdis dormía atrás y era de ver cómo la pobre se esforzaba por llevar tan pesada cruz de carne y huesos arrastrando en las espaldas, como su sombra. Porque ésa es otra condición, S.M., jamás las verá despiertas a las dos, una duerme mientras la otra vela. Hay quien dice que las adivinanzas de la vigilante no son más que los sueños de la dormida. El doctor Vitalio di Siena las examinó. Dizque los dos cuerpos comparten una única matriz pero todo el resto lo tienen separado. Digo yo, sapientísima majestad, me insta poniendo cara de intrigado, Ya que los sexos están separados y cada una puede tener cópulas por su cuenta, en caso de embarazo, ¿de quién será la criatura?

Que adivinen ellas, respondo. ¿No era ése su oficio?

Yo no sé. Sólo sé que no sé nada, termina diciendo el muy atorrante y se escapa por la escota.

Voy a fundar Brasil.

¿Qué hay ahora? Una colonia. Menos que nada.

Gentes que obedecen un poder satélite, sin determinación propia: autómatas como los mecanos que articulan en sus talleres de física los barrigudos inventores alemanes. Manadas humanas. Rebaños rebuznantes incapaces de inclinar un ápice el curso de la Historia porque un millón de esas almas desalmadas no tienen más fuerza que un solo puño mío.

Yo voy a torcer para siempre el destino de Brasil. Si ayer fue potencia, mañana será acto. Una vez que pise el suelo selvático haré retroceder la prehistoria hasta la última caverna neolítica que encuentre en el macizo de Goyaz, o entre las sierras Grande y de Atanasio de Acarú. O entre los pisos de los taboleiros de Geremoabo. O por allá, por Poço de Cima. Alguna caverna perdida por el finado Platón albergará a la mitología amazónica para dar lugar a la creación del nuevo Brasil ex nihilo que desde su nacimiento ya no se reconocerá en las sombras chinescas del paganismo social de los nómades selváticos, proyectando contra el fondo cavernario sus figurones de teatro chino.

Tribus enteras estuvieron esperando el dedo civilizador. ¿Qué hicieron, mientras tanto?

Nada.

Pintarrajearse la cara con untos de color azabache y llenarse de plumas las cabezas para patalear sobre la tierra al ritmo de tambores como hacían nuestros tatarabuelos del Neolítico. Desde que salieron de las aguas del carbonífero no han hecho más que rascarse las axilas y aplastar liendres esperando que los dioses les sean propicios. Bárbaros. Nómades. Reducidores de cabezas con las mentes encogidas por el sol del trópico. Malos salvajes que ni Jean Jacques querría como buenos vecinos de su aldea de Bossey. Fundar es fundir. Lo demás es confundir. Embrollar las explicaciones que si había o no había, que si fue o no fue, que dimes y diretes y cuentos de comadres entrometiéndose entre los pilares de un pueblo.

¿Qué peso de la verdad podrá soportar una nación cuyos cimientos son habladurías de gentuza sin linaje ni identidad? ¿Quién puede creer seriamente en una sociedad de indígenas que ni siquiera saben fabricarse un lienzo para cubrirse el culo? A veces, es necesario escoger el mal menor y salvar la mayoría. El bien de unos siempre significa el sufrimiento de otros, escoger qué cuál en cada caso es la razón del poder por el poder de la razón. ¿Quién no sabe que toda historia es sufrimiento, a fin de cuentas? Me llevo el progreso cuando Europa va de regreso a la barbarie y ése mal será el bien que traslado.

Voy a fundar el Brasil. La colonia será mi corona.


Viajo en compañía de miles y miles de años de estudios de toda cosa que es capaz de conocer la mente humana.

Viajo disimulando.

He abarrotado las bodegas de la fragata con los cien mil volúmenes más preciosos de la Biblioteca Real de Ajuda. Bajo y consulto, subo a cubierta con lo que he descubierto para ponerlo a la intemperie. No hay como la luz de la verdad para vencer la ignorancia, decía el maestro Frei Manuel do Cenáculo.


Si la verdad está hecha de luz, al sol la expongo. En la ordalía del cabrilleo marino vuelvo a leer el porvenir: el poder del Corso se quedará fatalmente sin comparsa, más tarde o más temprano el carnaval terminará en pascua rusa. “Quien no sabe ocultar, no sabe reinar” había escrito el disoluto de Maquiavelo no sin razón al príncipe Lorenzo de Médicis.


Desde que asumí la Regencia de Portugal decidí fingir algún grado de idiocia que los idiotas aceptaron sin términos. Hago como que no entiendo cuando me detallan créditos, empréstitos, gastos, balances, debes, haberes y deberes. Obligo constantemente al confidente a reiterar sus rendiciones de cuenta; ante la menor variación, huelo la estafa y si la falta es grave le cobro con la vida la diferencia. Siete administradores ya han sido fusilados en secreto, sin hacer demasiada ostentación de decencia. Sin barullos, con un billete donde figura el estraperlo, la defraudación o el desfalco comprobados envío al fulano al Tribunal de Radamanto, Eaco y Minos a rendir la última cuenta en la patria de Hades. Al último, el vizconde Caetano Moniz Garçía de Évora, hubo que someterlo a tortura para conseguir la confesión. Hombre envalentonado y fullero, el vizconde negó los cargos cosechados pacientemente durante tres años por el Fiscal de Cuentas del Estado. Negó haber firmado lo que firmó pero la letra traiciona cualquier convicción y no sabe distinguir si es buena fe o mala fe. Los documentos se iban acumulando uno a uno al lado del reo, formando una pila que nunca menguaba. Bien, don Caetano, le dije, cuando la columna de calumnias que el Fiscal amontona a su derecha superen la línea de su cabeza, algo me dice que habrá que hacer algún corte. O cortamos con la verdad, o cortamos la cabeza. ¿¡Qué!?, saltó de su asiento estirando el pescuezo para facilitar más hilo a la madeja de la Parca. Un ojo se desvió hacia la parva de hojas de rédito, y el otro hacia mí, como suplicando. Más se apuraba y más largo se le hacía el cogote creyendo prolongar la hebra de Cloto, la Parca cuya mirada ausente está siempre en el presente. No quería que se cortara el hilo de su destino. Le propuse un canje: conservar su cabeza entregando la de su hijo menor, un brillante y destacado estudiante en la Real Academia. ¿¡Cómo!? Volvió a saltar y decir el vizconde bizco. ¡Si es mi hijo predilecto!, no tiene culpa alguna. Y bien, ayudé razonando a su lado ya que el estiramiento yugular seguramente dificultaba el flujo y reflujo de pensamientos, Dios también ofreció a su hijo inocente de toda maldad, para purgar los pecados mundanos. Le ofrezco el mismo negocio. ¡Por favor, Su Majestad! Imploró como si yo fuese el Sagrado Corazón de la Iglesia del Divino Redentor de Lisboa. ¡Prometo devolver céntimo a céntimo todo el faltante, si es preciso con mi vida! Justamente, don Caetano, eso mismo es lo que le estoy proponiendo desde hace una hora.

El verdugo lo decapitó mientras él rezaba: “y líbranos del mal”.

Yo lo libré de su propio mal, según sus ruegos.


En la oscuridad de la bodega, al resguardo del salitre, puedo leer los silogismos del Estagirita, las preguntas infalibles del viejo Sócrates, los conductos y nervios que descubrió Andrea Vesalius en los cadáveres, las distintas propiedades de los vegetales según Dioscórides Anazarbeo, el libro de Copérnico sobre las revoluciones de los cuerpos celestes que trajo más de una revolución en los cuerpos humanos. A la luz de una luna inmensa, y la alcuza que me acompaña, los versos de Camoens, Francisco Quevedo, Petrarca, Virgilio y el Dante han conseguido que este infierno de la travesía tenga la música del cielo.

Cuidado con lo que firma S.M., me advierte el Secretario de Hacienda del Estado, Luís de Vasconcelos e Souza. Firmo lo que confirmo. Además, le aclaro, me conozco cada inciso del Manual de Procedimientos Administrativos como si fuese el catecismo reformado de Trento.

Está bien, reconoce mi Ministro, pero las cuentas, S.M. son como una delicada tejedumbre de acero que cuela el paso de los evasores pero aprisiona para siempre a los dispendiosos. Fíjese -con todo el respeto que merece su ilustrísima persona- cómo terminó su padrino, el finado don Luis XVIº de la Francia, me aclara el estíptico Secretario de Hacienda, haciendo cuentas hasta de los cuentos que circulan por ahí, aventados por la canaille carolingia. Reservado como un jansenista, cuenta cuentos ajenos pero de él no larga prenda ni hay quien lo sorprenda en la tarea de poner doble llave al sepulcro del sir.

No se puede gastar más de lo que se recauda S.M., me bisbisea como quien quiere justificar un crimen que no cometió.

‘Avaricia es vivir sin nada por querer todo’, como bien lo sabía el vizconde Caetano y yo tendría que recordarle, pero ni un rábano entendería D. Luís. Sus manos delgadas y huesudas como tentáculos de momia escarban entre los papeles de un roído cartapacio buscando mis Debe siempre más hacinados que mis Haber que nunca parece haber en demasía. Yo le diría que hasta una madama de burdel sabe que no puede gastar más de lo que gana, aseguro como al pasar, antes de firmar el presupuesto de gastos vencidos que me tiende. Se persigna a escondidas, el tiñoso Secretario de Estado en estado de secreto. Hombre de comunión diaria, dicen las malas lenguas, D. Luís jamás pronuncia un dicterio ni una bufonada. Aprendió las artes de la solemnidad en la corte castellana cuando fue embajador y desde entonces guarda su castidad como si yo se lo exigiera, dicen las buenas lenguas, ‘como los oros de mi tesoro’. Lo gastado, al pasado, comento.

Rasguña su cruz el pío aunque cicatero Vasconcelos. ‘Avaricia es vivir en la miseria por miedo a la pobreza’ afirmo con san Francisco de Sales, no pregunto como hace pensar el tono agudo hacia el final de la frase.

Váse el Secretario de Estado con su estado de mal humor. El álgebra contable le ha deparado balances deplorables en esta desdichada cosecha 1807. Con un gobierno en jaque mate hubo que aprovisionar la flota para cruzar la Corte por el océano. Gastos de mantenimiento reflotaron como si los astilleros hubiesen vacado desde los tiempos de mi protopariente don Enrique el Navegante.


Las barcas, S.M. necesitan reparaciones, me advirtió entonces el ingeniero Xavier Alves de Faria, hombre acuoso y fofo pero feroz a la hora de restar las rentas; el comodoro del Astillero Real siempre habla restregándose las manos.

Empezando por un buen calafateo.

Por una comisura le resbalaban gotas de baba, casi invisibles bajo el hueco que dejó el habano que ya ha untado los labios de un color castaño sucio antes de su retirada.

Hace falta reaprovisionar algunas velas, el flechaste del galeón principal, toda la impedimenta defensiva, tose el taimado ahuecando la mano para atajar el tufo de sus bofes ahumados.

Cuando pido precisiones, el muy usurero me tiende una ristra interminable de arneses, petos, espingardas, aljabas, partesanas, chuzas, para no hablar de la artillería y sus entelequias químicas.

Este mundo de expertos nos hace inexpertos.


Hasta las vergas hubo que vestir con paños nuevos. Sábanas y mantas me fueron confiscadas para zurcirlas al pujamen de cuadras y cangrejas deshilachadas. El vestido de novia de Maezinha, blanco inmaculado, de la mejor seda de satén y brocadillo de Lucca, terminó flameando en el contrafoque.

Pienso refundar la historia, aunque veo que el Secretario de Estado de Marinha e Conquistas me urge a salvar el futuro.

Andoche Junot tiene las tropas napoleónicas haciendo ejercicios de imaginarias esperando la orden de invadir Lisboa, señor.

Que siga imaginando, el pretendiente a duque de Abrantes; que use la cabeza para algo más que para tocarla con tricornios emplumados; aunque bastante trabajo le dan los cuernos que su esposa le renueva cada verano cuando descansa en la Picardía, la picarda pícara.

Está acechando, señor, espera la orden del Bonaparte para iniciar la invasión a Lisboa.

Cueste lo que cueste, busquen un sitio seguro para trasladar el Real Archivo, sin él no me moveré de Portugal, ordeno.

¡Ni ratas quedaron entre la cubierta y la quilla, colmada la bodega de tratados e incunables, S.M.!, se queja el pillastre de Joel Monzón, gaditano tirando a gitano. Chupa continuamente aire entre los dientes que le faltan a la boca filosa, siempre propensa a responder lo que no se le pregunta. Los brazos carnudos se erizan con pequeños volcanes en los poros de los vellos, y las venas le encharcan la cara pletórica cuando reclama mi mesura.

Ha cargado sobre el lomo, yendo y viniendo como una hormiga, miles y miles de volúmenes de la Real Biblioteca de Ajuda y todavía no aprendió que sin mí la historia no se mueve. Ni yo daría un paso adelante sin los documentos oficiales. La carga del pasado es el lastre del futuro si no está a buen resguardo. Durante la travesía revisaré uno a uno los decretos y oficios. Puedo adulterar la real historia con la historia de los adulterios reales


Epílogo del capítulo uno.


Viene a mí el ansioso conde camarero trayendo una saluda intrigante con la vianda que dispone en la mesa mientras me advierte, leyendo con el rabillo del ojo la esquela: pregunta por usted un tal Alejandro Bovino Maciel.

¡Qué bien!, respondo restándole importancia al asunto, ¿y qué más?

El conde camarero se queda perplejo un instante, parpadea como si la resolana le molestara y mirándome fijo, vuelve a la carga con el cargoso asunto.

¿Qué le contesto, majestad?

Que yo no pregunto por él ni lo conozco; y aquí, el único que hace preguntas soy yo. Despídalo y que se vaya.

¡Estamos en alta mar, S.M.!

¡Mejor!, digo y comento, más fácil entonces su trabajo; lo lleva hasta el puente de proa, le da un empujón y ¡hombre al agua!, que vaya a conversar con Neptuno el fulano ese.

Yo que usted, humildemente lo digo, lo recibiría.

Yo que usted no, respondo con naturalidad, ¿por qué habría de recibir a un desconocido que seguramente lo único que busca es hacerme perder el tiempo con lo poco que me han dejado de él?

Vino de lejos solamente para entrevistarlo, majestad. Imagínese todo el tiempo que habrá perdido el prójimo al hacer un viaje desde Argentina exclusivamente para conocerlo.

¿Cómo?, ¿viajó a un viaje?, ¿cómo me halló en la mar océana?

Se embarcó en Lisboa en la nave “Belén” cuando nos fugábamos; poco a poco se acercó a la Fragata Real hasta que la trasbordó esta madrugada y después, me pidió la audiencia.

Dígale que no puede ser. El rey está sordo, dígale. La audiencia no serviría de mucho. ¿Dónde queda ese sitio que mencionó?

¿Argentina?, quiere aclarar y aclamar el conde camarero cuando le hago señas para que baje el tono de voz, no sea que se alarme el forastero creyendo que uno le da mayor importancia en su vida. Mi ayuda de cámara desaparece como una rata ágil y memoriosa que busca zigzagueando aunque no sepa qué busca. Cuando estoy derritiendo bajo la lengua unas cerezas al chantilly regresa con un mapa que lo extiende cuan largo es, cuadriculado según la manía del señor Mercator como si fuese un loteo de hacienda o una tarta de higos. Exquisita esta crema que inventaron los francones, deberían dedicarse más a la cocina y menos a la chifladura de querer mezclar constantemente ideas con política, comento.

La Argentina está en la Sud América, debajo de nuestro destino en Brasil proclama mientras enseña trazos en la carta el cretino de mi secretario apropiándose de paso indebidamente de nuestro destino, como si el destino fuese propio de alguien.

¿Y eso es la Argentina?, minimizo al enterarme que se trata nada más ni nada menos que de un sitio que tiene más mapa que país; gentes con fama de utópicos porque piensan constantemente que son parisinos exiliados en medio de una pampa semidesértica llena de salvajes minados de liendres.

Tal vez lo reciba mañana, o la semana que viene, cualquier día pero hoy no, consiento más para tranquilizar a mi secretario que al incógnito argentino que me persigue por bajas tierras y alta mar.

Por algo S.M. es un verdadero hombre de Estado, agradece el conde camarero.

Un hombre de Estado cuyos errores debe pagar todo un pueblo, corrijo.

Toda mentira tiene cierta inocencia que nace de la buena fe.


Chapter DOS


LA HISTORIA DE LA HISTORIA


Volver atrás cuando la nave avanza. La proa, rumbo al Brasil y en la toldilla del alcázar de popa reviso los documentos, hago un viaje hacia atrás, busco un universo inverso. "Historia es la reconstrucción que hacemos los vivos de la vida de los muertos", decía el académico Olimpio Batista da Silva, renqueando del pie izquierdo. Cuando no son sus hidropesías, son los calambres que lo taladran. En estío, me resfrío. Cada invierno incuba todas las pestes que el cielo manda. El académico Batista siempre tiene dolencias y como bien dicen los monteses: "hombre enfermo, hombre eterno" va por los noventa gallardos años arrastrando las discrasias y las desgracias que otros toman una sola vez. Me gusta Batista da Silva. Hasta en sus males es bueno. Tiene la franqueza de los desahuciados, hace veinte años piensa que mañana o pasado será finado y habla con la llaneza de la muerte aunque converse con el rey.

¿Historia?, me preguntó una vez como quien escucha por primera vez una lengua foránea. La memoria de las gentes y la memoria de cada cual empiezan con un cuento de hadas. ¿Cuándo y cómo nació Portugal?

Los lusitanos, sugiero.

Nombre romano de un mito griego, replica y después tose suavemente para avisarme que cualquier contrariedad podría minar su inmortalidad averiada. Miro el cielo límpido y recuerdo los versos de Camoens pero el vejete continúa.

Hasta que en el mil cien Alfonso VI no testó en favor de su hija Teresa, éramos un potrero de Castilla, lleno de cabras y bueyes. Tenemos un pasado pecuario.

Cristo también nació en un pesebre, respondo.

Entonces, -reflexiona D. Olimpio Batista da Silva- nuestra fortuna no tiene por qué ser peor. Él llegó a Dios, dicen.


Ahora que revuelvo los grandes legajos del Archivo Oficial D. Olimpio Batista me sigue susurrando en la oreja como si fuese una canción de cuna: el historiador es un ser insaciable; quiere saber cómo sucedió todo; busca lecciones revolviendo catacumbas y osarios. Como no puede seguir a las almas para interpelarlas, retiene los huesos.


¿Cómo fundar un nuevo reino con viejas ruinas? Lisboa se irá borrando poco a poco y al mismo tiempo los rastros de toda su historia infausta de crímenes y traiciones. Ya se sabe que la historia es sufrimiento. Brasil está virgen de esos atropellos ¿Para qué arrastrar hasta allá los documentos del infortunio? Mejor será re-escribir todo de cabo a rabo, reanudar lo contado sin crédito en el pasado.

Se va Joel Monzón haciendo muecas que los espejos del camarote capitular me devuelven; quien de mí se fía al diablo se confía: veo por los espejos que frunce la frente y me niega dos veces. Al Cristo lo negaron tres, le llevo una de ventaja. El edecán lo comprende, levanta los hombros como resignado a mi falta de cordura. Siempre hay una corriente de solidaridad entre los imbéciles contra los intereses de cualquier inteligencia. Es como una entente sin entendimiento.

Ya aprenderán que no hay mayor locura que tomarse demasiado en serio.

Justo cuando me dirijo a la cabina de mando me encuentro al conde camarero recostado como quien más contra un falconete cuyo fuste de bronce, al sol, parece de oro.

¡Su Majestad!, clama eufórico sacudiendo un papel mugriento que tiene en la mano, quiero que vea algo urgente.

Usted siempre anda de apuros, digo/comento mirando al viento. ¿Dónde está el Almirante, secretario mío?

No sé, S.M.

Debería saber. Búsquelo urgente. Quiero conocer nuestro rumbo.

Vamos a Brasil, me explica como si yo fuese un débil mental. Abre los ojazos y pregunta ¿qué más quiere saber?

No sabe lo que supe en sueños; en el rumbo acecha un peligro feroz.

¡No me asuste!, brinca arrugando su mano fina contra la chaqueta; demasiado de seguido olvida que él es mi sirviente y me da órdenes subrepticias. ¿Por qué tengo que esquivar sus miedos? ¿Y los míos, quién los capea?

Busque urgente al Real Almirante, o al menos al capitán.

¿Qué pasa?, insiste.

Nada y todo. En las pesadillas alguien nos advierte y se divierte al mismo tiempo; soñé que las naves equivocaban el rumbo, un error milimétrico en el sextante y en vez del Brasil iríamos a parar al Mar Cantábrico, y lo peor, a las costas del Charente Marítimo. El Pays Saintonge como toda la Francia tiene gente bárbara de rostros ásperos. ¿Escuchó algo acerca de la Isla de Oléron?

No S.M., mis viajes fueron siempre a los bretones.

Hace bien, allí no hay grandes peligros más que uno mismo; pero en Oléron acechan los naufragadores. Esos salvajes prenden fogatas en las noches de tormenta y los navíos creyéndolos faros se acercan a la orilla rocosa y encallan, entonces los asalta una turba de maleantes y asesinan a palazos a todos los tripulantes destrozando los restos humanos para terminar lanzándolos al mar como alimentos de sardinas y merluzas.

Sin responder, como si estuviese resignado a ser manjar de bacalaos me tiende la página en la que claramente distingo una ristra de nombres tribales. ¿Ahora censa esclavos?, pregunto dando a entender que otras cosas más importantes me reclaman, como hablar con el Almirante para salvarnos de los garrotazos de los santones.

No, S.M., sucede que en la nave “Vasco da Gama” ocho rollizas negras libertas han sido violadas contra-natura por uno de estos sospechosos.

Leo el listado: figuran siete nombres.

¿Conoce el Manual de Procedimientos Administrativos?, inquiero.

Se podría decir que código a código, página a página e inciso por inciso, Su Majestad, clama el réprobo, pero en ningún sitio figuran directivas acerca de negras violadas por el ano. Acá está el registro con los nombres de los imputados, dice leguleyamente.

¿Y yo, qué tengo que ver? Por el tambucho de la cabina veo asomar la cabeza del segundo oficial del barco, sudorosa y enrojecida.

Resulta que el comisario quiere saber qué hacer con ellos, S.M., las negras no se deciden, acusan a los siete en paquete.

¡La gran siete, entonces!, ¡Repártame las siete negras en otros barcos y tráigame aquí a los sospechosos!, ordeno cuando el conde camarero ya sale echando humos. Tal como lo imaginaba, el segundo oficial también me viene a consultar. Con perdón, su santidad, me saluda.

Ni soy santo ni seré, me conformo con ser su majestad, replico tratando de acelerar el asunto.

Con perdón, su majestad, en la sala de máquinas ya tengo tres desmayados y uno hasta tufa espumas por la boca del calor que desprende la caldera.

Debe de ser la caldera del diablo, entonces, digo más para mí que para el segundo oficial.

No sé su majestad. Todo el día cargando hulla, el ruido de la maquinaria, la sofocación de la sala: no hay hombre que resista. ¿Quiere que haga venir a uno de los desfallecientes?

¡Ni se le ocurra!, esa gente huele a murciélago constantemente bajo el sobaco. Se regodean en la cochambre, lucen lamparones de mugres como si fuesen trofeos y con el mundo de microbios que descubrieron los académicos últimamente observando una gota de agua, ¡quién sabe cuántos mundos inmundos arrastra esa gente con su roña a cuestas!

Está bien, S.M., pero, ¿cómo sigo el trabajo en la sala de máquinas con tantos ayudantes averiados?

No se haga problemas, oficial, lo tranquilizo. Tengo siete voluntarios que pudieron con ocho negras a contramano, ya podrán con su infiernillo de vapor.

A lo lejos entre el rugir del oleaje vienen retazos de las antífonas que entonan las hermanas oblatas viajando en su propia nave-catedral.


Pregunté al canónigo José Agostinho de Macedo -dizque eremita agustino-, ¿por qué la música de sus misas no parecen sumisas? Díscolas melodías más propias de un burdel de extramuros irrumpen de pronto en medio del "Agnus Dei" llenando de algarabía el trance eucarístico.

Quien canta, reza dos veces, me dice el crápula anacoreta. El ruedo de su dulleta bisbisea.

Ese salmo suena a profano, dije; como la voz de la soprano Gafforini entonando algún aria de ramera babilónica en una ópera del maestro Haendel.


Las capillas musicales, aduce el canónigo, se inspiran también en las melodías de las óperas profanas porque se entiende que toda música es sagrada ya que es la voz de Dios, según dicen los poetas latinos, S.M.

¿Qué dicen?

Que la música es la única sensualidad que nunca cae en vicio.

Como siga la pachanga en las iglesias, el vicio serán los oficios.

Cambian los tiempos, S.M. y la Iglesia tiene el santo deber de acompañar el camino del hombre; la juventud reclama la felicidad en la adoración.

Su juventud busca la juerga, la jácara y la parranda; un día tendremos que bailar tarantelas en medio de una jaculatoria si seguimos la marcha del mundo. La Iglesia, santo varón, tiene que mantenerse idéntica en medio de tantos cambios y no seguir el barullo como si fuese una gorrona.

¡Dios no lo permita! se santiguó el canónigo.

Dios ya prohibió lo que tuvo que prohibir en el Sinaí, le recuerdo, está en nosotros permitirlo siendo veniales, santo varón.


¡Usar la música para asueto de la plebe y regodeo de villanos!

Faltaba más.

Que busquen su triqui-tráca en las corridas de toros, en las romerías o en las efemérides. No faltará ocasión al buen ladrón de agasajos.

"La música es la más sagrada de las artes, porque no necesita de los ojos que son los sentidos más embaucadores y falsarios" me decía el viejo maestro de armonía, João Cordeiro da Soto mientras sus dedos menudos iban persiguiendo por el teclado del órgano una fuga de Bach. Hay que seguir estas ondulaciones que el divino Sebastián apuntó como al pasar en el pentagrama, decía. El artista tiene que estar como Dios en su obra: presente en todas partes, pero visible en ninguna. El velo tenue de las cataratas le anegaban los ojos, sé que no veía lo que seguía en los abigarrados trazos del papel ocre puesto sobre el atril. Veía al mismo Bach con una fina batuta de cedro dibujando en el aire la música a la que se aferraba en el teclado como quien siente que es la única esperanza y la única verdad. Dejé solo al maestro de armonía, tratando de no hacer ruido al abandonar el atrio pero la fuga me siguió. Ya prófugo en el mar, la fuga se fuga conmigo. Me llevaré el arte de Bach de esta Europa desolada por el retumbo de las caballerías del Corso.


¡En qué terminó la revuelta francona!, digo con fastidio mirando el vientre oblicuo del mar. Decapitaron a un rey para elevar al hijo de un picapleitos provinciano como emperador. La “Revolución” volvió al pobre contra el noble, pero eso no volvió noble al pobre sino pobre al noble.


Cuando quiero saber a quién tengo enfrente uso el método que llamo "llegar al vacío" preguntando primero ingenuamente acerca de algún asunto de Estado; cuando me responde, hago otra pregunta más precisa, después otra y otra, abandonando el árbol -por decirlo así- para detenerme en las hojas una a una hasta que mi interlocutor no tiene respuestas; situación que yo llamo "el vacío" porque a partir de ese punto no es posible mantener un diálogo útil sin caer en el precipicio de las ambigüedades donde las palabras pueden querer decir cualquier cosa y terminan diciendo nada. Considero que toda persona de bien tiene la obligación de estar al tanto de lo que sucede en el gobierno de las cosas que para su bien o para su mal le afectan siempre. Mi sencillo método sirve para indicarme quiénes son los lobos y quiénes las ovejas en este redil revuelto del Estado.


Observo el mar desde cubierta mientras se acerca por el puente principal el académico monseñor Justo de la Cruz Saraiva, abad benedictino que ni ora ni labora, caminando lento como quien va seguro hacia el capelo cardenalicio.

Tiene "in mente", según me ha dicho, escribir las crónicas de la Orden benedictina a la que pertenece y se debate entre un "sí" y un "no" por nimiedades o chismes de escolios que encuentra en los viejos pergaminos, copiados hasta el cansancio por monjes aburridos durante diez siglos de aplastar las sentaderas en los pupitres de las abadías.

La historia -dice el ínclito- tiene el deber de exponer los hechos tal como ocurrieron.

El problema, querido abad, es que no estuvimos allí.

Tal como han sido registrados entonces S.M.; en los documentos yace la verdad.

Usted mismo me ha dicho que tropieza al dos por tres con palabras contradictorias en sus crónicas benedictinas: unas dicen "sí" y en el siguiente párrafo reniegan como perjuras.


El mar hace un avance y se rompe en mil pedazos contra el mascarón deproa. Como lágrimas, los chorros borran la cara de la cariátide humedeciendo su cabellera virginal.


No deberíamos, dice el abad académico con delicadeza; sabe que él es quien no debería dar órdenes a un rey, Odiar ni amar el pasado, sino tratar de comprenderlo.

Comprenderlo: comprar y venderlo, y entre las dos operaciones contables, está la tasación mi querido abad. ¿Cómo sabemos que el árbitro es idóneo? ¿Y si resultara ser un pillo que resta de la moral lo que suma a lo venial? Únicamente la Historia sagrada es moralizadora; pero la Historia humana, apenas podría ser ejemplificadora, dice monseñor.

No sé si la Historia sagrada sirve de catecismo, insisto mientras monseñor, haciéndose el desentendido, mira la lejanía acuática dejando un espacio en el tiempo que mi intuición confisca. La Historia del cristianismo no es más que una larga lucha por el poder. ¿Por qué Pedro y Pablo viajaron a Roma cuando el Cristo jamás puso un pie fuera de Judea durante su ministerio? Los apóstoles sabían que en Roma estaba el poder, y allí fueron a disputarlo mi querido monseñor. Después clamaban contra las persecuciones. ¿Se ha preguntado seriamente alguna vez quién persiguió a quién? Calla monseñor. Cuelga de su hábito talar un rosario de quince misterios que rasguña entre frase y frase con el pulgar delicado de los escribidores. Cierto indecible olor almizclado le huye de las axilas cuando manotea un aserto que tiende a ser acertijo.

La Historia humana no es más que un conjunto de datos verificados, asesta abriendo el índice y el pulgar para abarcar un espacio menudo de aire luminoso donde cree haber encerrado su concepto. Un círculo de viento, una burbuja donde atrapó la verdad.

¿Hechos, monseñor? Del pasado solamente nos quedan escritos, huesos de los acontecimientos roídos por los amanuenses, pasado hecho de palabras. ¿Hay algo más embustero que las palabras?

Datos seleccionados.

Documentos.

Archivos.

Índices.

Censos.

Padrones.

Legajos.

Miles, millones de palabras ensartadas queriendo atestiguar lo que ya no es y a veces, ni siquiera ha sido. Yo voy a expurgar el pasado de Portugal de esa carga ignominiosa quemando lo que no sirva. El ripio y la escoria, ¡a la Gehena!, tal como hace su Dios con las ánimas perversas.

¡No se puede cometer una fechoría así!

¿Por qué? Soy la cabeza coronada del Estado y todo lo que piensa una corona es legal; es mi deber alejar los malos pensamientos y las antiguas tentaciones. Hice azotar al cronista real hasta sangrar el vergajo porque escribió que la reina consorte Carlota Joaquina duerme en otro palacio. ¿Qué le importa al futuro con quién no me acuesto?

Apartemos la Historia sagrada -pide o mejor ruega el académico Saraiva- porque no fue escrita por hombres; vayamos a nuestra humilde Historia de Portugal.

Que no fue escrita por Dios, le advierto.

Contiene datos preciosos.

Mejor serían datos precisos, corrijo.

Mejor sería guardarlos todos, S.M.

¿Para qué?

Con todo mi respeto, S.M., para seleccionarlos, escoger los que dan sentido a la historia.

Es lo que pienso hacer, si acaso la historia tiene algún sentido, lo desdigo; cosechar la mies y segar la cizaña.

Quiere salvar los documentos y las expensas reales a toda costa. Se ha vuelto redentor de papeles el benedictino.


Entra en estado de trance académico. Cree presidir una asamblea de doctos debatiendo problemas etéreos en vez de agregar pacientemente las palabras que faltan para cerrar la humilde "A" del Dicionário de Língua Portuguesa que están tratando de recopilar mis académicos hace unos veinte años. Ya hay gente que no habla en el país por miedo a cometer incorrecciones, no habiendo diccionario de consulta. Hasta el presidente del Hospicio de Mudos y Desoyentes me exige el glosario separando el índice del anular de la mano derecha como si fuera masón, para indicarme que sería más cómodo un texto en dos tomos, según la traducción de mi senescal que en algún tiempo fue mudo. El primer tomo, abarcará de la "A" a la "G", propuse al académico Saraiva; el segundo empezará con las palabras que principian con "H" y cerrará con la última "Z" como es de suponer. Un momento, dijo mi senescal. ¿En qué tomo figurarán las palabras que no tienen principio? Las palabras inmorales, irán en una addenda, separadas del resto, ordeno. A ver si alguien, buscando una virtud tropieza con alguna canallada y cambia de rumbo. Pero yo en su lugar tendría mucha paciencia, los ilustres académicos todavía no han podido atravesar la calle que separa a la "A" de la "B". ¿Es tan difícil cosechar palabras, monseñor Saraiva?ref_

Cada una tiene su historia atrás, S.M.

¿Ah, sí?, Y usted, que no puede seguir la historia de las palabras, ¿quiere aconsejarme a mí las palabras de la Historia?


¿Estás allí, leedor? No corrijas mi ortografía: sé lo que escribo. Es lo único que sé desde que el mar me sitia por los cuatro horizontes. Leedor es lo apropiado y verdadero para lo que quiero expresar; lector es lo espurio: invenciones de gramáticos, palabras degeneradas enel altar de la eufonía como si de su misma cosecha no brotasen los frutos de las disonancias, ¿quién inventó "pluscuamperfecto" y "ortología"? Mala manía académica esa de torcer las declinaciones naturales del terreno invisible del habla, queriendo hacer mapas y mensuras con la topología de los diccionarios, cuando no haraganean discutiendo nimiedades.

Volvamos al asunto de la lengua que es lo que importa entre nosotros, lector. Encargué al Presidente de la Academia de Ciencias de Lisboa (encargo que, más que a un cargo se parece a una sinecura) la escritura de un Diccionario de Língua Portuguesa pero los letrados no pasaron de la letra "A", seguramente cuidando sus espaldas de las definiciones de "Bellaco", "Bribón" y "Bigardo" que los retrataba de cuerpo entero en la próxima consonante.


No sabe, Su Majestad lo trabajoso que es buscar las palabras, me decía el presbítero académico José Correia da Serra, bajando con los ojos dos párpados arrugados como testimonio de su mucho desgaste. Hay que perseguirlas por intrincados caminos. Cuando S.M. está buscando una, atropella con otra, inesperadamente. Y las casillas se van llenando. Ya tengo la L completa y la A sigue con vacantes, siempre falta un término, se pierde un arcaísmo en los vericuetos de la historia y los lingüistas andamos como detectives detrás de los prófugos. Así son las palabras, me decía el viejo ladino y alacrán. Halagaba con la boca y mordía con la cola. Ya podría esperar sentado por los siglos de los siglos que los pendencieros académicos pasaran de la letra "A" mientras en las sesiones de lingüística y filología desperdiciaban las horas copiando y traduciendo las obras infames de los liberales que parió París después de la algarada en la Bastilla.

Ciertamente habrá cosechado todas las entradas para la letra "L" el viejo artero; sus muchos vicios bastarían para espigar diez almácigas de eles, empezando por "lujuria", "lascivia", "ladino-na", "laxismo", "lenidad", "libídine", "libertino", "lipudo", "lubricidad", "ludopatía", "ludibrio" "luético" y terminando por "lupanar" que es donde el presbítero empieza siempre su historia.


¿En qué sesiones mis académicos pierden las palabras que siguen? Reunidos alrededor de la mesa redonda de la Academia das Ciências como espiritistas, conspiran traduciendo y tergiversando con términos interminables cuanto delirio de bretones, sajones y gascones asoman por las fronteras. Todavía no han terminado de propagar a Rousseau y su contrato cuando ya Diderot y Voltaire les asan los sesos, el uno apolillando los cimientos del Estado y el otro apostillando lo que dijo Dios Nuestro Señor con todo un repertorio de blasfemias, denuestos, herejías y dicterios injuriosos.

Si Dios está en su sitio no hay cosa que se mueva en el mundo, pero tenían que venir los revoltosos iluministas a discutir a los iluminados. ¿Podrá saber más teología el granuja de Voltaire que el mismo Jesucristo?

Se puede discutir a Dios pero de igual a igual, no escribiendo panfletos para lectura de la plebe que siempre termina torciendo el sentido de los sonidos.


Yo guardaría todos los documentos S.M., me dice y recomienda el abad benedictino, monseñor Justo de la Cruz Saraiva.

Como si lo estuviese oyendo de nuevo, zumbándome en la oreja las frases edulcoradas.

¿Se acuerda del César?, señor. Cayo Julio César. Cruzó el Rubicón para entrar en territorio romano sin licenciar sus tropas como ordenaba la ley, el once de enero del año cuarenta y nueve antes de Cristo a las nueve de la noche. Con César cruzó Roma y la civilización. No fue la primera ni la última vez que cruzó el Rubicón, señor. Pero que lo haya cruzado antes o después tiene el mismo valor que si lo cruzásemos ahora usted o yo: ninguna importancia, señor. Únicamente el cruce de Cayo Julio César del once de enero fue histórico porque tuvo consecuencias para el futuro que perduran hasta nuestros días.


César tuvo a Suetonio, a Tito Livio y a Plutarco, abad. Y el mismo César fue tan afortunado que además de hacer la historia, la escribió en sus "Comentarios de las guerras civiles". Bien sabía que los amanuenses del pasado no se conforman con recoger datos, también los valoran. Pesan en las balanzas inicuas de sus intereses. Olvidan los unos y resaltan los otros. La historia no ofrece el pasado sino la idea que se ha formado su rastreador. Y las ideas, mi querido son como dice el Duque de Mantua de las donnas italianas: "Cuan piuma al vento / mutan d'accento / e di pensiero". Por eso quiero estar alerta revisando las cuentas reales para que otro no las transforme en cuentos reales. Por otra parte, que yo cruce hoy y no dentro de un año la mar océana, sí tiene importancia: voy a fundar un Brasil que hoy está fundido y confundido.

El historiador también fabrica la Historia, monseñor.


Y entonces, ¿quién hizo el pasado, señor?, me pregunta y se retira dejándome en el vacío del horizonte lleno de agua salada que es lo mismo que la nada.


Epílogo del capítulo dos.


Cuando se va monseñor regresa el afligido conde camarero con el semblante propio de alguna gallofada que se trae entre las mangas. Algo esconde el conde y si no esconde, no es conde.

¿Cómo andan las negras que fueron sodomizadas por los siete durmientes?, inquiero. Hay que ver cómo se le enciende inmediatamente la mirada al muy morboso de mi secretario. ¿No será también un redomado voyeur? Menos mal que este viaje ha serenado mis bajos instintos: se podría volver bizco de tanto espiarme sin resultados.

Repartí las ocho negras en distintos barcos tal como S.M. me lo ordenó; y los sospechosos están asándose en el infierno de la sala de máquinas adonde usted los comisionó. Yo diría que todo está en su sitio, menos el forastero argentino que insiste en conseguir una audiencia real cueste lo que cueste.

¿Otra vez ese asunto?, ¿no le ordené que lo despachara?

¡S.M. me dijo que tal vez lo recibiría mañana, o la otra semana! ¿Ya se olvidó de sus palabras?

Qué poco caritativos somos con nuestros superiores. Al rey no se le permite olvidar, y a Dios no se le permite pecar. Así vamos, mientras entre ustedes abundan las transfugadas y nosotros dos (Dios y yo) nos pasamos perdonando. Lindo negocio.

Insiste todos los días, S.M., dizque necesita entrevistarlo para hacer un reportaje o algo parecido.

¿Un reportaje?, ¿acaso me confundió con un cantante de música pop?

Además, el argentino dizque pase lo que pase, igual seguirá escribiendo y que si S.M. no se ha dado cuenta de lo peligroso que sería una escritura sin el fundamento de la verdad. Una sarta de palabras cosidas con la imaginación, que ya se sabe que es fraudulenta.

¡Palabrerío inofensivo!, ¿qué ofensa podría venir de un simple escrito ausente?

Yo le dije lo mismo, S.M. pero el argentino no se lo cree. Dizque con simples palabras está escrita la Biblia y sin embargo....

¡No irá a comparar sus redacciones con las Santas Escrituras, el argentino! ¿Quién se cree que es? ¿Pablo de Tarso?

No, que dizque no le parecen tan santas, que Dios aprendió un griego chapucero para escribir o /inspirar el Nuevo Testamento, que escribiendo en griego, hasta Caritón de Afrodisias y Jenofonte de Éfeso superan en estilo a los amanuenses de Dios con sus Tesalonicenses, Gálatas y Hebreos. Del Apocalipsis opina que como novela de ciencia ficción está tan llena de ripios y pleonasmos que ni es ciencia ni ficción; y como teología es tan pobre que el catecismo de los jansenistas parece la Summa Teológica a su lado.

¡Ya veo por dónde viene su simpatía con el argentino por el que aboga!, descubro al voltear la madeja de las ideas condales. No los une el amor sino el espanto, será por eso que se entienden tanto. Junta de apóstatas. ¿Y qué quiere conmigo?

Escribir su historia, S.M.

¿Cómo?, ¿quiere ser mi biógrafo el hereje argentino?

Ya es. Ha escrito un primer tomo que se titula “El rey prófugo” sobre este viaje, después viene un segundo tomo “Don Juan de Brasil” y hay un tercero donde finiquita su vida, “El rey regresado”. ¿Lo va a recibir?

Llame al Almirante, rápido, ordeno sin contestar.

¿Qué nueva infamia se está tejiendo a mis espaldas? No conformes con las desventuras que exhumó de du Bocage el cretino de Marcos Portugal para cantar mi huida, ahora un argentino perdido en el espacio acuático, errante en el buque fantasma, quiere imprimir quién sabe cuántas imposturas bajo mi nombre.

Llega el Almirante, se cuadra como conviene, mira la lejanía esperando mi orden.

¡Encierre al extranjero en el calabozo de la última bodega!, ordeno. Que lo tengan a pan y agua hasta que la inspiración huya de él. Cuando esté totalmente regenerado del vicio nefando de la escritura, hábito de haraganes, oblíguelo a trabajar en la sala de máquinas, que aprenda un oficio útil ya que se molestó en hacer tan largo viaje.

¡Su majestad no puede hacer eso!, intercede el conde camarero.

¡Enciérrelo de inmediato!


Chapter TRES


CANTOS DE SIRENAS


Albatros blanquísimos planean hacia estribor rozando de cuando en cuando las drizas de gavia y las escalas de gato de la arboladura. Dos mulatas que hace rato cuchichean mientras muelen afrecho en un morterillo dicen que son ángeles destinados a vigilar a la gente. Se pasan haciendo muecas litúrgicas y persignándose entre una molienda y otra con la peregrina intención de engañar a Dios y a sus espías volátiles disfrazados de albatros.


Encuentro sobre mi mesa un volante que habrá dejado volando el conde camarero antes de perderse como rata por los andurriales de las recámaras, sollados y camarotes. Prosigue con su campaña proselitista a favor de los iluminantes ilustrados.

El volante fue impreso en Burdeos, que a juzgar por lo que veo debe de ser la nueva Maguncia del Atlántico, donde decenas de gascones revoltosos imprimen los nuevos testamentos iluminados de Rousseau, Voltaire, Diderot, el barón de la Bréde, D’Alambert y miles más de textos y panfletos que salen a rodar el mundo para pervertirlo, todos horneados en el burdel entintado de Burdeos.

Cuenta el granuja ginebrino de Rousseau cierta “iluminación” que le sobrevino cuando iba a visitar al caudillo Diderot, preso en Vincennes vaya uno a saber por qué delitos comunes contra el común. En estando descansando debajo de un árbol que encontró en el camino se entretuvo el ginebrino media hora llorando sin darse cuenta, dice, y en vez de caérsele una centella sobre la cabeza, o una buena manzana como al compadre Isaac, le cayó una “iluminación” al iluminista. “El hombre es naturalmente bueno y sólo a través de sus instituciones los hombres se vuelven malvados”, dice el bellaco ginebrino, como si las instituciones fuesen obra de las hadas. Y continúa, el muy artero, respondiendo una carta nada más ni nada menos que al arzobispo de París, monseñor Christophe de Beaumont, otro grandísimo intrigante, quien lanzó anatemas y culebras al leer el “Emilio”. Todos estos informes me llegan antes de que el conde camarero los descubra por allí, en los arrabales, donde frecuenta a las meretrices políticas que les suministran los panfletos de Burdeos. El pillastre de Rousseau insiste:


“…el hombre es naturalmente bueno, monseñor don arzobispo Christophe, el hombre ama el orden y la justicia; no hay en él ninguna maldad original. Porque tanto el corazón humano como los primeros movimientos de la naturaleza son siempre rectos. Hice ver que la única pasión que nace con el hombre es inocente: el amor de sí mismo, es en sí mismo indiferente al bien y al mal; sólo se vuelve buena o mala accidentalmente según las circunstancias en que se desarrolla. Demostré que todos los vicios imputados al corazón humano no le son naturales en absoluto. Dicho de otro modo: siendo naturalmente bueno el hombre, los hombres se vuelven malos en sociedad”.


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